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Daniel Gascón

MALDICIÓN

Pensar que uno sería mejor en otro lugar es menos grave que pensar que habría sido mejor en un tiempo distinto. Se puede seguir el consejo de Stephen Dedalus: “silencio, exilio y astucia”, aunque, como dicen los franceses, “si tu tía tuviera ruedas, no sería un autobús”. Hace poco, en la presentación de su libro, un autor zaragozano elogió al presentador diciendo que no parecía de Zaragoza. Lo he oído otras veces y siempre me apetece sustituir el atributo por “mujer” o “negro”. Pero quien pronuncia esas frases suele creerse la excepción que confirma la regla, y me pregunto si el autor en cuestión se librará de la maldición de Zaragoza. Quizá los de aquí ya no tenemos remedio. Pero ¿se contagia? ¿Vivir o pasar por la ciudad arruina a un escritor? ¿Habría sido importante Orwell si hubiera entrado en Zaragoza? ¿Empeoró la obra de Hemingway desde que durmió en el Gran Hotel? ¿Sería Clarín Flaubert, de no haberse acercado al Ebro? Handke escribió de Zaragoza y luego defendió a Serbia. Si es así, deberíamos poner una advertencia en la entrada de la ciudad: prohibir los nacimientos y avisar a los editores que traen a sus autores. Pero sabemos que, aunque grandes ciudades han producido grandes escritores, también lo han hecho sitios menos glamourosos: García Márquez es de Aracataca, Musil era de Klagenfurt, Chéjov de Taganrog. En Zaragoza, donde hay editoriales, buenas librerías y cine en versión original, han nacido autores como Arana, Miguel y José Antonio Labordeta, Conget o Martínez de Pisón. Eso no convierte automáticamente a los escritores zaragozanos en buenos escritores: que yo sea bajo no me hace Napoleón. La existencia de los grandes creadores, al igual que la de los idiotas, tiene algo misterioso. La literatura, como la vida, está en todas partes.

Este artículo apareció en Artes & Letras.

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1 comentario

Anthony Coyle -

No importa tiempo o espacio, basta con que sea otro barrio y otra familia. Las circunstancias lo son todo.
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