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Daniel Gascón

PROCESIONES

 

Ayer, una amiga mía cogió un autobús en Zaragoza. A los pocos minutos, avisaron al conductor de que tenía que desviarse de su ruta habitual porque pasaba una procesión de semana santa. Ella se bajó. Llegó a una calle en la que pasaba una procesión. Cuando intentaba cruzar, una pareja le reprochó su falta de respeto.

En semana santa, España vuelve a un pasado oscuro, de fanatismo sensacionalista. Las imágenes de las procesiones siempre me han parecido inquietantes y gregarias en el peor sentido de la palabra. Que algunos habitantes de un país moderno y democrático adopten ese imaginario irracional, expresionista y truculento, estrechamente vinculado con los fantasmas de la intolerancia religiosa, el culto al martirio y la persecución y la calumnia de los seguidores de otras fes, me resulta bastante extraño, al igual que el aumento del número de cofrades. Imagino que hay muchas razones: las creencias religiosas, el espíritu de grupo, el atractivo folclórico, la potencia de los tambores, el impulso desde los colegios y las instituciones, y, a veces, la falta de una segunda residencia en la que pasar estos días primaverales. Yo tampoco la tengo, pero desde luego en estas fechas la buscaría en Francia.

También me sorprende el entusiasmo con que los medios y las instituciones se suman a algo que representa los peores tópicos españoles. En ese sentido, que el ayuntamiento de Zaragoza haya duplicado la subvención en un tiempo de crisis y recortes necesarios me parece desolador, aunque el aumento de las visitas a la ciudad ayude al turismo y al sector de la hostelería.

La gente puede celebrar lo quiera, pero también debería poder no celebrarlo. Y lo peor de la semana santa en Zaragoza es su obligatoriedad, su interrupción de la vida ciudadana: cortes de tráfico, desvío de autobuses, ruidos que al parecer no molestan a nadie, problemas para establecimientos y peatones. En el aumento de procesiones en los últimos años y sus larguísimos recorridos por el centro hay un afán exhibicionista, una arrogante toma de las calles que son de todos para imponer con una solemnidad rayana en la amenaza un siniestro imaginario tribal.

He tomado la imagen aquí.

 

 

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4 comentarios

Víctor Juan -

Estoy contigo, Daniel.
Las religiones deberían ser una cuestión íntima. Hay libertad para profesar cualquier religión o ninguna. Los espacios comunes, los lugares públicos (las calles, las escuelas...) deberían reservarse para los símbolos de todos.
Saludos

d. -

Queridos Sergio y Hans:
Gracias por vuestros comentarios. Me parece extraño el aumento de cofradías y procesiones, y excesivo que cada vez tomen más espacios del centro durante más días. Creo que en eso hay un afán exhibicionista, de imponer a todo el mundo una fiesta particular. No digo que sea algo que esté en todos los que salen a las procesiones. Por supuesto, los católicos tienen derecho a celebrar la semana santa, pero no veo por qué tenemos que celebrarla todos, y durante tantos días.
Tienes razón, Hans, las calles se cortan muchas veces por muchas razones, y la frase sobre la semana santa puede sonar excesiva. Creo que los adjetivos son solamente descriptivos: es irracional (apela a la emoción); es expresionista y truculenta (con la recreación del martirio; la contrarreforma enfatizó los aspectos más sangrientos; los tambores y la iconografía son también expresionistas). ¿Los pasos, las caídas de Cristo, el pañuelo de Verónica, no tienen un elemento truculento? ¿Y los puños sangrando en los bombos? ¿Las caras ocultas, el paso lento y solemne o la rompida de la hora no son expresionistas? Creo que esas características son parte de su atractivo estético, para quien lo encuentre. Quizá lo que suene más contundente sea lo de “la persecución de otras fes”. Afortunadamente ya no es así, pero durante muchos siglos los judíos sabían que en viernes santo no convenía asomarse mucho. (La Iglesia Católica esperó hasta el Concilio Vaticano Segundo para admitir que los judíos que viven hoy no tienen la culpa de una ejecución de hace 20 siglos. Y muchas de las calumnias antisemitas tenían se ambientaban en estas fechas: en España vemos su huella incluso en G. A. Bécquer.) Ya no es así y en la fiesta hay muchos otros elementos... Por otra parte, aunque la considerase una celebración alegre, racional y maravillosa, o aunque me emocionaran los tambores, esa obligatoriedad durante tantos días me parece un poco demasiado.
Saludos.

Hans -

Pues es posible que tengas parte de razón, y lo digo desde mi moderado aprecio por el fenómeno y mi condición de católico. Lo que pasa es que -tal vez- sea excesivo traer a colación a la España Negra: lo digo por tu frase 'irracional, expresionista y truculento, estrechamente vinculado con los fantasmas de la intolerancia religiosa, el culto al martirio y la persecución y la calumnia de los seguidores de otras fes'. Excesiva si me lo permites, Maestro.
En España -y en particular en Zaragotham- tenemos una tendencia marginal a lo que llamaré las mierdas colectivizadas absolutamente irracional: ¿que hay que hacer una media maratón ciudadana? Se corta el Paseo de la Independencia; ¿que un colectivo de indigentes mentales de índole municipal necesita pe$ebrear vía implementación de algo tan inútil e idiota como un tranvía? Se manda a hacer hostias todo el centro de Zaragotham. ¿Que cuatro esgarramantas quieren manifestarse contra no se sabe muy bien qué? al manifestódromo de Independencia (again).
A lo que me refiero es que el tinglao procesionario en ese contexto no me parece especialmente grave, aunque admito que entre la ruidera y los cortes de calles puede resultar molesto para quienes no tienen especial relación con la trastienda espiritual del asunto.

Sergio -

Querido Daniel, buenas noches. Sabes que te admiro y sigo, pero... me temo que en esta ocasión has patinado. Propones una visión bastante sesgada de un movimiento que conozco a fondo y en el que, te lo aseguro, hay de todo; incluso espíritus ácartas como el mío tienen cabida en la uniformidad. Cuando quieras, con un café, te cuento mi visión y me amplías la tuya.
Abrazos...
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