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03/04/2007
NABOKOV: EL EXILIO Y EL ÉXITO

Vladimir Nabokov (San Petersburgo, 1899-Montreux, 1977) defendía la autonomía del arte frente a las circunstancias históricas y prefería no hablar de la biografía de los escritores, pero su vida tiene mucho que ver con su obra y la historia invadió su existencia en varias ocasiones. Nació en una familia rica, liberal y anglófila; huyó de su país tras la Revolución bolchevique; su padre fue asesinado por un extremista en Alemania. Nabokov vivió en Cambridge, Berlín y París, escribió libros en ruso, y la guerra en Europa lo obligó a dejar el continente. En “Vladimir Nabokov (Los años americanos)” (Anagrama, 2006) Brian Boyd (Belfast, 1952) cuenta lo que sucedió después de que el escritor, su esposa Véra y su hijo Dmitri partieran en un barco con destino a los Estados Unidos. Este volumen, que ha tardado 15 años en aparecer en castellano, es la continuación de “Vladimir Nabokov (Los años rusos)” (Anagrama, 1992): los dos libros superan las 1.500 páginas y alternan la biografía del escritor con el estudio de sus obras. Además, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores ha publicado “Obras Completas III. Novelas (1947-1957)” , que contiene “La verdadera vida de Sebastian Knight”, su primera narración en inglés; “Barra siniestra”, su novela más política; su obra maestra “Lolita”, y el guión basado en la novela que escribió para Kubrick; y “Pnin”, donde inventó a un personaje conmovedor y muy divertido.
“Los años americanos” habla de la segunda etapa del exilio de Nabokov: se sintió bien acogido en Estados Unidos, pero sus primeros años estuvieron llenos de dificultades. Dudaba sobre la lengua en que debía escribir, no encontraba editoriales y buscaba trabajo en universidades y asociaciones de lepidopterología. Aunque su vida da una sensación de provisionalidad -nunca tuvo una casa propia, Cornell no le ofrecía un puesto fijo, y a partir de 1951 se mudaba todos los años- Nabokov disfrutó de la naturaleza americana e investigó las costumbres del país. En verano viajaba al Oeste y cazaba mariposas; una ayudante decía: “Hacía preguntas, preguntas, preguntas, preguntas. Preguntaba el cómo y el porqué. Nunca dejaba de coleccionar datos y opiniones”. Nabokov recogía elementos que luego aparecerían en “Pnin” o “Pálido fuego”.
Antes del éxito de “Lolita”, las clases, la traducción, la escritura y las mariposas ocuparon la mayor parte de su tiempo. Nabokov fue profesor de lengua y literatura rusas y de narrativa europea. Las notas que usaba para sus clases están publicadas, y, como su teoría de la traducción, sirven para explicar su idea de la literatura: desde su rechazo a la crueldad del “Quijote” o a Dostoievsky hasta su énfasis en los detalles y en la lectura atenta, que le llevaba a preguntar a sus alumnos por el peinado de los personajes o por el empleo de la conjunción copulativa en “Madame Bovary”. “Nabokov creía en el internacionalismo de la literatura, en el genio individual que trasciende las circunstancias”, dice Boyd, que cita una afirmación de Nabokov: “Un gran escritor combina esas tres facetas –es narrador, profesor, brujo-, pero es el hechicero que lleva dentro lo que predomina”. Nabokov detestaba que los estudiantes copiaran, y comenzaba las clases sobre un libro subsanando los errores de traducción página por página.
Uno de los grandes apoyos que tuvo Nabokov fue el de “The New Yorker” . La editora Katharine White le publicó numerosos textos; a veces sugería hasta cuarenta cambios en un relato: las respuestas del escritor son brillantes y divertidas. Sus colaboraciones le proporcionaron ingresos y lectores mientras afrontaba sus proyectos más ambiciosos: la traducción de “Eugenio Oneguín” (acompañada de 1.200 páginas de comentario) y la redacción de “Lolita”. La publicación de esta novela tampoco fue fácil: apareció en 1955 en Olympia Press, una editorial pornográfica francesa y despertó una polémica en Inglaterra y EEUU antes de publicarse. Avalada por escritores como Graham Greene, “Lolita” se convirtió en un éxito gigantesco, fue llevada al cine e inventó el arquetipo de la nínfula. Nabokov dejó las clases; en 1961 se estableció en Suiza, y se dedicó a escribir (publicó nuevas obras como “Ada o el ardor” y firmó un contrato con McGraw Hill), a cazar mariposas, a revisar sus traducciones, y a recibir a periodistas, editores y fans.
Nabokov era atrabiliario y bromista, desdeñaba a muchos escritores contemporáneos y tuvo algunos desencuentros en el mundo literario. Una de las relaciones más interesantes es la que mantuvo con el crítico Edmund Wilson : a pesar de que Wilson no entendía el humor de Nabokov, fueron amigos durante un tiempo. Más tarde, Wilson atacó la traducción de “Eugenio Oneguín”; Nabokov respondió con dureza. También se enfrentó a Field, que escribió una biografía inexacta. No pudo encontrarse con Solzhenitsyn, fue amigo de Jason Epstein y Alfred Appel, y agradeció un cumplido de Bishop: “Algunas de sus frases son tan buenas que casi me provocan una erección... y a mi edad, no es cosa fácil, ya sabe”.
Boyd habla de las ideas políticas de Nabokov: de su defensa del individuo y la libertad, de su rechazo a la censura y al antisemitismo, y de su oposición a las dictaduras: “Desprecio toda fuerza que ataque a la libertad de pensamiento”, declaró. También habla de su vida familiar: de su relación con Véra, que aprendió a conducir, le ayudaba en sus clases y revisaba sus traducciones; de su hijo Dmitri, que se haría cantante y que era aficionado al alpinismo y a las carreras de coches; de su hermano Kiril, que murió en un campo de concentración en Hamburgo; de su hermana Olga, a la que volvió a encontrar en Europa. La familia es uno de los elementos centrales de la elusiva autobiografía “Habla, memoria”: según Boyd, allí Nabokov critica a Freud más ferozmente que nunca, porque el vienés había profanado el amor familiar.
“Los años americanos” tiene mucha información valiosa. A veces, su gusto por el detalle hace que resulte reiterativa; en otras ocasiones, Boyd, mejor investigador que crítico, cae en la hagiografía o en la exageración: “Desde el punto de vista de la belleza formal, ‘Pálido fuego’ es probablemente la novela más perfecta jamás escrita”, afirma. O: “en el siglo XX, centenares de escritores creativos han estado vinculados a universidades, pero ninguno ha alcanzado el nivel literario de Nabokov”.
La edición tiene algunos defectos. El capítulo que compara las distintas versiones inglesas de “Eugenio Oneguín” no está traducido, sino adaptado. El uso de las traducciones de Anagrama de las obras de Nabokov produce contrasentidos. Boyd cuenta una discusión entre Nabokov y su traductor al francés, que escribía “nogal” por “shagbark” (“nogal americano”). Boyd cree que Nabokov tenía razón, y se remite al original para justificarlo: la versión en castellano cita la traducción de Aurora Bernárdez, que también prefería “nogal”. Parece una broma de Nabokov, pero es una pena que un libro que defiende “la pasión del científico y la precisión del artista” contenga errores como éste.
Brian Boyd. Vladimir Nabokov (Los años americanos). Traducción de Daniel Najmías. Anagrama. Barcelona, 2006. 964 páginas.
Esta reseña apareció en Artes & Letras en enero de 2007. Aquí, una entrevista clásica de The Paris Review.
06/04/2007
LOS EXTRANJEROS (II)

2.
A diferencia de Marta y Natalia, yo vivía en las afueras de Norwich, en la universidad: otro pueblo, una especie de barrio residencial y grisáceo con estudiantes de todas las partes del mundo. Mi habitación estaba en Norfolk Terrace, que no era tan cool ni tan cara como Nelson Court o Constable Terrace, pero mucho mejor que Waveney. Norfolk y Suffolk eran dos residencias en forma de zigurat. Mi habitación estaba en la planta baja, frente a un lago artificial lleno de peces mutantes y en el que, por si acaso, estaba prohibido bañarse.
Llegué de noche pero había un guardián despierto que me dio las llaves. Se burló un poco de que tuviera dos apellidos y me explicó con detalle dónde estaba mi habitación, así que sólo me perdí tres veces.
Los primeros días se celebraron reuniones sobre los supermercados más baratos y la normativa académica: no había exámenes en febrero, se perseguía el plagio, cada alumno extranjero tenía asignado un tutor y existía un teléfono de la esperanza para estudiantes.
En el campus había casi todo lo necesario: unas pistas deportivas, un restaurante asqueroso, agencia de viajes, teatro, cine, museo, una librería Waterstones y otra de segunda mano, un pequeño supermercado (con tabaco), periódicos y una lavandería. Los jueves por la noche había discoteca; en la capilla tenían su sede varias confesiones. Norwich estaba a 20 minutos en autobús. Mucha gente utilizaba bicicletas para desplazarse, pero a mí me daba miedo confundirme de carril.
Los martes y los jueves había mercadillo. Vendían vajilla de segunda mano, posters, CD rebajados. Y a veces te ofrecían entrar en alguna asociación: el club de poesía, el del Partido Conservador, la Sociedad Latina o el club de amigos del juego de rol, cuyos miembros luchaban con espadas de madera frente a mi ventana los domingos por la tarde.
En el campus vivían profesores, estudiantes internacionales e ingleses que empezaban la Universidad. Yo compartía piso con once chicos británicos, un alemán y un chaval de California. El reglamento prohibía que las chicas vivieran en el entresuelo por temor a que se colase un violador por la ventana.
Coincidí con Marta y Natalia cuando la gente de la oficina de Relaciones Internacionales nos llevó de ruta turística por Norwich. Se habían juntado con un grupo de españoles. Había unos chicos de Madrid que iban a hacer allí toda la carrera (Ciencias Ambientales) y un tipo de Zaragoza que, a esas alturas, se había convertido en el jefe de la banda. Se llamaba Fernando y tenía el escudo del Real Zaragoza tatuado en el brazo. Había estudiado Relaciones Laborales en Zaragoza y después se matriculó en Empresariales en Teruel. Le pregunté por qué. Me dijo que recibía una beca de 300.000 pesetas al año por los desplazamientos.
-No parece mucho dinero -dije.
-Si vas, no.
Pero, claro, él nunca iba a Teruel. Y ya conocía Norwich, porque había llegado dos días antes que la mayoría de la gente. Incluso daba la sensación de haberse familiarizado con la cultura inglesa.
-Aquí la gente vive de puta madre, tío. Hasta los obreros. En España trabajas de albañil y a mitad de mañana almuerzas huevos fritos con jamón y media botella de vino. Y éstos, a la hora de comer, se toman una coca-cola y una chocolatina. Eso es que no trabajan.
“Es que, aquí donde me ves”, me dijo Fernando mirando a Natalia, “yo soy un tío de mundo”. Sabía que a la hora de comer Pizza Hut tenía una oferta especial, y estaba harto de la visita turística, así que convenció a todos los Erasmus de que lo acompañaran a comer pizza. Pero a mí no me apetecía mucho. Pensaba que no debía separarme de los excursionistas, porque podrían preocuparse. Cuando me di cuenta de que no nos habían contado, de que éramos mayores, y de que no tenía comida en casa, Fernando y los demás debían estar en Pizza Hut, y yo no quería volver después de haber rechazado su proposición. Estuve paseando, mirando las tiendas y las librerías de segunda mano.
Norwich era una ciudad pequeña: había vivido su momento de esplendor en la Edad Media. Tenía una catedral gótica, una iglesia reconvertida en cine de arte y ensayo, otra que hacía de bar, una escuela de artes y un mercadillo cerca de la comisaría de policía. El castillo estaba en la zona de tiendas, transformado en un centro comercial con multicines. Había un río con restaurantes a la orilla, cisnes, y una zona de marcha. La ciudad era demasiado pequeña para mi gusto; enseguida la empezamos a llamar el pueblo, porque todo cerraba muy pronto.
Me tomé una salchicha y compré algo de comida en el mercadillo. Quería llegar a la universidad pronto, porque había una fiesta de bienvenida para los estudiantes internacionales y temía que Scotland Yard me anduviera buscando.
La parada del 25 estaba cerca del mercado. A pesar de que había un letrero donde ponía “UNIVERSITY”, un chico moreno, con una guitarra, un radiocassette y dos maletas me preguntó si sabía dónde paraba el autobús que iba a la universidad. Reconocí el acento y conocí a Miguel, que era asturiano pero estudiaba Derecho en Bilbao. Miguel llevaba un abrigo azul muy largo que hacía que se pareciera un poco a Harry Potter, aunque no se lo dije. Había volado de Oviedo a Londres -un billete mucho más caro que el mío, pensé-, donde había pasado dos días en casa de una amiga de la familia. Llevaba un rato recorriendo tiendas porque no traía almohada y no podía dormir sin ella, pero todas le habían parecido muy caras. Le dije que tenía mérito ir tan cargado (y también que, como decían los folletos de la Universidad, uno podía comprar edredón y almohada en la propia residencia).
-No, tío, es que el edredón lo traje de casa.
-Igual puedes comprar una almohada.
-¿Tú crees?
-Seguro -dije, sin tener ni idea, pero convencido de realizar una buena acción.
Nos contamos la vida: la familia, el fútbol, lo que queríamos hacer. Miguel tenía un hermano que era escritor en asturiano; la chica de Londres había sido su novia. Ella vivía en un sitio muy bonito, lleno de pinturas “super guapas”. A Miguel no le interesaba mucho el arte, pero le apasionaba todo lo que tuviera aspecto artístico: siempre tenía un libro en la mesilla –el mismo durante meses-, y su habitación de Nelson Court pronto estaría muy bien decorada, con las paredes llenas de fotos del mar y posters de Bob Marley y Río de Janeiro. Decía que casi no sabía tocar la guitarra, pero que la había traído porque siempre había alguien que sabía. Le conté que había una fiesta esa noche y me invitó a cenar antes en su casa: llevaba en la maleta unas latas de fabada.
Miraba por la ventanilla y señalaba lo que le parecía interesante.
-Oye, tío, ¿cómo se dice almohada en inglés?
-Pillow.
En la universidad recogimos la llave de su habitación; le ayudé a llevar el equipaje hasta casa. La residencia de Miguel era un poco más lujosa que la mía, una especie de chalet. Su habitación estaba en el segundo piso. Le dije que cocinaría algo -le recomendé que guardase la fabada para un momento de necesidad- mientras él deshacía las maletas.
-Mira, no te preocupes -dijo Miguel-. Tengo unas recetas.
Miguel me pasó una servilleta arrugada: su madre le había apuntado cómo hacer arroz y espaguetis. Le aconsejé que tapase la cacerola para que el agua hirviera más deprisa.
-Joder, tío, controlas un montón de movidas –dijo, y apuntó “tapar la olla” en la servilleta de su madre.
"Los extranjeros" es uno de los relatos del libro El fumador pasivo . Aquí , el primer capítulo. La fotografía muestra la catedral de Norwich.
THE FOREIGNERS (II)

Traducción de Philippa Tetley y Daniel Gascón. El primer capítulo, en inglés y en castellano . La fotografía muestra una calle de Norwich .
2.
Unlike Marta and Natalia, I lived in the outskirts of Norwich, at the University: another village, a greyish residential quarter housing students from all the parts of the world. My room was in Norfolk Terrace, which wasn’t as cool or expensive as Nelson Court or Constable Terrace, but which was much better than Waveney. Norfolk and Suffolk were two ziggurat-shaped buildings. My room was on the ground floor, in front of an artificial lake full of mutant fish, where, just in case, it was forbidden to bathe.
I arrived very late but a night guardian gave me the keys. He teased me because I had two family names and told me where my room was in great detail, so I only got lost three times.
In the first days there were meetings about cheap supermarkets and academic requirements: there were no exams in February, plagiarism would be punished, every international student had their own tutor and there was a student help-line.
You could find almost everything you needed on campus: a sports centre, a disgusting restaurant, a travel agency, a theatre, a cinema, a museum, a Waterstones bookshop and a second-hand one, a small supermarket (with tobacco), newspapers and a laundry. There was a disco on Thursday nights, and a chapel that was used by many religions. Norwich was twenty minutes away by bus. A lot of people rode bikes, but I was scared of choosing the wrong side of the road.
There was a market on Tuesday and Thursday. You could buy second-hand bric a brac, posters, cheap CDs. And sometimes you were approached to join an association: the Poetry Club, the Conservative Party, the Latin Society, or the Role-playing Club, whose members fought with wooden swords in front of my window on Sunday afternoons.
There were professors, international and first-year students living on campus. I shared my floor with eleven British boys, a German and a boy from California. The house rules forbade that girls lived on the ground floor, in fear that a rapist might break in through a window.
I ran into María and Natalia when the people from the Office of International Relations took us on a bus tour around Norwich. They’d joined a group of Spaniards. It included a few boys that were going to study Environmental Sciences there, and a guy from Saragossa who’d out of the blue become the leader of the gang. His name was Fernando and he had the Real Saragossa’s insignia tattooed on his arm. He’d studied Human Resources in Saragossa and then he’d started Management in the University of Teruel. I asked him why. He said he’d get a subsidy of one thousand eight hundred euros a year for travel expenses.
“That doesn’t look like a lot of money”, I said.
“No, not if you go.” But, of course, he never went to Teruel. And he was already familiar with Norwich, because he’d arrived a few days before everyone else. He even seemed to have learned a lot about English culture.
“Here people live fucking well. Even construction workers. In Spain you work in construction and midmorning you have some fried eggs with ham and half a bottle of wine. And here, at lunchtime, they have a coke and a chocolate bar. That means they don’t work much.”
“You know, despite appearances”, said Fernando looking at Natalia, “I’m a worldly guy.” He said there was a special lunchtime offer at Pizza Hut, and was fed up with the tour, so he convinced all the Erasmus students to go and eat pizza. But I didn’t feel like it. I thought I shouldn’t separate from the excursion, because they might worry. When I realized that we hadn’t been counted, that we were old enough and that I had no food at home, Fernando and the others had probably arrived at the Pizza Hut, and I didn’t want to go there after rejecting their offer. I spent the afternoon walking, looking at shops and second-hand bookshops.
Norwich was a small city: its best moment had taken place in the Middle Ages. It had a gothic cathedral, a church turned into an art cinema, another that served as a bar, an art school and a small market near the police station. The castle, transformed into a commercial centre with a multi-screen cinema, was in the shopping district. There was a river with restaurants running along the banks, swans and a bar and night-club zone. The city was too small for my taste; we started to call it the village, because everything closed early.
I had a sausage and bought some food at the market. I didn’t want to get to the University late, because there was a welcome party for international students and I was afraid that Scotland Yard would be looking for me.
The stop for the 25 was near the market. Though there was a sign saying “UNIVERSITY”, a black haired guy, with a guitar, a radio and two bags, asked me if I knew where the University stop was. I recognized the accent and met Miguel, who was Asturian but studied Law in Bilbao. Miguel was wearing a blue coat that made him look like Harry Potter, though I didn’t tell him so. He’d flown from Oviedo–his ticket must’ve been much more expensive than mine, I thought- to London, where he’d spent two days in the house of a family friend. He’d been browsing in shops for a while, because he hadn’t brought a pillow and was unable to sleep without one, but the ones he’d seen were too expensive. I told him he was brave for doing that carrying all his luggage (and also that he could buy a duvet and a pillow in his own residence).
“I brought the duvet from home, man.”
“Maybe you can just get a pillow.”
“Do you think?”
“Sure”, I said, having no idea, but good intentions.
We told our life stories to each other: the family, football, what we wanted to do. Miguel had a brother who wrote in Asturian, the friend from London had been his girlfriend. She lived in a nice place, full of “super cool” paintings. Miguel wasn’t much interested in art, but he loved everything that looked artistic: he always had a book by his bed –the same for months- and his room in Nelson Court would soon be very well decorated, with the walls filled with photos of the sea and posters of Bob Marley and Rio de Janeiro. He said he didn’t play the guitar very well, but he’d brought it because you could always find someone who did. I told him there was a party that night and he invited me to his place for dinner: he’d brought some tins of fabada in his bags.
He looked out the bus window and pointed out what he considered interesting.
“Hey, man, what do you call pillow in English?”
“Pillow.”
At the University we picked up the key to his room; I helped him carry his stuff to his place. Miguel’s residence, a sort of chalet in the upper part of campus, was a bit more luxurious than mine. His room was on the second floor. I told him I’d cook something –I advised him to keep the fabada for a time of need- while he unpacked.
“It’s okay”, said Miguel. “I have some recipes.”
Miguel handed me a wrinkled serviette: his mother had written down for him how to make rice and pasta. I recommended he cover the pot so that the water would boil faster.
“Fuck, man, you are a fucking genius”, he said, and wrote “cover the pot” on his mother’s serviette instructions.
08/04/2007
DANIEL GASCÓN EN GUAYENTE

La revista cultural de la Asociación Guayente publica un cuento de Daniel Gascón y este cuestionario:
- ¿Cuál es su idea de la felicidad perfecta?
Cenar con amigos, ver una película, leer, risas, sexo. Y un partido de fútbol con mis hermanos.
- ¿Cuál es, para usted, el colmo de la desdicha?
La pérdida de los seres queridos.
- ¿Quién le habría gustado ser?
Yo mismo, pero mejor.
- Lo mejor y lo peor de su carácter
Lo peor: la indecisión y la facilidad para ahogarme en un vaso de agua. Todavía no sé qué es lo mejor.
- ¿Cuál es su personaje histórico favorito?
Sócrates. Miguel Servet. George Orwell.
- Sus escritores preferidos
Chéjov, Philip Roth, Cristina Grande, Saul Bellow, Martínez de Pisón.
- Las cualidades que admira en un hombre
La inteligencia y el sentido del humor.
- Lo que más le atrae de las mujeres
Depende de la mujer.
- Sus músicos imprescindibles
Leonard Cohen, Nick Cave, Bob Dylan, Bunbury.
- ¿Qué le impulsa a levantarse por las mañanas?
La curiosidad.
- ¿Cuál es el defecto propio que más deplora?
La procrastinación.
- ¿Y de los ajenos?
La hipocresía y los dobles raseros.
- ¿Cuál es su estado mental más común?
Una mezcla de melancolía y entusiasmo. Y una mirada divertida sobre esa mezcla.
- ¿Su mayor extravagancia?
Leer biografías montado en una bicicleta estática.
- ¿De qué sería o ha sido capaz por amor?
De engañar al Estado. De aprender a conducir. De madrugar.
- Su ocupación ideal
Leer, ir al cine, cenar fuera de casa, beber gintonics.
- ¿Qué palabras o frases usa más?
Según mis hermanos, “eso no es verdad”. Según mi padre, “todo el tiempo”. Según mi chica, “¿te acuerdas de dónde dejé...?”.
- ¿Cuál es su mayor miedo?
La muerte.
- ¿Y su mayor remordimiento?
Cuando pienso en las veces que no supe apreciar el afecto de los demás o las cosas buenas de la vida.
- ¿Cuál es la virtud más sobrevalorada socialmente?
La normalidad.
- Sus pintores favoritos
Goya, Manet, Hopper, Cerdá.
- ¿Cuál es su mayor logro?
Meterme en situaciones ridículas y salir sano y salvo. Algunos buenos amigos.
- ¿Cuándo y donde ha sido más feliz?
Muchas veces, en muchos sitios: en Zaragoza, en Inglaterra, en Madrid. Pero siempre espero que esta tarde o esta mañana o esta noche sean igualmente (o más) felices.
- ¿Qué talento desearía tener?
Talento musical.
- ¿Cómo le gustaría morir?
Preferiría no hacerlo.
Fotografía de Pippi Tetley.
12/04/2007
MONTXO ARMENDÁRIZ EN ZARAGOZA

Montxo Armendáriz, director de cine, será el protagonista el próximo jueves, día 12, de una nueva sesión del ciclo "Conversaciones en la Aljafería". En el acto, que se desarrollará a partir de las 20 horas en la Sala Goya del Palacio de la Aljafería, también participarán Enrique Mora, investigador en Historia del Cine de la Universidad de Zaragoza, y Daniel Gascón, escritor.
14/04/2007
DANIEL GASCÓN EN CASTEJÓN DE SOS
Óscar Sipán y Daniel Gascón participaron en un encuentro del Club de Lectura de Castejón de Sos que organizó Lola Aventín el 13 de abril. Fotografía de Pippi Tetley.15/04/2007
NICK COHEN Y LA IZQUIERDA

What’s Left? How Liberals Lost Their Way es un libro del periodista inglés Nick Cohen. Cohen viene de la izquierda: cuenta que durante la infancia, su madre se negaba a comprar naranjas españolas (para boicotear la dictadura de Franco), portuguesas (en protesta contra el régimen de Salazar), sudafricanas (para mostrar su oposición al apartheid), israelíes (en protesta por la ocupación de Gaza) o estadounidenses (no apoyaba al presidente Nixon). Cohen ha criticado duramente a los gobiernos que realizaban prácticas antidemocráticas y tiene posiciones claramente progresistas.
Aunque la izquierda tenía grandes contradicciones, parece que había algo para lo que se podía contar con ella: se mantendría firme contra el fascismo. No obstante, la critica a las democracias occidentales y el relativismo cultural han hecho que la izquierda termine aliándose con corrientes de extrema derecha, justificando violaciones de los derechos humanos y doctrinas profundamente intolerantes, entre las que destaca la interpretación más fanática del Islam.
Según Nick Cohen, las sociedades democráticas occidentales son más progresistas de lo que habrían soñado muchos liberales (en el sentido anglosajón) a principios de siglo. Eso ha provocado un desconcierto en ciertos sectores de la izquierda. What’s Left estudia momentos clave para explicar esta desorientación: desde la política del apaciguamiento de Munich y del pacto entre Hitler y Stalin al comienzo de la Segunda Guerra Mundial hasta la falta de reacción ante el genocidio en Sebrenica, pasando por la condena a muerte de Salman Rushdie. Cohen cuenta cómo gran parte de la izquierda ha renunciado a principios básicos del progresismo como la solidaridad a cambio de combatir a Occidente, y cómo los valores identitarios se han elevado por encima de principios universales y de la honestidad intelectual.
Cohen toma el ejemplo de Kanan Makiya, un exiliado iraquí que fue uno de los primeros en denunciar el régimen de Sadam Hussein. En los años ochenta –cuando el dictador iraquí recibía apoyo estadounidense- era un punto de referencia de la izquierda. Aunque sus posiciones no habían cambiado, a partir de la primera guerra del Golfo, su crítica dejó de ser sincera: se había convertido en un enemigo.
What’s Left también habla de la historia de las ideas: estudia a muchos teóricos postmodernos, que han denigrado conceptos como la verdad,la humanidad o la libertad sexual calificándolos de construcciones culturales. A menudo, el pensamiento es la primera víctima: Luce Irigaray denunció la fórmula de Eisntein E=mc² como una “ecuación sexista”, que “privilegia la velocidad de la luz” por encima de otras velocidades más femeninas, “que son vitalmente necesarias para nosotros”.
Pero esa negación de valores absolutos también tenía consecuencias atroces. Azfar Hussain, que en una reseña de una obra de Narayan hablaba de las mujeres a las que sus maridos y familiares políticos quemaba en la India porque su dote no era tan grande como se esperaba, afirmaba que quienes denunciaban estas prácticas “continuaban proporcionando una visibilidad a los ‘asesinatos por dotes’ en la India y una relativa invisibilidad a los asesinatos por violencia de género que se cometen en Estados Unidos, y por tanto sirve a intereses hegemónicos”. Baudrillard intentó demostrar que Los Ángeles (y la guerra del Golfo ) eran un simulacro; unos años antes, Foucault atacaba la falta de libertades en Occidente y justificaba la persecución a la que el ayatolá Jomeini sometía a los intelectuales porque “Irán no tiene el mismo régimen de verdad que nosotros”. Otros casos serían el de Edward Said o el del lingüista Noah Chomsky , que exculpa los crímenes de regímenes totalitarios y responsabiliza a Estados Unidos de los males del mundo: Chomsky, uno de los primeros en justificar y buscar razones para los atentados del 11-S, niega como teórico político los valores universales y comunes a toda la humanidad que defiende como lingüista.
Cohen explica cómo este pensamiento radical, extremista y a menudo incomprensible y vacío se ha convertido en una corriente dominante. Los movimientos contra la guerra de Irak han sido un ejemplo paradigmático. Aunque admite los múltiples errores que ha habido en la concepción de la guerra, en enfoque unilateral y en la infravaloración del enemigo, a Nick Cohen le sorprende la falta de apoyo hacia los demócratas iraquíes, que se hable de “resistencia”, o que en una reunión del movimiento antiglobalización nadie protestase cuando “se decía que quienes cuestionaban los motivos de los terroristas suicidas que mataban diariamente a civiles (sobre todo musulmanes) eran culpables de ‘racismo anti-islámico’”. En España hemos visto cómo a veces se responsabilizaba al Gobierno del PP de los atentados del 11-M, en vez de a los terroristas: la operación era igualmente repugnante.
What’s Left es un libro apasionante, lúcido y desolador, que recuerda a George Orwell. Nick Cohen ofrece un diagnóstico, pero también una advertencia: “Si los liberales y los izquierdistas están equivocados, y hay buenas razones para pensar que están horriblemente equivocados, la historia los juzgará con dureza. Porque habrán mirado en la cara de un movimiento global fascista, se habrán encogido de hombros y habrán dado la espalda no a un enemigo que los habría matado felizmente, sino a un enemigo que ya estaba asesinando a aquellos que tenían todos los motivos para esperar su apoyo”.
18/04/2007
OLGA KNIPPER Y LIKA MIZINOVA

En Anton Chekhov. A Life Donald Rayfield habla de la relación entre Olga Knipper, la actriz que se casó con Chéjov y Lika Mizinova, que fue novia del escritor durante muchos años. Antón se había basado en ella para crear a la Nina de La gaviota.
"Lika Mizinova era una mujer marcada. El veinticinco de agosto de 1901 se presentó a las pruebas de selección del Teatro de Arte de Moscú. Lika debía leer un fragmento de Elena en El tío Vania: era un personaje que Olga había hecho suyo. Olga le contó a Antón con descaro cómo ella y Nemirovich-Danchenko habían humillado a Lika:
Lika Mizinova intentó imitarme, un truco sucio, pero leía fatal (entre nosotros) y me dio pena, la verdad. La rechazamos de manera unánime. Sanin sugirió que abriese una tienda de sombreros. Háblale a Masha de Lika. Quizás podría tener un papel sin palabras."
En la foto, Olga Knipper.
OLGA Y LAS EX NOVIAS

"Restos del pasado de Antón [Chéjov] salieron a la superficie en Moscú. El actor Arbenin, que se había casado con Glafira Panova, le dijo a Olga que Antón había perseguido a su mujer en Odesa catorce años atrás. Antón negó la seducción con vehemencia. Vera Komissarzhevskaia se encaró con Olga en Moscú. Quería tener los derechos para montar la nueva obra de Antón, y advirtió a Chéjov: “Parece haberse olvidado de mi existencia: existo, y cómo”. “Si la actriz te molesta”, le escribió Olga a Antón el tres de febrero, “ten por seguro que la aplastaré. Creo que es una enferma mental”. La hermana del dramaturgo e inventor Pushkariov, una vieja bruja a la que Antón había conocido en su época de estudiante, le presentó a Olga una comedia ambientada en Bulgaria: quería que los Chéjov la llevaran al escenario. Como por parte de Aleksandr y Natalia era una ariente lejana, Olga se mostró educada. Cuando escribió a Antón fue más sarcástica:
Tiene ojos como oliva, rizos poéticos y un solo diente que cuelga sobre su labio blando, sabroso y carmesí. Tienes buen gusto... Cuando vengas a Moscú propón que durmamos tres en una cama, y la invitaré.
Lika Mizinova, con su marido Sanin y su viejo amigo Viktor Goltsev, también desafiaba a Olga, que desengañó a Antón de cualquier fantasía que pudiera tener: “Lika se ha puesto horriblemente robusta: es colosal, llamativa, crujiente. Me siento tan delgaducha en comparación”."
Tomado de Anton Chekhov. A Life, de Donald Rayfield. En la foto, Olga Knipper y Antón Chéjov.
20/04/2007
SOBRE LA VIOLENCIA

Hoy Arcadi Espada enlazaba este texto de Steven Pinker , que habla de la relación entre la modernidad y la violencia. He traducido estas líneas de un artículo muy interesante y matizado.
"La historia convencional lleva mucho tiempo mostrando que, en muchos aspectos, nos hemos ido haciendo más amables y bondadosos. La crueldad como entretenimiento, los sacrificios humanos para complacer a la superstición, la esclavitud como un instrumento para ahorrar trabajo, la conquista como misión de un gobierno, el genocidio como medio para adquirir propiedades, la tortura y la mutilación como castigos de rutina, la pena de muerte para faltas menores y las diferencias de opinión, el magnicidio como mecanismo para la sucesión política, la violación como botín de guerra, los pogromos como mecanismos de salida de la frustración, y el homicidio como la principal forma de resolución de conflictos: todos fueron rasgos comunes de la vida durante la mayor parte de la historia humana. Pero hoy son escasos o apenas existentes en Occidente, mucho menos frecuentes de lo que solían ser en otros lugares, se ocultan cuando suceden, y son ampliamente condenados cuando salen a la luz.
Hubo un tiempo en que estos hechos recibían un amplio reconocimiento. Constituían la fuente de conceptos como progreso, civilización, y la liberación del hombre del salvajismo y la barbarie. Sin embargo, recientemente, estas ideas han sido consideradas cursis, e incluso peligrosas. Parecían demonizar a la gente de otros tiempos y lugares, justificar la conquista colonial y otras aventuras en el extranjero, y ocultar los crímenes de nuestras propias sociedades. La doctrina del buen salvaje –la idea de que los humanos son pacíficos por naturaleza y que las instituciones modernas los corrompen- aparece con frecuencia en la escritura de intelectuales públicos como José Ortega y Gasset (“La guerra no es un instinto sino un invento”), Stephen Jay Gould (“El homo sapiens no es una especie malvada o destructiva”) y Ashley Montagu ("La investigación biológica apoya la ética de una fraternidad universal”). Pero ahora que los científicos sociales han empezado a considerar grupos sociales en diferentes períodos históricos han descubierto que la teoría romántica está equivocada: en lugar de hacer que seamos más violentos, algo en la modernidad y sus instituciones culturales nos ha hecho más nobles."
En la foto, Steven Pinker.
21/04/2007
HORARIO DE VERANO

He salido a dar una vuelta. He caminado por Fernando el Católico y la Gran Vía y el Paseo Independencia. Las calles estaban llenas de gente, y toda la ciudad tenía un aire de fiesta, de piscina. He visto algunas bodas, adolescentes que salían de marcha, parejas de ancianos, gente que hacía cola en la puerta del cine, que bebía cerveza o miraba escaparates.
He vivido bastantes años en pueblos. La primavera es bonita en el campo y en los montes. Este invierno, cuando iba a Garrapinillos, me gustaba ver los almendros en flor. Pero cuando veo la primavera en el campo no me emociona tanto como cuando llega el buen tiempo a la ciudad. El espectáculo es mucho más variado, y no hay que preocuparse tanto de las avispas.
Me gusta ir al cine en verano, me gustan las terrazas y los helados italianos, los establecimientos con aire acondicionado y que haya más chicas guapas que nunca. Me encantan las tardes largas, las calles llenas de gente, y que las tiendas cierren más tarde. Me gusta pensar en otras primaveras y otros veranos que he pasado en Zaragoza, y me gusta buscar una terraza nueva en la que sople un poco de aire fresco.
Fotografía de Pippi Tetley.
22/04/2007
EL FUNDAMENTALISTA SE EQUIVOCA

Irán inicia una campaña para obligar a las mujeres a llevar el velo islámico. La administración de Ahmadineyad la ha llamado "plan para la lucha contra el mal velo".
Salman Rushdie ha escrito: "para demostrar que el fundamentalista se equivoca, tenemos que saber primero que se equivoca. Tenemos que estar de acuerdo en qué es lo que importa: besarse en público, los bocadillos de jamón, la divergencia de opiniones, la última moda, la literatura, la generosidad, el agua, una distribución más justa de los recursos mundiales, las películas, la música, la libertad de pensamiento, la belleza, el amor. Esas serán nuestras armas".
En la foto, un grupo de mujeres con velo ante una imagen de Jomeini.
DANIEL GASCÓN EN EL DÍA DEL LIBRO
Mañana por la mañana Daniel Gascón firmará ejemplares de La edad del pavo y El fumador pasivo en el stand de Los portadores de sueños en el Paseo Independencia de Zaragoza, con motivo de la celebración del Día del Libro.
A partir de las 18.30 estará en el puesto de la Editorial Xordica . En ambos stands coincidirá con la escritora Cristina Grande .
24/04/2007
CUARENTENA

Lo que más me gustaba de la estación de Canfranc eran las chicas que venían de esquiar, con el equipo y las maletas y una vulgaridad irresistible. En aquella época, pasaba por la estación un par de veces al mes, porque daba clases de español en Tolouse. A veces seguía en el tren que iba a Zaragoza, mi ciudad, y veía a mis padres; en otras ocasiones bajaba y cogía un regional que me acercaba al pueblo donde trabajaba Clara. Había vuelto a discutir con ella ese fin de semana, y le había dicho que mi tren salía a las cinco, porque prefería esperar en la estación a seguir hablando de lo mismo.
Clara era maestra y estaba destinada en un pueblo de Huesca. Quería que yo hiciera unas oposiciones para ser profesor de secundaria; según Clara, no le resultaría difícil pedir el pueblo donde me enviaran, y así podríamos vivir juntos. Aunque su plan me parecía bastante improbable, le expliqué por qué no quería opositar.
-Sólo quiero vivir en sitios que tengan FNAC.
Clara suspiró y me dijo:
-Pues vas a tener que elegir entre la FNAC y nuestro proyecto de pareja.
Si hubiera dicho entre la FNAC y yo me haría costado más escoger, pero su expresión –proyecto de pareja- me pareció horrible, y le pedí por favor que me acercara a la estación. Le eché la culpa a una huelga en Francia.
Compré varios periódicos en el quiosco, revistas que nunca había leído y un libro que contenía fotografías antiguas de la estación. Fui a la cafetería, me senté junto a la barra y pedí un gin-tonic. Leí la prensa y corregí exámenes hasta la tercera copa. Poco a poco la estación se iba llenando: tipos que habían pasado el fin de semana en el Pirineo, que traían esquís o bicicletas, y gente sin aspecto deportivo: pensé que serían personas como yo, que trabajaban en Francia y volvían a casa el fin de semana. En el tren habría muchos viajeros que iban a pasar unos días a París, que cruzaban la mitad de Francia por la noche. Clara no había querido hacer ese viaje.
Estaba pensando que si pedía una cuarta copa encontraría el sentido de la vida cuando escuché su voz.
-Tranquilo, si sueltas la barra no va a caerse.
Me di la vuelta. Era una chica morena, con el pelo rizado, cuatro o cinco años más joven que yo. Llevaba muletas y una pierna vendada. Pensé que mis periódicos no le dejaban ver el expositor de tapas.
-Perdón –dije, y aparté un poco mis cosas.
Ella dijo que ya sabía lo que quería. Le acerqué una banqueta para que se sentara, y se puso a hablar. Dijo que se había torcido un tobillo la tarde anterior, y que había pasado el día en la estación, mientras sus amigos seguían esquiando. Volverían todos juntos a Zaragoza esa misma tarde. Uno de mis sueños era que una desconocida comenzase a hablar conmigo en una estación del tren. Ahora, con todo a mi favor, no se me ocurría qué decir. Le pregunté por lo que hacía, y le hablé de mi trabajo. Me preguntó si ligaba con mis alumnas; no le contesté.
Después comencé a enseñarle las fotografías de la estación. Leímos juntos los pies de foto.
-Mira, si pudiéramos entrar en esta foto yo me quedaría aquí y te cuidaría, sería tu enfermero en la estación. Lo mejor sería que fuera tuberculosis o algo así, una enfermedad más romántica que un esguince de tobillo, y que tuvieras que estar en cuarentena.
Ella se rió.
Terminamos de mirar las fotografías y hablamos un rato más. Cuando subí al tren tenía su número de teléfono apuntado en el móvil. Nunca la llamé. Pero a veces, cuando llego con tiempo a una estación, me acuerdo de ella.
Este relato aparece en el volumen colectivo Canfranc (Rolde , 2007), que ha coordinado Fernando Sanmartín. El texto acompaña a esta fotografía que, como todas las del libro, es de Andrés Ferrer.
26/04/2007
SOBRE LA LECTURA

1. Un blog
El magnífico blog de Trescientos días de sol.
2. Una conversación
Entrevista de Jonás Trueba a Patrick McGilligan, responsable de la serie Backstory.
3. Lectura rápida
Hice un curso de lectura rápida y leí Guerra y paz en 20 minutos. Habla de Rusia.
WOODY ALLEN
Acabo de salir del hospital. Tuve un accidente de lectura rápida. Choqué con un marcapáginas.
STEVEN WRIGHT
4. La última moda
Vivimos en una mala época. Los hijos ya no obedecen a sus padres y todo el mundo está escribiendo un libro.
CICERÓN
Aquí , una lista de libros que escribió Cicerón.
27/04/2007
VIDAS IMAGINARIAS

“Juegos de niños” (Salamandra, 2007) es el quinto libro de Tom Perrotta (Garwood, Nueva Jersey, 1961), y cuenta la historia de un grupo de personajes que viven en un barrio residencial de Estados Unidos, poco antes del once de septiembre, y que buscan una manera de reinventar sus vidas. Los protagonistas son dos padres a tiempo completo en una comunidad centrada en la crianza de los hijos: Sarah fue feminista en su juventud y ahora cuida con desgana de Lucy, una hija que a veces “parece un personaje de Dostoievsky”; Todd fue una estrella atlética escolar, pero todavía no ha aprobado el examen para ser abogado: en vez de ir a estudiar mira a los adolescentes que van en monopatín. Las madres del parque observan a Tom, que es guapo y disfruta cuidando a su hijo; un día, Sarah se atreve a hablar con él, y se besan. Las compañeras de Sarah (sobre todo Mary Ann, que practica sexo conyugal los martes a las nueve de la noche) se escandalizan; a Todd le parece vivir una fantasía, y no puede evitar obsesionarse con Sarah, que no es tan guapa ni tan perfecta como su esposa Kathy, directora de cine, “el tipo de mujer que siempre te sorprendía por ser tan encantadora como la recordabas, aunque en su ausencia eso no pareciera posible”. Sarah evita a Todd unas semanas, pero luego va a buscarlo a la piscina con Lucy,
En “Juegos de niños” todos buscan una escapatoria: Todd se refugia el sexo, pero también renace jugando partidos nocturnos de football americano; Sarah compra un bikini rojo y se dedica a vivir un sueño romántico, que le hace defender a Emma Bovary en el club de lectura (“Hay algo hermoso y heroico en su rebeldía”, dice, después de que Mary Ann la defina como “una furcia”) y espiar a la mujer de su amante; su marido Richard olisquea las bragas que le ha mandado Slutty Kay, una prostituta que descubre en Internet; Kathy quiere que Todd se haga abogado para poder dejar la televisión y dirigir películas; Larry, un policía retirado tras matar a un adolescente, se obsesiona con Ronnie, un pedófilo que regresa al barrio y que vive con su madre.
A veces parece que los personajes corran tras un espejismo; algunos sólo empeoran su situación. Cuando Todd le dice a Sarah que “la gente sobrestima la belleza”, ella piensa: “Sólo alguien que da por sentada su propia belleza podría decir en serio algo tan escandalosamente estúpido”.
Uno de los aciertos de “Juegos de niños” es el uso de elementos cotidianos: el barrio residencial con los parques, la instalaciones deportivas, la piscina donde Todd, Sarah y sus hijos se reúnen (en la que un día la presencia de Ronnie desata un escándalo), la iglesia y el club de lectura, las conversaciones de las madres y los entretenimientos infantiles, y los pequeños detalles que revelan una infidelidad. “Juegos de niños” es una novela divertida y bien construida, que trata a sus protagonistas con compasión. Aunque algunas historias tienen más fuerza que otras, todos los personajes tienen sus razones y sus recovecos: Perrotta muestra las dos cualidades que admira de su ex profesor Tobias Wolff : “escritura humorística y seriedad moral”
Tom Perrotta. Juegos de niños. Traducción de Luis Murillo Fort. Salamandra. Barcelona, 2007. 317 páginas.
Esta reseña apareció el 26 de abril de 2007 en Artes & Letras. Aquí , la película basada en la novela. Y una comparación . La fotografía es del filme de Todd Field.
30/04/2007
ENCYCLOPÉDIE

Escribe Philipp Blom en Encyclopédie , un libro que trata de una de las aventuras más hermosas que conozco:
“Pero si hubiera que señalar una única y más importante causa de la supervivencia de la Encyclopédie y de los que trabajaban en ella, habría que decir que contenía en ella el germen del siglo siguiente, el de la Revolución Industrial y el del final del régimen aristocrático. No fue cuestión de tolerancia ni de prestigio, y ni siquiera de intriga: fue el prosaico y simple cálculo burgués de que había demasiado dinero comprometido en la empresa para permitir que emigrara a Holanda o a Prusia, con lo que, ciertamente, el Estado se vio obligado a capitular. Con miles de empleos en juego, y centenares de miles de libras en el balance, los factores económicos ganaron la partida y permitieron que el trabajo prosiguiera a la vista de todos, pero oficialmente oculto a los ojos de las autoridades.”


