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COLGADOS

Ayer, la telecabina de Zaragoza se quedó parada durante una hora. David Marqueta me ha pedido un microcuento sobre el incidente para Hoy por hoy Zaragoza en Radio Zaragoza. He escrito dos; los he leído en el programa:
1.
Sara era la mujer de mi vida y yo lo había planeado todo hacía meses. Un domingo de septiembre le propuse ver Zaragoza desde la telecabina al atardecer. De paso, quería pedirle que se casara conmigo. Había hecho el viaje un par de veces para ensayar, había pensado las frases, y había comprado un anillo muy caro y una botella de champán. La telecabina había avanzado ya bastantes metros. Creo que me mareé por los nervios, no supe decir las frases que había preparado, y saqué el anillo. Sara me miró con una expresión de sorpresa, y yo le pregunté si quería casarse conmigo. Ella se echó a reír y dijo que no. Le pregunté por qué, y ella me dijo que no lo tomara como algo personal. En ese momento, la telecabina se quedó parada, bastantes metros por encima del río. Sara y yo nos reímos a la vez y saqué el champán. El sol se reflejaba en el anillo y pensé que tenía un rato para intentar convencerla.
2.
Lo reconocí por el sombrero. Hacía menos de doce horas lo había visto en el concierto del Príncipe Felipe. Y ahora lo tenía a mi lado, en la telecabina, y recordé lo que había pensado en el concierto: las canciones de Leonard Cohen tienen respuestas para todas las preguntas de la vida. Cuando la telecabina arrancó, Leonard Cohen se quitó el sombrero, y dijo hola. Yo quería felicitarle por el concierto, decirle que lo admiraba y preguntarle por el amor y el deseo y el sentido de la vida. También quería preguntarle cómo había conseguido que lo amaran tantas mujeres. Pero no sabía por dónde empezar, y de vez en cuando lo miraba, como un idiota. En ese momento, la telecabina hizo un ruido extraño y se paró, unos cuantos metros por encima del río. Yo estaba asustado, y me imaginé que acababa en un pozo del Ebro, ahogado junto a mi cantante favorito. Le pregunté: “Señor Cohen, ¿cuál es el sentido de la vida?”. Él se puso el sombrero, sonrió brevemente, y me dijo: “Te lo contaré cuando lleguemos a la Torre de la Canción. O al suelo”.
LA PRUEBA

-Estamos cerca –me dijo Ignacio-, ya verás.
Llevábamos un cuarto de hora andando por el arcén de una carretera secundaria. Mi hermano Ignacio, que tenía trece años, debía hacer una prueba para entrar en el filial del Real Zaragoza. Mis padres no podían llevarlo y, aunque yo tenía uno de los últimos exámenes de Filología Hispánica al día siguiente, me habían pedido que lo acompañase. Metí El libro de la vida en la mochila, nos montamos en el autobús y nos bajamos en la parada de Miralbueno. Desde allí había que caminar hasta el campo. Mi hermano mediano, Fernando, que tenía quince años, había dicho que se pasaría más tarde.
El campo estaba en una meseta pequeña, en medio del secarral. Había muchos coches aparcados alrededor. Me dio un poco de vergüenza que Ignacio y yo hubiéramos llegado andando. Hacía calor y al ver el campo pensé en los monasterios en el desierto que salen en los tebeos del oeste.
-Éste es –dijo Ignacio.
Ignacio señaló a un chico de unos treinta años, vestido con ropa deportiva. Era el ojeador que le había dicho que se hiciera la prueba. Se habían visto varias veces; el ojeador había hablado con mi padre. Le preguntó a Ignacio cómo estaba y le dijo que lo vería luego.
Ignacio estaba nervioso. Casi no había hablado en el camino –había pasado el viaje escuchando el MP3; al principio me había preguntado si quería uno de los auriculares- y se esforzaba en mantener la compostura. Todos los chicos de mi familia habíamos jugado a fútbol. Yo nunca había sido bueno, ni había tenido ambiciones futbolísticas y ahora no estaba en ningún equipo. Fernando jugaba bastante bien en un equipo mediocre; le habían ofrecido entrar en un club que estaba en preferente, pero había preferido quedarse en el equipo de sus amigos. Ignacio había heredado el estilo de mi padre, tiraba bien y era zurdo y muy rápido. Todo el mundo se fijaba en él: los que iban al campo y los entrenadores de los equipos rivales se quedaban impresionados. En el último año y medio Ignacio había perdido un poco de entusiasmo; parecía que el fútbol ya no le divertía. Cuando tenía un buen día en el campo, seguía llamando la atención por su clase, pero ya no marcaba tantos goles ni creaba tanto peligro como antes. Que lo hubieran llamado era una buena noticia, pero también nos había sorprendido.
Ignacio siempre había tenido mucho carácter, y se peleaba conmigo y con Fernando y mis hermanas y mis padres, pero últimamente también había tenido problemas con los profesores y el entrenador. Aunque sacaba buenas notas siempre había alguna asignatura en la que un profesor le ponía una calificación más baja de lo que él creía que merecía, y de vez en cuando tenía algún problema de disciplina. Sus explicaciones siempre eran rocambolescas: una vez le tiró un boli un compañero, rebotó en la pared y la capucha golpeó a la profesora en el pie. Ésa era la versión de Ignacio. La profesora sólo dijo que le había tirado con saña la capucha de un bolígrafo.
Ignacio saludó a algunos de los chicos. Eran de otros equipos, y también habían venido a hacer la prueba. Tenían que jugar un partido. Casi todos habían acudido con sus padres, que en general parecían tipos lamentables; algunos iban con sus madres. Ignacio señaló a un chico que estaba cerca de la portería.
-Mira, ése es el Mesa. Es un facha.
Era un chaval alto y fuerte, mucho más grande que Ignacio. Llevaba una pulsera con la bandera de España y tenía la cabeza rapada.
-Bah, hombre, no exageres –dije por decir algo. Mi hermano no me contestó.
Ignacio dijo que iba a cambiarse, con una solemnidad innecesaria, casi troyana. Me dio el MP3 para que se lo guardase. Fui hacia el bar, pedí una coca cola y me senté en una de las mesas, cerca del armario que guardaba los trofeos. Miré las fotos de los equipos y escuché una conversación. Eran dos hombres y una mujer. Se conocían desde hacía tiempo. Uno de los hombres y la mujer tenían hijos que jugaban en el equipo. El otro hombre parecía trabajar en el club. Era grande, llevaba gomina en el pelo y un bigote espantoso y había engordado, pero alguno de sus comentarios me hizo pensar que era un ex futbolista.
Salí y me senté en una de las gradas, entre los dos banquillos. Intenté ponerme un poco lejos de los padres. No me gustaba el ambiente. En el bar había visto algo de clan, de secta exclusiva –los padres de los hijos que jugaban en el filial de un equipo de primera-, que me repugnaba. Tampoco me gustaban muchos de los padres que iban al fútbol, sobre todo los que les daban instrucciones a sus hijos, o gritaban a los entrenadores o al árbitro, como si supieran algo de algo. Y aun así, eso me parecía comprensible por la tensión del momento, aunque cuando yo jugaba detestaba que mi padre, que nunca insultaba a nadie, me diera indicaciones. Pero esa tarde estábamos en una prueba y me pareció que era obsceno ver jugar a los críos: parecía que los estuviéramos espiando. Todo el mundo estaba muy serio, yo pensaba que se preguntaban si su hijo triunfaría y podrían dejar la oficina y dedicarse a representarle.
Saqué el libro y empecé a leer. Al cabo de un rato salieron los jugadores. Los del equipo llevaban unos petos amarillos. Los jugadores que se habían presentado a la prueba llevaban camisetas de colores diferentes. Un padre pasó a mi lado, llegó hasta la barra y empezó a asesorar a su hijo.
-Luis, lo que hemos dicho antes, ¿eh?
Ignacio me hizo un gesto y se puso a calentar. Yo levanté el pulgar. No quería darle ningún consejo. Primero, porque no tenía ni idea. Y, segundo, porque pensaba que sólo podía ponerle nervioso.
-El chico ese juega en el Torre Medina, ¿no?
-Sí –dije. Era un hombre pequeño, de unos setenta años.
-Juega muy bien, yo lo he visto. Muy rápido. Ha jugado contra mi nieto alguna vez. El año pasado, creo. Mi nieto es ese de ahí. Juega en el Casetas.
-Ah, sí, claro...
Los dos equipos se estaban colocando sobre el campo. El abuelo le dio un par de voces a su nieto, le dijo “Hala, chaval” o algo así. Volví a abrir mi libro. El abuelo me preguntó qué leía. Me había caído bien y le contesté, pero mientras le respondía pensé que yo era un miserable por no decirle nada a mi hermano, por no animarle o transmitirle mi sabiduría, a fin de cuentas era su hermano mayor. Justo antes de que empezase el partido bajé corriendo hacia la valla que había al lado del campo.
-Ignacio, Ignacio.
Ignacio se acercó. Ya iba un poco sudado.
-Tú tranquilo, tío. Ya sabes, la cosa redonda es el balón y hay que meter gol.
Ignacio sonrió y fue a ponerse en su sitio.
Quería leer a Santa Teresa, pero me parecía mal. Vi el partido, que provocaba mucho más sufrimiento que cualquier ascesis. Los jugadores del equipo estaban en un lado, los nuevos en otro. Al principio los habituales jugaban mucho mejor: estaban más conjuntados. En el equipo de los nuevos destacaban dos y ninguno era mi hermano. Al contrario, Ignacio parecía despistado, y en la única ocasión en la que había tocado el balón lo había perdido tontamente. En los siguientes cinco o seis minutos no tocó bola, y yo me estaba deprimiendo muchísimo. Entonces llegó mi hermano Fernando, que había pasado la tarde en la ciudad. Vino muy despacio hasta la grada, mordisqueaba un flash. Se sentó a mi lado.
-¿Llevan mucho rato?
-No, ocho minutos o así.
-¿Qué tal está jugando Ignacio?
-Todavía está un poco dormido.
Uno de los de fuera vio al portero adelantado. Tiró; el balón terminó saliendo por la línea de banda.
-La idea era buena, pero hay que tirar con más fe –dijo un hombre en la banda, supongo que su padre; nos reímos.
Yo tenía ocho años más que Fernando y diez más que Ignacio. A los dos los había cuidado de niños. Yo había vivido fuera y cada vez teníamos menos relación, sobre todo con Ignacio, que a veces se enfadaba y rompía o escondía algo y se quejaba de que todos estábamos contra él, pero nos llevábamos bien. Muchas veces jugábamos partidos los tres juntos. Normalmente jugábamos solos, pero a veces también venía algún amigo suyo. Lo mejor era cuando venía mi padre. A veces los partidos eran muy reñidos y nos enfadábamos; otras veces hacíamos el tonto, y una vez rompimos el cristal de la ludoteca del barrio. Mi padre me había dicho que, aunque los tres éramos muy distintos en todo, en el campo nos movíamos de forma parecida. Una ex novia me había dicho lo mismo.
-Bueno –dijo Fernando-, lo que está claro es ahora mismo a Ignacio no le cabe un alfiler por el culo.
Nos echamos a reír. Fernando me ofreció su flash, pero lo rechacé. Fernando era el más tranquilo de la familia, pero era evidente que los dos estábamos nerviosos. Y, para ser sincero, esa sensación me gustó. Me eché un poco hacia delante y metí el libro en la mochila. En un contraataque, Ignacio recibió el balón mirando hacia su portería, se giró rápidamente y lo cruzó hacia la banda derecha: el extremo de su equipo avanzaba hacia la pelota. Se había levantado un poco de viento y en ese momento tuve la certeza de que todo iba a salir bien.
Este cuento apareció en Literaturas.com .
LAS BOTAS DE VIOLETA

1.
Un sábado de octubre entré en el Decathlon de Grancasa. Iba a comprar unas botas de fútbol por primera vez en mi vida. Mi novia pasaba el fin de semana en Albarracín y yo tenía una resaca considerable y pocas ganas de hacer deporte. Había ido al Decathlon por mi primo: aunque fuimos juntos al instituto, nos emborrachamos miles de veces y jugamos varios años en el mismo equipo de fútbol sala, últimamente nos vemos poco. Lo llamé un día de este verano. Como siempre, me sentía culpable por haber dejado que nuestra relación se enfriase. No nos habíamos dicho casi nada cuando me preguntó:
-¿Quieres jugar en un equipo?
No me pareció una gran idea, pero no supe cómo reaccionar. Le dije que sí, y pensé que a mí siempre me había gustado jugar y que sería una buena excusa para vernos. Cuando empezó la temporada empecé a recibir correos, con la normativa del equipo, el dinero que había que pagar, el calendario de la liga. Respondí los correos, pedí un número de camiseta que no llamase mucho la atención, pagué la ficha y el traje. Fui al Actur a jugar un par de partidos de entrenamiento: aunque no vino mi primo, conocí a mis compañeros, un grupo bastante simpático. Todos eran amigos desde el colegio. Los entrenamientos se celebraban en un campo de fútbol sala –el deporte al que yo siempre había jugado-, aunque los partidos se disputarían en un campo de fútbol 7. Ese sábado de octubre era la primera jornada de liga, y por eso entré, una hora antes del encuentro, en el Decathlon. Le pedí consejo al dependiente. Luego, cuando vio las botas y las espinilleras que había escogido, dijo que eran de un color muy bonito y yo me quedé un poco avergonzado. Mi primo tampoco vino a ese partido.
Prácticamente yo tampoco estuve en ese partido, aunque como no teníamos cambios jugué muchos minutos. El entrenador, que pertenecía al equipo pero había estudiado Magisterio de Educación Física y jugaba en un equipo serio, me dijo que me pusiera de delantero. Me pasé el partido mirando al cielo, viendo por dónde volaba el balón que había sacado el portero. Casi siempre salía directamente fuera del campo. Hubo un par de veces en las que cayó cerca de mí. En esas dos ocasiones me asaltaba una duda terrible. ¿Debía darle de cabeza? Dicen que es malo para las neuronas. Y parece cierto: en general, los grandes cabeceadores no han sido gente muy inteligente. Y yo vivía de mi cabeza. No vivía muy bien, pero si mi cabeza empeoraba viviría peor todavía. ¿Me afectaría darle al balón de cabeza? ¿Traduciría más despacio? ¿Empezarían a gustarme las novelas de Saramago?
Me acordé de que mi padre suele decir que en el campo uno juega según su forma de ser en la vida. Eso me deprimió bastante, y pensé que la próxima vez intentaría cabecear, y que si me llegaba un balón raso podría arreglar un poco mi actuación. El portero volvió a sacar; miré el cielo. Había nubes negras.
Perdimos. En el vestuario había tres dedos de agua y llovía cuando salí del campo. Había que andar unos doscientos metros hasta la parada del autobús, y sentí que volvía a la adolescencia, y a la sensación de vacío absoluto que provocaba padecer una resaca espantosa, sufrir una derrota abyecta y tener una novia en un pueblo de Teruel.
2.
Al día siguiente fui a comer a casa de mis padres. Entré en el estudio para curiosear los libros que le habían llegado a mi padre esa semana. Mis dos hermanos, que juegan en dos equipos de fútbol, estaban frente al ordenador. Le expliqué a mi hermano Diego mis problemas para cabecear. Me dio un consejo valioso:
-Cuando el balón se acerca, das un paso hacia delante: entonces saltas y parece que has intentado llegar. Así nade te dice nada.
Les conté el partido y nos reímos recreando mi juego. Oí que en la otra habitación mi padre hablaba por el móvil. Organizaba la exposición que conmemoraba los 75 años del Real Zaragoza: se inauguraba esa semana, y su móvil sonaba constantemente.
-Sí –dijo-, no te preocupes, no hay ningún problema. Mi hijo irá a buscarlas.
Colgó el teléfono. Me saludó y me preguntó cómo iba todo.
-¿Sabes dónde está la estatua del Batallador? –dijo.
Asentí.
-Tienes que ir a buscar las botas de Violeta. Me ha dicho que él juega a las cartas en un bar que hay detrás del Batallador. Se llama el Dioni. Vas allí y buscas a Violeta –en ese momento, yo tenía el aspecto de un cabeceador consumado-. No me digas que no sabes qué cara tiene José Luis Violeta.
-No. Sé quién es. Pero si no lleva la camiseta del Zaragoza no creo que lo reconozca.
-Bueno, tú preguntas por el señor Violeta. Te dará unas botas, son para la exposición. Vamos a poner una vitrina con objetos de los jugadores: camisetas, botas, espinilleras –hizo una pausa-. Esta tarde no tenías nada que hacer, ¿no?
La verdad es que no.
3.
El taxi me dejó detrás de la estatua del Batallador. Me sentía como un espía que debía cumplir una misión. A veces voy a correr al parque, hacía mucho tiempo que subía hasta allí. Hacía sol y unas chicas habían metido las piernas en la fuente. Me acordé de cuando me saltaba las clases del instituto y acudía al parque con alguna compañera de clase.
Había dos chiringuitos con mesas de plástico. Ninguno se llamaba Dioni. Pero entré en uno de ellos. Dentro del bar, mirando hacia la ventana, cuatro señores mayores jugaban al guiñote. Parecía una película del Oeste. Ninguno de los jugadores llevaba la camiseta del Zaragoza. Me dirigí a la barra.
-Perdón, ¿es éste el bar Dioni?
-A mi hijo le llaman Lino –me contestó.
No sabía si eso era una respuesta afirmativa o negativa, pero soy un optimista.
-¿Podría hablar con el señor Violeta?
-¡José Luis!
Uno de los jugadores de cartas se levantó. Le dije quién era. Me dio la mano y salimos. Abrió el maletero de un coche y sacó unas botas. Me las enseñó, me dijo que tenía otras más bonitas pero que las tenía alguien de la familia. Las metió en una bolsa de plástico. Nos despedimos y volví a casa andado. Sentía que llevaba algo muy valioso en aquella bolsa de Sabeco.
4.
Al día siguiente me fui a Madrid. Le dije a mi padre que las botas estaban en mi casa; él dijo que hablaría con mi hermana para que se las llevara al Palacio de Sástago, donde estaba montando la exposición. Por la tarde, vi que tenía una llamada perdida de mi hermana. La llamé.
-No te preocupes. Te he llamado porque no encontraba las botas de Violeta, pero ya las tengo, se las estoy llevando al papá.
-Vale.
-Son bastante molonas, y tienen unos colores bonitos, ¿no?
Me quedé callado. Le pedí que me describiera las botas. Después le dije que volviera a mi casa y cogiera el otro par. Pero durante unos momentos, imaginé que los aficionados del Zaragoza iban a la exposición y miraban mis botas como si formasen parte de la leyenda.
LA VIDA COTIDIANA

Cuando volvió del baño, Raquel seguía dormida. Le sorprendió encontrarla en esa habitación, le extrañó ver sobre la almohada su melena rubia en lugar del pelo corto y negro de Susana. Sergio miró la ropa interior con dibujos de melocotones y fresas de Raquel y comprobó la hora en el móvil. Eran las diez de la mañana: tenía que limpiar la casa, y trabajar un poco antes de que llegase Susana, que había pasado dos semanas de vacaciones en la playa con su familia.
Por la ventana se colaban los ruidos de la ciudad y se filtraba el calor de una mañana de agosto. Sergio tenía resaca. Llevaba varias semanas intentando ligarse a Raquel: se habían conocido en el Instituto de Idiomas. Raquel había roto con su novio, y Sergio le había dicho que su relación con Susana, su novia desde hacía tres años, estaba en un impasse. Creía que esa palabra podía definir a cualquier pareja en cualquier momento; además, desde que se había independizado, estaba un poco molesto con Susana, que siempre parecía venir a su nuevo piso a disgusto. Raquel y Sergio habían visto una película juntos; el jueves habían ido a la piscina por la mañana. Estaba casi vacía y Raquel había hecho unas demostraciones de habilidades acuáticas sólo para él. El día anterior Sergio había ido a buscarla a la salida de la academia en la que trabajaba y se habían ido a tomar unas copas.
Raquel se tapaba con la sábana. En eso, como en el lado de la cama que prefería ocupar, era distinta de Susana, aunque a las dos les gustase nadar y hacer trabajos de artesanía. Sergio se tumbó junto a Raquel, levantó un poco las sábanas y miró su cuerpo. En la espalda, a la derecha y justo encima del final de la raja del culo, tenía un tatuaje. Le pasó el brazo por encima: le dijo que tenía que levantarse. Raquel sonrió con los ojos cerrados, puso la mano de Sergio sobre uno de sus pechos.
Sergio se estaba vistiendo cuando encontró la mancha de sangre sobre la cama. Raquel volvió de la ducha y dijo que le debía quedar un poco de regla, no se había dado cuenta. Sergio contestó que no pasaba nada: tendría que lavar las sábanas antes de que llegase Susana. Raquel se sentó al borde de la cama y encendió un cigarrillo: Sergio recordó que debía ventilar las ventanas y vaciar los ceniceros. Si no, tendría que decirle a Susana que había vuelto a fumar.
-¿Te apetece desayunar? –preguntó.
-Bueno –hizo una pausa-. ¿Tienes chocolate?
-No, creo que no.
-Me apetece un chocolate con churros. ¿Sabes si hay algún sitio por aquí cerquita?
Sergio dijo que sí, que había un sitio estupendo en la misma manzana. No le apetecía mucho ir: era un bar que frecuentaba con Susana, y le dio miedo que la camarera o alguno de los clientes lo reconociera. Abrió las ventanas y puso las sábanas en la lavadora. Hizo un nudo a los preservativos antes de meterlos en la bolsa de Sabeco: era lo que hacía Susana.
Tiró la bolsa en la papelera que había a la puerta de casa. Pensó en comprar los periódicos en el kiosco, pero sería un poco grosero leer mientras desayunaba con Raquel. Los compraría más tarde, cuando ya se hubieran despedido.
-¿Tienes un cigarrillo? –le preguntó a Raquel.
Sergio terminó de traducir el artículo a la hora de comer. Tomó gazpacho y un poco de longaniza. Puso en la cama las sábanas limpias. Había pensado en echarse una siesta –Susana se pasaría por su casa a las ocho, quizás luego fueran a cenar o al cine- pero no tenía sueño. Se sentía culpable. ¿Por qué había ido a la Hípica con Raquel? Susana siempre lo invitaba a ir a la playa y a la piscina, durante varios veranos había trabajado de socorrista en la piscina de Valdefierro, y a él siempre le había dado pereza acompañarla. Por supuesto, había ido algunas veces, pero a regañadientes. Y en cambio, esa misma semana se había sentido muy a gusto mientras Raquel le enseñaba cómo hacía volteretas, y después se había metido en el agua con ella y habían hecho carreras e incluso se habían besado por primera vez cerca de la escalerilla. El problema no era que hubiera sido infiel, sino que no sabía valorar lo que tenía: era incapaz de apreciar las cosas hermosas de la vida.
En ese momento le llegó un mensaje de Raquel al móvil. “Ya estoy en casita. Estoy cansada pero contenta. Un besito”. Había algo ridículo en esos diminutivos: tuvo la sensación de haberse acostado con una adolescente. Raquel era divertida y muy guapa, y tenía una peca en el ojo izquierdo, pero le dio mucha pereza volver a verla. Tampoco estaba seguro de que no fuera a cambiar de opinión, y le mandó un mensaje sobrio pero afectuoso: tuvo que escribirlo tres veces.
Seguro que Susana nadaba mucho mejor que Raquel, y seguro que habría estado encantada de bañarse con él. Cuando desayunaban en el bar los domingos, Susana leía los suplementos semanales y las páginas de Economía y le explicaba noticias de la bolsa. Raquel no entendía nada de eso, y, a diferencia de Susana, no había llevado los vasos a la barra antes de marcharse.
Pensó en lo importante que había sido Susana para él en una época. Cuando subía las escaleras de su casa hablaba solo como si le contase cosas que le habían pasado, y durante el primer año en que salieron juntos él había señalado en el calendario todos los días que se vieron. Buscó en el cajón donde guardaba las cartas de Susana, los sms que apuntaba al principio de su relación, y algunos regalos y fotos. Era como si viera las pertenencias de otra persona: muchas cosas le daban vergüenza, le parecían ingenuas. Encontró un cuaderno hecho a mano, de color verde, con papel reciclado. Era difícil escribir en él: Susana, que lo había hecho, no estaba acostumbrada a tomar notas. Pero era muy bonito, y el color de la portada hacía juego con los ojos de Susana.
Sergio recordó que una vez Susana le había regalado un atril para su cumpleaños.
-¿Qué crees? ¿Que soy un cura?
Los dos se rieron, pero Sergio pensó que era un regalo absurdo. Ahora llevaba un año trabajando de traductor: utilizaba el atril cada día y lo llevaba a todas partes. Sergio cogió el cuaderno y escribió la fecha y apunto una frase que había traducido por la mañana: “Hay algo muy emocionante en la vida cotidiana”. Pensó que era un tributo a Susana, y que se había dado cuenta de algo importante. En la segunda página apuntó el principio de un cuento: después, dejó el cuaderno encima del escritorio. Era un lugar discreto, pero estaba seguro de que Susana se daría cuenta.
Susana estaba morena y guapísima. Cenaron en un restaurante japonés que había cerca de casa de Sergio: Susana dijo que habían sido unas buenas vacaciones, que había ido a bucear con su hermana, y que le había encantado la experiencia.
-Tiene buena pinta –dijo Sergio, y Susana lo miró un poco sorprendida.
Tomaron un gin-tonic y luego subieron a casa de Sergio. Todo estaba muy limpio y en orden. Sergio se sentó en la silla, y puso a Susana en sus rodillas. Le metió la mano por debajo de la camiseta y empezó a acariciarle la espalda. A él le encantaba, y a ella también.
Susana le contaba historias de su familia y a Sergio le parecían menos aburridas que de costumbre. Incluso le cayó bien el profesor de submarinismo con el que se había enrollado la hermana de Susana. Ella le preguntó qué había hecho y él le dijo que lo de siempre: leer, buscar palabras en el diccionario y matarse a pajas. Susana se echó a reír.
-Mira que eres bruto.
Sergio se levantó y fue a buscar un CD. Tenía dos o tres en la mano cuando escuchó la pregunta de Susana:
-¿Y esto?
Susana había cogido el cuaderno. Sergio se dio cuenta de que Susana no conocía la libreta, y recordó de repente a Alicia, la camarera altísima que se la había regalado.
-Es un cuaderno muy bonito –dijo Susana.
-Gracias.
-Aunque es más de mi estilo, ¿no?
Sergio asintió, la besó en la boca y le dijo que el color de la portada hacía juego con sus ojos.
Este relato de Daniel Gascón apareció en la revista Capúzame. La fotografía es de Philippa Tetley.
EL FUTBOLISTA

Mi padre lee los carteles de la pista de atletismo, los lee en voz alta y sonríe a la chica que vende los cacahuetes. Dice que debería comprarme un abrigo de verdad, como el suyo, que ha aguantado más de veinte años, y no esas cosas de señoritas que tanto me gustan. La chica de los cacahuetes se ríe, mi padre mira hacia atrás.
-¿Qué te parece si le compro un balón de fútbol a Carlos? - me pregunta.
-Me parece una tontería.
Le digo que en el colegio mi hijo Carlos odiaba el fútbol. Estuvo un tiempo apuntado a kárate y a natación, pero no me parecía bien que practicase deportes violentos, y ni su madre ni yo teníamos tiempo para llevarlo a la piscina tres días por semana. Luego se apuntó a atletismo y empezó a gustarle.
Mi padre no me escucha. Hunde las manos en los bolsillos, se inclina contra la valla y mira a Carlos en la línea de salida.
-Correr -dice-. Eso es un deporte de solitarios.
*
Los jueves por la tarde mi padre salía de trabajar un rato antes. No me quedaba a jugar con mis compañeros: corría hasta casa y dejaba la cartera en el pasillo, junto al taquillón. Mi padre me esperaba en el garaje. Se limpiaba las manos con un trapo amarillo y sacaba la motocicleta, mientras yo buscaba el balón de reglamento, un Adidas que nunca llevaba a la escuela.
Dejábamos la moto apoyada contra la pared y saltábamos el muro del campo de fútbol. Estaba a las afueras del pueblo, entre las granjas y el cementerio. Me ponía unos guantes; mi padre sacaba la llave inglesa del bolsillo del pantalón y encendía los focos sólo para nosotros.
Mi padre había sido uno de los mejores jugadores de la comarca: una vez lo llamaron para hacer unas pruebas con un equipo de primera división. Era un hombre alto y fuerte y aunque tenía casi cuarenta años aún podía pasarse toda la tarde jugando.
Se colocaba en el centro del campo: yo daba vueltas alrededor. Le pasaba el balón al primer toque, y él me lo devolvía un poco más adelante, cada vez más deprisa.
Después hacíamos paredes de portería a portería. Me mandaba un pase largo hacia la banda derecha y aunque yo no podía más lo oía correr detrás de mí. En cuanto nos acercábamos al área le dejaba el balón de cualquier manera. Sólo quería que tirase a puerta, que marcase gol y volver a casa. Pero él llegaba a la media luna, amagaba un disparo y me pasaba la pelota en diagonal, al sitio exacto donde yo debería estar.
Sabía que nunca llegaría a tiempo, y sabía que acabaría llegando: él gritaba dale con fuerza, y yo cogía la bola casi fuera del campo y tiraba y la mandaba contra el lateral de la red. Me caía al suelo; intentaba respirar. Mi padre ponía los brazos en jarras.
-Ésa no es manera de dar al balón.
A veces él también tiraba a puerta. Cuando no era gol, el balón salía fuera del campo. Saltaba la valla y me metía en la acequia que olía a mierda y a ratas. Oía a mi padre desde el otro lado.
-Tienes que tirar con fuerza, Luis. Con rabia.
Cuando ya no podíamos más, mi padre cogía la pelota y daba toques en el aire. Me temblaban las piernas y siempre se me caía al suelo. Mi padre miraba el reloj de vez en cuando.
-Si te viesen los de Albalate se morirían de la risa.
Albalate era el pueblo de al lado. Eran nuestros rivales. Tenían un lateral izquierdo que daba unas patadas terribles.
Mi padre venía a verme todos los partidos, pero nunca me decía nada. Se quedaba en la banda. Iba de un lado para otro y hablaba con la gente. A veces, se acercaba a Fernando, el medio centro, y le decía alguna cosa. Cuando volvíamos a casa me explicaba lo que tenía que haber hecho en todas las jugadas.
-El fútbol es como la vida -decía-. Si ves cómo juega alguien ves cómo es en la vida.
*
Yo no era uno de los mejores del equipo. Jugaba en el centro del campo, por la derecha, y trabajaba mucho. No era muy hábil ni muy fuerte, ni era uno de esos jugadores que a mí me gusta ver. Pero era uno de esos a los que preferiría tener en mi equipo. La gente del pueblo creía que era bueno porque siempre jugaba igual.
Tuve una sola tarde de gloria, una tarde en la que pareció que era bueno de verdad. Tenía 16 años, era el último partido de Liga y jugábamos en el campo de Albalate. Albalate estaba a sólo 10 kilómetros de mi pueblo; había venido todo el mundo.
Íbamos dos a dos y acababan de fallar un penalti. Nos tenían encerrados en el área. De vez en cuando atacábamos al contragolpe. Si ganábamos, quedaríamos primeros en la Liga Comarcal y pasaríamos a las eliminatorias provinciales. Faltaba poco para terminar y los albalatinos nos gritaban todo el tiempo.
De repente, cogí un balón muerto en el centro del campo. Quique, el lateral izquierdo, vino corriendo hacia mí. Me asusté tanto que le eché el balón entre las piernas. La pelota pasó limpiamente y se la dejé a Fernando, que venía por el centro, y corrí como un loco por la banda derecha, igual que cuando hacíamos paredes con mi padre. Fernando me vio. Me pasó la bola muy rápido, en diagonal. Iba demasiado deprisa, pero llegué a tiempo.
Tiré tal como venía. Esperaba mandar el balón a la gloria o a la acequia, o a lo mejor al lateral de la red, pero dio en el segundo palo y entró. Mis compañeros vinieron hacia mí. Me di la vuelta para ver la cara de mi padre.
Había un montón de gente, todos gritaban, y el árbitro tuvo que parar el partido. Mi padre estaba detrás de los hombres del pueblo: el padre de Fernando lo sujetaba por los hombros. Un chaval de Albalate le había dado una bofetada a Cristian, el hijo de la peluquera, mientras calentaba en la banda. Mi padre lo había tirado al suelo de un puñetazo.
Al final, tuvimos que salir de Albalate corriendo, pero pasamos a la fase provincial. Nos eliminaron en la segunda ronda.
*
La carrera está a punto de empezar, y mi padre aún es más alto que yo, pero eso es lo único que no ha cambiado. Ha perdido 10 kilos y anda un poco encogido. Este invierno lo vi retorcerse de dolor en la alfombra del cuarto de estar. Después el médico dijo algo sobre la próstata.
Es la primera vez que Carlos corre en una pista de verdad. Está muy rojo, como si ya viniera cansado. Empieza casi al final, al lado de otro chico que lleva una camiseta amarilla.
Mi padre no mira la pista. Se fija en los edificios y los aparcamientos de la ciudad donde vivo.
El chico de la camiseta amarilla deja atrás a Carlos. Carlos intenta alcanzarlo, pero está demasiado lejos. La carrera de verdad sucede cincuenta metros por delante, entre los chicos de Scorpio y Helios, y a mitad de la segunda vuelta sólo quiero que todo termine cuanto antes. Enciendo un cigarrillo.
-Si fumas- dice mi padre-, tus hijos serán unos viciosos.
Carlos está triste. Va un par de metros por delante de nosotros. Llevo su bolsa con la ropa sucia y las zapatillas. Mi padre no dice nada. Es sábado por la mañana y las calles están casi vacías. Hay algunas botellas por los suelos.
Carlos se para en un semáforo en rojo. Mi padre se acerca y le pasa la mano por el pelo.
-Cuando corras-dice-, tienes que tener en cuenta la respiración.
Carlos mira hacia arriba un segundo. Mi padre comprueba que no vienen coches y cruzan de la mano.
Van hacia una tienda de deportes, y miran los balones y los guantes y las zapatillas, y mi padre mueve las manos como si intentara explicarse.
En cuanto el semáforo se pone verde cruzo la calle muy despacio. La tienda está a punto de cerrar y antes de alcanzarlos me quedo quieto un momento, observando nuestro reflejo en el escaparate.
Este relato apareció en la revista Turia.
CUARENTENA

Lo que más me gustaba de la estación de Canfranc eran las chicas que venían de esquiar, con el equipo y las maletas y una vulgaridad irresistible. En aquella época, pasaba por la estación un par de veces al mes, porque daba clases de español en Tolouse. A veces seguía en el tren que iba a Zaragoza, mi ciudad, y veía a mis padres; en otras ocasiones bajaba y cogía un regional que me acercaba al pueblo donde trabajaba Clara. Había vuelto a discutir con ella ese fin de semana, y le había dicho que mi tren salía a las cinco, porque prefería esperar en la estación a seguir hablando de lo mismo.
Clara era maestra y estaba destinada en un pueblo de Huesca. Quería que yo hiciera unas oposiciones para ser profesor de secundaria; según Clara, no le resultaría difícil pedir el pueblo donde me enviaran, y así podríamos vivir juntos. Aunque su plan me parecía bastante improbable, le expliqué por qué no quería opositar.
-Sólo quiero vivir en sitios que tengan FNAC.
Clara suspiró y me dijo:
-Pues vas a tener que elegir entre la FNAC y nuestro proyecto de pareja.
Si hubiera dicho entre la FNAC y yo me haría costado más escoger, pero su expresión –proyecto de pareja- me pareció horrible, y le pedí por favor que me acercara a la estación. Le eché la culpa a una huelga en Francia.
Compré varios periódicos en el quiosco, revistas que nunca había leído y un libro que contenía fotografías antiguas de la estación. Fui a la cafetería, me senté junto a la barra y pedí un gin-tonic. Leí la prensa y corregí exámenes hasta la tercera copa. Poco a poco la estación se iba llenando: tipos que habían pasado el fin de semana en el Pirineo, que traían esquís o bicicletas, y gente sin aspecto deportivo: pensé que serían personas como yo, que trabajaban en Francia y volvían a casa el fin de semana. En el tren habría muchos viajeros que iban a pasar unos días a París, que cruzaban la mitad de Francia por la noche. Clara no había querido hacer ese viaje.
Estaba pensando que si pedía una cuarta copa encontraría el sentido de la vida cuando escuché su voz.
-Tranquilo, si sueltas la barra no va a caerse.
Me di la vuelta. Era una chica morena, con el pelo rizado, cuatro o cinco años más joven que yo. Llevaba muletas y una pierna vendada. Pensé que mis periódicos no le dejaban ver el expositor de tapas.
-Perdón –dije, y aparté un poco mis cosas.
Ella dijo que ya sabía lo que quería. Le acerqué una banqueta para que se sentara, y se puso a hablar. Dijo que se había torcido un tobillo la tarde anterior, y que había pasado el día en la estación, mientras sus amigos seguían esquiando. Volverían todos juntos a Zaragoza esa misma tarde. Uno de mis sueños era que una desconocida comenzase a hablar conmigo en una estación del tren. Ahora, con todo a mi favor, no se me ocurría qué decir. Le pregunté por lo que hacía, y le hablé de mi trabajo. Me preguntó si ligaba con mis alumnas; no le contesté.
Después comencé a enseñarle las fotografías de la estación. Leímos juntos los pies de foto.
-Mira, si pudiéramos entrar en esta foto yo me quedaría aquí y te cuidaría, sería tu enfermero en la estación. Lo mejor sería que fuera tuberculosis o algo así, una enfermedad más romántica que un esguince de tobillo, y que tuvieras que estar en cuarentena.
Ella se rió.
Terminamos de mirar las fotografías y hablamos un rato más. Cuando subí al tren tenía su número de teléfono apuntado en el móvil. Nunca la llamé. Pero a veces, cuando llego con tiempo a una estación, me acuerdo de ella.
Este relato aparece en el volumen colectivo Canfranc (Rolde , 2007), que ha coordinado Fernando Sanmartín. El texto acompaña a esta fotografía que, como todas las del libro, es de Andrés Ferrer.
THE FOREIGNERS (II)

Traducción de Philippa Tetley y Daniel Gascón. El primer capítulo, en inglés y en castellano . La fotografía muestra una calle de Norwich .
2.
Unlike Marta and Natalia, I lived in the outskirts of Norwich, at the University: another village, a greyish residential quarter housing students from all the parts of the world. My room was in Norfolk Terrace, which wasn’t as cool or expensive as Nelson Court or Constable Terrace, but which was much better than Waveney. Norfolk and Suffolk were two ziggurat-shaped buildings. My room was on the ground floor, in front of an artificial lake full of mutant fish, where, just in case, it was forbidden to bathe.
I arrived very late but a night guardian gave me the keys. He teased me because I had two family names and told me where my room was in great detail, so I only got lost three times.
In the first days there were meetings about cheap supermarkets and academic requirements: there were no exams in February, plagiarism would be punished, every international student had their own tutor and there was a student help-line.
You could find almost everything you needed on campus: a sports centre, a disgusting restaurant, a travel agency, a theatre, a cinema, a museum, a Waterstones bookshop and a second-hand one, a small supermarket (with tobacco), newspapers and a laundry. There was a disco on Thursday nights, and a chapel that was used by many religions. Norwich was twenty minutes away by bus. A lot of people rode bikes, but I was scared of choosing the wrong side of the road.
There was a market on Tuesday and Thursday. You could buy second-hand bric a brac, posters, cheap CDs. And sometimes you were approached to join an association: the Poetry Club, the Conservative Party, the Latin Society, or the Role-playing Club, whose members fought with wooden swords in front of my window on Sunday afternoons.
There were professors, international and first-year students living on campus. I shared my floor with eleven British boys, a German and a boy from California. The house rules forbade that girls lived on the ground floor, in fear that a rapist might break in through a window.
I ran into María and Natalia when the people from the Office of International Relations took us on a bus tour around Norwich. They’d joined a group of Spaniards. It included a few boys that were going to study Environmental Sciences there, and a guy from Saragossa who’d out of the blue become the leader of the gang. His name was Fernando and he had the Real Saragossa’s insignia tattooed on his arm. He’d studied Human Resources in Saragossa and then he’d started Management in the University of Teruel. I asked him why. He said he’d get a subsidy of one thousand eight hundred euros a year for travel expenses.
“That doesn’t look like a lot of money”, I said.
“No, not if you go.” But, of course, he never went to Teruel. And he was already familiar with Norwich, because he’d arrived a few days before everyone else. He even seemed to have learned a lot about English culture.
“Here people live fucking well. Even construction workers. In Spain you work in construction and midmorning you have some fried eggs with ham and half a bottle of wine. And here, at lunchtime, they have a coke and a chocolate bar. That means they don’t work much.”
“You know, despite appearances”, said Fernando looking at Natalia, “I’m a worldly guy.” He said there was a special lunchtime offer at Pizza Hut, and was fed up with the tour, so he convinced all the Erasmus students to go and eat pizza. But I didn’t feel like it. I thought I shouldn’t separate from the excursion, because they might worry. When I realized that we hadn’t been counted, that we were old enough and that I had no food at home, Fernando and the others had probably arrived at the Pizza Hut, and I didn’t want to go there after rejecting their offer. I spent the afternoon walking, looking at shops and second-hand bookshops.
Norwich was a small city: its best moment had taken place in the Middle Ages. It had a gothic cathedral, a church turned into an art cinema, another that served as a bar, an art school and a small market near the police station. The castle, transformed into a commercial centre with a multi-screen cinema, was in the shopping district. There was a river with restaurants running along the banks, swans and a bar and night-club zone. The city was too small for my taste; we started to call it the village, because everything closed early.
I had a sausage and bought some food at the market. I didn’t want to get to the University late, because there was a welcome party for international students and I was afraid that Scotland Yard would be looking for me.
The stop for the 25 was near the market. Though there was a sign saying “UNIVERSITY”, a black haired guy, with a guitar, a radio and two bags, asked me if I knew where the University stop was. I recognized the accent and met Miguel, who was Asturian but studied Law in Bilbao. Miguel was wearing a blue coat that made him look like Harry Potter, though I didn’t tell him so. He’d flown from Oviedo–his ticket must’ve been much more expensive than mine, I thought- to London, where he’d spent two days in the house of a family friend. He’d been browsing in shops for a while, because he hadn’t brought a pillow and was unable to sleep without one, but the ones he’d seen were too expensive. I told him he was brave for doing that carrying all his luggage (and also that he could buy a duvet and a pillow in his own residence).
“I brought the duvet from home, man.”
“Maybe you can just get a pillow.”
“Do you think?”
“Sure”, I said, having no idea, but good intentions.
We told our life stories to each other: the family, football, what we wanted to do. Miguel had a brother who wrote in Asturian, the friend from London had been his girlfriend. She lived in a nice place, full of “super cool” paintings. Miguel wasn’t much interested in art, but he loved everything that looked artistic: he always had a book by his bed –the same for months- and his room in Nelson Court would soon be very well decorated, with the walls filled with photos of the sea and posters of Bob Marley and Rio de Janeiro. He said he didn’t play the guitar very well, but he’d brought it because you could always find someone who did. I told him there was a party that night and he invited me to his place for dinner: he’d brought some tins of fabada in his bags.
He looked out the bus window and pointed out what he considered interesting.
“Hey, man, what do you call pillow in English?”
“Pillow.”
At the University we picked up the key to his room; I helped him carry his stuff to his place. Miguel’s residence, a sort of chalet in the upper part of campus, was a bit more luxurious than mine. His room was on the second floor. I told him I’d cook something –I advised him to keep the fabada for a time of need- while he unpacked.
“It’s okay”, said Miguel. “I have some recipes.”
Miguel handed me a wrinkled serviette: his mother had written down for him how to make rice and pasta. I recommended he cover the pot so that the water would boil faster.
“Fuck, man, you are a fucking genius”, he said, and wrote “cover the pot” on his mother’s serviette instructions.
LOS EXTRANJEROS (II)

2.
A diferencia de Marta y Natalia, yo vivía en las afueras de Norwich, en la universidad: otro pueblo, una especie de barrio residencial y grisáceo con estudiantes de todas las partes del mundo. Mi habitación estaba en Norfolk Terrace, que no era tan cool ni tan cara como Nelson Court o Constable Terrace, pero mucho mejor que Waveney. Norfolk y Suffolk eran dos residencias en forma de zigurat. Mi habitación estaba en la planta baja, frente a un lago artificial lleno de peces mutantes y en el que, por si acaso, estaba prohibido bañarse.
Llegué de noche pero había un guardián despierto que me dio las llaves. Se burló un poco de que tuviera dos apellidos y me explicó con detalle dónde estaba mi habitación, así que sólo me perdí tres veces.
Los primeros días se celebraron reuniones sobre los supermercados más baratos y la normativa académica: no había exámenes en febrero, se perseguía el plagio, cada alumno extranjero tenía asignado un tutor y existía un teléfono de la esperanza para estudiantes.
En el campus había casi todo lo necesario: unas pistas deportivas, un restaurante asqueroso, agencia de viajes, teatro, cine, museo, una librería Waterstones y otra de segunda mano, un pequeño supermercado (con tabaco), periódicos y una lavandería. Los jueves por la noche había discoteca; en la capilla tenían su sede varias confesiones. Norwich estaba a 20 minutos en autobús. Mucha gente utilizaba bicicletas para desplazarse, pero a mí me daba miedo confundirme de carril.
Los martes y los jueves había mercadillo. Vendían vajilla de segunda mano, posters, CD rebajados. Y a veces te ofrecían entrar en alguna asociación: el club de poesía, el del Partido Conservador, la Sociedad Latina o el club de amigos del juego de rol, cuyos miembros luchaban con espadas de madera frente a mi ventana los domingos por la tarde.
En el campus vivían profesores, estudiantes internacionales e ingleses que empezaban la Universidad. Yo compartía piso con once chicos británicos, un alemán y un chaval de California. El reglamento prohibía que las chicas vivieran en el entresuelo por temor a que se colase un violador por la ventana.
Coincidí con Marta y Natalia cuando la gente de la oficina de Relaciones Internacionales nos llevó de ruta turística por Norwich. Se habían juntado con un grupo de españoles. Había unos chicos de Madrid que iban a hacer allí toda la carrera (Ciencias Ambientales) y un tipo de Zaragoza que, a esas alturas, se había convertido en el jefe de la banda. Se llamaba Fernando y tenía el escudo del Real Zaragoza tatuado en el brazo. Había estudiado Relaciones Laborales en Zaragoza y después se matriculó en Empresariales en Teruel. Le pregunté por qué. Me dijo que recibía una beca de 300.000 pesetas al año por los desplazamientos.
-No parece mucho dinero -dije.
-Si vas, no.
Pero, claro, él nunca iba a Teruel. Y ya conocía Norwich, porque había llegado dos días antes que la mayoría de la gente. Incluso daba la sensación de haberse familiarizado con la cultura inglesa.
-Aquí la gente vive de puta madre, tío. Hasta los obreros. En España trabajas de albañil y a mitad de mañana almuerzas huevos fritos con jamón y media botella de vino. Y éstos, a la hora de comer, se toman una coca-cola y una chocolatina. Eso es que no trabajan.
“Es que, aquí donde me ves”, me dijo Fernando mirando a Natalia, “yo soy un tío de mundo”. Sabía que a la hora de comer Pizza Hut tenía una oferta especial, y estaba harto de la visita turística, así que convenció a todos los Erasmus de que lo acompañaran a comer pizza. Pero a mí no me apetecía mucho. Pensaba que no debía separarme de los excursionistas, porque podrían preocuparse. Cuando me di cuenta de que no nos habían contado, de que éramos mayores, y de que no tenía comida en casa, Fernando y los demás debían estar en Pizza Hut, y yo no quería volver después de haber rechazado su proposición. Estuve paseando, mirando las tiendas y las librerías de segunda mano.
Norwich era una ciudad pequeña: había vivido su momento de esplendor en la Edad Media. Tenía una catedral gótica, una iglesia reconvertida en cine de arte y ensayo, otra que hacía de bar, una escuela de artes y un mercadillo cerca de la comisaría de policía. El castillo estaba en la zona de tiendas, transformado en un centro comercial con multicines. Había un río con restaurantes a la orilla, cisnes, y una zona de marcha. La ciudad era demasiado pequeña para mi gusto; enseguida la empezamos a llamar el pueblo, porque todo cerraba muy pronto.
Me tomé una salchicha y compré algo de comida en el mercadillo. Quería llegar a la universidad pronto, porque había una fiesta de bienvenida para los estudiantes internacionales y temía que Scotland Yard me anduviera buscando.
La parada del 25 estaba cerca del mercado. A pesar de que había un letrero donde ponía “UNIVERSITY”, un chico moreno, con una guitarra, un radiocassette y dos maletas me preguntó si sabía dónde paraba el autobús que iba a la universidad. Reconocí el acento y conocí a Miguel, que era asturiano pero estudiaba Derecho en Bilbao. Miguel llevaba un abrigo azul muy largo que hacía que se pareciera un poco a Harry Potter, aunque no se lo dije. Había volado de Oviedo a Londres -un billete mucho más caro que el mío, pensé-, donde había pasado dos días en casa de una amiga de la familia. Llevaba un rato recorriendo tiendas porque no traía almohada y no podía dormir sin ella, pero todas le habían parecido muy caras. Le dije que tenía mérito ir tan cargado (y también que, como decían los folletos de la Universidad, uno podía comprar edredón y almohada en la propia residencia).
-No, tío, es que el edredón lo traje de casa.
-Igual puedes comprar una almohada.
-¿Tú crees?
-Seguro -dije, sin tener ni idea, pero convencido de realizar una buena acción.
Nos contamos la vida: la familia, el fútbol, lo que queríamos hacer. Miguel tenía un hermano que era escritor en asturiano; la chica de Londres había sido su novia. Ella vivía en un sitio muy bonito, lleno de pinturas “super guapas”. A Miguel no le interesaba mucho el arte, pero le apasionaba todo lo que tuviera aspecto artístico: siempre tenía un libro en la mesilla –el mismo durante meses-, y su habitación de Nelson Court pronto estaría muy bien decorada, con las paredes llenas de fotos del mar y posters de Bob Marley y Río de Janeiro. Decía que casi no sabía tocar la guitarra, pero que la había traído porque siempre había alguien que sabía. Le conté que había una fiesta esa noche y me invitó a cenar antes en su casa: llevaba en la maleta unas latas de fabada.
Miraba por la ventanilla y señalaba lo que le parecía interesante.
-Oye, tío, ¿cómo se dice almohada en inglés?
-Pillow.
En la universidad recogimos la llave de su habitación; le ayudé a llevar el equipaje hasta casa. La residencia de Miguel era un poco más lujosa que la mía, una especie de chalet. Su habitación estaba en el segundo piso. Le dije que cocinaría algo -le recomendé que guardase la fabada para un momento de necesidad- mientras él deshacía las maletas.
-Mira, no te preocupes -dijo Miguel-. Tengo unas recetas.
Miguel me pasó una servilleta arrugada: su madre le había apuntado cómo hacer arroz y espaguetis. Le aconsejé que tapase la cacerola para que el agua hirviera más deprisa.
-Joder, tío, controlas un montón de movidas –dijo, y apuntó “tapar la olla” en la servilleta de su madre.
"Los extranjeros" es uno de los relatos del libro El fumador pasivo . Aquí , el primer capítulo. La fotografía muestra la catedral de Norwich.
UNA NOVIA EN SAN FRANCISCO

Mierda, pensó Sergio cuando notó la vibración del móvil en el bolsillo de la camisa, al principio de la clase.
El mensaje de Patricia tenía un tono amenazador: “¿Puedes quedar esta tarde? Tengo que hablar contigo. Un beso”. Sergio llevaba tres días aplazando la cita, así que le contestó y le dijo que podía, pero poco rato, y apagó estúpidamente el móvil, como si eso fuese a evitar que llegara la respuesta. Pero la contestación de Patricia le pareció todavía más inquietante: “Tranquilo, no pienso entretenerte mucho rato”. A continuación proponía un lugar y una hora; mientras respondía un lacónico “Ok” y tomaba el tercer café de máquina de la tarde, Sergio pensaba que nunca debería haberla invitado a esa última copa.
En los últimos tres años, Patricia y Sergio se habían acostado una veintena de veces. Se conocieron durante el primer curso de la carrera de Sergio, cuando Patricia ya llevaba tres o cuatro años en la Facultad, a raíz de una revista universitaria que publicaba los cuentos de Sergio y los ensayos de Patricia sobre literatura española del siglo XX. Iván, el novio de Patricia, un tipo muy simpático, también colaboraba con algún artículo. Iván no acudió a una de las presentaciones, y Sergio y Patricia se enrollaron en la parada de taxis, cerca de la estación de autobuses. Se vieron con regularidad durante varias semanas. Después Sergio empezó a salir con una chica de clase, y Patricia siguió con Iván, que teóricamente no sabía nada, pero que empezó a tratar a Sergio con más frialdad.
El año siguiente Patricia consiguió una beca para hacer el doctorado en Berkeley. Ella y Sergio se escribían emails con cierta frecuencia y se veían cuando Patricia volvía de vacaciones: Sergio pasó un año en Inglaterra, pero tras su regreso continuó viviendo en un barrio residencial de Zaragoza. A Sergio le divertían las historias del departamento y San Francisco, y le gustaba hablar con ella de literatura y temas académicos. Quedaban en un bar irlandés, bebían unas cuantas copas y a las once Sergio cogía un autobús que lo llevaba de vuelta a su barrio; Patricia se burlaba y lo llamaba Cenicienta.
Patricia le proporcionaba referencias bibliográficas para sus trabajos y leía sus cuentos. Normalmente quedaban solos, pero, como pensaba que los amigos de Sergio eran un poco primitivos, siempre le ofrecía que saliera con los suyos: un grupo que había estudiado en el colegio Británico, que tenía aspiraciones culturales y a veces esnifaba cocaína.
Patricia era guapa, alta y se parecía las mujeres que más le gustaban. Le atraía su punto de vista científico y desapasionado sobre la literatura, y siempre estaba dispuesta a quedar. Pero había algo que lo distanciaba de ella, que hacía que no quisiera ser su amante y que, de una manera que no acaba de entender, porque era muy bonito tener una novia en San Francisco, prefiriese la amistad. Lo contrario significaba entrar en un círculo del que era muy difícil salir: Patricia había encontrado trabajo para dos de sus mejores amigas en California, y el curso anterior, había convencido a Sergio e Iván de que pidiesen dos becas de doctorado en UCLA, e incluso inició las gestiones para que los dos compartieran piso en América. Quedó con ellos en Navidad –en esa época estaba rompiendo con Iván- y les ayudó a resolver el papeleo. Pero la situación hacía que Sergio se sintiera incómodo: al final no presentó todos los materiales y continuó sus estudios de Filología en Zaragoza.
A veces se equivocaba y rompía sus propias reglas. Una noche de semana santa se había despedido de Patricia con un beso en los labios. Ese tipo de cosas le hacían pensar que tenían una cuenta pendiente. Y unas semanas atrás, a finales de agosto, quedaron en el bar de siempre, y Sergio perdió el autobús. Mientras el coche se alejaba, preguntó a Patricia si le apetecía tomar una última copa, y la besó en la misma esquina donde se habían besado por primera vez.
Mientras caminaba hacia el bar donde siempre se encontraba con ella, y en el que había quedado con muchas chicas en una época más promiscua, Sergio pensaba que había sido un desliz estúpido, pero que a continuación había cometido un error más grave. La llevó al piso vacío que su familia tenía en el centro. Empezaron a follar sin condón, y ella le dijo:
-Espera un momento.
Patricia abrió su bolso y sacó un preservativo.
-Perdona. Creía que tomabas la píldora.
-Ya no. Ha pasado mucho tiempo.
Aunque follaron varias veces esa noche, y aunque Patricia, a diferencia de otras ocasiones, se había quedado con él hasta el día siguiente, Sergio creyó que había un reproche en sus palabras.
Quizá fuera ese reproche la razón por la que no la había llamado. Pero también es cierto que ella se había ido a América para arreglar unos papeles, y que él le había enviado un sms de cortesía. Y, sin embargo, ahora todo había salido peor de lo que había esperado.
La había dejado embarazada.
Era el momento más inoportuno, porque estaba saliendo con otra chica; porque no tenía dinero para pagarle un aborto ni ganas o ánimo para acompañarla a una clínica. Se había acostado pensando que no significaba nada, y ahora estaba en un lío tremendo por culpa de una imprudencia de adolescente.
Seguramente, Patricia consideraría un aborto la mejor opción: ellos ni siquiera eran novios, y vivían en dos continentes distintos. Era probable que se empeñara en pagar la intervención. Pero, desde el punto de vista de Sergio, eso sería rehuir su responsabilidad. Tampoco sabía lo que pensaría ella: aunque cualquier educador sexual explica que pueden escapar unas gotas de semen antes de la eyaculación, no dejaba de ser una negligencia técnica, algo que se le podía echar en cara, como parecía indicar el tono de los mensajes de Patricia. Y, aunque todo saliera bien, su relación habría dejado de carecer de consecuencias.
Patricia sonrió cuando Sergio entró en el bar. Estaba sentada en una banqueta, había una copa de vino junto a ella. Se dieron dos besos y Sergio pidió una cerveza.
-¿Qué tal?
-Harta –dijo Patricia-. Estoy harta de Valle-Inclán.
Sergio sintió un poco de alivio: Patricia preparaba una tesis sobre las novelas que Valle-Inclán había escrito acerca de las guerras carlistas.
-Y además, tengo que quedarme aquí este otoño. Seguro que en Berkeley hace mejor tiempo.
Sergio se quedó con la boca abierta. Hasta entonces, no se había dado cuenta de que las dificultades que planteaba una relación, o incluso compartir unas responsabilidades, servían para ponerle las cosas fáciles. Pero ahora ella iba a pasar el otoño en Zaragoza. Y él, por supuesto, le había dicho que no tenía novia la noche del incidente.
-Me han dado seis meses de fiesta para investigar –dijo Patricia-. Así que estaré yendo de aquí para allá, a Madrid y a Galicia –hizo una pausa. Le daban un semestre sabático sin tener una plaza fija: Sergio pensó que no había dios que se creyera eso-. Pero en realidad creo que es lo mejor.
Sergio tragó saliva.
-Dice Arcadi Espada que Valle-Inclán es el segundo mejor escritor nacido en Villanueva de Arosa, después de Julio Camba.
Patricia sonrió y Sergio le dijo que antes de llegar se le había quedado atascada la cremallera del abrigo, y que había entrado en el baño de una cafetería para quitárselo. No era cierto, pero le había pasado hacía un par de días y le apetecía contarlo. Ella soltó una carcajada. Se quedaron callados.
-Necesitaba hablar con alguien. Por eso te he mandado los mensajes.
Sergio la miró a los ojos un momento y comenzó a liar un cigarrillo.
-Es sobre un chico que conocí en Madrid este verano, en el congreso sobre Valle-Inclán. Y no sé qué hacer. Estoy histérica, y pensaba que tú podrías entenderlo.
-Cuéntamelo.
-He dicho que es un chico, pero debe tener 35 años o así. Da clases en Santiago. Escribió una tesis sobre las vanguardias. No es especialmente guapo pero tiene su punto. Y se lo sabe todo. El caso es que lo conocí en junio. Empezó a escribirme emails, a contarme que estaba muy mal con su mujer. Y en agosto, cuando fui a Galicia, nos vimos y nos liamos. Su mujer estaba fuera. Yo no estoy acostumbrada a estas cosas.
-Y se enamoró de ti, claro –dijo Sergio, que no entendía qué tenía que ver esa historia con su problema.
-No, para nada –se rió-. Creo que no. No dio señales de vida en un mes. Pero hace un par de semanas le mandé un email porque había leído un artículo suyo. Me contestó al día siguiente. Me decía que está muy deprimido, que tiene insomnio, que quiere verme. Y llama a mi casa a cualquier hora. Le dije que pasaría aquí el otoño y quiere que me vaya a Galicia. Dice que ya no vive con su mujer.
-¿Y tú qué quieres hacer?
-No lo sé. Me parece todo una locura. Yo me vuelvo a ir dentro de poco.
-No parece una persona muy equilibrada, ¿no?
-No. ¿Quieres leer sus mensajes?
-No. Me los imagino.
-Bueno –Patricia respiró hondo-. ¿Qué te parece?
-Es una historia bonita. Pero no sé qué decirte. De todas formas, por lo que cuentas te aconsejaría prudencia, como en las negociaciones con los terroristas. Eso de que de repente te empiece a mandar mensajes, después de no haberte dicho nada en un mes…
-Sí, es muy raro –dijo Patricia-. Pero estoy mucho mejor después de contarlo.
-También es bonito que te pase, ¿no?
Pidieron dos copas más. Patricia contó más cosas del profesor de literatura, de su conversación en el congreso, a la salida de una ponencia sobre Tirano Banderas, y de su primer encuentro sexual. Decía que la historia le parecía tan disparatada que no se atrevía a compartirla con sus amigas, y Sergio pensó que, desde que se conocían, Patricia no le había hecho confidencias personales. Seguro que había tenido amantes en Berkeley después de romper con Iván, y quizá se veía con alguien en Zaragoza. Después volvieron a hablar de la literatura y la Universidad, del multiculturalismo y la política internacional. Hicieron chistes malos y se rieron bastante. Con algo de melancolía, Sergio descubrió que no sentía ni rastro de nerviosismo.
Aunque ella no se lo pidió, acompañó a Patricia hasta su portal. Llegó a la parada del autobús con un cuarto de hora de tiempo y se entretuvo observando en la calle los primeros signos del otoño.
Este cuento de Daniel Gascón apareció en el número 79 de la revista Turia.
THE FOREIGNERS

Traducción de Philippa Tetley y Daniel Gascón.
1.
When, on the fifteenth of September of 2001, I set out on my trip to England to be an Erasmus student in the University of East Anglia, I wanted to be an American writer. I had chosen Norwich because it had a good Film and Literature department, because there were creative writing classes and because London was too expensive.
Norwich was also W. G. Sebald’s country. Come to think about it, it was a bit strange: though Sebald had been working a long time at that University –where he’d founded a Centre for Literary Translation-, he’d been born in Bavaria in 1944 and was an extraterritorial writer, who had success in English-speaking countries, was more comfortable in the company of the dead than of the living, taught classes on Kafka and Robert Walser and, in general terms, didn’t give the impression of being exactly full of the joy of life.
When I chose Norwich, I didn’t know Sebald lived there, or who he was, or even that James Stewart had spent part of World War Two in East Anglia. I learned all this in an interview that I read two months later. I couldn’t pick up Sebald’s unit –a course on Kafka’s shorter fiction- because it was for postgraduate students. On the other hand, I was afraid of meeting him, especially after finding out that he didn’t read his contemporaries, because now I was a contemporary author and felt a bit guilty.
That day, in the train to Norwich, I carried two books by Sebald, an English-guide book and an English-Spanish dictionary which was exaggeratedly big but, appropriate, I hoped, for a literature student. I also carried two copies of my book, which I thought I’d give to Martin Amis as soon as I met him, or donate to the library, though I ended up giving them to a couple of girls that looked pretty enough. I had waited to read to The Rings of Saturn for a long time. I was already on the train when I opened it and started to travel beside the narrator through the landscapes of Suffolk County, to examine the skulls of the dead and the history of silk in China and Europe.
The train was old and didn’t have many passengers: a man reading a newspaper, a sleeping woman and two girls with lots of bags. I thought it’d be nice to fall a bit in love with an English girl, like in a story by Kureishi. We’d go to London on weekends and I’d learn dirty words in English.
The train stopped. I looked out the window. I thought I’d see a typical Sebald landscape, but it was dark and I couldn’t see shit. I heard the announcer: the only thing I understood was the word fatality, fatality on the tracks, fatality on the road [1], something like that. The man who was reading the newspaper looked up when he heard the voice. He made a resigned gesture. He said (in an easy to understand English accent): “Somebody committed suicide”.
The two girls stared at me. One of them –the prettiest- said: “Hi, you’re Spanish, aren’t you?”
“I’m from Saragossa”.
“We’re from Burgos”.
The train started to move. The snack vender came through and I closed my book and sat next to Marta and Natalia, we asked for coffees and chocolate bars and I couldn’t stop thinking: “Suicide, how rude”.
Las dos fotos son vistas del campus de la UEA desde el lago. La residencia de Norfolk, donde yo vivía, tenía forma de zigurat. Yo estaba en la planta baja, solía entrar en mi cuarto por la ventana.
Sobre Sebald y los contemporáneos ha habido alguna polémica.
LOS EXTRANJEROS

1.
Cuando, el 15 de septiembre del 2001, emprendí mi viaje a Inglaterra para cursar una beca Erasmus en la Universidad de East Anglia , quería ser un escritor americano. Había elegido Norwich porque tenía un buen departamento de literatura y cine, porque se daban clases de escritura creativa y porque Londres era demasiado caro.
Norwich era también el país de W.G. Sebald. Si lo pensaba dos veces, resultaba un poco extraño: aunque Sebald llevaba muchos años trabajando en esa misma institución -donde había fundado un Centro de Traducción Literaria-, había nacido en Baviera en 1944 y era un escritor extraterritorial, que tenía éxito en los países anglosajones, se sentía más cómodo en compañía de los muertos que de los vivos, impartía clases sobre Kafka y Robert Walser, y en términos generales no daba la impresión de ser la alegría de la huerta.
Al escoger Norwich no sabía que Sebald vivía allí, ni quién era Sebald, ni siquiera que James Stewart había pasado en East Anglia parte de la Segunda Guerra Mundial. Descubrí todo eso en una entrevista que leí dos meses más tarde. No pude matricularme en la asignatura de Sebald -un curso sobre los relatos de Kafka- porque estaba destinada a postgraduados. Por otro lado, me daba mucho miedo conocerlo, sobre todo después de haberme enterado de que no leía a sus contemporáneos, porque ahora yo era un autor contemporáneo y me sentía un poco culpable.
Aquel día, en el tren que iba a Norwich, llevaba los libros de Sebald, una guía de Inglaterra y un diccionario inglés/español exageradamente grande, pero apropiado, esperaba, para un estudiante de literatura. Llevaba también un par de ejemplares de mi libro, que pensaba dar a Martin Amis cuando lo conociera, o donar a la biblioteca, y que terminé regalando a dos chicas que me parecieron guapas. Había esperado a leer Los anillos de Saturno bastante tiempo. Ya estaba en el tren cuando lo abrí y empecé a recorrer con el narrador los paisajes del condado de Suffolk, a examinar el cráneo de los muertos y la historia de la seda en China y Occidente.
El tren era viejo y llevaba pocos pasajeros: un señor leyendo el periódico, una mujer dormida y dos chicas con muchas maletas. Pensé que sería bonito enamorarme un poco de una inglesa, como en un cuento de Kureishi. Iríamos a Londres los fines de semana y aprendería obscenidades en inglés.
El tren se paró. Miré por la ventanilla. Creía que vería un paisaje típico de Sebald, pero ya era de noche y no se veía un pijo. Escuché la voz de un asistente: lo único que entendí fue la palabra fatality, fatality on the tracks, fatality on the road, algo parecido. El hombre que leía el periódico levantó los ojos al oír la voz. Hizo un gesto de cansancio. Dijo (en un inglés más comprensible para mí): “Alguien se ha suicidado”.
Las dos chicas se me quedaron mirando. Una de ellas -la más guapa- me dijo: “Hola, eres español, ¿no?”
-Soy de Zaragoza.
-Nosotras somos de Burgos.
El tren arrancó. Vino un hombre que vendía café y yo cerré el libro y me senté con Marta y Natalia, pedimos café y chocolatinas, y no podía dejar de pensar: “Suicidarse, qué falta de educación.”
Así empieza "Los extranjeros", uno de los relatos de El fumador pasivo.
Un , dos , tres , cuatro escritores de Norwich. Y una necrológica de Sebald.
EL CUADERNO

Mientras el tren arrancaba, Sergio abrió la cartera y buscó entre los libros y los periódicos. Después se echó contra el respaldo y cerró los ojos. No podía creer que hubiera olvidado el cuaderno.
Se lo había dejado por culpa de la discusión del vino. Hasta ese momento, todo había salido bien. Había contactado con Alberto Dieste por e-mail, al enterarse de que iba a viajar a París para presentar su nueva novela en la librería Compagnie. Era una coincidencia afortunada: Sergio daba clases de español en una universidad de la periferia y escribía una tesis sobre la obra de Dieste, a quien había conocido brevemente meses atrás. El escritor respondió a su correo: le dijo que vendría con su mujer, Carmen, y que se quedarían una semana. Podrían verse el miércoles a mediodía; le dio las señas de su hotel, cerca de Montparnasse.
Sergio fue a buscarlos; llegó demasiado pronto, se entretuvo dando una vuelta a la manzana. En el hall pensó que formaban una pareja curiosa: él era larguilucho, de ojos verdes, y ella era bajita y morena. Sus ropas mezclaban la elegancia y el disparate. Dieste propuso ir a una librería, y luego se dirigieron hacia Saint-Michel en autobús. Alberto Dieste recordó sus años de juventud durante el trayecto; Carmen le dijo que ella, como él, había sido profesora de español en Francia, en un pueblo de Bretaña. Dieste le contó el argumento de su próxima novela, que acababa de terminar.
-¿Ya sabes cómo va a titularse?
Alberto Dieste miró a su alrededor. Luego miró a su mujer.
-No se lo puedo decir a nadie –dijo, e hizo una pausa-. Sólo lo sabe Carmen.
Comieron en un restaurante que frecuentaban escritores y editores. Se sentaron en la zona de fumadores: Carmen seguía fumando, aunque había dejado de beber destilados; Alberto continuaba bebiendo, pero ya no fumaba.
Entre los tres tomaron dos botellas de vino. Alberto y Carmen no dejaron que Sergio pagase. Después pasearon por el barrio latino. Sergio le preguntó a Alberto Dieste por sus escritores preferidos y aclaró algunas dudas que le habían surgido al leer sus novelas. A Sergio le emocionaba hablar con uno de los narradores que más admiraba; Alberto parecía disfrutar de su compañía: le llamaba “hijo”, parodiando a un padre que explicara los secretos de la vida. Carmen resolvía los problemas prácticos: traducía el menú e indicaba las direcciones. Alberto, pensó Sergio, no demostraba mucho interés por el mundo real.
Entraron al un bar que, según Dieste, siempre iba Andy Warhol cuando visitaba París, y buscaron una mesa junto a la ventana. Sergio y Alberto tomaron dos whiskies; Carmen pidió una copa de vino. Dieste le dijo a Sergio que el autor que más había influido en su última novela era un escritor semidesconocido, que sólo había publicado dos libros. Había vivido en la misma calle en la que estaban. Dieste dijo el nombre y Sergio sacó su cuaderno.
-¿Te apuntas cosas? –dijo Carmen.
-Sí, es un poco ridículo, pero...
-Qué va, me encanta.
Sergio escribió el nombre del autor.
-¿Crees que debería decirte el título de mi novela? –preguntó Dieste.
La pregunta sorprendió a Sergio. Se encogió de hombros. Dieste lo miró a los ojos:
-¿Crees que has hecho méritos para ello? –hizo una pausa-. Carmen, ve a pedir otra botella de vino. Vamos a brindar.
Carmen no se levantó.
-Alberto, creo que ya has bebido bastante.
-¿Qué dices?
-Estamos bien así. Ya veo hacia dónde vas...
-Bueno, tú fumas todo lo que quieres y yo tengo que aguantarme, ¿no?
-No es el momento.
Sergio no sabía qué hacer. Alberto y Carmen hablaban sin gesticular ni alzar la voz, pero la tensión iba en aumento. Sergio se levantó y fue al cuarto de baño. Esperó un poco, recitó un soneto y la alineación de un equipo de fútbol: cuando volvió, Carmen y Alberto sonreían. No hablaban.
-Ya ves. Cosas de los matrimonios –dijo Alberto Dieste.
-Ya –dijo Sergio. Habría propuesto tomar algo más pero prefirió no hacerlo. Tampoco se atrevió a preguntar el título de la novela. Además, tenía que coger el tren de vuelta a casa. Los dejó en el bar: Alberto lo abrazó y le regaló la traducción francesa de uno de sus libros, y Carmen le pidió que fuera a visitarlos en Madrid. Sergio quería apuntar lo que había pasado aquel día, pero no había encontrado el cuaderno.
Era una putada. No había textos terminados en la libreta, porque solía escribir en el ordenador. Pero el cuaderno contenía muchas notas de lecturas, pequeñas observaciones que hacía en cuanto tenía un momento libre, entre clase y clase, o en la cola de la oficina de correos. Y se lo había dejado en el bar, encima de la mesa.
Podría ir a buscarlo el fin de semana, si el camarero no lo había tirado. O si Dieste y Carmen no lo veían. En ese caso, pensarían que era un despistado, un tipo poco riguroso. Alberto Dieste abriría el cuaderno, como si fuera un personaje de una de sus novelas, en busca de historias. En un primer momento, Sergio se sintió halagado: allí, Dieste vería las ideas esenciales de su tesis, apuntes rápidos acerca de sus relatos y otros libros, y quizás le sorprendiera su perspicacia. Pero luego se dio cuenta de que eso era imposible. Si Dieste cogía el cuaderno buscaría directamente los comentarios sobre su obra. Y allí, en esos garabatos, seguro que encontraría cosas molestas, observaciones que le parecerían injustas, y que ni siquiera estaban bien redactadas. Odiaría el cuaderno. Probablemente no se lo devolvería, y dejaría que su relación se enfriase poco a poco: nunca podría terminar su tesis.
La actitud de Carmen sería distinta. Dieste cerraría el cuaderno, quizás algo avergonzado pero posiblemente ofendido por los comentarios sobre sus novelas, y Carmen lo abriría. Le había hecho muchas más preguntas que Alberto, y al final le había dicho: “Pásate por casa cuando vengas a Madrid, por favor”.
Carmen buscaría los apuntes literarios, pero pronto comenzarían a interesarle otras cosas. La caligrafía, por ejemplo (antes, en el bar, le había dicho que era una letra extraña para alguien tan joven). Y sobre todo, le atraerían los fragmentos más personales, como las entradas en las que hablaba de Claire, de sus primeros encuentros en la sala de profesores del departamento, la descripción de sus primeros polvos, su relación y la ruptura final. Probablemente le llamaría la atención la descripción de la habitación de Claire, que había escrito una mañana, después de que ella se fuera a trabajar. A Carmen, que no tenía hijos, le gustaría acceder a la intimidad de un joven, y pensaría que en realidad se sentía bastante solo en esa universidad a las afueras de París.
Cuando el tren se detuvo en la estación de Mantes La Jolie, Sergio abrió la cartera para consultar la hora en el móvil y encontró el cuaderno, escondido en el bolsillo interior como un criminal en una calle oscura.
Este relato de Daniel Gascón apareció en el número de diciembre de la revista Enateca , de Enate.
GRULLAS

1.
-Tienes el móvil apagado, ¿verdad? -le pregunta Salva, el ayudante de producción.
-Sí -dice Laura.
-Ha llamado Marcos. Llegará a la estación a las cinco.
Laura frunce el ceño. No sabía que Marcos fuese a venir.
-Pues a ver cómo se las arregla para encontrarnos.
Están en la Laguna de Gallocanta, rodando un corto, y ha llovido durante toda la mañana. Llevan un poco de retraso. Deberían acabar todo lo de la laguna antes del mediodía, y rodar una secuencia en el pueblo por la tarde.
-Si quieres me paso a recogerlo.
-¿Puedes?
-Claro. Así veo cómo va lo de la fiesta.
-Muchas gracias, Salva.
Laura vuelve con el resto del equipo. Ayuda a trasladar el material de cámara. Félix está a unos metros de allí, discutiendo con una pareja de la guardia civil. La laguna es un espacio protegido: los guardias civiles quieren asegurarse de que no estropean nada. A Laura le preocupa la vehemencia de Félix. Lo conoce desde niña y lo quiere mucho, pero sabe que se enfada con facilidad y lo último que necesitan es meterse en problemas con la guardia civil. Ya han tenido que prolongar un fin de semana el alquiler del equipo técnico y esta noche hay una fiesta de fin de rodaje en el bar del pueblo. Laura cree que es ella la que debería hablar con la policía. Y Félix tendría que estar con Pachi, el director de fotografía, porque para eso estudia cine.
-¿Lo hacemos en un plano o dos? -pregunta Pachi.
-En dos. Primero los cogemos juntos, y luego, cuando María se va, la cogemos sola.
Pachi se queda mirando. Laura es guionista, no controla los aspectos técnicos. Pero Félix nunca había hecho un corto y prefería que le ayudase en las tareas de dirección de "La Laguna". Laura se ha aprendido de memoria el story board y ha leído varios manuales. Por la noche repasa con Félix la planificación del día siguiente. Pero eso no impide que se sienta como una imbécil cada vez que le preguntan.
-Me parece -dice la script- que te estás saltando el eje.
-Creo que no.
-Sí. Te lo estás saltando -dice el director de fotografía, que hace un rectángulo en el aire con las manos.
Llegan varios más –los miembros del equipo de cámara y de sonido- y comienzan a discutir. Los guardias civiles se marchan y Félix viene corriendo.
-Félix, ¿esto lo hacemos en un plano o en dos?
-En uno -dice Félix.
Laura lo mira y él vacila un instante.
-Vamos muy pillados de tiempo.
Laura va a ver si los actores tienen algún problema con el diálogo. Una bandada de grullas echa a volar y estropea la primera toma. Laura está segura de que no se saltaba el eje.
2.
El resto del día las cosas salen bastante bien, pero Laura siente que está de más. Escucha a los actores y mira sus movimientos en el combo. En la secuencia de la tienda el vestuario no la convence y le parece que los diálogos están mal construidos.
Laura quería ganarse el respeto de sus compañeros de rodaje. Muchos estudian con Félix en la escuela de cine y son gente muy profesional que sólo habla de películas. A veces piensa que la miran como a un bicho raro, y que Félix la haya desautorizado delante de todos no le hace ninguna gracia.
-Me ha gustado mucho más la última versión del guión -le dijo el decorador el día en que se conocieron-. El otro final, no sé... me parecía un poco misógino.
-¿Misógino? Pero si yo soy una mujer.
El primer fin de semana de rodaje fue desastroso, con un montón de dificultades técnicas. Llovió y tuvieron que rodar en una casa una secuencia prevista en exteriores. Los chicos de la escuela querían trabajar como si estuvieran en Hollywood, y se plantaron en el bar del pueblo para alquilar un coche blanco que evitase los reflejos del sol. Laura convenció a un jubilado de que les dejase gratis un Peugeot un poco viejo, pero que quedaba muy bien. Y también consiguió que la mujer del jubilado, que tenía una pinta estupenda, apareciese como figurante en otra de las secuencias.
Marcos vino de visita el segundo fin de semana. Ella lo había invitado, pero Marcos estaba muy incómodo y Laura tampoco se encontraba a gusto. Ya no podía hacer los chistes pedantes del primer fin de semana, como cuando había dicho “Coito ergo sum” y Sonia y Salva se habían muerto de risa. Tenía que estar pendiente de Marcos, que hacía fotos todo el tiempo y no hablaba con nadie del equipo. Por la noche se habían quedado despiertos hasta muy tarde en la habitación de la casa rural, y al día siguiente estaba cansadísima.
El domingo por la mañana, Laura llegó medio dormida al set. El equipo aún no habia llegado y Félix repasaba las posiciones de cámara. Estaba muy nervioso.
-Creo que podríamos hacerlo mejor. No me gusta mucho –dijo Laura.
-Si no te gusta –contestó Félix-, ¿por qué no te vuelves al hotel a follar con tu novio?
Después Félix le pidió disculpas. Dijo que no sabía lo que decía, que estaba histérico por el retraso que llevaban sobre el plan de rodaje. A fin de cuentas, él pagaba la mayor parte del corto. Laura le dijo que no pasaba nada.
Por la tarde, a Marcos le molestó que no fuera a despedirle a la estación, pero tenía mucho trabajo. Tampoco era tan difícil de entender.
Félix da la toma por buena.
-¿No crees que María estaba un poco forzada? -dice Laura.
-No.
-Creo que podría estar mejor.
-Laura, todo podría estar un poco mejor.
Sólo quedan dos planos para acabar el corto. Laura está nerviosa: Marcos ya debería haber llegado. Se va con Fabio, un chico de la escuela que está preparando un making off y que lleva varios días pidiéndole una entrevista. La coloca contra una ventana y le pregunta sobre el mensaje de su guión. Laura contesta pensando que sólo dice tonterías. Al final de la calle ve cómo llegan Salva y Marcos.
3.
En la fiesta de fin de rodaje todos se emborrachan bastante y se dicen lo maravillosos que son y lo bien que se lo han pasado haciendo este corto. Marcos habla con los chicos del equipo de dirección: ha traído un álbum de fotos del rodaje. Laura se entera de algunos líos: María se ha enrollado con el chico que maneja la cámara, y la novia del chico, Sonia, está un poco mosqueada. El actor principal besa a la hermana de Félix, que preparaba los bocadillos, y la camarera no les quita el ojo de encima. Sonia se echa a llorar; Félix la acompaña fuera.
Félix se ha convertido en el centro moral del rodaje. No tiene arranques de mal genio ni momentos de histeria. Y nunca ha perdido la compostura. Habla con todos, les escucha y ríe sus gracias, pero se va pronto a la cama. Da una impresión de seriedad.
A Laura también le habría gustado ser un punto de referencia, pero se da cuenta de que los miembros del equipo tienen más confianza en Félix y le parece bien. No cree que sea porque ella es chica o porque no pertenece al mundo del cine. No le gusta culpar a las circunstancias: piensa que todos tenemos una responsabilidad en lo que nos pasa. Puede que hubiera un ambiente hostil, pero su actitud -sus dudas, prestar demasiada atención a su novio cuando estaban rodando- no ha sido la más adecuada. Al final ha terminado en segunda fila.
Las chicas del pueblo tontean con los miembros del equipo. La fiesta parece una verbena, pero con la gente del rodaje, y música de Manu Chao en lugar del toro enamorado de la luna. Laura sale un momento a la calle. Fuera Sonia está besando a Félix.
Cuando la ven llegar Sonia se separa y vuelve al bar. Félix se queda, pero no sabe muy bien qué hacer.
Laura piensa en la novia de Félix, a la que ha tomado cariño últimamente. Aunque intenta no juzgar, le sorprende que Félix esté incómodo, y piensa en el tiempo que hace que son amigos, y en que nunca ha pasado nada entre los dos.
-Bueno, hemos terminado, ¿no? -dice Laura.
-Queda el montaje.
-Ya, pero cuando estás montando no importa que haga mal tiempo.
Félix sonríe.
-Si quieres puedes pasarte un día por Madrid a ver cómo queda –hace una pausa-. Las fotos de Marcos están muy bien.
-No sabía que iba a venir.
Félix le pasa el brazo por el hombro.
-Puede venir, ¿no? Esto es una fiesta.
Félix y Laura vuelven al bar. Casi todos están muy borrachos, algunos se han subido a las mesas. Laura no entiende cómo es posible que Marcos decidiera venir de repente pero haya tenido tiempo de preparar un álbum.
4.
A la mañana siguiente Laura vuelve a Zaragoza con Marcos, que tiene que trabajar por la tarde. Félix le ha dicho que no hace falta que se quede, que él se encargará de recoger el equipo con Salva y Sonia. No supone una sorpresa sino más bien un alivio: en el fondo es mejor que Félix no la necesite. Casi no pasan coches y a Laura le gusta conducir. Más que escribir o que rodar cortos. Va muy deprisa, con la ventanilla medio bajada, y no presta ninguna atención al paisaje.
-Había mejor ambiente este fin de semana -dice Marcos-, ¿no?
-La mitad del equipo estaba enrollada con la otra mitad, y yo sin enterarme.
-Bueno, eso estaba cantado, ¿no?
Laura se encoge de hombros. Le molesta que su novio acabe las frases con preguntas.
-Me alegro de haber venido -dice Marcos-. El fin de semana pasado me fui con una sensación un poco rara.
Marcos le pide que pare un momento. Quiere hacer unas fotos en la orilla de la carretera. Mira a Laura antes de salir del coche.
-¿Tú te alegras de que haya venido?
-Sí -dice Laura, pero en ese momento piensa en arrancar y dejar a Marcos solo, en el arcén de una carretera desierta, fotografiando una estúpida bandada de grullas.
Este relato está incluido en El viento dormido (Eclipsados, 2006).
