Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2008.

02/01/2008

SALVACIÓN

1.

Eufrosina Cruz: una mujer amenazada de muerte por defender sus derechos.

2.

Mark Lilla escribe en The Stillborn God:

“[John Locke] pensaba que el estado natural del hombre sin sociedad política podría ser la paz, y que un estado de guerra no era natural ni necesario. Los seres humanos habían formado sociedades políticas, especulaba, no por un miedo sobrecogedor a una muerte violenta, sino por un deseo prudente de proteger su vida, su libertad y sus bienes: a todo esto, en su Segundo tratado sobre el gobierno (1689) lo llamó “propiedad”. Si confiamos en este apego pacífico a la propiedad, razonaba Locke, debería ser posible convencer a la gente de crear un estado que tenga poderes limitados y sea respetuoso con los derechos individuales, en el que la autoridad se distribuya entre las diferentes ramas del gobierno, con un cuerpo electo y representativo en cabeza. En un sistema político de estas características, la tolerancia religiosa aumentaría el vínculo con el conjunto de la sociedad en lugar de desafiarlo. Locke no se hacía ilusiones sobre la política eclesiástica o el sectarismo: como Hobbes, veía en ellos amenazas a cualquier orden político decente. Pero Locke también pensaba que un sistema de gobierno limitado rebajaría las probabilidades de u conflicto religioso, ya los hábitos de independencia y desconfianza de la autoridad arbitraria estarían arraigados. Si la única tarea de un gobierno era establecer compartimentos de distintos tipos de interacción humana, si ya no se dedicaba al negocio de la salvación de las almas o al de la promoción de las doctrinas de una secta, dejaría de ser un premio para los que tenían ambiciones espirituales.”

3.

 

Pese a aprobar la estupenda ley de los matrimonios homosexuales, el PSOE ha hecho concesiones delirantes a la Iglesia católica, a la que ha legitimado como interlocutor político, y siempre se ha opuesto a que España se convirtiera en un Estado laico. Ahora está decepcionado:  “La cúpula del PSOE tiene una sensación de trato injusto por parte de la jerarquía eclesiástica. En esta legislatura, el Gobierno no sólo no ha revisado el Concordato, que mantiene a la Iglesia católica en una situación privilegiada en comparación con la que tiene en otros Estados europeos, sino que ha mejorado su financiación al subir del 0,52% al 0,7% de participación en el IRPF. El Gobierno, también, ha negociado con el episcopado la asignatura de Educación para la Ciudadanía y no ha ampliado la ley del aborto, vigente desde 1985, ni ha puesto en marcha la eutanasia, pese a figurar en el programa del PSOE de 2004.” (El País, 2.1.2008) 

4.

 

"Si te maquillas, morirás".

5.

Granta cumple 100 números.

02/01/2008 11:47 Autor: daniel gascon. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

06/01/2008

OPINIÓN

20080106094148-condamne.jpg

1.

Jonás Trueba abre el blog El viento sopla donde quiere.

2.

50 escritores británicos . Y una lista de campañas contra el tabaco.

3.

Lisa Appignanesi , presidenta del PEN en Inglaterra, escribe contra las leyes que prohíben la blasfemia en el Reino Unido.

“Los últimos años han visto visto la libertad de expresión y la libertad imaginativa atacadas desde muchos presentes. El ambiente actual combina un miedo creciente a provocar una ofensa con un clamor demasiado frecuente –que normalmente parte de representantes autodesignados de varios grupos- que asegura que esa ofensa se ha producido. La Christian Union por ejemplo, intentó detener la emisión de Jerry Springer The Opera.

Las instituciones han empezado a practicar el tipo de autocensura preventiva que se filtra en el trabajo creativo. The Barbican cortó pasajes 'ofensivos' de una producción de Tamburlaine. La Tate Britain decidió no exhibir la obra de John Latham God is Great, no. 2 , con su Talmud, Corán y Biblia. Muchos teatros regionales anularon sus planes de llevar el montaje de Springer.

El esfuerzo actual del gobierno, que utiliza la amenaza de prisión, de determinar lo que se puede escribir o decir, va en la dirección incorrecta. La acusación contra el 'terrorista lírico' de Heathrow, al que los tribunales trataron acertadamente con suavidad, y el llamado crimen de la 'glorificación del terrorismo' señalan un deseo de restringir el pensamiento, por no hablar de la enunciación, en un mundo que desafía este impulso gracias a la creciente permeabilidad de las fronteras. También debería preocuparnos la reciente ley contra el discurso homófobo.

Ante la posibilidad de una nueva apelación de la Christian Union, éste es el momento para una campaña a favor de la derogación de la anticuada ley contra el libelo por blasfemia. Es hora de que Gran Bretaña endorse una esfera pública totalmente secular, el único tipo que resulta útil para una población diversa.

La ley no es solo obsoleta, sino que entra en contradicción con nuestro derecho a la libre expresión que reconoce el Artículo 10 de la Convención Europea de Derechos Humanos. No tiene espacio en una sociedad plural, donde sirve para dividir a gente de diferentes creencias religiosas y a los que no tienen ninguna. Como ha dicho Rushdie: 'Si Dios existe, seguro que no necesita la protección del sistema legal británico. Si no existe, tampoco la necesita. Por tanto no hay excusa para conservar la infracción de la blasfemia y debería quedar abolida'."

4.

"Me haréis justicia al recordar que siempre he apoyado firmemente el Derecho de todo Hombre a tener su propia opinión, por mucho que difiera con la mía. Aquel que niega este derecho a otro, se convierte en un esclavo de su presente opinión, porque se priva a sí mismo del derecho a cambiarla."

(Thomas Paine )

06/01/2008 09:41 Autor: daniel gascon. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

11/01/2008

FUERA DE CASA

20080111003034-conradphoto.jpg

Joseph Conrad (Berdichev, Ucrania, 1857- Bishopsbourne, Reino Unido, 1924) decía que había vivido tres vidas: como polaco, como marino y como escritor. En “Las vidas de Joseph Conrad” (Lumen, 2007) John Stape, que ha editado varios libros sobre el autor de “Nostromo” (Belaqva, 2007), habla de esas facetas, pero también de sus experiencias como inglés transplantado, como padre, amigo y marido. Stape ha escrito una biografía muy documentada que se ciñe a los hechos probados, y desmiente algunas versiones románticas alimentadas por el propio Conrad o por ensayistas fantasiosos.

Cuando Jòzef Teodor Konrad Korzeniwski nació, Polonia estaba bajo dominio ruso. Su padre era un nacionalista polaco que tradujo a Dickens, Shakespeare y Victor Hugo. La familia sufrió la persecución del zarismo; Conrad fue un niño enfermizo aficionado a la geografía. Se quedó huérfano y su tío Tadeusz se ocupó de su educación. A los 16 años viajó a Marsella y se embarcó: el mar, y los lugares lejanos que conocería gracias a él, ocuparían gran parte de su vida hasta 1894, y son fundamentales en muchos de sus textos, como “Lord Jim” (Mondadori, 2007) o “El negro del ‘Narcissus’” (Valdemar, 2007).

Se ha hablado de amores trágicos y contrabando de armas para los carlistas. Aunque Stape matiza muchas de estas leyendas, Conrad estaba lleno de deudas e intentó suicidarse en 1878 en Montecarlo; su tío lo socorrió y él se enroló en la marina británica. Se hizo capitán y cambió de nacionalidad: “Yo soy más británico que tú. Tú lo eres simplemente porque no podías ser otra cosa”, le dijo a un amigo. A Stape le resulta más fácil explicar la elección de su tercera lengua, el inglés, como vehículo de expresión literaria, que sus inicios como escritor a finales de la década de 1880: “el paso de la ensoñación a la escritura sigue siendo un misterio irresoluble”. Cuando viajó al Congo –una experiencia que serviría de base a “El corazón de las tinieblas” (Ediciones B, 2007)- en 1890, Conrad llevaba parte del manuscrito de “La locura de Almayer”, su primera novela, que publicaría cinco años después.

La vida sedentaria de Conrad es uno de los aspectos más interesantes del libro. Stape habla de su matrimonio con Jessie; de su frustrante regreso a Polonia, sus viajes a Francia y sus casas en Inglaterra; de sus encuentros y desencuentros con Henry James, Wells, André Gide –con el que discutió por una traducción-, Ford Madox Ford –con el que colaboró- o Edward Garnett, su primer editor, al que debía recordarle que él era polaco y no tenía nada de eslavo; y de la lealtad que le profesaban su agente Pinker o Galsworthy, que ayudó a que consiguiera un pensión del estado.

Hasta que le llegó el éxito en 1913 con “Azar”, Conrad vivió agobiado por las deudas; prefería escribir él mismo los prólogos de sus libros para cobrarlos. No sabía calcular sus gastos, la extensión de sus obras ni lo que le costaría escribirlas. Apoyó el sufragio femenino, disfrutaba con los coches aunque los conducía como si fueran barcos, y aparece como un hombre neurótico y trabajador, que no tenía suficientes lectores, padecía insomnio y gota, y lo pasaba mal escribiendo: “Invalidez constante y calamidad permanente”, “No puedo pensar en nada ni decidir sobre ningún tema”, “No he hecho nada, no puedo hacer nada. La vida es demasiado larga”, decía. Sobre el laborioso proceso de escritura de "Nostromo" declaró: "Mi viaje al continente de Latinoamérica, famoso por su hospitalidad, duró alrededor de dos años. A mi regreso descubrí (para hablar en cierto modo al estilo del capitán Gulliver) que mi familia se encontraba bien, que mi esposa estaba muy contenta de saber que todo el lío había terminado, y que nuestro pequeño hijo había crecido considerablemente durante mi ausencia". Su mala suerte es casi cómica: olvidó una maleta con la única copia de “La locura de Almayer”, retrasó la entrega de un cuento porque se le quemó el estudio y envió el manuscrito de “Karain” en las sacas postales del Titanic.

“Las vidas de Joseph Conrad” es una biografía rigurosa y útil. A veces tiene un aire notarial y no explica bien las opiniones políticas de un escritor que abordó en sus ficciones –a menudo de manera polémica- asuntos como el colonialismo, el terrorismo o la solidaridad, pero es un acierto que Stape no intente imaginar lo que no sabe, y que no interprete la vida del autor a partir de sus obras. Al final, lo que más apetece es leer los libros de Conrad.

John Stape. Las vidas de Joseph Conrad. Traducción de Ramon Vilà. Lumen. 544 páginas.

Esta reseña se publicó el 10 de enero en Artes & Letras. En la imagen, Joseph Conrad.

11/01/2008 00:30 Autor: daniel gascon. Enlace permanente. Tema: Reseñas No hay comentarios. Comentar.

22/01/2008

LA PRUEBA

20080122115500-futbol7hierba.jpg

-Estamos cerca –me dijo Ignacio-, ya verás.

Llevábamos un cuarto de hora andando por el arcén de una carretera secundaria. Mi hermano Ignacio, que tenía trece años, debía hacer una prueba para entrar en el filial del Real Zaragoza. Mis padres no podían llevarlo y, aunque yo tenía uno de los últimos exámenes de Filología Hispánica al día siguiente, me habían pedido que lo acompañase. Metí El libro de la vida en la mochila, nos montamos en el autobús y nos bajamos en la parada de Miralbueno. Desde allí había que caminar hasta el campo. Mi hermano mediano, Fernando, que tenía quince años, había dicho que se pasaría más tarde.

El campo estaba en una meseta pequeña, en medio del secarral. Había muchos coches aparcados alrededor. Me dio un poco de vergüenza que Ignacio y yo hubiéramos llegado andando. Hacía calor y al ver el campo pensé en los monasterios en el desierto que salen en los tebeos del oeste.

-Éste es –dijo Ignacio.

Ignacio señaló a un chico de unos treinta años, vestido con ropa deportiva. Era el ojeador que le había dicho que se hiciera la prueba. Se habían visto varias veces; el ojeador había hablado con mi padre. Le preguntó a Ignacio cómo estaba y le dijo que lo vería luego.

Ignacio estaba nervioso. Casi no había hablado en el camino –había pasado el viaje escuchando el MP3; al principio me había preguntado si quería uno de los auriculares- y se esforzaba en mantener la compostura. Todos los chicos de mi familia habíamos jugado a fútbol. Yo nunca había sido bueno, ni había tenido ambiciones futbolísticas y ahora no estaba en ningún equipo. Fernando jugaba bastante bien en un equipo mediocre; le habían ofrecido entrar en un club que estaba en preferente, pero había preferido quedarse en el equipo de sus amigos. Ignacio había heredado el estilo de mi padre, tiraba bien y era zurdo y muy rápido. Todo el mundo se fijaba en él: los que iban al campo y los entrenadores de los equipos rivales se quedaban impresionados. En el último año y medio Ignacio había perdido un poco de entusiasmo; parecía que el fútbol ya no le divertía. Cuando tenía un buen día en el campo, seguía llamando la atención por su clase, pero ya no marcaba tantos goles ni creaba tanto peligro como antes. Que lo hubieran llamado era una buena noticia, pero también nos había sorprendido.

Ignacio siempre había tenido mucho carácter, y se peleaba conmigo y con Fernando y mis hermanas y mis padres, pero últimamente también había tenido problemas con los profesores y el entrenador. Aunque sacaba buenas notas siempre había alguna asignatura en la que un profesor le ponía una calificación más baja de lo que él creía que merecía, y de vez en cuando tenía algún problema de disciplina. Sus explicaciones siempre eran rocambolescas: una vez le tiró un boli un compañero, rebotó en la pared y la capucha golpeó a la profesora en el pie. Ésa era la versión de Ignacio. La profesora sólo dijo que le había tirado con saña la capucha de un bolígrafo.

Ignacio saludó a algunos de los chicos. Eran de otros equipos, y también habían venido a hacer la prueba. Tenían que jugar un partido. Casi todos habían acudido con sus padres, que en general parecían tipos lamentables; algunos iban con sus madres. Ignacio señaló a un chico que estaba cerca de la portería.

-Mira, ése es el Mesa. Es un facha.

Era un chaval alto y fuerte, mucho más grande que Ignacio. Llevaba una pulsera con la bandera de España y tenía la cabeza rapada.

-Bah, hombre, no exageres –dije por decir algo. Mi hermano no me contestó.

Ignacio dijo que iba a cambiarse, con una solemnidad innecesaria, casi troyana. Me dio el MP3 para que se lo guardase. Fui hacia el bar, pedí una coca cola y me senté en una de las mesas, cerca del armario que guardaba los trofeos. Miré las fotos de los equipos y escuché una conversación. Eran dos hombres y una mujer. Se conocían desde hacía tiempo. Uno de los hombres y la mujer tenían hijos que jugaban en el equipo. El otro hombre parecía trabajar en el club. Era grande, llevaba gomina en el pelo y un bigote espantoso y había engordado, pero alguno de sus comentarios me hizo pensar que era un ex futbolista.

Salí y me senté en una de las gradas, entre los dos banquillos. Intenté ponerme un poco lejos de los padres. No me gustaba el ambiente. En el bar había visto algo de clan, de secta exclusiva –los padres de los hijos que jugaban en el filial de un equipo de primera-, que me repugnaba. Tampoco me gustaban muchos de los padres que iban al fútbol, sobre todo los que les daban instrucciones a sus hijos, o gritaban a los entrenadores o al árbitro, como si supieran algo de algo. Y aun así, eso me parecía comprensible por la tensión del momento, aunque cuando yo jugaba detestaba que mi padre, que nunca insultaba a nadie, me diera indicaciones. Pero esa tarde estábamos en una prueba y me pareció que era obsceno ver jugar a los críos: parecía que los estuviéramos espiando. Todo el mundo estaba muy serio, yo pensaba que se preguntaban si su hijo triunfaría y podrían dejar la oficina y dedicarse a representarle.

Saqué el libro y empecé a leer. Al cabo de un rato salieron los jugadores. Los del equipo llevaban unos petos amarillos. Los jugadores que se habían presentado a la prueba llevaban camisetas de colores diferentes. Un padre pasó a mi lado, llegó hasta la barra y empezó a asesorar a su hijo.

-Luis, lo que hemos dicho antes, ¿eh?

Ignacio me hizo un gesto y se puso a calentar. Yo levanté el pulgar. No quería darle ningún consejo. Primero, porque no tenía ni idea. Y, segundo, porque pensaba que sólo podía ponerle nervioso.

-El chico ese juega en el Torre Medina, ¿no?

-Sí –dije. Era un hombre pequeño, de unos setenta años.

-Juega muy bien, yo lo he visto. Muy rápido. Ha jugado contra mi nieto alguna vez. El año pasado, creo. Mi nieto es ese de ahí. Juega en el Casetas.

-Ah, sí, claro...

Los dos equipos se estaban colocando sobre el campo. El abuelo le dio un par de voces a su nieto, le dijo “Hala, chaval” o algo así. Volví a abrir mi libro. El abuelo me preguntó qué leía. Me había caído bien y le contesté, pero mientras le respondía pensé que yo era un miserable por no decirle nada a mi hermano, por no animarle o transmitirle mi sabiduría, a fin de cuentas era su hermano mayor. Justo antes de que empezase el partido bajé corriendo hacia la valla que había al lado del campo.

-Ignacio, Ignacio.

Ignacio se acercó. Ya iba un poco sudado.

-Tú tranquilo, tío. Ya sabes, la cosa redonda es el balón y hay que meter gol.

Ignacio sonrió y fue a ponerse en su sitio.

Quería leer a Santa Teresa, pero me parecía mal. Vi el partido, que provocaba mucho más sufrimiento que cualquier ascesis. Los jugadores del equipo estaban en un lado, los nuevos en otro. Al principio los habituales jugaban mucho mejor: estaban más conjuntados. En el equipo de los nuevos destacaban dos y ninguno era mi hermano. Al contrario, Ignacio parecía despistado, y en la única ocasión en la que había tocado el balón lo había perdido tontamente. En los siguientes cinco o seis minutos no tocó bola, y yo me estaba deprimiendo muchísimo. Entonces llegó mi hermano Fernando, que había pasado la tarde en la ciudad. Vino muy despacio hasta la grada, mordisqueaba un flash. Se sentó a mi lado.

-¿Llevan mucho rato?

-No, ocho minutos o así.

-¿Qué tal está jugando Ignacio?

-Todavía está un poco dormido.

Uno de los de fuera vio al portero adelantado. Tiró; el balón terminó saliendo por la línea de banda.

-La idea era buena, pero hay que tirar con más fe –dijo un hombre en la banda, supongo que su padre; nos reímos.

Yo tenía ocho años más que Fernando y diez más que Ignacio. A los dos los había cuidado de niños. Yo había vivido fuera y cada vez teníamos menos relación, sobre todo con Ignacio, que a veces se enfadaba y rompía  o escondía algo y se quejaba de que todos estábamos contra él, pero nos llevábamos bien. Muchas veces jugábamos partidos los tres juntos. Normalmente jugábamos solos, pero a veces también venía algún amigo suyo. Lo mejor era cuando venía mi padre. A veces los partidos eran muy reñidos y nos enfadábamos; otras veces hacíamos el tonto, y una vez rompimos el cristal de la ludoteca del barrio. Mi padre me había dicho que, aunque los tres éramos muy distintos en todo, en el campo nos movíamos de forma parecida. Una ex novia me había dicho lo mismo.

-Bueno –dijo Fernando-, lo que está claro es ahora mismo a Ignacio no le cabe un alfiler por el culo.

Nos echamos a reír. Fernando me ofreció su flash, pero lo rechacé. Fernando era el más tranquilo de la familia, pero era evidente que los dos estábamos nerviosos. Y, para ser sincero, esa sensación me gustó. Me eché un poco hacia delante y metí el libro en la mochila. En un contraataque, Ignacio recibió el balón mirando hacia su portería, se giró rápidamente y lo cruzó hacia la banda derecha: el extremo de su equipo avanzaba hacia la pelota. Se había levantado un poco de viento y en ese momento tuve la certeza de que todo iba a salir bien.

Este cuento apareció en Literaturas.com

22/01/2008 11:55 Autor: daniel gascon. Enlace permanente. Tema: Cuentos Hay 1 comentario.

25/01/2008

PALABRAS DE FAMILIA

20080125172338-pison.jpg

Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) ha escrito varias veces sobre la familia y la historia: Carreteras secundarias (Anagrama, 1996) hablaba de un padre y un hijo a mediados de los años setenta; El tiempo de las mujeres (Anagrama, 2003) trataba de tres hermanas que se quedaban huérfanas y transcurría durante la transición; la familias, las injusticia y las víctimas eran algunos de los temas de Enterrar a los muertos (Seix Barral, 2005) y Las palabras justas (Xordica, 2007). Esas preocupaciones también aparecen en Dientes de leche (Seix Barral, 2008), que abarca cincuenta años y narra la historia de tres generaciones.

Raffaele Cameroni, un hombre que “desde niño había tenido la sensación de que las cosas siempre les pasaban a los demás”, viene a España para luchar en el bando franquista, se entusiasma con el fascismo, se enamora de una enfermera y se queda a vivir en Zaragoza. Martínez de Pisón cuenta su matrimonio con Isabel, la expansión de una empresa familiar de pasta –que se beneficia de la corrupción durante los primeros años del franquismo- y la construcción del cementerio de los soldados italianos. El carácter autoritario y a veces cruel de Raffaele tiene algo de fascismo aplicado a la vida cotidiana, y condiciona sus relaciones con su mujer y sus tres hijos: Rafael, que pasa de las simpatías por Mussolini a la militancia antifranquista y descubre que tiene talento para la mecánica; el deficiente Paquito, que vive atrapado en una niñez eterna; y Alberto, uno de los grandes personajes del libro, que se convierte a su pesar en el cabeza de familia, intenta modernizar la empresa de su padre, y disfruta con los paseos y la vida junto a su mujer, Elisa, y su hijo Juan.

Dientes de leche habla del paso del tiempo, del miedo a perder a los seres queridos y lo difícil que a veces resulta soportarlos, del amor y los celos, de la lealtad, la incomprensión y la compasión. Martínez de Pisón cuenta con rigor la guerra, la posguerra y la transición, pero también muestra los matices y los cambios en los sentimientos de los protagonistas, que a menudo tienen que vivir con las consecuencias de una decisión precipitada: tras unos meses de matrimonio, a Isabelita (que pierde a un hermano en la contienda y después de ser madre se convierte en Isabel), “Raffaele se le aparecía como un intruso y un aprovechado, el hombre que había ido desplazando a su padre en todo”.

Dientes de leche está llena de detalles que configuran con precisión un universo familiar: presta atención a la manera de hablar de los personajes, a las mudanzas y la distribución de las habitaciones de la casa. Habla de las relaciones entre padres e hijos y nietos y abuelos, de gestos y comportamientos parecidos, de los accidentes domésticos y los relatos fundacionales de cada casa: una acción heroica en la guerra o los capítulos iniciales de una historia de amor. Los Cameroni son seres complejos e imperfectos, con secretos que esconden traiciones o muestras de altruismo inadvertidas, y construyen rituales privados y colectivos para conservar la felicidad: Raffaele lleva a su nieto al homenaje a los soldados italianos que lucharon junto a Franco; Isabel guarda los dientes de leche de sus hijos, que para ella representan “todas las cosas bonitas que el tiempo y la vida obligaban a dejar atrás”, y Alberto hace fotos de Juan y Elisa para no perder de vista los instantes de alegría.

Martínez de Pisón organiza bien la trama, emplea con maestría la elipsis y los puntos de vista de los personajes, y elabora un hermoso retrato de Zaragoza, con sus bares, sus estaciones, sus burdeles y sus bulevares. Los acontecimientos históricos y los cambios de la ciudad señalan momentos importantes para los Cameroni: cuando Raffaele va con dos de sus hijos a recibir a los ex combatientes de la División Azul lleva un maletín lleno de dinero y planea abandonar a su mujer; Elisa oye el nombre de Alberto Cameroni el día en que la Vuelta a España pasa por Zaragoza y conoce a su marido durante el rodaje de Culpable para un delito.

Ignacio Martínez de Pisón logra que una historia complicada resulte apasionante y sencilla. Dientes de leche es la mejor novela de una trayectoria admirable: es un libro emocionante, con episodios tristes y momentos muy divertidos, que hace pensar en las novelas de Anne Tyler, John Irving y Natalia Ginzburg, y habla de cosas que nos afectan a todos.

Esta reseña apareció en Artes & Letras el 24 de enero de 2008.

En la imagen, Ignacio Martínez de Pisón retratado por Malcolm Otero.  

25/01/2008 17:23 Autor: daniel gascon. Enlace permanente. Tema: Reseñas No hay comentarios. Comentar.

31/01/2008

AMARILLO

20080130205342-foto-romeo-5958-alta.jpg

Félix Romeo acaba de publicar Amarillo (Plot). Es un libro sobre su amigo Chusé Izuel. Izuel nació en Zaragoza en 1968, se hizo amigo de Félix y Bizén en el colegio, escribió relatos y reseñas literarias, y se suicidó en Barcelona en 1992. En 1994, Félix Romeo recogió sus cuentos en el volumen Todo sigue tranquilo (Libertarias, 1994); son unos relatos estupendos y es una pena que Izuel no viviera para escribir más historias. Amarillo tiene algo de carta al amigo muerto, de búsqueda en su vida, en los recuerdos y en sus textos para comprender un enigma que siempre resulta inexplicable.

Félix Romeo escribe en Barcelona, a casi 16 años de distancia, y utiliza mucho la glosa: aparecen fragmentos de cuentos, reseñas, entrevistas y cartas de Chusé, y también textos que se escribieron sobre él. Reconstruye el momento del suicidio, que se produjo de madrugada, la noticia de la muerte, y la noche en el depósito de cadáveres. Interpreta los textos, transcribe una entrevista y a la vez va trazando un relato: cuenta la historia de una amistad -tres chicos de Zaragoza que se llaman igual que sus padres, quieren ser artistas, estudian juntos y se van a vivir a Barcelona- y explica algunos momentos esenciales de esa relación, como un accidente de coche que tuvieron Félix y Chusé Izuel, otra ocasión en la que estuvieron a punto de matarse en una carretera, o simplemente la distribución de las habitaciones en el piso compartido de Barcelona, con los olores de la comida que cocinaba Bizén o el sonido de la máquina de escribir de Chusé.

La relación de los tres está muy bien explicada, y se sitúa en un ambiente que no se ha contado mucho: la Zaragoza de finales de los años 80 y principios de los 90; Amarillo muestra los bares y la vida de una ciudad en la que los grupos consiguen grabar su primer disco; muestra a Félix Romeo con una beca de la Residencia de Estudiantes en Madrid; a Chusé Izuel colaborando en varios periódicos. Ese paisaje de gente que logra hacer cosas es el escenario de Amarillo, y contrasta con el dolor paralizante y las fantasías autodestructivas de Chusé, que aparecen en sus cuentos y en sus cartas: un cuento narra el asesinato de una novia, otro habla de un suicidio, una carta a Félix habla del Pozo de San Lázaro, sus reseñas insisten en esas pulsiones contra sí mismo. A Izuel lo había dejado una novia y no podía superarlo: ella lo abandonó un 27; él se tiraría por la ventana un 27 de febrero.

Aunque esa angustia que crece como un termitero es uno de los temas fundamentales, Amarillo es un libro magnífico sobre la orfandad, sobre una amistad y en cierta manera la traición a esa amistad. Como ha escrito Mariano Gistaín, el suicidio es un “atentado indefinido”, y la muerte de Izuel deja víctimas que se sienten abandonados y culpables: por no haber interpretado las pistas que llevaban a su suicidio, por no haber sabido impedírselo, porque alguien a quien querían ha decidido dejar de existir, o simplemente por haber seguido viviendo, pintando, escribiendo y cambiando de opinión. Esa sensación de culpa e incluso de apropiación de la existencia del otro -que se transforma en un fantasma- es uno de los elementos esenciales de Amarillo; el autor sabe que la escritura es la forma de curar esa herida, y que la vida es hermosa.

Félix Romeo ha escrito un libro intenso y estremecedor sobre Chusé Izuel y sobre sí mismo, en el que habla a su amigo con sobriedad y tristeza, con amor e ira, como quien dice unas palabras de despedida para alguien que ha colgado el teléfono y al que no vamos a volver a llamar.

La fotografía es de Daniel Mordzinski. Una entrevista con Félix Romeo.

31/01/2008 01:29 Autor: daniel gascon. Enlace permanente. Hay 4 comentarios.


Suscrí
bete a este blog. RSS 2.0 Este Blog ha sido creado con Blogia. Ver derechos de autor . Estadísticas. Admin. [Blogia colabora con iCities, 1001 relatos y el I Encuentro Rural de Blogs.]