Blogia
Daniel Gascón

Revista

LIAO YIWU

1.

 

1.

El 1 de marzo, las autoridades chinas detuvieron al escritor Liao Yiwu, impidiéndole viajar a un Festival literario en Colonia. Philip Gourevitch ha escrito:

“El escritor chino Liao Yiwu es un best-seller en Alemania. Así que es absurdo que el gobierno chino imagine que puede impedir que se le escuche en ese país. Pero esta semana, las autoridades chinas han sacado a Liao de un avión en Chengdu, donde vive, cuando se disponía a volar a Colonia para asistir a un festival literario. Fue detenido e interrogado durante tres horas, y luego enviado a casa, donde permanece bajo arresto domiciliario.

Esta es una situación muy familiar para Liao, que entra y sale de la cárcel por su insistencia en hablar libremente y sin miedo por él y por muchos de sus compatriotas desde finales de la década de 1980, cuando fue encerrado durante cuatro años por recitar su poema Masacre‘. En la cárcel, el desafío a la autoridad de Liao le valió infinitos golpes, y con ellos el respeto desconcertado de sus compañeros reclusos, que cariñosamente lo apodaron el Gran Idiota por su obstinada negativa a callarse. El año pasado, en el vigésimo aniversario de la masacre de Tiananmen, Liao escribió un artículo para la Paris Review, titulado ‘Nineteen Days‘, donde contaba cómo había pasado cada 4 de junio desde 1989. Pasó demasiados detenido o acosado por las autoridades.

Lejos de amordazar a Liao, la prisión ha producido parte de su mejor escritura. Desarrolló cierto afecto por los criminales con los que se encontraba en cautiverio, y después de su liberación, comenzó a realizar una serie de entrevistas con parias y fueras de la ley chinos: la clase de gente pobre, marginal y atada a la tradición que, según la doctrina maoísta, el comunismo ha erradicado. Sus colecciones de entrevistas eran increíblemente populares en China, hasta que los censores se enteraron y las suprimieron. Tuve la suerte de publicar las primeras en inglés, en la Paris Review; entre ellas estaba la obra maestra ‘The Public Toilet Manager‘ [El administrador del baño público], que tuve el honor de leer en voz alta en una lectura organizada por el PEN American Center en 2008 bajo el título: ‘Bringing Down the Great Firewall of China: Silenced Writers Speak’ [Derribando el gran firewall chino: hablan los escritores silenciados].

El año pasado, una espléndida colección de las entrevistas de Liao, traducido por Wen Huang, fue llevado a cabo por el Panteón, bajo el título ‘The Corpse Walker: Real-Life Stories, China from the Bottom Up‘. Es el libro que se convirtió en un éxito de ventas en Alemania . En una nota introductoria al volumen, escribí:

Liao Yiwu es muy original, pero parece una apuesta muy buena imaginar que escritores tan diversos como Mark Twain y Jack London, Nikolai Gogol y George Orwell, François Rabelais y Primo Levi lo habría reconocido instantáneamente como un hermano en espíritu y en letras. Es un maestro de ceremonias del circo humano, y su trabajo sirve como un recordatorio poderoso –tan vital y necesario en las sociedades abiertas arrulladas por sus libertades como en las sociedades cerradas donde contar historias verdaderas puede ser un delito- de que la historia de nuestra especie no queda inscrita solamente en los detentadores del poder visibles y ruidosos, sino también, y de manera acaso más elocuente, en los marginados, los ignorados, aquellos a los que nadie escucha.

La detención más reciente de Liao también nos recuerda eso. Cuando llegó a casa tras ser expulsado del avión e interrogado, envió un e-mail, diciendo:

Las palabras no pueden expresar mi indignación. Nunca me he considerado un disidente político. No tenía interés en la política o en la redacción de manifiestos políticos, pero mi amigo Liu Xiaobo tenía razón cuando dijo: ‘Para ganar y conservar su libertad y dignidad, no hay otro camino que luchar’.

Voy a seguir escribiendo, documentando y difundiendo los relatos de personas que viven en el último peldaño de la sociedad, a pesar de que mis historias no agradarán al Partido Comunista de China. Tengo la responsabilidad de hacer que la gente entienda el verdadero espíritu de los chinos, que durará más tiempo que el imperio del gobierno totalitario”.

2.

Aquí, una carta de Liao Yiwu a sus lectores alemanes.

En la imagen, Liao Yiwu.

 

 

 

EL ALMA DE FRANCIA

Escribe Michel Gurfinkiel:

“Dos monumentos de París son tan llamativos que son difíciles de perder. Uno de ellos es la Torre Eiffel, por supuesto, el férrreo tour de force de la ingenieríaque se alza junto al Sena en el elegantísimo y espacioso oeste de la ciudad. Luego, hacia el norte, en la cima de Montmartre, está la basílica del Sacré-Cœur: una alta e inmaculadamente blanca Basílica católica que parece un decorado digitalizado y pre-Rafaelita de ‘El Señor de los Anillos’. En lo que la mayoría de visitantes -y de hecho la mayoría de los parisinos- no se detiene es que es que ambos monumentos se diseñaron y empezaron a construirse en la misma época, en las décadas de 1870 y 1880. Aún más sorprendente: La torre y la iglesia fueron concebidas como antagónicos símbolos nacionales durante épocas de conflictos culturales, religiosos y políticos que se prologaron en Francia durante décadas.

Frederick Brown cuenta la historia de esa época tumultuosa en ‘For the Soul of France’. Desde 1830, el momento histórico con que comienza, hasta 1905, su estación final, Francia pasó por no menos de cuatro constituciones diferentes, tres dinastías (los Borbones, los Orléans y los Bonaparte), dos repúblicas, tres revoluciones (1830, 1848 y 1870), un golpe de Estado que funcionó (Luis Napoleón Bonaparte en 1851) y dos que se quedaron en intentos (en 1877) o fantasía (en 1889), dos guerras civiles (la crisis de junio de 1848 y la Comuna en 1871), un desastrosa derrota frente a la Alemania naciente (1870) que condujo a la ocupación momentánea de más de un tercio del país, dos grandes escándalos financieros, en 1873 y 1892, que acabaron con gran parte del ahorro de la clase alta y la clase media, y, por último, un escándalo judicial al final del siglo (el caso Dreyfus) que impulsó una ley de largo alcance que desde el año 1905 promulga la separación de iglesia y estado.

El Brown no omite un solo episodio en este relato, ni tampoco se aleja de las escenas y los ángulos humanos que dan vida a la historia. Es autor de destacadas biografías de Émile Zola y Gustave Flaubert, y ‘For the Soul of France’ se beneficia de su larga inmersión en la vida y obra de estos dos grandes novelistas. La narración del Brown es vivaz y fluida, pero también controla con firmeza su crónica, con lo que aporta orden y perspectiva a una época a menudo caótica. (El historiador Theodore Zeldin, por el contrario, se asignó cinco volúmenes para cubrir el periodo 1848-1945 y aun así terminó concentrándose en temas amplios y olvidando por completo la cronología.)

El señor. Brown simplifica su tarea operando con un único principio de organización: La mayoría de los disturbios en Francia durante este período provenían de las batallas sobre la restauración de la Iglesia católica como institución principal de la sociedad francesa. Bajo el antiguo régimen, el país era considerado ‘la hija mayor’ de la iglesia y la legitimidad del rey francés se derivaba de ser ungido en la catedral de Reims, en una ceremonia con tintes bíblicos. La Revolución de finales del XVIII negaba tanto de la realeza como la iglesia. A principios del siglo XIX, Napoleón fusionó el Antiguo Régimen y la Revolución, en términos políticos y religiosos: Fundó una nueva monarquía compatible con la igualdad civil y el gobierno representativo, y restableció el catolicismo como la religión nacional, aunque también tomó medidas para la libertad religiosa.

La organización de Napoleón se mantuvo más o menos firme durante varias décadas, a pesar de las tensiones entre los sectores clericales y laicistas. Los católicos franceses en general no eran contrarios a la democracia y la ideas de la Ilustración, siempre y cuando se reconociera un estatuto especial a la iglesia. Pero con la elección en 1848 del Papa Pío IX, un teócrata dogmático (decretó la infalibilidad papal en 1869), los tradicionalistas de la iglesia comenzó a agitar a favor de la restauración del poder del Antiguo Régimen. En reacción, la militancia laica aumentó.

Los dos bandos no lograron reconciliarse cuando Francia se vio amenazada por la guerra con Prusia (protestante) en 1870, pero pronto siguieron acontecimientos terribles: la derrota, la ocupación parcial de Francia por el Imperio alemán de nuevo cuño y el breve dominio de París en la primavera 1871 por parte de la izquierdista Comuna, al que siguió la masacre a manos de las tropas gubernamentales. ‘Miles de personas fueron sometidas a juicios sumarios y  llevadas ante el pelotón de ejecución’.se había dado la justicia sumaria y ante los pelotones de ejecución’, escribe el Brown. ‘La sangre corría por las alcantarillas, y teñía el Sena de Rojo.

Los católicos interpretaron los desastrosos acontecimientos de 1870 y 1871 como una señal de que Francia se había alejado demasiado de sus raíces religiosas. ‘Un turista observador habría encontrado pruebas suficientes para apoyar la opinión de que Dios parecía más feliz en Francia a principios de la década de 1870 de lo que había sido durante algún tiempo’, dice Brown, que señala que ‘muchos jóvenes tomaron las órdenes sagradas después de la guerra’. Los laicistas insistían en que Francia iba a traicionar lo mejor de sí misma si no se mantenía leal a los pensadores de la Ilustración, que habían engendrado la República, pero los clericales de la línea dura creían que Francia sólo podría recuperarse a través de la gracia divina, que se concedería si expiaba sus pecados.

Durante un tiempo, parecía que los ultra-conservadores podían vencer por medios democráticos: aunque eran en buena parte monárquicos, ganaron la mayoría en la Asamblea Nacional, que en 1873 autorizó la construcción de la basílica del santuario del Sacré-Cœur como símbolo nacional de arrepentimiento. Se introdujo régimen reaccionario conocido como L’Ordre Moral (‘el orden moral’). Luego las cosas se pusieron amargas para la masa clerical. Había demasiados pretendientes al trono de Francia, y el más legítimo de ellos, el Conde de Chambord, un Borbón, estaba muy alejado del estado de ánimo del país. Propuso, por ejemplo, reemplazar la bandera tricolor nacional con la blanca del Antiguo Régimen. Quizá no fuera una sorpresa que los republicanos laicista llegaran al poder en dos elecciones sucesivas nacional en 1877. Pronto se ordenaron una respuesta de la Basílica del Sacré-Cœur en la ciudad de París: una torre diseñada por el ingeniero Gustave Eiffel, que sería un símbolo de modernidad y progreso para el centenario de la Revolución de 1789.

Con la marea de la historia en su costra, la mentalidad clerical recurrió a apuestas extravagantes para obtener poder e influencia. Un golpe de Estado mal concebido en 1889 terminó antes de comenzar, cuando su presunto líder, el reaccionario general francés Georges Boulanger, huyó a Bélgica. A mediados de la década de 1890, los clericales, con la esperanza de conseguir el apoyo del público para la Iglesia, lanzaron una campaña antisemita. Brown describe hábilmente cómo un afectado desprecio teológico y social hacia el judaísmo se transformó en un odio desenfrenado a los judíos.

La cruzada culminó en lo que se denominaría el caso Dreyfus. Un oficial del ejército francés llamado Alfred Dreyfus fue declarado culpable en 1894 de traición por pasar secretos a Alemania, aunque su único delito era ser judío en la Francia de finales del siglo XIX. El asunto se prolongó durante años, con un nuevo juicio, en 1899- en gran medida gracias al apoyo de Zola- a Dreyfus, que finalmente fue restaurado como oficial francés en 1906. El lamentable episodio ciertamente no se tradujo en el abandono del antisemitismo francés, pero sus defensores clericales -y su más amplia esperanza del regreso de una Francia monárquica y opuesta a la ilustración- quedaron desacreditados.

A veces, es cierto, uno desearía que Brown habiera proporcionado un contexto comparativo más amplio. Podría haber contrastado las erupciones del catolicismo francés reaccionarias Del siglo XIX con, por ejemplo, la política más progresista de los católicos en Bélgica, Alemania e Italia. ¿Y qué decir acerca de la facción dentro de la iglesia francesa que denunció su antiliberalismo y el antisemitismo? Los disidentes existían y fueron poco a poco dominando el catolicismo francés en el siglo XX. Sin embargo, ‘The Soul of France’ ofrece una gran cantidad de instrucción y muchos placeres narrativos  (incluso para un lector francés). Después de leerlo, los visitantes de la Ciudad de la Luz, y los propios parisinos, no podrán mirar la Torre Eiffel y la Basílica del Sacré-Coeur del mismo modo”.

En la imagen, el conservatorio parisino en el siglo XIX, el Sacré Coeur, la Torre Eiffel, Dreyfus.

 

ORLANDO ZAPATA

 

El disidente cubano Orlando Zapata Tamayo ha muerto en prisión tras 85 días en huelga de hambre.

Zapata, de 42 años, se declaró en huelga de hambre el pasado 3 de diciembre en el penal de Kilo 8, en Camagüey, para protestar por la violación de sus derechos como preso. Ha fallecido este martes en un hospital de La Habana.

Zapata estaba preso desde la primavera de 2003 por sus actividades de oposición al régimen. Según El País, lo sentenciaron inicialmente a tres años de prisión por “desacato, desorden público y desobediencia”. Más tarde, le añadieron nuevas condenas que sumaban varias décadas en la cárcel.

El Mundo.

The Guardian.

Agence France Presse.

Europa Press.

Yoani Sánchez ha colgado el testimonio de la madre de Orlando Zapata.

NORMAS

 

1.

Elmore Leonard propuso estas 10 famosas normas para escribir ficción:

1. Nunca empieces un libro hablando del clima.

Si solo te sirve para crear atmósfera y no es una reacción del personaje al clima, no debes usarlo demasiado. El lector buscará las reacciones del personaje. Hay algunas excepciones, claro. Si te llamas Barry Lopez y conoces más maneras de describir el hielo y la nieve que un esquimal, puedes hablar del clima tanto como te dé la gana.

2. Evita los prólogos.

Pueden resultar molestos, especialmente un prólogo después de una introducción que viene antes de la dedicatoria. Pero en no ficción son muy habituales. En una novela, el prólogo cuenta los antecedentes de la historia, pero no hace falta contarlos al principio, puedes ponerlos donde quieras.

Siempre hay excepciones, claro. ’Dulce jueves’ de John Steinbeck tiene prólogo, pero me parece bien porque es un personaje del libro que deja claras las reglas, que nos explica cómo le gusta que le cuenten las cosas. Lo que hace Steinbeck en ’Dulce jueves’

es titular los capítulos a modo de indicación, aunque algo oscura, de lo que tratan. Hay dos capítulos que titula ‘hooptedoodle’ (palabrería) en los que avisa al lector: ‘Aquí haré vuelos espectaculares con mi escritura, y no se entremezclará con
la historia. Sáltatelos si quieres’.

’Dulce jueves’ se publicó en 1954, cuando yo empezaba a publicar, y nunca olvidaré el prólogo. ¿Leí los capítulos hooptedoodle? Cada palabra.

3. No uses más que el verbo ‘decir’ en el diálogo.

La frase, en el diálogo, pertenece al personaje. El verbo viene a ser el escritor husmeando donde no debería. El verbo ‘decir’ es bastante menos intrusivo que’gruñir’, ‘exclamar’, ‘preguntar’, ‘interrogar’... Una vez leí un ‘ella aseveró’ al final de una frase de un personaje de Mary McCarthy y tuve que parar de leer para buscarlo el diccionario.

4. Nunca uses un adverbio para modificar el verbo ‘decir’.

Usar un adverbio de esta manera (o de casi cualquier manera) es un pecado mortal. El escritor se expone a interrumpir el ritmo de intercambio cuando usa este tipo de palabras. Un personaje cuenta en uno de mis libros cómo solía escribir novelas históricas ‘llenas de violaciones y adverbios’.

5. Controla los signos de exclamación.

Se permiten alrededor de dos o tres exclamaciones por cada 100.000 palabras en prosa. Si tienes el don de Tom Wolfe con ellas, puedes usarlas profusamente.

6. Nunca uses palabras como ‘de repente’ o ‘de pronto’.

Esta regla no requiere ninguna explicación. Me he dado cuenta de que los escritores que usan expresiones como ‘de repente’ suelen tener menos control sobre sus signos de exclamación.

7. Usa términos dialectales muy de vez en cuando.

Si empiezas a llenar la página de diálogo ininteligible, no podrás parar. Observa cómo capta Annie Proulx el sabor del habla de Wyoming.

8. Evita las descripciones demasiado detalladas de los personajes.

Steinbeck las hacía. Pero en ’Colinas como elefantes blancos’, Hemingway usa una única descripción para el personaje de la mujer que acompaña al americano: ‘Se quitó el sombrero y lo dejó en la mesa’. Es la única referencia física en la historia, pero aun así vemos a la pareja y sabemos de ellos por su tono de voz... sin adverbios que los acompañen.

9. No entres en demasiados detalles al describir lugares y cosas.

Si no eres Margaret Atwood, que pinta escenas con el lenguaje o no puedes describir el paisaje como lo hace Jim Harrison, no lo hagas. Incluso si estás dotado para las  descripciones, ten en cuenta que el meollo de la historia debe ser la acción, no la descripción.

10. Trata de eliminar todo aquello que el lector tiende a saltarse.

Esta regla se me ocurrió en 1983. Piensa en lo que te saltas cuando lees una novela: largos párrafos de prosa con demasiadas palabras. ¿Qué está haciendo el escritor? Hablar del tiempo, o ha entrado en la mente del personaje y el lector o bien sabe qué es lo que piensa el personaje, o bien no le importa. Me apuesto lo que sea a que no te saltas el diálogo.

Mi regla más importante es una que las engloba a las diez. Si suena como lenguaje escrito, lo vuelvo a escribir. Si la gramática se inmiscuye en la historia, la abandono. No puedo permitir que lo que aprendí en clase de redacción altere el sonido y el ritmo de la narración. Es mi intento de permanecer invisible, no distraer al lector de lo que es escritura obvia (Joseph Conrad habló una vez de las palabras que se inmiscuyen en lo que quieres contar). Si escribo una escena, siempre desde el punto de vista de un personaje (el que me da la mejor visión de la vida en esa escena en particular) puedo concentrarme en las voces de los personajes contando quiénes son y cómo se sienten, qué ven y qué sucede. Así es como desaparezco de la escena”.

Aquí, varios escritores proponen las suyas. Richard Ford, por ejemplo, dice: “No tengas hijos”. Colm Tóibín: “No vayas a Londres”. Zadie Smith recomienda: “No escribas en un ordenador que esté conectado a internet”.

 

2.

Henry Miller enseña su cuarto de baño.

En la foto, Elmore Leonard.

HITCHENS Y LOS JUEGOS

Christopher Hitchens ha escrito:

“Y ahora una revista deportiva: en Angola a principios de enero un grupo de tiradores rocía el autobús que transporta a la selección nacional de fútbol de Togo, matando a tres personas en el proceso, y un grupo terrorista local anuncia que mientras la Copa África se juegue en suelo angoleño se producirán homicidios. Los Estados miembros de la Comunidad de Desarrollo del África Austral (SADC) que tienen la tarea ser de anfitriones de la Copa de Naciones y el Mundial de fútbol en Ciudad del Cabo este verano están sumidos en el desorden y la confusión, como consecuencia de la disputa entre Angola y Congo sobre los aspectos de ‘seguridad’ en este acontecimiento supuestamente prestigioso.

En mi escritorio hay un ensayo del brillante académico sudafricano R.Wñ Johnson, que describe las olas de resentimiento y los trastornos que avanzan por la hermosa Ciudad del Cabo mientras se acerca el inicio de la Copa del Mundo. Los excesos de coste y la corrupción, el cierre de escuelas para dar cabida a un nuevo estadio construido a toda prisa, la animosidad violenta entre taxistas y trabajadores del transporte, los conflictos constantes sobre los apaños de ‘empate’ para las eliminatorias, las acusaciones de soborno de árbitros... Nada está a salvo. (¿Por cierto, no hay algo grandioso y patético al mismo tiempo en las palabras ‘Copa del Mundo’? No se diferencia de la expresión micromegalómana ‘Serie Mundial’, que designa un juego que solo un puñado de países se molesta en jugar.)

Mi periódico de esta mañana tiene la noticia de otro momento desagradable en las relaciones indo-paquistaníes: legisladores paquistaníes han cancelado una visita propuesta de la India, después de que la liga del vecino más grande no pujara por ninguno de los 11 jugadores de cricket paquistaníes que había se habían ofrecido.

Mientras tanto, el agradable, acogedor y ecuánime Canadá, a punto de ser el anfitrión de los Juegos Olímpicos de Invierno de Vancouver, es ahora objeto de un torrente de denuncias de las autoridades deportivas británicas y estadounidenses, que dicen a que sus atletas se les niega el pleno acceso a la sede de pistas de esquí y de patinaje. La familiaridad con ellas es importante en la formación y el entrenamiento, pero los canadienses están, evidentemente, decididos a proteger la ventaja del que juega en casa. Según un informe publicado en The New York Times, la pista de esquí alpino de Whistler fue el escenario de una imagen sorprendente, ya que ‘varios aspirantes a la medalla se quedaron mirando desde la valla mientras el equipo canadiense entrenaba. Todo el mundo presionaba para conseguir el descenso’, dijo Max Gartner, director de deportes alpinos de Canadá.’Esa es una ventaja que no se puede regalar ‘. Nah nah nah nah nah, son nuestras montañas y no se puede esquiar en ellas, o no hasta que hayamos sacado ventaja. ‘Somos el único país que ha acogido dos Juegos Olímpicos [1976, en Montreal y Calgary en 1988] y nunca ha ganado una medalla de oro en nuestros juegos’, se quejó Cathy Priestner Allinger, vicepresidenta ejecutiva del Comité Organizador de Vancouver. ‘No es un récord del que estemos orgullosos’. Pero, en cambio, echar a los huéspedes a codazos: de eso sí que se puede estar orgulloso.

No tuve que buscar mucho para encontrar el apunte que yo sabía que iba a hacerse sobre esta conducta maliciosa, mezquina. Un comentario que sonaba herido de Ron Rossi, que es director ejecutivo de algo relacionado con la nieve llamado USA Luge, hablaba con maltrechos tonos de un supuesto ‘pacto entre caballeros’ que se remonta a Lake Placid en 1980, y dijo de la solapada táctica de Canadá: ‘Creo que muestra una falta de deportividad ‘.

Al contrario, señor Rossi, lo que estamos viendo es la esencia misma del deporte. Ya se trate de la exacerbación de las rivalidades nacionales que quieras -como en África este año- o la exposición de los rasgos más deprimentes de la personalidad humana (armas de fuego en los vestuarios, palos de golf empleados en el hogar, los perros mutilados y torturados en las casas de las estrellas para hacerlos pelear, drogas y esteroides en todas partes), solo tienes que mirar el amplio mundo de los deportes para encontrar los ejemplos más variados y evidentes. Como George Orwell escribió en su ensayo de 1945 ‘El espíritu deportivo’, tras otro brote de caos y chovinismo en el campo del fútbol internacional, ‘el deporte es una causa indefectible de mala voluntad’. Seguía:

Siempre me asombro cuando oigo a la gente decir que el deporte crea buena voluntad entre las naciones, y que, si los pueblos del mundo pudieran enfrentarse en el fútbol o el cricket, no sentirían ninguna inclinación a reunirse en el campo de batalla. Incluso aunque uno no conociera por ejemplos concretos (los Juegos Olímpicos de 1936, por ejemplo) que los concursos deportivos internacionales conducen a orgías de odio, podría deducirlo a partir de principios generales.

Un poco fuerte, podría decirse. Pero ¿qué pasa con la guerra fronteriza entre El Salvador y Honduras en 1969, cuando la violencia desatada por un partido de fútbol disputado escaló hasta un bombardeo aéreo? En Jartum, recientemente, un partido de fútbol entre Egipto y Argelia llevó a la violencia generalizada, un brusco intercambio de notas diplomáticas, un discurso sobre el ofendido el honor nacional del presidente Hosni Mubarak, el odio histérico bombeado en los medios de comunicación estatales, y un extenso deterioro de lo que se podría llamar civilidad. ¡Y esto entre dos miembros de la Liga Árabe! Por cierto, la observación se hace cargo de la excusa que a veces se ofrece: que si los países rivales limitaran sus enfrentamientos al ámbito deportivo, la disputa entre ellos se liquidará indirectamente. Antes del partido en Jartum, Egipto y Argelia no tenían ninguna disputa diplomática. Después del juego, gente perfectamente seria decía en El Cairo que la atmósfera se parecía a la que había después de la derrota del país en la guerra de junio de 1967... En el caso de India-Pakistán, la situación es casi la inversa: las relaciones entre los dos países han sido bastante venenosas durante décadas, pero no hay duda de que el desaire del cricket ha convertido casi sin esfuerzo una muy mala situación en otra aún peor.

Sí, sí, conozco Invictus y soy un poco amigo y gran admirador del autor del libro original. Pero fue el uso de rugby y otros cultos deportivos para reforzar y ejemplificar el apartheid lo que había creado el problema en primer lugar. Y ningún observador con los ojos abiertos de la escena sudafricana cree que el momento Invictus fuera más que una breve pausa en la disminución constante de la amistad entre los grupos étnicos del país: un declive que tiene mucho que ver con las rivalidades deportivas e idiotas fidelidades y costumbres de las que dependen esas lealtades. Así que ahí hay algo tan tóxico que está incluso a prueba de Mandela. (Supongo que la gente que voluntariamente se describe como ‘fan’ es consciente de la etimología del término, pero considera que no es ningún insulto.)

No he terminado. Nuestro propio discurso político, ya bastante vaciado, ha sido degradado por la continua importación de metáforas ‘deportivas’: expresiones pobres e insípidas y alegres como ‘fuera de juego’, ‘línea de gol’, y otras tonterías. Esto es ya bastante duro para los ojos y los oídos -y hay algunos dibujantes parecen incapaces de hcer nada sin ello-, pero también aumenta la tendencia deplorable a mirar el sistema de partidos como una cuestión de lealtad de equipo, que es la forma más trivial y paleta que el vínculo puede tomar. Mientras tanto, el chanchullo del patrocinio significa que una sarta de ladrones y mediocres son regularmente comercializados y presentados como ‘modelos de conducta’, y se considera normal que la programación seria sea pospuesta o incluso interrumpida si un juego aburrido entra en (las palabras son como un redoble) la prórroga.

No puedo contar el número de veces que he cogido el periódico en un momento de crisis y encontrado regiones enteras de la primera página dedicadas tanto a los resultados ya conocidos de un juego aburrido, o a la depredación moral o criminal de algún consumidor de esteroides excesivamente bien pagado. Escucha: el periódico tiene una sección separada dedicada a toda la gente que quiere degradar el acto de leer al mirar con entusiasmo los resultados de los eventos deportivos que tuvieron lugar el día anterior. Estos consumidores ávidos también tienen toneladas de canales especializados y publicaciones que están cuidadosamente moldeados a sus necesidades especiales. Todo lo que pido es que se mantengan fuera de los periódicos destinados a personas adultas.

O imagina esto: me siento en un bar o restaurante y de pronto salto, el rostro contraído de placer o pena, gritando y gesticulando y mirando como si luchara contra abejas. Yo esperaría que el maître pronunciara al menos una palabra de sosiego, que mencionase la presencia de otras personas. Pero entonces todo lo que necesito hacer es pronunciar algún conjuro tonto -’Steels’, por ejemplo, o incluso ‘Cubs’- y todo el mundo decide que soy un caso especial que merece que le traten de forma consoladora. O que me otorguen un amplio espacio: ¿alguna vez te has visto envuelto en una pelea por un partido que ni siquiera sabías que se estaba jugando? ¿O has visto los rostros patéticos de unos hombres, e incluso algunas mujeres, tratando de mantener el paso con la manada al profesar una devota lealtad a otra manada que aparece en la pantalla? Si quieres una metáfora deportiva decente que funcione tanto para los aficionados como para los jugadores, intenta escoger una de los escándalos más recientes. El aspecto –y el habla- de todos los implicados apunta a que sufren una conmoción cerebral.

¡Espera! ¿Alguna vez has tenido una discusión sobre la educación superior que no estuviera contaminada con balbuceos sobre el equipo de la universidad y las increíbles instalaciones del campus para el culto de la guerra atlética? ¿Has visto cómo la señal de un mal instituto que se acerca a su momento Columbine es que los atletas dirigen el centro? ¿Te preocupas cuando generales retirados aparecen en la pantalla y hablan neciamente sobre ‘touchdowns’ en Afganistán? Por una especie de ley de Gresham, el énfasis en el deporte tiene un efecto de reducir constantemente el mínimo denominador común, en su propio campo y en todos los que permiten que los infecte.

Aunque yo no creía que la historia perteneciera a la sección de noticias, hoy me he enterado de que no hay nieve suficiente para el festival tan financiado de Vancouver, y traerán algunas cosas blancas desde el norte. Al menos ese puede ser un momento que resulte interesante observar (los haitianos, en particular, seguro que estarán encantados de verlo). Mientras tanto, al igual que millones de otras personas a las que el asunto no les importa, no podré escapar del pulverizador aburrimiento del propio acontecimiento. El calentamiento global nunca pareció una perspectiva más atractiva. Que no nieve, que no nieve, que no nieve.”

 

EL ESPÍRITU DEPORTIVO

George Orwell escribió en 1945:

“Ahora que ha terminado la breve visita del equipo de fútbol Dinamo, se puede decir públicamente lo que muchos pensaban o decían en privado antes de que llegara. Es decir, que el deporte es una causa indefectible de mala voluntad, y que si esa visita tuviera algún efecto sobre las relaciones anglo-soviéticas, solo podría ser para que estas anduvieran un poco peor que antes.

Ni siquiera los periódicos han podido ocultar el hecho de que al menos dos de los cuatro partidos jugados crearon muchos sentimientos negativos. En el partido del Arsenal, me ha dicho alguien que estuvo allí, un británico y un jugador de Rusia llegaron a las manos y la multitud abucheó al árbitro. El partido de Glasgow, alguien me informa, fue simplemente un acontecimiento sin reglas desde el principio. Y luego estaba la polémica, típica de nuestra época nacionalista, sobre la composición del equipo del Arsenal. ¿Era realmente un equipo de toda Inglaterra, como afirman los rusos, o solo un equipo de la liga, como afirma los británicos? ¿Y los Dinamos pusieron fin a su gira bruscamente para evitar jugar contra un equipo de toda Inglaterra? Como de costumbre, todo el mundo responde a estos interrogantes según sus preferencias políticas. No todos, sin embargo. He observado con interés, como un ejemplo de las pasiones feroces que provoca el fútbol, que el corresponsal deportivo del rusófilo News Chronicle adoptó la línea anti-rusa y mantenía que el Arsenal no era una selección de Inglaterra. Sin duda, la controversia continuará resonando durante años en las notas a pie de página de los libros de historia. Mientras tanto, el resultado de la gira del Dynamo, en la medida en que ha tenido algún resultado, habrá sido crear nueva animosidad en ambos partes.  

¿Y cómo podía ser de otra manera? Siempre me asombro cuando oigo a la gente decir que el deporte crea buena voluntad entre las naciones, y que, si los pueblos del mundo pudieran enfrentarse en el fútbol o el cricket, no sentirían ninguna inclinación a reunirse en el campo de batalla. Incluso aunque uno no conociera por ejemplos concretos (los Juegos Olímpicos de 1936, por ejemplo) que los concursos deportivos internacionales conducen a orgías de odio, podría deducirlo a partir de principios generales.

Casi todos los deportes que se practican hoy en día son competitivos. Juegas a ganar, y el juego tiene muy poco significado a menos que hagas todo lo posible para ganar. En el campo de tu pueblo, donde eliges a tus compañeros y no aparece ningún sentimiento de patriotismo local, es posible jugar simplemente por diversión y ejercicio, pero tan pronto como se plantea la cuestión del prestigio, tan pronto como sientes que tú y una unidad más grande a la que perteneces sufrirá una deshonra si pierdes, se despiertan los instintos más salvajes del combate. Lo sabe cualquiera que haya jugado un partido de fútbol en la escuela. A alto nivel internacional el deporte es, francamente, una imitación de la guerra. Pero lo importante no es el comportamiento de los jugadores, sino la actitud de los espectadores, y, detrás de los espectadores, de los países que se convierten en furias por estas competiciones absurdas, y creen sinceramente –en todo caso durante un breve periodo de tiempo- que correr, saltar y dar patadas son pruebas de virtudes nacionales.

Incluso un juego pausado como el cricket, que exige más gracia que resistencia, puede causar mucha mala voluntad, como vimos en la controversia sobre la postura del cuerpo al lanzar y la táctica áspera del equipo australiano que viajó a Inglaterra en 1921. El fútbol, un deporte en el todo el mundo se hace daño y en el que cada nación tiene su propio estilo de juego que a los extranjeros les parece injusto, es mucho peor. El peor de todo es el boxeo. Uno de los lugares más horribles del mundo es un combate entre púgiles blancos y negros ante un público mixto. Pero el público del boxeo es siempre repugnante, y el comportamiento de las mujeres, en particular, es tal que el ejército, creo, no les permiten asistir a sus competiciones. En cualquier caso, hace dos o tres años, cuando la Home Guard y las tropas regulares tenían un torneo de boxeo, me pusieron a hacer guardia a la puerta de la sala, con órdenes de mantener a las mujeres fuera.

En Inglaterra, la obsesión con el deporte es bastante mala, pero pasiones aún más feroces se despiertan en países pequeños, donde los juegos y el nacionalismo son productos recientes. En países como la India o Birmania, en los partidos de fútbol se necesitan fuertes cordones policiales para impedir que la multitud invada el campo. En Birmania, he visto a los partidarios de un lado superar a la policía e inutilizar al portero del equipo contrario en un momento crítico. El primer partido de fútbol importante que se jugó en España hace unos quince años condujo a una revuelta incontrolable. En cuanto se despiertan fuertes sentimientos de rivalidad, la idea de jugar de acuerdo a las normas siempre se desvanece. La gente quiere ver a un lado en la parte superior y al otro humillado, y se olvidan de que la victoria obtenida a través del engaño o mediante la intervención de la masa carece de sentido. Incluso cuando los espectadores no intervienen físicamente tratan de influir en el juego dando vivas a su propio lado y "ensordeciendo" a los jugadores contrarios con abucheos e insultos. El deporte serio no tiene nada que ver con el juego limpio. Está vinculado al odio, los celos, la jactancia, el desprecio de todas las reglas y el placer sádico de ser testigo de la violencia: en otras palabras, es la guerra sin los tiros.

En vez de parlotear sobre la rivalidad limpia y saludable del campo de fútbol y el gran papel desempeñado por los Juegos Olímpicos para unir a las naciones, es más útil averiguar cómo y por qué surgió este moderno culto moderno al deporte. La mayoría de los juegos que se juegan ahora son de origen antiguo, pero el deporte no parece que se haya tomado muy en serio entre la época romana y el siglo XIX. Incluso en las public school inglesas el culto a los juegos no se inició hasta finales del siglo pasado. El doctor Arnold, generalmente considerado como el fundador de la escuela pública moderna, consideraba los juegos una pérdida de tiempo. Luego, sobre todo en Inglaterra y los Estados Unidos, los juegos se convirtieron en una actividad fuertemente financiada, capaz de atraer grandes multitudes y despertar pasiones salvajes, y la infección se propagó de un país a otro. Los deportes más violentamente combativos, el fútbol y el boxeo, son los que más se han extendido. No puede haber muchas dudas de que todo está ligado al auge del nacionalismo -es decir, al lunático hábito moderno de identificarse con unidades de poder más grandes y verlo todo en términos de prestigio competitivo. Además, los juegos organizados son más propensos a florecer en las comunidades urbanas, donde el ser humano medio vive una vida sedentaria o por lo menos físicamente restringida, y no recibe muchas oportunidades de trabajo creativo. En una comunidad rústica un niño o joven se libra de buena parte de su excedente de energía al caminar, nadar, hacer bolas de nieve, subir a los árboles, montar a caballo, y a través de varios deportes que implican crueldad hacia los animales, como la pesca, peleas de gallos y cazar ratas con hurones. En una gran ciudad debe realizar actividades de grupo, si quiere dar una salida a su fuerza física o a sus impulsos sádicos. Los juegos se toman en serio en Londres y Nueva York, y se tomaban en serio en Roma y en Bizancio: se jugaron en la Edad Media, y probablemente con mucha brutalidad física, pero no se mezclaban con la política ni la causa de odios de grupo.

Si quieres añadir más al vasto fondo de la mala voluntad existente en el mundo en este momento, no se podría hacer nada mejor que organizar una serie de partidos de fútbol entre judíos y árabes, alemanes y checos, indios y británicos, rusos y polacos, italianos y yugoslavos, y que cada partido fuera visto por un variado público de 100.000 espectadores. Por supuesto, no sugiero que el deporte sea una de las principales causas de la rivalidad internacional; el deporte a gran escala es en sí, creo, solamente otro efecto de las causas que han producido el nacionalismo. Sin embargo, empeorarás las cosas enviando un equipo de once hombres, etiquetados como campeones nacionales, para luchar contra algún equipo rival, y permitiendo que todas las partes sientan que la nación que pierda ‘perderá la cara’.

Espero, por tanto, que la visita de los Dinamos no sea seguida del envío de un equipo británico a la URSS. Si tenemos que hacerlo, mandemos un equipo de segunda fila, que vaya a perder sin duda y no pueda representar a Gran Bretaña como un todo. Ya hay bastantes causas reales de problemas, y no necesitamos aumentarlas animando a los jóvenes a patearse las espinillas bajo los rugidos de espectadores furiosos”.

He tomado la imagen aquí.

 

HERTA MÜLLER PROPONE A LIU XIAOBO PARA EL NOBEL DE LA PAZ

 

Herta Müller ha escrito esta carta a la Fundación Nobel:

The Nobel Foundation

Marcus Storch

P.O. Box 5232

10245 Stockholm

Estimado Sr. Storch:

 

¿Ya han pasado dos meses desde la semana Nobel en diciembre? Sin embargo, le deseo lo mejor para el año 2010. Espero verle pronto en Berlín.

Tengo una petición urgente para usted. Como sabe, Václav Havel propuso al escritor chino Liu Xiaobo para el Premio Nobel de la Paz 2010. Liu Xiaobo ha sido presidente de la asociación de escritores chinos independientes PEN desde 2003 y es uno de los impulsores de la Carta 08, que exige una sociedad democrática, siguiendo los pasos de la Carta 77 en Checoslovaquia.

Desde hace años, Liu Xiaobo lucha por la aplicación de los derechos humanos en China, con todos los riesgos que esto conlleva. Ha cumplido numerosas penas de prisión. Otros signatarios de la Carta 08 fueron encarcelados junto con él. "Reporteros Sin Fronteras" ha nombrado a Zhang Zhuhua en Pekín, Chen Xi, Shen Youlin y Du Heping.

En 2008 fue encarcelado en la víspera del 60 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En este día de celebración de los derechos humanos se hizo pública la Carta 08. El 24 de diciembre de 2009, Liu Xiaobo fue condenado a 11 años de prisión por su compromiso político.

Yo también creo que Liu Xiaobo merece el Premio Nobel de la Paz porque, frente a las innumerables amenazas del régimen chino y con gran riesgo para su vida, ha luchado sin cesar a favor de la libertad individual.

Estimado Marcus Storch, sé que como Premio Nobel de Literatura no estoy autorizada a designar candidatos para el Premio Nobel de Paz. Pero le escribo para pedirle que transmita a Noruega mi apoyo a Liu Xiaobo.

Con mis mejores deseos,

Herta Müller."

He tomado la imagen de Müller aquí.

HITCHENS SOBRE COREA DEL NORTE

HITCHENS SOBRE COREA DEL NORTE

Escribe Christopher Hitchens:

“Cuando visité Corea del Norte hace unos años, tuve la suerte de tener ‘cuidador’ bastante cordial, a quien voy a llamar Sr. Chae. Me guió pacientemente por todo el país arruinado y hambriento, explicando las cosas por medio de una especie de mecanismo de negación y sin que jamás pareciese que perdía el interés por los monumentos gigantescos líder sectario más histérico y operístico del mundo. Una tarde, mientras intentábamos comer unos trozos de pato cartilaginoso, mencionó otra razón por la que no debía retrasarse el día en que toda la península se unificara bajo el brillante gobierno del Querido Líder. El pueblo de Corea del Sur, señaló, se estaban haciendo mestizo. Se casaron con extranjeros –incluso soldados negros estadounidenses, o eso había oído, con evidente repugnancia- y estaban perdiendo su pureza y distinción. El Sr. Chae no estaba a favor del encanto del mosaico étnico, sino más bien una uniformidad rígida y sin mácula.

Me llamó la atención la naturalidad con la que dijo esto, como si diera por sentado que me parecería indiscutible. Y me pregunté brevemente si esta forma de totalitarismo, también (porque no hay nada más ‘total’ que el nacionalismo racista), formaba parte de lo que el estado de Corea del Norte vende a sus súbditos. Pero yo estaba preocupado, al igual que la mayoría de los pocos visitantes del país, por las formas más imponentes y exóticas del totalitarismo que se ofrecían: por los gigantescos mausoleos y desfiles que parecían fundir el estalinismo clásico con una forma retorcida del carácter reverencial y patriarcal del confucianismo.

En su Dieciocho Brumario, Karl Marx escribió que los que tratan de dominar un nuevo idioma siempre empiezan retraduciéndolo a la lengua que ya saben. Y me limitaba (y hacía un flaco favor a mis lectores) al uso de la imaginería preexistente del estalinismo y la deferencia oriental. Hace poco me he puesto los bifocales que presta BR Myers en su nuevo y electrizante libro The Cleanest Race: How North Koreans See Themselves and Why It Matters y entiendo ahora que vi la imagen al revés o de adentro hacia afuera. La idea del comunismo ha muerto en Corea del Norte, y su más reciente ‘Constitución’, ‘ratificada’ en abril pasado, ha desechado toda mención de la palabra. Las analogías con el confucianismo son simplistas, y los paralelos que se pueden establecer con él son elementos que el régimen destina solamente al consumo de los forasteros. Myers argumenta de forma convincente que deberíamos considerar el régimen de Kim Jong-il como un fenómeno de la derecha muy extrema y patológica. Se basa en la totalitaria movilización ‘lo militar primero’, se mantiene por el trabajo esclavista, e inculca una ideología de racismo y xenofobia.

Estas conclusiones, en un libro escrito y argüido con elegancia, llevan a la implicación preocupante de que la propaganda del régimen en realidad puede decir exactamente lo que dice, que a su vez significaría que la paz y las negociaciones de desarme con él son una pérdida de tiempo, y quizás incluso peligrosa.

Considera lo siguiente: incluso en la época del comunismo, había informes del bloque oriental y diplomáticos de Cuba sobre el carácter paranoico del régimen (que no tenía el concepto de la disuasión y decía a su propio pueblo que había firmado el Tratado de No Proliferación de mala fe) y también acerca de su intenso odio contra los extranjeros. Un diplomático cubano negro estuvo a punto de ser linchado cuando intentaba mostrar a su familia las vistas de Pyongyang. Las mujeres de Corea del Norte que regresan embarazadas de China -principal aliado y protector del régimen- son obligadas a someterse a abortos. Carteles en las paredes y banderas que representan a todos los japoneses como bárbaros sólo son igualados por la forma en que los estadounidenses aparecen caricaturizados como monstruos de nariz aguileña. (Las ilustraciones de este libro son una educación en sí mismas.) Los Estados Unidos y sus socios constituyen una ayuda para el enorme déficit en la producción alimentaria de Corea del Norte, pero no hay un atisbo de reconocimiento de eso por parte las autoridades, que cuentan a sus súbditos cautivos que las bolsas de grano con las Barras y Estrellas son un tributo pagado por una América asustada al Querido Líder.

Myers también señala que muchos de los lemas empleados por el estado de Corea del Norte son tomados directamente -realmente cuenta como una especie de ironía- de la ideología del imperialismo japonés kamikaze.  A cada niño se le habla todos los días de la maravillosa posibilidad de muerte por inmolación en el servicio de la patria y se le enseña a no temer la idea de la guerra, ni siquiera una nuclear.

El régimen no puede gobernar solo por el terror, y ahora lo único que queda es la ideología militar basada en la raza. No es de extrañar que cada ‘negociación’ sea más humillante que la anterior. Como señala Myers, al fin a cabo, no podemos esperar que la negociación lo saque de su propia razón de ser.

A todos los que estudiamos los asuntos de Corea del Norte nos preocupa una cuestión. ¿Estos esclavos realmente aman sus cadenas? El dilema tiene varios corolarios obscenos. El pueblo de ese pequeño Estado de pesadilla no puede, por supuesto, comparar con la vida de otros, y si se quejan u ofenden, son enviados a los campamentos que –a juzgar por el nivel de atención y nutrición en la sociedad más amplia- deben de ser un infierno excusable sólo por la brevedad de su duración. Pero la arrogancia racial y la histeria nacionalista son cementos poderosos para los sistemas más odiosos, como los europeos y los estadounidenses tienen buenas razones para recordar. Incluso en Corea del Sur hay quienes sienten que el régimen de Kim Jong-il, bajo el que ellos mismos no podría vivir un solo día, es de alguna manera más ‘auténticamente’ coreano.

Éstos son los dos hechos más sorpendentes sobre Corea del Norte. En primer lugar, cuando se ve la fotografía por satélite de noche, es una zona de oscuridad que no cesa. Apenas una chispa de luz es visible en la capital. En segundo lugar, un norcoreano es unos 15 centímetros de media más bajo que surcoreano. Puede que te apetezca imaginar cuánta plusvalía se ha eliminado de dicho esclavo, y durante cuánto tiempo, para alimentar y sostener a la militarizada familia criminal que posee por completo el país y su gente.

Pero eso es lo que da la razón a Myers. A diferencia de anteriores dictaduras racistas, la de Corea del Norte ha logrado producir una nueva especie. Enanos hambrientos, desnutridos, que viven en la oscuridad, encerrados en la ignorancia y el miedo permanente, con el cerebro lavado en el odio a los demás, reglamentados y coaccionados e instruidos con un culto a la muerte: Este espectáculo horroroso se encuentra en nuestro futuro, y es tan horrible que nuestros queridos propios líderes no se atreven a afrontarlo y sólo pueden ver lo que viene cuando roban una mirada mientras se tapan los ojos con las manos”.

 

He tomado aquí la fotografía de Corea por satélite.