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Daniel Gascón

CHRISTOPHER HITCHENS ESCRIBE SOBRE SALMAN RUSHDIE

CHRISTOPHER HITCHENS ESCRIBE SOBRE SALMAN RUSHDIE

 

Christopher Hitchens escribe sobre los 20 años de la fetua a Salman Rushdie.

"En una cena que siempre estará fresca en la memoria de los que asistieron a ella, alguien se quejaba no sólo de la épica mala calidad de las novelas de Robert Ludlum, sino también de la mala calidad de sus títulos. (Ya sabes lo pretencioso de ellos: La supremacía de Bourne, La progresión de Aquitania, La imitación de Ludlum, etcétera.) Después felizmente a otro invitado se le ocurrió preguntarse en su nombre cómo se llamaría una obra de Shakespeare al estilo de Ludlum. En ese momento Salman Rushdie empezó a olisquear en el aire como un perro de caza. ‘Vale, Salman, ¿cómo se llamaría Hamlet si lo sometiéramos al tratamiento Ludlum?’ ‘La vacilación de Elsinore’, replicó –y debo señalarlo- en menos tiempo del que te he dado a ti. ¿Era chiripa? ‘La reforestación de Dunsinane.’ Seguir y llegar a La sanción de Rialto y La implicación de Kerchief no llevó mucho más tiempo.

Así es como me gusta empezar cuando hablo de Rushdie y su trabajo. Es sublimemente divertido, y su humor se basa en una relación con el lenguaje más musical que literaria. (Aquí admito mi peor plagio: cuando me invitaron a escribir la introducción al "Black & Issue" de Vanity Fair hace unos años, aproveché que Salman estaba en mi casa para pedirle que jugara un poco con las dos palabras claves. Asoció libremente todo: desde el fotograbado al Taj Mahal, sin pestañear, durante media hora en mi teclado, y mi pieza estaba esencialmente hecha.) ¡Y éste es un hombre cuyo primera lengua es el inglés! Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, George Orwell escribió a su amigo  Mulk Raj Anand para predecir que un día habría toda una categoría de literatura inglesa escrita por hindúes. Hoy, todos hemos absorbido una novela Vikram Seth o Arundhati Roy o R. K. Narayan o Rohinton Mistry, y para muchos europeos y norteamericanos lo que lo cambió todo fue la publicación de Hijos de la medianoche de Salman Rushdie, en 1981. Aquí estaba alguien que había nacido como súbdito británico en una colonia, y había anexionado la parte más orgullosa del dominio del Raj –el propio idioma inglés- y la había hecho suya. La novela es todavía la única que ha ganado dos veces el Premio Broker, pero eso es lo de menos.

Sus novelas siguientes han mantenido ese estándar. Recomiendo especialmente El ultimo suspiro del moro, que contiene un maravilloso retrato de la ciudad de Bombay, antes de que los sectarios religiosos cambiaran su nombre a Mumbai. ’Los que odian la India’, escribió Salman con horrible presciencia, ’los que quieren arruinarla, necesitarían arruinar Bombay’. Aparte de su genio para la ficción, Rushdie también fue el cronista de la nueva era de la migración y la síntesis contradictoria de culturas.

 

La fetua

 

¿Con cuánta frecuencia he podido hablar sobre mi amigo así? No con tanta. Por ejemplo, cuando se quedaba en mi casa en Acción de Gracias de 1993, también estaba alrededor de una docena de las mejores fuerzas antiterroristas estadounidenses. El día de San Valentín de 1989, el ayatolá Jomeini de Irán le hizo al libro de Salman Los versos satánicos la peor reseña que ha recibido un novelista, reclamando en un tono frenético su muerte y el asesinato de todos los ’involucrados en su publicación’. Era la primera vez que la mayor parte de la gente que no pertenecía al mundo musulmán oía la palabra fetua, o edicto religioso. Así que si echas de menos el lado humorístico e irónico de Rushdie, ésta podría ser una razón concebible. Sólo para volver a aclarar la situación antes de ir más lejos: hace dos decenios, la cabeza teócrata de un país extranjero ofreció una gran suma de dinero, en público, por el asesinato de un escritor de ficción que no era iraní. En caso de que algún aspirante a asesino muriera cuando intentaba ganarse la pasta, tenía garantizado un pasaje inmediato al paraíso. (De nuevo, ésta fue la primera vez que muchos occidentales sabían de esta infame promesa coránica). Pensé entonces, y pienso ahora, que no era sólo una advertencia de lo que estaba por venir. Era la advertencia. La Guerra civil en el mundo islámico, entre los que creían en la yihad y la sharia y los que no, estaba llegando a nuestras calles y ciudades. En poco tiempo, Hitoshi Igarashi, el traductor al japonés de Los versos satánicos, fue apuñalado hasta la muerte en el campus en el que enseñaba literatura, y el traductor al italiano, Ettore Capriolo, fue apuñalado en su apartamento en Milán. William Nygaard, el editor noruego de la novella, recibió tres disparos en la espalda y lo dieron por muerto en la puerta de su casa en Oslo. Varios intentos muy serios, a menudo apoyados por las embajadas iraníes, se hicieron contra el propio Salman. Y todo esto porque el senil Jomeini, que había prometido públicamente que jamás aceptaría un acuerdo con Saddam Hussein porque dios estaba del lado iraní, tuvo que tragarse el veneno (según sus propias palabras) de firmar un tratado, y necesitaba urgentemente un ’tema’ que gustara a las masas y restaurase sus credenciales religiosas puristas.

 

Lenguaje

 

Sin embargo, sostengo que la cuestión crucial era el lenguaje y no la política. Salman Rushdie, educado como musulmán, concluyó que el Corán era un libro hecho por manos de hombres y era por tanto un buen sujeto para la crítica literaria y el préstamo ficcional. (Casi todas las batallas históricas por la libertad de expresión, de Sócrates a Galileo, han empezado por un combate sobre lo que es y no es blasfemia.) En cambio, la mera definición de ’fundamentalista’ es alguien que cree que la ’escritura sagrada’ es la palabra fija e inalterable de dios. Para nuestro tiempo y nuestra generación, el gran conflicto entre la mente irónica y la mente literal, la experimental y la dogmática, la tolerante y la fanática, es la controversia que desató Los versos satánicos.

No todo el mundo estuvo de acuerdo conmigo sobre la naturaleza de este enfrentamiento. Cuando le preguntaron al presidente de los Estados Unidos George H. W. Bush dijo que no había intereses americanos de por medio. Dudo que hubiera dicho lo mismo si un ejecutivo de Texaco hubiera sido objeto de una fetua, pero incluso aunque la mujer de Salman de la época (que tuvo que esconderse con él) no hubiera sido estadounidense, podría argumentarse que Estados Unidos tenía un interés en oponerse contra el terrorismo subvencionado por el estado contra los novelistas. Varios intelectualoides, de John Berger en la izquierda a Norman Podhoretz en la derecha, arguyeron que Rushdie tenía lo que se merecía por insultar a una gran religión. (Como el ayatolá Jomeini, no se habían tomado la molestia de leer la novela: el único pasaje que puede acusarse de ello sucede durante la pesadilla de un loco.) Parte de eso era un apresurado soborno que se pagaba al crudo agresor del miedo: si Susan Sontag no hubiera sido la presidenta del PEN en 1989, posiblemente muchos se hubieran unido a Arthur Miller en su inicial y temeroso rechazo a firmar una protesta contra la invocación por parte del ayatolá a Asesinatos, S.A. ‘Soy judío’, dijo el autor de Las brujas de Salem. ‘Sólo serviría para que cambiaran de objetivo.’ Pero Susan no aceptó nada de eso, y avergonzó a muchos otros cuyos nombres todavía no puedo revelar. Otros señalaron tenebrosamente que Rushdie ‘sabía lo que estaba haciendo’, como si eso fuera algo inquietante o mercenario. Por cierto, sin duda sabía lo que estaba haciendo. Había estudiado las escrituras del islam en la Universidad de Cambridge, y recuerdo una tarde en el apartamento de Edward Said cerca de Columbia, en la que la agencia de Andrew Wylie le hizo llegar una copia del manuscrito a Edward. En una nota, Salman le pedía al palestino más famoso de Estados Unidos su consejo ilustrado, antes la posibilidad de que el libro ofendiera a ‘los fieles’. Así que, sí, ‘sabía’, pero de una manera altamente responsable. En cualquier caso, el trabajo de los escritores y los pensadores no es apaciguar a los fieles. Y los fieles, si de verdad están ofendidos o angustiados, tienen la capacidad y el derecho a explorar todas las formas de protesta. Salvo la violencia.

Las tres últimas palabras no son una verdadera frase, pero traen a la mente las varias ‘sentencias’ que desde entonces han pronunciado los fieles en sus periódicos arrebatos de ira. El cineasta holandés Theo van Gogh, descendiente del pintor, tiroteado y acuchillado ritualmente en una calle de Ámsterdam después de hacer un cortometraje sobre el maltrato a las mujeres musulmanas en Holanda. Su compañera Ayaan Hirsi Ali, miembro del parlamento holandés, forzada a esconderse y marchar al exilio por las incesantes amenazas de muerte. Dinamarca, otra pequeña (e inusualmente abierta y multicultural) democracia europea, que vio cómo sus embajadas ardían, cómo sus productos eran boicoteados y cómo sus ciudadanos recibían amenazas, porque unas caricaturas del profeta Mahoma habían aparecido en un periódico de Copenhague. Daniel Pearl, insultado por ser judío y después decapitado en un vídeo. Disturbios e incendios y asesinatos por todo el mundo musulmán, algunos claramente incitados por las autoridades, en respuesta a unas palabras del Papa sobre el islam.

 

Cosas que no han ocurrido

 

Éstas son algunas de las cosas que han ocurrido, y que se han dado deprimentemente por supuestas, desde la fetua del ayatolá. Ahora vivimos en un clima en el que cada editorial y cada editor deben pesar de antemano la posibilidad de una violenta represalia musulmana. En consecuencia, hay un número de cosas que no han ocurrido. Déjame darte un ejemplo reciente y trivial que no carece por completo de importancia simbólica. El pasado mes de octubre, Sony PlayStation retrasó la salida de su mayor vídeo juego de 2008, LittleBigPlanet, porque la canción que lo acompañaba, del cantante de Mali Toumani Diabaté, incluía dos expresiones que, según la nota de Press Association, ‘podían encontrarse en el Corán’. Siguiendo la línea de la prensa estadounidense –que no quiso mostrar a sus lectores las caricaturas danesas y por tanto permitir que juzgaran por ellos mismos-, la nota no se molestaba en señalar qué ‘expresiones’ eran. Era un ejemplo de libro de autocensura o, si lo prefieres, de llorar antes de que te hagan daño. Hubo una revista estadounidense (la laica Free Inquiry, para la que escribo) que se atrevió a imprimir esas caricaturas; Borders sacó el ejemplar de sus estanterías.

Pero que nadie dude de que te pueden hacer daño. Unas semanas antes de que Sony PlayStation capitulara por adelantado, por decirlo así, se arrojó una bomba incendiaria un hogar privado del Norte de Londres que también es la oficina de una pequeña editorial llamada Gibson Square Books. El director, Martin Rynja, fue elegido para esta atrocidad porque había decidido publicar una novela romántica titulada The Jewel of Medina, de la estadounidense Sherry Jones, que contaba la historia de la esposa más joven y preferida de Mahoma, Aisha, de nueve años (seis cuando se concertó el matrimonio). En un principio, Random House había comprado la novela. ¿Cómo obtuvo esta pequeña editorial londinense el honor de publicarla? Porque Random House rechazó el libro al recibir una amenaza de una sola lectora, que dijo que podrían tener un nuevo ‘caso Rushdie’ entre manos. La fecha del ataque, el 26 de septiembre, coincidía con el 20 aniversario de la publicación de Los versos satánicos.

 

Una figura sombría

 

Así que hay un compañero oculto en nuestro mundo cultural, universitario, editorial y mediático: una figura sombría que, sin que la hayan invitarado, ha acercado una silla a la mesa. Nunca habla. No lo necesita. Pero se hace entender muy bien. El fallecido dramaturgo Simon Gray aludía a ella cuando dijo que Nicholas Hytner, director del Teatro Nacional de Londres, podía programar una obra que se burlara del cristianismo, pero no una que cuestionara el islam. Yo me enfrenté al censor no reconocido cuando fui a la CNN a defender las caricaturas danesas y descubrí que, aunque la cadena mostraba la página del periódico, había pixelazo los dibujos. Y esto en una época en la que la imagen lo es todo. La presentadora no se sonrojó al decirme que estaba eliminando su mercancía (imágenes que son noticia) por puro miedo.

A veces este miedo –y este chantaje- viene disfrazado de buenas maneras y multiculturalismo. Uno no debe herir los sentimientos religiosos de los demás, muchos de los cuales son inmigrantes pobres en nuestra sociedad. A esto respondería señalando un libro publicado en 1994. Se titula For Rushdie: Essays by Arab and Muslim Writers in Defense of Free Speech [Por Rushdie: Ensayos de escritores árabes y musulmanes en defensa de la libertad de expresión]. Entre sus autores están casi todos los escritores que merecen el nombre en el mundo árabe y musulmán, desde el poeta sirio Adonis, el autor sirio-kurdo Salim Barakat y el fallecido bardo palestino Mahmoud Darwish, a los celebrados escritores turcos Murat Belge y Orhan Pamuk. Especialmente impresionante y corajinosa era la lista de 127 escritores, artistas e intelectuales iraníes, que, desde la casa-cárcel que es la República Islámica, firmaron una carta que decía: ‘Subrayamos el carácter intolerable del decreto de muerte de la fetua, e insistimos en que los criterios estéticos son los únicos adecuados para juzgar las obras de arte… El punto hasta el que se tolera la negación sistemática de los derechos del hombre en Irán se tolera sólo puede animar a exportar fuera de la República sus métodos terroristas que destruyen la libertad’. En otras palabras, la situación es exactamente opuesta a la que describen los multiculturalistas condescendientes. Tolerar la idea de una censura religiosa bajo la amenaza de la violencia es insultar y disminuir precisamente a las personas que constituyen la avanzadilla intelectual del mundo islámico, y que quieren testificar a favor de su libertad –y de la nuestra. También es asumir la suposición paternalista de que los líderes de mafias y los que incitan a los tontos son los verdaderos representantes de la opinión musulmana. ¿Qué podría ser más ‘ofensivo’ que eso?

En los convulsos días que siguieron a la fetua, con Salman huyendo y las pantallas de televisión llenas de imágenes de libros ardiendo y bigotes retorcidos, una entrevistadora musulmana y su cámara me pararon y me hicieron una vieja pregunta: ‘¿No hay nada sagrado?’. No recuerdo lo que contesté, pero sé lo que diría ahora. ‘No, no hay nada sagrado. E incluso si hubiera algo que pudiéramos llamar sagrado, nosotros, meros primates, no sabríamos qué libro, ídolo o ciudad son los verdaderamente sagrados. Así que lo único que se debe conservar a cualquier precio y sin condiciones es el derecho a la libertad de expresión, porque si desaparece, desaparecen con él todas las reivindicaciones de derecho’. También pienso que la vida humana tiene un aspecto sacrosanto, y aunque puedo pensar en varias circunstancias en las que tomaría una vida, el delito de escribir una obra de ficción no es una justificación (ni siquiera en el caso de Ludlum) que me pueda satisfacer nunca. Dos décadas más tarde, Salman prospera con fuerza y ha vuelto a vivir como un hombre libre. Pero la cultura que lo sostiene, y que él ayuda a sostener, se ha vuelto hacia una postura de contención previa y autocensura en la que el edicto lúgubre y loco del teócrata muerto ejerce su fuerza. Y, por cierto, la próxima vez que los encantadores hijos de Jomeini quieran hacerse sentir, no estarán sólo armados de fetuas, sino también de armas nucleares.”

 He tomado la imagen aquí.

 

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2 comentarios

Hans -

Interesantísima entrada y aportación, ciertamente.
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Adolfo Poncela -

A ver si un día de estos publican una buena traducción de "Los versos satánicos".
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