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Daniel Gascón

PRIMAVERA

PRIMAVERA

 

1.

México, país invitado en el Salon du Livre de París.

2.

A pesar de la crisis, suben las ventas de los libros en Francia.

3.

Adam Kirsch escribe sobre Democracy Denied, 1905–1915: Intellectuals and the Fate of Democracy, de Charles Kurzman.

“Algunos años de la historia llevan un halo casi sagrado, porque están profundamente asociados con la idea de la revolución democrática. Decimos 1848, y viene a la cabeza la primavera de las naciones, el alzamiento de barricadas en París y Francfort y Venecia; digamos 1989, y es la Revolución de Terciopelo, el colapso del comunismo en Berlín Oriental y Praga y Varsovia. Poca gente tiene recuerdos tan buenos de los años entre 1905 y 1915, que normalmente asociamos con las crisis que condujeron a la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, como nos recuerda Charles Kurzman en Democracy Denied, esos años vieron “una oleada de revoluciones democráticas… que consumieron más de una parta cuarte de la población mundial”.

La oleada empezó en 1905 con la revolución rusa, cuando el zar Nicolás II fue obligado a garantizar a su pueblo una constitución y un parlamento. Inspirados por el ejemplo ruso, los demócratas iraníes se rebelaron contra el sha en 1906; los Jóvenes Turcos forzaron al sultán del Imperio Otomano a garantizar una constitución en 1908; el Reino de Portugal se convirtió en una república en 1910; y la vieja monarquía china dio paso al gobierno republicano de Sun Yat-sen en 1912.

Estos movimientos democráticos se extendieron por el globo, y los intelectuales que los conducían eran muy conscientes del ejemplo de otros intelectuales. El dominio de Kurzman de una amplia variedad de fuentes e idiomas le permite establecer sorprendentes conexiones: algunos rebeldes en Portugal se llamaban a sí mismo Jóvenes Turcos, y un periódico otomano urgía a los turcos a ‘luchar como los rusos’. Frente a ello, parece que tantos movimientos revolucionarios producidos en el mismo periodo de tiempo parece pertenecer ‘a esos grupos de revoluciones democráticas, como la oleada iniciada por la Revolución francesa, el alzamiento de 1848… y los movimientos democráticos de finales del siglo XX’.

Sin embargo, como sugiere el título de Kurzman, estas seis revoluciones no se recuerdan como un capítulo glorioso de la historia. En cada una de ellas, los activistas a favor de la democracia obtuvieron un dramático éxito inicial, para rendirse rápidamente a las luchas internas y la apatía, preparando el escenario para golpes contrarrevolucionarios. El zar garantizó una duma en 1905, pero la neutralizó cuando terminó el peligro revolucionario, y la autocracia rusa había regresado al poder en 1907. En Turquía, los Jóvenes Turcos abolieron ellos mismos la democracia que habían ayudado a crear; prefirieron modernizar el estado otomano según líneas maestras autoritarias. Francisco Madero, que derrocó a Díaz en México, fue derrocado y asesinado por un comandante del ejército, Victoriano Huerta, en 1913. De forma similar, Sun Yat-sen fue apartado del poder por el general Yuan Shikai, que abrió el camino para décadas de guerra civil. Sólo en Portugal se mantuvo la República, pese a sucesivos golpes e invasiones realistas, hasta que una dictadura la reemplazó en 1925.

[…] Kurzman acomete un análisis comparativo de los seis casos, para construir un modelo de cómo tienen éxito o fracasan las revoluciones democráticas. Se da cuenta de que las teorías marxistas convencionales, basadas en el conflicto de clase, son insuficientes para explicar lo que sucedió en los años entre 1905 y 1915. En la visión marxista clásica, la democracia liberal es la expresión política del poder económico creciente de la clase media urbana; la burguesía lucha contra las fuerzas de la reacción (los terratenientes y los militares) con el apoyo inconstante de trabajadores radicales. Pero en las revoluciones de 1905-1915, cree Kurzman ‘esos aspectos jugaron sus papeles de manera inconstante… En términos del guión clásico sociocientífico, las revoluciones democráticas de este periodo son un barullo’

En cambio, Kurzman escribe un guión diferente cuyo protagonista no es una clase económica, sino un grupo profesional e ideológico: los intelectuales. En cada país, encuentra a un autoelegido cuerpo de intelectuales que se veían como los portadores que llevarían la ilustración a una nación retrasada. Inspirados por el caso Dreyfus, que marcó la emergencia de los intelectuales franceses como una fuerza política de progreso, los intelectuales en esos países menos avanzados se identificaron orgullosamente con lo que Kurzman describe como los dos elementos más progresistas del pensamiento contemporáneo: primero, democracia; segundo, positivismo, el uso de la razón científica para reorganizar la sociedad. Envalentonados por su sentido del bien moral y del destino histórico, grupos de intelectuales –a veces extraordinariamente pequeños- se las arreglaron para convencer a clases sociales más poderosas de que ellos merecían el liderazgo revolucionario.

Kurzman rastrea esta dínamica en los seis países, aunque eran disímiles en la mayor parte de los aspectos. En Rusia, la intelligentsia, como se llamaba a sí misma, se contaba en los cientos de miles de personas e incluía la burguesía liberal, estudiantes universitarios, médicos, abogados y profesores. Un estudio de la Unión de Liberación, la principal organización a favor de la democracia, encontraba que el 82 % de sus miembros tenía educación superior. En Irán, en cambio, no había ‘universidades propiamente dichas, sólo varios miles de estudiantes de secundaria, y posiblemente varios cientos de graduados de escuelas europeas’. Sin embargo, el pequeño grupo de intelectuales educados o influidos por los europeos disfrutaban de un fuerte espíritu de grupo, y se definían contra el clero musulmán que dominaba la educación tradicional. Kurzman cita a un activista iraní: ‘Dos días en una escuela moderna son mil veces más próximos al juicio de esas necesidades [del país en la época actual] que embarcarse en cien comentarios marginales’. En China, la vanguardia intelectual estaba compuesta mayoritariamente por oficiales jóvenes que habían ido a Japón a estudiar los modernos métodos militares.

En ningún lugar, sin embargo, la clase intelectual era lo bastante grande como para tomar el poder por sí misma. Se apoyaba en el apoyo de otros grupos insatisfechos con el régimen existente. Por tanto la revolución rusa sólo tuvo éxito, después de casi un año de agitación, cuando los trabajadores del ferrocarril se pusieron en huelga, paralizando los ejércitos del zar (ya en una situación caótica tras la desastrosa guerra ruso-japonesa). Pero cuando los intelectuales tomaron el poder –en la mayor parte de los casos, sólo hasta cierto punto-, quedó claro que sus programas no eran muy atractivos para quienes los apoyaban. A los ricos no les gustaban los planes de los intelectuales para la educación del pueblo, que significan subir los impuestos, mientras que los pobres se sintieron decepcionados cuando sus antiguos aliados rompían huelgas y desarmaban a grupos rebeldes. Mientras tanto, los grandes poderes –entre ellos, democracias como Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia- preferían generalmente tratar con un régimen autoritario estable que con una democracia inestable. Tarde o temprano –en la mayoría de estos seis casos, pronto- el antiguo régimen contraatacó, y los demócratas se encontraron sin aliados en el interior del país y en el extranjero.

En pocas palabras, las revoluciones de 1905-1915 fracasaron porque los intelectuales sobreestimaron el apoyo popular a la democracia y minusvaloraron los desafíos que representaba la democracia. Kurzman escribe duramente sobre esos intelectuales, sugiriendo repetidamente que valores liberales como la libertad de prensa y la educación universal eran sólo intereses particulares de la clase que escribe y enseña para ganarse la vida. Pero, ¿son los entusiasmos de las democracias por esos valores sólo ejemplos de la ‘hegemonía’ en el sentido gramsciano, como arguye Kurzman (‘la aceptación de los intereses del grupo dirigente como si fueran los intereses de toda la sociedad’? Si es así, es difícil entender por qué, como Kurzmna reconoce en su último capítulo, esos derechos se convirtieron en el objetivo de las revoluciones posteriores a 1989 en Europa del Este, que no fueron impulsadas por intelectuales sino por movimientos obreros como Solidaridad. Los intelectuales de 1905-1915 estaban, como muestra Kurzman, engañados acerca de la disposición del pueblo a aceptar la democracia. Estaban por delante de su tiempo, una desgracia no sólo suya, sino también de sus países”.

4.

Una entrevista con Aharon Applefield.

5.

2666 de Roberto Bolaño ha ganado el Nacional Book Award. Otros ganadores son The Forever War, donde Dexter Filkins habla de los conflictos en Iraq y Afganistán, y My Father’s Paradise, donde Ariel Sabar sigue sus raíces judías en el Iraq kurdo.

6.

Mary Beard ha encontrado un libro de chistes de más de 1600 años, que contiene chistes de la Roma clásica.

Un hombre se encuentra con otro y le dice: “Qué raro, me habían dicho que estabas muerto”

-Pues ya ves que no.

-No me lo creo. Mi informador es mucho más fiable que tú.

Aquí, un artículo de Mary Beard sobre lo que hacía reír a los griegos.

7.

El nuevo número de Democratiya.

En la imagen, Aharon Appelfield.

 

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