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Daniel Gascón

EL INFIERNO EN COREA

EL INFIERNO EN COREA

 

The Washington Post entrevista a un hombre que nació en un campo de prisioneros de Corea del Norte. Ha escapado con vida y ha escrito un libro para contarlo.

“En el campo número 14, la prisión política de Corea del Norte donde Shin Dong-hyuk nació, y donde dice que vio el ahorcamiento de su madre, los internos nunca vieron una imagen de Kim Jong Il.

‘No tengo ni idea de quién es’, dijo Shin, refiriéndose a un líder cuya fotografía se ve por casi todas partes en Corea del Norte.

Los internos no necesitaban conocer la cara del ‘Querido Líder’. Tras las vallas electrificadas, atendían a credos, curtían cuero, recogían leña y trabajaban en minas hasta morir o ser ejecutados.

La excepción es Shin, que tiene 26 años y vive en una pequeña habitación alquilada en Seúl. Es delgado, bajo, tímido; con ojos rápidos y cansados, cara de niño y brazos arqueados por el trabajo infantil. Hay cicatrices de quemaduras en su espalda y en su brazo izquierdo, que datan de cuando fue torturado a los catorce años, cuando no fue capaz de explicar porque su madre, a la que pronto ahorcarían, había intentado escapar. El dedo corazón de su mano derecha está cortado: es el castigo que tuvo que pagar porque se le cayera accidentalmente una máquina de coser en la fábrica textil del campo.

Hay 14.431 norcoreanos que viven en Corea del Sur, según el último recuento del gobierno. Shin es el único que ha escapado de un campo de prisioneros en el Norte, de los que conocemos.

El relato de Shin no se ha podido verificar de manera independiente, pero ha sido confirmado por activistas de los derechos humanos y miembros de organizaciones de norcoreanos refugiados en Seúl. Conocieron a Shin cuando llegó a Corea del Sur y lo hospitalizaron con estrés post-traumático.

‘Al principio, no podia creerlo porque nadie había conseguido huir’, dijo said Kim Tae-jin, presidente de la Red Demócrata contra el Gulag de Corea del Norte, que huyó de Corea del Norte después de pasar diez años en otro campo de concentración. A diferencia del campo número 14 de Shin, el campo número 15 en el que estaba confinado Kim a veces liberaba a prisioneros políticos.

‘He visto a demasiados prisioneros ejecutados delante de mí cuando intentaban escapar’, dijo Kim.

El gobierno de Estados Unidos y los grupos de defensa de los derechos humanos estiman que hay entre 150.000 y 200.000 personas en los campos de prisioneros de Corea del Norte. Muchos de los campos se ven en imagine por satélite, pero Corea del Norte niega su existencia.

Shin es autor de un libro lúgubre y extraordinario, Escape al mundo exterior. Está ilustrado con dibujos sencillos del ahorcamiento de su madre, la amputación de su dedo, sus torturas con fuego. Hay fotos en blanco y negro de sus cicatrices, y una foto por satélite del campo número 14. Se encuentra en Kaechon, a unos 80 kilómetros al norte de Pyongyang, la capital de Corea del Norte.

El libro nació de un diario que mantenía en el hospital cuando se recuperaba de las pesadillas y arrebatos. Comienza con la historia de su nacimiento en el campo número 14, de unos padres cuya unión fue decidida por los guardias de la prisión. Como recompensa por su excelente trabajo como mecánico, su padre recibió a la mujer que se convertiría en la madre de Shin. Shin vivió con ella hasta los doce años, cuando lo llevaron a trabajar con otros niños.

En el libro, Shin describe la ‘común y casi rutinaria’ brutalidad del campo: la violación de un familiar por parte de los guardias y la paliza mortal a una chica a la que encontraron cinco grados de cereal en el bolsillo. Una vez encontró tres granos de maíz en una pila de excremento de vaca. Los cogió, los limpió en la manga y se los comió. ‘Por miserable que parezca, fue mi día de suerte’, escribe.

Ser el único refugiado en el sur capitalista de los horrores de las prisiones del norte comunista no ha hecho de Shin una celebridad. Escape al mundo exterior ha vendido unos 500 ejemplares de una edición de 3.000 ejemplares en coreano. No se está preparando una traducción al inglés, dijo.

Un capítulo inolvidable es la ejecución de su madre, ahorcada en 1996, el mismo día en que el único hermano de Shin fue fusilado. Ambas muertes, escribe Shin, sucedieron en una especie de plaza pública del campo, donde había visto muchas ejecuciones.

Antes de que lo llevaran a la plaza para ver cómo morían, Shin había pasado siete meses en una celda subterránea, donde los vigilantes lo torturaban para que hablara sobre una supuesta ‘conspiración familiar’ para escapar del campo.

Puesto que su madre no le había hablado de ese plan, lo asustó oírlo. Sus torturadores le dijeron, por primera vez, por qué estaba en el campo con su familia. Dos de los hermanos de su padre habían colaborado con Corea del Sur en la Guerra de Corea, y después habían huido. Su padre era culpable porque era hermano de traidores. Shin era culpable porque era hijo de su padre.

Shin no sabía nada de la fuga, pero los guardas querían una confesión.

Hicieron una hoguera. Le quitaron las ropas. Le ataron con cuerdas los brazos y las piernas. Estaba colgado sobre el fuego. Cuando se alejaba, un guardia pellizcaba su estómago con un gancho de acero. Perdió la conciencia.

Shin se recuperó en una celda con la ayuda de un anciano que le daba la mitad de su ración. Meses más tarde, cuando Shin salió de la celda subterránea hacia la plaza, se le unió su padre. Vieron la ejecución de su madre.

Nueve años después, Shin escapó. Trabajaba en la fábrica textil del campo con otro prisionero que había visto el mundo exterior y quería volver a verlo. Cuando cogían madera en una zona montañosa del campo el 2 de enero de 2005, los dos corrieron hacia una valla electrificada. Su amigo murió; Shin pisó sobre su cuerpo y logró pasar.

Entró en una casa cercana, donde robó ropa y arroz. Vendió algo del arroz y se dirigió hacia el norte, hacia la frontera China. Sobornó a los guardias con cigarillos y corrió al otro lado del río Tumen, que estaba helado”.

He tomado la imagen de Shin aquí.

 

 

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