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Daniel Gascón

THATCHER

1.

Un obituario de Thatcher en el Financial Times. Y otro en The Economist.

2.

La leyenda de Margaret Thatcher, por Bruce Bartlett.

3.

Dry, por Arcadi Espada.

4.

40 fotos, algunas frases y 15 gráficos sobre cómo cambió el Reino Unido.

5.

Christopher Hitchens escribió:

Perry admitió la justicia de esa afirmación, como no podía ser de otra manera, y pensaba que me debía un pequeño favor. “¿Le gustaría conocer a la nueva Líder?”. ¿Quién podía negarse? En unos momentos, Margaret Thatcher y yo estábamos cara a cara.

En unos momentos, también, me había dado la vuelta y le estaba ofreciendo las nalgas. Supongo que tengo que dar algún tipo de explicación. Casi en cuanto nos dimos la mano en la presentación inmediata, sentí que conocía mi nombre y quizá lo había asociado al semanario socialista que había dicho hacía poco que era bastante sexy. Mientras ella luchaba adorablemente con ese momento de bella confusión, me sentí obligado a buscar la polémica y discutir con ella sobre un detalle de la política de Rodesia/Zimbabue. Me tomó la palabra. Yo estaba (casualmente) en lo cierto sobre un pequeño asunto y ella estaba equivocada. Pero defendió su error con una fortaleza tan diamantina que finalmente le di la razón e incluso me incliné un poco para subrayar mi reconocimiento. “No –dijo ella-. ¡Agáchate más!”. Sonriendo amablemente, me incliné un poco hacia delante. “No, no –trinó-. ¡Mucho más!”. Para entonces, se estaba reuniendo un pequeño grupo de interesados transeúntes. Volví a inclinarme hacia delante, esta vez de forma con más timidez. Dio una vuelta a mi alrededor, desenmascaró sus armas y me golpeó en el trasero con los papeles parlamentarios que había enrollado en forma de cilindro detrás de su espalda. Recobré la verticalidad un poco incómodo. Mientras se alejaba, miró por encima del hombro e hizo un movimiento casi imperceptible de cadera mientras pronunciaba las palabras: “¡Chico malo!”.

Tuve y tengo testigos. En la época, sin embargo, apenas yo podía creerlo. Solo desde una perspectiva posterior, revisando cómo masacró e intimidó a todos los anteriores líderes masculinos del partido y los sustituyó con gente que pudiera controlar, aprecio el atisbo premonitorio –de lo que alguien en otro contexto llamó “el manotazo del gobierno firme”- que se me concedió. Incluso en la época, cuando dejaba la fiesta, sabía que había conocido a alguien bastante impresionante. Y lo peor del “thatcherismo”, como empezaba a descubrir gradualmente, era el roedor que se removía lentamente en mis vísceras: la sensación incómoda pero ineluctable de que en algunos asuntos esenciales podía tener razón.

6.

Ian McEwan sobre la fascinación que Thatcher ejercía en los escritores británicos.

7.

Algunas canciones en contra.

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