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Daniel Gascón

CRÍMENES IMAGINARIOS

CRÍMENES IMAGINARIOS

 

Hubo un tiempo en el que todas las novelas históricas hablaban de la guerra de Iraq. Podían tratar de las conquistas de Alejandro Magno, de la resistencia de los celtíberos frente a los romanos, del descubrimiento de América o las guerra napoleónicas: siempre había una lección que podía aplicarse a la ocupación estadounidense, al unilateralismo, a las luchas sectarias, la resistencia a las luchas intestinas; la situación era prácticamente idéntica; se trataba de un paralelismo que muchas veces había sorprendido al novelista, según decía él mismo.

Sin embargo, aunque la novela histórica tiene numerosas virtudes, no creo que su capacidad para explicar la guerra de Iraq fuera la principal. Tampoco me parece que las novelas de Dan Brown (que se inspiró en una conocida teoría de la conspiración), o de Eric Frattini, expliquen mejor la historia de la Iglesia Católica que un ensayo riguroso. A veces los autores hacen trampa: dicen que lo suyo es ficción y se han documentado mucho; que algunas partes de la novela sucedieron exactamente así, que otras podría haber sucedido y han provocado inquietud, etcétera. Son autores que quieren estar en misa y repicando.

En los últimos años he leído unas decenas de artículos que avisaban de la llegada de la novela negra. No sé si los últimos han acertado porque sus autores han sido más clarividentes, porque la novela negra ya estaba aquí, o por una cuestión de pura estadística, pero parece que esta vez es verdad. Y, por cierto, da la sensación que algunas de esas novelas, que a menudo incluyen la idea de una conspiración secreta, de fuerzas semiocultas y poderosísimas que controlan nuestro destino, también hablan de la guerra de Iraq.

Eso está bien. Lo que me parece perturbador es que algunos periodistas se hayan lanzado a defender la novela negra como el último reducto del periodismo. Entre las explicaciones más delirantes se encuentra la que proporcionaba Javier Valenzuela:

Pues sí, el mundo se ha vuelto loco en este arranque del tercer milenio, es una jungla donde impera la ley del más fuerte, y quien mejor lo está contando es la novela negra (thriller en inglés).

Yo no sé si el mundo está más loco en el arranque del tercer milenio que, por decir algunas fechas recientes, 1915, 1917, 1937, 1940, 1959, 1975 o 1979. Ni tampoco tengo tan claro que la novela negra y el thriller sean exactamente lo mismo, aunque agradezco la traducción. Pero estoy bastante seguro de que esas novelas no son lo que mejor explica el estado mental del mundo. Para Valenzuela, las novelas cuentan lo que de verdad sucede porque no sufren las presiones de los “grandes medios”, la censura, etcétera, ni otras graves limitaciones de la prensa:

Constreñida por la obligación de publicar informaciones contrastadas y por lo políticamente correcto, la prensa de calidad no puede contar de la misa la mitad; la sensacionalista, por su parte, sólo se ceba en los débiles y los rojos.

La división es tan tendenciosa y pueril que resulta cómica, pero la frase “constreñida por la obligación de publicar informaciones contrastadas” resulta algo inquietante, ya que lamenta la esencia del oficio: es como un médico que se quejara de la lata que supone atender al paciente, o un chef molesto porque le exigen que no intoxique a sus clientes. En este caso, quien formula la queja ha sido director adjunto de El País y director general información internacional del presidente José Luis Rodríguez Zapatero, y analiza la actualidad política española en diversos medios.

No sólo eso; también dice:

Resulta que Suecia no es lo más parecido a un paraíso de libertad y justicia. Allí también hay empresarios corruptos, funcionarios venales y machistas asesinos. Debemos este descubrimiento a las novelas de Henning Mankell y Stieg Larsson.

Habría sido igual de riguroso, pero algo más ingenioso, que Valenzuela hubiera empezado: “Shakespeare advirtió de que algo olía a podrido en Dinamarca. Ahora, gracias a Mankell y Larrson, sabemos que la peste venía de Suecia”. Yo entiendo que uno le guarde rencor al modelo escandinavo. Después de todo, llevamos décadas oyendo hablar de lo bueno que es. Además, el modelo ha evolucionado hacia una mayor apuesta por los recursos privados, conservando prestaciones sociales. Pero esto me recuerda a cuando, durante el caso de Josef Fritzl, la gente teorizaba sobre lo específicamente austriaco del caso, sobre las culturas centroeuropeas, tan reprimidas y tan reservadas y se preguntaba qué esconderían todos esos sótanos. En ese caso, era una estupidez (y no tardaron en aparecer violadores y secuestradores de sus propias hijas en otras latitudes), aunque que el crimen era real: calcula entonces el análisis político y antropológico que puede derivarse de un crimen imaginario. Es como decir que gracias a los chistes de Lepe conocemos bien la provincia de Huelva. Por supuesto, eso no significa que Suecia sea un país perfecto: por ejemplo, hace unos pocos años mataron a un presidente del Gobierno. No hacía falta leer a Mankell y Larrson para saberlo.

Más adelante habla de Matt Beynon Rees, que ha creado un detective palestino:

En Una tumba en Gaza, una de las novelas de Rees, alguien le pregunta a Omar Yusef qué le impulsa a continuar una peligrosa investigación y éste responde: "Soy palestino. Estoy acostumbrado a comer mierda". En otro momento, Salwa, un personaje femenino, suelta: "A veces pienso que los únicos palestinos que no lloran son los muertos". Ninguna crónica, y por supuesto ningún informe de un think-tank, lo puede decir más corto y mejor. [Las cursivas son mías.]

¿Esa frase –puro fatalismo de cuarta, que podrían emplear personas de muchas nacionalidades diferentes, e incluso algún seguidor de un equipo de fútbol tras un mal domingo por la tarde- vale más que todos los reportajes y análisis y libros y documentales sobre el conflicto entre los palestinos y los israelíes? Al parecer, no todo el mundo está de acuerdo con Valenzuela, que tampoco ofrece muchas soluciones para que los palestinos cambien de dieta: el propio Rees sigue escribiendo reportajes y El País todavía no ha eliminado la corresponsalía. (Think-tank, para Valenzuela, es una sinécdoque de neocon; como si el análisis y el pensamiento no pudieran existir, y no existieran, en la izquierda. Aunque al leer a Valenzuela podríamos tener esa impresión, no es así.) Pero no se quedaba allí:

No, terminó el monopolio estadounidense (aunque ahí siguen clásicos vivientes como James Ellroy y Walter Mosley) y ahora también nos enteramos de lo que ocurre en Suecia (Mankell, Larsson), en Sicilia (Andrea Camilleri), en Venecia (Donna Leon), en Grecia (Petros Márkaris), en Argelia (Yasmina Jadra), en Suráfica (Gillian Slovo, Deon Meyer), en Israel (Batya Gur), en Francia (J.-P. Manchette, Didier Daeninckx, Fred Vargas), en España (Andreu Martín, Juan Madrid, Lorenzo Silva), en Reino Unido (Ian Rankin, P.D. James)...

“El monopolio estadounidense”, dice Javier Valenzuela, que habla de novela negra (un término francés), elogia la tarea de las últimas décadas de John Le Carré (británico), parece ignorar que Fred Vargas o Camilleri o P. D. James llevan escribiendo y teniendo éxito unos cuantos años, y que Sue Grafton, una de las autoras llamadas a romper ese supuesto monopolio, es estadounidense. Es posible que cuele alguna de sus observaciones sobre otro país. Pero decir que por fin sabemos –con el hermoso “nos enteramos”, que aquí es especialmente ridículo, por el sujeto comunal que incluye a los lectores enterados y porque apela a los lectores de su periódico, que al parecer no tienen ni idea de nada y deberían pedirle a El País que les devuelva el dinero- lo que pasa en España gracias a las novelas de Juan Madrid, Andreu Martín y Lorenzo Silva, es una de las frases más involuntariamente cómicas que he leído en mucho tiempo.

Aunque, como he dicho, muchos de esos autores publican desde mucho antes de la era Bush, Valenzuela juega al despiste cuando elogia su pluralismo:

La visión del mundo que se desprende del thriller político contemporáneo es más compleja y menos maniquea que la de Fox News. Los malos no son sólo caudillos izquierdistas latinoamericanos, oligarcas rusos del gas y jeques árabes que financian redes yihadistas. Entre sus villanos también hay políticos y funcionarios de Washington dispuestos a cualquier cosa con tal de que el viejo imperio siga mandando sin que nadie le chiste. Y mucha gente de la CIA que intercepta movimientos, conversaciones telefónicas y accesos a Internet allí donde les place. Y cardenales maquiavélicos del Vaticano, banqueros suizos corroídos por la hipocresía, especuladores financieros e inmobiliarios de múltiples pelajes...

Me llaman la atención algunas cosas: en primer lugar, hace un montón de tiempo que salen malos de la CIA en toda clase de ficciones –Estados Unidos debería haber cerrado esa institución hace tiempo, que parece funcionar mucho mejor en el cine que en la realidad-, y, si alguien está interesado en la CIA, ¿no sería mejor leer por ejemplo Legado de cenizas, donde Tim Weiner traza la historia de la organización, de sus jefes y sus operaciones? Si uno busca información, ¿no sería mejor buscar en los libros de no ficción? A lo mejor, los lectores de novelas no buscan exactamente información.

En segundo lugar me llama la atención la lista de malos de Valenzuela: funcionarios estadounidenses y cardenales maquiavélicos, banqueros corrompidos y especuladores financieros e inmobiliarios. Cualquiera diría que se la ha dictado Pepe Blanco. A ver si lo que no le molesta es el maniqueísmo, sino el maniqueísmo de un lado que no es el suyo. (Por cierto, hay otro personaje negativo en el dramatis personae de Valenzuela: un “asesino al servicio del Mossad”.)

El mundo va mal. La novela negra cuenta que el mundo va mal. Por tanto, la novela negra cuenta el mundo. Valenzuela imagina una solución pero necesita un deus ex máchina:

Tal como están las cosas, y si Obama no logra detener la caída del mundo por la pendiente —y tiene poderosos enemigos dentro y fuera intentan maniatarlo [sic]—, al thriller no le van a faltar temas para las próximas temporadas.

Si esto sucediera –si el primer presidente negro de Estados Unidos, el negro que tenía el alma blanca, consiguiera volver la vida de color de rosa-, desaparecería también la novela negra.

Uno de los ejemplos de novela negra política que pone Valenzuela es El jardinero fiel, que especula con los abusos de las compañías farmacéuticas en África. A mí me parece que si Le Carré hubiera querido hacerle un bien al mundo, en vez de elaborar una mera teoría conspirativa que utiliza la coartada humanitaria, podría haber investigado si las compañías explotan a la gente, cómo lo hacen, y decirlo. Sin duda, sería una información maravillosa, útil y necesaria; y no creo, como dicen algunos, que los propios medios taparan esa noticia (y aun así, Le Carré, aunque él y Valenzuela quieran hacernos creer lo contrario, vive en una parte del mundo en la que cada uno puede publicar lo que quiera: podría abrir un blog).

La literatura entretiene, pero también ayuda a entender mejor y dar matices a la vida, y a comprender las razones de los demás. Creo que puede ayudar a explicar conflictos internos, que puede aportar relatos simbólicos y observaciones sobre la naturaleza humana que son universales. También sirve para reírnos de nuestras imperfecciones, para condenar la estupidez y los atropellos contra las personas, y ha servido para explicar la violencia y los mecanismos del totalitarismo y la intolerancia o para elaborar metáforas del horror, pero la relación no es tan literal como propone Valenzuela; las denuncias más eficaces son las que denuncian algo que de verdad existe, que el escritor conoce por experiencia y transforma en un artefacto literario (el racismo en Invisible Man, por ejemplo, o el totalitarismo en 1984) y desde luego esa tarea no puede anular ni sustituir el trabajo imprescindible de la investigación rigurosa y los datos, ni desdibujar las fronteras entre lo que uno sabe y lo que uno ha imaginado ante el ordenador.

Los escritores ex periodistas pueden firmar novelas estupendas; pero, como periodistas, simplemente dejaron de hacer su trabajo. Es algo que, aunque Valenzuela parezca haber olvidado, la inmensa mayoría de periodistas y lectores sabe perfectamente. Lo que cuenta la literatura debe ser interesante; el periodismo tiene la obligación de ser verdadero, y no debe operar con una lógica simbólica o mágica: eso lleva al mal artículo, a la estupidez y en ocasiones a la barbarie.

La novela negra, cuando es buena, tiene muchas virtudes: tramas bien construidas, suspense, emoción. Muchas veces, como muchos otros géneros, repite fórmulas y tópicos (generalmente se necesita, como mínimo, un muerto); a veces, es apasionante. Pero no tiene sentido presentarla como algo que no es; posee su propio interés y dignidad. Normalmente, uno no ve cine porno para investigar el problema de la incomunicación en el mundo contemporáneo.

La distinción entre la ficción y la realidad, entre la historia y la poesía y los peligros de confundir la novela y la vida tiene varios siglos de antigüedad y es uno de los temas esenciales de la literatura en castellano. Es una pena que esta diferencia fundamental pase inadvertida ante quienes deberían tenerla más presente: su negligencia sólo sirve para perjudicar a dos disciplinas esenciales, y para arrojar un vertido tóxico sobre la realidad y la ficción.

Aqui, la imagen.

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4 comentarios

d. -

Gracias por vuestros comentarios. Un abrazo.

Juan -

Excelente reflexión.

Jorge Martín -

Enhorabuena por su desengrasante artículo. Buena falta hace pues los periódicos vienen llenos de porquerías similares. Lo malo es que son muchos los que se alimentan de tonterías pomposas. Y se relamen, además. Cosas de periodistas, cosas de lectores.

Octavio -

me ha gustado mucho el artículo, man. Un abracico
o
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