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Daniel Gascón

HOMBRE DE POCA FE

Christopher Hitchens escribe su enfermedad y la religión (aquí, en inglés y en español, el primer texto sobre la serie: “Tópico de cáncer”):

“Cuando describí el tumor en mi esófago como un ‘extraño ciego y sin emociones’, ni siquiera yo pude evitar concederle algunas de las cualidades de un ser vivo. Por lo menos sé que es un error, un ejemplo de la ‘falacia patética’ (nube furiosa, montaña orgullosa, presuntuoso Beaujolais), que consiste en atribuir cualidades animadas a fenómenos inanimados. Para existir, un cáncer necesita un organismo vivo, pero no puede jamás convertirse en un organismo vivo. Toda su malicia –allá voy, otra vez- radica en el hecho de que lo ‘mejor’ que puede hacer es morir con su huésped. Eso, o su huésped encuentra las medidas para extirparlo y sobrevivirlo.

Pero, como ya sabía antes de enfermar, hay algunas personas para las que esta explicación es poco satisfactoria. Para ellos, un carcinoma es un agente dedicado y consciente, un lento asesino suicida que realiza una misión consagrada desde el cielo. No has vivido, si puedo decirlo así, hasta que has leído textos de este tipo en las páginas web de los fieles:

¿Quién más piensa que el hecho de que Christopher Hitchens tenga un cáncer terminal de garganta [sic] es la venganza de Dios de que haya usado su voz para blasfemar? A los ateos les gusta ignorar los HECHOS. Les gusta actuar como si todo fuera una ‘coincidencia’. ¿En serio? ¿Es sólo una ‘coincidencia’ [que], entre todas las partes de su cuerpo, Christopher Hitchens tenga cáncer en la parte del cuerpo que usó para la blasfemia? Sí, seguid creyendo eso, ateos. Va a retorcerse de agonía y dolor, y se marchitará hasta desaparecer y morir una muerte horrible, y DESPUÉS viene la verdadera diversión, cuando lo manden al INFIERNO para que sufra la tortura y el fuego eternamente.

Numerosos pasajes de las Sagradas Escrituras y la tradición religiosa se han regodeado de esta forma en una creencia general. Mucho antes de que me afectara en particular había entendido las objeciones obvias. En primer lugar, ¿qué primate está tan condenadamente seguro de que él puede conocer la mente de dios? En segundo lugar, ¿ese autor anónimo quiere que sus puntos de vista sean leídos por mis inofensivos hijos, que también están pasando un momento complicado, gracias al mismo dios? En tercer lugar, ¿por qué no envía un buen rayo a un servidor, o algo así de imponente? La vengativa deidad tiene un arsenal tristemente empobrecido si todo lo que se le ocurre es exactamente el cáncer que mi edad y anterior ‘estilo de vida’ indicarían que podría tener. En cuarto lugar, ¿por qué el cáncer? Casi todos los hombres contraen cáncer de próstata si viven lo suficiente: es una cosa indigna, pero distribuida de manera uniforme entre santos y pecadores, creyentes y no creyentes. Si uno sostiene que dios asigna los cánceres adecuados, también debe contar la cantidad de niños pequeños que mueren de leucemia. Hay personas devotas que han muerto jóvenes y con dolor. Bertrand Russell y Voltaire, por el contrario, se mantuvieron en activo hasta el final, al igual que muchos criminales psicópatas y tiranos. Estas visitas parecen muy azarosas. Y mientras mi garganta está de momento libre de cáncer, voy a sacar de su confusión al corresponsal cristiano que he citado arriba: no es en absoluto el único órgano con el que he blasfemado… Y aunque mi voz se vaya antes que yo, seguiré escribiendo contra los espejismos de las religiones hasta que, como en la canción de Simon y Garfunkel, sea hello darkness my old friend. Y en ese caso, ¿por qué no cáncer del cerebro? Convertido en un imbécil aterrorizado y semiconsciente, quizá podría pedir un sacerdote cuando llegara la hora del cierre, aunque aquí declaro, todavía lúcido, que la entidad que se humille a sí misma de ese modo no seré ‘yo’. (Ten esto en mente, por si oyes rumores o fabulaciones.)

El hecho absorbente de estar mortalmente enfermo es que vas a dedicar mucho tiempo a prepararte para morir con una pizca de estoicismo (y con medidas para tus seres queridos), mientras que al mismo tiempo estás muy interesado en el asunto de la supervivencia. Es una forma claramente extraña de ‘vivir’ -abogados por la mañana y médicos por la tarde- y significa que uno tiene que existir -incluso más de lo habitual- en un doble marco mental. Lo mismo ocurre, al parecer, con los que rezan por mí. Y la mayoría de ellos son tan ‘religiosos’ como el tipo que quiere que sea torturado aquí y ahora –lo que me pasará aunque al final me recupere- y después torturado para siempre si no me recupero, o aunque lo haga.

De la halagadora y sorprendente cantidad de gente que me escribió cuando caí enfermo, muy pocos han dejado de decir una de estas dos cosas. Me aseguran que no me ofenderán ofreciendo oraciones o dicen tiernamente que rezarán de todos modos. Páginas web religiosas han dedicado un espacio especial a la cuestión. (Si vas a leerlo a tiempo, recuerda que el 20 de septiembre ya ha sido designado ‘Everybody Pray for Hitchens Day’.) Pat Archbold, en el National Catholic Register, y el diácono Greg Kandra se encuentran entre los católicos romanos que me consideraron un objeto digno de sus oraciones. El Rabino David Wolpe, autor de Why Faith Matters y líder de una congregación en Los Ángeles, dijo lo mismo. He aparecido con él en debates, como  con varios protestantes evangélicos conservadores como el pastor Douglas Wilson de New Saint Andrews College y Larry Taunton de Fixed Point Foundation en Birmingham, Alabama. Ambos escribieron para decir que sus congregaciones estaban rezando por mí. Y fue a ellos a los primeros a los que se me ocurrió responder preguntando: ¿rezando para qué?

Al igual que muchos de los católicos que rezan tanto para que vea la luz como para que me recupere, fueron muy honestos. La salvación era el punto principal. ‘Estamos, sin duda, preocupados por su salud, también, pero es una consideración muy secundaria. Porque, ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma? [Mateo 16:26]’. Eso lo dijo Larry Taunton. El pastor Wilson respondió que cuando se enteró de la noticia rezó por tres cosas: para que luchara contra la enfermedad, para que hiciera las paces con la eternidad, y para que en el proceso volviéramos a encontrarnos. No pudo evitar añadir, algo traviesamente, que la tercera oración ya había sido respondida…

Así que estos son algunos católicos, judíos y protestantes célebres que piensan que en algún sentido de la palabra merezco salvarme. La facción musulmana ha estado más callada. Un amigo iraní ha pedido que se rece por mí en la tumba de Omar Jayyam, poeta supremo de los librepensadores persas. El vídeo de YouTube que anuncia el día dedicado a la intercesión en mi favor suena acompañado de la canción ‘I Think I See the Light’, interpretada por el mismo Cat Stevens que, como ‘Yusuf Islam’, aprobó la llamada histérica de la teocracia iraní para asesinar a mi amigo Salman Rushdie. (La letra banal de esta canción pseudo-edificante, por cierto, parecen estar dirigida a una chica.) Y este aparente ecumenismo tiene otras contradicciones, también. Si tuviera que anunciar una súbita conversión al catolicismo, sé que Larry Wilson y Douglas Taunton pensarían que yo había caído en grave error. Por otra parte, si me uniera a cualquiera de sus grupos evangélicos protestantes, los seguidores de Roma no pensarían que mi alma estaría mucho más segura que ahora, mientras que una tardía decisión de adherirme al judaísmo o al islam me privaría inevitablemente de muchas oraciones de ambas facciones. Simpatizo de nuevo con el poderoso Voltaire: cuando en su lecho de muerte le acosaban y le pedían que renunciara al diablo, murmuró que no era momento de hacer enemigos.

El físico danés y premio Nobel Niels Bohr colgó una herradura encima de su puerta. Sus consternados amigos le dijeron que esperaban que no pusiera ninguna confianza en esa patética superstición. ‘No, yo no’, respondió con serenidad, ‘pero al parecer funciona igual creas o no creas’. Esa podría ser la conclusión más segura. La investigación más completa sobre el tema jamás realizada -el ‘Estudio de los efectos terapéuticos de la oración de intercesión’ de 2006- no pudo hallar correlación alguna entre el número y la regularidad de las oraciones ofrecidas y la probabilidad de que la persona por la que se rezaba tuviera más oportunidades. Sin embargo, se encontró una pequeña pero interesante correlación negativa: algunos pacientes sufrían una ligera aflicción adicional cuando no manifestaban ninguna mejoría. Sentían que habían decepcionado a sus devotos seguidores. Y la moral es otro factor no cuantificable en la supervivencia. Ahora lo entiendo mejor que cuando lo leí por primera vez. Una enorme cantidad de amigos laicos y ateos me han dicho cosas estimulantes y halagadoras como: ‘Si alguien puede vencer a esto, eres tú’, ‘El cáncer no tiene ninguna oportunidad contra ti’, ‘Sabemos que puedes con esto’. En días malos, e incluso en días mejores, estas exhortaciones pueden tener un efecto vagamente deprimente. Si muero, voy a decepcionar a todos esos camaradas. También se me ocurre un problema laico: ¿y si salgo adelante y la facción piadosa clama alegremente que sus plegarias han sido atendidas? Eso sería un poco irritante.

He dejado al mejor de los fieles para el final. El doctor Francis Collins es uno de los norteamericanos vivos más importantes. Es el hombre que llevó el Proyecto Genoma Humano a su terminación, en menos tiempo y menos presupuesto de los previstos, y ahora dirige los National Institutes of Health. En su trabajo sobre los orígenes genéticos del trastorno, ayudó a descifrar las ‘erratas’ que provocan catástrofes como la fibrosis quística y la enfermedad de Huntington. Está trabajando ahora en las increíbles propiedades curativas latentes en las células madre y en los tratamientos basados en genes. Este gran humanista es además un apasionado de la obra de C.S.  Lewis y en su libro The Language of God ha tratado de hacer la ciencia compatible con la fe. (Este pequeño volumen contiene un capítulo admirablemente conciso que informa a los fundamentalistas que el debate acerca de la evolución ha terminado, principalmente porque no hay ningún debate.) Conozco a Francis por varias discusiones públicas y privadas sobre la religión. Ha tenido la gentileza de visitarme en su tiempo libre y hablar de todo tipo de tratamientos novedosos, que hace poco eran inimaginables y se podrían aplicar a mi caso. Y por decirlo así: no ha sugerido la oración, y yo no he hecho bromas acerca de Cartas del diablo a su sobrino. Así que los que quieren que tenga una muerte horrible rezan para que los esfuerzos de nuestro médico cristiano más generoso se vean frustrados. ¿Quién es el Dr. Collins para interferir en los designios divinos? Por un giro similar, los que quieren que arda en el infierno también se burlan de ese hombre religioso y querido que no me encuentra tan malvado. Dejo estas paradojas a los amigos y enemigos que aún veneran lo sobrenatural.

Siguiendo el hilo de la oración a través del laberinto de la web, finalmente he encontrado un extraño vídeo de ‘Hacer apuestas’. Invita a potenciales apostadores a jugarse dinero sobre si voy a repudiar mi ateísmo y abrazar la religión en una fecha determinada o si voy a seguir afirmando mi incredulidad y asumir las infernales consecuencias. Quizá no sea tan barato o desagradable como puede parecer. Uno de los defensores más cerebrales del cristianismo, Blaise Pascal, ya redujo los elementos esenciales a una apuesta en el siglo XVII. Pon tu fe en el Todopoderoso, propuso, y quizá lo ganes todo. Rechaza la oferta celestial y lo pierdes todo si la moneda cae en sentido contrario. (Algunos filósofos lo llaman Gambito de Pascal.)

Por ingenioso que su razonamiento pueda parecer –fue uno de los fundadores de la teoría de la probabilidad-, Pascal asume un dios cínico y un ser humano de abyecto oportunismo. Supongamos que olvide los principios que he tenido durante toda mi vida con la esperanza de ganarme un favor en el último minuto. Espero y confío en que ninguna persona seria admire esa actuación fraudulenta. Mientras tanto, el dios que premiaría la cobardía y la deshonestidad y castigaría las dudas irreconciliables está entre los muchos dioses en los que no creo. No quiero ser grosero ante las buenas intenciones, pero cuando llegue el 20 de septiembre, no te preocupes por ensordecer al cielo con tus gritos inútiles. A menos, claro, que eso te haga sentir mejor”.

En la imagen, Hitchens.

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