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Daniel Gascón

JUSTICIA TERRENAL

Escribe Christopher Hitchens:

“Al leer el extraordinario y límpido libro de Diarmaid MacCulloch, Christianity: The First Three Thousand Years (una historia que muestra una simpatía general, aunque anglicana, por su tema), encontré el siguiente pasaje de  la declaración clásica del cardenal John Henry Newman, Apología Pro Vita Sua:

La Iglesia católica sostiene que es mejor que el Sol y la Luna caigan del cielo, que la tierra se hunda y todos los millones de seres que viven en ella mueran de hambre y sufran extremados padecimientos… todo eso es mejor no solo frente a la posibilidad de que un alma se pierda, sino que también es preferible frente a la comisión de un solo pecado venial, a que  una persona diga una mentira a sabiendas o a que alguien robe un centavo sin excusa.

Esta semana, Joseph Ratzinger realiza uno de los viajes más portentosos de su papado, y aterriza en Gran Bretaña para anunciar la beatificación del autor de estas notables palabras. Hoy no voy a escribir sobre el dogma católico, y en todo caso no tengo espacio suficiente para hablar del fanatismo histérico y totalitario de la declaración de Newman, que aun así proviene de un hombre culto y célebre por su relativa ‘moderación’. Simplemente preguntaré cómo quedaría la iglesia si se le aplicara algo remotamente parecido al criterio de Newman.

Como nos hemos visto obligados a recordar hace muy poco, la Iglesia Católica Romana sostiene que es mejor que se ignoren los gritos de los niños que han sufrido violaciones y abusos, que las excusas y coartadas de sus torturadores sean recibidas con indulgencia, que se fabrique una hueste de mentiras sucias y deliberadas, y que los fondos recaudados para ayudar a los pobres se empleen en comprar silencio y vergonzosos sobornos; todo eso es preferible a que la entogada majestad de una iglesia hecha por el hombre sufra una pequeña indignidad o inconveniencia, o a que se ponga algún límite a su autoproclamado derecho a ser juez en su propia causa.

A principios de este año, mientras autoridades católicas desde Irlanda hasta Alemania y desde Australia a Bélgica y Estados Unidos se enfrentaban a las consecuencias de décadas de asaltos sexuales y de su posterior negación, dejé por escrito una sencilla pregunta. ¿Por qué no se consideraba el caso un asunto de la policía y los tribunales? ¿Por qué pedíamos a la iglesia que ‘pusiera su casa en orden’, una expresión que era la definición exacta del problema? ¿Por qué casi ningún sacerdote u obispo se ha enfrentado a la justicia, y si lo ha hecho ha sido generalmente después de un largo periodo de protección por parte de los ‘tribunales’ de la iglesia? Después llamé a Geoffrey Robertson, un abogado británico con un currículum sin igual en casos internacionales de derechos humanos. (Por si interesa, la última vez que habíamos colaborado fue durante una campaña contra la Ley de Sucesión Británica, un arcaico fragmento legislativo que discrimina explícitamente a los católicos.) Fue una de las mejores llamadas que he hecho. Después de que un generoso grupo de ateos y humanistas aceptara pagar sus modestísimos honorarios, Robertson produjo  un detallado texto legal contra el papado, accesible para el uso de todas las partes interesadas o perjudicadas. Se titula The Case of the Pope: Vatican Accountability for Human Rights Abuse, y en el Reino Unido acaba de publicarlo Penguin Books. (Estará disponible en Estados Unidos en octubre.)
Casi coincidiendo con su publicación, y con la llegada de Ratzinger al suelo británico, las recientes revelaciones del pútrido estado de la iglesia en Bélgica han dado todavía más relieve al escándalo. Considere lo siguiente: el obispo -ahora dimitido- de Brujas, Roger Vangheluwe, se ha confesado culpable de violación e incesto, al haber ‘abusado’ regularmente de su sobrino cuando este contaba entre 5 y 18 años de edad. Hay una grabación del dirigente máximo de la iglesia belga, el cardenal Godfried Danneels, tomada cuando instaba a su víctima a guardar silencio. Un informe oficial posterior, encargado por las autoridades laicas del país, ha establecido que esa altura moral era la norma en toda la jerarquía: la iglesia decidía ‘perdonar’ a los violadores y apoyarse en las víctimas. Muy tardíamente, hace unos meses, la policía belga despertó al fin de su letargo notorio e irrumpió en algunas oficinas eclesiásticas en busca de pruebas que se estuvieran ocultando. Joseph Ratzinger, que hasta el momento no había encontrado voz para hablar de las acciones de sus subordinados belgas, emitió rápidamente un chillido de protesta -contra la intervención de la justicia.

El texto de Robertson comienza con un resumen minucioso de la forma sistemática en que la conspiración de las autoridades católicas locales y la Congregación para la Doctrina de la Fe de Roma -una institución que durante el anterior papado dirigía el propio Ratzinger- ocultó las violaciones de niños. (Tan flagrante fue esta obstrucción a la justicia que muchos apologistas católicos han comenzado a culpar al pontífice fallecido para excusar a su suplente y sucesor, mientras siguen presentando al papa Juan Pablo II como candidato a la santidad.) El texto continúa con un examen detallado del argumento que define el Vaticano como Estado y del argumento que postula que esa condición confiere inmunidad legal al papa, incluso en casos de claro abuso de los derechos humanos. Sin demasiadas dificultades, Robertson muestra que ambos argumentos son ridículamente vacuos y se basan, además, en una historia deshonrosa de colaboración con las dictaduras y ofrecimientos de refugio a criminales.

El propio cardenal Newman tenía bastantes dudas sobre la proclamación de la infalibilidad papal, que data de finales del siglo XIX. También pidió ser enterrado en la misma tumba que su compañero de toda la vida, Ambrose St. John. Las autoridades católicas han desenterrado los cuerpos y no han encontrado nada que haya sobrevivido a la putrefacción o pueda servir como reliquia. Eso es bastante grotesco, pero no tan grotesco como el aire de inocencia perseguida que muestran cuando se enfrentan a sus obscenos delitos. Ahora por fin hay una guía hacia la justicia y la reparación, que pueden usar las víctimas y los acusadores, y que puede servir para poner a una institución hecha por el hombre, y a su principal ejecutivo, bajo el imperio de la ley. El sol y la luna no necesitan caer y las especies no deben morir entre terribles padecimientos para expiar este pecado: lo único que se requiere es un poco de aplicación de la justicia terrenal. ¿Se seguirá impidiendo esa posibilidad?”.

En la imagen, Ratzinger.

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1 comentario

José Luis -

El artículo es interesante, aunque no dice nada nuevo. La traducción, sin embargo, es lamentable. ¿Hecha por algún programa informático o viene de iberoamérica?
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