09/05/2008
CARLA DEL PONTE

La caccia: Io e i criminali di guerra son unas memorias en las que la jurista suiza Carla del Ponte habla de su trabajo; yo leí una versión en inglés titulada Madame Prosecutor: Confrontations with Humanity’s Worst Criminals and the Culture of Impunity. Del Ponte (Lugano, 1947), que ha redactado el libro en colaboración con Chuck Sudetic, relata su lucha contra la Mafia y la corrupción en Suiza, y sobre todo, cuenta sus experiencias como fiscal jefe en el Tribunal Penal Internacional para Ruanda entre 1999 y 2003 y en el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia entre 1999 y diciembre de 2007. Madame Prosecutor está estructurado a partir de confrontaciones: Del Ponte se enfrenta a crímenes espantosos –genocidios, asesinatos, limpieza étnica, mutilaciones y violaciones-, pero también a la burocracia de los países y de los organismos internacionales, a sus jefes y a sus subordinados, y sobre todo al conflicto entre la justicia y los intereses políticos.
Carla del Ponte nació en Lugano en 1947, estudió en Berna y Génova, y durante varios años fue abogada de divorcios. A principios de los ochenta empezó a trabajar como juez de instrucción; en ese puesto combatió la opacidad de los bancos suizos. Lugano, una ciudad de habla italiana, era uno de los lugares predilectos de la Cosa Nostra para blanquear dinero. La colaboración entre el juez Giovanni Falcone y Del Ponte hizo que la Mafia sufriera varios reveses: se congelaban sus cuentas, o se descubrían casos como el del Banco Ambrosiano o de la “Pizza Connection”. Falcone fue asesinado en 1992; con su muerte, Del Ponte –que había estado a punto de ser víctima de un atentado poco antes- perdió a un compañero y a un mentor, pero siguió combatiendo la cultura de la impunidad y la corrupción: inició investigaciones sobre las cuentas de Paulina Castañón, esposa de Raúl Salinas, hermano del ex presidente de México Carlos; de Boris Yeltsin y su hija y consejera Tatyana Dyachenko; de la familia Bhutto.
El Tribunal Penal Internacional
En 1999 fue nombrada fiscal del Tribunal Penal Internacional para Ruanda y el Tribunal Internacional para la antigua Yugoslavia en La Haya. En 1994, los extremistas hutus habían asesinado a más de 800.000 tutsis y hutus moderados, habían violado y mutilado y habían provocado grandes desplazamientos de refugiados en Ruanda. En los años noventa, en televisión y ante los ojos del mundo, se habían producido crímenes de guerra y contra la humanidad en el conflicto bélico -alimentado por las pretensiones expansionistas y el delirio nacionalista del croata Franjo Tudjman y del serbio Slobodan Milósevic- que desintegró la antigua Yugoslavia, en Croacia y en Bosnia. A mediados de la década, se habían atacado las zonas bajo protección de la ONU: en 1995 en Srebrenica las tropas del general Mladic habían asesinado a 8.000 varones bosnios. En 1998 y 1999 el ejército serbio había dirigido operaciones de limpieza étnica contra la mayoría albanesa en Kosovo; las persecuciones, los asesinatos y la ocultación de cadáveres habían continuado después de que la OTAN iniciara un bombardeo en 1999; el Ejército de Liberación de Kosovo también había asesinado a civiles serbios; la minoría serbia seguía sufriendo ataques. Aunque Madame Prosecutor es un libro sobrio, que intenta comprender a las víctimas pero trata los lugares donde se produjeron estos horrores como escenarios del crimen, tiene momentos sobrecogedores, como la visita a una iglesia que fue escenario de una masacre en Ruanda, el encuentro de una casa en Kosovo donde extraían órganos a los prisioneros antes de matarlos, o el relato de un testigo que cuenta cómo un niño emergió cubierto de sangre y vísceras entre un montón de cadáveres, llamando a su padre.
“Los crímenes de esa magnitud nunca son asuntos locales”, escribe Del Ponte, que cree que los crímenes contra la humanidad no dependen de odios ancestrales sino de personas concretas que buscan el exterminio de sus enemigos, y que asegura que su tarea “es en esencia una lucha que depende ante todo de la voluntad humana y sólo secundariamente de cláusulas subordinadas en estatutos y convenciones o subsecciones de reglas de procedimiento”. Del Ponte debía buscar a los responsables de los crímenes de guerra y contra la humanidad, centrándose en lo más alto de la cadena de mando –los criminales de menor rango son juzgados por las autoridades locales- y en los crímenes más importantes –la fiscal rechaza las sentencias “tipo Al Capone”, en la que se condena a un asesino por evasión de impuestos. Su idea básica era que nadie debía estar por encima de la ley, ni los dirigentes políticos ni los bandos que habían sufrido atrocidades, y quería investigar la actuación de todas las partes implicadas en los conflictos, para no administrar únicamente la justicia de los vencedores.
El muro de goma
Debía jugar con las limitaciones del tribunal, que tiene poder para emitir citaciones, pero depende de la voluntad de cooperación de los estados. Si éstos no quieren mostrar las pruebas que demuestran la participación de los acusados en las empresas criminales, llamar (o permitir que salgan) a testigos importantes o arrestar a los acusados, pueden no hacerlo. En ocasiones, los interlocutores de la fiscalía estaban bajo investigación o temían estarlo. La mejor manera de presionar a los estados para que colaboren son las sanciones internacionales, pero eso también depende de los intereses políticos de los demás países, y de la confianza que los dirigentes tengan en los tribunales internacionales. Cuando sus interlocutores más poderosos le daban largas Del Ponte sentía que chocaba con un muro di gomma, que suaviza con buenas palabras una negativa rotunda: ese muro de goma es un elemento recurrente en Madame Prosecutor.
Del Ponte –que desestimó las acusaciones por crímenes de guerra por la intervención de la OTAN en Kosovo en 1999- también debía hacer frente a los problemas que tenía su propio equipo. Algunos investigadores no eran los idóneos para trabajar con altos cargos; estaban educados en dos sistemas legales diferentes, el Derecho Continental y el Derecho Anglosajón. Narra tensiones con miembros de su equipo, como Blewitt, Ralston o con Geoffrey Nice, que en principio se oponía a afirmar que en Bosnia se había producido un genocidio, y algunas reprimendas de su superior, Kofi Annan, que le reprochaba que presionase a Serbia para que entregara a algunos de los acusados.
La política, según la fiscal, fue uno de los elementos que abreviaron su mandato al frente del Tribunal de Ruanda. Del Ponte diseñó un proceso temático. Algunos de los criminales hutus responsables del genocidio que empezó tras el asesinato del presidente Habyarimana ya se habían declarado culpables, como Kambanda, que había sido primer ministro del gobierno hutu. Barayagwiza estuvo a punto de quedar libre por un defecto de forma en la acusación; la apelación del equipo de Del Ponte posibilitó su condena. Aunque sigue habiendo fugitivos como Félicien Kabuga, los países africanos colaboraron intensamente en un primer momento. La coordinación con los estados europeos dio sus frutos en la captura de tres acusados el mismo día: Rekundo, un sacerdote católico; el ex ministro de hacienda Emmanuel Ndindabahizi; Simon Bikindi, un cantante que había organizado grupos de las milicias Interahamwe y que animaba en los medios (la acusación a los medios por incitación al genocidio fue un elemento pionero de los tribunales de Del Ponte, al igual que el concepto de “empresa criminal conjunta” abocada al genocidio y a los crímenes contra la humanidad) al exterminio de los hutus y los tutsis moderados. Un cuarto, el sacerdote católico Seromba, desapareció con la ayuda de la iglesia.
Cuando la fiscalía decidió investigar también algunos de los crímenes cometidos por el Frente Patriótico Ruandés, el ejército tutsi que estaba vinculado al poder, empezó a tener problemas con el gobierno de Ruanda. El presidente Paul Kagane, que había formado parte de esa milicia, se oponía a las investigaciones. Los movimientos de los empleados del tribunal eran seguidos, los testigos no obtenían permiso de Ruanda para llegar hasta Arusha, la ciudad de Tanzania en la que se celebraban los juicios, y el gobierno y la sociedad de Ruanda, mientras tanto, exigían mayor celeridad en los procesos. En 2003 Del Ponte fue relevada del cargo. Para ello fue importante la opinión del ministro de exteriores británico Jack Straw, que argumentó que los dos cargos de la jurista le restaban efectividad. Probablemente haya algo de espíritu de revancha cuando Del Ponte, que propuso renunciar a su puesto en el Tribunal para Yugoslavia y quedarse en el de Ruanda, relata una reunión posterior, en la que el Straw apenas podía hablar porque le habían quitado las muelas del juicio.
Yugoslavia
Del Ponte habla de gente que ayudó al Tribunal para Yugoslavia, como Natasha Kandic, Sonja Biserko o Colin Powel, y de las dificultades que tuvo para lograr la colaboración de las autoridades de los países que habían surgido tras la disgregación de Yugoslavia. Kostunica, presidente de Yugoslavia y después de Serbia, nunca pareció muy dispuesto a cooperar; en el ejército y la policía había muchas personas leales a Milosevic, o implicadas en las atrocidades: dos de los criminales más buscados, Ratko Mladic y Radovan Karadzic, continúan en libertad, pese a las reiteradas promesas -y aplazamientos- de Belgrado; el general Hadzic escapó gracias a una filtración del gobierno. Una experiencia agridulce es el juicio a Slobodan Milosevic: el ex presidente no reconocía al tribunal y fue detenido gracias al coraje de Zoran Djindjic, el primer ministro de Serbia, y al apoyo de Colin Powell, Gerard Schröder y Jacques Chirac, pero murió antes de que terminase el proceso. En el juicio Del Ponte consiguió convocar a testigos de valor como Lilic; Zoran Djindjic fue asesinado en marzo de 2003. Uno de los éxitos de la fiscal, que ha acusado a 161 personas, fue que el Tribunal declarase que se había producido un genocidio en Srebrenica perpetrado por fuerzas de la República de Sprska a las órdenes de Mladic y de los paramilitares “Escorpiones” de Serbia, ante la vigilancia de 400 soldados holandeses bajo el mando de Naciones Unidas; otro, las laboriosas detenciones de Tolimir, mano derecha de Mladic, y del general croata Ante Gotavina, que durante un tiempo recibió el apoyo de la Iglesia Católica (un miembro de la jerarquía eclesiástica le dijo a Del Ponte que el Vaticano no era un estado, pero que el Papa no podía recibirla porque sólo recibía a jefes de estado), y que fue arrestado en Tenerife en 2005.
La investigación sobre las atrocidades cometidas por el Ejército de Liberación de Kosovo se revela todavía más frustrante: Del Ponte, que acusó hombres como a Hashin Taci –ganador de las elecciones en noviembre de 2007; en el libro le responsabiliza también de tráfico de órganos- y a Ramush Haradinaj, tuvo que enfrentarse a las fuerzas de Naciones Unidas; aterrados ante una feroz campaña de intimidación, muchos de sus testigos cambiaron el testimonio en el juicio. También resulta insatisfactoria la búsqueda de los cuatro fugitivos -Karadzic, Mladic, Zupilanin y Hadzic- y sobre todo, el cambio de la comunidad internacional. Al final de su mandato, Del Ponte tiene cada vez más problemas para que la reciban los ministros y los presidentes, y desaprueba la resolución que exime a Serbia de responsabilidad en el genocidio. Ve que muchos países de la OTAN y de la Unión Europea buscan la estabilidad en los Balcanes y ya no consideran la entrega de los prófugos un elemento esencial para la integración de Serbia en las instituciones supranacionales. Sobre este asunto, del Ponte mantiene una conversación especialmente tensa con Miguel Ángel Moratinos.
En el relato de su combate contra la cultura de la impunidad, Del Ponte señala sus numerosos éxitos y explica sus fracasos y su sensación de aislamiento. La fiscal da una impresión de persona tenaz y valiente, segura de su inteligencia y convencida de su rectitud, pero también tiene algunos momentos de humor (por ejemplo, cuando afirma que Bosnia es “un país ideal para esquiar, si no fuera por el calentamiento global y los miles de minas antipersona”, o cuando se cuela en el coche de Condoleezza Rice), bromea sobre sí misma y reconoce algunos errores. Aunque al final incluye unas propuestas para mejorar la actuación de los tribunales internacionales, la teoría no es lo que más le interesa: muchas de sus observaciones derivan de su experiencia en la fiscalía y algunas de las páginas más interesantes del libro son las que describen el planteamiento de los casos.
Madame Prosecutor habla de cosas importantes: ofrece una mirada al horror, pero también muestra la posibilidad y la necesidad de combatirlo y perseguir a los culpables. Las memorias de Carla del Ponte, que en ocasiones parecen escritas con bastante prisa, se leen a veces como una reivindicación personal, un reportaje de guerra, un informe judicial, un ajuste de cuentas o un relato de espías, y están llenas de información valiosa sobre el funcionamiento de la justicia y de la política internacional.
En la imagen, Carla del Ponte.
05/05/2008
CINE Y TITULARES
Tres maneras de dar una noticia:
1.
´Los crímenes de Oxford´ y ´Mortadelo y Filemón´ se convierten en las películas más vistas en 2008
Los crímenes de Oxford’, de Alex de la Iglesia, con casi 8 millones de euros de recaudación y 1.370.132 espectadores; ’10.000’, de Roland Emmerich, con más de 7,7 millones y 1.329.184 espectadores; y ’Mortadelo y Filemón.
(ABC)
2.
El cine español toma la delantera en los primeros meses del año
Si el año pasado el cine español terminó respirando gracias a las cifras de «El orfanato» (más de 24 millones de recaudación y más de 4 millones de espectadores desde su estreno hasta el 31 de diciembre), en este 2008 otros dos filmes tiran de la locomotora y se han situado a la cabeza de las películas más vistas en los tres primeros meses del año: son «Los crímenes de Oxford», de Álex de la Iglesia, y «Mortadelo y Filemón. Misión: salvar la tierra», de Miguel Bardem.
3.
La taquilla no da respiro al cine español
’’Los crímenes de Oxford’’, de Alex de la Iglesia, con casi 8 millones de euros de recaudación y 1.370.132 espectadores; ’’10.000’’, de Roland Emmerich, con más de 7,7 millones y 1.329.184 espectadores; y ’’Mortadelo y Filemón. Misión: Salvar la Tierra’’, de Miguel Bardem, que casi llega a los 7,5 millones de euros y 1.316.065 espectadores; son las tres películas más taquilleras en España entre el 1 de enero y el 27 de abril de 2008, según los "datos provisionales" que ofrece el Ministerio de Cultura en su página web.
(El País)
El País y La Opinión reproducen la misma nota de prensa de Europa Press.
26/04/2008
EL LATERAL IZQUIERDO

Alessandro Baricco escribe en Los bárbaros (Anagrama, 2008):
“Cuando empecé a jugar con la pelota eran los años sesenta y todavía no existían Moggi ni Sky. Era el único que no tenía botas de fútbol (no éramos pobres, pero éramos católicos de izquierdas), por lo que jugaba con las botas de montaña atadas en el tobillo: por eso, y según una lógica imperiosa, los mayores decidieron que tenía que jugar en la defensa. En esa época tenía yo la idea de que la vida era un deber que tenía que cumplirse, no una fiesta que había que inventar, y por eso durante años me ceñí a esa indicación categórica, creciendo con la mentalidad de un defensor y ascendiendo en las categorías futbolísticas llevando en la espalda el número 3. Era, en esa época, un número carente de poesía, si bien aludía a una disciplina enérgica e imperturbable. Se correspondía más o menos con la idea, imperfecta, que me había hecho de mí mismo.
En ese fútbol, el defensor defendía. Era un tipo de juego en el que si uno llevaba en la espalda el número 3, podía jugar decenas de partidos sin traspasar nunca la línea del centro del campo. No era necesario. Si el balón estaba allí, tú esperabas aquí, y te tomabas un respiro. El asunto te proporcionaba una extraña percepción del partido. Yo, durante años, he visto a mi equipo marcando goles lejanos y vagamente misteriosos: era algo que ocurría allí al fondo, en una parte del campo que no conocía y que, a mis ojos de defensa lateral, reproducía el aura legendaria de una localidad balnearia, más allá de las montañas: montañas y gambas. Cuando marcaban un gol, allá en el fondo se abrazaban, esto lo recuerdo bien. Durante años vi cómo se abrazaban, desde lejos. De vez en cuando incluso me dio por recorrer todo el campo para unirme a ellos, y abrazarme yo también, pero la cosa no salía muy bien: uno siempre llegaba un poco tarde, cuando la parte más desinhibida del asunto ya había terminado: y era como emborracharse cuando los demás están volviendo a casa”.
29/02/2008
FRÁGILES, CULPABLES Y HERMOSOS

David Trueba (Madrid, 1969) es escritor y cineasta. Ha dirigido las películas “La buena vida” (1996), “Obra maestra” (2000), “Soldados de Salamina” (2002), “Bienvenido a casa” (2006), y “La silla de Fernando”, que codirigió junto a Luis Alegre en 2006. Ha publicado las novelas “Abierto toda la noche” (Anagrama, 1995) y “Cuatro amigos” (Anagrama, 1999). Son obras que mezclan el humor y la melancolía, que hablan de la familia y la soledad, de los conflictos del amor y el deseo, de la frustración profesional y emocional y la pasión por aprender.
Esos temas aparecen en la más ambiciosa y redonda de sus novelas, “Saber perder” (Anagrama, 2008), que transcurre a lo largo de un curso académico o una temporada futbolística, y cuenta la historia de cuatro personajes. Sylvia es una adolescente tímida que siente la pulsión del deseo y entra por accidente en la vida adulta. Su padre, Lorenzo, acaba de separarse: cree que la vida y un antiguo socio le deben algo, y se enamora de Daniela, una ecuatoriana muy religiosa que cuida a un niño en el piso de arriba. La abuela de Sylvia enferma, y su marido, Leandro, combina las atenciones a su mujer y la pena por no haber sabido hacerla más feliz con las visitas a una prostituta. Sylvia conoce a Ariel, un futbolista argentino que ha venido a España a triunfar y se encuentra perdido entre el lujo, el furor de los medios y la corrupción de los despachos. Son personajes que intentan resistir los ataques del azar, de los demás o de sus propios errores, y deben aprender a convivir con sus derrotas.
“Saber perder” alterna las peripecias de estos protagonistas, que tienen un mundo rico y consistente, en el que habitan numerosos personajes secundarios. Habla del instituto de Sylvia y de su hermosa relación clandestina con Ariel; de la casa de Leandro, sus clases de piano y su resentimiento hacia un amigo de infancia que ha triunfado, y de la culpa y los gastos que le producen sus visitas al prostíbulo; de la relación de Lorenzo y su socio, que en lugar de convertir a Lorenzo en un triunfador lo llevó a cometer un crimen, de su desamparo y su nuevo trabajo en una empresa al borde de la legalidad; de los compañeros de Ariel, de su mentor y las fiestas de los jugadores, y de la desorientación que siente en el campo y en Madrid tras la partida de su hermano.
“Saber perder” es una novela muy bien estructurada, que juega con las cuatro líneas narrativas con maestría: las entrecruza, las usa para aumentar el suspense o incrementar el ritmo y establece paralelismos entre ellas. A veces, presenta una escena desde el punto de vista de dos personajes, y eso sirve para registrar los cambios en sus sentimientos, o la distancia que imponen entre ellos la traición, el secreto o el paso del tiempo.
Trueba utiliza con brillantez detalles de la vida cotidiana y elementos que están en la realidad y no siempre encuentran hueco en las novelas: aparecen inmigrantes millonarios y sin papeles; reflexiones futbolísticas y circunvalaciones; operaciones inmobiliarias, mudanzas y accidentes domésticos; adolescentes que envían mensajes de móvil, ancianos enfermos que necesitan que alguien les cuide y sienten deseo. La novela posee momentos bellos y muy divertidos, muchas veces tiene un tono de tristeza e incluye episodios de sordidez y violencia. Los personajes están a merced de su necesidad de sexo, amor o compañía y dan una sensación de indefensión: buscan la felicidad en un lugar en el que saben que no van a encontrarla, e ignoran desde dónde les va a llegar el próximo golpe. Y eso hace que nos resulten próximos. “Saber perder” es una novela estupenda, que combina una poderosa arquitectura narrativa y la confianza en el poder de la ficción para retratar la vida con una mirada perspicaz y compasiva sobre unos seres frágiles, culpables y hermosos.
David Trueba. Saber perder. Anagrama, 2008. 520 páginas.
Esta reseña apareció en Artes & Letras. La fotografía es de El País.
26/02/2008
LUGARES

1.
El paranoico, la CIA y The Paris Review .
2.
Charlotte Mendelson enseña los escenarios de su novela When we were bad.
3.
Unas declaraciones del filósofo Gianni Vattimo ayer en El País. El relativismo puede hacer que uno crea que la libertad o la democracia son valores de los que otros, que viven en otros sitios u otros tiempos, pueden prescindir. Al final, eso sirve para defender el totalitarismo y los crímenes más repugnantes, aunque no siempre se enuncia con tanta claridad: “No soy un defensor entusiasta de la democracia formal. No se pueden aplicar nuestros criterios a un país como Venezuela. Su régimen me recuerda a los inicios del fascismo en Italia. Mucha gente estaba entonces con el Duce y fueron las organizaciones fascistas las que permitieron, por ejemplo, que la mujer participara en política. Cuando se acercó a los nazis fue el desastre, pero a veces un régimen autoritario permite a los desarraigados acceder a la política y luchar contra sus carencias".
4.
Un estudiante lucha por no ser deportado a Irán tras la ejecución de su novio por sodomía.
La imagen de Humes apareció en The New York Times.
22/02/2008
LOS HERMANOS, EL GULAG Y EL AMOR

Martin Amis (Swansea, 1949) es un escritor ambicioso, irregular y brillante. Ha publicado novelas admirables, como “Dinero” (Anagrama, 1988) o “La información” (Anagrama, 1996); un magnífico volumen autobiográfico, “Experiencia” (Anagrama, 2001), y un ensayo estremecedor sobre Stalin: “Koba el temible: la risa y los veinte millones” (Anagrama, 2004). Ese libro tiene mucho que ver con “La Casa de los Encuentros” (Anagrama, 2008), que es una novela sobre el amor, la violencia y la culpa, sobre el horror del totalitarismo y la supervivencia.
El narrador de “La Casa de los Encuentros” es un ruso octogenario que regresa al norte de su país para morir en 2004, después de pasar dos décadas en Estados Unidos. Escribe a su hijastra una carta de despedida, un ajuste de cuentas con la Unión Soviética y consigo mismo: habla de los combates y las violaciones que cometió durante la Segunda Guerra Mundial; de su regreso a la vida civil y su hermanastro Lev, más joven, más frágil y aficionado a la poesía; y de Zoya, una voluptuosa chica judía de la que se enamoran el narrador y su hermano.
“Uno no puede verse a sí mismo en la historia, pero ahí es donde estás”, escribe el narrador, que es deportado por razones políticas: lo mandan al campo de Norlag, en el Ártico, un lugar durísimo, donde viven hacinados miles de hombres y mujeres, y donde imperan el terror, el aburrimiento, el frío y el hambre. En 1948 llega su hermano y le sorprende con dos noticias. Por un lado, es pacifista: aunque la violencia es un elemento esencial de la vida del campo -los delincuentes, los presos políticos y los delatores se pelean entre sí, y el narrador mata a tres personas- Lev se niega a luchar: duerme en el suelo porque no quiere pelear por una cama y no participa en la rebelión de 1953. Por otro, se ha casado con Zoya. El matrimonio perpetúa el triángulo amoroso “escaleno”, y la ambigua relación entre los dos hermanos: al principio Zoya funciona más como un símbolo que como un personaje, pero la mezcla de amor y resentimiento del narrador y Lev es uno de los grandes aciertos de la novela.
En el campo se permiten las visitas conyugales en un edificio llamado “la Casa de los Encuentros”. Son citas tristes: a menudo las mujeres viajan para pedir el divorcio, se encuentran con hombres destruidos, incapacitados para el sexo o el afecto, o deben afrontar una despedida terrible. Tras la visita de Zoya en 1956 Lev se hunde para siempre; el narrador se alegra: sigue obsesionado con ella y atribuye la tristeza de su hermano a un desastre sexual-, pero el secreto sobre ese encuentro y sus consecuencias se prolongan durante décadas.
Lev y el narrador y Zoya sobreviven. Intentan salir adelante en un país que cambia lentamente y no reconoce los crímenes que ha cometido contra sus ciudadanos, pero son criaturas taradas e infelices: Zoya es una víctima del gulag; el narrador es víctima y verdugo.
“La Casa de los Encuentros” habla de la supervivencia y la pérdida, y está llena de amputaciones físicas y emocionales: un guardián deja sordo de un oído a Lev; después se emborracha, se duerme en la nieve y tienen que cortarle las manos; el hijo de Lev muere en la guerra de Afganistán. “Lo que no te mata no te hace más fuerte. Te hace más débil, y al final te mata”, escribe el narrador, que se enriquece al salir del campo y vive más años que Lev y Zoya, pero sigue atormentado por su violencia y por la culpa.
“La Casa de los Encuentros” utiliza artificios literarios –como las cartas, o la anglofilia del protagonista- para resultar verosímil, y mezcla con habilidad el relato documentado de las experiencias del campo y la vida después del gulag con frases sorprendentes y reflexiones lapidarias sobre la Rusia actual. Amis ha escrito un libro triste y poderoso, que recuerda a algunos textos de Nabokov y a veces parece la condensación de una novela del XIX, y que es su mejor obra de ficción en mucho tiempo.
Martin Amis. La Casa de los Encuentros. Traducción de Jesús Zulaika. Anagrama, 2008. 255 páginas.
Esta reseña fue publicada en Artes & Letras. Martin Amis en una imagen de la revista Time.
11/02/2008
INDIVIDUOS

1.
R. Me encanta esta prodigiosa mezcla de razas que tenemos en Londres. Pero no voy a fingir que me gustan otras culturas porque hay cosas de otras culturas que no me gustan. No me gusta por ejemplo que a niñas de nueve años se les obligue a casarse con viejos en Iraq. ¿Cómo le sienta a usted eso? Yo tengo una niña de nueve años y la mera idea de forzarla a casarse no ya con otro niño de nueve años sino con un hombre es tan asquerosamente cruel... Y no puedo aprobar la poligamia ni los crímenes de honor ni la ablación de clítoris. El multiculturalismo es un fraude. Ninguno de nosotros cree en él. Algunos dicen que sí, pero es mentira. Y si uno dice que unas sociedades son más atrasadas que otras todos se asustan, pero es así. Las evidencias de mi mente y las de mis sentidos me dicen que es así.
P. Y las occidentales son en su opinión las más avanzadas...
R. No desde luego Estados Unidos. No hay control de armas y tienen pena de muerte. Y todo el mundo en América es creyente y va el domingo a la iglesia.
P. ¿Ir a la iglesia es un atraso?
R. Desde luego.
(Entrevista de Eduardo Suárez a Martin Amis)
2.
Bueno, la lucha contra la teocracia no es solo entre nosotros y los islamistas. Es una lucha entre esa gente que piensa que a partir de la evidencia y la razón, y aquellos que dicen que la fe es una cosa buena en sí misma. ¿Es que la fe, por sí misma, es una cosa buena? Esta es otra cosa, por cierto, de la que nuestros periódicos se hacen eco. “¡Ah! Lo impulsaba su fe. Eso está bien.” Hay candidatos que pertenecen a grupos religiosos, como el culto mormón, que dicen: “¿Me atacas por mi fe?”. Sí. Eres un miembro de una organización delirante. Pero aparentemente se supone que no se debe hacer eso. Otro tópico que resuena en nuestras cámaras de eco es la iniciativa “basada en la fe” del presidente. ¿Qué significa “basada en la fe”? ¿Qué cosas dejas a la fe si de verdad crees que son importantes? ¿Dices: “Yo creo, pero no me preocupa la evidencia”? ¿En qué otra parte de tu vida harías una cosa así? Ésa es la diferencia real entre los que toman las cosas por la fe, sin examinarlas, sin evidencia, sin razón, sin contexto, y los que no lo hacen. Y ésa es una gran diferencia.
3.
Cuando hablamos del individualismo de la sociedad moderna utilizamos siempre la palabra como un compendio de todo lo negativo, como sinónimo de la destrucción del tejido afectivo y de la solidaridad social. Se han escrito extensos trabajos sobre el tema, anatemizando el individualismo como base esencial del capitalismo más caníbal. A veces, en la furia de algunos de estos ataques me parece oír cierto eco de mis años adolescentes, en la época confusa y siniestra del franquismo, cuando el hecho de que te gustara la ópera, o ponerte perfume, o cualquier nadería semejante, podía hacer caer rápidamente sobre ti el sambenito de ser una pequeñoburguesa, una individualista sin suficiente conciencia ante las urgentes, heroicas, trascendentales demandas de la sagrada masa proletaria.
El caso es que la sociedad occidental ha ido siendo más y más individualista con el paso de los siglos; y, si estudiamos el pasado, se ve claramente que todas las conquistas de justicia social han sido impulsadas por el individualismo. Es la conciencia individual, al reaparecer en el siglo XII tras los años oscuros, la que impulsa la creación de organizaciones protodemocráticas, y las leyes contra el abuso de los nobles, y la orgullosa ambición de ser feliz frente al oscuro despotismo de los dioses. El individualismo es el motor de la Revolución Francesa, y del sufragio universal, y del concepto mismo de derechos humanos. Y del respeto a las minorías y a la diferencia. Por el contrario, las mayores tropelías sociales de la Historia han sido cometidas por regímenes que negaban la individualidad. Por tiranos que contemplaban a sus súbditos como meros esclavos, o por regímenes totalitarios que consideraban al individuo como algo sospechoso.
Y así, paradójicamente, resulta que aquellos sistemas de pensamiento que enaltecen al pueblo y que dicen defender por encima de todo a la colectividad, acaban siendo verdaderos mataderos colectivos y creando sociedades mucho más injustas que aquellas en las que impera el individualismo. Como sucedió con la pesadilla del nazismo, con las decenas de millones de víctimas de los soviéticos, con los jemeres rojos asesinando a la tercera parte de la población de su país. A mí lo que me da verdadero miedo no es el individualismo, sino esas grandes Ideas intocables que dicen hablar por el bien de todos y con las que se enardecen las masas ciegamente. Como decía Bioy Casares, “las ideas nacen inocentes y se vuelven feroces”. Creo que la conciencia individual es una buena herramienta para evitar los abusos; y que es desde el individualismo desde donde se puede uno preocupar por los demás.
4.
La minoría más pequeña del mundo es el individuo. Aquellos que niegan los derechos individuales no pueden pretender además ser defensores de las minorías.
(Ayn Rand)
En la imagen, Martin Amis y Christopher Hitchens.
03/02/2008
REPARACIÓN
Este lunes El País publicaba un reportaje que contaba que, mediante una argucia legal, en Bélgica la Seguridad Social corría con los gastos de las operaciones de himenoplastia. La himenoplastia es la reparación del himen; el objetivo de la intervención es evitar que las mujeres que hayan tenido relaciones sexuales y viven en ambientes obsesionados con la virginidad sufran la marginación, el repudio o la agresión.
El culto a la virginidad es repugnante: atenta contra los derechos humanos, porque convierte a la mujer en una posesión que pasa de manos del padre al marido; niega su libertad y la transforma únicamente en un objeto sexual, y acarrea el maltrato y la exclusión. Incluso en su delirio, es una norma que se aplica de forma desigual (nadie examina la virginidad de los hombres), y, además, en muchas ocasiones el himen se rompe sin que se produzca una relación sexual. Esta superstición ha estado presente en muchas sociedades patriarcales: la Celestina era reparadora de virgos, y el tema de la honra aparece en la literatura del Siglo de Oro; entre otros disparates, la Iglesia Católica todavía defiende que una virgen se quedara embarazada, y el extremismo cristiano que ha causado siglos de guerras e infelicidad sigue predicando la virginidad; en las bodas gitanas se celebra un ritual tan espeluznante como el yeli, y la virginidad es una auténtica obsesión en el mundo musulmán, como ha explicado Ayaan Hirsi Ali en su libro Yo acuso, que en inglés se tituló The Caged Virgin (La virgen enjaulada). El culto a la virginidad es uno de los elementos básicos de la sujeción de las mujeres musulmanas: una superstición que es precepto religioso y legal y sirve para arruinar vidas y justificar crímenes.
El martes El País, que apenas concedía espacio a la noticia del cierre de una revista feminista iraní, defendía la iniciativa belga y su “pragmatismo” frente a las “polémicas estériles” en torno al velo (como desvinculaba el culto a la virginidad y el islam, esta admonición parecía un poco incongruente). La himenoplastia es una argucia pagada por los contribuyentes de un país democrático que permite que una mujer parezca virgen y no sufra el rechazo de una comunidad en la que impera un sistema legal paralelo. El estado de derecho hace una trampa para fingir que respeta unas normas que no tienen ninguna legitimidad y contradicen los principios democráticos. Pero la estratagema supone un reconocimiento implícito: es una medida paternalista y relativista, y jamás se recomendaría para hacer frente a una tradición reaccionaria de origen occidental: es como si se aconsejase a los negros pintarse de blanco para evitar el racismo antinegro, o como si se aconsejara a los homosexuales la boda heterosexual para no estimular la homofobia. La democracia debe garantizar los derechos de las mujeres y de todos los ciudadanos. Pero para ello es fundamental acabar con las supersticiones y los sistemas legales paralelos que cercenan su libertad.
31/01/2008
AMARILLO

Félix Romeo acaba de publicar Amarillo (Plot). Es un libro sobre su amigo Chusé Izuel. Izuel nació en Zaragoza en 1968, se hizo amigo de Félix y Bizén en el colegio, escribió relatos y reseñas literarias, y se suicidó en Barcelona en 1992. En 1994, Félix Romeo recogió sus cuentos en el volumen Todo sigue tranquilo (Libertarias, 1994); son unos relatos estupendos y es una pena que Izuel no viviera para escribir más historias. Amarillo tiene algo de carta al amigo muerto, de búsqueda en su vida, en los recuerdos y en sus textos para comprender un enigma que siempre resulta inexplicable.
Félix Romeo escribe en Barcelona, a casi 16 años de distancia, y utiliza mucho la glosa: aparecen fragmentos de cuentos, reseñas, entrevistas y cartas de Chusé, y también textos que se escribieron sobre él. Reconstruye el momento del suicidio, que se produjo de madrugada, la noticia de la muerte, y la noche en el depósito de cadáveres. Interpreta los textos, transcribe una entrevista y a la vez va trazando un relato: cuenta la historia de una amistad -tres chicos de Zaragoza que se llaman igual que sus padres, quieren ser artistas, estudian juntos y se van a vivir a Barcelona- y explica algunos momentos esenciales de esa relación, como un accidente de coche que tuvieron Félix y Chusé Izuel, otra ocasión en la que estuvieron a punto de matarse en una carretera, o simplemente la distribución de las habitaciones en el piso compartido de Barcelona, con los olores de la comida que cocinaba Bizén o el sonido de la máquina de escribir de Chusé.
La relación de los tres está muy bien explicada, y se sitúa en un ambiente que no se ha contado mucho: la Zaragoza de finales de los años 80 y principios de los 90; Amarillo muestra los bares y la vida de una ciudad en la que los grupos consiguen grabar su primer disco; muestra a Félix Romeo con una beca de la Residencia de Estudiantes en Madrid; a Chusé Izuel colaborando en varios periódicos. Ese paisaje de gente que logra hacer cosas es el escenario de Amarillo, y contrasta con el dolor paralizante y las fantasías autodestructivas de Chusé, que aparecen en sus cuentos y en sus cartas: un cuento narra el asesinato de una novia, otro habla de un suicidio, una carta a Félix habla del Pozo de San Lázaro, sus reseñas insisten en esas pulsiones contra sí mismo. A Izuel lo había dejado una novia y no podía superarlo: ella lo abandonó un 27; él se tiraría por la ventana un 27 de febrero.
Aunque esa angustia que crece como un termitero es uno de los temas fundamentales, Amarillo es un libro magnífico sobre la orfandad, sobre una amistad y en cierta manera la traición a esa amistad. Como ha escrito Mariano Gistaín, el suicidio es un “atentado indefinido”, y la muerte de Izuel deja víctimas que se sienten abandonados y culpables: por no haber interpretado las pistas que llevaban a su suicidio, por no haber sabido impedírselo, porque alguien a quien querían ha decidido dejar de existir, o simplemente por haber seguido viviendo, pintando, escribiendo y cambiando de opinión. Esa sensación de culpa e incluso de apropiación de la existencia del otro -que se transforma en un fantasma- es uno de los elementos esenciales de Amarillo; el autor sabe que la escritura es la forma de curar esa herida, y que la vida es hermosa.
Félix Romeo ha escrito un libro intenso y estremecedor sobre Chusé Izuel y sobre sí mismo, en el que habla a su amigo con sobriedad y tristeza, con amor e ira, como quien dice unas palabras de despedida para alguien que ha colgado el teléfono y al que no vamos a volver a llamar.
La fotografía es de Daniel Mordzinski. Una entrevista con Félix Romeo.
25/01/2008
PALABRAS DE FAMILIA

Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) ha escrito varias veces sobre la familia y la historia: Carreteras secundarias (Anagrama, 1996) hablaba de un padre y un hijo a mediados de los años setenta; El tiempo de las mujeres (Anagrama, 2003) trataba de tres hermanas que se quedaban huérfanas y transcurría durante la transición; la familias, las injusticia y las víctimas eran algunos de los temas de Enterrar a los muertos (Seix Barral, 2005) y Las palabras justas (Xordica, 2007). Esas preocupaciones también aparecen en Dientes de leche (Seix Barral, 2008), que abarca cincuenta años y narra la historia de tres generaciones.
Raffaele Cameroni, un hombre que “desde niño había tenido la sensación de que las cosas siempre les pasaban a los demás”, viene a España para luchar en el bando franquista, se entusiasma con el fascismo, se enamora de una enfermera y se queda a vivir en Zaragoza. Martínez de Pisón cuenta su matrimonio con Isabel, la expansión de una empresa familiar de pasta –que se beneficia de la corrupción durante los primeros años del franquismo- y la construcción del cementerio de los soldados italianos. El carácter autoritario y a veces cruel de Raffaele tiene algo de fascismo aplicado a la vida cotidiana, y condiciona sus relaciones con su mujer y sus tres hijos: Rafael, que pasa de las simpatías por Mussolini a la militancia antifranquista y descubre que tiene talento para la mecánica; el deficiente Paquito, que vive atrapado en una niñez eterna; y Alberto, uno de los grandes personajes del libro, que se convierte a su pesar en el cabeza de familia, intenta modernizar la empresa de su padre, y disfruta con los paseos y la vida junto a su mujer, Elisa, y su hijo Juan.
Dientes de leche habla del paso del tiempo, del miedo a perder a los seres queridos y lo difícil que a veces resulta soportarlos, del amor y los celos, de la lealtad, la incomprensión y la compasión. Martínez de Pisón cuenta con rigor la guerra, la posguerra y la transición, pero también muestra los matices y los cambios en los sentimientos de los protagonistas, que a menudo tienen que vivir con las consecuencias de una decisión precipitada: tras unos meses de matrimonio, a Isabelita (que pierde a un hermano en la contienda y después de ser madre se convierte en Isabel), “Raffaele se le aparecía como un intruso y un aprovechado, el hombre que había ido desplazando a su padre en todo”.
Dientes de leche está llena de detalles que configuran con precisión un universo familiar: presta atención a la manera de hablar de los personajes, a las mudanzas y la distribución de las habitaciones de la casa. Habla de las relaciones entre padres e hijos y nietos y abuelos, de gestos y comportamientos parecidos, de los accidentes domésticos y los relatos fundacionales de cada casa: una acción heroica en la guerra o los capítulos iniciales de una historia de amor. Los Cameroni son seres complejos e imperfectos, con secretos que esconden traiciones o muestras de altruismo inadvertidas, y construyen rituales privados y colectivos para conservar la felicidad: Raffaele lleva a su nieto al homenaje a los soldados italianos que lucharon junto a Franco; Isabel guarda los dientes de leche de sus hijos, que para ella representan “todas las cosas bonitas que el tiempo y la vida obligaban a dejar atrás”, y Alberto hace fotos de Juan y Elisa para no perder de vista los instantes de alegría.
Martínez de Pisón organiza bien la trama, emplea con maestría la elipsis y los puntos de vista de los personajes, y elabora un hermoso retrato de Zaragoza, con sus bares, sus estaciones, sus burdeles y sus bulevares. Los acontecimientos históricos y los cambios de la ciudad señalan momentos importantes para los Cameroni: cuando Raffaele va con dos de sus hijos a recibir a los ex combatientes de la División Azul lleva un maletín lleno de dinero y planea abandonar a su mujer; Elisa oye el nombre de Alberto Cameroni el día en que la Vuelta a España pasa por Zaragoza y conoce a su marido durante el rodaje de Culpable para un delito.
Ignacio Martínez de Pisón logra que una historia complicada resulte apasionante y sencilla. Dientes de leche es la mejor novela de una trayectoria admirable: es un libro emocionante, con episodios tristes y momentos muy divertidos, que hace pensar en las novelas de Anne Tyler, John Irving y Natalia Ginzburg, y habla de cosas que nos afectan a todos.
Esta reseña apareció en Artes & Letras el 24 de enero de 2008.
En la imagen, Ignacio Martínez de Pisón retratado por Malcolm Otero.


