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Daniel Gascón

EL AVENTURERO RUSO

Los últimos libros de Emmanuel Carrère (París, 1957) utilizan las técnicas de la escritura de ficción para narrar acontecimientos reales. En ‘El adversario’ (Anagrama, 2000), contaba la historia de Jean-Claude Romand, un hombre que fingió que era médico y trabajador de la OMS durante años, y que mató a toda su familia cuando la gran mentira que era su vida amenazaba con descubrirse. En ‘Una novela rusa’ (Anagrama, 2008) combinaba la búsqueda de un secreto familiar con la crónica de la destrucción del amor. En ‘De vidas ajenas’ (Anagrama, 2011) describía la irrupción de la tragedia, en forma de tsunami y cáncer. En ‘Limónov’ (Anagrama, 2013) cuenta la vida del disidente ruso Eduard Limónov, un hombre que es “a la vez Houellebecq, Lou Reed y Cohn-Bendit” y a quien conoció  en los ochenta en París. Esta novela biográfica, galardonada con el Prix des Prix, tiene algo de reportaje político, de relato picaresco y de historia de aventuras.

Limónov es un personaje contradictorio y excesivo: nacido en Ucrania en 1943, lector de Dumas y Verne en su juventud, fue delincuente juvenil y poeta de provincias, estuvo interno en un psiquiátrico, se trasladó a Moscú y frecuentó los circuitos literarios. Fue sin techo en Nueva York, donde alternó la depresión con una vida sexual temeraria (que contó más tarde en un libro titulado ‘El poeta ruso prefiere a los negrazos’), sedujo a una criada (creyendo que era una heredera) y se acabó convirtiendo en sirviente de la casa (más tarde escribió que se entretenía apuntando a su jefe con un arma desde la ventana). Provocativo y perturbador, con una cualidad casi nietzscheana y cierta nostalgia de la hombría, los disidentes como Brodsky o Solzhenitsyn le aburrían profundamente. Poco después de llegar a Nueva York en 1974, a él y a su mujer les regalaron un televisor: “Cuando lo encienden aparece Solzhenitsyn, invitado único a un talk-show excepcional, y uno de los mejores recuerdos de la vida de Eduard es haber sodomizado a Elena ante las barbas del profeta que arengaba a Occidente y estigmatizaba su decadencia”. Fue un escritor famoso en París, con una aureola de estrella de rock. Apoyó a Serbia en la Guerra de los Balcanes y la BBC grabó imágenes de él disparando sobre Sarajevo. Regresó a Rusia y vendió cientos de miles de ejemplares de sus libros; entró en política. Colaboró con medios controvertidos, resultó herido en un golpe de Estado y fundó el Partido Nacional Bolchevique, cuya bandera se inspiraba en símbolos nazis y comunistas, y cuya ideología era un cóctel de nacionalismo, rechazo a la globalización y el capitalismo, crítica del poder establecido y de la corrupción, y censura del racismo: un movimiento opositor que se alimentaba de la nostalgia de una Rusia poderosa, pero también de la contracultura. Su enfrentamiento con Putin –con quien, señala Carrère, tiene algunas cosas en común, como ser hijos de miembros del aparato de la seguridad soviético y la idea de que la caída del comunismo fue una catástrofe para el orgullo ruso– le ha costado palizas, numerosas detenciones y una larga estancia en prisión con cargos poco claros: “Quizá el momento culminante de su vida, el momento en que ha estado más cerca de ser lo que siempre, con bravura, con una terquedad infantil, se ha esforzado en ser: un héroe, un auténtico gran hombre”. Otros opositores de Putin y sus políticas han sido asesinados.

Carrère ha entrevistado a Limónov y, aunque reconoce la tendencia a la exageración de su personaje, usa sus libros como fuente principal. Muestra una mezcla de fascinación y repugnancia por él: “Hay que reconocerle una cosa a este fascista: solo ama, y solo ha amado siempre, a las minorías. Los flacos contra los gordos, los pobres contra los ricos, los cabrones que admiten serlo, tan raros, contra los virtuosos que son legión, y por errática que parezca su trayectoria, posee una coherencia que consiste en haberse puesto siempre, absolutamente siempre, de su lado”. Lo humaniza al contar su relación con algunas mujeres, desde su desesperación cuando Elena lo abandona a su historia de amor con Natasha, cuyas infidelidades tolera. A veces se pregunta por las razones del interés inquietante que le produce su protagonista. Contrasta la vida accidentada de Limónov con su propia trayectoria: la existencia relativamente apacible de un escritor de clase media, que empezó como crítico de cine, es hijo de una experta en el mundo soviético y vive en una democracia sólida del primer mundo. Algunos de los episodios autobiográficos –como su entrevista a Werner Herzog, que le dijo que no quería hablar del libro que había escrito sobre él porque sabía que era una chorrada, o la descripción de los intelectuales franceses y su punto de vista sobre los sucesos contemporáneos– son al menos tan disfrutables como las andanzas de su protagonista. ‘Limónov’ también es un repaso apasionante de algunos de los acontecimientos clave de finales del siglo xx y comienzos del xxi: el retrato del clima literario en la Unión Soviética, la caída del comunismo y los combates de la antigua Yugoslavia, o las pugnas por el poder en la Rusia poscomunista, con la transición a un capitalismo corrupto y un clima de atroz violencia política. Impulsado por la honestidad narrativa y el deseo de ser claro, Carrère incorpora el proceso de escritura a su libro, que se lee con asombro, gran interés y cierto malestar.

Emmanuel Carrère. ‘Limónov’. Traducción de Jaime Zulaika. Barcelona, Anagrama, 2013, 396 páginas.

[Esta reseña apareció en el suplemento ’Artes & Letras’ de Heraldo de Aragón.]

[Imagen.]

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