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Daniel Gascón

Reseñas

LA FAMILIA, LA BELLEZA Y EL CAMPUS

LA FAMILIA, LA BELLEZA Y EL CAMPUS

“Sobre la belleza” (Salamandra, 2006) es la tercera novela de Zadie Smith (Londres, 1975). “Dientes blancos” (Salamandra, 2001), que contaba la historia de dos familias a lo largo de varias décadas y que ofrecía un retrato del Londres contemporáneo, supuso una auténtica revelación: su fuerza narrativa y sus temas hacen que ahora parezca aún mejor que cuando apareció. Tras la decepcionante “El cazador de autógrafos” (Salamandra, 2003), “Sobre la belleza” –que ha ganado el Premio Orange- es una novela de campus que habla de la familia y el amor, de las contradicciones íntimas y de la influencia que la belleza ejerce en nuestras vidas. El libro nace de un ensayo de Elaine Scarry, rinde un homenaje explícito a “Regreso a Howards End” (Alianza, 2005) de E. M. Forster, y retoma algunos de los elementos más atractivos de “Dientes blancos”.

“Sobre la belleza” está protagonizada por dos familias, enfrentadas por desavenencias ideológicas y sentimentales, vinculadas por la amistad y el sexo. Por una parte están los Belsey: Howard, inglés, progresista y blanco, es un profesor de la Universidad de Wellington, junto a Boston, que trabaja desde hace años en un libro que pretende deconstruir a Rembrandt y “la falacia de lo humano”; su esposa Kiki es negra, americana y uno de los personajes más conmovedores del libro; sus hijos son Jerome (que se ha vuelto cristiano), Zora (una aplicada estudiante universitaria, de quien se dice que “su especialidad no era la poesía sino la perseverancia”) y Levi (que escucha hip hop y se inicia en el activismo político). Howard Belsey es uno de los personajes centrales y tiene problemas: no termina su libro, su mujer descubre que le es infiel con una amiga y su gran rival, Montagu Kipps, es profesor invitado en su universidad. Kipps, que es jamaicano, defensor de Rembrandt y contrario a la homosexualidad y la discriminación positiva, forma parte, junto a sus hijos Michael y Victoria, y su esposa Carlene, de la otra gran familia del libro. Alrededor de estos dos clanes pululan numerosos personajes secundarios, como Carl Thomas, un chico de la calle muy guapo y con un don para la poesía; Erskine, el decano Jack French o la poetisa y profesora Claire Malcolm.

“Sobre la belleza” tiene mucho humor y un componente de enredo y es, en parte, una sátira de la vida académica que recuerda en algunos momentos a las novelas de David Lodge. Pero también habla de las ideas: Zadie Smith parodia las posiciones más extremas de Kipps y las teorías postmodernas que sostiene Howard, que sólo aprueba el arte conceptual y se burla de la música melódica y de la narración. Para Howard, “Rembrandt es parte del movimiento europeo del siglo diecisiete hacia… en fin, dicho sea taquigráficamente, hacia la invención de lo humano. Y, desde luego, el corolario de todo ello es la falacia de que nosotros, como seres humanos, somos el centro de todo y que nuestro sentido estético, de alguna manera, hace de nosotros el centro de todo”. Kipps y Belsey están llenos de contradicciones que minan sus teorías y los humanizan como personajes: el mejor amigo de Kipps es homosexual, mientras que Belsey se emociona inesperadamente al escuchar el “Réquiem” de Mozart, y al final, identifica a su mujer con la protagonista de un cuadro de Rembrandt.

“Sobre la belleza” es también una defensa de lo humano, que Zadie Smith articula literariamente, contando a la manera clásica una historia que se mueve gracias a los impulsos de los personajes. Uno de sus grandes aciertos es el retrato del funcionamiento de una familia: el matrimonio entre Howard y Belsey va a desmoronarse, y, como en “Dientes blancos”, cada uno de los miembros de la familia tiene aspiraciones distintas. Eso produce malentendidos e incomprensiones entre los hermanos y las hermanas, entre los hijos y los padres, pero también traiciones, como las infidelidades de Howards o la relación que mantienen Kiki Belsey y Carlene Kipps, que termina con una herencia, al igual que la complicidad que la señora Wilcox y Margaret Schlegel desarrollaban en “Regreso a Howards End”. La amistad aparece en numerosas ocasiones: Erskine y Belsey se ríen en las reuniones del departamento y leen en la biblioteca los sábados antes de marcharse juntos; Levi busca la experiencia de Choo. Otras veces, los personajes persiguen el sexo, mejorar su estatus y su nivel cultural, o sentirse mejor consigo mismos, desde el punto de vista de la identidad racial o desde la mala conciencia.

El mundo de Zadie Smith da una impresión de riqueza y de comprensión: parece que en sus novelas, como en “La regla del juego” de Jean Renoir, “todo el mundo tiene sus razones”. Aunque “Sobre la belleza” presenta algunos defectos –la novela está construida con habilidad, pero hay pasajes que funcionan mejor que otros, y algunos movimientos de la trama resultan un poco forzados, casi teatrales-, es una novela potente sobre las relaciones humanas, que está llena de pasión por la vida y el arte.

“Sobre la belleza”. Zadie Smith. Traducción de Ana María de la Fuente. Salamandra. Barcelona, 2006. 476 páginas.

Esta reseña apareció en Artes & Letras en octubre de 2006. Aquí hay un texto de Zadie Smith sobre Forster.

CONAN DOYLE ACUSA

CONAN DOYLE ACUSA

“Arthur & George” (Anagrama, 2007) está basada en una historia real: a principios del siglo XX, George Edalji, un abogado inglés de origen parsi, fue acusado de mutilar ganado en Great Wyrley y de enviar cartas amenazadoras. Edalji fue condenado a siete años de cárcel tras un proceso lleno de irregularidades e inconsistencias; pasó tres años en prisión. El caso resultó decisivo para la creación del Tribunal de Apelaciones en Inglaterra. Edalji tuvo varios defensores: uno de ellos, que empezó a actuar cuando el abogado estaba en libertad condicional, y que luchó por demostrar su inocencia y lograr su rehabilitación, fue el escritor Arthur Conan Doyle. Edalji y el creador de Sherlock Holmes protagonizan la última novela de Julian Barnes (Leicester, 1946), un relato de intriga y de juicios, que utiliza estrategias del folletín y de la novela de detectives, y que constituye una reflexión sobre Gran Bretaña, la celebridad y la justicia.

El autor de “El loro de Flaubert” (Anagrama, 1986) cuenta la vida de los dos personajes desde su infancia: Conan Doyle fracasa como médico y triunfa como escritor, se casa, viaja; Edalji es hijo de un párroco y un alumno brillante pero poco sociable, y su familia sufre una campaña de acoso que anticipa lo que les pasará más tarde. Aparentemente son muy distintos: uno es un hombre famoso, aficionado a los deportes y al espiritismo, y tiene en su madre su punto de referencia; el otro es un joven callado y estudioso, que escapa poco a poco de la influencia de su padre, ajeno a los deportes o las relaciones sociales, pero íntegro e inteligente. Conan Doyle es oftalmólogo y Edalji tiene mala vista. Los dos personajes escriben y representan dos ideas de lo británico: “Usted y yo”, dice el escritor, “somos ingleses no oficiales”. Conan Doyle cree en el honor; Edalji cree en la razón y en la ley. En la parte central del libro, ambos son víctimas de sus convicciones: la mujer de Conan Doyle enferma de tuberculosis (los conocimientos médicos del escritor no resultan útiles), y él debe hacer equilibrios durante diez años entre una esposa desahuciada, y una joven de la que se ha enamorado. Edalji se considera inglés (publica un libro sobre demandas y ferrocarriles) y desdeña las diferencias: cree en las leyes por encima de todo, pero es condenado injustamente, por culpa de los prejuicios raciales y de fallos del sistema. Pero Edalji y Conan Doyle son fieles a sus convicciones.

El proceso y la investigación, llenos de documentación, son lo más interesante de “Arthur & George”: Barnes es un narrador muy hábil, que sabe reconstruir la época y deslizar momentos de humor, que domina los diálogos y crea buenos personajes a partir de tópicos, como Maud (la hermana de Edalji), el capitán Anson o Jean, la segunda mujer de Conan Doyle. Aunque Sir Arthur tiene muchos atractivos –su actitud ante la literatura, su espíritu caballeresco y su fatuidad: la defensa que hizo de Edalji fue muy meritoria, pero presentaba algunos errores-, sus conflictos amorosos y sus aficiones esotéricas son menos interesantes que la historia de Edalji. El espiritismo, que ocupa el capítulo final del libro, estropea una novela que se lee muy bien: Barnes despide con superchería una reflexión sobre Inglaterra, sus contradicciones y la manera de superarlas que hasta ese momento defendía la integridad y la razón como instrumentos para mejorar el mundo.

Arthur & George. Julian Barnes. Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2007. 523 páginas.

Esta reseña apareció en Artes & Letras el 15 de febrero de 2007. El suplemento incluía también esta estupenda entrevista de Eva Cosculluela.

LOS ESPAÑOLES, LAS EUROPEAS Y EL AMOR

LOS ESPAÑOLES, LAS EUROPEAS Y EL AMOR

Rafael Azcona (Logroño, 1926) es el guionista más importante de la historia del cine español. Entre los más de cien títulos de su filmografía se encuentran algunas de las mejores películas de Marco Ferreri (“El pisito”, “El cochecito”); de Luis García Berlanga (“Plácido”, “El verdugo”, “La vaquilla”); de Carlos Saura (“La prima Angélica”, “¡Ay, Carmela!”), de José Luis Cuerda (“El bosque animado”, “La lengua de las mariposas”); de José Luis García Sánchez (“La corte de Faraón”, “Suspiros de España y Portugal”); de Fernando Trueba (“El año de las luces”, “Belle Époque”, “La niña de tus ojos”).

Azcona ha escrito solo y acompañado, ha firmado guiones originales, ha adaptado obras de Fernando de Rojas, Stephen Vicinczey o Valle-Inclán, y ha pasado semanas en el balneario de Alhama de Aragón con Ferreri, intentando llevar a la pantalla “El castillo” de Kafka. Su obra, que muchas veces entronca con el sainete y el esperpento y que ha realizado junto a directores muy distintos, ha servido para retratar un país a través de unas constantes: el gusto por la comida y lo cotidiano, los perdedores infatigables y los héroes sin atributos, la obsesión por el sexo y la incomunicación, y un humor devastador. Pero antes de trabajar para el cine Azcona había publicado poemas, relatos y novelas, y había colaborado durante seis años (1952-1958) en “La Codorniz”, donde creó el personaje del repelente niño Vicente.

Como los hermanos Marx, Lubitsch y Mariano Gistaín, Azcona era hijo de sastre; el hombre que “le haría la cabeza” en Logroño sería Godofredo Bergasa, “eventual abogado, eventual arquitecto, eventual fotógrafo, eventual inventor y eventual guitarrista”, según cuenta Bernardo Sánchez en “Rafael Azcona: hablar el guión” (Cátedra, 2005). Cuando Azcona llegó a Madrid en 1951, quería ser escritor. Colaboró en “La Codorniz”, “Pueblo” y “Arte y Hogar”; escribió novelas como “El pisito” (1957) o “Los ilusos” (1958), que lo encuadran en la generación del cincuenta junto a Aldecoa, García Hortelano o Sánchez Ferlosio; publicó cinco libros bajo el seudónimo de Jack O’Relly. También conoció el ambiente de los cafés, de las pensiones, de las máquinas de escribir que alquilaban varias personas, de la pobreza y la picaresca: son elementos que, al igual que la literatura de Baroja, Kafka o Dickens, aparecen en las novelas y los guiones de un creador que cree que “la imaginación es memoria fermentada”.

Ferreri leyó “Los muertos no se tocan, nene”: fue el comienzo de la brillantísima trayectoria cinematográfica de Azcona, de la influencia del cine neorrealista y cómico italiano. Aunque el guionista aparecía brevemente en “El pisito” o “El cochecito”, se mantuvo apartado de los medios de comunicación. Se creó una leyenda de hombre invisible que perduraría hasta finales de los años noventa: desde entonces ha concedido entrevistas en los periódicos y en la televisión, y ha sido objeto de estudios críticos. Recientemente Pedro M. Azofra ha publicado “La tauromaquia según Rafael Azcona” (Ochoa, 2006), y Bernardo Sánchez, responsable de la versión teatral de “El verdugo” ha escrito “Rafael Azcona: hablar el guión”, donde explica su método de trabajo: Azcona tiene conversaciones generales con los directores en hoteles y cafeterías; no toma una sola nota, porque cree que lo que no se recuerda no merece la pena, y después redacta el guión en solitario. El libro de Bernardo Sánchez es un estudio muy documentado y un tanto caótico: aunque contiene información interesante –sobre todo acerca de la juventud de Azcona en Logroño y de la recepción crítica de sus primeras películas-, el autor parece más interesado en mostrar su conocimiento del guionista que en explicar al personaje y sus textos.

En los últimos años Azcona también ha reeditado y reescrito parte de su obra literaria: recogió tres novelas en “Estrafalario 1” (Alfaguara, 1999; publicó “El repelente niño Vicente” (Aguilar, 2005) y “Los muertos no se tocan, nene” (Punto de Lectura, 2005), y Juan A. Ríos Carratalá elaboró una edición anotada de “El pisito. Novela de amor e inquilinato” (Cátedra, 2005), que utiliza el texto de “Estrafalario 1”. Tusquets ha publicado “Los europeos”, una nueva versión de la novela que salió en 1960. Según Azcona, esta es la versión original: incluye elementos que la censura de la época impedía utilizar, pero que son fundamentales para la historia.

El protagonista de “Los europeos”, Miguel Alonso, es un delineante zaragozano que vive en una habitación realquilada en Madrid a finales de los años cincuenta, y que pasa un verano en Ibiza con el hijo de su jefe, Antonio, un estajanovista del sexo que anota en una libreta todas sus “cópulas”. Miguel, como otros personajes de Azcona, es un hombre que deja que otros tomen sus decisiones: aunque teóricamente viajan a la isla para estudiar la arquitectura local, Antonio quiere seducir a las chicas europeas que veranean allí –esa pretensión se convertiría en la base de un género cinematográfico-, y Miguel lo secunda con cierto escepticismo. Frente a la España peninsular que abre y cierra el libro y que da una impresión de sordidez y represión (“en Zaragoza, en cuestión de mujeres, sota, caballo y rey, o sea, una vuelta por el Tubo, un rato en el Plata y luego a putas; se corría el riesgo de coger unas ladillas, o lo que era peor, unas purgaciones, pero la cosa se arreglaba con el Aceite Inglés, parásito que toca, muerto es, y con los antibióticos, que eran mano de santo”), Ibiza es una ventana abierta al mundo y al sexo, donde las chicas pueden llevar bikinis cuando la guardia civil no mira.

“Los europeos” es una novela triste y divertida que retrata la mezcla de aburrimiento y felicidad de unas vacaciones. Azcona ha modernizado el lenguaje de algunos diálogos, pero también describe los colores de una isla que conoce bien y reproduce las canciones que sonaban en las discotecas de la época. Miguel y Antonio discuten, comen en restaurantes y beben en la playa, y se relacionan con personajes extravagantes: un exiliado húngaro, un italiano que muestra a sus invitados películas pornográficas que protagonizan él y su mujer, un empresario que persigue a “las obreras”, un matrimonio que pelea constantemente ante la mirada de un americano. Muchos de los escarceos sexuales de Antonio no salen bien –elige lesbianas, o las chicas españolas que pretendía evitar-, y, aunque Azcona ha dicho que prefiere los sentidos a los sentimientos, Miguel vive una hermosa historia de amor con Odette, una chica francesa.

“Los europeos” cuenta, con diálogos brillantes y maestría narrativa, una etapa de felicidad que es como una isla, y de la que el protagonista no parece ser del todo consciente: le preocupan el futuro y su propia debilidad, y ese es uno de los ingredientes que hacen que el relato resulte verosímil. “Los europeos” presenta esa mezcla de compasión y ferocidad que aparece en “El pisito” o en “El verdugo”; e incluye a personajes como Antonio, que mienten sin parar y carecen de escrúpulos pero a los que redimen su torpeza y su lealtad inesperada. Como “Belle Époque”, esta novela cuenta un aprendizaje negativo que termina con una renuncia. Sucede en un país que ya no existe: estamos en Europa, los españoles ya no son “cachondos irredentos” y París está mucho más cerca. Pero “Los europeos” también habla de la vida, de la cobardía y las relaciones humanas. Como muchas veces a lo largo de los últimos cincuenta años, Azcona consigue ponernos los pelos de punta: el cristal a través del que veíamos a sus personajes era en realidad un espejo.

Los Europeos. Rafael Azcona. Tusquets. Barcelona, 2006. 303 páginas.

El pisito. Novela de amor e inquilinato. Rafael Azcona. Edición de Juan A. Ríos Carratalá. Cátedra. Madrid, 2005.

Rafael Azcona: hablar el guión. Bernardo Sánchez. Prólogo de José Luis García Sánchez. Cátedra. Madrid, 2006. 483 páginas.

Esta reseña apareció en Artes & Letras, el suplemento cultural de Heraldo de Aragón, en junio de 2006.

BORGES Y BIOY CASARES: DOS AMIGOS CONVERSAN

BORGES Y BIOY CASARES: DOS AMIGOS CONVERSAN

Según Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899 – Ginebra, 1986), “la amistad es uno de los grandes temas de la literatura”. “Borges” (Destino, 2006), una selección del diario de Adolfo Bioy Casares, es la crónica de una amistad y el retrato de un personaje contradictorio y fascinante. El volumen, a cargo de Daniel Martino, comienza en 1931 y termina tres años después de la muerte del autor de “Ficciones”.

En el prólogo, Bioy resume los primeros quince años de amistad. Bioy era un adolescente que había publicado un libro “casi en secreto”. Le dijo a Borges que los escritores que admiraba eran Miró, Azorín y Joyce. Unos años más tarde, Borges y Bioy pasaron una semana en una estancia en Pardo. Redactaron un folleto comercial sobre la cuajada y Bioy aprendió que Borges defendía “el arte deliberado”, la elegancia y las reglas frente a la “libertad idiota” de la vanguardia. Hasta entonces, Bioy había apoyado lo contrario: “Al día siguiente, a lo mejor esa noche”, escribe, “me mudé de bando y empecé a descubrir que muchos autores eran menos admirables en sus obras que en las páginas de críticos y de cronistas, y me esforcé por inventar y componer juiciosamente mis relatos”. El folleto sobre la cuajada significó el comienzo de una colaboración que produciría la revista “Destiempo”, obras como “Crónicas de Bustos Domecq”, “Antología de la literatura fantástica”, “El libro del cielo y el infierno”, ediciones anotadas de Gracián o de Browne, y traducciones de Poe, Kipling o Wells.

“Borges” también es un libro sobre el tiempo. Cuenta varios cambios de gobierno y revoluciones, dos matrimonios y muchas muertes y enfermedades: a Bioy y a Borges los operan de próstata, Borges se queda ciego. Pero cuenta sobre todo una rutina: a partir de 1947 narra las comidas casi diarias de Borges –a veces solo, a veces con otros invitados- en la casa de Bioy, reproduce los cotilleos, los chistes y los proyectos. Los dos narradores demuestran su sentido del humor y su gusto por las frases lapidarias. Hablan de países, de Buenos Aires, de baños públicos, pero sobre todo de libros: de la “Divina Comedia”, que para Borges sólo es inferior a los Evangelios; de Shakespeare (pese a su grandeza, “es un poco irresponsable: en ningún momento uno puede estar seguro de que un personaje no mate a todos los otros”); de la posteridad y el estilo (“yo creía antes que convenía siempre poner una sorpresa al final”); de las “supersticiones de la modernidad”, como la sociología, el psicoanálisis y la vanguardia (unos textos “corresponden a una época. Al ultraísmo. Entonces los atardeceres eran capaces de cualquier cosa, podían tener los complementos directos más absurdos”); de la traducción (“una buena obra siempre puede traducirse. Las obras intraducibles no tienen importancia”). Repasan los clásicos argentinos y españoles; prefieren “La vida del doctor Samuel Johnson” de Boswell (Espasa-Calpe, 1997) a las “Conversaciones con Goethe” de Eckermann (Acantilado, 2005); anotan “a las carcajadas” la obra de Gracián, “un escritor que no tiene un solo momento de dignidad, ni de elevación”. Inventan libros apócrifos, escriben guiones y relatos, releen poemas y escuchan tangos, y apuntan nóminas de los escritores más idiotas, más “queribles” o sobrevalorados. Elaboran listas de sus relatos favoritos de Henry James, Conrad o Stevenson. Saben burlarse de sí mismos y se comparan con Bouvard y Pécuchet: “Hemos retomado una conversación de miles de noches”, dice Borges. Antes de marcharse a una universidad estadounidense, se despide: “En Austin no te tendré para comentar las cosas. Será como ir al cinematógrafo y no tener con quién comentar el film”.

Algunas de las opiniones de Borges resultan arbitrarias, pero este libro muestra su evolución –está recogido el desarrollo de su fascinación por el inglés antiguo- y explica su manera de entender la literatura. Según Pauls, la descontextualización es una idea central en Borges: al recordar “De la brevedad engañosa de la vida”, Borges afirma que “el mejor poema de Quevedo lo escribió Góngora”. Quevedo es uno de los autores que salen peor parados en las conversaciones. Borges se interesa cada vez más por los aspectos morales y humanos de la literatura: prefiere a Cervantes (y también a Fray Luis, San Juan de la Cruz o Lope) y reprocha a Quevedo su formalismo, al igual que a Gracián. Del aragonés observa: “le embelesa el mecanismo: quizás le hubiera gustado Chesterton”. Y sobre “Agudeza y arte de ingenio” dice: “el libro es una estupidez, pero la idea le hubiera gustado a Valéry”. Y a Borges: uno de los elementos más interesantes del volumen es el estudio de palabras, traducciones y rimas, y la reproducción de anécdotas y frases célebres.

En “Borges” se discute sobre los sueños, el vino y la sociedad literaria. Manuel Peyrou y Silvina Ocampo, la esposa de Bioy, aparecen constantemente; abundan las reuniones con escritores. Borges y Bioy tienen dificultades para cobrar sus libros; dan conferencias y ejercen de jurados en concursos a los que se presentan miles de originales: a menudo trabajan con mucho sueño. Una vez, Borges, que dormitaba, pide a Bioy que siga leyendo un cuento, porque si se calla se despierta. Macedonio Fernández es un nombre recurrente en el anecdotario de Borges, que habla afectuosamente de Ayala y critica a Guillermo de Torre: “es un idiota, aunque no hay que dejarse engañar por ello: también es una mala persona”. Les intimida Victoria Ocampo; Borges asegura que en un libro de Herrera y Reissig “todas las palabras parecen erratas”; y Sabato, según Bioy, “ha escrito poco, pero ese poco es tan vulgar que nos abruma como una obra copiosa”.

Los dos amigos suelen estar de acuerdo, pero también hay diferencias: unas veces tienen que ver con la literatura y otras con la política, uno de los aspectos más contradictorios de Borges. El diario registra su apoyo a la revolución de 1955, y su paso de radical a conservador. Aunque Borges acertó al oponerse al comunismo y al castrismo, y criticó la dictadura de Franco y el antiamericanismo de algunos integrantes del Nouveau Roman, este volumen recoge algunas frases sorprendentes, que conviene leer con cautela (son palabras pronunciadas en una conversación): “soy partidario de la censura, algunas cosas no deberían publicarse”; “hay que hacer lo que es justo hacer”, tras unas ejecuciones en 1956; “qué raro que seamos partidarios de la dictadura ilustrada. Es lo único que existe. ¿Cómo uno va a creer en la democracia?”. Dedica comentarios despectivos a las mujeres y a los homosexuales; admira el juego limpio y el heroísmo, y considera el duelo a cuchillo “el mito nacional argentino”. Algunas rebeliones en los sesenta le parecen tibias y lamenta que los jóvenes tengan miedo a morir; en 1979 critica la “demagogia” de la dictadura militar.

“Fui un privilegiado por tener de interlocutor a Borges”, afirma Bioy, que adopta un papel secundario. “Borges” es un libro de maestro y discípulo, como otros textos que Bioy y Borges admiraban -“Kim”, “Candide”, el “Quijote”- pero a veces se cambian los papeles. Borges no se entiende bien con el sexo opuesto; según Silvina Ocampo, todas las mujeres de su vida eran horribles. Da una impresión de desamparo: “Nuestras relaciones no pueden seguir así. O nos acostamos o no vuelvo a verte”, le dice Estela Canto. “Cómo”, exclama Borges, “¿entonces no me tenés asco?”. Cuando se enamora de María Esther Vázquez, Bioy aconseja a su maestro sexagenario: le recomienda que se afeite, y lamenta su negligencia. Borges, cada día más ciego –ya no reconoce a su amigo a cincuenta centímetros-, es también más descuidado: se desnuda delante de todos, creyendo que no lo ven, orina en el suelo o sale del cuarto del baño sin abrocharse la bragueta. Tras un fracaso sentimental, Borges se echa a andar, decidido a sacarse una muela: palpa las chapas en las puertas de la calle hasta encontrar la que pertenece a un dentista.

Tampoco parece llevar las riendas de la relación con su madre: Bioy dice que Leonor es “el macho en esta pareja”; cuando Borges se queda ciego, su amigo detecta un cambio en sus gustos literarios. Leonor le lee en voz alta y transmite mejor los textos que prefiere. Sus matrimonios no parecen muy felices; Bioy reprocha a María Kodama parte del alejamiento de los últimos años y la viuda ha criticado el volumen. Bioy señala que era “una mujer de idiosincrasia extraña; acusaba a Borges por cualquier motivo; lo castigaba con silencios (recuérdese que Borges estaba ciego); lo celaba (se ponía furiosa ante la devoción de los admiradores); se impacientaba con sus lentitudes”.

El diario cuenta los éxitos de Borges. A Bioy le preocupa que no escriba y que dicte tantas conferencias: “Yo me preguntaba mientras tanto si él sospecharía la existencia de este libro; si lo corregiría, si la circunstancia de que últimamente escribía tan poco se debía no sólo a la deficiencia de la vista y a haraganería, sino también al conocimiento de este libro”. “Borges” es un diario divertido y triste, que retrata a un escritor brillante, egocéntrico y vulnerable, y explica su evolución y sus rarezas desde la admiración y el afecto. Bioy pensaba que “lo más importante y misterioso que hay en el mundo es el hombre”.

“Borges”. Adolfo Bioy Casares. Edición al cuidado de Daniel Martino. Destino. Barcelona, 2006. 1663 páginas.

 

Publicado en Artes & Letras, Heraldo de Aragón, 16/11/2006