Blogia

Daniel Gascón

MIENTRAS EUROPA DUERME

‘Pasajero K’ (Seix Barral, 2012) es una novela sobre Europa: sobre los fantasmas del pasado reciente, sobre identidades múltiples, sobre los referentes culturales comunes, sobre un espacio sin fronteras y un continente donde se producen atrocidades xenófobas, y sobre mentiras privadas y públicas. Y, como otros libros de Adolfo García Ortega (Valladolid, 1958), es un libro sobre el dolor y el mal. Si ‘El comprador de aniversarios’ (Ollero y Ramos, 2003; Seix Barral, 2008) abordaba el Holocausto y ‘El mapa de la vida’ (Seix Barral, 2009) hablaba de los atentados del 11-M, ‘Pasajero K’ trata de la guerra en la antigua Yugoslavia, y de la violación sistemática de mujeres musulmanas de Bosnia en los años noventa, que formaba parte de la estrategia de la limpieza étnica. Sobre este conflicto, y sobre la importancia que tuvieron en él los escritores, Isabel Núñez realizó un admirable trabajo de investigación: ‘Si un árbol cae’ (Alba, 2008). La exfiscal de Tribunal Internacional para Ruanda y la Antigua Yugoslavia Carla del Ponte contó en ‘La caza: Yo y los criminales de guerra’ (Ariel, 2009) los obstáculos que había encontrado en su tarea.

‘Pasajero K’ arranca con la detención de Radovan Karadzic, expresidente de la República Srpska entre 1992 y 1996, psiquiatra y poeta, que durante años se ocultó tras el alias del doctor Dragan Dabic -experto en medicina china y terapias alternativas-, y que está acusado de genocidio y crímenes de guerra contra los musulmanes y croatas de Bosnia. El juicio y la investigación sobre sus crímenes unen por accidente a los dos protagonistas: Fernando K. Balmori, un director de cine que quiere hacer una película algo imprecisa sobre Europa y tiene una especie de síndrome de Diógenes que lo lleva a fotografiar constantemente una realidad que se le escapa, y la joven periodista Sidonie Maudan. Pese a que los separan varios decenios, tienen varias cosas en común. Son europeos cosmopolitas, hijos de parejas formadas por personas de diferentes países; también han tenido parejas de otros lugares: K. sigue obsesionado por el recuerdo de su difunta exmujer, una cantante italiana que estuvo a punto de alcanzar el éxito; Sidonie está embarazada de su exnovio ruso. Se encuentran en un tren que va de Madrid a París. Sidonie se dirige a La Haya, para cubrir el juicio a Karadzic, pero alguien entra en su compartimento y registra sus pertenencias. El objetivo de los perseguidores es encontrar y silenciar a un intérprete testigo de las atrocidades al que la periodista quiere entrevistar.

García Ortega  alterna una tercera persona desde el punto de vista de K. con una primera persona correspondiente a Sidonie. Construye un relato de aventuras, una búsqueda que es también una huida y tiene cierto aroma de novela de espionaje y cine negro. Aparecen referentes como Patricia Highsmith y John Le Carré. Los trayectos por Europa en ferrocarril –con sus múltiples significados asociados: su aroma de aventura, la movilidad de un país a otro, pero también la deportación y el exterminio- recuerdan a novelas como ‘El tren de Estambul’ de Graham Greene. A esas referencias se suma un paisaje cultural: desde Spinoza, Mendelsohnn y Kafka a Lenin y Van Gogh, pasando por el ciclismo, los museos y ciudades como Zurich, Roma, París, Berlín y La Haya. Ese imaginario, uno de los aspectos más logrados de la novela, tiene también un lado siniestro: “En Europa siempre nos hemos creído las historias que hablan de ogros y monstruos ocultos que salen de repente de sus guaridas y masacran salvajemente a las personas inocentes. Somos miedosos y ciegos, no hay ni ha habido nunca ningún monstruo cruel en Europa. La gente como Karadzic es gente como tú y como yo. Es buena gente. Somos un museo de buena gente. Eso era lo verdaderamente terrible”. Los datos históricos se combinan con la ficción narrativa y la especulación política; la novela señala la falta de reacción, la indiferencia o incluso la complicidad, de las democracias. ‘Pasajero K’ es sobre todo una denuncia del racismo y una reflexión sobre la empatía y la capacidad de indignación ante el sufrimiento de los demás: “K. se informaba sobre el juicio minuciosamente. Los dolores de oído le impedían dormir, así que, después de aplicarse las gotas habituales, se pasaba horas buscando en Internet datos sobre Karadzic”. La obsesión de Balmori y Sidonie por las víctimas y sus verdugos corre en paralelo con una evolución íntima de dos personajes desarraigados y llenos de interrogantes sobre sí mismos: “Ahora, en este viaje, todas estas cosas cobraban de nuevo un relieve inesperado, las situaciones se repetían, los nombres eran intercambiables en una historia similar, la de su nacimiento, la de un origen: Yuri, Kyiper, Radovan, Frédéric, Renata, Bruna, Sidonie, Delilija…”. A veces, cierto barroquismo argumental y algún problema de verosimilitud entorpecen un relato potente y ambicioso sobre las tragedias que se pueden producir a la vuelta de la esquina, mientras Europa duerme.

Adolfo García Ortega. ‘Pasajero K’. Seix Barral, Barcelona, 2012. 312 páginas.

Esta reseña sale en Artes & Letras de Heraldo. He tomado la foto aquí.

¿DÓNDE ESTÁ HAMZA KASHGARI?

Un post en el blog de Letras Libres.

ABORTOS

ABORTOS

1) El texto, publicado en el periódico Heraldo, dice: “el hecho de que nuestro país haya batido marcas de abortos en los últimos años en Europa”. No es cierto.

Se pueden consultar los del Ministerio de Sanidad español sobre las clínicas que han notificado interrupciones voluntarias del embarazo en esta dirección.  

Tabla 1 

Número de Centros que han notificado IVE. Número de abortos realizados. Tasas por 1.000 mujeres entre 15 y 44 años. Total Nacional

Año

Centros notificadores de I.V.E.

Total I.V.E.

Tasa por 1.000 mujeres

2010

146

113.031

11,49

2009

141

111.482

11,41

2008

137

115.812

11,78

2007

137

112.138

11,49

2006

135

101.592

10,62

2005

134

91.664

9,60

2004

133

84.985

8,94

2003

128

79.788

8,77

2002

124

77.125

8,46

2001

121

69.857

7,66

 

La Organización Mundial de la Salud explica que algunos de los países de Europa occidental tienen las tasas de aborto más bajas del mundo. Añade que algunos países de Europa del Este (Bielorrusia, Bulgaria, la República Checa, Hungría, Polonia, Moldavia, Rumania, la Federación Rusa, Eslovaquia y Ucrania) presentan las cifras más altas del mundo, aunque se ha producido en los últimos años un descenso dramático (de 90 por mil en 1995 a 44 en 2004), en buena parte gracias a la extensión de medidas anticonceptivas.

En 2010 la cifra en España era de 11,49 abortos por cada 1000 mujeres: 113.031 abortos. En 2008, la cifra alcanzó el 11,78 por cada 1000 mujeres, el máximo. Está por debajo de la media europea.

Según esta base de datos de la ONU, la tasa en Francia en 2002 fue del 16,9 por cada mil mujeres. En Italia (2004), 10,6. España (2003), 8,3. Reino Unido (2005), 17,0. Suecia (2005), 20,2.

2) “El mayor número de abortos suele producirse entre los 25 y los 35”, dice el texto. Los datos que da el ministerio (tabla 2) están divididos entre mujeres de hasta 19 años, entre 20 y 24, entre 20-29,  entre 30-34, entre 35 y 39, y desde los 40 en adelante. En 2010, la suma de la franja de entre 20-29 (16,34 por mil) y la franja de entre 30-34 (12,09 por mil) da 28,43 por mil. Pero la franja de la tasa de incidencia más alta es la que va entre los 20 y los 24 años, todos los años: en 2010, por ejemplo, es un 19,82 (lo que sumado al 12,71 de abortos en personas de hasta 19 años da 32,53). Y la tasa que se ocupa de las mujeres de hasta 19 años es en todos los años más alta que la tasa de las mujeres de entre 30 y 34 años de edad. Desde 2001 hasta 2010 la mayoría de los abortos se han realizado entre personas de entre 20 y 29 años. La suma de abortos en personas menores de 25 años ha sido siempre superior a la de las personas de entre 25 y 34 años.

Tabla 2

Tasas por 1.000 mujeres por cada grupo de edad. Total Nacional

Año

19 y menos años

20 - 24 años

25 - 29 años

30 - 34 años

35 - 39 años

40 y más años

2010

12,71

19,82

16,34

12,09

8,27

3,50

2009

12,74

20,08

16,02

11,63

8,05

3,36

2008

13,48

21,05

16,49

11,63

7,97

3,30

2007

13,79

20,65

15,57

11,07

7,67

3,25

2006

12,53

18,75

14,44

10,12

7,34

3,05

2005

11,48

16,83

12,60

9,07

6,48

2,87

2004

10,57

15,37

11,43

8,57

6,12

2,69

2003

9,90

15,31

11,30

8,28

6,02

2,69

2002

9,28

14,37

10,72

8,10

5,84

2,72

2001

8,29

12,86

9,34

7,44

5,42

2,47

 

3) “Pero el hecho de que nuestro país haya batido marcas de abortos en los últimos años en Europa y, a la vez, tenga las tasas más bajas de hijos por mujer revela que hay un problema”. No cabe duda de que en España existe un grave problema de natalidad. No obstante, en 2008, el 55 % de las mujeres que abortaron en nuestro país eran extranjeras. El dato es todavía más significativo, porque las extranjeras solo representaban el 11 % de la población femenina. Las extranjeras han tenido tasas más altas de aborto y de natalidad. En España hay una baja tasa de natalidad, pero no es a causa de los abortos.

EL FIN DEL MUNDO, ETC.

En el blog de Letras Libres.

EN EL CENTRO DE LAS COSAS

Desde que Andrés Trapiello lo rescató en ‘Las armas y las letras’ en 1994, la figura de Manuel Chaves Nogales ha protagonizado una recuperación espectacular. Lo han reivindicado Félix de Azúa, Antonio Muñoz Molina, Ignacio Martínez de Pisón o Xavier Pericay, que lo ha comparado con George Orwell y Albert Camus. Según Arcadi Espada, Chaves Nogales “nunca escribió a humo de pajas, y su escritura seca y culta es todavía hoy un ejemplo raro de tensión antirretórica, de anticasticismo y de compromiso con lo mejor de su tiempo”. Se han reeditado sus obras: Libros del Asteroide ha publicado recientemente ‘El maestro Juan Martínez que estaba allí’, un reportaje que sigue las andanzas de un bailarín flamenco durante la Revolución rusa; la biografía ‘Juan Belmonte, matador de toros’; el volumen de relatos sobre la Guerra Civil ‘A sangre y fuego’; o el análisis de la debacle francesa en la Segunda Guerra Mundial, ‘La agonía de Francia’. En 2011 Renacimiento, que ha editado muchas de sus obras, publicó ‘Lo que queda del imperio de los zares’, ‘La defensa de Madrid’ y ‘Crónicas de la Guerra Civil’, y Almuzara ‘La ciudad’. El trabajo de María Isabel Cintas Guillén, responsable de la edición de la ‘Obra Narrativa’ (Diputación de Sevilla, 1993) y de la ‘Obra Periodística’ (Diputación de Sevilla, 2001), ha sido fundamental en ese rescate. Tras largos años de investigación, Cintas ha publicado ‘Manuel Chaves Nogales. El oficio de contar’ (Fundación José Manuel Lara, 2011).

Cintas ha logrado reunir muchos datos sobre Chaves Nogales. Hay todavía algunas lagunas. Pero el libro –que también es una visión lateral de una auténtica edad de plata del periodismo español, a través de uno de sus representantes más destacados- es extremadamente iluminador y útil.

Es ante todo la biografía de un periodista. Nacido en Sevilla en 1897, Chaves Nogales comenzó a escribir en ‘El Liberal’ y en ‘El Noticiero Sevillano’ a mediados de la década de 1910, antes de marcharse a Madrid, donde se convirtió en uno de los periodistas más importantes del país. Trabajó en ‘Heraldo de Madrid’ y fue subdirector de ‘Ahora’, un diario conservador que contaba entre sus corresponsales a Eugeni Xammar y Francisco Melgar, y entre sus colaboradores frecuentes a Baroja, Unamuno, los Machado o Gómez de la Serna. Cuando la CNT y la UGT se incautaron de ‘Ahora’ poco después del comienzo de la Guerra Civil, se convirtió en el camarada-director. Se marchó de Madrid cuando el gobierno republicano dejó la ciudad. Era un defensor leal de la República que había descubierto que no había sitio para él entre dos barbaries enfrentadas: “Me fui cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba. ¡Cuidado! En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid, como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes”.  Se fue a Francia con su familia y vivieron la desbandada francesa. Su mujer y sus hijos volvieron a España y él se marchó a Inglaterra, donde siguió escribiendo para Atlantic-Pacific Press y luego para su propia agencia, hasta su muerte en 1944. Poco después de su fallecimiento, el franquismo lo depuró por masón.

“Andar y contar es mi oficio”, declaró. Su trabajo periodístico es impresionante. Estuvo en el centro de las cosas y narró los grandes acontecimientos de su tiempo: visitó la Unión Soviética, conoció el fascismo y el nazismo, vio las operaciones de las tropas españolas en el norte de África y los disturbios de la República, recorrió Europa en avión, entrevistó a Goebbels, a Abd el-Krim, a Haile Selassie, a la aviadora Ruth Elder, a dirigentes de la Segunda República, a braceros andaluces y a Charles Chaplin. Su trabajo lo puso en peligro: tras su entrevista a Goebbels, estuvo para siempre en el punto de mira de la Gestapo. Y tuvo una virtud añadida: lo que Espada ha llamado “su alta capacidad prospectiva”. No solo supo contar lo que ocurría; casi siempre advirtió los peligros que se venían encima.

Además de la calidad y transparencia de su prosa y del talento para estar en el lugar adecuado, en Chaves hay un elemento de ejemplaridad y tragedia. Acabó en el exilio, alejado de su familia, y vio cómo se derrumbaban sus proyectos más queridos: la democracia en España o la civilización francesa. Pero también, en un momento en el que tantos –y tantos intelectuales- sucumbían a la tentación totalitaria, Chaves no solo fue uno de los mejores periodistas españoles. Gracias a su capacidad de establecer el diagnóstico de la realidad y de no perder la orientación moral y el compromiso con la democracia y el ser humano, estuvo a la altura de los mejores de cualquier lengua y de cualquier época. En 1941 escribía: “Francia sabe, y no ha podido olvidarlo, que hasta ahora no se ha descubierto ninguna forma de convivencia humana superior al diálogo, ni se ha encontrado un sistema de gobierno más perfecto que una asamblea deliberante, ni hay otro régimen de selección mejor que el de la libre concurrencia: es decir; la paz, la libertad, la democracia.

En el mundo no hay más”.

María Isabel Cintas Guillén. Chaves Nogales. El oficio de contar. Premio Antonio Domínguez Ortiz de Biografías. Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2011. 378 páginas.

Este artículo salió en ‘Artes & Letras’ de ‘Heraldo’. He tomado la imagen aquí.

EL DEBATE DE LAS DESCARGAS

La polémica de los derechos de autor en internet parece un asunto extremadamente complejo. Hay grupos de intereses enfrentados, distintos modelos de negocio, cambios tecnológicos, diferentes consideraciones del trabajo creativo y supuestas colisiones de derechos. Todos esos elementos forman parte del debate. Pero todos ellos deberían llegar después de una cuestión moral bastante sencilla. Esa cuestión es el robo.

Para evitar el robo, se necesita una normativa que marque claramente lo que se puede y lo que no se puede hacer, y que establezca los castigos. Es lo que se ha intentado en España -donde la Ley Sinde acaba de entrar en vigor- y en otros países. El objetivo principal es evitar las descargas ilegales y garantizar el respeto a la propiedad intelectual, como piden la legislación española y la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Toda persona tiene derecho a la protección de los intereses personales y materiales que le correspondan por razón de las producciones literarias artísticas y científicas de las que sea autor”, dice el artículo 27.2. Pero la normativa debe también limpiar el ambiente. Cuenta Steven Pinker en The Better Angels of Our Nature:

Tres investigadores eligieron un callejón en Groningen donde los holandeses aparcaban sus bicicletas y ataron un folleto de publicidad al manillar de cada una. Los ciclistas debían soltar el folleto antes de poder montar en la bicicleta, pero los investigadores habían retirado todas las papeleras, así que debían llevar el folleto a casa o tirarlo al suelo. Sobre las bicicletas había un signo que prohibía los grafiti y una pared que los investigadores habían llenado de grafiti (la condición experimental) o dejado limpia (la condición de control). Cuando los ciclistas estaban ante el grafiti ilegal, el doble de ellos tiraron el folleto al suelo –exactamente lo que predecía la teoría de las Ventanas Rotas. […] Un ambiente ordenado alimenta un sentido de la responsabilidad, no tanto a través de la disuasión como a través del señalamiento de una norma social: este es el tipo de sitio donde la gente obedece a las reglas.

Cuando alguien admite que las descargas ilegales son un robo, podemos empezar a hablar con él. En caso contrario, las discusiones son una pérdida de tiempo. Leí varias críticas a la legislación SOPA con argumentos que merecía la pena tomar en consideración. No los compartía y la presentación de la polémica como una lucha entre la gran industria del entretenimiento y el hombre de la calle (Google, Facebook) era inverosímil. Pero es todavía más difícil tomarse en serio esos argumentos cuando se emplean para defender a Megaupload. Algunos, en cambio, después de años de explicarnos la maravilla que era el futuro horizontal de las descargas, prefirieron restarle importancia a ese caso: no se referían a eso. A veces, parece algo cínico: “Imagino que es un servicio que estará cometiendo algún tipo de delito, porque si un juez ha decretado el cierre tendrá indicios claros de que el uso que se le da a ese servicio no cumple con la legislación, en ese caso está bien que lo cierren”, dijo uno de los jóvenes que montaron Series Yonkis. Otros, conmovedoramente, se preocupan por los usuarios indefensos. Por ejemplo, un lector preguntaba a Enrique Dans qué pasará con los documentos propios que subía la gente: al parecer, comentaba, incluso tesis doctorales. Espero que recuperen sus archivos, pero, en fin, el 4% del tráfico de internet deben de ser muchas tesis doctorales. Una columnista explicaba que Megaupload se regía por la ley de la oferta y la demanda, el principio del capitalismo, así que no estaba tan mal. Estoy esperando que emplee el mismo argumento para justificar la prostitución infantil. Leí también, por una parte, que lo de Megaupload no tiene nada que ver con el fenómeno de las descargas, y, por otra, que lo de Megaupload demuestra que no es necesaria una nueva ley. (Y se ha escrito que próximamente el portal iba a cambiar la música para siempre, creando un mundo mejor para todos los artistas pero perjudicando a la industria. Sin duda, esa parecía la verdadera vocación de Kim Dotcom, y es una pena que la industria lo haya impedido.)

Otros explican que los derechos de autor son un invento reciente y citan The Statute of Anne británico, que es de 1709 y, por tanto, más antiguo que otros inventos que yo aprecio bastante, como los derechos humanos. Hay quien dice que ya gasta mucho en cultura, por lo que es lógico que algunas cosas no las pague. Lo comenté un par de veces en un bar que hay debajo de casa para que no me cobrasen las copas, pero ahora ya no me dejan entrar.

Al margen de que, probablemente, si ellos tuvieran algún interés en el extranjero, exigirían a España que los defendiera, es curioso ver cómo gente que no para de consumir productos estadounidenses se queja de la influencia de Estados Unidos en nuestro país. El lamentable imperialismo norteamericano consiste básicamente en que no nos dejan ver sus series gratis.

Hemos leído que los creadores se oponen a internet. Quizá. Hay creadores para todo: Franzen dijo hace unas semanas que los libros electrónicos hacen daño a la sociedad. Pero en muchas ocasiones se distorsionan las palabras de los creadores y de los representantes de la industria. Cuando el distribuidor y presidente de la Academia Enrique González Macho declaró en la gala de los Goya que “internet no forma parte de la actividad económica del cine”, simplemente exponía un hecho: no era que estuviera “contra internet”. La mayoría de los creadores trabajan con internet y no se oponen a la red, como no se oponen, en general, a la electricidad. También se dice que la industria debe modernizarse. Es una pena que cuando se aboga por esa modernización necesaria a menudo se ignoren iniciativas existentes, como Spotify y Filmin (donde participa González Macho).

También hemos leído que las leyes nunca serán eficaces. Se adoptan metáforas más o menos poéticas: es tapar un agujero de un colador, es poner puertas al campo. Pero el campo tiene puertas, y hace mucho tiempo que el mar y el aire también tienen leyes.

Lo peor de todo es el comportamiento que muestran algunos defensores de las descargas ilegales en nuestro país. Un grupo ha negado la legitimidad de los representantes políticos elegidos por todos los españoles, y se ha jactado de atemorizar a un gobierno democrático. Un grupo –herido porque según ellos peligraba su libertad de expresión- ha incitado al boicot y la persecución, y ha creado listas negras con los nombres de gente que, precisamente, había ejercido su derecho a la libertad de expresión. A esos comportamientos mafiosos y totalitarios podemos sumar las nauseabundas campañas de Anonymous, una organización que defiende la transparencia tras una máscara, está visiblemente enfadada porque no la invitan a los Goya y practica actos de terrorismo light como publicar información privada de los ministros de cultura o de profesionales del mundo del espectáculo: “Tenemos mucha más información almacenada en lugares seguros. Hemos creído correcto no publicar datos de personas no relacionadas con la ley Sinde / Wert, pero si, en un futuro, dichas personas cambian de posición o hacen algo que creemos merecedor de castigo, toda nuestra ira caerá sobre ellos”, han amenazado.

En el fondo, ninguno de los argumentos a favor de las descargas resiste un análisis. Se les ha hecho demasiado caso. Esas formulaciones oportunistas, destinadas a justificar el robo del trabajo ajeno con la coartada del futuro, retórica mesiánico-tecnológica y eslóganes tribales, son solo formas de embellecer una sola idea: ¿Por qué se la chupan los perros? Porque pueden.

TRANSICIÓN, METEORITOS Y SANGRE

En ‘El jardín colgante’ (Seix Barral, 2012), que ha obtenido el Premio Biblioteca Breve, Javier Calvo (Barcelona, 1973) aborda la transición española. A diferencia de Javier Cercas en ‘Anatomía de un instante’ (Mondadori, 2009), no realiza un ensayo histórico. Tampoco elabora una ficción preocupada por la verosimilitud y respetuosa con los hechos, como Fernando Aramburu en ‘Años lentos’ (Tusquets, 2012) o Ignacio Martínez de Pisón en ‘El tiempo de las mujeres’ (Anagrama, 2003), ‘Dientes de leche’ (Seix Barral, 2008) o ‘El día de mañana’ (Seix Barral, 2011), o como Miguel Mena en ‘Días sin tregua’ (Destino, 2006). Calvo utiliza otros códigos, como los del thriller, el relato de espionaje, la ciencia ficción, el postmodernismo apocalíptico y el cómic, y traza una especie de alegoría. En el año 1977, mientras la caída de un meteorito acapara la atención informativa, los servicios secretos intentan adaptarse a los nuevos tiempos, en un país que parece dormido o aletargado antes de realizar una metamorfosis. Arístides Lao, un agente extraordinariamente brillante, aficionado a los puzles e incapacitado para la vida social, lucha contra la organización terrorista TOD, basada en el FRAP. Recibe la ayuda de Melitón Muria, solitario bebedor de whisky y habitual de los prostíbulos. Su objetivo es dar con uno de sus agentes infiltrados, Teo Barbosa, que está a punto de entrar en el núcleo activo del grupo. Calvo sabe crear suspense y manejar varios hilos narrativos: las pesquisas de Lao y Muria, y las peripecias de Barbosa: su historia de amor con Sara Arta, su entrenamiento en Francia y su relación con Madre Nieve, su participación en una acción terrorista y su traslado a un islote balear, donde se oculta con otros miembros de la banda. Utiliza capítulos breves con mucho diálogos y con temas recurrentes, como ‘Alicia en el país de las maravillas’, los puzles de Lao o la altura de Barbosa. Mezcla elementos pop –como la música de Patti Smith o los Sex Pistols- con un tono apocalíptico. La caída del meteorito, que narrativamente sirve para desactivar la cuestión de la verosimilitud, “dejó aturdido al país entero, por lo menos durante las primeras horas. Durante ese lapso, treinta millones de personas lo olvidaron todo. Como personajes de cuentos de hadas tocados por una varita mágica. Hipnotizados por las imágenes que retransmitía en directo la televisión, en un bucle que se repetía sin cesar en los dos canales: los prados y las huertas en llamas y la columna colosal de humo que durante aquellas primeras cuarenta y ocho horas se pudo ver desde prácticamente toda la mitad norte de la península. El cielo de España se llenó de ceniza y de polvo meteórico y adoptó una especie de estado intermedio entre el día y la noche”. Es una atmósfera de pesadilla: “La España que mantiene a la ciudad hechizada es un paseante oscuro, con un sombrero negro que le tapa la cara y un abrigo en cuyo interior esconde una colección de cuchillos”. Lao y Muria se abren paso en un sistema opaco, que trata de ocultar las connivencias entre los servicios de seguridad y las organizaciones terroristas: “Una amenaza que nos acompañe. Que nos permita seguir teniendo las riendas a los que realmente nos preocupamos por este país”, dice un personaje. Avanzan en un clima de violencia, donde apenas existen distinciones morales y donde la policía y los criminales compiten en brutalidad. El informe médico de Sara Arta, tras ser torturada por los servicios secretos, dice: “Mordeduras de perros en los miembros, vientre, pechos y zona genital”, “Lesiones por actividad sexual forzada durante un lapso prolongado y con múltiples parejas sexuales. Lesiones por penetración sexual con objetos. Desgarro total del perineo. Laceraciones en recto e intestino. Laceraciones en vagina y cuello uterino. Pérdida de tejido vaginal”. En ocasiones, esa violencia resulta algo gratuita y autoindulgente, como en algunos momentos ocurre con la prosa: “Sus ojos dan la impresión de entrar directamente en tu alma, abrir las ventanas de par en par y ponerse a vaciar los cajones en el suelo”, “España entera es un mundo reseco y agostado por el final cataclísmico del ciclo estacional”.

La novela pierde fuerza la parte final, donde se incrementa el aire de pesadilla y hay coincidencias demasiado fáciles. ‘El jardín colgante’ funciona mejor como relato de entretenimiento, basado en mecanismos de la narrativa popular y en la creación de una atmósfera original, que como parábola sobre la historia de España, donde recuerda la visión sentenciosa y vacua de ‘Balada triste de trompeta’ o esas historias sobre la guerra fría que prescribían una equivalencia moral entre las partes enfrentadas. La deliberada falta de humanidad de los personajes, la estética de cómic que adopta Calvo, su equidistancia conspirativa y su elección de la alegoría hacen que esa reflexión resulte pueril en el mejor de los casos.

Javier Calvo. ‘El jardín colgante’. Seix Barral, Barcelona, 2012. 363 páginas.

Esta reseña salió en ’Artes & Letras’ de Heraldo de Aragón. He tomado la imagen aquí.

 

NOCHE DE LOS ENAMORADOS

NOCHE DE LOS ENAMORADOS

Es una gran tragedia que Félix Romeo haya muerto tan joven. Es una gran tragedia sobre todo para él, pero también para la gente que lo quería y que nos hemos beneficiado de su inteligencia infatigable y su entusiasmo contagioso por la cultura, por los afectos y por la vida. Esa personalidad arrolladora a veces puede diluir lo que yo creo que Félix era por encima de todo: un escritor. Y un escritor que, como demuestra este último libro y como demuestran sus colaboraciones en prensa, estaba en plenitud de facultades y tenía todavía muchas cosas que darnos. Sin que sirva para paliar el dolor, es emocionante pensar que Félix Romeo tuvo tiempo de terminar y entregar a su agente un libro tan estremecedor y potente como Noche de los enamorados, un libro en el que creía profundamente y que recoge muchas de las cosas que le preocupaban. He editado bastantes textos de Félix y he estado en contacto directo con muchos de sus editores. Y Félix tenía ese elemento aparentemente caótico y torrencial, pero cualquiera de sus editores reconocerá su profesionalidad, su compromiso con la escritura. Siempre entregaba a tiempo. E incluso al final ha muerto antes de tiempo, pero ha entregado su libro a tiempo.

Como sabéis, Noche de los enamorados habla del compañero de celda de Félix Romeo, Santiago Dulong. Félix lo conoció en la cárcel de Torrero, el 14 de febrero de 1995, donde estaba condenado por un delito de insumisión. Dulong, falangista y católico, había matado a su mujer, María Isabel Montesinos Torroba. Es posible que también hubiera asesinado a su primera mujer. En el juicio, celebrado unos meses después de ese encuentro, Dulong fue condenado “a las penas de treinta días de arresto menor por la falta de malos tratos de obra y un año de prisión menor por el delito de imprudencia temeraria”. Imprudencia temeraria quiere decir aquí estrangularla. Tras ese encuentro azaroso, Félix rumió y convivió, a lo largo de los años, con esa historia y con sus interrogantes: ese crimen y esa convivencia es lo que ha contado en esta novela. La escena del crimen, la primera parte, relata la vida de estos dos personajes y el momento en que Félix conoce a Dulong. La segunda parte, Los hechos probados, se centra en el homicidio y en la sentencia. Noche de los enamorados tiene mucho de investigación, y al leerlo pensaba en los libros de Modiano, uno de los autores preferidos de Félix, o en una de sus series de televisión favoritas, Crímenes imperfectos. Pero sobre todo creo que entronca con la tradición intelectual más noble: la de Voltaire, la de Zola o de Sciascia, donde un escritor detecta una injusticia y la denuncia. También es el relato de cómo se hace esa investigación. Félix entra en los foros de internet de las ciudades donde vivió la familia de María Isabel, pide informes de registro civil, visita la cofradía zaragozana del “Prendimiento del Señor y el Dolor de la Madre de Dios”, a la que Dulong perteneció “devotamente desde su fundación en 1947” y a la que también perteneció María Isabel, repasa el relato de los hechos en los periódicos aragoneses. También aparece otra de las cosas que le interesaban mucho a Félix Romeo: la historia de Zaragoza. Dulong era el bisnieto de Santiago Dulong Serrano, el primer alcalde republicano que tuvo la ciudad, en 1873. Santiago Dulong Serrano estuvo en la cárcel por sus ideas, mientras que su bisnieto fue a prisión por matar a su mujer: ese contraste no se subraya, pero está ahí. Félix Romeo sigue el rastro de Dulong Serrano en los periódicos de la época y en los libros de escritores aragoneses como Juan Moneva y Puyol. En la investigación de la vida de Santiago Dulong y María Isabel Montesinos Félix encuentra muchas cosas, pero también encuentra callejones sin salida, obstáculos burocráticos e incógnitas.

Dice Félix: “Este no es un libro sobre la justicia imposible que se administra sobre los muertos, sino un libro sobre las palabras. Palabras jurídicas. Palabras periodísticas. Palabras médicas. Palabras policiales. Testimonios orales. Palabras al viento, como el que azota ahora las ventanas de la habitación en la que escribo”. Noche de los enamorados es también una forma de levantar las palabras para ver qué hay debajo. Y Félix Romeo, que era un gran aficionado a los diccionarios y escribió muchos, recurre con frecuencia al Diccionario de la Real Academia para buscar las palabras. Arcadi Espada dice que en cuanto detectas lo que oculta un eufemismo, ya lo has desactivado. Ese es uno de procedimientos que emplea Félix, pero no el único. Dice Félix también: “Tengo que agarrar esas palabras que describen lo que sucedió instantes antes de la muerte de María Isabel”. He leído varias veces el libro, y me impresiona su composición: la habilidad con la que Félix juega con los tiempos y con los testimonios, la importancia de los detalles, como la caída del pelo en la cárcel o el pelo que Santiago Dulong le corta a su mujer para dejarla “pelona” y quitarle su atractivo, como el dolor que siente Dulong al orinar y la meada de su mujer en el patio de casa horas antes de morir. Es un libro breve, pero lleno de cosas, donde todo significa mucho y no hay ningún elemento colocado por azar.

Noche de los enamorados también es un libro obsesivo, febril. Félix Romeo tuvo durante mucho tiempo ese caso en la cabeza, y no es difícil imaginarlo escribiendo de madrugada. Pocas lecturas me han transmitido una sensación comparable de intensidad e intimidad. Como en muchos de sus textos, hay un elemento metaliterario, una reflexión sobre lo que está escribiendo y sobre cómo debe leerse. Hablando de un policía que investigó los hechos con el que intenta contactar, dice: “Así que aquí falta su nombre y también falta su versión de la historia, o lo que ahora recuerde de esa historia que sucedió hace dieciséis años y que yo, no sabe por qué motivos, porque yo tampoco los conozco, vengo a remover, y de los que no pueden salir más que moscardas, gusanos y mal olor”. Y este libro, de una manera extraña, es una especie de autobiografía iceberg que casi puede pasar inadvertida porque, quizá al contrario de lo que parecía, Félix Romeo era un hombre muy pudoroso. Aquí Félix habla de su llegada a la cárcel, en unas páginas tremendas sobre el mal olor y la suciedad, que son dos de los temas de Noche de los enamorados. Habla también de su carrera de escritor: ingresa en prisión nada más publicar Dibujos animados. Su segunda novela, Discothéque, aparece también en el libro, porque es una novela que tiene mucho que ver con la violencia y la cárcel y hay un personaje inspirado en Dulong. También aparece Amarillo, el libro donde Félix hablaba del suicidio de su amigo Chusé Izuel. Noche de los enamorados tiene que ver mucho, además, con la escritura esencial y testimonial de Amarillo. Aparece también el programa de televisión La Mandrágora. Y aparece su novia, la pintora Lina Vila, que le ayuda en la investigación y ha hecho una portada en perfecta sintonía con Noche de los enamorados. Ismael Grasa ha dicho que es el libro del hijo de un policía, y creo que es una observación brillante: es una investigación corregida. También creo que Dulong es una especie de retrato en negativo, de opuesto o, como se dice en la Guerra de las Galaxias, de reverso tenebroso de un hombre enamorado del amor, que presumía de que tenía el nombre muy bien puesto: “Feliz Romeo”. Hay un momento en el que Félix se pregunta por qué le atrae esta historia y habla de “asomarse a un espejo oscuro”.

Félix Romeo tenía una idea moral de la literatura. La hemos visto en sus libros y en sus críticas. Una vez me dijo, en La Caja de los Hilos, “La literatura se escribe contra el mal”. No creo que este libro sea una manera de ajusticiar a unos difuntos y no me cuesta nada imaginar a Félix huyendo de cualquier interpretación solemne, pero creo que sí que es un libro sobre la justicia, y en cierta manera un intento de reparación. Félix Romeo habla de: “la evidencia de que la víctima se ha convertido en culpable. Ha pasado a ser la responsable de su asesinato. La que va a ser realmente juzgada”. Es un libro humanista, valiente y generoso: es la defensa de una víctima, no solo ante su asesino, sino ante la pereza, el apriorismo, la negligencia y la indiferencia que conspiran para admitir que, más o menos, Dulong solo dio un empujón a su mujer hacia la muerte. Es un libro contra la clasificación y la generalización: contra el psicólogo que, cuando le entrega un test a Félix en la cárcel y él se niega a responderlo, dice que ya se lo esperaba. Contra los policías que dicen que están hartos de tener que ir a casa de Santiago Dulong y que la próxima vez que los avisen sea cuando haya sangre. Es decir: una exprostituta, alcohólica y probablemente infiel, una mujer por cuyo asesinato no protesta nadie, también tiene dignidad. Por supuesto, no merece que la maten; pero, además, no merece que la juzguen por su forma de vida. Creo que esa es una de las cosas que quería decir Félix con este libro. Y quizá parezca una obviedad, porque España ha cambiado en estos dieciséis años, pero el mismo Félix decía a menudo que muchas veces olvidamos cosas obvias que son también esenciales. Noche de los enamorados, en cierta manera, reconstruye esa dignidad violada: lo hace recreando el crimen, desmontando el descuido y la parcialidad de la investigación, pero también especulando sobre la vida de María Isabel o emparentándola con personajes de la historia y la literatura, como Frida Kahlo, Artemisia Gentileschi, Sherezade u Ofelia. Esas referencias son todo lo contrario de la pedantería: son una forma de reconocer la humanidad de esa persona. Porque creo que Félix pensaba que la literatura sirve precisamente para eso: para revelar nuestras aristas, para mostrar la complejidad de todos, pero también una dignidad y una libertad que son al mismo tiempo individuales y universales. A veces, para mostrarla solo hay que saber mirar, ser capaz de ver. Y por eso Noche de los enamorados es un libro perturbador, obsesivo y profundamente moral: en cada una de sus páginas oigo hablar a nuestro amigo de cosas que le importan a él, y, como tantas otras veces, su voz imprescindible, hermosa y clara me recuerda que nos importan también a todos.

Texto leído en la presentación de Noche de los enamorados (Mondadori) en el Teatro Principal de Zaragoza.