GUILLERMO TOLEDO
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Esta tarde se presenta en la librería Los portadores de sueños (c/ Blancas, 4, Zaragoza) el nuevo número de la revista Rolde.
-Los católicos tienen derecho a manifestarse. Probablemente se puede justificar la visita con la idea de la promoción de la ciudad y los ingresos para los comerciantes. Al mismo tiempo, ha habido una complacencia casi obscena: algunas rebajas han sido excesivas y los actos podrían haber sido menos invasivos. Tampoco me gusta que cargos electos se postren ante líderes religiosos.
-El argumento que vincula la Iglesia Católica con el desarrollo democrático y la libertad solo tiene interés para quien prepare una ampliación de la Antología del humor negro. En España, la Iglesia Católica ha sido siempre un obstáculo a la razón, a la circulación de las ideas, a la Ilustración y a la libertad. Su monopolio durante siglos sobre la vida mental y religiosa es una de nuestras grandes tragedias históricas. Cuando le preguntaron si había que conceder al cristianismo el crédito de haber sido la única religión que propició la separación entre Iglesia y Estado, Mark Lilla respondió:
¡En absoluto! La separación de poderes se produjo en contra del cristianismo o, mejor dicho, de la teología política cristiana. Sobre todo porque era un desastre que no producía más que caos y guerras de religión. Cuando Hobbes escribió Leviatán, lo que hizo fue, en contra de la tradición, dejar de tratar de interpretar las órdenes de Dios y aplicarlas a la vida política para prestar atención exclusivamente al hombre y sus creencias. Lo que hizo fue, por así decirlo, cambiar de tema. Y eso no lo hizo gracias al cristianismo. Atribuirle el mérito al cristianismo sería como superar un cáncer y creer que estás vivo gracias a él.
Lo que dice Lilla del cristianismo en general es todavía más intenso en un país como España, donde una versión ultramontana de esa religión ha gozado de un poder extraordinario durante buena parte de nuestra historia.
-La Iglesia Católica goza de una posición privilegiada en España, siempre declara que somos un país católico, que es la Iglesia de todos, y al mismo tiempo se presenta como una minoría perseguida. En eso se parece a otros movimientos e instituciones, desde el 15-M al Real Madrid. Como ha escrito Félix Romeo, ninguno de los gobiernos de nuestra democracia ha puesto en peligro esa posición privilegiada; Zapatero ha conseguido conjugar lo peor de los dos mundos: enfrentamiento mediático y mayores concesiones. La separación entre Iglesia y Estado debe avanzar mucho más: no debería enseñarse ninguna religión en la escuela pública, el modelo de la concertación es un trato de favor injusto, al igual que la financiación a través de los impuestos, y no debería haber símbolos religiosos en los espacios que son de todos.
-Ratzinger apenas ha hablado de política española, lo que está bien. Otras veces, los representantes del Vaticano, un régimen teocrático basado en la segregación de sexos, han criticado las leyes de un país mucho más democrático que el suyo: para encontrar una paradoja semejante, habría que pensar en los reproches de Irán a David Cameron por la dureza de la policía inglesa contra los saqueadores de Tottenham. Durante los años de Zapatero en el gobierno, la Conferencia Episcopal ha actuado de forma irresponsable y demagógica. Sin embargo, quizá haya que acostumbrarse a que, de vez en cuando, los obispos digan burradas. Sus exabruptos no deberían ser noticia, ni habría que dar demasiada importancia a las posiciones morales de una organización privada.
-Hay muchas razones para atacar el comportamiento de la Iglesia y las ideas de los creyentes. Si los católicos tienen derecho a manifestarse, los que no lo somos también. Un millón de adolescentes sueltos no es exactamente una compañía agradable. Ver a muchos jóvenes con distintos uniformes, gritando mensajes bovinos de exaltación divina no es, ni de lejos, mi espectáculo preferido. Pero increpar a los católicos es una equivocación. Al margen de los excesos policiales que deben ser investigados y purgados, esa actitud no solo es un grave error cívico, sino que es un fallo estratégico: la Iglesia rentabiliza los enfrentamientos. Muchas veces, los católicos acusan de intolerancia a quienes los critican legítimamente, y presenta la menor pega a su comportamiento como un ejemplo de persecución. Es una estupidez darles argumentos.
-En las críticas a las posiciones del Papa hay algo que me molesta profundamente. Se ataca a la jerarquía católica por ser reaccionaria, homófoba, por su obsesión patológica con la sexualidad, por su hipocresía, por su presunto alejamiento del supuesto mensaje del Evangelio, por los zapatos del Benedicto XVI, etc. Es todas esas cosas y muchas otras peores (un caso más grave es la ocultación de los abusos a menores). Pero, a veces, uno tiene la impresión de que, según algunos de sus críticos, si la Iglesia Católica fuera partidaria del matrimonio gay, de la libertad sexual y del derecho a decidir de las mujeres, entonces podríamos hacerle caso. No habría ningún problema si la Iglesia fuera más enrollada. Evidentemente, pueden cambiar cosas: sabemos que, pese a su extremado conservadurismo sexual, la Iglesia Católica busca en primer lugar su propia preservación y es una experta en el reciclaje. Hay multitudes de ejemplos; el más reciente es el downgrade del aborto en las JMJ. Pero, en muchos aspectos, es una distinción irrelevante: las posiciones de la Iglesia Católica podrían ser más progresistas, pero la justificación última no sería empírica ni racional, sino divina. El asunto principal, en el que debemos avanzar, y no ceder un milímetro, no es lograr que las religiones sean más o menos modernas. Lo esencial es evitar que las creencias religiosas gobiernen la vida civil; impedir que las reivindicaciones, más o menos simpáticas, de la verdad revelada regulen nuestras leyes, y conseguir que el Estado sea neutral con respecto a las opciones religiosas.
El extraño caso de Carlos Fuentes y el Premio Formentor. En el blog de Letras Libres.

El caso de Humberto Vadillo, el nuevo director general de Cultura del Gobierno de Aragón, es inquietante por varias razones. En primer lugar, parece indicar que el PP aragonés no tiene a nadie razonable que situar al frente del departamento, o que la formación se encuentra a una distancia astronómica de la realidad. Y también demuestra que la cultura y los profesionales de la cultura se han convertido en un chivo expiatorio.
El PP ha ganado las elecciones y tiene potestad de nombrar a quien considere oportuno. Sin duda hay muchas cosas que corregir en la gestión de la cultura aragonesa, y un cambio después de doce años de gobierno PSOE-PAR puede ser positivo y acabar con inercias y vicios. No creo que la cultura tenga que ser de izquierdas. Me tomo en serio muchas ideas conservadoras y liberales, y me molesta el rechazo automático a la derecha, que puede aportar cosas buenas a la gestión de la cultura.
Pero el nombramiento de Vadillo prueba una vez más que en Aragón el surrealismo surge de forma casi natural: el equivalente sería poner a Lorena Bobbit al frente de una planta de urología. Sus textos demuestran que pertenece a esa ultraderecha española que se ha apropiado de la palabra liberal, pero cuya ideología se parece al liberalismo como una escoba a una pecera. No es un intelectual, es un hooligan. Las convicciones de Vadillo están por encima del consenso científico. Niega la existencia del aragonés, del que existen abundantes testimonios, y tien un oído extraordinario, que le permite distinguir a la primera entre el catalán, el valenciano y el chapurriat, lo que constituye una prueba de que décadas de investigación filológica no tienen nada que hacer ante una oreja divinamente inspirada. Claramente se trata de una mezcla de ignorancia y mala fe, pero es difícil conocer las proporciones exactas.
Al ver su entrevista en Periodista Digital uno tiene la misma duda. Dice que, entre las cavernas y el romanticismo, los artistas vivieron siempre del mercado. Tras un periodo que se salta, pasamos al New Deal en EEUU y a 1946 en Gran Bretaña, cuando, gracias al malvado Keynes, el Estado empieza a subvencionar las artes, junto a otras ideas al parecer malas, como la sanidad pública y la educación pública en vez de una educación privada prestigiosa (que siguió existiendo aunque Vadillo habla de ella como si hubiera muerto). Según Vadillo, desde entonces, a los artistas les da igual que sus obras gusten al público: puesto que tengo cierta experiencia como autor y puesto que conozco a muchos otros autores, sé que eso es mentira. Siempre he visto el libre mercado en la literatura como un lugar en el que puede haber sitio para todos. Los creadores y comerciantes de la cultura tienen opiniones muy distintas sobre muchos aspectos, pero todos aceptan el mercado como una realidad. Todos estamos nadando en Peñíscola y el director general nos recrimina ignorar el Mediterráneo.
En un momento antológico, explica que Miguel Ángel no podría subsistir en nuestros subvencionados días: la tarea sería imposible para un tipo hosco y desapacible como él. Para aceptar los argumentos de Vadillo –que por cierto parece desdeñar el arte de vanguardia- habría que olvidar a los poetas o pintores que estaban vinculados a las cortes y a los nobles, además de los trabajos arquitectónicos hechos para ciudades o para la Iglesia: Las Meninas es un retrato de la familia real. Por el mismo despeñadero lógico, concluiríamos que los escritores de la Unión Soviética, a fin de cuentas, vivían del mercado existente. Resulta difícil pensar que el Antiguo Régimen fuera una economía de libre mercado, o que el patrocinio de aristócratas y nobles fuera preferible al patrocinio de un Estado que representa a ciudadanos iguales ante la ley. Vadillo construye una edad de oro totalmente falsa, como si nos hubiéramos caído de un mercado original. Al contrario: el libre mercado es una conquista y está vinculada con la modernidad y la libertad individual, un elemento esencial para que los artistas reivindicaran su independencia.
Vadillo parece tener poca simpatía por Francia, y en un artículo contra el bobo panfleto de Stéphane Hessel, Indignaos, dice que, además de ese libro, el país vecino nos trajo la sífilis. Es un chiste, y no muy bueno, quizá un poco mejor que su broma de “Marcelino Ovino” para Marcelino Iglesias. No podemos exigirle que sea gracioso, pero, si es lo mejor que se le ocurre decir sobre un país al que debemos muchas de las mejores cosas de la humanidad, resulta francamente desolador. Sin embargo, lo más curioso es que Vadillo propone una excepción cultural a la inversa. Podemos discutir sobre el dinero que deben recaudar los Estados, y sobre si los Estados deben ser mayores o menores. Pero el argumento contra el arte contemporáneo por su elitismo es profundamente demagógico –y pasa por alto que el Reina Sofía, ese museo lleno de cuadros que según él no interesan a nadie, tuvo 2.300.000 visitantes en 2010-, porque todos pagamos impuestos por cosas que no nos afectan directamente, y por cosas que no vamos a disfrutar: me parece bien que parte de mis impuestos vayan destinados a la educación aunque no tengo hijos, o que haya buenas carreteras y asistencia sanitaria en pueblos a los que no pienso ir. Aunque quizá Vadillo no esté de acuerdo, supongo que la mayoría de la gente cree que esas cosas deben existir, pero hay infinidad de ejemplos de sectores que serían inviables sin dinero público: agricultura, deporte, construcción, periodismo, automóviles, actos religiosos. La lista podría ser infinita. Algunas de esas ayudas son discutibles. Sin embargo, los esfuerzos para mantener esos puestos de trabajo nunca se cuestionan. Los trabajadores de esos sectores no tienen que sufrir insultos.
Esa demonización de la cultura se ha puesto de moda en los últimos años. Uno de los grandes perjudicados ha sido el cine español. Un sector marginal pero ruidoso percibe a los creadores como el enemigo, de una manera metonímica, porque las posiciones políticas no son homogéneas, y extraña, porque a lo mejor hay mineros a los que no les gusta mucho un partido político. Entonces se puede acabar con ellos: les convierten en parásitos sociales, en “cineastas y titiriteros”, como dice Vadillo, en privilegiados millonarios que roban al pueblo (y eso se redondea con la izquierda más estúpida, defensora de la cultura gratis). Esa imagen de los profesionales de la cultura es una construcción, es falsa y es una tragedia que aleja a los ciudadanos de una parte esencial del imaginario de su país.
Dolores Serrat debería destituir a Vadillo. O él, que cree que la cultura no debe recibir dinero público, debería empezar por ahorrarnos su sueldo. La única esperanza es que, como ocurre con algunos radicales, el contacto con la realidad le haga replantearse algunas cosas: así, quizá vea que sus ideas son irrealizables y están fuera del contexto de la gestión de la derecha en España y en los países de nuestro entorno, o en Estados Unidos, un país que, pese a sus guerras culturales, siempre ha valorado a sus creadores y ha inventado maneras de potenciar su industria cultural y al que, como a Francia, admiramos entre otras cosas porque ha sabido acoger a artistas y pensadores de muchos lugares.
La inmensa mayoría de la gente que se dedica a la cultura en Aragón son profesionales que intentan vivir de su trabajo dignamente, que generan ingresos y pagan sus impuestos, y que intentan vender su producto en el mercado. Entre ellos hay artistas, escritores o músicos, pero también muchos técnicos y comerciantes. No abundan los millonarios. Existen ayudas y la administración ha sucumbido a menudo a una tentación de control, prefiriendo gestionar cosas que podrían haber llevado empresas y a veces torpedeando la independencia de esas empresas, pero también hay muchísima iniciativa privada, sostenida con esfuerzo, talento y respeto al público. Es un sector económico importante, que debe ser apoyado como otras industrias, y cuando digo apoyado no quiero decir regado con dinero público, sino que la administración debe facilitar las actividades profesionales. Y además de eso, que debería preocupar un poco al director general, la administración debería recordar que la cultura existe y da un valor añadido a un territorio, y es algo mucho más grande e importante que Vadillo o que unos creadores particulares.