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Daniel Gascón

LOS HERMANOS, EL GULAG Y EL AMOR

LOS HERMANOS, EL GULAG Y EL AMOR

Martin Amis (Swansea, 1949) es un escritor ambicioso, irregular y brillante. Ha publicado novelas admirables, como “Dinero” (Anagrama, 1988) o “La información” (Anagrama, 1996); un magnífico volumen autobiográfico, “Experiencia” (Anagrama, 2001), y un ensayo estremecedor sobre Stalin: “Koba el temible: la risa y los veinte millones” (Anagrama, 2004). Ese libro tiene mucho que ver con “La Casa de los Encuentros” (Anagrama, 2008), que es una novela sobre el amor, la violencia y la culpa, sobre el horror del totalitarismo y la supervivencia.

El narrador de “La Casa de los Encuentros” es un ruso octogenario que regresa al norte de su país para morir en 2004, después de pasar dos décadas en Estados Unidos. Escribe a su hijastra una carta de despedida, un ajuste de cuentas con la Unión Soviética y consigo mismo: habla de los combates y las violaciones que cometió durante la Segunda Guerra Mundial; de su regreso a la vida civil y su hermanastro Lev, más joven, más frágil y aficionado a la poesía; y de Zoya, una voluptuosa chica judía de la que se enamoran el narrador y su hermano.

“Uno no puede verse a sí mismo en la historia, pero ahí es donde estás”, escribe el narrador, que es deportado por razones políticas: lo mandan al campo de Norlag, en el Ártico, un lugar durísimo, donde viven hacinados miles de hombres y mujeres, y donde imperan el terror, el aburrimiento, el frío y el hambre. En 1948 llega su hermano y le sorprende con dos noticias. Por un lado, es pacifista: aunque la violencia es un elemento esencial de la vida del campo -los delincuentes, los presos políticos y los delatores se pelean entre sí, y el narrador mata a tres personas- Lev se niega a luchar: duerme en el suelo porque no quiere pelear por una cama y no participa en la rebelión de 1953. Por otro, se ha casado con Zoya. El matrimonio perpetúa el triángulo amoroso “escaleno”, y la ambigua relación entre los dos hermanos: al principio Zoya funciona más como un símbolo que como un personaje, pero la mezcla de amor y resentimiento del narrador y Lev es uno de los grandes aciertos de la novela.

En el campo se permiten las visitas conyugales en un edificio llamado “la Casa de los Encuentros”. Son citas tristes: a menudo las mujeres viajan para pedir el divorcio, se encuentran con hombres destruidos, incapacitados para el sexo o el afecto, o deben afrontar una despedida terrible. Tras la visita de Zoya en 1956 Lev se hunde para siempre; el narrador se alegra: sigue obsesionado con ella y atribuye la tristeza de su hermano a un desastre sexual-, pero el secreto sobre ese encuentro y sus consecuencias se prolongan durante décadas.

Lev y el narrador y Zoya sobreviven. Intentan salir adelante en un país que cambia lentamente y no reconoce los crímenes que ha cometido contra sus ciudadanos, pero son criaturas taradas e infelices: Zoya es una víctima del gulag; el narrador es víctima y verdugo.

“La Casa de los Encuentros” habla de la supervivencia y la pérdida, y está llena de amputaciones físicas y emocionales: un guardián deja sordo de un oído a Lev; después se emborracha, se duerme en la nieve y tienen que cortarle las manos; el hijo de Lev muere en la guerra de Afganistán. “Lo que no te mata no te hace más fuerte. Te hace más débil, y al final te mata”, escribe el narrador, que se enriquece al salir del campo y vive más años que Lev y Zoya, pero sigue atormentado por su violencia y por la culpa.

“La Casa de los Encuentros” utiliza artificios literarios –como las cartas, o la anglofilia del protagonista- para resultar verosímil, y mezcla con habilidad el relato documentado de las experiencias del campo y la vida después del gulag con frases sorprendentes y reflexiones lapidarias sobre la Rusia actual. Amis ha escrito un libro triste y poderoso, que recuerda a algunos textos de Nabokov y a veces parece la condensación de una novela del XIX, y que es su mejor obra de ficción en mucho tiempo.

Martin Amis. La Casa de los Encuentros. Traducción de Jesús Zulaika. Anagrama, 2008. 255 páginas.

Esta reseña fue publicada en Artes & Letras.  Martin  Amis en una imagen de la revista Time.

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