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Daniel Gascón

DERRIBAR EL MURO

 

Escribe Christopher Hitchens:

“He aquí un pequeño experimento mental de ética práctica. Imagina que estás tomando una copa con alguien al que acabas de conocer y aparece el tema de la transgresión de la ley. ‘¿Alguna vez ha tenido problemas con las autoridades?’

Tal vez puedas hablar de tu detención en una manifestación, del tráfico ilícito de productos de duty-free, de un encontronazo por una cuestión de estupefacientes, de un intento imprudente de uso de información privilegiada. Tu interlocutor puede mostrar un mayor conocimiento del sistema de justicia penal. En una ocasión pasó un tiempo a la sombra por falsificación o por robo con violencia, o por una discusión doméstica que se fue de las manos. Quizá estés dispuesto a almorzar con esa persona el próximo viernes. Pero si dice: ‘Bueno, yo una vez conocí a una pareja que confiaba en mí como canguro. Tenían dos niños: uno de 12 y uno de 10. Lo pasaba bien con ellos cuando nadie miraba. Les decía que era nuestro secreto. Me dio pena cuando todo terminó.’ Espero que no parecer demasiado sentencioso si digo que en ese momento el almuerzo es cancelado o aplazado indefinidamente.

¿Y sentirías menos o más repugnancia, si el hombre continuara diciendo: ‘Por supuesto, no estaba estrictamente hablando de un conflicto con la ley. Soy un sacerdote católico, no molestamos a la policía o los tribunales con esas cosas. Nosotros nos ocupamos de nosotros mismos, no sé si me explico’?

Sin embargo, esto es exactamente lo que estamos obligados a leer todos los días. La felicidad y la salud de innumerables niños fueron sistemáticamente destruidas por  hombres que podía contar con que sus jefes del clero los protegerían de las represalias legales y, al parecer, incluso de la condena moral. Un poco de ‘terapia’ o un rápido cambio de escenario era lo peor que la mayoría de ellos tenía que temer.

Casi todas las semanas, tengo un debate con portavoces de la fe religiosa. Invariablemente, y sin excepción, me informan de que sin una creencia en la autoridad sobrenatural no tendría base para mi moral. Sin embargo, aquí hay una antigua iglesia cristiana que se maneja con una certeza horrible cuando se trata de una condena total de pecados como el divorcio, el aborto, la contracepción y la homosexualidad entre adultos que consienten. Para esos delitos no hay perdón, y se invoca el absolutismo moral. Sin embargo, si el tema es la violación y la tortura de niños indefensos, de inmediato se invoca todo tipo de maniobra y excusa. ¿Qué se puede decir de una iglesia que encuentra tanta indulgencia para un crimen tan espantoso que ninguna persona moralmente normal puede pensar en él sin estremecerse?

Es interesante, también, saber que la misma iglesia hizo todo lo posible para ocultar la violación y la tortura a las autoridades seculares, incluso obligando a los niños víctimas (como en el repugnante caso del Cardenal Sean Brady, el jefe espiritual de los católicos de Irlanda) a firmar juramentos secretos que les impedían testificar contra sus violadores y torturadores. ¿Por qué tenían tanto miedo de la justicia laica? ¿Pensaban que sería menos indiferente y flexible que las investigaciones privadas sacerdotales? En ese caso, ¿qué queda del gastado y medio horneado argumento que dice que la gente no puede entender una moralidad elemental sin una orden divina?

Tampoco hay que mucho que elogiar en la justicia laica, puesto que el cardenal Brady y muchos como él no han sido despedidos por la iglesia ni procesados por el poder civil. Pero este abandono del deber por parte de los tribunales y la policía ha ocurrido principalmente en países o provincias -Irlanda, Massachusetts, Baviera- donde la iglesia tiene una influencia indebida sobre la burocracia. ¿Cuándo vamos a ver lo que los padres y familiares de los niños devastados quieren y necesitan ver: un cómplice de alto nivel del encubrimiento enfrentándose a un jurado?

La carta patética y eufemística del Papa Benedicto XVI a su ‘rebaño’ en Irlanda ni siquiera propone que esas personas deben perder sus posiciones en la iglesia. Y esta cautela cobarde por su parte tiene una razón buena y suficiente: si hubiera una investigación penal seria, tendría que deponer al propio Papa. No sólo, como arzobispo Joseph Ratzinger, protegió a un peligroso sacerdote criminal en su propia diócesis de Munich y Freising en 1980, después de haberlo enviado a seguir ‘terapia’ en lugar de solicitar su arresto. (La cuestión de la posterior recolocación del sacerdote en un puesto en el que podía asaltar a más niños, sobre la que la iglesia continúa intentando crear confusión, no es relevante para el hecho de la implicación directa y personal de Ratzinger, en el crimen original.) No contento con esto, Ratzinger envió más tarde, como cardenal y cabeza de una institución importante en Roma, una carta que instruía a todos los obispos a negarse a cooperar con cualquier investigación sobre lo que se estaba convirtiendo rápidamente en un escándalo mundial.

Dieciocho de las 27 diócesis católicas de Alemania se enfrentan a investigaciones del gobierno tras una brecha en lo que el ministro de Justicia de Alemania ha descrito acertadamente como ‘un muro de silencio’. Ese muro fue construido originalmente por el hombre que ahora dirige la iglesia. El muro debe ser derribado. El pez -el antiguo símbolo cristiano adoptado por aquellos que consideraban a los seres humanos un banco que atrapar con redes- se pudre desde la cabeza. No creo que las consecuencias hayan empezado a calcularse. El líder supremo de la Iglesia Católica es ahora un sospechoso prima facie en una empresa criminal de la clase más repugnante, y en el intento de obstrucción a la justicia que ha sido parte integrante de dicha empresa. También es jefe político de un Estado -el Vaticano- que ha dado asilo a hombres buscados por la ley, como el deshonrado cardenal Bernard Law de Boston. Entonces, ¿cuál es la posición cuando el Papa decide viajar, como, por ejemplo, con la visita que quiere realizar a Gran Bretaña a finales de este año? ¿Tiene inmunidad? ¿La reclama? ¿Debería tenerla? Estas preguntas exigen respuestas serias. Mientras tanto, hay que registrar el hecho de que la iglesia puede encontrar un amplio espacio en sus confesionarios y sus palacios para quienes cometen el delito más perverso de todos. Sean procesados o no, están condenados. Pero el procesamiento debe venir a continuación, o tendremos que admitir que hay hombres e instituciones que están por encima y más allá de nuestras leyes.

He tomado la imagen aquí. Y aquí, otro texto de Hitchens sobre el asunto.

 

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1 comentario

Gillian Silva J. -

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