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Daniel Gascón

EL FUTBOLISTA

EL FUTBOLISTA

Mi padre lee los carteles de la pista de atletismo, los lee en voz alta y sonríe a la chica que vende los cacahuetes. Dice que debería comprarme un abrigo de verdad, como el suyo, que ha aguantado más de veinte años, y no esas cosas de señoritas que tanto me gustan. La chica de los cacahuetes se ríe, mi padre mira hacia atrás.

-¿Qué te parece si le compro un balón de fútbol a Carlos? - me pregunta.

-Me parece una tontería.

Le digo que en el colegio mi hijo Carlos odiaba el fútbol. Estuvo un tiempo apuntado a kárate y a natación, pero no me parecía bien que practicase deportes violentos, y ni su madre ni yo teníamos tiempo para llevarlo a la piscina tres días por semana. Luego se apuntó a atletismo y empezó a gustarle.

Mi padre no me escucha. Hunde las manos en los bolsillos, se inclina contra la valla y mira a Carlos en la línea de salida.

-Correr -dice-. Eso es un deporte de solitarios.

                                                                       *

Los jueves por la tarde mi padre salía de trabajar un rato antes. No me quedaba a jugar con mis compañeros: corría hasta casa y dejaba la cartera en el pasillo, junto al taquillón. Mi padre me esperaba en el garaje. Se limpiaba las manos con un trapo amarillo y sacaba la motocicleta, mientras yo buscaba el balón de reglamento, un Adidas que nunca llevaba a la escuela.

Dejábamos la moto apoyada contra la pared y saltábamos el muro del campo de fútbol. Estaba a las afueras del pueblo, entre las granjas y el cementerio. Me ponía unos guantes; mi padre sacaba la llave inglesa del bolsillo del pantalón y encendía los focos sólo para nosotros.

Mi padre había sido uno de los mejores jugadores de la comarca: una vez lo llamaron para hacer unas pruebas con un equipo de primera división. Era un hombre alto y fuerte y aunque tenía casi cuarenta años aún podía pasarse toda la tarde jugando.

Se colocaba en el centro del campo: yo daba vueltas alrededor. Le pasaba el balón al primer toque, y él me lo devolvía un poco más adelante, cada vez más deprisa.

Después hacíamos paredes de portería a portería. Me mandaba un pase largo hacia la banda derecha y aunque yo no podía más lo oía correr detrás de mí. En cuanto nos acercábamos al área le dejaba el balón de cualquier manera. Sólo quería que tirase a puerta, que marcase gol y volver a casa. Pero él llegaba a la media luna, amagaba un disparo y me pasaba la pelota en diagonal, al sitio exacto donde yo debería estar.

Sabía que nunca llegaría a tiempo, y sabía que acabaría llegando: él gritaba dale con fuerza, y yo cogía la bola casi fuera del campo y tiraba y la mandaba contra el lateral de la red. Me caía al suelo; intentaba respirar. Mi padre ponía los brazos en jarras.

-Ésa no es manera de dar al balón.

A veces él también tiraba a puerta. Cuando no era gol, el balón salía fuera del campo. Saltaba la valla y me metía en la acequia que olía a mierda y a ratas. Oía a mi padre desde el otro lado.

-Tienes que tirar con fuerza, Luis. Con rabia.

Cuando ya no podíamos más, mi padre cogía la pelota y daba toques en el aire. Me temblaban las piernas y siempre se me caía al suelo. Mi padre miraba el reloj de vez en cuando.

-Si te viesen los de Albalate se morirían de la risa.

Albalate era el pueblo de al lado. Eran nuestros rivales. Tenían un lateral izquierdo que daba unas patadas terribles.

Mi padre venía a verme todos los partidos, pero nunca me decía nada. Se quedaba en la banda. Iba de un lado para otro y hablaba con la gente. A veces, se acercaba a Fernando, el medio centro, y le decía alguna cosa. Cuando volvíamos a casa me explicaba lo que tenía que haber hecho en todas las jugadas.

-El fútbol es como la vida -decía-. Si ves cómo juega alguien ves cómo es en la vida.

                                                                       *

Yo no era uno de los mejores del equipo. Jugaba en el centro del campo, por la derecha, y trabajaba mucho. No era muy hábil ni muy fuerte, ni era uno de esos jugadores que a mí me gusta ver. Pero era uno de esos a los que preferiría tener en mi equipo. La gente del pueblo creía que era bueno porque siempre jugaba igual.

Tuve una sola tarde de gloria, una tarde en la que pareció que era bueno de verdad. Tenía 16 años, era el último partido de Liga y jugábamos en el campo de Albalate. Albalate estaba a sólo 10 kilómetros de mi pueblo; había venido todo el mundo.

Íbamos dos a dos y acababan de fallar un penalti. Nos tenían encerrados en el área. De vez en cuando atacábamos al contragolpe. Si ganábamos, quedaríamos primeros en la Liga Comarcal y pasaríamos a las eliminatorias provinciales. Faltaba poco para terminar y los albalatinos nos gritaban todo el tiempo.

De repente, cogí un balón muerto en el centro del campo. Quique, el lateral izquierdo, vino corriendo hacia mí. Me asusté tanto que le eché el balón entre las piernas. La pelota pasó limpiamente y se la dejé a Fernando, que venía por el centro, y corrí como un loco por la banda derecha, igual que cuando hacíamos paredes con mi padre. Fernando me vio. Me pasó la bola muy rápido, en diagonal. Iba demasiado deprisa, pero llegué a tiempo.

Tiré tal como venía. Esperaba mandar el balón a la gloria o a la acequia, o a lo mejor al lateral de la red, pero dio en el segundo palo y entró. Mis compañeros vinieron hacia mí. Me di la vuelta para ver la cara de mi padre.

Había un montón de gente, todos gritaban, y el árbitro tuvo que parar el partido. Mi padre estaba detrás de los hombres del pueblo: el padre de Fernando lo sujetaba por los hombros. Un chaval de Albalate le había dado una bofetada a Cristian, el hijo de la peluquera, mientras calentaba en la banda. Mi padre lo había tirado al suelo de un puñetazo.

Al final, tuvimos que salir de Albalate corriendo, pero pasamos a la fase provincial. Nos eliminaron en la segunda ronda.

                                                           *

La carrera está a punto de empezar, y mi padre aún es más alto que yo, pero eso es lo único que no ha cambiado. Ha perdido 10 kilos y anda un poco encogido. Este invierno lo vi retorcerse de dolor en la alfombra del cuarto de estar. Después el médico dijo algo sobre la próstata.

Es la primera vez que Carlos corre en una pista de verdad. Está muy rojo, como si ya viniera cansado. Empieza casi al final, al lado de otro chico que lleva una camiseta amarilla.

Mi padre no mira la pista. Se fija en los edificios y los aparcamientos de la ciudad donde vivo.

El chico de la camiseta amarilla deja atrás a Carlos. Carlos intenta alcanzarlo, pero está demasiado lejos. La carrera de verdad sucede cincuenta metros por delante, entre los chicos de Scorpio y Helios, y a mitad de la segunda vuelta sólo quiero que todo termine cuanto antes. Enciendo un cigarrillo.

-Si fumas- dice mi padre-, tus hijos serán unos viciosos.

 

Carlos está triste. Va un par de metros por delante de nosotros. Llevo su bolsa con la ropa sucia y las zapatillas. Mi padre no dice nada. Es sábado por la mañana y las calles están casi vacías. Hay algunas botellas por los suelos.

Carlos se para en un semáforo en rojo. Mi padre se acerca y le pasa la mano por el pelo.

-Cuando corras-dice-, tienes que tener en cuenta la respiración.

Carlos mira hacia arriba un segundo. Mi padre comprueba que no vienen coches y cruzan de la mano.

Van hacia una tienda de deportes, y miran los balones y los guantes y las zapatillas, y mi padre mueve las manos como si intentara explicarse.

En cuanto el semáforo se pone verde cruzo la calle muy despacio. La tienda está a punto de cerrar y antes de alcanzarlos me quedo quieto un momento, observando nuestro reflejo en el escaparate.

Este relato apareció en la revista Turia.

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6 comentarios

Juan M. González -

Conforme avanzo en la lectura de los cuentos me van gustando más, porque tienen mucha verdad dentro.

Ginger -

Me quedo con ese reflejo en el escaparate.

d. -

El capitán siempre fue el alma del equipo. Abrazos.

Fernando -

Un gran jugador ese chico del pueblo cercano a Albalate, mucho mejor de lo que él cree.
Un abrazo

Javier López Clemente -

Evocador relato. Creo que todos los que hemos jugado al fútbol de crios tenemos nuestra imborrable subida por la banda.
Yo la tuve después de dejar el mejor equipo de mi vida, el equipo de los ganadores donde era el peor con diferencia. Un equipo con un entrenador que no dejaba subir por la banda, defender, sólo defender era mi misión.
Cuando en mi nuevo equipo corrí toda la banda derecha para hacer un centro y tirar la pelota fuera... fue un gran momento porque sabía que el gol acabaría por llegar.

Salu2 Córneos.

jio -

el fútbol, mi pasión de crío... y era bueno... jamás tuve la opción.
saludotes chavalote :D
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