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Daniel Gascón

EL PODER, EL MAL Y LA GLORIA

 

En ‘El dictador, los demonios y otras crónicas’ (Anagrama, 2009), Jon Lee Anderson (California, 1957) recoge reportajes sobre América Latina y España que ha publicado en ‘The New Yorker’ en los últimos años. Es un libro sobre el poder, la violencia y la relación de los países con su pasado. En España, escribe sobre Lorca, la memoria del franquismo y el terrorismo vasco; realiza un retrato del rey, en el que destaca su habilidad diplomática –que permitió que Aznar pasara varias horas en su yate con Clinton- y especula sobre sus finanzas. En Brasil, escribe un espectacular reportaje sobre las bandas de las favelas.

Otro de los ejes del libro es la revolución cubana y sus consecuencias: Anderson recoge partes del diario que escribió entre 1993 y 1995, cuando trabajaba en ‘Che Guevara. Una vida revolucionaria’ (Anagrama, 2006) y supo que algunos conocidos informaban de sus actividades; analiza la crisis de Elián y retrata ambiguamente una sociedad asfixiada y corrupta. Uno de los mejores textos es ‘El dictador’, un perfil de Pinochet –que muestra su interés por otros tiranos como Lenin, Mao y Castro- donde repasa sus crímenes y estudia la relación de Chile con ese pasado reciente. Otro de los poderosos que aparecen es Chávez -“el heredero de Fidel”-, que deja una silla vacía en las reuniones por si aparece el fantasma de Bolívar. Y un asunto constante es la influencia de EEUU en América Latina: es central en su texto sobre Panamá, en el golpe de Pinochet o en la explotación de las empresas norteamericanas, esenciales para configurar el mundo de García Márquez. Aunque aparentemente el perfil del colombiano se aparta del tema del libro, Anderson presta una atención especial a su fascinación por el poder. Admira a García Márquez, pero lo muestra como un personaje poco recomendable: su defensa de su papel en Cuba (su amistad con Castro le permite ayudar a los disidentes) resulta muy débil a estas alturas; su gusto por las conspiraciones es antidemocrático; su vida, rodeada de lujo, veneración y protección, llama la atención en un libro que medita sobre la relación entre desigualdad y violencia.

Son reportajes bien escritos, llenos de datos y puntos de vista. Anderson entrevista a Pinochet y a la hija de Allende; interroga al psiquiatra de Chávez, viaja en el avión del mandatario y conoce a su familia (uno de sus hermanos recibe la concesión de una red de telefonía móvil y se sorprende de que sea tan buen negocio).

A veces cae en cierto exotismo relativista o usa argumentos insuficientes. “Muchos venezolanos blancos de clase media desprecian a Chávez y en sus comentarios sobre él hay implícito un clasismo cruel que tranquiliza las conciencias”. También hay otros que quieren que los periodistas venezolanos tengan la misma libertad que Anderson. Cuando habla del terrorismo en España, entrevista a personas amenazadas, a ex etarras y a ciudadanos como Bernardo Atxaga, que dice: “Dentro tenemos una minoría de ‘integristas’, fundamentalistas, y fuera un Estado que quiere destruir todo lo que defiende esa minoría. Casi todos los demás estamos entre dos fuegos y ya no sabemos por dónde salir”. La expresión es como poco desafortunada, pero Anderson parece asumir la idea cuando termina el reportaje narrando consecutivamente el reconocimiento del Gobierno de Aznar a un policía torturador y franquista asesinado por ETA y un atentado mortal. Al igual que su simpatía por cierta izquierda antidemocrática, resulta desconcertante su confianza en la figura del intelectual mesiánico: tras el golpe de Pinochet “la muerte de Neruda quedó en el aire como una maldición”; cierra su perfil de García Márquez con las declaraciones de un ex guerrillero, que cree que el novelista es el mediador que puede solucionar los problemas de Colombia. No querría depender de esos grandes escritores; prefiero la democracia y las leyes.

Anderson es un gran cronista y conoce bien los lugares sobre los que escribe. Tiene la habilidad de llegar donde muy pocos llegan y la honestidad de contar lo que sucede aunque vaya en contra de sus opiniones: elabora un panorama complejo, lleno de anécdotas fascinantes y análisis variados, desde la mirada de un observador apasionado y atento a los detalles, que a menudo acierta y a veces se equivoca en lo más importante.

Jon Lee Anderson. ‘El dictador, los demonios y otras crónicas’. Prólogo de Juan Villoro. Traducción de Antonio-Prometeo Moya. Anagrama, 2009. 390 páginas.

Esta reseña apareció en Artes & Letras de Heraldo de Aragón. He tomado la imagen aquí.

 

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