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Daniel Gascón

EXPEDIENTE

1.

Adam Hochschild escribe sobre The Forsaken, de Tim Tzouliadis, una historia de los estadounidenses que fueron víctimas de la Unión Soviética.

La montañosa Kolyma, sólo a unos cientos de kilómetros al oeste del estrecho de Bering, es la zona habitada más fría del mundo. Durante la época de Stalin, se envió a unos 2 millones de presos para que trabajaran en los ricos depósitos de oro que yacen bajo el suelo helado y rocoso. En 1991, cuando trabajaba en un libro sobre cómo afrontaban los rusos la época de Stalin, viajé a la región para ver algunos de los viejos campos de Kolyma, que tenían fama de ser la parte más letal del gulag. Entrevisté a algunos supervivientes. En un país asediado por la escasez de materiales de construcción, los cientos de campos a los que se podía ir en camión habían sido desmantelados. Los únicos que seguían en pie eran inaccesibles a través de carreteras, y para llegar hata ellos había que alquilar un helicóptero.

Pasé un día entero volando sobre este territorio desolado, sus montañas manchadas de nieve incluso en junio. Bajamos a tres de los viejos campos, encontramos desvencijadas torres de vigilancia, altas ballas de alambre oxidado, y, en un campo, una prisión con celdas de castigo. Había perdido su techo, pero los anchos muros de piedra seguían en pie; dentro había pequeñas ventanas cerradas tanto horizontal como verticalmente con barras; las intersecciones estaban aseguradas con bandas de hierro. Al final del día en Kolyma, mientras las sombras llenaban los huecos como tinta que se extiende, volamos a la ciudad en la que me alojaba. Más allá de cada cresta montañesa, parecía, en cada valle, estaban las ruinas de otro campo, la madera oscurecida por décadas de exposición, como si la mano de un gigante enfadado las hubiera esparcido por un paisaje lunar áspero y desolado.  

Nadie sabe exactamente cuántos ciudadnos soviéticos murieron durante el cuarto de siglo que Stalin tuvo el poder absoluto, pero sumando a los que fueron sentenciados a muerte y ejecutados, murieron en hambrunas fabricadas por el hombre, o trabajaron hasta la muerte en el gulag, las estimaciones suman aproximadamente veinte millones. Como el otro gran espectáculo del horror que se desarrollaba en la Europa ocupada por Alemania en el mismo periodo, la historia soviética era un relato de asesinatos de masas a una escala casi inimaginable. Pero, a diferencia de los nazis, los soviéticos, en sus primeras décadas en el poder, fueron apoyados por el gran idealismo de gente de todo el mundo que aspiraba a una sociedad más justa. The Forsaken de Tim Tzouliadis lo recuerda. Porque su relato de los años de Stalin y sus consecuencias adoptada un prisma inusual: la experiencia de decenas de miles de estadounidenses que emigraron a la Unión Soviética en la década de 1930. Muchos de ellos, como los rusos que vivían a su lado, murieron. Trozos  y pedazos de esta historia se han contado antes, sobre todo en las memorias de los supervivientes. Pero hasta donde yo sé ésta es la primera historia comprehensiva, y es triste y fascinante.

Como miles de europeos occidentales que llegaron en el mismo periodo, setos inmigrantes fueron impulsados por la gran depresión de sus países y la creencia en que una vida mejor y más justa existía en la URSS. Un cuarto de los trabajadores estadounidenses estaban en el paro, y millones de americanos esperaban sopa en fila o vivían en refugios después de perder sus casas o granjas. ¿No se podía construir una sociedad más humana? En Rusia, decían lo estaban haciendo. Las fábricas contrataban –sobre todo a trabajadores cualificados e ingenieros, a los que se ofrecía lo que parecían contratos lucrativos. (…)

Cuando la agencia de comercio exterior soviética anunció empleos para trabajadores estadounidenses cualificados en Rusia ese año, se apuntaron 100.000 personas. 10.000 fueron contratados; miles se fueron al país con visas de turistas, esperando encontrar un trabajo cuando llegaran allí. A principios de 1932, The New York Times contaba que unos 1.000 americanos llegaban a Moscú a la semana, y que el número crecía. El corresponsal, Walter Durante, era un célebre compañero de viaje y pudo exagerar; sin embargo, el número fue lo bastante grande como para que el semanario Moscow News tuviera una edición diaria. Los inmigrantes llevaron a sus hijos, y pronto había colegios ingleses en al menos cinco ciudades soviéticas. Por cuarenta millones de dólares, Stalin trajo 75.000 Sedans modelo A de Henry Ford, y una fábrica de Ford, que por supuesto, requería técnicos especializados.

Con ellos, los recién llegados trajeron el béisbol. Tzouliadis inclu un grupo de sonrientes jóvenes americanos en el parque Gorky en el verano de 1934, con las iniciales en sus jerseys identificando sus equipos: el club de trabajadores extranjeros de Moscú y el club de trabajadores del automóvil de Gorka. Paul Robeson, que había sido una estrella como atleta en la universidad antes de convertirse en un comunista y un cantante famoso, fue nombrado catcher honorario de uno de los equipos. Otros eqsuipos estadounidenses de béisbol se extendieron por todas partes, desde Járkov en Ucrania a Armenia. (...)

El béisbol se puso de moda entre los rusos, que empezaron a unirse a los equipos americanos, o a fundar los suyos, aunque la práctica de robar bases les parecía capitalista. Después llegó 1936, y empzó la Gran Purga. Tras encarcelar, asesinar o exiliar a todos sus auténticos oponentes políticos, un paranoico Stalin fue a por los imaginarios, y en el proceso tocó una vena profunda de xenofobia rusa. Olas de arrestos masivos empezaron. Se calcula que uno de cada ocho hombres, mujeres y niños de la URSS fue capturado en el espacio de media docena de años. En los procesos de los grandes funcionarios del Partido Comunista, la acusación era normalmente espionaje para un país extranjero. Y los extranjeros, o cualquiera que tuviera conexión con ellos, eran sospechosos. Los rusos dejaron de unirse a los partidos de béisbol. Pronto, no hubo partidos de béisbol.

Por Alexander Solzhenitsyn y otros rusos que han sido testigos, sabemos de los arrestos a mdianoche, los interrogatorios y las confesiones forzadas, los trenes llenos de prisioneros emaciados hacia los campos de trabajo en el Ártico, Siberia o Kazajstán. Tzouliadis sigue la historia de los americanos que quedaron atrapados n esta locura a través de una amplia muestra de cartas y documentos, y las memorias publicadas de dos hombres que jugaron en los equipos estadounidenses del Moscú de los años 30: Victor Herman y Thomas Sgovio. A diferencia de muchos de sus compañeros, a los que encontraban ocasionalmente n el gulag, sobrevivieron a la prisión: Herman en Rusia central y Sgovio en Kolyman. No se sabe cuántos americanos quedaron atrapados por la purga y perecieron en las células de ejecución o en los campos, aunque en 1997 se encontró una fosa común con más de 140 cuerpos estadounidenses cerca de la frontera con Finlandia. Tzouliadis no calcula el total. Yo creo que la figura anda por los millares; si añadimos las víctimas británicas y de otros países europeos, la cifra supera las decenas de millares”.

2.

Escribe Juliet Lapidos:

“Hay un capítulo en la vida de casi todo protagonista de F. Scott Fitzgerald -tras el internado, antes de la disipación en Nueva York- en el que estudia en Harvard, Princeton o Yale. El héroe de El curioso caso de Benjamin Button, el breve y fantástico relato de un hombre que envejece al revés, no es una adaptación: Benjamin va a Harvard. Desgraciadamente, este detalle está ausente de la adaptación cinematográfica de David Fincher. Comparada con otras libertades que la película se toma con la historia –ahora Benjamin tiene una madre adoptiva negra- esta omisión podría parecer irrelevante. Pero si eres un fan de Fitzegrald, es un cambio significativo. Si quitas el orgullo de la Ivy League, y podrías ponerte a leer a Hemingway.

La razón de Fitzgerald para dar los nombres de las escuelas no es un secreto. Sus personajes principales suelen ser caballeros o personas con aspiraciones a serlo, y como dice Muriel Kane en Hermosos y malditos, un caballero es “un hombre de buena familia que ha ido a Yale o Harvard o Princeton, y tiene dinero y baila bien y todo eso”. Lo que es menos obvio es cómo decidía Fitzgerald entre las tres Universidades. Como Benjamin Button Anthony Parch (Hermosos y malditos) y Perry Parkhurst ("El lomo del caballo") se matriculan en Harvard. Nick Carraway (El gran Gatsby) Dick Diver (Suave es la noche), Anson Hunter ("El chico rico"), and Basil Lee (Los relatos de Basil y Josephine) van a Yale. Amory Blaine, de la primera novela de Fitzerald, Este lado del paraíso, va a Princeton, como Horace Tarbox en “Cabeza y hombros”. La lista está lejos de ser exhaustiva.”

 

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