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Daniel Gascón

CORTES

CORTES

Escribe Rollo Romig:

“Orlando Figes sospecha que el Kremilin ha bloqueado que su último libro Los que susurran: Vida privada en la Rusia de Stalin se publique en Rusia. La noticia me recordó otros intentos contundentes de proteger la marca de Stalin.

La forma más extrema de censura, por supuesto, es el asesinato del autor. Al principio de una edición de 1967 de la biografía de Stalin de Trotsky, una frase sobre el desprecio de Stalin a las ideas se interrumpe abruptamente. El editor explica con una nota: ‘El 20 de agosto de 1940, Trotsky recibió un golpe mortal en la cabeza con un piolet y su cerebro se salió mientras leía un manuscrito que le había llevado su asesino. Por eso ésta y otras partes del libro están inacabadas’. (No se puede echar la culpa al asesino, el agente soviético Ramón Mercader, de todas las elipsis. El editor admite en otra parte: ‘Como la mayoría de los autores, Trotsky era más optimista que exacto sobre la fecha en que esperaba terminar’.)

Con más frecuencia que el piolet, el arma preferida de los censores soviéticos era el aérografo. Como muestra David King en su asombroso libro de 1997 The Commissar Vanishes, el registro fotográfico soviético sufrió constantes revisiones. Stalin fue insertado en famosas escenas revolucionarias; Trotsky y otros camaradas rechazados desaparecieron sin dejar rastro (como las arrugas y las marcas de viruela de Stalin). En los casos más crudos, se rajaban las caras desfavorecidas o se cubrían de tinta.

Pero hay un ejemplo especialmente fascinante por lo que revela del proceso editorial de la censura: la memoria de Anatoly Kuznetsov, Babi Yar. En el borrador original de Kuznetsov, este libro maravillosamente sincero e insistente, que cuenta la historia de un barranco junto a Kiev donde se produjo la mayor masacre del Holocausto, era tan crítica de los soviéticos como de los nazis. Increíblemente, fue publicada en la Unión Soviética en 1996, con severa censura. En 1969, Kuznetsov llevó su manuscrito completo al Occidente; al año siguiente, Farrar, Straus & Giroux publicaron una traducción al inglés completa, con un giro brillante: El texto que apareció en la edición soviética se imprimió en redonda; el texto que los soviéticos habían censurado se imprimió en negrita; y el nuevo material de Kunznetsov –lo que sabía que nunca podría publicar en su país- iba entre paréntesis. El resultado no es sólo un gran libro, sino un valioso documento sobre los límites de la expresión en la URSS de los años 60.

Al leer el texto en negrita, algunos cortes no causan sorpresa: ‘Epero que Stalin la palme’, dice el abuelo de kuznetsov en la página 62. Otras son más sorprendentes, como en la página 345: ‘Siempre me he preguntado por qué las salchichas caseras nunca parecen tan atractivas como la salchicha que veías en las tiendas’. Algunas contenían verdades de las que podrían haber aprendido los censores. Como escribe Kuznetsov en la página 477, ‘Por mucho que la quemes y disperses y la cubras y la pisotees, la memoria humana persiste’.”

En la imagen, Boris Pasternak.

 

 

 

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