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Daniel Gascón

LO QUE SÉ DE CHÁVEZ

Escribe Christopher Hitchens:

“Los recientes informes de la necrofilia politizada de Hugo Chávez pueden parecer demasiado espeluznantes para ser ciertos, pero puedo testificar por experiencia propia que bien podrían ser una subestimación. En las primeras horas del 16 de julio –a media noche, para ser precisos- el capo de Venezuela ofició una ceremonia horripilante. Implicaba la exhumación de los restos mortales de Simón Bolívar, líder de la rebelión de América Latina contra España, fallecido en 1830. Según un artículo escrito vívidamente por Thor Halvorssen en el Washington Post del 25 de julio, el esqueleto fue separado -mientras Chávez contaba el proceso a su audiencia por twitter- y se extrajeron algunos dientes y fragmentos de huesos para analizarlo. Las piezas residuales se colocaron en un ataúd sellado con el sello del gobierno de Chávez. En uno de los discursos con el tono de libre asociación que lo ha hecho célebre, Chávez pidió a Jesucristo que repitiese la resurrección de Lázaro y reanimara los trozos de Bolívar. Continuó:

Tuve algunas dudas, pero, después de ver los restos, mi corazón dijo: ‘Sí, soy yo’. Padre, ¿eres tú o quién eres? La respuesta: ‘Sí, soy yo, que despierto cada 100 años cuando el pueblo despierta’.

Como si ‘canalizara’ esta identificación no muy sutil de Chávez con el héroe nacional, la televisión venezolana se vio obligada a mostrar imágenes de Bolívar, seguidas de las imágenes de los restos y a continuación las imágenes del jefe. El himno nacional aportaba la banda sonora. Desde que los medios de comunicación de Corea del Norte declararon que Kim Jong-il es la reencarnación de Kim Il Sung, no había habido un intento tan descarado de crear una necrocracia, o tal vez mausolocracia, en la que un pretendiente vivo asume el manto carnal del difunto.

El cadáver de Simón Bolívar es como cualquier otro cadáver, pero su legado es mucho más digno de ser robado que el de Kim Il Sung. La novela de Gabriel García Márquez El general en su laberinto es un lugar para comenzar, si quieres entender la combinación de cualidades heroicas y trágicas que mantienen viva su memoria hasta hoy. (En Nueva York, su estatua ecuestre sigue dominando la intersección de la Avenida de las Américas y Central Park South.) La idea de unos Estados Unidos de América del Sur será siempre un sueño tenue, pero en su sangrienta lucha para llevarla a cabo Bolívar logró ser una figura considerable, al igual que en sus otras facetas de negociador tramposo, criminal de guerra y fornicador en serie, también tiernamente retratadas por García Márquez.

En el otoño de 2008, fui a Venezuela como invitado de Sean Penn, que tiene una cálida amistad con Chávez. El tercer miembro de nuestro grupo fue el excelente historiador Douglas Brinkley, y pasamos un tiempo volando alrededor del país en el avión presidencial de Chávez y saltando con él desde un mitin a otro a nivel del suelo. Al jefe le encanta hablar y lanza discursos de longitud propia de Castro. Bolívar es el tema del que nunca se cansa. Su primer movimiento de uniformados amotinados -que no logró triunfar con un golpe militar en 1992- llevaba su nombre en homenaje a Bolívar. Cuando se volvió, tarde pero con éxito, hacia la política electoral, llamó a sus seguidores Movimiento Bolivariano. Desde que asumió la presidencia, el nombre oficial del país es República Bolivariana de Venezuela. (A veces Chávez debe de desear haber nacido en Bolivia.) Se sabe que en las reuniones de su gabinete deja a veces una silla vacía, por si a la sombra de Bolívar se le ocurriese asistir a unos procedimientos normalmente bastante dominados por Chávez.

Esta obsesión por su héroe no tardó en mostrar formas extrañas. Una noche, en el avión, Brinkley preguntó educadamente si Washington podía interpretar las grandes compras de Chávez de buques de guerra de Rusia como una violación de la Doctrina Monroe. La respuesta del jefe fue impresionantemente inmediata. No estaba seguro, dijo, pero lo esperaba. ‘Estados Unidos nació con un impulso imperialista. Ha habido una larga confrontación entre Monroe y Bolívar. [...] Es necesario que la Doctrina Monroe se rompa.’ Mientras su diatriba contra la malvada América aumentaba, Penn intervino para decir que sin duda Chávez sería feliz de ver la detención de Osama Bin Laden.

Me impresionó enormemente cómo despreció esa observación el jefe. Esencialmente dudaba de la existencia de al-Qaeda, y todavía más de sus ataques contra el enemigo del norte. ‘No sé nada sobre Osama Bin Laden que no me haya llegado a través del filtro de Occidente y su propaganda.’ A esto, Penn respondió que Bin Laden había proporcionado un buen número de emisiones propias de radio y vídeo. Una vez más, me impresionó cómo Chávez rechazó este salvavidas lúcidamente ofrecido. Todas esas llamadas pruebas eran otro producto de la televisión imperialista. Después de todo, ‘también hay una película de la llegada de los estadounidenses a la luna. ¿Significa eso que el desembarco en la luna ocurrió de verdad? En la película, la bandera yanqui está en línea recta. Entonces, ¿hay viento en la Luna?’. Mientras Chávez resplandecía triunfal con esta lógica, una sensación de incomodidad cayó sobre mis compañeros, y sobre la conversación.

Chávez, en otras palabras, está muy cerca del momento culminante en que anunciará que es un huevo escalfado y necesita un gran trozo de pan tostado con mantequilla para tumbarse y dormir una siesta reparadora. Incluso su macabra búsqueda en el ataúd de Simón Bolívar fue impulsada inicialmente por su teoría de que una autopsia demostraría que El Libertador había sido envenenado -muy probablemente por los viles colombianos. Tal vez esto proporcionara una licencia póstuma a la hospitalidad permanente que ofrece en Venezuela a la banda narco-criminal de las FARC, una actividad transfronteriza que hace poco para fomentar la hermandad regional.

Mucha gente se echó a reír cuando Chávez apareció en el podio de las Naciones Unidas en septiembre de 2006 y declaró que olía al azufre del mismo diablo, a causa de la presencia de George W. Bush. Pero es evidente que tiene una debilidad idiota por los hechizos y los encantamientos, así como muchos de los síntomas de la paranoia y la megalomanía. Después de que Bolívar fracasara en su intento de crear la federación de Gran Colombia -que brevemente unió Venezuela, Colombia, Ecuador y otras naciones-el ministro de EE.UU. en Bogotá, el futuro presidente William Henry Harrison, dijo de él que ‘[b]ajo la máscara del patriotismo y el apego a la libertad, en realidad ha estado preparando los medios para investirse a sí mismo de un poder arbitrario’. La primera vez fue tragedia; esta vez también es tragedia, pero está mezclada con un fuerte componente de farsa".

En la imagen, Chávez ante el retrato de Bolívar.

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1 comentario

David -

Enhorabuena por tu trabajo Daniel. Gracias a Antón Castro conocí este espacio y, desde entonces, me pregunto cómo organizas el tiempo para consumir tanta información, aclararla y filtrarla. Gracias por compartirla.
Saludos
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