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Daniel Gascón

ARENDT, HEIDEGGER Y LOS NAZIS

ARENDT, HEIDEGGER Y LOS NAZIS

 

Escribe Ron Rosembaum:

"¿Seremos capaces de pensar en Hannah Arednt del mismo modo? Dos nuevas y dañinas críticas, una de Arendt y otra de su duradero amante y admirador de los nazis, el filósofo Martin Heidegger, se publicaron el mes pasado. Las piezas siembran más dudas sobre las reputaciones infladas y no examinadas de ambas figuras e iluminan su relación intelectualmente tóxica.

Espero que esas revelaciones alienten un descrédito adicional del sintagma pseudo-intelectual más excesiva y erróneamente utilizado en nuestro idioma: la banalidad del mal. La banalidad de la banalidad del mal, su fatuidad, es desde hace mucho tiempo incomprensible, pero quizás ahora también quede circunscrita al reino de lo engañoso y lo deshonesto.

El primero de los dos nuevos informes -y el más ignorado en Estados Unidos, tal vez porque no está en Internet-, apareció en las sobrias del Times Literary Supplement de Londres el 9 de octubre. Se titulaba "Culpa a la víctima. Hannah Arendt entre los nazis: el historiador y sus fuentes." Arendt –la intelectual refugiada de origen alemán, autora del influyente Los orígenes del totalitarismo y el polémico Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal- ha sido atacada antes por ‘culpar a la víctima’ en su libro sobre el juicio a Eichmann, pero el autor de la pieza de TLS, el distinguido investigador británico Bernard Wasserstein, abre un terreno nuevo con materiales me parecieron impactantes.

En un artículo largo y cuidadosamente documentado, Wasserstein (que ahora enseña en la Universidad de Chicago) cita el escandaloso uso de citas por parte de Arendt de fuentes de ‘autoridades’ antisemitas y nazis en su libro sobre el totalitarismo.

Wasserstein concluye que su uso de estas fuentes era "más que un error metodológico: era un síntoma de una cosmovisión perversa, contaminada por la exposición excesiva a los discursos de desprecio y la estigmatización colectiva que eran su objeto de estudio", el antisemitismo. En otras palabras, afirma, Arendt había interiorizado los valores de la literatura antisemita que leyó en su estudio sobre el antisemitismo, al menos en cierta medida.

La conjetura de Wasserstein reavivará el debate sobre los comentarios despectivos de Arendt acerca de algunos judíos que fueron víctimas de Hitler, que aparecen en su libro sobre Eichmann y en sus cartas.

¿Estas revelaciones podrían ayudar a desterrar la reiteración robótica del sintagma de la banalidad del mal como una explicación de todo lo malo que hacen los seres humanos? Quizá Arendt no tenía la intención de que la frase se utilizara de esta manera, pero uno de sus perniciosos efectos fue que pareciera que la búsqueda de una explicación del misterio del mal realizado por "hombres ordinarios" había terminado. Como si nombrarlo de algún modo resolviera el problema. Es una frase que parece llena de significado y nos libra del atolladero, permitiéndonos evitar la pregunta difícil.

Fue la frase sobre la banalidad –y su supuesta profundad para la mente popular- lo que elevó a Arendt por encima de sus compañeros intelectuales exiliados en Estados Unidos, y la convirtió en una figura proto-Sontag, una estrella cerebral y un icono reverenciado en los departamentos de estudios culturales de Estados Unidos. Fue la frase que lanzó mil tesis.

Para mí, el uso de la expresión la banalidad del mal es un signo casi infalible de pensadores superficiales que quieren parecer intelectualmente sofisticados. Vamos: es una frase de bancarrota, una frase subprime, una frase de doctorando en Filosofía que posa como profunda disidencia. ¡Ooh, qué atrevida! El mal no sólo llega en la forma de tipos a lo Snidely Whiplash, con bigotes retorcidos, sino en la forma de burócratas que siguen órdenes malvadas. Y cuando se aplicó –como hizo originalmente con Adolf Eichmann, el entusiasta verdugo de Hitler, responsable de la logística de la Solución Final-, el sintagma era totalmente fraudulento.

Adolf Eichmann no fue, por supuesto, en absoluto un burócrata banal: sólo se describió a sí mismo de ese modo en un juicio para salvar la vida. Eichmann era un feroz y detestable enemigo y cazador de judíos, que, entre otras cosas, intervino personalmente después de la guerra estuviera perdida en la práctica, para insistir y velar por el asesinato en masa del último grupo casi intacto de judíos de Europa, en Hungría. Así que la frase era incorrecta en su origen, tal como se aplica a Eichmann, e incorrecta en casi todos los casos posteriores cuando se aplica en general. Incorrecta y contradictoria en sí mismo, lingüística, filosófica y metafóricamente. O uno sabe que lo que está haciendo es malo o no lo sabe. Si uno lo sabe y lo hace de todos modos, uno es malo; no pertenece una subcategoría especial de maldad. Si uno no lo sabe, uno es ignorante, y no malo. Pero la ignorancia genuina es rara cuando se produce el mal. Arendt debería haberse quedado con su formulación original de los crímenes nazis: "el mal radical". No es un concepto fácil de definir, pero, se podría decir, pero lo reconoces cuando lo ves. Sin duda, tiene más validez que la banalidad. (Wasserstein secamente observa que "sus epígonos han intentado con valentía conciliar las dos posiciones, ella misma reconoció la incoherencia" -entre el mal radical y banal- “pero nunca resolvió de forma satisfactoria la autocontradicción fundamental") Sin embargo, Arendt huyó desde el mal radical hacia la banalidad en más de un sentido.

El artículo de Wasserstein abre nuevos caminos cuando cita de algunas de las fuentes antisemitas que Arendt utilizaba para lo que se considera su obra principal, Los orígenes del totalitarismo. Por supuesto, se ha dicho que Arendt era hostil a los judíos, especialmente aquellos que no habían realizado la asimilación de la cultura germánica de la que ella estaba tan orgullosa.

Pero Los orígenes del totalitarismo no ha sido atacado por estos motivos. Y debo decir que aunque es un libro enormemente inflado por historia irrelevante, del tipo que muestra lo mucho que has trabajado, sirve de asidero para una comprensión teórica importante: que las similitudes entre los regímenes donde todo se somete a la vigilancia de la policía del Estado son más importantes que las diferencias, que las similitudes se pueden resumir con una sola palabra -totalitarismo- que se aplica a las dictaduras de izquierda y derecha, de cualquier ideología y por extensión a cualquier régimen teocrático o movimiento.

Es un concepto que tiene gran relevancia en este momento porque todavía hay quienes no entienden cómo se puede llamar "fascistas" a los estados policiales teocráticos. ¡Bueno! Es porque son totalitarios. Al margen de la religión que profesen, lo que comparten con los regímenes fascistas del pasado es mayor -en términos de negación de los derechos humanos- que lo que los separa de ellos. Del mismo modo que los regímenes políticos adoptan el culto religioso total de la adoración del Estado o el líder para imponer su opresión, los regímenes teocráticos o religiosos adoptan la opresión política para imponer su ortodoxia.

Pero Wasserstein (que irónicamente pronunció sus conclusiones por primera vez en la “Conferencia Hannah Arendt, en la Universidad de Radboud, en Holanda, en diciembre de 2008: probablemente no era lo que esperaban) ha encontrado algunos problemas en el análisis histórico del antisemitismo que elabora Arendt.

Presenta sus conclusiones con una breve inclinación a los defensores de Arendt: ‘En The New York Review of Books en 2007 Jeremy Waldron reprochó al historiador Walter Laqueur que hubiera especulado con que Arendt ‘había leído mucho de lucha contra la literatura antisemita por su propio bien’. ‘Waldron’, observó Wasserstein, ‘consideraba ofensivo de la conjetura.’

‘En realidad’ continúa Wasserstein, ‘merece una seria consideración, según se desprende si examinamos el uso de las fuentes en su trabajo. Consideremos, por ejemplo, el análisis de Arendt, en la segunda sección de Orígenes, de la función de judíos en la fiebre del oro y diamantes en Sudáfrica a comienzos del siglo XX. Se basa en el relato del economista británico JA Hobson, que decía que los financieros judíos ‘dejaban sus colmillos en los cadáveres de sus presas. Se aferraron al rand [la moneda sudafricana]... como están preparados para hacer en cualquier otro lugar del mundo’ –parte de un pasaje que Arendt cita con una aprobación explícita y nada irónica, elogiándolo como ‘muy fiable en sus observaciones y muy honesto en sus análisis’’.

¿‘Comillos’? ¿Te parece que suena como retórica hitleriana, que podría haberse sacado de Mein Kampf? Bueno, sí, ¿no te parece?

Y después está esto: ‘Una de las autoridades en que se apoya Arendt para hablar de los judíos sudafricanos’, informa Wassenstein, es un artículo de Ernst Schultze, ‘un propagandista nazi, que apareció... en una publicación alemana fundada y dirigida por el destacado ideólogo nazi Alfred Rosenberg’. Y después: ‘en un nuevo prefacio [a Los orígenes del totalitarismo] escrito en 1967, Arendt elogia el trabajo del distinguido historiador nazi Walter Frank, cuyas ‘contribuciones’, dice Wasserstein citando a Arendt, ‘todavía pueden leerse con provecho’.

Wasserstein se pregunta sobre los motivos de Arendt: ‘¿Estaba haciendo el pino con las orejas para no ser totalmente desdeñosa con sus adversarios ideológicos, que la despreciaban por cuestiones categóricas (es decir, raciales)?’, se pregunta.

Pero tiene que haber sido más que eso, responde, porque la historia judía moderna fue el único tema en el que se basó en varias ocasiones en los historiadores nazis como autoridades externas, es decir, diferentes a las pruebas de lo que los propios nazis pensaban o hacían. Además incorporaba mucho de lo que los historiadores nazi tenían que decir acerca de los judíos, desde el ‘parasitismo’ de las altas finanzas judías hasta el ‘internacionalismo’ de [Walter] Rathenau [el ministro alemán de Weimar asesinado por los antisemitas].

Por supuesto, siempre ha habido críticas judías a los judíos. Pero la ‘aversión de Arendt era mucho más profunda’ de lo que se ha creído, afirma Wasserstein. Termina su artículo preguntándose: ‘¿por qué?’

Creo que las nuevas revelaciones sobre Heidegger pueden arrojar alguna luz sobre esta cuestión. Siempre ha sido polémico hablar del duradero enamoramiento de Arendt hacia el profesor simpatizante de los nazis, y de cómo eso pudo dar forma a sus posiciones intelectuales. Los defensores de Arendt desprecian eso como cuestiones ‘sensacionalistas’, irrelevantes en la supuesta pureza trascendental del pensamiento de Arendt.

Pero dejar fuera de la ecuación a Heidegger es cada vez más difícil. Arendt no sólo tuvo una aventura con él cuando era una estudiante de 18 años, la mitad de la edad del filósofo, antes de que Hitler asumiera el poder, sino que su fascinación continuó a pesar de su exaltación pública del Führer, y de que despidiera a judíos tras convertirse en rector de Friburgo. Ahora sabemos que más tarde reanudó algún tipo de relación cordial con el filósofo de las camisas pardas (sí, a menudo llevaba una en sus conferencias). Arendt ayudó a Heidegger a regresar a la versión intelectual de la buena sociedad, y de hecho ayudó a impedir su ostracismo como seguidor de Hitler, al menos entre aquellos que consideran que su uso notoriamente opaco del lenguaje filosófico ofrece algo de valor en el fondo, aparte de más opacidad.

Los materiales sobre Heidegger ofrecen pruebas adicionales de su servil devoción hacia el Führer, no sólo en sus discursos públicos sino en su deseo de encontrar una fundamentación filosófica para el hitlerismo en los elevados dominios de su pensamiento.

Considera esta cita de una deliciosamente dura reseña de Carlin Romano en el Chronicle of Higher Education del 18 de octubre, que habla de algunas revelaciones sobre la desvergonzada adopción del nazismo por parte de Heidegger.

El mes que viene, Yale University Press publicará una traducción al inglés de Heidegger: la introducción del nazismo en la filosofía [en castellano: Akal, 2009] de Emmanuel Faye, un profesor de la Universidad de París en Nanterre. Es el último y más completo asalto de archivo al pensador aparentemente magistral que informó a los estudiantes de Friburgo en su célebre discurso rectoral de 1933 sobre la ‘verdad y grandeza interiores del nazismo’, declarando que ‘el Führer, y sólo él, es el presente y el futuro de de la realidad alemana, y su ley’.

Faye, cuyo libro causó batallas en los departamentos heideggerianos de Francia hace unos años, sigue los pasos de investigadores como el filósofo chileno judío Victor Farías (Heidegger y el nazismo, 1987: El Aleph, 1989, y Lleonard Muntener, 2009), el historiador Hugo Ott (Martin Heidegger, Alianza, 1992) y otros. ¿Objetivo? Exponer el intento vulgar y a menudo feroz del metafísico de convertirse en los años 30 en el principal tribuno académico de Hitler, y sus malabarismos después de la guerra para escapar al juicio por sus pecados. ‘Ahora sabemos’, dice Faye, ‘que el intento de justificación de 1945 de Heidegger no es más que una cadena de falsedades’.

La pieza de Romano en Chronicle generó un furioso hilo de comentarios, un espectáculo de postmodernos sufriendo ataques de histeria.

Puedo entender los ataques iracundos contra Romano por no tomar a Heidegger en serio; desgraciadamente, los enfadados académicos que lo defienden nunca definían exactamente por qué deberíamos hacerlo.

En general, estoy a favor de separar al hombre (o la mujer) de la obra, pero fue el propio Heidegger, sus defensores no parecen reconocerlo, quien reclamó el nazismo para sí. No estableció la separación que ellos enarbolan convenientemente para disculpar su racismo personal".

 

En la imagen, Hannah Arendt. Pensadores temerarios de Mark Lilla (Debate, 2004) incluye un ensayo sobre Heidegger y Arendt. También hay una brillante reflexión sobre Heidegger en El olvido de la razón (Debate, 2004), de Juan José Sebreli.

 

 

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1 comentario

Serj -

La diferencia que Arendt hace entre totalitarismo y autoritarismo me parece tan "banal" como su concepto del mal.
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