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Daniel Gascón

AGUA TURBIA

AGUA TURBIA

 

1.

Simon Jenkis escribe:

“La verdad es que la base teórica de las ‘localidades ecológicas’ o ecotowns se ha derrumbado, víctima de la ideología de la conservación del planeta y el cambio climático. Desde el principio el concepto estuvo recubierto de pretensiones, sostenido por la edad de oro de la consultoría Whitehall. Cada arquitecto clamaba ser un defensor de esas nuevas ciudades.
No tenía sentido que se dijera que las ciudades de nueva construcción en el país fueran a ser ‘neutrales en carbono’. Abren el suelo, talan árboles –liberando tanto carbono como talando árboles- y consumen energía al poner asfalto y edificar ladrillo, hormigón, vidrio y piedra. Se requieren nuevas infraestructuras de todo tipo y los habitantes se conviertan en usuarios intensivos de coches.

Los promotores se reunieron bajo la bandera ecotown porque se les prometió la aprobación acelerada de sus casas favoritas, para ejecutivos y con baja densidad de población. Se marcharon, incrédulos, cuando les dijeron que los ministros impedirían que la mitad de los dueños de las casas tuvieran coche. Este verano el Panel sobre el Desafío de las Ecotowns del gobierno estaba cerca de la desesperación. Para un crítico que sólo eran ‘casas con las turbinas en la parte superior’. Al Arquitects’ Journal le parecía que estaban ‘muertas’.

La utopía de la creación de comunidades desde cero hizo llamaba a los políticos del siglo XX, y no sólo al este del Telón de Acero: estarían diseñadas para ser libres de los males urbanos, del pecado, el smog, la miseria, el hacinamiento y el capitalismo. Los arquitectos podrían respirar libremente. Los niños pequeños podrían bailar en las calles. Las nuevas ciudades como Letchworth prohibieron el alcohol en los bares, y servían Cydrax y Bovril. Se asignaron salas para encuadernar, hacer sandalias y servir como ‘lugares de encuentro para los trabajadores en huelga’.

Se pensaba que esta ideología se había desintegrado con el ‘blues de la ciudad nueva’ de la década de 1960 y la anomia de Telford y Milton Keynes. Se creía que había muerto hace una generación. Pero no se puede contener una agenda estalinista. En las ciudades Yvette Cooper revivió el espíritu de la década de 1970 con la extendida demolición de de viviendas con sus proyectos North Country Pathfinder, recientemente criticado en el libro de Anna Minton, Ground Control.

John Prescott, sometido a la presión de de los defensores de estos edificios, revivió el concepto de ciudades jardín bajo un manto de vegetación y planificación centralizada. Unos 70 sitios fueron identificados, para éxtasis de la entonces ministra de Vivienda, Caroline Flint, al éxtasis, alegando que serían ‘carbono cero’ y contribuirían a salvar ‘el mundo entero’. A la población local no se le permitiría intervenir.

Las ecotown cayeron una tras otra cuando el mercado inmobiliario se derrumbó y los residentes se alzaron disgustados. Los ministros se desesperaron. El mundo libre de coches y localismo siguieron el camino de la abstinencia de Letchworth. Incluso la animadora y consultora de las ciudades -Town and Country Planning Association- admitió el año pasado que no puede ser neutra en carbono. De hecho, el gobierno tendría que cometer el absurdo de comprar  carbono de las ciudades con certificados de compensación. Los promotores decidieron que era mejor seguir adelante con la expansión anticuada.

Las ecotown son callejones sin salida en la planificación de la historia, las reliquias de otro intento de formar una nueva Jerusalén con la torcida madera de Gran Bretaña. Incluso si Rackheath sale adelante, será sólo otra zona de viviendas grandes, demasiado caras porque su construcción tiene demasiada regulación. Se generarán los mismos kilómetros de coches que cualquier otra población en una zona rural. Incluso los ministros laboristas han dejado de creer que pueden obligar a la gente a que no conduzca.

La historia ecotown es alarmante sobre todo porque mostrar lo vulnerable que es la política del gobierno ante la histeria verde. El eslogan ‘cambio climático’ puede ser secuestrado por un interés comercial. Pinta tu producto verde (ya sea un coche, una fábrica, un rascacielos, una turbina de viento) y puedes llevarte un permiso y una subvención de algún bromista en el cargo.

Lo verde de verdad se vende menos. El mejor libro sobre el tema es del urbanista americano David Owen. Su Green Metropolis vocea el sucio secreto de que los lugares más verdes para vivir son las grandes ciudades. Nueva York, Londres, Mumbai, Hong Kong están repletas de edificios y personas, economizan en las paredes, los techos, la calefacción central, oficinas, espacios abiertos y tránsito de personas.

Las ciudades consumen el tiempo y el espacio de manera intensa y eficaz. Los residentes no pasan horas cada día quemando combustible para ir al trabajo o volver a casa. Manhattan utiliza una décima parte de la gasolina per cápita de la media estadounidense. Albergando y calentando a sus ciudadanos consume una fracción de la energía que se gasta en los suburbios y el campo.

La lógica de la tesis de Owen es que la política verde debería tratar de influir en el consumo. Debería que hacer las ciudades más atractivas y cambiar la tendencia a la movilidad y la expansión rural. Las ciudades no debería ser denigradas mientras se elogia el desarrollo rural pretendiendo que es más respetuoso con el medio ambiente. La gente en el país requiere metros de pared externa per cápita y usa coches todo el tiempo. Los habitantes de la ciudad no”.

2.

John Irving publica su duodécima novela: Last Night at Twisted River. El labrador de John Irving se llama Dickens. En la novela sale una pistola, y él tiene una en casa. En esta entrevista habla de política, de su novela, de un puercoespín, de Al Gore y de Ricardo III: “Siempre pensé que parte de su problema es que nunca debió ser rey. Debió ser un poeta”.

3.

El Ganges, el río más sagrado de la India, se ha convertido en una cloaca infecta que produce numerosas enfermedades. Cuerpos medio quemados, grandes cantidades de desechos y excrementos humanos, flores religiosas en bolsas de poletileno, plástico, cristal, goma y sustancias no biodegradables flotan en el río. Tal es la extensión de la suciedad y productos industriales y contaminantes que un estudio reciente ha concluido que el río no sirve para la agricultura; por no hablar de beber y bañarse.

4.

El Gobierno de España prohíbe la emisión de pornografía en abierto. Al parecer, ha sido importante la presión de usuarios que no se veían capaces de apagar la tele y preferían que otro lo hiciera por ellos, y por todos los demás.

5.

El rodaje de la película basada en la novela Memorias de mis putas tristes de García Márquez se retrasa por la denuncia presentada por una ONG por "apología de la prostitución infantil".

6.

En Bagdad, los homosexuales sufren persecuciones, torturas y asesinatos.

En la imagen, John Irving.

 

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