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Daniel Gascón

EL TERROR DE VIDELA

EL TERROR DE VIDELA

1.

Enrique Krauze: Una noche en la Argentina de Videla.

2.

Cuenta Andrew Graham-Yooll en Memoria del miedo (Libros del Asteroide):

Inmediatamente después del golpe del 24 de marzo de 1976 hubo una corriente ininterrumpida de personas que venían a la redacción a diario a informar del secuestro de familiares por las fuerzas de seguridad. Parecía que la venganza contra aquellos que habían sido identificados con la izquierda en los cuatro años anteriores de inestabilidad política no tenía límites, ya fueran militantes o simpatizantes. Las esposas (las viudas, en realidad) decían que sus maridos, atrapados en sus departamentos, habían sido arrojados por las ventanas para matarlos. Otros habían sido golpeados hasta dejarlos inconscientes, en la calle, frente a sus hogares, antes de llevarlos. Los hijos y las esposas (cuando no se llevaban a todos) eran obligados a contemplar el tormento del hombre que amaban incluso mientras sus casas eran sistemáticamente saqueadas, incendiadas algunas veces. A una casa los invasores habían llegado con un camión para llevarse todo; desde el contenido del botiquín del baño hasta el lavarropas. Algunas criaturas eran llevadas con sus padres y desaparecían; a otras las dejaban en la calle con un cartón colgando de un alambre alrededor del cuello, con el nombre y la dirección.

[…]

El jefe de prensa estaba indignado:

-No hay censura.

La tensión producida por su disgusto se rompió cuando hizo este anuncio; muchos hombres rieron. Como suele ocurrir, ante una declaración solemne y de enfado, resultaron muy cómicas sus palabras y su fastidio. Cuando se calmaron las risas, él también sonrió como admitiendo que había cometido un exabrupto. Se cambió de tema, y cuando terminamos de almorzar, nos separamos en los términos amistosos de siempre.

La censura, sin legislación que la rigiera, se extendía. La inmoralidad de la autocensura se volvía menos reprensible a medida que aumentaba el número de periodistas muertos. Los diarios no informaban sobre arrestos, muertes ni desapariciones.

3.

Cuenta Christopher Hitchens en Hitch-22 (Debate):

La gente hablaba con los extranjeros desviando la mirada, y todo el mundo parecía conocer a alguien que había desaparecido. Los rumores sobre lo que les había ocurrido eran fantásticos y estrambóticos aunque, resultó, eran un eufemismo de la realidad. Antes de ir a ver al general Videla en la Casa Rosada, el viejo palacio presidencial de Perón, fui a entregar unas cartas de Amnistía Internacional a un grupo local de defensa de los derechos humanos, y a ver a Las Madres: las mujeres vestidas de negro que cada semana desfilaban por la Plaza de Mayo con fotografías de sus seres queridos desaparecidos. (“¡Toda mi familia!”, como imploraba una anciana, mientras mostraba sus fotografías. “¡Toda mi familia!”.) De ellas y de otros parientes y amigos obtuve una línea de preguntas que transmití al general. Me advirtieron que me diría que la gente “desaparece” todo el tiempo, por accidentes de tráfico o disputas familiares o, en las nefastas circunstancias de guerra civil en Argentina, por el deseo de salir de una banda y la necesidad de evitar a los viejos socios. Pero eso era una falsa coartada. La mayoría de los que desaparecían eran secuestrados abiertamente en los Ford Falcon sin matrícula de la policía militar de Buenos Aires. Debía preguntarle al general qué le había ocurrido a Claudia Inés Grumberg, una parapléjica que no podía moverse por sí misma pero a la que se había visto en manos de sus siempre vigilantes fuerzas armadas.

Conducido en presencia de Videla, justifiqué mi cortesía y formalidad diciéndome que no estaba allí para hacer comentarios sino para extraer hechos. Tengo una foto del encuentro que todavía me da ganas de vomitar: ahí está el asesino, el torturador y el que se enriqueció con las violaciones, como para ilustrar algún seminario sobre la banalidad del mal. De apariencia enjuta y mediocre, con un bigote irregular, da la impresión de ser un cretino que imita a un cepillo de dientes. Agarro su mano de forma excesivamente untuosa y sonrío como si me sintiera verdaderamente encantado de conocerlo. Ansioso por borrar esa humillación, esperé mientras él seguía casi con pedantería el guión previsto, apartando las supuestas pero sin duda lamentables desmaterializaciones que, se decía, afectaban a sus compatriotas argentinos. Y después le pregunté por la señorita Grumberg. Contestó que si lo que yo había dicho era cierto, debería recordar que “el terrorismo no es solo matar con una bomba, sino activar ideas. Quizá por eso está detenida”. Expresé mi asombro ante esa respuesta y, evidentemente pensando que no lo había entendido por primera vez, Videla profundizó el tema. “Consideramos un gran crimen trabajar contra el estilo de vida occidental y cristiano: el que pone bombas no es el único peligro, sino también el ideólogo”. Tras él, veía que dos o tres de los miembros más brillantes de su personal empezaban a mirarme con una descarnada hostilidad a medida de que se daban cuenta de que el general –El Presidente- había cometido un error al hablar con tanta sinceridad. (Más tarde descubrí que me seguían por la ciudad, lo que me produjo más de un momento de miedo.) Como respuesta a una pregunta derivada, Videla negó burdamente, negó rotundamente tener retenido a Jacobo Timerman “como periodista o judío”. Mientras teníamos ese intercambio surrealista, aquí está lo que le decían a Timerman sus despectivos torturadores:

“Tres son los principales enemigos de la Argentina. Karl Marx, porque trató de destruir la idea cristiana de la sociedad. Sigmund Freud porque trató de destruir la idea cristiana de la familia. Y Alberto Einstein porque trató de destruir la idea cristiana del espacio y el tiempo”.

No le resultaba difícil determinar la dirección que tomaba ese interrogatorio de aspecto clerical y fascista e interrumpido por las sacudidas de la picana. Más tarde supimos lo que le sucedió a la mayoría de los que habían sido encerrados y torturados en las cárceles secretas del régimen. Según un capitán de la Marina llamado Adolfo Scilingo, que publicó un libro de confesiones, esas víctimas rotas eran a menudo destruidas “como pruebas”: volaban sobre el Atlántico Sur y las arrojaban desde el avión a las gélidas aguas que había debajo. Imagina el elemento de diversión cuando está la sorpresa añadida de una prisionera judía en una silla de ruedas… abrimos la puerta y nos preparamos para enrollarla y es uno, dos, tres, ¡ya!

Muchos gobiernos emplean la tortura, pero esa fue la primera vez que el elemento de pornografía y saturnal me resultaba tan claro. Si te apetece imaginar lo que cualquier hombre inadecuado o cruel podría hacer si tuviera un poder ilimitado sobre una mujer, cualquier cosa que puedas llegar a sospechar se convirtió en rutina en la ESMA, la Escuela Mecánica de la Armada que se había convertido en la sede del asunto. Hablé con el doctor Emilio Mignone, un ilustre médico cuya hija Mónica había desaparecido en ese recinto infernal. ¿Qué le puedes decir a un médico y activista humanitario atormentado por la imagen de una rata hambrienta que introducen en los genitales de su hija? Como el propio infierno, la escuela fue aprobada y bendecida por un sacerdote, por si había que calmar alguna conciencia intranquila. El capellán católico de la ESMA, el padre Christian von Wernich, fue condenado tres décadas después por directa complicidad en el asesinato, la tortura y la abducción. El nuncio del Papa, que más tarde se convertiría en el cardenal Pío Laghi, era el pulcro compañero de tenis del almirante Emilio Masssera, el miembro de la Marina argentina que supervisaba toda la empresa.

4.

Jacobo Timerman escribió en Prisionero sin nombre, celda sin número (Random House):

Están muy divertidos ahora, y se ríen a carcajadas. Alguien intenta una variante, mientras siguen batiendo palmas: “Pito cortado… Pito cortado”. Entonces van alternando mientras siguen batiendo palmas: “Judío… Pito cortado… Judío… Pito cortado”. Creo que ya no están enojados; se divierten. Doy saltos en la silla, y aúllo mientras las descargas eléctricas continúan llegando…

[…]

Todo ese mundo de afectos familiares construido con tantas dificultades a través de los años, se derrumba por una patada en los genitales del padre, o una bofetada en la cara de la madre, o un insulto obsceno a la hermana, o la violación sexual a la hija. De pronto se derrumba toda una cultura basada en los amores familiares, en la devoción, en la capacidad de sacrificarse el uno por el otro. Nada es posible en este universo, y es precisamente lo que saben los torturadores. […] Escuché, de celda en celda, los murmullos de las voces de los hijos tratando de averiguar qué pasaba con los padres, y he visto los esfuerzos de las hijas para conquistar algún guardia, despertar el sentimiento de ternura en algún guardia, hacer brillar en su interior la esperanza de una relación futura, hermosa, para averiguar qué pasa con una madre, para acercarle una naranja, para que le permitan ir a la letrina.

5.

Diccionario del terror.

6.

Leila Guerriero: El muerto.

[Imagen.]

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