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Daniel Gascón

LOS EXTRANJEROS

LOS EXTRANJEROS

1.

Cuando, el 15 de septiembre del 2001, emprendí mi viaje a Inglaterra para cursar una beca Erasmus en la Universidad de East Anglia , quería ser un escritor americano. Había elegido Norwich porque tenía un buen departamento de literatura y cine, porque se daban clases de escritura creativa y porque Londres era demasiado caro.

Norwich era también el país de W.G. Sebald. Si lo pensaba dos veces, resultaba un poco extraño: aunque Sebald llevaba muchos años trabajando en esa misma institución -donde había fundado un Centro de Traducción Literaria-, había nacido en Baviera en 1944 y era un escritor extraterritorial, que tenía éxito en los países anglosajones, se sentía más cómodo en compañía de los muertos que de los vivos, impartía clases sobre Kafka y Robert Walser, y en términos generales no daba la impresión de ser la alegría de la huerta.

Al escoger Norwich no sabía que Sebald vivía allí, ni quién era Sebald, ni siquiera que James Stewart había pasado en East Anglia parte de la Segunda Guerra Mundial. Descubrí todo eso en una entrevista que leí dos meses más tarde. No pude matricularme en la asignatura de Sebald -un curso sobre los relatos de Kafka- porque estaba destinada a postgraduados. Por otro lado, me daba mucho miedo conocerlo, sobre todo después de haberme enterado de que no leía a sus contemporáneos, porque ahora yo era un autor contemporáneo y me sentía un poco culpable.

Aquel día, en el tren que iba a Norwich, llevaba los libros de Sebald, una guía de Inglaterra y un diccionario inglés/español exageradamente grande, pero apropiado, esperaba, para un estudiante de literatura. Llevaba también un par de ejemplares de mi libro, que pensaba dar a Martin Amis cuando lo conociera, o donar a la biblioteca, y que terminé regalando a dos chicas que me parecieron guapas. Había esperado a leer Los anillos de Saturno bastante tiempo. Ya estaba en el tren cuando lo abrí y empecé a recorrer con el narrador los paisajes del condado de Suffolk, a examinar el cráneo de los muertos y la historia de la seda en China y Occidente.

El tren era viejo y llevaba pocos pasajeros: un señor leyendo el periódico, una mujer dormida y dos chicas con muchas maletas. Pensé que sería bonito enamorarme un poco de una inglesa, como en un cuento de Kureishi. Iríamos a Londres los fines de semana y aprendería obscenidades en inglés.

El tren se paró. Miré por la ventanilla. Creía que vería un paisaje típico de Sebald, pero ya era de noche y no se veía un pijo. Escuché la voz de un asistente: lo único que entendí fue la palabra fatality, fatality on the tracks, fatality on the road, algo parecido. El hombre que leía el periódico levantó los ojos al oír la voz. Hizo un gesto de cansancio. Dijo (en un inglés más comprensible para mí): “Alguien se ha suicidado”.

Las dos chicas se me quedaron mirando. Una de ellas -la más guapa- me dijo: “Hola, eres español, ¿no?”

-Soy de Zaragoza.

-Nosotras somos de Burgos.

El tren arrancó. Vino un hombre que vendía café y yo cerré el libro y me senté con Marta y Natalia, pedimos café y chocolatinas, y no podía dejar de pensar: “Suicidarse, qué falta de educación.”

Así empieza "Los extranjeros", uno de los relatos de El fumador pasivo.

Un , dos , tres , cuatro escritores de Norwich. Y una necrológica de Sebald.

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