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Daniel Gascón

BERNARD-HENRI LÉVY CONTRA SARKOZY

Escribe Bernard-Henri Lévy:

“El Presidente de la República, gracias a las vacaciones de verano y el letargo que viene con ellas, acaba de cometer tres errores en ocho días.

El primero fue convocar, el 28 de julio en el Palacio del Elíseo, el día después de unos gravísimos actos de delincuencia ocurridos en Saint-Aignan, una ‘cumbre’ que supuestamente debía ‘examinar’ ‘la situación de los gitanos y los nómadas [gens du voyage]’. No está claro, en primer lugar, que el Palacio del Elíseo sea el lugar adecuado para discutir problemas de delincuencia.

Es cierto, sin embargo, que en el principio mismo de esta cumbre había una forma de mezclar a los extranjeros en situación irregular (algunos de ellos gitanos) y a ciudadanos de pleno derecho, franceses desde hace varias generaciones y por tanto sujetos como tales al derecho común a todos los franceses (esos hombres y mujeres entran, más o menos a su pesar, en la categoría estadística y administrativa de ‘nómadas’).

Pero está claro que en el hecho mismo esa reunión,  en el hecho de decir que los gitanos y nómadas habían cometido delitos o crímenes como gitanos y nómadas, es decir, en el hecho de presentar a una comunidad como responsable de las acciones de algunos de sus miembros, había sobre todo un riesgo de estigmatización colectiva contraria a los usos republicanos.

La opinión pública no se ha equivocado cuando ha visto resurgir desde lo más alto de los ministerios hasta las cloacas del populismo los tópicos -que se creían gastados y han tenido consecuencias criminales en un pasado reciente-, sobre el gitano ‘ladrón de gallinas’ o propietario de un ‘Mercedes de gran cilindrada’. Y en cuanto a los interesados, a la gente honesta (ya que ésa parece ser la palabra del día) que vive en una precariedad honesta o en una opulencia fiscalizada su cultura nomadizada, en cuanto a los franceses desde hace generaciones o los franceses de adopción, que ahora han sido tratados como una o más bien como dos comunidades y han tenido la sorpresa suplementaria de descubrir que ni siquiera se había pensado en invitar a la reunión a un representante, un portavoz, un testigo de esas comunidades, están ahora en estado de shock.

Con ningún otro grupo se habría osado hacer eso. Con cualquier otra categoría social, y por suerte, se habría tenido la gentileza elemental (¿o precaución?) de solicitar un punto de vista. En este caso, no se hizo: y que haya tan pocos responsables que se conmuevan, que ese lapsus, ese olvido, pasen en evidencia y en inocencia, que la izquierda parezca juzgar el caso poco digno de su indignación programada, sólo añade a la cólera dolor y, por desgracia, piedad.

El segundo error fue, en el famoso discurso en Grenoble, la propuesta de privar de la nacionalidad francesa a toda persona ‘de origen extranjero’ que hubiera ‘atentado voluntariamente contra la vida de un policía, un gendarme o cualquier otro depositario de la autoridad pública’.

No me detendré en el carácter ubúesco de la noción de origen extranjero. Porque ¿dónde comienza el origen extranjero? ¿A partir de cuántas generaciones se estaría, según el espíritu de la medida propuesta, a resguardo? ¿El Presidente tiene un criterio en mente? ¿Una prueba (tal vez de ADN)? Y aunque así fuera, en el caso de que el Consejo Constitucional, el Consejo de Estado o, simplemente, el Parlamento confirmaran esta proposición insensata, ¿qué les ocurriría a los caídos? Sin nacionalidad de recambio, ¿en qué vacío jurídico acabarían? ¿Ex francés? ¿Apátrida? ¿Acaso, con el pretexto de que, como dijo el jefe de Estado, la máquina de formar ciudadanos ‘ha funcionado’, pero ‘ya no funciona’, vamos a sustituirla por una máquina para producir personas sin patria?

Dicho esto, lo peor y el fondo del asunto es que si la propuesta es seria y no sólo una manera de intentar arrebatar a Marine Le Pen algunos fondos de comercio electoral, la iniciativa contravendría de manera frontal un axioma tres veces sagrado, ya que está inscrito por triplicado en el mármol de los tres textos fundadores de nuestra común vida republicana: el programa del Consejo Nacional de la Resistencia del 15 de marzo de 1944, la Declaración de Derechos del Hombre de 1948, la Constitución de 1958.

El axioma postula ‘la igualdad ante la ley’ (sea cual sea, precisamente, su ‘origen’) de todos los ciudadanos. Dice que se es francés o no -pero desde el momento en que lo somos, todos lo somos de la misma manera. Insiste: uno se convierte en francés o no - pero, una vez que uno se ha hecho francés, no se puede distinguir entre franceses más o menos franceses.

Se pueden discutir, en otras palabras, las condiciones que permiten acceder a ser francés; podemos multiplicarlas, refinarlas, endurecerlas, solemnizarlas. Pero que se permita insinuar la sombra de la idea que postula dos clases de franceses, dependiendo de si nacen franceses o adquieren la nacionalidad más tarde; que se permita imaginar un orden en el que habría franceses en periodo de prueba y franceses para siempre, franceses condicionales y franceses sin discusión, franceses que siguen siendo franceses pese a que cometan actos criminales y otros que dejan de serlo porque en realidad solo lo eran a medias; todo eso, si Francia es Francia, es simplemente inconcebible. Es una cuestión de principios.

Ni por astucia ni por táctica se juega con esa clase de principios. Porque uno se arriesga a jugar con ese postulado fundador, y es el zócalo de la República, ese bien común de los franceses, el que empieza a vacilar. Partimos despreocupadamente a la caza de los que rompen las comisarías. Nos vemos a la vuelta en la piel de alguien que rompe aquello que nuestras comisarían también deben salvaguardar: el espíritu de la ley, el genio del derecho, la letra de una Ley fundamental cuyo sentido es decirnos qué significa ser francés…

Y ni siquiera hablo de los seguidores que –como la imaginación de los imbéciles no tiene más límites que la de los demás- se han metido en la brecha de una política de la que se dice en altas esferas y todo el tiempo que debe ‘carecer de tabúes’ y efectivamente rompen los últimos tabúes del honor y el sentido común y lanzan por ejemplo esta proposición sorprendente, casi demente: meter en la cárcel a los padres de los menores delincuentes que no hayan respetado, notablemente, sus ‘obligaciones en términos de resultados escolares’.

Y el tercer fallo, finalmente, es el uso de la palabra ‘guerra’ en la ‘guerra nacional’ declarada por el Presidente, todavía en Grenoble, contra los nuevos gamberros. La palabra ya era problemática cuando sirvió a George W. Bush para declarar la guerra de EE.UU. contra el terrorismo; su predecesor, Bill Clinton, observó con razón que sería mejor combatirlo con una cacería policial clásica pero implacable. Se usó en Francia, durante los disturbios del 2005 en los suburbios, cuando el primer ministro, Dominique de Villepin, desenterró un decreto de la guerra de Argelia para imponer el toque de queda en los barrios donde se hizo evidente que las más altas autoridades del Estado, las que tenían la tarea de calmar las cosas, de apaciguar los espíritus, de evitar la sobreescalada de la escalada, en pocas palabras de aislar represión y discurso para aislar a los delincuentes y castigarlos, consideraban esos barrios zonas enemigas.

Bueno, es igual de impactante cuando el Presidente Sarkozy retoma la palabra y choca las botas, haciendo suya la idea de que Francia está comprometida en una auténtica guerra interna, es decir, respondiendo al exceso con exceso, a la escalada con otra forma de escalada, y es él quien asume un doble o triple riesgo: al dramatizar así las cosas, puede destilar en el país otra forma de tensión, de fiebre, quizá de miedo y en el fondo de inseguridad; puede entrar en el terreno de los gamberros, aceptar el desafío que le lanzan y consentir, por consiguiente, a ese ascenso a los extremos que es el imaginario y el proyecto secreto de los delincuentes; y finalmente, puede meterse en una batalla que las democracias, esos reinos del derecho y el escrúpulo, siempre han sabido que no están preparadas para abordar y que no está claro que sepan ganar.

Cuando los gamberros hablan de guerra, es una provocación. Cuando los Estados dicen ‘¡la guerra!’, es la guerra civil. Y es precisamente porque la guerra civil es una amenaza, es precisamente porque los lazos sociales en todas partes comienzan a agrietarse, por lo que hay que hacer todo lo posible para evitar eso que las mafias y el terror presentan como inevitable. Y, sin descanso, repetir: los delincuentes no son enemigos, son criminales; y los responsables de su neutralización no son soldados, son policías; y si esta neutralización es difícil, si los sistemas de incivilidad contemporánea se han vuelto más sofisticados y fuerzan a quienes se oponen a mayor habilidad y firmeza, la peor solución sería volver a la lengua marcial, rústica, que amenaza con militarizar la acción policial: hablar de ‘guerra a los gamberros’ es haberla perdido.

Son palabras, se dirá. Sólo son palabras, probablemente dictadas por consideraciones políticas. Sólo que en la boca de un Presidente de la República las palabras siempre son más que palabras y dan a una sociedad su respiración, su ritmo, sus reflejos. Ante el ascenso de la inseguridad y el odio, ante la necesidad, como decía Michel Foucault, de defender la sociedad frente a unos hombres cuyo único programa es el nihilismo, ante la urgente obligación de luchar contra los gamberros públicos y su violencia sin límite hay, en verdad, dos soluciones.

Ir a los extremos, asumir la lengua de la decadencia, del ojo por ojo y diente por diente de la guerra: nunca será más que la versión sofisticada de ‘Cállate, gilipollas’. Y, como el ejemplo viene de arriba, y el comportamiento de los ciudadanos  se asemeja misteriosa pero permanentemente al de los príncipes, ésa es la garantía de una sociedad febril, insatisfecha, donde todos se revuelven contra todos y donde el resentimiento y el odio serán pronto los últimos cimientos del contrato social.

O evitar la trampa, dejar de hacer declaraciones sensacionalistas, supuestamente viriles y que sólo ponen de relieve la impotencia de los Estados; salir, en pocas palabras, del rango del matamoros y de su hirviente pasión por la rivalidad mimética y el espíritu de revancha. Y salir en busca de ese otro cuerpo, que –según el historiador americano Ernst Kantorowicz (1895-1963)- no está hecho de pasión, sino de distancia, para convocar la valentía y la firmeza, pero también la sabiduría, la sutileza, el sentido de la medida y, sobre todo, la sangre fría. Son, en estas circunstancias, las únicas virtudes que sirven. Pero desgraciadamente son aquellas de las que Nicolas Sarkozy parece más escaso estos días”.

He tomado la primera imagen, de Lévy, en Le Monde.

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