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Daniel Gascón

1808

1808

En Résistence et révolution durant l'occupation napoléonienne en Espagne Richard Hocquellet escribe acerca del ideario que alimentó el levantamiento contra la invasión francesa en 1808:

“El estudio del contenido del discurso patriótico podría partir del eslogan que lo resume para los españoles de la época: Patria, Rey y Religión.

El enunciado de la patria remite a la definición de una identidad española que no apareció de golpe en 1808. Es el producto de la construcción progresiva de un tipo ideal español que había formalizado la elite a lo largo del último cuarto del siglo XVIII. Para entender la fuerza de este enunciado y su generalización en el momento del levantamiento debemos tener en cuenta las diferentes etapas de su elaboración y la forma en que los españoles se apropiaron de él. En la década de 1770, las ideas de la Ilustración penetraron en gran parte de la elite, con la ayuda del rey Carlos III y sus ministros “ilustrados”, como Campomanes o Aranda. La referencia al modelo francés es ineludible. Los hombres de la Ilustración española eran afrancesados en el sentido cultural. Se oponían a otra parte de la elite que rechaza la modernidad copiada del extranjero en nombre de la propia historia del país y de la tradición religiosa, que ejemplifican obras como el texto del hermano José de Torrubia Centinela contra francmasones (1752) o La falsa filosofía (1775-1776) de Fernando de Cevallos. En 1783, con ocasión de la aparición de la Encyclopédie thématique de Panckoucke, se avivaron las tensiones entre los dos grupos. En esta obra hay un artículo sobre España de Masson de Morvilliers. Ofrecía una visión desdeñosa que exageraba los rasgos tradicionalistas de la sociedad española. El artículo mostraba el desprecio que sentían hacia España los franceses de la Ilustración. Suscitó varias respuestas; la más argumentada fue la del partidario de la Ilustración Juan Pablo Forner. En 1786 publicó la Oración apologética donde alababa la especificidad española.

Los ataques del clero fueron los más violentos. Los eclesiásticos se lanzaron contra la “corrupción de las costumbres” y contra el progreso del deísmo y de la libertad de prensa. El discurso francófobo del clero recuerda al que esta clase había utilizado en las luchas que habían mantenido Francia y España en el siglo XVI y a comienzos del XVII. A finales del siglo XVIII ya no se trataba de una campaña orquestada por la monarquía católica. Ya no le resultaba útil a la diplomacia porque el gobierno era más bien francófilo. Tenía más efecto entre las clases populares, que constituían el público de los sermones.

Con la Revolución francesa, la francofobia, cuyo contenido era sobre todo religioso, pasó al terreno político y se amplificó. Los españoles que en 1789 habrían podido apreciar el derrocamiento del absolutismo y la instauración de un régimen monárquico liberal rechazaron la proclamación de la república, incluso antes de la ejecución de Louis XVI. Un hombre de la Ilustración como el conde de Floridablanca, que formaba parte del gobierno en ese momento, se alejó del modelo francés que había mostrado sus límites con la ruptura del orden social en 1792-1793. La política oficial de encauzamiento (el “cordón sanitario” que se puso en marcha para evitar la difusión de las ideas revolucionarias) ofreció al clero la oportunidad de lanzar una nueva serie de ataques contra Francia: éstos culminaron durante la Guerra de la Convención entre 1793 y 1795. Como ejemplo podemos citar la obra del hermano Diego de Cádiz, cuyo título indica el alcance ideológico de esta guerra: El soldado católico en la guerra de religión (1793). Esta contienda, como muestra Jean-René Aymes, puede entenderse como la primera experiencia patriótica en la que se forja un discurso antifrancés que tiene un fuerte tenor religioso y contrarrevolucionario.

Aunque la francofobia del clero se funda ante en un movimiento de rechazo, de negación, viene acompañada de un movimiento positivo de valoración de las particularidades españolas en el campo de la cultura. Lo encontramos en el discurso patriótico de 1808. Su forma más simple es la oposición antitética. Los franceses son frívolos y los españoles constantes; los franceses son impíos y los españoles piadosos, etc. Un texto publicado en Valencia en 1809 invertía el juicio negativo de los franceses sobre España y lo consideraba halagador:

¡Feliz goticismo, barbarie y fanatismo español! Felices con nuestros frailes y con nuestra Inquisición, que en el concepto de la ilustración francesa nos lleva tras de las otras naciones un siglo por lo menos de atraso. ¡Oh, y si pudieramos recular aún otros dos!”

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