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16/05/2008

BARICCO Y EL NUEVO MUNDO

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“Los bárbaros” (Anagrama, 2008) es “un ensayo por entregas” en el que Alessandro Baricco (Turín, 1957) intenta analizar un cambio. Muchas voces señalan que las cosas ya no tienen el valor que tenían, que estamos ante el fin de una cultura y llegan los bárbaros. Como en “Next” (Anagrama, 2002), Baricco trata de comprender lo que pasa con brillantez y sentido del humor, y mira las cosas como si las viera por primera vez. Descubre que esa mutación ya está sucediendo, que los bárbaros están entre nosotros y han venido para quedarse.

Analiza los cambios que se han producido en el vino, el fútbol y los libros. La evolución de estas áreas sigue una fórmula común: “con la complicidad de una determinada innovación tecnológica, un grupo humano especialmente alineado con el modelo cultural del Imperio accede a un gesto que le estaba vedado, lo lleva de forma instintiva a una espectacularidad más inmediata y a un universo lingüístico moderno, y consigue así darle un éxito comercial asombroso”. Eso explica que los vinos europeos sean cada vez más parecidos a los estadounidenses; que en el fútbol actual no haya sitio para los artistas, que ralentizan un juego cada vez más rápido, o que la literatura tenga menos influencia aunque se vendan más libros y las ediciones de bolsillo y los regalos de los periódicos permitan una difusión mucho mayor. Pero el gran campamento bárbaro es Google, “lo más parecido a la invención de la imprenta que nos ha tocado vivir”. Y, como la imprenta, Google sepulta muchas cosas anteriores.

En todos los ámbitos, desde la cocina y la música a la democracia, aparecen los síntomas de la desintegración de un modelo cultural elaborado en el Romanticismo. Ese modelo también fue una agresión a la idea de cultura anterior; era producto de un momento histórico determinado, y de la necesidad de justificación espiritual de la burguesía del siglo XIX.

Baricco dice que ha cambiado la idea de experiencia. Los bárbaros escuchan una canción, chatean, comen y siguen las noticias al mismo tiempo: “no es una forma de vaciar de contenido muchos gestos que podrían ser importantes: es un modo de hacer de ellos uno solo, muy importante”. En lugar de buscar el esfuerzo o la profundidad, al bárbaro le interesan la velocidad, la continuidad y la secuencia: el valor de los libros no está en su relación con la literatura sino en su vinculación con otros ámbitos de la vida; en la música no se espera que alguien supere a un autor anterior, sino que suene un poco distinto y un poco parecido; la relevancia de una noticia no reside en su importancia objetiva, sino en su capacidad de generar más noticias.

Algunas tesis de Baricco son más convincentes que otras. El mundo ha cambiado en los dos años que han pasado desde que publicó este ensayo, y eso se nota en un libro escrito con urgencia. Pero “Los bárbaros” está lleno de hallazgos e iluminaciones: Baricco piensa que todos estamos en medio de esa mutación, divididos entre la civilización y la barbarie. Eso no es necesariamente malo; al contrario, es un lugar magnífico porque podemos elegir qué deseamos conservar del pasado y cómo queremos que sea el futuro.

Alessandro Baricco. Los bárbaros. Ensayo sobre una mutación. Traducción de Xavier González Rovira. Anagrama, 2008. 252 páginas.

Esta reseña apareció en Artes & Letras. En la imagen, Alessandro Baricco. Aquí, los artículos en italiano.

 

16/05/2008 00:55 Autor: daniel gascon. Enlace permanente. Tema: Reseñas No hay comentarios. Comentar.

09/05/2008

CARLA DEL PONTE

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La caccia: Io e i criminali di guerra son unas memorias en las que la jurista suiza Carla del Ponte habla de su trabajo; yo leí una versión en inglés titulada Madame Prosecutor: Confrontations with Humanity’s Worst Criminals and the Culture of Impunity. Del Ponte (Lugano, 1947), que ha redactado el libro en colaboración con Chuck Sudetic, relata su lucha contra la Mafia y la corrupción en Suiza, y sobre todo, cuenta sus experiencias como fiscal jefe en el Tribunal Penal Internacional para Ruanda entre 1999 y 2003 y en el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia entre 1999 y diciembre de 2007. Madame Prosecutor está estructurado a partir de confrontaciones: Del Ponte se enfrenta a crímenes espantosos –genocidios, asesinatos, limpieza étnica, mutilaciones y violaciones-, pero también a la burocracia de los países y de los organismos internacionales, a sus jefes y a sus subordinados, y sobre todo al conflicto entre la justicia y los intereses políticos.

Carla del Ponte nació en Lugano en 1947, estudió en Berna y Génova, y durante varios años fue abogada de divorcios. A principios de los ochenta empezó a trabajar como juez de instrucción; en ese puesto combatió la opacidad de los bancos suizos. Lugano, una ciudad de habla italiana, era uno de los lugares predilectos de la Cosa Nostra para blanquear dinero. La colaboración entre el juez Giovanni Falcone y Del Ponte hizo que la Mafia sufriera varios reveses: se congelaban sus cuentas, o se descubrían casos como el del Banco Ambrosiano o de la “Pizza Connection”. Falcone fue asesinado en 1992; con su muerte, Del Ponte –que había estado a punto de ser víctima de un atentado poco antes- perdió a un compañero y a un mentor, pero siguió combatiendo la cultura de la impunidad y la corrupción: inició investigaciones sobre las cuentas de Paulina Castañón, esposa de Raúl Salinas, hermano del ex presidente de México Carlos; de Boris Yeltsin y su hija y consejera Tatyana Dyachenko; de la familia Bhutto.

El Tribunal Penal Internacional

En 1999 fue nombrada fiscal del Tribunal Penal Internacional para Ruanda y el Tribunal Internacional para la antigua Yugoslavia en La Haya. En 1994, los extremistas hutus habían asesinado a más de 800.000 tutsis y hutus moderados, habían violado y mutilado y habían provocado grandes desplazamientos de refugiados en Ruanda. En los años noventa, en televisión y ante los ojos del mundo, se habían producido crímenes de guerra y contra la humanidad en el conflicto bélico -alimentado por las pretensiones expansionistas y el delirio nacionalista del croata Franjo Tudjman y del serbio Slobodan Milósevic- que desintegró la antigua Yugoslavia, en Croacia y en Bosnia. A mediados de la década, se habían atacado las zonas bajo protección de la ONU: en 1995 en Srebrenica las tropas del general Mladic habían asesinado a 8.000 varones bosnios. En 1998 y 1999 el ejército serbio había dirigido operaciones de limpieza étnica contra la mayoría albanesa en Kosovo; las persecuciones, los asesinatos y la ocultación de cadáveres habían continuado después de que la OTAN iniciara un bombardeo en 1999; el Ejército de Liberación de Kosovo también había asesinado a civiles serbios; la minoría serbia seguía sufriendo ataques. Aunque Madame Prosecutor es un libro sobrio, que intenta comprender a las víctimas pero trata los lugares donde se produjeron estos horrores como escenarios del crimen, tiene momentos sobrecogedores, como la visita a una iglesia que fue escenario de una masacre en Ruanda, el encuentro de una casa en Kosovo donde extraían órganos a los prisioneros antes de matarlos, o el relato de un testigo que cuenta cómo un niño emergió cubierto de sangre y vísceras entre un montón de cadáveres, llamando a su padre.

“Los crímenes de esa magnitud nunca son asuntos locales”, escribe Del Ponte, que cree que los crímenes contra la humanidad no dependen de odios ancestrales sino de personas concretas que buscan el exterminio de sus enemigos, y que asegura que su tarea “es en esencia una lucha que depende ante todo de la voluntad humana y sólo secundariamente de cláusulas subordinadas en estatutos y convenciones o subsecciones de reglas de procedimiento”. Del Ponte debía buscar a los responsables de los crímenes de guerra y contra la humanidad, centrándose en lo más alto de la cadena de mando –los criminales de menor rango son juzgados por las autoridades locales- y en los crímenes más importantes –la fiscal rechaza las sentencias “tipo Al Capone”, en la que se condena a un asesino por evasión de impuestos. Su idea básica era que nadie debía estar por encima de la ley, ni los dirigentes políticos ni los bandos que habían sufrido atrocidades, y quería investigar la actuación de todas las partes implicadas en los conflictos, para no administrar únicamente la justicia de los vencedores.

El muro de goma

Debía jugar con las limitaciones del tribunal, que tiene poder para emitir citaciones, pero depende de la voluntad de cooperación de los estados. Si éstos no quieren mostrar las pruebas que demuestran la participación de los acusados en las empresas criminales, llamar (o permitir que salgan) a testigos importantes o arrestar a los acusados, pueden no hacerlo. En ocasiones, los interlocutores de la fiscalía estaban bajo investigación o temían estarlo. La mejor manera de presionar a los estados para que colaboren son las sanciones internacionales, pero eso también depende de los intereses políticos de los demás países, y de la confianza que los dirigentes tengan en los tribunales internacionales. Cuando sus interlocutores más poderosos le daban largas Del Ponte sentía que chocaba con un muro di gomma, que suaviza con buenas palabras una negativa rotunda: ese muro de goma es un elemento recurrente en Madame Prosecutor.

Del Ponte –que desestimó las acusaciones por crímenes de guerra por la intervención de la OTAN en Kosovo en 1999- también debía hacer frente a los problemas que tenía su propio equipo. Algunos investigadores no eran los idóneos para trabajar con altos cargos; estaban educados en dos sistemas legales diferentes, el Derecho Continental y el Derecho Anglosajón. Narra tensiones con miembros de su equipo, como Blewitt, Ralston o con Geoffrey Nice, que en principio se oponía a afirmar que en Bosnia se había producido un genocidio, y algunas reprimendas de su superior, Kofi Annan, que le reprochaba que presionase a Serbia para que entregara a algunos de los acusados.

La política, según la fiscal, fue uno de los elementos que abreviaron su mandato al frente del Tribunal de Ruanda. Del Ponte diseñó un proceso temático. Algunos de los criminales hutus responsables del genocidio que empezó tras el asesinato del presidente Habyarimana ya se habían declarado culpables, como Kambanda, que había sido primer ministro del gobierno hutu. Barayagwiza estuvo a punto de quedar libre por un defecto de forma en la acusación; la apelación del equipo de Del Ponte posibilitó su condena. Aunque sigue habiendo fugitivos como Félicien Kabuga, los países africanos colaboraron intensamente en un primer momento. La coordinación con los estados europeos dio sus frutos en la captura de tres acusados el mismo día: Rekundo, un sacerdote católico; el ex ministro de hacienda Emmanuel Ndindabahizi; Simon Bikindi, un cantante que había organizado grupos de las milicias Interahamwe y que animaba en los medios (la acusación a los medios por incitación al genocidio fue un elemento pionero de los tribunales de Del Ponte, al igual que el concepto de “empresa criminal conjunta” abocada al genocidio y a los crímenes contra la humanidad) al exterminio de los hutus y los tutsis moderados. Un cuarto, el sacerdote católico Seromba, desapareció con la ayuda de la iglesia.

Cuando la fiscalía decidió investigar también algunos de los crímenes cometidos por el Frente Patriótico Ruandés, el ejército tutsi que estaba vinculado al poder, empezó a tener problemas con el gobierno de Ruanda. El presidente Paul Kagane, que había formado parte de esa milicia, se oponía a las investigaciones. Los movimientos de los empleados del tribunal eran seguidos, los testigos no obtenían permiso de Ruanda para llegar hasta Arusha, la ciudad de Tanzania en la que se celebraban los juicios, y el gobierno y la sociedad de Ruanda, mientras tanto, exigían mayor celeridad en los procesos. En 2003 Del Ponte fue relevada del cargo. Para ello fue importante la opinión del ministro de exteriores británico Jack Straw, que argumentó que los dos cargos de la jurista le restaban efectividad. Probablemente haya algo de espíritu de revancha cuando Del Ponte, que propuso renunciar a su puesto en el Tribunal para Yugoslavia y quedarse en el de Ruanda, relata una reunión posterior, en la que el Straw apenas podía hablar porque le habían quitado las muelas del juicio.

Yugoslavia

Del Ponte habla de gente que ayudó al Tribunal para Yugoslavia, como Natasha Kandic, Sonja Biserko o Colin Powel, y de las dificultades que tuvo para lograr la colaboración de las autoridades de los países que habían surgido tras la disgregación de Yugoslavia. Kostunica, presidente de Yugoslavia y después de Serbia, nunca pareció muy dispuesto a cooperar; en el ejército y la policía había muchas personas leales a Milosevic, o implicadas en las atrocidades: dos de los criminales más buscados, Ratko Mladic y Radovan Karadzic, continúan en libertad, pese a las reiteradas promesas -y aplazamientos- de Belgrado; el general Hadzic escapó gracias a una filtración del gobierno. Una experiencia agridulce es el juicio a Slobodan Milosevic: el ex presidente no reconocía al tribunal y fue detenido gracias al coraje de Zoran Djindjic, el primer ministro de Serbia, y al apoyo de Colin Powell, Gerard Schröder y Jacques Chirac, pero murió antes de que terminase el proceso. En el juicio Del Ponte consiguió convocar a testigos de valor como Lilic; Zoran Djindjic fue asesinado en marzo de 2003. Uno de los éxitos de la fiscal, que ha acusado a 161 personas, fue que el Tribunal declarase que se había producido un genocidio en Srebrenica perpetrado por fuerzas de la República de Sprska a las órdenes de Mladic y de los paramilitares “Escorpiones” de Serbia, ante la vigilancia de 400 soldados holandeses bajo el mando de Naciones Unidas; otro, las laboriosas detenciones de Tolimir, mano derecha de Mladic, y del general croata Ante Gotavina, que durante un tiempo recibió el apoyo de la Iglesia Católica (un miembro de la jerarquía eclesiástica le dijo a Del Ponte que el Vaticano no era un estado, pero que el Papa no podía recibirla porque sólo recibía a jefes de estado), y que fue arrestado en Tenerife en 2005.

La investigación sobre las atrocidades cometidas por el Ejército de Liberación de Kosovo se revela todavía más frustrante: Del Ponte, que acusó hombres como a Hashin Taci –ganador de las elecciones en noviembre de 2007; en el libro le responsabiliza también de tráfico de órganos- y a Ramush Haradinaj, tuvo que enfrentarse a las fuerzas de Naciones Unidas; aterrados ante una feroz campaña de intimidación, muchos de sus testigos cambiaron el testimonio en el juicio. También resulta insatisfactoria la búsqueda de los cuatro fugitivos -Karadzic, Mladic, Zupilanin y Hadzic- y sobre todo, el cambio de la comunidad internacional. Al final de su mandato, Del Ponte tiene cada vez más problemas para que la reciban los ministros y los presidentes, y desaprueba la resolución que exime a Serbia de responsabilidad en el genocidio. Ve que muchos países de la OTAN y de la Unión Europea buscan la estabilidad en los Balcanes y ya no consideran la entrega de los prófugos un elemento esencial para la integración de Serbia en las instituciones supranacionales. Sobre este asunto, del Ponte mantiene una conversación especialmente tensa con Miguel Ángel Moratinos.

En el relato de su combate contra la cultura de la impunidad, Del Ponte señala sus numerosos éxitos y explica sus fracasos y su sensación de aislamiento. La fiscal da una impresión de persona tenaz y valiente, segura de su inteligencia y convencida de su rectitud, pero también tiene algunos momentos de humor (por ejemplo, cuando afirma que Bosnia es “un país ideal para esquiar, si no fuera por el calentamiento global y los miles de minas antipersona”, o cuando se cuela en el coche de Condoleezza Rice), bromea sobre sí misma y reconoce algunos errores. Aunque al final incluye unas propuestas para mejorar la actuación de los tribunales internacionales, la teoría no es lo que más le interesa: muchas de sus observaciones derivan de su experiencia en la fiscalía y algunas de las páginas más interesantes del libro son las que describen el planteamiento de los casos.

Madame Prosecutor habla de cosas importantes: ofrece una mirada al horror, pero también muestra la posibilidad y la necesidad de combatirlo y perseguir a los culpables. Las memorias de Carla del Ponte, que en ocasiones parecen escritas con bastante prisa, se leen a veces como una reivindicación personal, un reportaje de guerra, un informe judicial, un ajuste de cuentas o un relato de espías, y están llenas de información valiosa sobre el funcionamiento de la justicia y de la política internacional.

En la imagen, Carla del Ponte.

09/05/2008 12:53 Autor: daniel gascon. Enlace permanente. Tema: Reseñas Hay 1 comentario.

29/02/2008

FRÁGILES, CULPABLES Y HERMOSOS

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David Trueba (Madrid, 1969) es escritor y cineasta. Ha dirigido las películas “La buena vida” (1996), “Obra maestra” (2000), “Soldados de Salamina” (2002), “Bienvenido a casa” (2006), y “La silla de Fernando”, que codirigió junto a Luis Alegre en 2006. Ha publicado las novelas “Abierto toda la noche” (Anagrama, 1995) y “Cuatro amigos” (Anagrama, 1999). Son obras que mezclan el humor y la melancolía, que hablan de la familia y la soledad, de los conflictos del amor y el deseo, de la frustración profesional y emocional y la pasión por aprender.

Esos temas aparecen en la más ambiciosa y redonda de sus novelas, “Saber perder” (Anagrama, 2008), que transcurre a lo largo de un curso académico o una temporada futbolística, y cuenta la historia de cuatro personajes. Sylvia es una adolescente tímida que siente la pulsión del deseo y entra por accidente en la vida adulta. Su padre, Lorenzo, acaba de separarse: cree que la vida y un antiguo socio le deben algo, y se enamora de Daniela, una ecuatoriana muy religiosa que cuida a un niño en el piso de arriba. La abuela de Sylvia enferma, y su marido, Leandro, combina las atenciones a su mujer y la pena por no haber sabido hacerla más feliz con las visitas a una prostituta. Sylvia conoce a Ariel, un futbolista argentino que ha venido a España a triunfar y se encuentra perdido entre el lujo, el furor de los medios y la corrupción de los despachos. Son personajes que intentan resistir los ataques del azar, de los demás o de sus propios errores, y deben aprender a convivir con sus derrotas.

“Saber perder” alterna las peripecias de estos protagonistas, que tienen un mundo rico y consistente, en el que habitan numerosos personajes secundarios. Habla del instituto de Sylvia y de su hermosa relación clandestina con Ariel; de la casa de Leandro, sus clases de piano y su resentimiento hacia un amigo de infancia que ha triunfado, y de la culpa y los gastos que le producen sus visitas al prostíbulo; de la relación de Lorenzo y su socio, que en lugar de convertir a Lorenzo en un triunfador lo llevó a cometer un crimen, de su desamparo y su nuevo trabajo en una empresa al borde de la legalidad; de los compañeros de Ariel, de su mentor y las fiestas de los jugadores, y de la desorientación que siente en el campo y en Madrid tras la partida de su hermano.

“Saber perder” es una novela muy bien estructurada, que juega con las cuatro líneas narrativas con maestría: las entrecruza, las usa para aumentar el suspense o incrementar el ritmo y establece paralelismos entre ellas. A veces, presenta una escena desde el punto de vista de dos personajes, y eso sirve para registrar los cambios en sus sentimientos, o la distancia que imponen entre ellos la traición, el secreto o el paso del tiempo.

Trueba utiliza con brillantez detalles de la vida cotidiana y elementos que están en la realidad y no siempre encuentran hueco en las novelas: aparecen inmigrantes millonarios y sin papeles; reflexiones futbolísticas y circunvalaciones; operaciones inmobiliarias, mudanzas y accidentes domésticos; adolescentes que envían mensajes de móvil, ancianos enfermos que necesitan que alguien les cuide y sienten deseo. La novela posee momentos bellos y muy divertidos, muchas veces tiene un tono de tristeza e incluye episodios de sordidez y violencia. Los personajes están a merced de su necesidad de sexo, amor o compañía y dan una sensación de indefensión: buscan la felicidad en un lugar en el que saben que no van a encontrarla, e ignoran desde dónde les va a llegar el próximo golpe. Y eso hace que nos resulten próximos. “Saber perder” es una novela estupenda, que combina una poderosa arquitectura narrativa y la confianza en el poder de la ficción para retratar la vida con una mirada perspicaz y compasiva sobre unos seres frágiles, culpables y hermosos.

David Trueba. Saber perder. Anagrama, 2008. 520 páginas.

Esta reseña apareció en Artes & Letras. La fotografía es de El País.

29/02/2008 01:59 Autor: daniel gascon. Enlace permanente. Tema: Reseñas Hay 8 comentarios.

22/02/2008

LOS HERMANOS, EL GULAG Y EL AMOR

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Martin Amis (Swansea, 1949) es un escritor ambicioso, irregular y brillante. Ha publicado novelas admirables, como “Dinero” (Anagrama, 1988) o “La información” (Anagrama, 1996); un magnífico volumen autobiográfico, “Experiencia” (Anagrama, 2001), y un ensayo estremecedor sobre Stalin: “Koba el temible: la risa y los veinte millones” (Anagrama, 2004). Ese libro tiene mucho que ver con “La Casa de los Encuentros” (Anagrama, 2008), que es una novela sobre el amor, la violencia y la culpa, sobre el horror del totalitarismo y la supervivencia.

El narrador de “La Casa de los Encuentros” es un ruso octogenario que regresa al norte de su país para morir en 2004, después de pasar dos décadas en Estados Unidos. Escribe a su hijastra una carta de despedida, un ajuste de cuentas con la Unión Soviética y consigo mismo: habla de los combates y las violaciones que cometió durante la Segunda Guerra Mundial; de su regreso a la vida civil y su hermanastro Lev, más joven, más frágil y aficionado a la poesía; y de Zoya, una voluptuosa chica judía de la que se enamoran el narrador y su hermano.

“Uno no puede verse a sí mismo en la historia, pero ahí es donde estás”, escribe el narrador, que es deportado por razones políticas: lo mandan al campo de Norlag, en el Ártico, un lugar durísimo, donde viven hacinados miles de hombres y mujeres, y donde imperan el terror, el aburrimiento, el frío y el hambre. En 1948 llega su hermano y le sorprende con dos noticias. Por un lado, es pacifista: aunque la violencia es un elemento esencial de la vida del campo -los delincuentes, los presos políticos y los delatores se pelean entre sí, y el narrador mata a tres personas- Lev se niega a luchar: duerme en el suelo porque no quiere pelear por una cama y no participa en la rebelión de 1953. Por otro, se ha casado con Zoya. El matrimonio perpetúa el triángulo amoroso “escaleno”, y la ambigua relación entre los dos hermanos: al principio Zoya funciona más como un símbolo que como un personaje, pero la mezcla de amor y resentimiento del narrador y Lev es uno de los grandes aciertos de la novela.

En el campo se permiten las visitas conyugales en un edificio llamado “la Casa de los Encuentros”. Son citas tristes: a menudo las mujeres viajan para pedir el divorcio, se encuentran con hombres destruidos, incapacitados para el sexo o el afecto, o deben afrontar una despedida terrible. Tras la visita de Zoya en 1956 Lev se hunde para siempre; el narrador se alegra: sigue obsesionado con ella y atribuye la tristeza de su hermano a un desastre sexual-, pero el secreto sobre ese encuentro y sus consecuencias se prolongan durante décadas.

Lev y el narrador y Zoya sobreviven. Intentan salir adelante en un país que cambia lentamente y no reconoce los crímenes que ha cometido contra sus ciudadanos, pero son criaturas taradas e infelices: Zoya es una víctima del gulag; el narrador es víctima y verdugo.

“La Casa de los Encuentros” habla de la supervivencia y la pérdida, y está llena de amputaciones físicas y emocionales: un guardián deja sordo de un oído a Lev; después se emborracha, se duerme en la nieve y tienen que cortarle las manos; el hijo de Lev muere en la guerra de Afganistán. “Lo que no te mata no te hace más fuerte. Te hace más débil, y al final te mata”, escribe el narrador, que se enriquece al salir del campo y vive más años que Lev y Zoya, pero sigue atormentado por su violencia y por la culpa.

“La Casa de los Encuentros” utiliza artificios literarios –como las cartas, o la anglofilia del protagonista- para resultar verosímil, y mezcla con habilidad el relato documentado de las experiencias del campo y la vida después del gulag con frases sorprendentes y reflexiones lapidarias sobre la Rusia actual. Amis ha escrito un libro triste y poderoso, que recuerda a algunos textos de Nabokov y a veces parece la condensación de una novela del XIX, y que es su mejor obra de ficción en mucho tiempo.

Martin Amis. La Casa de los Encuentros. Traducción de Jesús Zulaika. Anagrama, 2008. 255 páginas.

Esta reseña fue publicada en Artes & Letras.  Martin  Amis en una imagen de la revista Time.

22/02/2008 09:46 Autor: daniel gascon. Enlace permanente. Tema: Reseñas No hay comentarios. Comentar.

25/01/2008

PALABRAS DE FAMILIA

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Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) ha escrito varias veces sobre la familia y la historia: Carreteras secundarias (Anagrama, 1996) hablaba de un padre y un hijo a mediados de los años setenta; El tiempo de las mujeres (Anagrama, 2003) trataba de tres hermanas que se quedaban huérfanas y transcurría durante la transición; la familias, las injusticia y las víctimas eran algunos de los temas de Enterrar a los muertos (Seix Barral, 2005) y Las palabras justas (Xordica, 2007). Esas preocupaciones también aparecen en Dientes de leche (Seix Barral, 2008), que abarca cincuenta años y narra la historia de tres generaciones.

Raffaele Cameroni, un hombre que “desde niño había tenido la sensación de que las cosas siempre les pasaban a los demás”, viene a España para luchar en el bando franquista, se entusiasma con el fascismo, se enamora de una enfermera y se queda a vivir en Zaragoza. Martínez de Pisón cuenta su matrimonio con Isabel, la expansión de una empresa familiar de pasta –que se beneficia de la corrupción durante los primeros años del franquismo- y la construcción del cementerio de los soldados italianos. El carácter autoritario y a veces cruel de Raffaele tiene algo de fascismo aplicado a la vida cotidiana, y condiciona sus relaciones con su mujer y sus tres hijos: Rafael, que pasa de las simpatías por Mussolini a la militancia antifranquista y descubre que tiene talento para la mecánica; el deficiente Paquito, que vive atrapado en una niñez eterna; y Alberto, uno de los grandes personajes del libro, que se convierte a su pesar en el cabeza de familia, intenta modernizar la empresa de su padre, y disfruta con los paseos y la vida junto a su mujer, Elisa, y su hijo Juan.

Dientes de leche habla del paso del tiempo, del miedo a perder a los seres queridos y lo difícil que a veces resulta soportarlos, del amor y los celos, de la lealtad, la incomprensión y la compasión. Martínez de Pisón cuenta con rigor la guerra, la posguerra y la transición, pero también muestra los matices y los cambios en los sentimientos de los protagonistas, que a menudo tienen que vivir con las consecuencias de una decisión precipitada: tras unos meses de matrimonio, a Isabelita (que pierde a un hermano en la contienda y después de ser madre se convierte en Isabel), “Raffaele se le aparecía como un intruso y un aprovechado, el hombre que había ido desplazando a su padre en todo”.

Dientes de leche está llena de detalles que configuran con precisión un universo familiar: presta atención a la manera de hablar de los personajes, a las mudanzas y la distribución de las habitaciones de la casa. Habla de las relaciones entre padres e hijos y nietos y abuelos, de gestos y comportamientos parecidos, de los accidentes domésticos y los relatos fundacionales de cada casa: una acción heroica en la guerra o los capítulos iniciales de una historia de amor. Los Cameroni son seres complejos e imperfectos, con secretos que esconden traiciones o muestras de altruismo inadvertidas, y construyen rituales privados y colectivos para conservar la felicidad: Raffaele lleva a su nieto al homenaje a los soldados italianos que lucharon junto a Franco; Isabel guarda los dientes de leche de sus hijos, que para ella representan “todas las cosas bonitas que el tiempo y la vida obligaban a dejar atrás”, y Alberto hace fotos de Juan y Elisa para no perder de vista los instantes de alegría.

Martínez de Pisón organiza bien la trama, emplea con maestría la elipsis y los puntos de vista de los personajes, y elabora un hermoso retrato de Zaragoza, con sus bares, sus estaciones, sus burdeles y sus bulevares. Los acontecimientos históricos y los cambios de la ciudad señalan momentos importantes para los Cameroni: cuando Raffaele va con dos de sus hijos a recibir a los ex combatientes de la División Azul lleva un maletín lleno de dinero y planea abandonar a su mujer; Elisa oye el nombre de Alberto Cameroni el día en que la Vuelta a España pasa por Zaragoza y conoce a su marido durante el rodaje de Culpable para un delito.

Ignacio Martínez de Pisón logra que una historia complicada resulte apasionante y sencilla. Dientes de leche es la mejor novela de una trayectoria admirable: es un libro emocionante, con episodios tristes y momentos muy divertidos, que hace pensar en las novelas de Anne Tyler, John Irving y Natalia Ginzburg, y habla de cosas que nos afectan a todos.

Esta reseña apareció en Artes & Letras el 24 de enero de 2008.

En la imagen, Ignacio Martínez de Pisón retratado por Malcolm Otero.  

25/01/2008 17:23 Autor: daniel gascon. Enlace permanente. Tema: Reseñas No hay comentarios. Comentar.

11/01/2008

FUERA DE CASA

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Joseph Conrad (Berdichev, Ucrania, 1857- Bishopsbourne, Reino Unido, 1924) decía que había vivido tres vidas: como polaco, como marino y como escritor. En “Las vidas de Joseph Conrad” (Lumen, 2007) John Stape, que ha editado varios libros sobre el autor de “Nostromo” (Belaqva, 2007), habla de esas facetas, pero también de sus experiencias como inglés transplantado, como padre, amigo y marido. Stape ha escrito una biografía muy documentada que se ciñe a los hechos probados, y desmiente algunas versiones románticas alimentadas por el propio Conrad o por ensayistas fantasiosos.

Cuando Jòzef Teodor Konrad Korzeniwski nació, Polonia estaba bajo dominio ruso. Su padre era un nacionalista polaco que tradujo a Dickens, Shakespeare y Victor Hugo. La familia sufrió la persecución del zarismo; Conrad fue un niño enfermizo aficionado a la geografía. Se quedó huérfano y su tío Tadeusz se ocupó de su educación. A los 16 años viajó a Marsella y se embarcó: el mar, y los lugares lejanos que conocería gracias a él, ocuparían gran parte de su vida hasta 1894, y son fundamentales en muchos de sus textos, como “Lord Jim” (Mondadori, 2007) o “El negro del ‘Narcissus’” (Valdemar, 2007).

Se ha hablado de amores trágicos y contrabando de armas para los carlistas. Aunque Stape matiza muchas de estas leyendas, Conrad estaba lleno de deudas e intentó suicidarse en 1878 en Montecarlo; su tío lo socorrió y él se enroló en la marina británica. Se hizo capitán y cambió de nacionalidad: “Yo soy más británico que tú. Tú lo eres simplemente porque no podías ser otra cosa”, le dijo a un amigo. A Stape le resulta más fácil explicar la elección de su tercera lengua, el inglés, como vehículo de expresión literaria, que sus inicios como escritor a finales de la década de 1880: “el paso de la ensoñación a la escritura sigue siendo un misterio irresoluble”. Cuando viajó al Congo –una experiencia que serviría de base a “El corazón de las tinieblas” (Ediciones B, 2007)- en 1890, Conrad llevaba parte del manuscrito de “La locura de Almayer”, su primera novela, que publicaría cinco años después.

La vida sedentaria de Conrad es uno de los aspectos más interesantes del libro. Stape habla de su matrimonio con Jessie; de su frustrante regreso a Polonia, sus viajes a Francia y sus casas en Inglaterra; de sus encuentros y desencuentros con Henry James, Wells, André Gide –con el que discutió por una traducción-, Ford Madox Ford –con el que colaboró- o Edward Garnett, su primer editor, al que debía recordarle que él era polaco y no tenía nada de eslavo; y de la lealtad que le profesaban su agente Pinker o Galsworthy, que ayudó a que consiguiera un pensión del estado.

Hasta que le llegó el éxito en 1913 con “Azar”, Conrad vivió agobiado por las deudas; prefería escribir él mismo los prólogos de sus libros para cobrarlos. No sabía calcular sus gastos, la extensión de sus obras ni lo que le costaría escribirlas. Apoyó el sufragio femenino, disfrutaba con los coches aunque los conducía como si fueran barcos, y aparece como un hombre neurótico y trabajador, que no tenía suficientes lectores, padecía insomnio y gota, y lo pasaba mal escribiendo: “Invalidez constante y calamidad permanente”, “No puedo pensar en nada ni decidir sobre ningún tema”, “No he hecho nada, no puedo hacer nada. La vida es demasiado larga”, decía. Sobre el laborioso proceso de escritura de "Nostromo" declaró: "Mi viaje al continente de Latinoamérica, famoso por su hospitalidad, duró alrededor de dos años. A mi regreso descubrí (para hablar en cierto modo al estilo del capitán Gulliver) que mi familia se encontraba bien, que mi esposa estaba muy contenta de saber que todo el lío había terminado, y que nuestro pequeño hijo había crecido considerablemente durante mi ausencia". Su mala suerte es casi cómica: olvidó una maleta con la única copia de “La locura de Almayer”, retrasó la entrega de un cuento porque se le quemó el estudio y envió el manuscrito de “Karain” en las sacas postales del Titanic.

“Las vidas de Joseph Conrad” es una biografía rigurosa y útil. A veces tiene un aire notarial y no explica bien las opiniones políticas de un escritor que abordó en sus ficciones –a menudo de manera polémica- asuntos como el colonialismo, el terrorismo o la solidaridad, pero es un acierto que Stape no intente imaginar lo que no sabe, y que no interprete la vida del autor a partir de sus obras. Al final, lo que más apetece es leer los libros de Conrad.

John Stape. Las vidas de Joseph Conrad. Traducción de Ramon Vilà. Lumen. 544 páginas.

Esta reseña se publicó el 10 de enero en Artes & Letras. En la imagen, Joseph Conrad.

11/01/2008 00:30 Autor: daniel gascon. Enlace permanente. Tema: Reseñas No hay comentarios. Comentar.

17/11/2007

EL PERIODISTA Y EL COCINERO

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En enero de 2002 Bill Buford (Baton Rouge, Louisiana, 1954) invitó a una cena de cumpleaños a Mario Batali . Buford había trabajado en “Granta” , era editor del “New Yorker” y había publicado “Entre los vándalos” (Anagrama, 1992); era un cocinero “entusiasta pero esencialmente ignorante”. Batali era el chef más famoso de Nueva York, y un comedor y un bebedor infatigable. Poco después, Buford sabía que quería conocer los secretos de un restaurante y que Batali era el hombre adecuado para enseñarle.

“Calor” (Anagrama, 2007) cuenta ese aprendizaje, que se prolongó a lo largo de casi cuatro años. Habla de las experiencias de Buford en la cocina del Babbo, el restaurante italiano de Batali. Empieza como “esclavo” encargado de las tareas más sencillas (pasa dos horas cortando zanahorias pero lo hace mal y se las tiran todas), que se quema, estorba y se corta, e ignora las normas de la cocina de un restaurante: “Te dan topetazos porque pueden: están poniéndote en tu sitio”, le dice Batali. Buford es aplicado: observa y escucha a los cocineros, aprende que el espacio es fundamental y se debe tirar la menor comida posible, descubre las tensiones entre los trabajadores, y llega a ocupar un puesto de cocinero.

“Calor” es un libro muy físico. Habla de la temperatura de la cocina y las propiedades de los alimentos, de la forma de cortar la carne, de olores y comilonas, y de un ritmo de trabajo agotador. Pero también trata del placer de hablar sobre la comida: Buford recoge consejos contradictorios, escucha a los que dicen que la cocina francesa es en realidad italiana porque Catalina de Médicis la llevó allí en el siglo XVI y lee recetarios del Renacimiento para averiguar cuándo se añadió el huevo a la pasta. Alterna la descripción de las técnicas y la vida cotidiana en el restaurante con las historias de sus compañeros: aparecen cocineros estadounidenses, mexicanos e italianos, restaurantes familiares y restaurantes soñados.

“Calor” cuenta la historia de una obsesión y una transformación: Buford, que sube un cerdo en el ascensor de su casa para aprender a descuartizarlo, deja su trabajo en el "New Yorker". Decide seguir la trayectoria de Batali y aprender de sus maestros. Va a Londres para ver a Marco Pierre White y viaja a Italia, donde le enseñan a fabricar pasta en una pizzería familiar, antes de pasar meses en un pueblo de Toscana como aprendiz de carnicero a las órdenes de Dario Ceccini, un tipo disparatado que recita a Dante y defiende fanáticamente la pureza y la originalidad de la cocina toscana, aunque se niega a comprar “chianina”, la vaca típica de la región: la carne de su establecimiento es española.

Las expediciones a Italia recuerdan a los viajes de los pintores, o a la búsqueda del maestro en las películas de artes marciales. Como escritor y como cocinero, a Buford le fascina la tradición gastronómica italiana: “A veces me asaltaba la sensación de que mucha gente había aprendido todo aquello antes que yo: un sentimiento nada desagradable”. Aunque a veces esa defensa de la tradición conduce al disparate –en un momento Buford lamenta que la electricidad llegase a la Toscana-, “Calor” es un libro divertido y con consejos prácticos, que muestra una cocina sencilla, el placer de aprender, comer carne y beber vino, y la alegría de reinventarse.

Bill Buford. Calor. Traducción de Marta Salís. Anagrama. 460 páginas.

Esta reseña se publicó en Artes & Letras el 15 de noviembre.

17/11/2007 13:39 Autor: daniel gascon. Enlace permanente. Tema: Reseñas Hay 3 comentarios.

02/11/2007

LA GUERRA, EL TERROR Y LOS HOMBRES

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“Vida y destino” (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2007) es la novela más importante de Vasili Grossman (Berdichev, 1905-Moscú, 1964). Es una crónica de la Segunda Guerra Mundial en la URSS modelada a partir de “Guerra y paz”, y un retrato de un país y dos totalitarismos, pero también es un libro profundamente humano. Grossman estuvo con el Ejército Rojo en la batalla de Stalingrado y acompañó el contraataque soviético hasta Berlín. Escribió el primer reportaje sobre un campo de exterminio nazi. Grossman era judío: los nazis asesinaron a su madre; la mujer de Grossman había dicho que en el piso de Moscú no había sitio para ella. La culpa de uno de los personajes de la novela, Victor Shtrum, tiene mucho que ver con la culpa de Grossman.

Aunque Grossman era un escritor instalado en el sistema, recibió premios y sus crónicas de guerra lo convirtieron en un héroe, sus textos incomodaban al estalinismo. Molestaban sus críticas al régimen o que hablara del exterminio de los judíos en Ucrania: la URSS no quería admitir que algunas minorías hubieran sufrido más que otras ni la complicidad de muchos ciudadanos en la matanza, y Stalin era antisemita. Cuando Grossman terminó “Vida y destino” en 1960, en la época de Kruschev, intentó publicarla en su país. La novela fue secuestrada, pero se salvó una copia: fue publicada en Occidente.

“Vida y destino” ofrece una perspectiva general y minuciosa de un país a partir de las historias que les pasan a los miembros de una familia durante la batalla de Stalingrado y el comienzo del contraataque del Ejército Rojo. El primer marido de la hija mayor de Aleksandra, Liudmila, es un bolchevique interno en un campo de prisioneros; el segundo, Shtrum, es un físico que alterna la debilidad con una integridad casi suicida. El primer amor de la hija menor, Yevguenia, es el comisario Krímov, que ejerció una represión brutal en 1937 y acaba prisionero y torturado. El segundo es un militar, Nóvikov, cuya actuación resulta decisiva para cercar a los alemanes en Stalingrado.

En torno a ellos aparecen muchos más personajes (comisarios políticos, militares, escritores, campesinos, telegrafistas, madres angustiadas, adolescentes enamorados, niños en la cámara de gas), y numerosos escenarios y ambientes. Uno de los más importantes es Stalingrado: Grossman muestra la confusión atroz de la batalla, el hambre y los piojos y la falta de tabaco. A pesar de la dureza de la lucha, hay cierta libertad: los hombres se enfrentan a la muerte y pueden decir lo que quieran. Hay oportunidades para el amor y el humor. Un soldado ruso se refugia de las bombas en la oscuridad. Aterrado, coge la mano a un cadáver. Luego se da cuenta que es la mano de un soldado enemigo. Cuando cesa el bombardeo los dos salen en direcciones diferentes, esperando que sus superiores no los hayan visto.

Otro relato fundamental y estremecedor es el de los judíos asesinados por los nazis, al igual que el de los campos de prisioneros soviéticos. El estalinismo y el nazismo se miran como en un espejo: “Ustedes creen que nos odian, pero es sólo una apariencia: se odian a ustedes mismos en nosotros”, le dice un oficial de las SS a un comunista.

El terror en la URSS es un elemento esencial: todo el mundo interpreta las palabras de los otros, todos sospechan que les están tendiendo una trampa. Grossman habla de los problemas burocráticos de los evacuados y retrata el miedo de los ciudadanos medios, pero también la sorpresa de los bolcheviques encarcelados: habían justificado las matanzas, las hambrunas organizadas y las colectivizaciones, la persecución de adversarios políticos que hasta entonces habían sido aliados y las delaciones y las confesiones forzosas, pero no creían que el sistema pudiera volverse contra ellos.

“Vida y destino” quiere contar la verdad sobre una de las peores catástrofes del siglo XX y habla de ciencia y de literatura, de inocentes que mueren y culpables que se salvan gracias a la compasión de sus enemigos. Es un libro apasionante, sin héroes y lleno de seres humanos que tienen sus momentos de dignidad y de miseria, y afirma que el instinto de libertad siempre sobrevive. Cuando uno de los personajes habla de Chéjov, Grossman parece describir un ideal moral y literario: “Chéjov dijo: dejemos a un lado a Dios y las así llamadas grandes ideas progresistas; comencemos por el hombre, seamos buenos y atentos para con el hombre sea éste lo que sea: obispo, campesino, magnate industrial, prisionero de Sajalín, camarero de un restaurante; comencemos por amar, respetar y compadecer al hombre; sin eso no funcionará nada”.

Vasili Grossman. Vida y destino. Traducción de Marta Rebón. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. 1104 páginas.

Publicado en Artes & Letras el 1 de noviembre. 

02/11/2007 01:58 Autor: daniel gascon. Enlace permanente. Tema: Reseñas No hay comentarios. Comentar.

30/09/2007

LA DIGNIDAD Y LA RISA

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Rafael Azcona (Logroño, 1926) es el guionista más importante de la historia del cine español. Está detrás de muchas de las mejores películas de directores como Berlanga, Saura, García Sánchez o Fernando Trueba. Su trabajo cinematográfico oscureció durante un tiempo su estupenda producción literaria. En los últimos años Azcona ha recuperado varias de sus obras narrativas y les ha añadido partes suprimidas por la censura o la autocensura: recogió tres novelas en “Estrafalario 1” (Alfaguara, 1999); después aparecieron “El repelente niño Vicente” (Aguilar, 2005), “Los muertos no se tocan, nene” (Punto de Lectura, 2005) y la magnífica “Los europeos” (Tusquets, 2006). Estos textos tienen que ver con las películas de Azcona y con los textos de otros autores de la generación del 50, con el realismo pero también con un humor disparatado que nace de la observación, y alternan el talento para retratar los defectos de sus personajes con la capacidad de comprenderlos, de mostrar la dignidad del miserable.

“Memorias de un señor bajito” (Pepitas de calabaza, 2007) es una versión revisada de la edición que había aparecido en la Enciclopedia Pulga en 1960 a partir de textos publicados en “La Codorniz”. Es una novela picaresca que cuenta las andanzas de Juliano Fernández, “un hombre normal al que le ocurren cosas paranormales”, casi kafkianas. Cuida de su abuelo, se vuelve loco, obtiene una Cruz al Mérito Agrícola por matar un cocodrilo, escribe manuales para llegar a los cien años, se enamora y desempeña una larga serie de oficios: Inspector de Tontos del Pueblo, mendigo, bohemio, perro (equilibrista) de un circo, torero, y va a la bolsa, donde le sorprende ver a la gente tan seria y escribe una frase de Montaigne: “La prueba más clara de sabiduría es una continua alegría”.

“Memorias de un señor bajito” es una novela de humor, en la que a veces el chiste parece más importante que la narración. Azcona juega con el lenguaje y las situaciones, y parodia cuentos, fábulas y manuales. Es un libro más realista y menos inocente de lo que parece: es una sátira de un país, que habla de su miseria y se burla de sus tópicos y sus instituciones. Azcona dice que desconfía de las películas en las que no se come y en este libro la comida y el hambre son fundamentales: el protagonista habla su infancia, con su “brutal régimen de patata cocida” que no le dejó crecer; de los banquetes que se daba cuando trabajaba como inspector (“unos pantagruélicos atracones de genuinos condumios regionales tales como torreznos con huevos fritos, migas con tocino, galianos de pastor, abadejo en salmuera...”); de lo poco que se podía comer en un café madrileño que recuerda a los que aparecen en una de sus mejores novelas, “Los ilusos” (1958): “cuatro aceitunas aquí, cinco patatitas allá...”.

Con su optimismo, el diminuto protagonista de “Memorias de un señor bajito” hace pensar en los cómicos del cine mudo o en algunos personajes de Dickens: su resistencia frente a la adversidad le confiere una especie de grandeza y tiñe de melancolía este libro divertido de uno de los mejores narradores en castellano.

“Memorias de un señor bajito”. Rafael Azcona. Pepitas de calabaza. Logroño, 2007. 125 páginas

Esta reseña apareció en Artes & Letras el 27 de septiembre de 2007. Otro texto sobre Azcona .

En la imagen, Rafael Azcona.

30/09/2007 09:00 Autor: daniel gascon. Enlace permanente. Tema: Reseñas Hay 1 comentario.

26/09/2007

LOS FUGITIVOS

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Marga Minco (Ginneken, 1920) perdió a toda su familia en manos de los nazis en la Segunda Guerra Mundial. La hierba amarga , que toma el título de un alimento que se comía en la cena de la víspera de la Pascua judía y servía para recordar el éxodo de Egipto, es la historia de una huida y una pérdida: Minco habla de la desintegración de su familia, y ofrece una visión íntima y transparente de una tragedia compartida por millones de judíos en toda Europa.

Los Minco tienen una sastrería en Breda. El padre percibe señales inquietantes como las nuevas leyes que marginan a los judíos, pero es incapaz de imaginar lo que sucede en los campos y contagia a sus familiares su optimismo: “No comprendo por qué la gente nos mete tanto miedo. ¿Qué podrían hacernos?”, dicen. Esa inocencia, como la sencillez y la precisión en los detalles, es uno elemento fundamental de La hierba amarga: Minco cuenta cómo, cuando los obligan a coserse la estrella amarilla, cogen dos para cada uno y las bordan con esmero; cuando secuestran a su hermana, se pregunta si habrá podido llevarse su ropa de invierno para afrontar el frío de Polonia. Los Minco viajan a Utrecht, a Amersfoot y Ámsterdam. Los ataques a su dignidad y a su condición de ciudadanos desembocan en una verdadera persecución. Cada vez hay más redadas y deportaciones; oyen que “de allí no vuelve nadie”, y la vida cotidiana se convierte en una pesadilla: el padre y el hermano de Marga se someten a pruebas médicas para ir a un campo de trabajo, Marga se tiñe el pelo y la familia busca escondites. Poco a poco, van atrapando a todos menos a Marga, que sufre la culpa del superviviente, se refugia con unos granjeros, y acaba sola y con un nombre falso: sabe que los suyos no regresarán. La hierba amarga es un libro tristísimo y limpio, sobrio y estremecedor.

Marga Minco. La hierba amarga. Libros del Asteroide , 2007. Traducción de Julio Grande. Prólogo de Félix Romeo

Esta reseña apareció el 20 de septiembre en Artes & Letras. En la imagen, Marga Minco.

26/09/2007 23:44 Autor: daniel gascon. Enlace permanente. Tema: Reseñas Hay 1 comentario.

27/04/2007

VIDAS IMAGINARIAS

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“Juegos de niños” (Salamandra, 2007) es el quinto libro de Tom Perrotta (Garwood, Nueva Jersey, 1961), y cuenta la historia de un grupo de personajes que viven en un barrio residencial de Estados Unidos, poco antes del once de septiembre, y que buscan una manera de reinventar sus vidas. Los protagonistas son dos padres a tiempo completo en una comunidad centrada en la crianza de los hijos: Sarah fue feminista en su juventud y ahora cuida con desgana de Lucy, una hija que a veces “parece un personaje de Dostoievsky”; Todd fue una estrella atlética escolar, pero todavía no ha aprobado el examen para ser abogado: en vez de ir a estudiar mira a los adolescentes que van en monopatín. Las madres del parque observan a Tom, que es guapo y disfruta cuidando a su hijo; un día, Sarah se atreve a hablar con él, y se besan. Las compañeras de Sarah (sobre todo Mary Ann, que practica sexo conyugal los martes a las nueve de la noche) se escandalizan; a Todd le parece vivir una fantasía, y no puede evitar obsesionarse con Sarah, que no es tan guapa ni tan perfecta como su esposa Kathy, directora de cine, “el tipo de mujer que siempre te sorprendía por ser tan encantadora como la recordabas, aunque en su ausencia eso no pareciera posible”. Sarah evita a Todd unas semanas, pero luego va a buscarlo a la piscina con Lucy,

En “Juegos de niños” todos buscan una escapatoria: Todd se refugia el sexo, pero también renace jugando partidos nocturnos de football americano; Sarah compra un bikini rojo y se dedica a vivir un sueño romántico, que le hace defender a Emma Bovary en el club de lectura (“Hay algo hermoso y heroico en su rebeldía”, dice, después de que Mary Ann la defina como “una furcia”) y espiar a la mujer de su amante; su marido Richard olisquea las bragas que le ha mandado Slutty Kay, una prostituta que descubre en Internet; Kathy quiere que Todd se haga abogado para poder dejar la televisión y dirigir películas; Larry, un policía retirado tras matar a un adolescente, se obsesiona con Ronnie, un pedófilo que regresa al barrio y que vive con su madre.

A veces parece que los personajes corran tras un espejismo; algunos sólo empeoran su situación. Cuando Todd le dice a Sarah que “la gente sobrestima la belleza”, ella piensa: “Sólo alguien que da por sentada su propia belleza podría decir en serio algo tan escandalosamente estúpido”.

    Uno de los aciertos de “Juegos de niños” es el uso de elementos cotidianos: el barrio residencial con los parques, la instalaciones deportivas, la piscina donde Todd, Sarah y sus hijos se reúnen (en la que un día la presencia de Ronnie desata un escándalo), la iglesia y el club de lectura, las conversaciones de las madres y los entretenimientos infantiles, y los pequeños detalles que revelan una infidelidad. “Juegos de niños” es una novela divertida y bien construida, que trata a sus protagonistas con compasión. Aunque algunas historias tienen más fuerza que otras, todos los personajes tienen sus razones y sus recovecos: Perrotta muestra las dos cualidades que admira de su ex profesor Tobias Wolff : “escritura humorística y seriedad moral”

Tom Perrotta. Juegos de niños. Traducción de Luis Murillo Fort. Salamandra. Barcelona, 2007. 317 páginas.

Esta reseña apareció el 26 de abril de 2007 en Artes & Letras. Aquí , la película basada en la novela. Y una comparación . La fotografía es del filme de Todd Field.

27/04/2007 09:24 Autor: daniel gascon. Enlace permanente. Tema: Reseñas Hay 2 comentarios.

15/04/2007

NICK COHEN Y LA IZQUIERDA

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What’s Left? How Liberals Lost Their Way es un libro del periodista inglés Nick Cohen. Cohen viene de la izquierda: cuenta que durante la infancia, su madre se negaba a comprar naranjas españolas (para boicotear la dictadura de Franco), portuguesas (en protesta contra el régimen de Salazar), sudafricanas (para mostrar su oposición al apartheid), israelíes (en protesta por la ocupación de Gaza) o estadounidenses (no apoyaba al presidente Nixon). Cohen ha criticado duramente a los gobiernos que realizaban prácticas antidemocráticas y tiene posiciones claramente progresistas.

Aunque la izquierda tenía grandes contradicciones, parece que había algo para lo que se podía contar con ella: se mantendría firme contra el fascismo. No obstante, la critica a las democracias occidentales y el relativismo cultural han hecho que la izquierda termine aliándose con corrientes de extrema derecha, justificando violaciones de los derechos humanos y doctrinas profundamente intolerantes, entre las que destaca la interpretación más fanática del Islam.

Según Nick Cohen, las sociedades democráticas occidentales son más progresistas de lo que habrían soñado muchos liberales (en el sentido anglosajón) a principios de siglo. Eso ha provocado un desconcierto en ciertos sectores de la izquierda. What’s Left estudia momentos clave para explicar esta desorientación: desde la política del apaciguamiento de Munich y del pacto entre Hitler y Stalin al comienzo de la Segunda Guerra Mundial hasta la falta de reacción ante el genocidio en Sebrenica, pasando por la condena a muerte de Salman Rushdie. Cohen cuenta cómo gran parte de la izquierda ha renunciado a principios básicos del progresismo como la solidaridad a cambio de combatir a Occidente, y cómo los valores identitarios se han elevado por encima de principios universales y de la honestidad intelectual.

        Cohen toma el ejemplo de Kanan Makiya, un exiliado iraquí que fue uno de los primeros en denunciar el régimen de Sadam Hussein. En los años ochenta –cuando el dictador iraquí recibía apoyo estadounidense- era un punto de referencia de la izquierda. Aunque sus posiciones no habían cambiado, a partir de la primera guerra del Golfo, su crítica dejó de ser sincera: se había convertido en un enemigo.

        What’s Left también habla de la historia de las ideas: estudia a muchos teóricos postmodernos, que han denigrado conceptos como la verdad,la humanidad o la libertad sexual calificándolos de construcciones culturales. A menudo, el pensamiento es la primera víctima: Luce Irigaray denunció la fórmula de Eisntein E=mc² como una “ecuación sexista”, que “privilegia la velocidad de la luz” por encima de otras velocidades más femeninas, “que son vitalmente necesarias para nosotros”.

    Pero esa negación de valores absolutos también tenía consecuencias atroces. Azfar Hussain, que en una reseña de una obra de Narayan hablaba de las mujeres a las que sus maridos y familiares políticos quemaba en la India porque su dote no era tan grande como se esperaba, afirmaba que quienes denunciaban estas prácticas “continuaban proporcionando una visibilidad a los ‘asesinatos por dotes’ en la India y una relativa invisibilidad a los asesinatos por violencia de género que se cometen en Estados Unidos, y por tanto sirve a intereses hegemónicos”. Baudrillard intentó demostrar que Los Ángeles (y la guerra del Golfo ) eran un simulacro; unos años antes, Foucault atacaba la falta de libertades en Occidente y justificaba la persecución a la que el ayatolá Jomeini sometía a los intelectuales porque “Irán no tiene el mismo régimen de verdad que nosotros”. Otros casos serían el de Edward Said o el del lingüista Noah Chomsky , que exculpa los crímenes de regímenes totalitarios y responsabiliza a Estados Unidos de los males del mundo: Chomsky, uno de los primeros en justificar y buscar razones para los atentados del 11-S, niega como teórico político los valores universales y comunes a toda la humanidad que defiende como lingüista.

        Cohen explica cómo este pensamiento radical, extremista y a menudo incomprensible y vacío se ha convertido en una corriente dominante. Los movimientos contra la guerra de Irak han sido un ejemplo paradigmático. Aunque admite los múltiples errores que ha habido en la concepción de la guerra, en enfoque unilateral y en la infravaloración del enemigo, a Nick Cohen le sorprende la falta de apoyo hacia los demócratas iraquíes, que se hable de “resistencia”, o que en una reunión del movimiento antiglobalización nadie protestase cuando “se decía que quienes cuestionaban los motivos de los terroristas suicidas que mataban diariamente a civiles (sobre todo musulmanes) eran culpables de ‘racismo anti-islámico’”. En España hemos visto cómo a veces se responsabilizaba al Gobierno del PP de los atentados del 11-M, en vez de a los terroristas: la operación era igualmente repugnante.

        What’s Left es un libro apasionante, lúcido y desolador, que recuerda a George Orwell. Nick Cohen ofrece un diagnóstico, pero también una advertencia: “Si los liberales y los izquierdistas están equivocados, y hay buenas razones para pensar que están horriblemente equivocados, la historia los juzgará con dureza. Porque habrán mirado en la cara de un movimiento global fascista, se habrán encogido de hombros y habrán dado la espalda no a un enemigo que los habría matado felizmente, sino a un enemigo que ya estaba asesinando a aquellos que tenían todos los motivos para esperar su apoyo”.

15/04/2007 01:19 Autor: daniel gascon. Enlace permanente. Tema: Reseñas Hay 1 comentario.

03/04/2007

NABOKOV: EL EXILIO Y EL ÉXITO

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Vladimir Nabokov (San Petersburgo, 1899-Montreux, 1977) defendía la autonomía del arte frente a las circunstancias históricas y prefería no hablar de la biografía de los escritores, pero su vida tiene mucho que ver con su obra y la historia invadió su existencia en varias ocasiones. Nació en una familia rica, liberal y anglófila; huyó de su país tras la Revolución bolchevique; su padre fue asesinado por un extremista en Alemania. Nabokov vivió en Cambridge, Berlín y París, escribió libros en ruso, y la guerra en Europa lo obligó a dejar el continente. En “Vladimir Nabokov (Los años americanos)” (Anagrama, 2006) Brian Boyd (Belfast, 1952) cuenta lo que sucedió después de que el escritor, su esposa Véra y su hijo Dmitri partieran en un barco con destino a los Estados Unidos. Este volumen, que ha tardado 15 años en aparecer en castellano, es la continuación de “Vladimir Nabokov (Los años rusos)” (Anagrama, 1992): los dos libros superan las 1.500 páginas y alternan la biografía del escritor con el estudio de sus obras. Además, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores ha publicado “Obras Completas III. Novelas (1947-1957)” , que contiene “La verdadera vida de Sebastian Knight”, su primera narración en inglés; “Barra siniestra”, su novela más política; su obra maestra “Lolita”, y el guión basado en la novela que escribió para Kubrick; y “Pnin”, donde inventó a un personaje conmovedor y muy divertido.

“Los años americanos” habla de la segunda etapa del exilio de Nabokov: se sintió bien acogido en Estados Unidos, pero sus primeros años estuvieron llenos de dificultades. Dudaba sobre la lengua en que debía escribir, no encontraba editoriales y buscaba trabajo en universidades y asociaciones de lepidopterología. Aunque su vida da una sensación de provisionalidad -nunca tuvo una casa propia, Cornell no le ofrecía un puesto fijo, y a partir de 1951 se mudaba todos los años- Nabokov disfrutó de la naturaleza americana e investigó las costumbres del país. En verano viajaba al Oeste y cazaba mariposas; una ayudante decía: “Hacía preguntas, preguntas, preguntas, preguntas. Preguntaba el cómo y el porqué. Nunca dejaba de coleccionar datos y opiniones”. Nabokov recogía elementos que luego aparecerían en “Pnin” o “Pálido fuego”.

Antes del éxito de “Lolita”, las clases, la traducción, la escritura y las mariposas ocuparon la mayor parte de su tiempo. Nabokov fue profesor de lengua y literatura rusas y de narrativa europea. Las notas que usaba para sus clases están publicadas, y, como su teoría de la traducción, sirven para explicar su idea de la literatura: desde su rechazo a la crueldad del “Quijote” o a Dostoievsky hasta su énfasis en los detalles y en la lectura atenta, que le llevaba a preguntar a sus alumnos por el peinado de los personajes o por el empleo de la conjunción copulativa en “Madame Bovary”. “Nabokov creía en el internacionalismo de la literatura, en el genio individual que trasciende las circunstancias”, dice Boyd, que cita una afirmación de Nabokov: “Un gran escritor combina esas tres facetas –es narrador, profesor, brujo-, pero es el hechicero que lleva dentro lo que predomina”. Nabokov detestaba que los estudiantes copiaran, y comenzaba las clases sobre un libro subsanando los errores de traducción página por página.

Uno de los grandes apoyos que tuvo Nabokov fue el de “The New Yorker” . La editora Katharine White le publicó numerosos textos; a veces sugería hasta cuarenta cambios en un relato: las respuestas del escritor son brillantes y divertidas. Sus colaboraciones le proporcionaron ingresos y lectores mientras afrontaba sus proyectos más ambiciosos: la traducción de “Eugenio Oneguín” (acompañada de 1.200 páginas de comentario) y la redacción de “Lolita”. La publicación de esta novela tampoco fue fácil: apareció en 1955 en Olympia Press, una editorial pornográfica francesa y despertó una polémica en Inglaterra y EEUU antes de publicarse. Avalada por escritores como Graham Greene, “Lolita” se convirtió en un éxito gigantesco, fue llevada al cine e inventó el arquetipo de la nínfula. Nabokov dejó las clases; en 1961 se estableció en Suiza, y se dedicó a escribir (publicó nuevas obras como “Ada o el ardor” y firmó un contrato con McGraw Hill), a cazar mariposas, a revisar sus traducciones, y a recibir a periodistas, editores y fans.

Nabokov era atrabiliario y bromista, desdeñaba a muchos escritores contemporáneos y tuvo algunos desencuentros en el mundo literario. Una de las relaciones más interesantes es la que mantuvo con el crítico Edmund Wilson : a pesar de que Wilson no entendía el humor de Nabokov, fueron amigos durante un tiempo. Más tarde, Wilson atacó la traducción de “Eugenio Oneguín”; Nabokov respondió con dureza. También se enfrentó a Field, que escribió una biografía inexacta. No pudo encontrarse con Solzhenitsyn, fue amigo de Jason Epstein y Alfred Appel, y agradeció un cumplido de Bishop: “Algunas de sus frases son tan buenas que casi me provocan una erección... y a mi edad, no es cosa fácil, ya sabe”.

Boyd habla de las ideas políticas de Nabokov: de su defensa del individuo y la libertad, de su rechazo a la censura y al antisemitismo, y de su oposición a las dictaduras: “Desprecio toda fuerza que ataque a la libertad de pensamiento”, declaró. También habla de su vida familiar: de su relación con Véra, que aprendió a conducir, le ayudaba en sus clases y revisaba sus traducciones; de su hijo Dmitri, que se haría cantante y que era aficionado al alpinismo y a las carreras de coches; de su hermano Kiril, que murió en un campo de concentración en Hamburgo; de su hermana Olga, a la que volvió a encontrar en Europa. La familia es uno de los elementos centrales de la elusiva autobiografía “Habla, memoria”: según Boyd, allí Nabokov critica a Freud más ferozmente que nunca, porque el vienés había profanado el amor familiar.

“Los años americanos” tiene mucha información valiosa. A veces, su gusto por el detalle hace que resulte reiterativa; en otras ocasiones, Boyd, mejor investigador que crítico, cae en la hagiografía o en la exageración: “Desde el punto de vista de la belleza formal, ‘Pálido fuego’ es probablemente la novela más perfecta jamás escrita”, afirma. O: “en el siglo XX, centenares de escritores creativos han estado vinculados a universidades, pero ninguno ha alcanzado el nivel literario de Nabokov”.

La edición tiene algunos defectos. El capítulo que compara las distintas versiones inglesas de “Eugenio Oneguín” no está traducido, sino adaptado. El uso de las traducciones de Anagrama de las obras de Nabokov produce contrasentidos. Boyd cuenta una discusión entre Nabokov y su traductor al francés, que escribía “nogal” por “shagbark” (“nogal americano”). Boyd cree que Nabokov tenía razón, y se remite al original para justificarlo: la versión en castellano cita la traducción de Aurora Bernárdez, que también prefería “nogal”. Parece una broma de Nabokov, pero es una pena que un libro que defiende “la pasión del científico y la precisión del artista” contenga errores como éste.
Brian Boyd. Vladimir Nabokov (Los años americanos). Traducción de Daniel Najmías. Anagrama. Barcelona, 2006. 964 páginas.

Esta reseña apareció en Artes & Letras en enero de 2007. Aquí, una entrevista clásica de The Paris Review.

03/04/2007 00:41 Autor: daniel gascon. Enlace permanente. Tema: Reseñas Hay 5 comentarios.

29/03/2007

UN PAÍS SECUESTRADO

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“Días sin tregua” (Destino, 2006) es un thriller intenso y verosímil que parte de un hecho real: el secuestro, en marzo de 1981, del delantero centro del Fútbol Club Barcelona Enrique Castro “Quini” . El último libro de Miguel Mena (Madrid, 1959), galardonado con el Premio Málaga de novela, se centra en la investigación: Mainar es un policía enviado a Barcelona para esclarecer el delito, que cuenta sus pesquisas en un diario. El relato de la investigación alterna con sus problemas familiares, vistos desde la perspectiva de su mujer, y con las andanzas del secuestrado y sus captores.

“Días sin tregua” sucede justo después del 23-F y ofrece el retrato de un país convulso. ETA mata a dos personas a la semana, y en las Fuerzas Armadas y ciertos sectores de la sociedad se desconfía de la democracia: los compañeros de Mainar guardan vasos de plástico para brindar por el éxito de otro posible golpe de estado. Mena consigue que su relato resulte creíble porque, aunque la novela presenta mucha documentación, la información que da determina las vidas de los personajes, que son seres humanos y no sólo piezas del engranaje narrativo: una periodista de izquierdas, Quini, la esposa de Mainar, un joven policía que jugó en las divisiones inferiores del Barcelona y que está encantado de conocer a los jugadores y directivos de su ex equipo, empresarios de negocios turbios, policías de extrema derecha.

La trama de “Días sin tregua” funciona como un mecanismo de relojería, pero Mena cuenta cosas que no son habituales en las novelas policíacas: habla del tedio y la incertidumbre de la investigación, de las películas que se proyectaban en los cines en la primavera del 81, de las sobremesas del domingo y la geografía de Barcelona, Zaragoza, Madrid y Ginebra, las ciudades donde sucede el relato, o de unos secuestradores que llevan un televisor portátil al zulo para que Quini vea el partido de la selección española. Esos elementos casi costumbristas constituyen uno de los grandes aciertos de la novela: como demostró en “1863 pasos” (Xordica, 2005), Mena sabe pasear por una calle, contar la historia y la crónica de sucesos y vincular toda esa información a la vida de un personaje.

El protagonista de “Días sin tregua”, Mainar, es un héroe imperfecto (“Conocer mis carencias no me permite eliminarlas de un plumazo”, afirma). Es un hombre solo: cree en la democracia y quiere que la ley se cumpla, pero es incapaz de aceptar la enfermedad de su hija, no se entiende con su mujer, y sabe que los terroristas pueden matarlo en cualquier momento, pero también que algunos compañeros se alegrarían de verlo desaparecer.

“Días sin tregua” también es una reflexión sobre la historia de España y la democracia: el rapto del máximo goleador de la Liga funciona como metáfora de un país secuestrado por la violencia. La novela es el relato de una liberación, y nos recuerda que la democracia no es algo que se conceda de forma gratuita, sino que es la conquista pública y privada de muchos ciudadanos imperfectos.

“Días sin tregua”. Miguel Mena. Destino. Barcelona, 2006. 265 páginas.

Esta reseña apareció en el suplemento Artes & Letras en mayo de 2006. Fotografía de Cristina Grande .

29/03/2007 10:07 Autor: daniel gascon. Enlace permanente. Tema: Reseñas No hay comentarios. Comentar.

25/03/2007

ISMAEL GRASA: DELITOS Y FALTAS

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Trescientos días de sol es el último libro de Ismael Grasa (Huesca, 1968). Cuenta doce historias inquietantes, protagonizadas por personajes que se encuentran en una situación provisional, y en las que el delito es una presencia constante: a veces una amenaza o un incordio, en ocasiones un deseo sin mucho fundamento: a un profesor le roban un móvil en una excursión, un afilador amenaza a su cliente con el cuchillo que acaba de arreglar, unas payasas que animan comuniones roban en las casas en las que actúan.

Trescientos días de sol es un libro estupendo sobre personajes en proceso de reajuste, que asisten a bodas y a entierros y a repartos de herencias sin participar del todo (a menudo se quedan fumando a un lado), y que entienden a medias lo que les pasa. Muchos de ellos tienen trabajos temporales o quieren cambiar de vida, y se niegan a que los clasifiquen. También tienen un talento especial para meter la pata, como el inspector Clouseau o los protagonistas de Seinfeld: uno de ellos le dice a una masajista que ha ido allí a recibir placer. En estos relatos, que la realidad parece imitar (“Un sarrio” hace pensar en el terrible crimen de Fago, y en “No me gustan los psicólogos” el protagonista lleva una navaja por si acaso), puede haber un estallido de violencia inesperada.

Trescientos días de sol también está lleno de un humor salvaje, que a veces te asalta cuando menos te lo esperas y que demuestra un extraordinario sentido del tiempo. En “Algo provisional”, uno de los mejores relatos del libro, el protagonista posibilita que su hermanastro sea violado: “Los intentos de Rubén por defenderse se volvieron en su contra, aprendió que en un juicio de pederastia con violación probada es mejor no empezar frases del tipo ‘¿Qué hay de malo en?’”.

Ismael Grasa sabe que algunos detalles (la marca de un hombre en un sofá, una mesa en la que falta una servilleta) o una frase extraña pueden contar una vida entera: “Estábamos ahí, rodeados de esos disfraces de osos, de novias medievales, de hadas madrinas, de todos esos zapatos enormes de payaso”. Sus cuentos dan pocas explicaciones y son mucho más cerrados de lo que parece: son pequeñas películas, que ofrecen una mirada muy contemporánea y desprovista de clichés sobre las ciudades y sus piscinas, los recreativos, o sobre las despedidas y los cementerios de los pueblos. Trescientos días de sol posee una precisión formal que casi no se nota, un mecanismo de relojería que describe algo inestable, maravilloso y turbulento: un puñado de seres humanos.

Fotografía de Cristina Grande . Aquí , un vídeo de Mariano Gistaín.

25/03/2007 11:33 Autor: daniel gascon. Enlace permanente. Tema: Reseñas No hay comentarios. Comentar.

17/03/2007

EL ÚNICO ARGUMENTO

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Philip Roth (Newark, 1933) ha escrito mucho sobre los placeres y los sufrimientos del cuerpo. Ha contado su operación de corazón y la agonía de su padre en “Patrimonio” (Seix Barral, 2003), el cáncer de próstata y la incontinencia en “La mancha humana” (Alfaguara, 2002), y ha hablado del impulso sexual en la adolescencia, en la madurez o en la vejez. Una de sus novelas empieza con una cita de Edna O’Brian: “El cuerpo contiene la biografía tanto como el cerebro”. “Elegía” (Mondadori, 2006), que toma su título en inglés –“Everyman”- de una obra alegórica medieval, y que Roth comenzó a escribir tras el fallecimiento de su amigo Saul Bellow, trata del desmoronamiento físico, de la soledad frente a la muerte.

“Elegía” arranca con el entierro de su protagonista anónimo, y cuenta su biografía casi como un historial médico. Sus encuentros con la muerte –la primera visión de un cadáver, la desaparición de sus padres-, y sus estancias en los hospitales –por culpa de una hernia de niño, una peritonitis en su madurez y problemas cardiovasculares en la vejez- sirven para dar detalles de una vida que incluye tres matrimonios, amantes, dos hijos que no le quieren, una hija que adora y una carrera exitosa en la publicidad. Pero poco a poco la salud se convierte en el tema principal. “Elegía” cuenta esa pérdida: para el protagonista “eludir la muerte parecía haberse convertido en el asunto central de su vida y la decadencia física en toda su historia”.

“Elegía” es una novela corta y sobria, pero llena de ira hacia la injusticia y la fealdad de la enfermedad. Aunque su hermano lo protege y lo quiere, el protagonista lo envidia; ésa es una de las mejores historias del libro: “cuando hablaba con Howie, una frialdad injustificada se apoderaba de él, y reaccionaba con el silencio a la jovialidad de su hermano. El motivo era ridículo. Odiaba a Howie a causa de su rubicunda y excelente salud. Odiaba a Howie porque nunca había estado hospitalizado, porque desconocía la enfermedad, porque el bisturí no había dejado seis cicatrices en ningún lugar de su cuerpo ni tampoco tenía seis ‘stents’ alojados en las arterias”. “Elegía” no es el mejor libro de Philip Roth, pero es uno de los más tristes: cuando repasa su vida, el personaje principal se arrepiente de sus errores, y cree que son responsables de su soledad. Llama a su hermano, que está fuera, y a sus compañeros de trabajo: algunos están enfermos y otros han fallecido. Los fallos del protagonista –ser infiel a su mujer con una modelo danesa, divorciarse de una esposa a la que no quería- son bastante comunes. Uno siempre muere solo, y lamenta haber desperdiciado la vida y los afectos de los demás: en “Elegía” no hay esperanza y la tragedia del personaje de Roth es universal.

Hay pocos momentos que el protagonista de “Elegía” recuerde con afecto. Algunos tienen que ver con el amor, la pasión o la infancia. Otros están vinculados al trabajo: a los relojes y joyas que vendía el padre, o a la explicación del enterrador. Y el trabajo es uno de los temas principales de “La contravida” (Seix Barral, 2006), una de las obras más posmodernas y metaficcionales de Roth, que fue publicada en inglés en 1986, y pertenece a la serie protagonizada por Nathan Zuckerman: estaría situada entre “Zuckerman encadenado” (Seix Barral, 2005) y la trilogía sobre la historia de Estados Unidos compuesta por “Pastoral americana” (Alfaguara, 1999), “Me casé con un comunista” (Alfaguara, 2000) y “La mancha humana”. “La contravida” habla de personajes que se reinventan, del judaísmo, de Israel y el antisemitismo, de la fuerza del sexo frente a las obligaciones familiares, de impotencia y operaciones a corazón abierto, pero también de los poderes de la ficción y de las relaciones entre la literatura y la vida.

Si “Elegía” es un libro desolado, “La contravida” rebosa energía. Sus cinco secciones son variaciones de una misma trama: en “Basilea”, Henry, el hermano de Nathan, muere durante una operación de corazón (como el protagonista de “Elegía”) a la que se somete para recuperar su potencia sexual. Su viuda le pide que escriba un elogio fúnebre, pero Zuckerman sólo puede pensar en la amante de su hermano y los motivos de la operación. En “Judea”, Henry sobrevive y se va a vivir a Israel, y Nathan, que cree que “nuestra gran contribución es la angustia sin esfuerzo”, viaja hasta Cisjordania. Conoce a israelíes progresistas y conservadores (“La Biblia es su biblia: los muy idiotas se la toman en serio”, dice un personaje), y en el Muro de las Lamentaciones se encuentra con un americano que quiere fundar un equipo de béisbol en Jerusalén. Más tarde, es el propio Zuckerman el que fallece a causa de una operación, pero en “Entre cristianos” ha sobrevivido a la intervención quirúrgica. El libro es una sucesión de discusiones sobre los mismos temas: Zuckerman habla con judíos sionistas y asimilacionistas, con su tía Essie, con su hermano adúltero y con su hermano convertido en colono en Cisjordania, con damas inglesas y su cuñada y sobre todo con su amada, Maria, y su posición cambia según el interlocutor que tenga enfrente. Por eso Israel es uno de los escenarios más importantes del libro: no sólo es el lugar “donde se cuentan los mejores chistes antisemitas”, sino que comprende “todos los dilemas judíos que alguna vez han existido”.

Aunque al final sus juegos formales resultan un tanto cargantes, “La contravida” tiene momentos divertidos, como el secuestro de un avión sobre Tel Aviv, y episodios poderosos, como cuando Henry encuentra el relato de su amor adúltero entre los papeles de Nathan. Como otros libros de Roth, trata de personajes que intentan escapar de su identidad y empezar una vida distinta: los maridos quieren ser amantes, los americanos quieren ser israelíes, los libertinos quieren ser padres. Pero ni Zuckerman ni Roth pueden apartarse de sus obsesiones favoritas. Saben que nunca terminarán de hablar de ellas; se lo pasan bien, y su diversión es contagiosa.

Elegía. Philip Roth. Traducción de Jordi Fibla. Mondadori. Barcelona, 2006. 150 páginas.

La contravida. Philip Roth. Traducción de Ramón Buenaventura. Barcelona, 2006. 412 páginas.

Esta reseña apareció en el suplemento Artes & Letras, unas semanas antes de que Roth ganase el premio PEN FAULKNER por tercera vez con Elegía. En la foto, Philip Roth y Milan Kundera en 1980.

Aquí , una entrevista. Y el próximo libro de Philip Roth.

 

17/03/2007 20:32 Autor: daniel gascon. Enlace permanente. Tema: Reseñas Hay 2 comentarios.

09/03/2007

LA LIBERTAD Y LAS CÁRCELES

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Ayaan Hirsi Ali (Mogadiscio, 1969) es una intelectual, una superviviente y una mujer perseguida por decir lo que piensa. Como su magnífica colección de ensayos “Yo acuso” (Galaxia Gutemberg, 2006), su autobiografía “Mi vida, mi libertad” (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2007) habla del islam y Occidente, del maltrato a las mujeres y una África desangrada por guerras y corrupción, de su familia y el amor, de Theo van Gogh y la muerte. Pero también es el relato apasionante de un viaje intelectual desde la superstición a la razón, desde la tribu y el destino al individuo y a la convicción de que nuestras ideas y acciones pueden cambiar las cosas.

Hirsi Ali nació en Somalia, un país dividido en clanes. Su padre era un activista político; ella se crió con su madre y su abuela. Aprendió que “si una niña pierde la virginidad, no sólo traiciona su propio honor, sino que también daña el de su padre, sus tíos, sus hermanos y primos”, y que “la paz sólo llegará a los musulmanes si los judíos son destruidos”. En ausencia de sus padres, la abuela organizó su circuncisión: “Las tijeras descendieron entre mis piernas y el hombre cortó mis labios interiores y el clítoris. Lo oí, como cuando el carnicero corta la grasa de un pedazo de carne”, cuenta Hirsi Ali: 6.000 niñas sufren cada día la ablación del clítoris , un rito criminal que no se practica en todos los países musulmanes, pero que el islam tolera y a veces recomienda. Es el caso, por ejemplo, del influyente predicador Yusuf al-Qaradawi : “No es obligatorio, pero cualquiera que piense que sirve a los intereses de sus hijas debería hacerlo, y yo personalmente lo apoyo en las presentes circunstancias del mundo moderno”.

La familia se exilió en Arabia Saudí, “donde todo giraba en torno al pecado”, en Etiopía y en Kenia, donde Ayaan aprendió inglés. Su madre le pegaba y un maestro del Corán le fracturó el cráneo. Pero no habla con rencor: reconoce el sufrimiento de su madre, muestra cariño por su padre y califica la muerte de su hermana como “el peor momento de mi vida”.

Hirsi Ali se unió a la Hermandad Musulmana. Vestía un hiyab; su objetivo “era un gobierno islámico a escala mundial para todos los seres humanos”. Pero percibía contradicciones: la persecución del deseo sexual femenino o la desigualdad legal. Leía novelas en inglés que hablaban de amor y de mujeres que tomaban decisiones, y a su alrededor se condenaba a las mujeres violadas y se maltrataba a las madres solteras. “Todos los valores islámicos que me habían enseñado me ponían a mí en último lugar”, afirma y reproduce las normas matrimoniales: la mujer debe obediencia al marido; si no le hace caso él puede pegarle; debe pedir permiso para salir de casa y estar siempre sexualmente disponible.

Hirsi Ali cuenta una emancipación: en 1992 su padre concertó su boda con un somalí que vivía en Canadá. Fue a reunirse con él; pasó por Europa y descubrió que podía convertirse en “un individuo”. No se casaría; viviría en Holanda. Aunque corría peligro real, obtuvo el estatus de refugiada gracias a un relato bélico inventado. La sorprendieron los trenes puntuales, las mujeres en camiseta y la democracia. Fue a la piscina, se echó un novio, aprendió neerlandés y a montar en bici: “La vida es mejor en Europa que en el mundo musulmán porque las relaciones humanas son mejores, y una de las razones por las que son mejores es porque la vida en Occidente se aprecia en el aquí y ahora, y los individuos disfrutan de derechos y libertades que el Estado reconoce y protege”.

Estudió Ciencias Políticas y dejó atrás la vestimenta y la religión musulmanas; leyó a Spinoza, Locke, Popper. Trabajó como intérprete y en una fundación del Partido Socialdemócrata: descubrió que entre los inmigrantes se producían crímenes de honor, matrimonios concertados y mutilaciones. El número de musulmanes a los que debían atender los servicios sociales era desproporcionadamente alto. Su experiencia y sus lecturas la condujeron a dos tesis. Por un lado, la opresión de la mujer era un elemento esencial del islam. Por otro, la violencia y el atraso no eran producto de Occidente, la pobreza o el racismo, sino de una cultura que necesitaba un cambio, “un Voltaire”. Pensar que las cosas ocurren por voluntad de Dios detiene el progreso. Había que señalar que el Corán era “un documento histórico escrito por seres humanos... Pregona una cultura brutal, fanatizada, obsesionada por controlar a las mujeres y ávida de guerra”. Cuando se enteró de los atentados del 11 de septiembre, pensó que el Corán legitimaba esa violencia.

Su causa sería la emancipación de las musulmanas: defendía los derechos humanos, criticaba el multiculturalismo y el relativismo. Pedía que se dejasen de subvencionar las escuelas confesionales, que se hicieran estadísticas de los crímenes de honor, y se controlase a las niñas que corrían peligro de sufrir la ablación. Recibió amenazas de musulmanes; vivía escoltada. La izquierda desconfiaba de ella: le pedían “paciencia o me tildaban de derechista”.

Se presentó a las elecciones con el Partido Liberal. Obtuvo un escaño en el Parlamento y escribió el guión de “Submission” : el cortometraje que dirigió Van Gogh criticaba el maltrato del Islam a las mujeres. Un fanático asesinó al cineasta; Hirsi Ali pasó meses escondida y vigilada. Cuando volvió, los atemorizados vecinos exigieron que se marchase. Verdonk, la ministra de inmigración de su propio partido, le retiró la nacionalidad holandesa por haber mentido para conseguir un permiso de refugiada: lo había declarado muchas veces, pero tuvo que dejar su escaño. Ahora Hirsi Ali trabaja en el “think tank” estadounidense American Enterprise Institute, está agradecida a Holanda y ha recuperado su nacionalidad. Aunque está amenazada de muerte, cree que ha tenido suerte: sigue viva, y tiene su propia voz. En “Mi vida, mi libertad” hay muchas pérdidas y mucho dolor: Hirsi Ali ha perdido su país, su familia y la posibilidad de ir donde quiera. También hay mucha pasión, fortaleza e inteligencia, y una escritura poderosa y limpia que defiende los mejores valores de la humanidad.

Ayaan Hirsi Ali. Mi vida, mi libertad. Traducción de Sergio Pawlowsky. Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores. 490 páginas.

Esta reseña apareció en el suplemento Artes & Letras de Heraldo de Aragón el día 8 de marzo de 2007.

[Una polémica: Timothy Garton Ash acusa a Hirsi Ali de "fundamentalismo de la ilustración", siguiendo la línea equivalencia moral entre el fanatismo islámico y quienes lo combaten que establece Ian Buruma en su libro "Asesinato en Amsterdam" (Debate, 2007). Aquí hay una respuesta de Christopher Hitchens y otra de Anne Applebaum .]

09/03/2007 00:42 Autor: daniel gascon. Enlace permanente. Tema: Reseñas Hay 1 comentario.

04/03/2007

EL PRÍNCIPE Y LAS PELÍCULAS

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“De cine. Memorias de un príncipe de Hollywood” (Acantilado, 2007) es la autobiografía de Budd Schulberg (Nueva York, 1914). Schulberg escribió guiones de películas como “Un rostro en la multitud” o “La ley del silencio”, y publicó novelas como “¿Por qué corre Sammy?”, “El desencantado” (Acantilado, 2004) y “Más dura será la caída” (Alba, 1999). Su actuación durante la “caza de brujas” –aceptó haber pertenecido al Partido Comunista, dijo que había recibido presiones para retocar pasajes de una novela, y dio los nombres de otros miembros- ha oscurecido injustamente una obra brillante, y una vida que ofrece una perspectiva única del cine americano.

“De cine” cuenta los primeros 18 años de Schulberg y retrata una época de la industria desde el punto de vista de un niño hipersensible y tartamudo, que vive en el corazón del cine, rodeado de las estrellas más famosas, pero que quiere ser escritor y ama los deportes por encima de todo. El padre de Schulberg, B. P., había empezado en el mundo de la publicidad y se convirtió en un magnate de la Paramount, a las órdenes de Zukor. A B. P. le gustaba experimentar con las posibilidades artísticas del nuevo medio, y era aficionado a la literatura, al alcohol, el juego y las actrices. Su madre, Adeline, era una mujer elegante, que protegía a escritores y artistas y aconsejaba a su marido, y que fue propagandista de la URSS antes de convertirse en una exitosa agente.

Schulberg describe la vida familiar y habla del momento en que el cine se convierte en un arte y en un negocio inmenso (“Había que ser muy tonto y totalmente inepto para no ganar dinero”), de la fundación épica de Hollywood, y de la llegada del sonoro. Los judíos –que escapaban de las persecuciones en Rusia y el Este de Europa- desempeñaron un papel fundamental en el desarrollo cinematográfico; construyeron en Hollywood una tierra prometida. Todo parecía posible: en el Alejandría “en una misma tarde, uno podía echar un polvo, convertirse en una estrella, fundar una nueva compañía y arruinarse”. Cuando estalló la Revolución rusa, el productor L. J. Selznick le escribió una carta al zar Nicolás II, en la que le decía que, a pesar de que “cuando era pequeño en Rusia vuestra policía trató muy mal a mi pueblo”, no le guardaba rencor: como que se había quedado sin empleo, le ofrecía trabajar para él. Hay muchas anécdotas sobre actores y cineastas, que retratan un mundo disparatado, divertido y a menudo trágico: Marcel de Sarro fue un director de éxito paralizado por el miedo, la sex symbol Clara Bow no pudo superar la llegada del sonoro, B. P. dejó a su esposa y perdió su empleo.

“De cine” también cuenta el aprendizaje de Schulberg. Habla de las instituciones educativas, de sus inicios en el periodismo y en la literatura, de los consejos que recibía de su padre o de Ben Hecht, de las actrices que coqueteaban con el hijo del jefe, y del descubrimiento de que no todo el mundo compartía su bienestar: critica la explotación de las estrellas infantiles, investigó sobre los linchamientos, y en un viaje a México sacó una impresión de pobreza desoladora. Budd se encuentra con algunos de sus temas preferido