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Daniel Gascón

UN AMOR DE MUNRO

Alice Munro (Wingham, Canadá, 1931) es una de las mejores narradoras vivas. Cynthia Ozick la ha llamado “nuestra Chéjov”. Algunos de sus relatos tienen más acontecimientos y giros que muchas novelas. Convierte tramas que a menudo bordean el melodrama y suceden en un mundo relativamente limitado en historias sobre la libertad, la responsabilidad y la compasión, y dice que, cuando escribe y suena el teléfono, siempre lo coge. Su gran tema es el de alguien que escapa a la opresión -de la religión, las convenciones, la maternidad, el aburrimiento- y las consecuencias que eso produce. Ofrece una visión opuesta a la ideología autoindulgente que está de moda y no teme que sus personajes no sean simpáticos: a veces son egoístas o irracionales y eso los hace humanos y conmovedores. También me gusta cuando habla de su vida. Escribió su primer relato en la universidad, para impresionar a un compañero siete años mayor, Gerald Fremlin, que trabajaba en la revista de la facultad. No le hizo mucho caso; le dijo que se lo diera al editor. Aunque Fremlin ya se había licenciado cuando se publicó el texto, le mandó una carta sobre el cuento: “No era una carta sobre mí, y no mencionaba mi belleza, ni que estaría bien quedar ni nada de eso. Era una simple valoración literaria. Así que la aprecié menos que si hubiera sido de otra persona, porque esperaba más”. Más de veinte años después, cuando Munro ya se había casado y divorciado, Fremlin oyó una entrevista con ella en la radio. La llamó y le propuso quedar a comer. “Fuimos al club de la facultad y nos tomamos tres martinis cada uno. Creo que estábamos nerviosos. Pero nos conocimos rápidamente. Creo que estábamos hablando de irnos a vivir juntos antes de que terminara la tarde”, ha contado Munro. Se casaron en 1976. Siguen juntos.

Este artículo apareció en Artes & Letras de Heraldo de Aragón. He tomado la imagen aquí.

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