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Daniel Gascón

EL TIEMPO DE LOS ANARQUISTAS

‘Tierra y libertad. Cien años de anarquismo en España’ (Crítica, 2010) conmemora el centenario de la Confederación Nacional del Trabajo. Julián Casanova (Valdealgorfa, 1956) ha coordinado nueve buenos estudios que sintetizan la historia del movimiento: una trayectoria de sindicalismo y clandestinidad, de transformaciones, esperanzas y derrotas. ‘Tierra y libertad’ sirve de guión –algunos textos de los paneles están extraídos del libro- a la exposición homónima que puede verse en el Palacio de Sástago y el Palacio de Montemuzo hasta el 8 de diciembre y el 28 de noviembre, respectivamente.

La historia del anarquismo español arranca con la visita de Giuseppe Fanelli, enviado por Bakunin, en 1868, y alcanza su apogeo durante la Segunda República y la Guerra Civil, para eclipsarse por la muerte de sus dirigentes, el exilio y la represión, el desprestigio y el anacronismo. Álvarez Junco describe la filosofía política del movimiento. La versión que triunfó en el campo y el mundo obrero de nuestro país, el anarquismo solidario o comunitario, compartía con otras tendencias la confianza en la razón y el progreso, un influjo romántico y liberal, un redentorismo de raíz cristiana e ideas del socialismo utópico. Defendía la abolición de la propiedad privada, la autogestión y la huelga, pero sus rasgos distintivos eran el antipoliticismo y el antiparlamentarismo.

La historia del movimiento libertario es una crónica de muertes y resurrecciones, y de una lucha constante con la autoridad. Clara E. Lida cuenta los conflictos con la Primera Internacional, las primeras publicaciones y organizaciones, y el episodio de la Mano Negra, en el que la Guardia Civil detuvo a miles de campesinos falsamente acusados de pertenecer a una sociedad secreta.

Como otras ideologías revolucionarias, el anarquismo legitimaba la violencia. En su repaso al terrorismo de finales del XIX, Núñez Florencio explica la teoría de “la propaganda por el hecho”. Una de sus variantes serían los atentados (como el del Liceo, perpetrado por el aragonés Santiago Salvador Franch, o el de la procesión del Corpus), pero también los magnicidios, que se cobraron las vidas de dirigentes en EEUU y en Europa, y de Cánovas, Canalejas y Dato en España. Los crímenes desataron una lógica de represión y venganza. Además de miedo, víctimas inocentes y protestas internacionales ante una justicia tan cruel como ineficaz, produjeron historias novelescas, como el paso por Barcelona de un detective de Scotland Yard.

Gil Andrés describe un episodio esencial: el paso al anarcosindicalismo, con la fundación de Solidaridad Obrera y de la CNT, que se convertiría en el sindicato más importante y eficaz de la primera mitad del siglo XX, en un momento en el que la fuerza del anarquismo había desaparecido en casi todo el mundo. Convivían una línea purista o idealista con otra pragmática, que logró a través de huelgas mejoras como la jornada de ocho horas. La persecución policial, la suspensión de las garantías constitucionales y las tensiones entre sindicalistas, revolucionarios y hombres de acción socavaron el movimiento, pero no la violencia entre obreros y patronos: entre 1917 y 1923 hubo 267 muertos en Cataluña. En Zaragoza hubo 23 muertes.

Tras la ilegalización durante la dictadura de Primo de Rivera, la CNT era un poder importante al principio de la República: tenía 800.000 afiliados. Según Casanova, los anarquistas esperaban que el desgaste del régimen diera paso a la revolución. Entre 1931 y 1933 protagonizaron insurrecciones duramente reprimidas en Casas Viejas, Valencia o Aragón. El movimiento vivió un periodo de desunión, del que se recuperó en la primavera de 1936. La sublevación franquista provocó la revolución: en numerosos lugares de Aragón se colectivizó la propiedad; se crearon milicias que marchaban a combatir el fascismo y extender el comunismo libertario; hombres como Durruti se convertían en leyendas que combinaban la barbarie y una aureola romántica. La guerra produjo heroísmo, violencia incontrolada y algo inesperado: cuatro anarquistas ocuparon ministerios. Entre ellos estaba Federica Montseny, la primera ministra de la historia de España. Los sucesos de mayo de 1937 pusieron fin al experimento revolucionario.

El anarquismo no se recuperó de la guerra y de la represión franquista. Alicia Alted resume el exilio de los libertarios, sobre todo en Francia, una travesía desde la esperanza a la irrelevancia. Una de las historias más conmovedoras es la de Ponzán, que organizó una red que salvó a más de 1.500 personas durante la Segunda Guerra Mundial antes de ser fusilado la víspera de la liberación de Toulouse. Otros textos abandonan el eje cronológico. José Luis Ledesma escribe semblanzas de 20 anarquistas: desde Anselmo Lorenzo a publicistas como Juan Montseny, sindicalistas como Salvador Seguí y Juan López y hombres de acción como Durruti o Francisco Ascaso; también aparece su primo Joaquín, presidente del Consejo de Aragón. Mary Nash y Javier Navarro abordan dos aspectos luminosos de un pasado de claroscuros: el destacado papel de las mujeres y la labor cultural de los anarquistas, con ateneos, proyectos educativos, periódicos, editoriales y traducciones impulsados por “la fe en el perfeccionamiento humano a través de la inteligencia, el conocimiento y la voluntad personal de mejora” y “la confianza en las posibilidades transformadoras de la razón y la ciencia”.

‘Tierra y libertad. Cien años de anarquismo en España’. Julián Casanova, coord. Crítica, 2010. 318 páginas.

LA EXPOSICIÓN

La exposición ‘Tierra y libertad’ tiene un afán didáctico y popular. La muestra del Palacio de Sástago trata las ideas, la clandestinidad, el terrorismo -con una recreación algo efectista del asesinato de Canalejas- o la cultura, con cabeceras de ‘Tierra y Libertad’ o ‘Tiempos nuevos’ y libros de Sender y Samblancat. Carteles, documentos y objetos dan testimonio de la actuación anarquista en la República y la guerra y durante el franquismo. La sala dedicada al movimiento en Aragón muestra las noticias en la prensa de la República sobre conflictos en Zaragoza o las páginas de ‘El día gráfico’ sobre los combates en 1936. Son de esa época los vales de pueblos anarquistas, o un juego de la oca cuyo objeto era la recuperación de Zaragoza.

Montemuzo alberga la muestra dedicada a las libertarias. Lucharon contra una cultura patriarcal que se dejaba los ideales antiautoritarios “a la puerta de casa” o rechazaba la incorporación de la mujer al trabajo. Algunas defendían la liberación de la mujer desde una perspectiva humanista y se oponían al sufragismo. La guerra creó nuevas imágenes: la miliciana heroica y la enfermera de la retaguardia. Una figura clave fue la zaragozana Amparo Poch y Gascón, que formaba parte de Mujeres Libres. Fue directora de Asistencia Social cuando Montseny ocupó un ministerio de Sanidad que defendía la medicina preventiva, el control de las enfermedades venéreas y un elemento indispensable para el progreso de la mujer: el control de la natalidad.

Este artículo apareció en Artes y Letras.

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