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Daniel Gascón

CURIOSIDAD E INCERTIDUMBRE

 

Pienso a menudo en las novelas que quiero escribir, en cómo serán las próximas novelas de escritores que me gustan o nuevos escritores que me fascinen. Si pienso en las novelas de la segunda década del siglo XXI, no sé cómo las leeremos: ¿nos habremos pasado todos al libro electrónico? ¿Cómo cambiará eso las novelas? ¿Los capítulos serán más cortos, como los posts de los blogs? ¿Podremos decir: “La marquesa fue a ver una película” o “escuchó esa canción” y poner un link y ver esa película o escuchar esa canción? ¿Tendrá algún sentido eso o será una tontería, como muchas de las innovaciones que hemos visto? Leemos más que nunca, pero también tenemos más necesidad de información instantánea y leemos de otra forma. Como escritor y como lector, siento mucha curiosidad y bastante incertidumbre; pienso, como Baricco, que tenemos mucha suerte por vivir en este momento.

La literatura que prefiero seguirá hablando del ser humano. Estamos metidos en una conversación más intensa y rápida que nunca, y las ideas circulan más deprisa (en los lugares donde dejan que circulen). Eso nos proporciona nuevos temas y formas, y también descubre otras limitaciones. Tampoco podemos escribir como si viviéramos en otro siglo, aunque eso no significa que nuestras novelas sean mejores que las de otros siglos: la evolución del arte no es como el progreso en la ciencia. Pero también seguimos naciendo y muriendo solos, y experimentamos muchas de las sensaciones y los conflictos de los que ha hablado la literatura, y que son los que hacen que la literatura resulte interesante: la narración es una exploración del ser humano que alcanza terrenos –o profundidades- a los que no llegan otras formas de expresión, y es un medio de comunicación extraordinario, distinto a todos las demás, entre la mente del emisor y la del receptor.

Podemos evitar el argumento y la narración lineal, pero mientras no se haya abolido la muerte me parece que tendremos una idea lineal de nuestra vida; uno puede hablar del sujeto fragmentado, pero a fin de cuentas, si no se sienta delante del ordenador no escribe la novela, y mientras tanto uno sigue enamorándose o enfermando, queriendo a un amigo u odiando a su hermano, o asistiendo a una comida familiar. No creo que la literatura deba renunciar a esas cosas que también forman parte de la vida y me parece que una versión actualizada del realismo todavía tiene mucho que decir: hay cosas que no se han contado, o pueden contarse de otra manera. (El cine es un medio mucho mejor para contar una comida familiar que la novela. Pero también es bonito cuando las artes exploran los terrenos que retan su capacidad de expresión, y por ejemplo me gustaría describir con palabras una comida familiar, con los chistes y los ruidos y los platos que van pasando.) También creo que hay que defender fieramente nuestra libertad y la de los escritores que son perseguidos por lo que piensan. Quiero que sus perseguidores sepan que soy su enemigo: desde ángulos distintos, la literatura que me gusta se escribe contra el mal.

Quiero leer las novelas que escriban David Trueba, Ignacio Martínez de Pisón, Ismael Grasa, Félix Romeo, Valérie Mréjen, Ian MacEwan, Marcelo Birmajer, Javier Cercas, Cristina Grande, Zadie Smith, José María Conget, Mario Vargas Llosa y muchos otros. Me gustaría leer y escribir novelas que hablasen de adolescentes, de los primeros trabajos y los primeros polvos y de los ancianos y los últimos amores, de los bares de toda la vida que ahora llevan chinos, del cambio en la transmisión de la información y en nuestra forma de ver el mundo, del periodo democrático más largo de la historia de España y la transformación de nuestras ciudades, de viajes, medios de comunicación y partidos políticos, de la superchería, la intolerancia y la violencia, de la educación y el amor. También quiero que se escriban novelas que no me gusten, que me dejen indiferente o me indignen, y libros inesperados, que me revelen cosas de la realidad y me ayuden a entender las razones de los demás.

Este texto aparece en el último número de Quimera. El cuadro en la imagen es de Manny Farber.

 

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