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Daniel Gascón

HITCHENS ESCRIBE SOBRE AFGANISTÁN

HITCHENS ESCRIBE SOBRE AFGANISTÁN

 

Escribe Christopher Hitchens:

“Si llega alguna vez el momento en que veamos nuestra intervención en Afganistán como un fracaso humillante, puede que el pasado fin de semana pasado se identifique como uno de los momentos en que la calamidad se hizo irreversible.

En el preludio de las elecciones de 2004 en ese país, busqué en los lugares donde los habitantes locales estaban siendo instruidos en los principios y en la mecánica de la votación. Fue como ver como un capullo muy cerrado empieza a brotar. Funcionarios de diversas organizaciones internacionales esperaban, por ejemplo, atraer a un determinado porcentaje de las mujeres afganas para desafiar sus antiguos opresores y registrarse: las instalaciones se colapsaron por el gran número de mujeres que se presentaron espontáneamente. Los grupos minoritarios que habían sido despreciados y asesinados por los talibanes, como los hazara, una comunidad chiíta con algunos lazos a Persia, se estaban movilizando para registrarse. La prensa y la televisión, completamente nuevas para muchos afganos, mostraban escenas de la democracia y algunos debates útiles. En el mismo día de la votación, hubo alguna queja acerca de la tinta indeleble para las puntas de los dedos, que no earn tan indeleble, pero un gran número de personas desafiaron las "cartas nocturnas" de los talibanes y se puso fila al sol para emitir un voto. Ninguna imperfección de procedimiento podría destruir la impresión de que los afganos estaban adquiriendo la esencial idea de una elección libre y competitiva.

La farsa triste y repugnante del 20 de agosto casi ha eclipsado este recuerdo. Una ridícula república bananera produjo en la primera ronda un resultado que no resistía ni el examen más superficial. En la primera inspección de los centros de votación y las papeletas resultaba paródicamente fácil descubrir los centros de votación que no abrieron, pero registran índices de participación amplia, y los votos que había pasado directamente de la imprenta a los bolsillos del presidente Hamid Karzai y sus colegas - uno de los cuales Azizullah Lodin, repite como presidente de la absurdamente llamada Comisión Electoral Independiente de Afganistán.

Eso sería bastante malo, si no fuera por la complicidad cobarde de la misión de la ONU en Kabul. Se asignaron unos 200 millones de dólares del dinero de la comunidad internacional para garantizar que los afganos pudieran votar, pero cuando un gran número de ellos no supo o no pudo, mientras otros muchos lo conseguían cinco o seis veces, no hubo ninguna señal de alarma de los funcionarios de las Naciones Unidas responsables en Kabul. O tal vez debería reformularlo: uno de los agentes se quejó de que se había producido un a) fraude generalizado, y b) la connivencia del gobierno en el mismo y c) la indiferencia de las Naciones Unidas que ascendió a la complicidad. Fue Peter Galbraith, un diplomático estadounidense que era entonces el representante especial adjunto del secretario general de la ONU, esa figura brillante conocida en canciones e historias como Ban Ki-moon. Galbraith se quejó de que Kai Eide, el jefe noruego de la misión de la ONU, había mostrado indiferencia ante la flagrante parcialidad mostrada de las autoridades locales afganas que gastaban el dinero de las Naciones Unidas para comprar votos para su jefe. Eide a su vez se quejó a Ban, que inmediatamente correspondió despidiendo a Galbraith. Así pues, no se puede decir que ninguno de los involucrados en este fiasco y fiesta de la corrupción haya perdido su empleo. Sería casi cierto, sólo que quien dio la alarma fue despedido, como primera medida.

Poco importaría ahora si hubiera una segunda vuelta o no, o unas elecciones ‘controvertidas’: ningún afgano sensible puede creer que el proceso sea algo más que un apaño cínico. No es tan malo el reciente pisoteo del derecho de voto del pueblo iraní, pero se supone que tenemos un criterio algo más elevado que eso (y la simple comparación, por supuesto, muestra dónde andan las apuestas ).

Uno imagina que los talibanes apenas pueden creer su suerte. Se oponen al voto en principio, como algo anti-islámico, y se oponen especial y ferozmente al voto de las mujeres, pero no necesitan acentuarlo. Pueden ayudar a inflar el coro de cinismo y desprecio.

Las medidas del pánico propuestas para afrontar este resultado espantoso han sido a veces tan malas como el problema original. Admitiendo demasiado tarde y demasiado a regañadientes que el fraude necesitaba una segunda vuelta, Kai Eide nos enfrentó a una elección entre una apresurada segunda votación vigilada por los mismos corruptos o un retraso hasta que el pase el brutal infierno afgano –otro regalo gratis para las fuerzas de la ruina y el fanatismo. Algunos incluso propusieron un destartalado gobierno provisional entre Karzai y su rival principal, Abdulá Abdulá (es bonito que lo llamaran dos veces) Todo esto es un intento de evitar afrontar el dato evidente de que durante meses de este año, y con nuestro dinero, el pueblo afgano fue engañado y traicionado en el momento en que sus necesidades eran más urgentes.

Me pregunto qué dirán los grandes amigos de las moralmente infalibles Naciones Unidas. ¿Y cómo el Congreso, el Presidente de Estados Unidos y los líderes de otros países que han donado y patrocinado explican lo que ha pasado con los fondos que concedieron? He escrito docenas de veces sobre cómo ninguno de los supuestos paralelismos con Vietnam sirven (al-Qaeda una importación extranjera en Afganistán; ninguna amenaza del Vietcong a las ciudades de Estados Unidos; ya conoces el resto), pero hay una cosa que deshonró a Vietnam del Sur y es fundamental evitar en cualquier caso: el compromiso de las fuerzas estadounidenses con un gobierno que consigue haberse enriquecido y estar en bancarrota al mismo tiempo y que hace que su propio pueblo sienta ganas de escupir.”

En la imagen, una trabajadora del Comité Electoral explica los procedimientos del voto a una mujer afgana, durante las elecciones de 2004.

 

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