Blogia

Daniel Gascón

LA LIBERTAD Y LAS CÁRCELES

LA LIBERTAD Y LAS CÁRCELES

Ayaan Hirsi Ali (Mogadiscio, 1969) es una intelectual, una superviviente y una mujer perseguida por decir lo que piensa. Como su magnífica colección de ensayos “Yo acuso” (Galaxia Gutemberg, 2006), su autobiografía “Mi vida, mi libertad” (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2007) habla del islam y Occidente, del maltrato a las mujeres y una África desangrada por guerras y corrupción, de su familia y el amor, de Theo van Gogh y la muerte. Pero también es el relato apasionante de un viaje intelectual desde la superstición a la razón, desde la tribu y el destino al individuo y a la convicción de que nuestras ideas y acciones pueden cambiar las cosas.

Hirsi Ali nació en Somalia, un país dividido en clanes. Su padre era un activista político; ella se crió con su madre y su abuela. Aprendió que “si una niña pierde la virginidad, no sólo traiciona su propio honor, sino que también daña el de su padre, sus tíos, sus hermanos y primos”, y que “la paz sólo llegará a los musulmanes si los judíos son destruidos”. En ausencia de sus padres, la abuela organizó su circuncisión: “Las tijeras descendieron entre mis piernas y el hombre cortó mis labios interiores y el clítoris. Lo oí, como cuando el carnicero corta la grasa de un pedazo de carne”, cuenta Hirsi Ali: 6.000 niñas sufren cada día la ablación del clítoris , un rito criminal que no se practica en todos los países musulmanes, pero que el islam tolera y a veces recomienda. Es el caso, por ejemplo, del influyente predicador Yusuf al-Qaradawi : “No es obligatorio, pero cualquiera que piense que sirve a los intereses de sus hijas debería hacerlo, y yo personalmente lo apoyo en las presentes circunstancias del mundo moderno”.

La familia se exilió en Arabia Saudí, “donde todo giraba en torno al pecado”, en Etiopía y en Kenia, donde Ayaan aprendió inglés. Su madre le pegaba y un maestro del Corán le fracturó el cráneo. Pero no habla con rencor: reconoce el sufrimiento de su madre, muestra cariño por su padre y califica la muerte de su hermana como “el peor momento de mi vida”.

Hirsi Ali se unió a la Hermandad Musulmana. Vestía un hiyab; su objetivo “era un gobierno islámico a escala mundial para todos los seres humanos”. Pero percibía contradicciones: la persecución del deseo sexual femenino o la desigualdad legal. Leía novelas en inglés que hablaban de amor y de mujeres que tomaban decisiones, y a su alrededor se condenaba a las mujeres violadas y se maltrataba a las madres solteras. “Todos los valores islámicos que me habían enseñado me ponían a mí en último lugar”, afirma y reproduce las normas matrimoniales: la mujer debe obediencia al marido; si no le hace caso él puede pegarle; debe pedir permiso para salir de casa y estar siempre sexualmente disponible.

Hirsi Ali cuenta una emancipación: en 1992 su padre concertó su boda con un somalí que vivía en Canadá. Fue a reunirse con él; pasó por Europa y descubrió que podía convertirse en “un individuo”. No se casaría; viviría en Holanda. Aunque corría peligro real, obtuvo el estatus de refugiada gracias a un relato bélico inventado. La sorprendieron los trenes puntuales, las mujeres en camiseta y la democracia. Fue a la piscina, se echó un novio, aprendió neerlandés y a montar en bici: “La vida es mejor en Europa que en el mundo musulmán porque las relaciones humanas son mejores, y una de las razones por las que son mejores es porque la vida en Occidente se aprecia en el aquí y ahora, y los individuos disfrutan de derechos y libertades que el Estado reconoce y protege”.

Estudió Ciencias Políticas y dejó atrás la vestimenta y la religión musulmanas; leyó a Spinoza, Locke, Popper. Trabajó como intérprete y en una fundación del Partido Socialdemócrata: descubrió que entre los inmigrantes se producían crímenes de honor, matrimonios concertados y mutilaciones. El número de musulmanes a los que debían atender los servicios sociales era desproporcionadamente alto. Su experiencia y sus lecturas la condujeron a dos tesis. Por un lado, la opresión de la mujer era un elemento esencial del islam. Por otro, la violencia y el atraso no eran producto de Occidente, la pobreza o el racismo, sino de una cultura que necesitaba un cambio, “un Voltaire”. Pensar que las cosas ocurren por voluntad de Dios detiene el progreso. Había que señalar que el Corán era “un documento histórico escrito por seres humanos... Pregona una cultura brutal, fanatizada, obsesionada por controlar a las mujeres y ávida de guerra”. Cuando se enteró de los atentados del 11 de septiembre, pensó que el Corán legitimaba esa violencia.

Su causa sería la emancipación de las musulmanas: defendía los derechos humanos, criticaba el multiculturalismo y el relativismo. Pedía que se dejasen de subvencionar las escuelas confesionales, que se hicieran estadísticas de los crímenes de honor, y se controlase a las niñas que corrían peligro de sufrir la ablación. Recibió amenazas de musulmanes; vivía escoltada. La izquierda desconfiaba de ella: le pedían “paciencia o me tildaban de derechista”.

Se presentó a las elecciones con el Partido Liberal. Obtuvo un escaño en el Parlamento y escribió el guión de “Submission” : el cortometraje que dirigió Van Gogh criticaba el maltrato del Islam a las mujeres. Un fanático asesinó al cineasta; Hirsi Ali pasó meses escondida y vigilada. Cuando volvió, los atemorizados vecinos exigieron que se marchase. Verdonk, la ministra de inmigración de su propio partido, le retiró la nacionalidad holandesa por haber mentido para conseguir un permiso de refugiada: lo había declarado muchas veces, pero tuvo que dejar su escaño. Ahora Hirsi Ali trabaja en el “think tank” estadounidense American Enterprise Institute, está agradecida a Holanda y ha recuperado su nacionalidad. Aunque está amenazada de muerte, cree que ha tenido suerte: sigue viva, y tiene su propia voz. En “Mi vida, mi libertad” hay muchas pérdidas y mucho dolor: Hirsi Ali ha perdido su país, su familia y la posibilidad de ir donde quiera. También hay mucha pasión, fortaleza e inteligencia, y una escritura poderosa y limpia que defiende los mejores valores de la humanidad.

Ayaan Hirsi Ali. Mi vida, mi libertad. Traducción de Sergio Pawlowsky. Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores. 490 páginas.

Esta reseña apareció en el suplemento Artes & Letras de Heraldo de Aragón el día 8 de marzo de 2007.

[Una polémica: Timothy Garton Ash acusa a Hirsi Ali de "fundamentalismo de la ilustración", siguiendo la línea equivalencia moral entre el fanatismo islámico y quienes lo combaten que establece Ian Buruma en su libro "Asesinato en Amsterdam" (Debate, 2007). Aquí hay una respuesta de Christopher Hitchens y otra de Anne Applebaum .]

DANIEL GASCÓN EN EL DIARIO DEL ALTO ARAGÓN

DANIEL GASCÓN EN EL DIARIO DEL ALTO ARAGÓN

Elena Fortuño publica esta crónica en el Diario del Alto Aragón.

DANIEL GASCÓN COMPARTE CON LOS GRAUSINOS SU INCURSIÓN EN LA NOVELA

GRAUS.- La frescura del joven escritor Daniel Gascón conectó con la veintena de personas congregadas el pasado martes en la biblioteca ‘Baltasar Gracián’ de Graus. El encuentro literario, organizado por la Escuela de Adultos de la Ribagorza y la propia biblioteca, sirvió para profundizar en sus dos obras publicadas -’La edad del pavo’ y ‘El fumador pasivo’ -, pero también para conocer otras de sus facetas como la de guionista y traductor.

Daniel Gascón se mostró cercano y simpático con el heterogéneo auditorio que asistió al encuentro literario del martes en la biblioteca grausina, en el que coincidieron adolescentes, adultos y personas mayores. Con ellos, abundó en sus dos títulos publicados, ambos de relatos. ‘La edad del pavo’ fue el primero de ellos, recordó que “lo escribí con 20 años” y, a preguntas de los asistentes, respondió a algunos de los asuntos abordados como los amores adolescentes, las parejas en crisis y los cuarentones sin vocación. Un libro divertido e irreverente muy ligado a la época en que lo escribió.

‘El fumador pasivo’, que trata cinco momentos en la vida de un personaje, Jorge que “no soy yo pero tiene cosas mías”, mantiene el humor como hilo conductor, aunque muestra una mayor carga sentimental, relacionada con las figuras de su tío o su abuelo. Sin embargo, apuntó que “muchas cosas tienen que ver con mi vida, pero otras son historias que he oído o me han contado porque para ser escritor hay que estar dispuesto a vampirizar las vidas de los demás”.

En la foto, la educadora de adultos María Guillén y Daniel Gascón.

CHÉJOV CONTRA TOLSTÓI

CHÉJOV CONTRA TOLSTÓI

En 1894, Antón Chéjov le transmitía a su editor Suvorin estas opiniones sobre Tolstói:

"Quizás porque he dejado de fumar, la moralidad de Tolstói ha dejado de conmoverme: en el fondo de mi alma me siento hostil a ella, y eso por supuesto es injusto. La sangre campesina fluye por mis venas, y no se me puede asombrar con las virtudes campesinas. Desde niño he creído en el progreso y no podría actuar de otra manera, puesto que la diferencia entre el tiempo en que me azotaban y el tiempo en que las palizas terminaron es enorme. Me encanta la gente inteligente, la sensibilidad, la cortesía, el ingenio... No me afectaban las proposiciones básicas, que se conocían de antemano, sino la manera que tiene Tosltói de expresarse, el didactismo y probablemente una especie de hipnotismo. Ahora hay algo de mí que protesta: el cálculo y la electricidad y el vapor muestran más amor por la humanidad que la castidad y el vegetarianismo."

Citado en Anton Chekhov. A Life, de Donald Rayfield.

 

GRULLAS

GRULLAS

1.

-Tienes el móvil apagado, ¿verdad? -le pregunta Salva, el ayudante de producción.

-Sí -dice Laura.

-Ha llamado Marcos. Llegará a la estación a las cinco.

Laura frunce el ceño. No sabía que Marcos fuese a venir.

-Pues a ver cómo se las arregla para encontrarnos.

Están en la Laguna de Gallocanta, rodando un corto, y ha llovido durante toda la mañana. Llevan un poco de retraso. Deberían acabar todo lo de la laguna antes del mediodía, y rodar una secuencia en el pueblo por la tarde.

-Si quieres me paso a recogerlo.

-¿Puedes?

-Claro. Así veo cómo va lo de la fiesta.

-Muchas gracias, Salva.

Laura vuelve con el resto del equipo. Ayuda a trasladar el material de cámara. Félix está a unos metros de allí, discutiendo con una pareja de la guardia civil. La laguna es un espacio protegido: los guardias civiles quieren asegurarse de que no estropean nada. A Laura le preocupa la vehemencia de Félix. Lo conoce desde niña y lo quiere mucho, pero sabe que se enfada con facilidad y lo último que necesitan es meterse en problemas con la guardia civil. Ya han tenido que prolongar un fin de semana el alquiler del equipo técnico y esta noche hay una fiesta de fin de rodaje en el bar del pueblo. Laura cree que es ella la que debería hablar con la policía. Y Félix tendría que estar con Pachi, el director de fotografía, porque para eso estudia cine.

-¿Lo hacemos en un plano o dos? -pregunta Pachi.

-En dos. Primero los cogemos juntos, y luego, cuando María se va, la cogemos sola.

Pachi se queda mirando. Laura es guionista, no controla los aspectos técnicos. Pero Félix nunca había hecho un corto y prefería que le ayudase en las tareas de dirección de "La Laguna". Laura se ha aprendido de memoria el story board y ha leído varios manuales. Por la noche repasa con Félix la planificación del día siguiente. Pero eso no impide que se sienta como una imbécil cada vez que le preguntan.

-Me parece -dice la script- que te estás saltando el eje.

-Creo que no.

-Sí. Te lo estás saltando -dice el director de fotografía, que hace un rectángulo en el aire con las manos.

Llegan varios más –los miembros del equipo de cámara y de sonido- y comienzan a discutir. Los guardias civiles se marchan y Félix viene corriendo.

-Félix, ¿esto lo hacemos en un plano o en dos?

-En uno -dice Félix.

Laura lo mira y él vacila un instante.

-Vamos muy pillados de tiempo.

Laura va a ver si los actores tienen algún problema con el diálogo. Una bandada de grullas echa a volar y estropea la primera toma. Laura está segura de que no se saltaba el eje.

2.

El resto del día las cosas salen bastante bien, pero Laura siente que está de más. Escucha a los actores y mira sus movimientos en el combo. En la secuencia de la tienda el vestuario no la convence y le parece que los diálogos están mal construidos.

Laura quería ganarse el respeto de sus compañeros de rodaje. Muchos estudian con Félix en la escuela de cine y son gente muy profesional que sólo habla de películas. A veces piensa que la miran como a un bicho raro, y que Félix la haya desautorizado delante de todos no le hace ninguna gracia.

-Me ha gustado mucho más la última versión del guión -le dijo el decorador el día en que se conocieron-. El otro final, no sé... me parecía un poco misógino.

-¿Misógino? Pero si yo soy una mujer.

El primer fin de semana de rodaje fue desastroso, con un montón de dificultades técnicas. Llovió y tuvieron que rodar en una casa una secuencia prevista en exteriores. Los chicos de la escuela querían trabajar como si estuvieran en Hollywood, y se plantaron en el bar del pueblo para alquilar un coche blanco que evitase los reflejos del sol. Laura convenció a un jubilado de que les dejase gratis un Peugeot un poco viejo, pero que quedaba muy bien. Y también consiguió que la mujer del jubilado, que tenía una pinta estupenda, apareciese como figurante en otra de las secuencias.

Marcos vino de visita el segundo fin de semana. Ella lo había invitado, pero Marcos estaba muy incómodo y Laura tampoco se encontraba a gusto. Ya no podía hacer los chistes pedantes del primer fin de semana, como cuando había dicho “Coito ergo sum” y Sonia y Salva se habían muerto de risa. Tenía que estar pendiente de Marcos, que hacía fotos todo el tiempo y no hablaba con nadie del equipo. Por la noche se habían quedado despiertos hasta muy tarde en la habitación de la casa rural, y al día siguiente estaba cansadísima.

El domingo por la mañana, Laura llegó medio dormida al set. El equipo aún no habia llegado y Félix repasaba las posiciones de cámara. Estaba muy nervioso.

-Creo que podríamos hacerlo mejor. No me gusta mucho –dijo Laura.

-Si no te gusta –contestó Félix-, ¿por qué no te vuelves al hotel a follar con tu novio?

Después Félix le pidió disculpas. Dijo que no sabía lo que decía, que estaba histérico por el retraso que llevaban sobre el plan de rodaje. A fin de cuentas, él pagaba la mayor parte del corto. Laura le dijo que no pasaba nada.

Por la tarde, a Marcos le molestó que no fuera a despedirle a la estación, pero tenía mucho trabajo. Tampoco era tan difícil de entender.

Félix da la toma por buena.

-¿No crees que María estaba un poco forzada? -dice Laura.

-No.

-Creo que podría estar mejor.

-Laura, todo podría estar un poco mejor.

Sólo quedan dos planos para acabar el corto. Laura está nerviosa: Marcos ya debería haber llegado. Se va con Fabio, un chico de la escuela que está preparando un making off y que lleva varios días pidiéndole una entrevista. La coloca contra una ventana y le pregunta sobre el mensaje de su guión. Laura contesta pensando que sólo dice tonterías. Al final de la calle ve cómo llegan Salva y Marcos.

3.

En la fiesta de fin de rodaje todos se emborrachan bastante y se dicen lo maravillosos que son y lo bien que se lo han pasado haciendo este corto. Marcos habla con los chicos del equipo de dirección: ha traído un álbum de fotos del rodaje. Laura se entera de algunos líos: María se ha enrollado con el chico que maneja la cámara, y la novia del chico, Sonia, está un poco mosqueada. El actor principal besa a la hermana de Félix, que preparaba los bocadillos, y la camarera no les quita el ojo de encima. Sonia se echa a llorar; Félix la acompaña fuera.

Félix se ha convertido en el centro moral del rodaje. No tiene arranques de mal genio ni momentos de histeria. Y nunca ha perdido la compostura. Habla con todos, les escucha y ríe sus gracias, pero se va pronto a la cama. Da una impresión de seriedad.

A Laura también le habría gustado ser un punto de referencia, pero se da cuenta de que los miembros del equipo tienen más confianza en Félix y le parece bien. No cree que sea porque ella es chica o porque no pertenece al mundo del cine. No le gusta culpar a las circunstancias: piensa que todos tenemos una responsabilidad en lo que nos pasa. Puede que hubiera un ambiente hostil, pero su actitud -sus dudas, prestar demasiada atención a su novio cuando estaban rodando- no ha sido la más adecuada. Al final ha terminado en segunda fila.

Las chicas del pueblo tontean con los miembros del equipo. La fiesta parece una verbena, pero con la gente del rodaje, y música de Manu Chao en lugar del toro enamorado de la luna. Laura sale un momento a la calle. Fuera Sonia está besando a Félix.

Cuando la ven llegar Sonia se separa y vuelve al bar. Félix se queda, pero no sabe muy bien qué hacer.

Laura piensa en la novia de Félix, a la que ha tomado cariño últimamente. Aunque intenta no juzgar, le sorprende que Félix esté incómodo, y piensa en el tiempo que hace que son amigos, y en que nunca ha pasado nada entre los dos.

-Bueno, hemos terminado, ¿no? -dice Laura.

-Queda el montaje.

-Ya, pero cuando estás montando no importa que haga mal tiempo.

Félix sonríe.

-Si quieres puedes pasarte un día por Madrid a ver cómo queda –hace una pausa-. Las fotos de Marcos están muy bien.

-No sabía que iba a venir.

Félix le pasa el brazo por el hombro.

-Puede venir, ¿no? Esto es una fiesta.

Félix y Laura vuelven al bar. Casi todos están muy borrachos, algunos se han subido a las mesas. Laura no entiende cómo es posible que Marcos decidiera venir de repente pero haya tenido tiempo de preparar un álbum.

4.

A la mañana siguiente Laura vuelve a Zaragoza con Marcos, que tiene que trabajar por la tarde. Félix le ha dicho que no hace falta que se quede, que él se encargará de recoger el equipo con Salva y Sonia. No supone una sorpresa sino más bien un alivio: en el fondo es mejor que Félix no la necesite. Casi no pasan coches y a Laura le gusta conducir. Más que escribir o que rodar cortos. Va muy deprisa, con la ventanilla medio bajada, y no presta ninguna atención al paisaje.

-Había mejor ambiente este fin de semana -dice Marcos-, ¿no?

-La mitad del equipo estaba enrollada con la otra mitad, y yo sin enterarme.

-Bueno, eso estaba cantado, ¿no?

Laura se encoge de hombros. Le molesta que su novio acabe las frases con preguntas.

-Me alegro de haber venido -dice Marcos-. El fin de semana pasado me fui con una sensación un poco rara.

Marcos le pide que pare un momento. Quiere hacer unas fotos en la orilla de la carretera. Mira a Laura antes de salir del coche.

-¿Tú te alegras de que haya venido?

-Sí -dice Laura, pero en ese momento piensa en arrancar y dejar a Marcos solo, en el arcén de una carretera desierta, fotografiando una estúpida bandada de grullas.

Este relato está incluido en El viento dormido (Eclipsados, 2006).


DANIEL GASCÓN EN GRAUS

Daniel Gascón hablará con los lectores de El fumador pasivo en el CPEA de Graus este martes 6 de marzo.

EL PRÍNCIPE Y LAS PELÍCULAS

EL PRÍNCIPE Y LAS PELÍCULAS


“De cine. Memorias de un príncipe de Hollywood” (Acantilado, 2007) es la autobiografía de Budd Schulberg (Nueva York, 1914). Schulberg escribió guiones de películas como “Un rostro en la multitud” o “La ley del silencio”, y publicó novelas como “¿Por qué corre Sammy?”, “El desencantado” (Acantilado, 2004) y “Más dura será la caída” (Alba, 1999). Su actuación durante la “caza de brujas” –aceptó haber pertenecido al Partido Comunista, dijo que había recibido presiones para retocar pasajes de una novela, y dio los nombres de otros miembros- ha oscurecido injustamente una obra brillante, y una vida que ofrece una perspectiva única del cine americano.

“De cine” cuenta los primeros 18 años de Schulberg y retrata una época de la industria desde el punto de vista de un niño hipersensible y tartamudo, que vive en el corazón del cine, rodeado de las estrellas más famosas, pero que quiere ser escritor y ama los deportes por encima de todo. El padre de Schulberg, B. P., había empezado en el mundo de la publicidad y se convirtió en un magnate de la Paramount, a las órdenes de Zukor. A B. P. le gustaba experimentar con las posibilidades artísticas del nuevo medio, y era aficionado a la literatura, al alcohol, el juego y las actrices. Su madre, Adeline, era una mujer elegante, que protegía a escritores y artistas y aconsejaba a su marido, y que fue propagandista de la URSS antes de convertirse en una exitosa agente.

Schulberg describe la vida familiar y habla del momento en que el cine se convierte en un arte y en un negocio inmenso (“Había que ser muy tonto y totalmente inepto para no ganar dinero”), de la fundación épica de Hollywood, y de la llegada del sonoro. Los judíos –que escapaban de las persecuciones en Rusia y el Este de Europa- desempeñaron un papel fundamental en el desarrollo cinematográfico; construyeron en Hollywood una tierra prometida. Todo parecía posible: en el Alejandría “en una misma tarde, uno podía echar un polvo, convertirse en una estrella, fundar una nueva compañía y arruinarse”. Cuando estalló la Revolución rusa, el productor L. J. Selznick le escribió una carta al zar Nicolás II, en la que le decía que, a pesar de que “cuando era pequeño en Rusia vuestra policía trató muy mal a mi pueblo”, no le guardaba rencor: como que se había quedado sin empleo, le ofrecía trabajar para él. Hay muchas anécdotas sobre actores y cineastas, que retratan un mundo disparatado, divertido y a menudo trágico: Marcel de Sarro fue un director de éxito paralizado por el miedo, la sex symbol Clara Bow no pudo superar la llegada del sonoro, B. P. dejó a su esposa y perdió su empleo.

“De cine” también cuenta el aprendizaje de Schulberg. Habla de las instituciones educativas, de sus inicios en el periodismo y en la literatura, de los consejos que recibía de su padre o de Ben Hecht, de las actrices que coqueteaban con el hijo del jefe, y del descubrimiento de que no todo el mundo compartía su bienestar: critica la explotación de las estrellas infantiles, investigó sobre los linchamientos, y en un viaje a México sacó una impresión de pobreza desoladora. Budd se encuentra con algunos de sus temas preferidos: la crueldad, la traición, la energía, el éxito y el fracaso. La autobiografía de Schulberg está llena de anécdotas hermosas y personajes interesantes, ofrece un testimonio único, y demuestra la fuerza narrativa de un escritor capaz de reconstruir un mundo.

De cine. Memorias de un príncipe de Hollywood. Budd Schulberg. Traducción de J. Martín Lloret. Acantilado. Barcelona, 2006. 739 páginas.

Esta reseña apareció en Artes & Letras el 11 de enero de 2007.

EN CASA

EN CASA

Fotografía de Pippi Tetley

EN EL REMOLINO

EN EL REMOLINO

El último libro de José Antonio Labordeta (Zaragoza, 1935), “Cuentos de san Cayetano” (Xordica, 2004), era la crónica de un despertar a la vida en la Zaragoza de los primeros años del franquismo. “En el remolino” (Anagrama, 2007) es una novela sobre la Guerra Civil y trata de la interrupción de la vida: lo más importante no son las posiciones ideológicas o militares sino la violencia desatada, la lógica de la barbarie. En el prólogo, José-Carlos Mainer habla de un enfoque “antropológico”.

“En el remolino” –una versión anterior apareció en el volumen “Cada cual que aprenda su juego” (Ediciones Júcar, 1974)- se basa en un hecho real y empieza casi al final de la historia que narra: Braulio, un prestamista, agoniza atado junto a su mula. Labordeta reconstruye los acontecimientos a través de escenas y monólogos que ofrecen una explicación fragmentaria: es el verano de 1936 en un pueblo anónimo, y “el aire venía preñado de presagios”; se producen las primeras persecuciones y se extienden los rumores sobre el asesinato del alcalde. Labordeta presenta los hechos desde el punto de vista de varios personajes: desde el de Braulio, que cifra el respeto en el dinero y quiere vengarse de los malos tratos recibidos (el cariño que le profesaba su madre y el sexo culpable con Cándida son dos de los momentos agradables de una existencia mezquina); desde el de las fuerzas del pueblo, la guardia civil, el cura y el juez, que desayuna unos bollos suizos que hacen en la panadería especialmente para él; desde el del herrero, que tiene un cartel de Pablo Iglesias en la fragua y anima a Pascual a la huida. Hay factores políticos –el rechazo a la democracia, las críticas al Frente Popular- pero pronto se ven superados: Severino, el líder de los exaltados (“Soy el único representante de la legalidad”, se dice a sí mismo), debe dinero al prestamista. A partir de ahí, “En el remolino” se convierte en la historia de una huidas y persecuciones.

El coro de voces y la multiplicidad de perspectivas hacen pensar en Faulkner, en Rulfo o en el primer Vargas Llosa, pero el procedimiento es inseparable del contenido: sirve para contar cómo la violencia lo inunda todo, cómo afecta a los hombres, a las cosechas y a los animales (la mula de Braulio es una de las víctimas; el paisaje es fundamental). Los personajes dejan de ser dueños de su destino y responden a la movilización del odio. El herrero y Pascual reconocen a sus perseguidores, y deben olvidar que son seres humanos para dispararles: “Piensa que son conejos”. La guerra cambia la vida de los familiares: la desaparición de Braulio supone una liberación para su hermana Dolores, uno de los mejores personajes del libro, que había sufrido el maltrato de su padre y de su hermano; Angelito debe vengar la muerte de un hermano que siempre lo despreció.

“En el remolino” es una novela desesperada, potente y vertiginosa, donde Labordeta demuestra su talento narrativo y su sensibilidad para la imagen y los detalles: ignoramos el nombre del pueblo, pero sabemos dónde guardaba el dinero Braulio, conocemos el sillón de mimbre donde Dolores no podía sentarse, y estamos al tanto de que a uno de los personajes le preocupa que le sude el culo. Como dice el autor, tiene algo de película de Peckinpah, con su caza del hombre y su humor seco, sus tiroteos en las ermitas, la rotundidad de sus muertes (los personajes no sólo acaban “rotos”, “deshechos” o “desguazados”, sino “muertos, muertos, definitivamente muertos”; otro termina “más muerto que mi abuela Julia”) y hasta sus congelados de imagen: vemos el asesinato de un personaje desde dos perspectivas diferentes, y parece que en todo ese tiempo estuviera cayendo al ralentí. Pero “En el remolino” también tiene que ver con los relatos orales de la guerra, con la memoria colectiva: hay momentos de revelación, encuentros casi milagrosos, y actos cuya crueldad sorprende a quienes los cometen: “¿Tanto odio habíamos guardado en nuestras tripas para llegar a esto?”, se pregunta un personaje. Labordeta escribió esta novela hace más de treinta años: ha habido muchos cambios en España, y él también ha modificado su forma de escribir y de ver el mundo, pero “En el remolino” conserva su actualidad. Este relato sobre la guerra civil también es una fábula sobre todas las guerras, y se atreve a lanzar una mirada humana hacia el abismo: “En el remolino” es un libro contra el mal.

José Antonio Labordeta. En el remolino. Presentación de José Carlos Mainer. Anagrama. Barcelona, 2007. 129 páginas.

Esta reseña apareció en Artes & Letras el jueves 22 de febrero de 2007.