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Daniel Gascón

EN EL REMOLINO

EN EL REMOLINO

El último libro de José Antonio Labordeta (Zaragoza, 1935), “Cuentos de san Cayetano” (Xordica, 2004), era la crónica de un despertar a la vida en la Zaragoza de los primeros años del franquismo. “En el remolino” (Anagrama, 2007) es una novela sobre la Guerra Civil y trata de la interrupción de la vida: lo más importante no son las posiciones ideológicas o militares sino la violencia desatada, la lógica de la barbarie. En el prólogo, José-Carlos Mainer habla de un enfoque “antropológico”.

“En el remolino” –una versión anterior apareció en el volumen “Cada cual que aprenda su juego” (Ediciones Júcar, 1974)- se basa en un hecho real y empieza casi al final de la historia que narra: Braulio, un prestamista, agoniza atado junto a su mula. Labordeta reconstruye los acontecimientos a través de escenas y monólogos que ofrecen una explicación fragmentaria: es el verano de 1936 en un pueblo anónimo, y “el aire venía preñado de presagios”; se producen las primeras persecuciones y se extienden los rumores sobre el asesinato del alcalde. Labordeta presenta los hechos desde el punto de vista de varios personajes: desde el de Braulio, que cifra el respeto en el dinero y quiere vengarse de los malos tratos recibidos (el cariño que le profesaba su madre y el sexo culpable con Cándida son dos de los momentos agradables de una existencia mezquina); desde el de las fuerzas del pueblo, la guardia civil, el cura y el juez, que desayuna unos bollos suizos que hacen en la panadería especialmente para él; desde el del herrero, que tiene un cartel de Pablo Iglesias en la fragua y anima a Pascual a la huida. Hay factores políticos –el rechazo a la democracia, las críticas al Frente Popular- pero pronto se ven superados: Severino, el líder de los exaltados (“Soy el único representante de la legalidad”, se dice a sí mismo), debe dinero al prestamista. A partir de ahí, “En el remolino” se convierte en la historia de una huidas y persecuciones.

El coro de voces y la multiplicidad de perspectivas hacen pensar en Faulkner, en Rulfo o en el primer Vargas Llosa, pero el procedimiento es inseparable del contenido: sirve para contar cómo la violencia lo inunda todo, cómo afecta a los hombres, a las cosechas y a los animales (la mula de Braulio es una de las víctimas; el paisaje es fundamental). Los personajes dejan de ser dueños de su destino y responden a la movilización del odio. El herrero y Pascual reconocen a sus perseguidores, y deben olvidar que son seres humanos para dispararles: “Piensa que son conejos”. La guerra cambia la vida de los familiares: la desaparición de Braulio supone una liberación para su hermana Dolores, uno de los mejores personajes del libro, que había sufrido el maltrato de su padre y de su hermano; Angelito debe vengar la muerte de un hermano que siempre lo despreció.

“En el remolino” es una novela desesperada, potente y vertiginosa, donde Labordeta demuestra su talento narrativo y su sensibilidad para la imagen y los detalles: ignoramos el nombre del pueblo, pero sabemos dónde guardaba el dinero Braulio, conocemos el sillón de mimbre donde Dolores no podía sentarse, y estamos al tanto de que a uno de los personajes le preocupa que le sude el culo. Como dice el autor, tiene algo de película de Peckinpah, con su caza del hombre y su humor seco, sus tiroteos en las ermitas, la rotundidad de sus muertes (los personajes no sólo acaban “rotos”, “deshechos” o “desguazados”, sino “muertos, muertos, definitivamente muertos”; otro termina “más muerto que mi abuela Julia”) y hasta sus congelados de imagen: vemos el asesinato de un personaje desde dos perspectivas diferentes, y parece que en todo ese tiempo estuviera cayendo al ralentí. Pero “En el remolino” también tiene que ver con los relatos orales de la guerra, con la memoria colectiva: hay momentos de revelación, encuentros casi milagrosos, y actos cuya crueldad sorprende a quienes los cometen: “¿Tanto odio habíamos guardado en nuestras tripas para llegar a esto?”, se pregunta un personaje. Labordeta escribió esta novela hace más de treinta años: ha habido muchos cambios en España, y él también ha modificado su forma de escribir y de ver el mundo, pero “En el remolino” conserva su actualidad. Este relato sobre la guerra civil también es una fábula sobre todas las guerras, y se atreve a lanzar una mirada humana hacia el abismo: “En el remolino” es un libro contra el mal.

José Antonio Labordeta. En el remolino. Presentación de José Carlos Mainer. Anagrama. Barcelona, 2007. 129 páginas.

Esta reseña apareció en Artes & Letras el jueves 22 de febrero de 2007.

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