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Daniel Gascón

CUARENTENA

CUARENTENA

Lo que más me gustaba de la estación de Canfranc eran las chicas que venían de esquiar, con el equipo y las maletas y una vulgaridad irresistible. En aquella época, pasaba por la estación un par de veces al mes, porque daba clases de español en Tolouse. A veces seguía en el tren que iba a Zaragoza, mi ciudad, y veía a mis padres; en otras ocasiones bajaba y cogía un regional que me acercaba al pueblo donde trabajaba Clara. Había vuelto a discutir con ella ese fin de semana, y le había dicho que mi tren salía a las cinco, porque prefería esperar en la estación a seguir hablando de lo mismo.

Clara era maestra y estaba destinada en un pueblo de Huesca. Quería que yo hiciera unas oposiciones para ser profesor de secundaria; según Clara, no le resultaría difícil pedir el pueblo donde me enviaran, y así podríamos vivir juntos. Aunque su plan me parecía bastante improbable, le expliqué por qué no quería opositar.

-Sólo quiero vivir en sitios que tengan FNAC.

Clara suspiró y me dijo:

-Pues vas a tener que elegir entre la FNAC y nuestro proyecto de pareja.

Si hubiera dicho entre la FNAC y yo me haría costado más escoger, pero su expresión –proyecto de pareja- me pareció horrible, y le pedí por favor que me acercara a la estación. Le eché la culpa a una huelga en Francia.

Compré varios periódicos en el quiosco, revistas que nunca había leído y un libro que contenía fotografías antiguas de la estación. Fui a la cafetería, me senté junto a la barra y pedí un gin-tonic. Leí la prensa y corregí exámenes hasta la tercera copa. Poco a poco la estación se iba llenando: tipos que habían pasado el fin de semana en el Pirineo, que traían esquís o bicicletas, y gente sin aspecto deportivo: pensé que serían personas como yo, que trabajaban en Francia y volvían a casa el fin de semana. En el tren habría muchos viajeros que iban a pasar unos días a París, que cruzaban la mitad de Francia por la noche. Clara no había querido hacer ese viaje.

Estaba pensando que si pedía una cuarta copa encontraría el sentido de la vida cuando escuché su voz.

-Tranquilo, si sueltas la barra no va a caerse.

Me di la vuelta. Era una chica morena, con el pelo rizado, cuatro o cinco años más joven que yo. Llevaba muletas y una pierna vendada. Pensé que mis periódicos no le dejaban ver el expositor de tapas.

-Perdón –dije, y aparté un poco mis cosas.

Ella dijo que ya sabía lo que quería. Le acerqué una banqueta para que se sentara, y se puso a hablar. Dijo que se había torcido un tobillo la tarde anterior, y que había pasado el día en la estación, mientras sus amigos seguían esquiando. Volverían todos juntos a Zaragoza esa misma tarde. Uno de mis sueños era que una desconocida comenzase a hablar conmigo en una estación del tren. Ahora, con todo a mi favor, no se me ocurría qué decir. Le pregunté por lo que hacía, y le hablé de mi trabajo. Me preguntó si ligaba con mis alumnas; no le contesté.

Después comencé a enseñarle las fotografías de la estación. Leímos juntos los pies de foto.

-Mira, si pudiéramos entrar en esta foto yo me quedaría aquí y te cuidaría, sería tu enfermero en la estación. Lo mejor sería que fuera tuberculosis o algo así, una enfermedad más romántica que un esguince de tobillo, y que tuvieras que estar en cuarentena.

Ella se rió.

Terminamos de mirar las fotografías y hablamos un rato más. Cuando subí al tren tenía su número de teléfono apuntado en el móvil. Nunca la llamé. Pero a veces, cuando llego con tiempo a una estación, me acuerdo de ella.

 

Este relato aparece en el volumen colectivo Canfranc (Rolde , 2007), que ha coordinado Fernando Sanmartín. El texto acompaña a esta fotografía que, como todas las del libro, es de Andrés Ferrer.

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6 comentarios

Ginger -

Las estaciones tienen magia. Son el movimiento, la posibilidad, la acción y una buena fuente de inspiración para escribir historias.

Patricia -

Sí, a mí me regalaron Pnin y creo que es uno de los personajes más conmovedores que me han salido al paso, con esa mezcla de rudeza soviética y su inquebrantable amor por una pelandusca. La escena final resulta inolvidable, y muy cinematográfica.

d. -

Muchas gracias, Patricia. A mí también me gusta mucho Pnin. Un saludo.

Patricia -

Me ha gustado mucho, todavía tengo pendiente tu fumador pasivo, pero me reí mucho con La edad del pavo. Y tu post de Nabokov también está muy bien, a mí me encanta Ada o el ardor. Un saludo.

d. -

Muchas gracias, Ana. Conozco la estación de Caminreal y otras de la línea de Teruel, he ido mucho en ese tren. Espero que estés recuperada. Un beso.

am. -

Qué bueno ese punto de la Fnac, como todo el relato en general, qué bueno.
Las estaciones de tren y las bicicletas son dos elementos que me gusta incluir en los relatos que escribo. Si no la conoces, te recomiendo la estación abandonada de Caminreal, provincia de Teruel. En lo literario y en lo inquietante es perfecta. También en lo estético, no pueden faltar una cámara y un montón de carretes. Al leer este texto me han entrado unas ganas tremendas de ir allí... Buf. Con el buen tiempo que debe de hacer, además...
Aunque por ir... este verano quiero volver a ese Toulouse, y a Burdeos... en fin. Soñar es gratis. Y comentar en tu blog también. Un beso.
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