Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2012.
APPELFELD
Aharon Appelfeld nació en la región de Bukovina, ahora Ucrania, en 1932. Su madre fue asesinada en el Holocausto y él fue deportado al campo de Transnitria. Escapó y sobrevivió durante años en el bosque, antes de emigrar a Israel y convertirse en uno de los grandes autores en lengua hebrea. Philip Roth ha escrito que es “un escritor desplazado, deportado, desposeído y desarraigado”; su voz “se origina en una conciencia herida, concertada en algún punto con la amnesia y con la memoria, que sitúa el relato a mitad de camino entre la parábola y la historia”. En ‘Historia de una vida’ (Península, 2005) habla de María, una prostituta que lo acogió. Es difícil no recordarla al leer ‘Flores de sombra’ (Galaxia Gutenberg, 2012, traducción de Raquel García Lozano), donde Appelfeld cuenta la historia de Hugo, que cumple once años en el gueto de una ciudad ucraniana durante la II Guerra Mundial. Su madre, farmacéutica, lo deja al cuidado de Mariana, una amiga de la infancia que trabaja en un burdel. Hugo se queda escondido año y medio en la recámara de su habitación, mientras los nazis y los delatores buscan a los judíos. No entiende bien lo que sucede en la casa, que a veces parece un circo y otras se convierte en el escenario de peleas y reprimendas, y que frecuentan los soldados alemanes. Vive en un mundo donde se alternan el miedo y las visitas –en la memoria y en sueños- de sus familiares con la presencia fascinante de Mariana: voluble, cariñosa, alcohólica y desamparada. También vive amenazada: pueden descubrirla los nazis; luego, los rusos buscan a los que colaboraron con los alemanes. ‘Flores de sombra’ es un libro sencillo, terrible y profundo sobre la bondad y la persecución, sobre la necesidad de amar al borde de la injusticia y del abismo.
Este artículo salió en Artes & Letras de Heraldo de Aragón.
LA FAMILIA, EL TERROR Y LA TRIBU

“Yo, señor Aramburu, por las razones que usted conoce, siendo niño, pasé nueve años con unos parientes míos de San Sebastián”. Así arranca ‘Años lentos’ (Tusquets, 2012), el libro con el que Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) ha obtenido el Premio Tusquets de Novela. Txiki Mendioroz se traslada al País Vasco a finales de los años sesenta y se adapta a una nueva vida y a sus familiares: a su tía Maripuy, una mujer de carácter; a su tío Vicente, pusilánime y aficionado al alcohol; a su prima Mari Nieves, a quien “la naturaleza tuvo la crueldad de imponerle un apetito sensual desapoderado”, y a su primo Julen, un personaje central borroso y enigmático. Ese narrador, que tiene sus raíces en la novela picaresca, traza un cuadro solo aparentemente costumbrista, donde se mezclan su punto de vista de la niñez con datos que ha conocido o intuido más tarde: es una historia de secretos de familia y el retrato una combinación siniestra de catolicismo, mitología nacionalista, silencios y represión franquista. Pero Aramburu recurre a otro artificio literario. Interrumpe ese relato con apuntes de un escritor, que busca cómo dar forma a esa narración y enriquecerla para construir una novela. Es como si encontráramos un libro a medio hacer: como si lo que nos ofreciera Aramburu fueran los materiales previos de una novela todavía no escrita. Es un procedimiento arriesgado pero eficaz, que da verosimilitud a la historia de Txiki y saca partido a las especulaciones y las elusiones de su relato.
En su estupendo libro de cuentos Los peces de la amargura (Tusquets, 2006) Aramburu muestra los efectos del terrorismo etarra; en Años lentos habla de sus consecuencias, pero también del momento en que nace. Al principio, Julen trata a Txiqui con un desprecio xenófobo, pero después le acaba tomando cariño. Un día promete que le mostrará la cosa “más sagrada del mundo”: una ikurriña que guarda debajo de la cama. Julen recibe el adoctrinamiento del cura de la parroquia, don Victoriano -“vasco es el que habla euskera. Los demás son medio vascos o directamente coreanos. A estos los manda el opresor para que nos roben el alma vasca”, le dice a su primo- y entra a formar parte de una ETA incipiente.
El escritor habla en sus apuntes de “aquella sensación de marasmo histórico”. Y, en un grado u otro, los personajes son víctimas –y a veces también verdugos- de un clima social. La fuerte personalidad de Maripuy no la libera de las convenciones. Cuando Mari Nieves se queda embarazada, intenta provocarle un aborto, antes de buscarle un marido que no quiere. Julen, que empieza siendo un héroe para su primo, se convierte en un tipo más bien digno de lástima y más tarde en un apestado. La familia se ve sometida al ostracismo cuando el héroe de la causa vasca se convierte en villano, como les ocurría a muchos personajes de ‘Los peces de la amargura’. Aramburu –un escritor con tendencia a lo esperpéntico que en ocasiones usa un lenguaje levemente arcaizante- tiene algún elemento simbólico discutible, pero consigue crear personajes contundentes y elaborar un relato poderoso. ‘Años lentos’ es un libro duro, pero no renuncia al sentido del humor (por ejemplo, el olor de los pies de Julen no solo incomoda a Txiki, sino también a un compañero etarra). En este libro, el humor aparece muchas veces en las anotaciones del escritor, y sirve para reflexionar sobre los códigos de la literatura realista: “Tratar de averiguar en qué portal vivía. Si no lo averiguo, omito el número, qué más da”; “Crepita de vez en cuando la cáscara de alguna de las castañas puestas a asar sobre la chapa del fogón. (Ojo con este detalle que me obliga a situar la acción en otoño)”. Otras veces adopta un tono más serio: “Si hay que apartarse del testimonio del informante, se hará. Primero la literatura; después, si queda sitio, la verdad”. Esa reflexión metaliteraria es una manera de preguntarse cómo se puede hablar del fenómeno más trágico de la historia española reciente. Aramburu encuentra una forma admirable, que juega con la ocultación y presenta un ambiente asfixiante. El miedo, el dolor, los gritos y los susurros contribuyen a crear una sociedad enferma, donde los individuos –con enormes fallos, pero casi siempre con un elemento de humanidad- son superiores al conjunto y a la mentalidad tribal. ‘Años lentos’ señala una turbia culpa colectiva y defiende la libertad y el criterio individual. El escritor anota: “Me han contagiado el odio que le profesa a él y a su familia mucha gente en el barrio por causa del hijo supuestamente colaborador de la policía. Me ve, me saluda. En lugar de corresponder a su saludo le clavo una mirada de fuego. Comprende. Sin decir nada vuelve la cara hacia otro lado. De entonces acá han transcurrido cuarenta años. Me gustaría pedirle perdón, pero no vive. Así y todo me gustaría pedírselo y además públicamente, y ya sólo por dicho motivo debería escribir la novela”.
‘Años lentos’. Fernando Aramburu. Tusquets, Barcelona, 2012. 219 páginas. Esta reseña salió en Artes & Letras de Heraldo de Aragón. He tomado la imagen aquí.
NOCHE DE LOS ENAMORADOS

Es una gran tragedia que Félix Romeo haya muerto tan joven. Es una gran tragedia sobre todo para él, pero también para la gente que lo quería y que nos hemos beneficiado de su inteligencia infatigable y su entusiasmo contagioso por la cultura, por los afectos y por la vida. Esa personalidad arrolladora a veces puede diluir lo que yo creo que Félix era por encima de todo: un escritor. Y un escritor que, como demuestra este último libro y como demuestran sus colaboraciones en prensa, estaba en plenitud de facultades y tenía todavía muchas cosas que darnos. Sin que sirva para paliar el dolor, es emocionante pensar que Félix Romeo tuvo tiempo de terminar y entregar a su agente un libro tan estremecedor y potente como Noche de los enamorados, un libro en el que creía profundamente y que recoge muchas de las cosas que le preocupaban. He editado bastantes textos de Félix y he estado en contacto directo con muchos de sus editores. Y Félix tenía ese elemento aparentemente caótico y torrencial, pero cualquiera de sus editores reconocerá su profesionalidad, su compromiso con la escritura. Siempre entregaba a tiempo. E incluso al final ha muerto antes de tiempo, pero ha entregado su libro a tiempo.
Como sabéis, Noche de los enamorados habla del compañero de celda de Félix Romeo, Santiago Dulong. Félix lo conoció en la cárcel de Torrero, el 14 de febrero de 1995, donde estaba condenado por un delito de insumisión. Dulong, falangista y católico, había matado a su mujer, María Isabel Montesinos Torroba. Es posible que también hubiera asesinado a su primera mujer. En el juicio, celebrado unos meses después de ese encuentro, Dulong fue condenado “a las penas de treinta días de arresto menor por la falta de malos tratos de obra y un año de prisión menor por el delito de imprudencia temeraria”. Imprudencia temeraria quiere decir aquí estrangularla. Tras ese encuentro azaroso, Félix rumió y convivió, a lo largo de los años, con esa historia y con sus interrogantes: ese crimen y esa convivencia es lo que ha contado en esta novela. La escena del crimen, la primera parte, relata la vida de estos dos personajes y el momento en que Félix conoce a Dulong. La segunda parte, Los hechos probados, se centra en el homicidio y en la sentencia. Noche de los enamorados tiene mucho de investigación, y al leerlo pensaba en los libros de Modiano, uno de los autores preferidos de Félix, o en una de sus series de televisión favoritas, Crímenes imperfectos. Pero sobre todo creo que entronca con la tradición intelectual más noble: la de Voltaire, la de Zola o de Sciascia, donde un escritor detecta una injusticia y la denuncia. También es el relato de cómo se hace esa investigación. Félix entra en los foros de internet de las ciudades donde vivió la familia de María Isabel, pide informes de registro civil, visita la cofradía zaragozana del “Prendimiento del Señor y el Dolor de la Madre de Dios”, a la que Dulong perteneció “devotamente desde su fundación en 1947” y a la que también perteneció María Isabel, repasa el relato de los hechos en los periódicos aragoneses. También aparece otra de las cosas que le interesaban mucho a Félix Romeo: la historia de Zaragoza. Dulong era el bisnieto de Santiago Dulong Serrano, el primer alcalde republicano que tuvo la ciudad, en 1873. Santiago Dulong Serrano estuvo en la cárcel por sus ideas, mientras que su bisnieto fue a prisión por matar a su mujer: ese contraste no se subraya, pero está ahí. Félix Romeo sigue el rastro de Dulong Serrano en los periódicos de la época y en los libros de escritores aragoneses como Juan Moneva y Puyol. En la investigación de la vida de Santiago Dulong y María Isabel Montesinos Félix encuentra muchas cosas, pero también encuentra callejones sin salida, obstáculos burocráticos e incógnitas.
Dice Félix: “Este no es un libro sobre la justicia imposible que se administra sobre los muertos, sino un libro sobre las palabras. Palabras jurídicas. Palabras periodísticas. Palabras médicas. Palabras policiales. Testimonios orales. Palabras al viento, como el que azota ahora las ventanas de la habitación en la que escribo”. Noche de los enamorados es también una forma de levantar las palabras para ver qué hay debajo. Y Félix Romeo, que era un gran aficionado a los diccionarios y escribió muchos, recurre con frecuencia al Diccionario de la Real Academia para buscar las palabras. Arcadi Espada dice que en cuanto detectas lo que oculta un eufemismo, ya lo has desactivado. Ese es uno de procedimientos que emplea Félix, pero no el único. Dice Félix también: “Tengo que agarrar esas palabras que describen lo que sucedió instantes antes de la muerte de María Isabel”. He leído varias veces el libro, y me impresiona su composición: la habilidad con la que Félix juega con los tiempos y con los testimonios, la importancia de los detalles, como la caída del pelo en la cárcel o el pelo que Santiago Dulong le corta a su mujer para dejarla “pelona” y quitarle su atractivo, como el dolor que siente Dulong al orinar y la meada de su mujer en el patio de casa horas antes de morir. Es un libro breve, pero lleno de cosas, donde todo significa mucho y no hay ningún elemento colocado por azar.
Noche de los enamorados también es un libro obsesivo, febril. Félix Romeo tuvo durante mucho tiempo ese caso en la cabeza, y no es difícil imaginarlo escribiendo de madrugada. Pocas lecturas me han transmitido una sensación comparable de intensidad e intimidad. Como en muchos de sus textos, hay un elemento metaliterario, una reflexión sobre lo que está escribiendo y sobre cómo debe leerse. Hablando de un policía que investigó los hechos con el que intenta contactar, dice: “Así que aquí falta su nombre y también falta su versión de la historia, o lo que ahora recuerde de esa historia que sucedió hace dieciséis años y que yo, no sabe por qué motivos, porque yo tampoco los conozco, vengo a remover, y de los que no pueden salir más que moscardas, gusanos y mal olor”. Y este libro, de una manera extraña, es una especie de autobiografía iceberg que casi puede pasar inadvertida porque, quizá al contrario de lo que parecía, Félix Romeo era un hombre muy pudoroso. Aquí Félix habla de su llegada a la cárcel, en unas páginas tremendas sobre el mal olor y la suciedad, que son dos de los temas de Noche de los enamorados. Habla también de su carrera de escritor: ingresa en prisión nada más publicar Dibujos animados. Su segunda novela, Discothéque, aparece también en el libro, porque es una novela que tiene mucho que ver con la violencia y la cárcel y hay un personaje inspirado en Dulong. También aparece Amarillo, el libro donde Félix hablaba del suicidio de su amigo Chusé Izuel. Noche de los enamorados tiene que ver mucho, además, con la escritura esencial y testimonial de Amarillo. Aparece también el programa de televisión La Mandrágora. Y aparece su novia, la pintora Lina Vila, que le ayuda en la investigación y ha hecho una portada en perfecta sintonía con Noche de los enamorados. Ismael Grasa ha dicho que es el libro del hijo de un policía, y creo que es una observación brillante: es una investigación corregida. También creo que Dulong es una especie de retrato en negativo, de opuesto o, como se dice en la Guerra de las Galaxias, de reverso tenebroso de un hombre enamorado del amor, que presumía de que tenía el nombre muy bien puesto: “Feliz Romeo”. Hay un momento en el que Félix se pregunta por qué le atrae esta historia y habla de “asomarse a un espejo oscuro”.
Félix Romeo tenía una idea moral de la literatura. La hemos visto en sus libros y en sus críticas. Una vez me dijo, en La Caja de los Hilos, “La literatura se escribe contra el mal”. No creo que este libro sea una manera de ajusticiar a unos difuntos y no me cuesta nada imaginar a Félix huyendo de cualquier interpretación solemne, pero creo que sí que es un libro sobre la justicia, y en cierta manera un intento de reparación. Félix Romeo habla de: “la evidencia de que la víctima se ha convertido en culpable. Ha pasado a ser la responsable de su asesinato. La que va a ser realmente juzgada”. Es un libro humanista, valiente y generoso: es la defensa de una víctima, no solo ante su asesino, sino ante la pereza, el apriorismo, la negligencia y la indiferencia que conspiran para admitir que, más o menos, Dulong solo dio un empujón a su mujer hacia la muerte. Es un libro contra la clasificación y la generalización: contra el psicólogo que, cuando le entrega un test a Félix en la cárcel y él se niega a responderlo, dice que ya se lo esperaba. Contra los policías que dicen que están hartos de tener que ir a casa de Santiago Dulong y que la próxima vez que los avisen sea cuando haya sangre. Es decir: una exprostituta, alcohólica y probablemente infiel, una mujer por cuyo asesinato no protesta nadie, también tiene dignidad. Por supuesto, no merece que la maten; pero, además, no merece que la juzguen por su forma de vida. Creo que esa es una de las cosas que quería decir Félix con este libro. Y quizá parezca una obviedad, porque España ha cambiado en estos dieciséis años, pero el mismo Félix decía a menudo que muchas veces olvidamos cosas obvias que son también esenciales. Noche de los enamorados, en cierta manera, reconstruye esa dignidad violada: lo hace recreando el crimen, desmontando el descuido y la parcialidad de la investigación, pero también especulando sobre la vida de María Isabel o emparentándola con personajes de la historia y la literatura, como Frida Kahlo, Artemisia Gentileschi, Sherezade u Ofelia. Esas referencias son todo lo contrario de la pedantería: son una forma de reconocer la humanidad de esa persona. Porque creo que Félix pensaba que la literatura sirve precisamente para eso: para revelar nuestras aristas, para mostrar la complejidad de todos, pero también una dignidad y una libertad que son al mismo tiempo individuales y universales. A veces, para mostrarla solo hay que saber mirar, ser capaz de ver. Y por eso Noche de los enamorados es un libro perturbador, obsesivo y profundamente moral: en cada una de sus páginas oigo hablar a nuestro amigo de cosas que le importan a él, y, como tantas otras veces, su voz imprescindible, hermosa y clara me recuerda que nos importan también a todos.
Texto leído en la presentación de Noche de los enamorados (Mondadori) en el Teatro Principal de Zaragoza.




