LOS ESCRITORES ESPAÑOLES

“Los escritores españoles, solo por el hecho de serlo, somos escritores de segundo orden”, escribió Pío Baroja. Otros han descrito más características de la especie; ser un autor español es, en el mejor de los casos, un defecto de fábrica. A veces, el motivo es económico. Para Luis Rosales, “no pueden ser perseverantes en la defensa de su vocación”. Según Pedro Sorela, “la casi totalidad de los escritores españoles tienen un trabajo que les permite vivir, o lo han tenido hasta muy avanzada su carrera” (supongo que después se han muerto). “Los escritores españoles tienden a ser worst-sellers y lo mío no es ninguna excepción”, ha declarado José María Conget. Otras veces, es una cuestión estética y el emisor no siempre se incluye en la taxonomía. Vila-Matas ha denunciado “la falta de interés que sienten normalmente los escritores españoles hacia sus propios colegas, y más aún si son latinoamericanos”, y Laura Fernández ha dicho que “no escriben para divertirse, sino para exprimirse las entrañas”. Caminando sobre un mar de aguas fecales sin salpicarse, Juan Goytisolo declaró que “suelen atribuir todos los desvíos, errores y herejías al sexo”. La editora Beatriz de Moura dijo que tienen poca imaginación erótica. Umbral los acusó de ser “muy feos” y Raúl del Pozo de “tener un ego como un orangután”. José María Ridao ha lamentado que “los narradores que suelen aparecer en las páginas de las últimas entregas de los novelistas españoles no son seres cotidianos sino estereotipados” y Espido Freire aseguró que debían afrontar un reto: modificar la linealidad y romper la estructura espacio-temporal. Cambiar de nacionalidad parece una opción más sencilla, pero hay que saber elegir: Nick Hornby señala que “los escritores ingleses no creen en la emoción ni en la redención”.
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EL ESCALOFRÍO
“Paso a paso –y de forma tan silenciosa que la revelación de todos los datos pueden resultar sorprendente-, China se ha embarcado en la campaña represiva de la libertad de expresión más intensa de los últimos años. Eclipsada por las noticias que se producen en otras partes del mundo, China detiene a escritores, abogados y activistas desde mediados de febrero, cuando empezaron a circular llamamientos para organizar protestas inspiradas en las de Oriente Medio y el Norte de África. Ahora el perfil está claro: según un recuento del grupo Chinese Human Right Defenders, el gobierno ha ‘sometido a detención criminal a 26 personas, 30 personas han desaparecido y más de 200 están bajo arresto domiciliario‘.
Algunos de los desaparecidos han aparecido más tarde; en un caso que ilustra lo extraño que se está volviendo todo, un novelista y bloguero llamó a su ayudante para decirle que lo seguían tres hombres y luego desapareció durante varios días antes de reaparecer en un hospital, diciendo que se estaba ‘recuperando’, sin especificar de qué. Planeaba salir del país al día siguiente. (Otros no figuran en las cifras anteriores: el abogado Gao Zhisheng desapareció hace casi un año; cuando los observadores de derechos humanos de la ONU pidieron información sobre él esta semana, el Ministerio de Relaciones Exteriores les instó a ‘respetar la soberanía judicial de China‘- una desafortunada elección de palabras, teniendo en cuenta que, por lo que ha podido saberse, Gao todavía no comparecido ante un tribunal de justicia.)
En algunos casos, las restricciones son difíciles de definir; Philip Gourevitch escribió el miércoles sobre el escritor Liao Yiwu, a quien esta semana prohibieron salir de China, aunque, como de costumbre, no se le ha acusado formalmente de ningún delito. Hay algo alarmante en esta erupción de detenciones, y puede tener un impacto en China, más allá de lo que los líderes actuales puedan prever: las autoridades parecen estar dispuestas a imponer condenas tremendamente estrictas, que en la práctica garantizan que nombres hasta ahora desconocidos puedan convertirse en causas célebres en todo el mundo.
La semana pasada, un tribunal condenó a diez años de prisión al activista por la democracia Liu Xianbin por ‘incitar a la subversión del poder del Estado’: la misma acusación que el ganador del Nobel de la Paz Liu Xiaobo. Es también la misma acusación a la que se enfrentan otras tres personas: Chen Wei, un activista de cuarenta y dos años de Sichuan; el disidente Ding Mao, de cuarenta y cinco años, y Ran Yunfei, tal vez el más conocido de los tres, un escritor que tiene cuarenta y cuatro mil seguidores en Twitter.
Una oleada de detenciones de este tipo es una de las razones por las que China es un lugar difícil de describir políticamente. La ‘estabilidad’ se ha santificado hasta tal punto que cualquier disensión se considera ilegal, lo que puede llegar a ser la perdición misma de la estabilidad real: el país se ha apartado de la legalidad mediante la promoción de la mediación en lugar del uso de los tribunales y ha amenazado a los periodistas extranjeros con una ferocidad que no se veía en años.
Y, sin embargo, fundamentalmente, parece políticamente estable de una manera que muchos países árabes no lo eran. Como he explicado en otras ocasiones, China es una criatura rara: una dictadura con una elevada operatividad. Su economía y servicios de seguridad funcionan con eficiencia, ya sea apaciguando, contentando o aterrando a la gente para alejarla de los disturbios organizados. Por el momento, el daño real puede afectar a la posición internacional de China. El profesor de Harvard Joseph Nye, que goza de la condición académica de estrella de rock porque acuñó el concepto de ‘poder blando’, uno de los pilares de la diplomacia china en esta época, ha concluido que la actual ola de arrestos de China ‘torpedea su campaña de poder blando.’
Tiene razón. ¿Te acuerdas de la ceremonia del Nobel, con esa silla inquietantemente vacía que correspondía Liu Xiaobo? China se está preparando que eso ocurra otra vez, otra vez, otra vez y otra vez”.
UN AMOR DE MUNRO

Alice Munro (Wingham, Canadá, 1931) es una de las mejores narradoras vivas. Cynthia Ozick la ha llamado “nuestra Chéjov”. Algunos de sus relatos tienen más acontecimientos y giros que muchas novelas. Convierte tramas que a menudo bordean el melodrama y suceden en un mundo relativamente limitado en historias sobre la libertad, la responsabilidad y la compasión, y dice que, cuando escribe y suena el teléfono, siempre lo coge. Su gran tema es el de alguien que escapa a la opresión -de la religión, las convenciones, la maternidad, el aburrimiento- y las consecuencias que eso produce. Ofrece una visión opuesta a la ideología autoindulgente que está de moda y no teme que sus personajes no sean simpáticos: a veces son egoístas o irracionales y eso los hace humanos y conmovedores. También me gusta cuando habla de su vida. Escribió su primer relato en la universidad, para impresionar a un compañero siete años mayor, Gerald Fremlin, que trabajaba en la revista de la facultad. No le hizo mucho caso; le dijo que se lo diera al editor. Aunque Fremlin ya se había licenciado cuando se publicó el texto, le mandó una carta sobre el cuento: “No era una carta sobre mí, y no mencionaba mi belleza, ni que estaría bien quedar ni nada de eso. Era una simple valoración literaria. Así que la aprecié menos que si hubiera sido de otra persona, porque esperaba más”. Más de veinte años después, cuando Munro ya se había casado y divorciado, Fremlin oyó una entrevista con ella en la radio. La llamó y le propuso quedar a comer. “Fuimos al club de la facultad y nos tomamos tres martinis cada uno. Creo que estábamos nerviosos. Pero nos conocimos rápidamente. Creo que estábamos hablando de irnos a vivir juntos antes de que terminara la tarde”, ha contado Munro. Se casaron en 1976. Siguen juntos.
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HITCHENS SOBRE EGIPTO

Christopher Hitchens escribe en el número de abril de Vanity Fair:
“Al analizar revoluciones, siempre es útil consultar a los veteranos barbudos. Los que intentan dominar un nuevo idioma, escribió Karl Marx sobre la crisis en Francia en el siglo XIX, siempre comienzan vacilantes y retraducen a la lengua familiar que ya saben. Y con su colega Friedrich Engels definió la revolución como la partera gracias a la cual la nueva sociedad nace del cuerpo de la vieja.
Al observar los acontecimientos aparentemente sísmicos en Túnez y El Cairo en enero y febrero de este año, varios observadores empezaron a compararlos con los precedentes discrepantes. ¿Era la caída del Muro de Berlín en el mundo árabe? ¿O se parecía más los movimientos del ‘poder popular’ en Asia de mediados de la década de 1980? También se mencionó el ejemplo de América Latina, con el escape tardío pero veloz del gobierno militar en las últimas décadas. Los que tenían una memoria más larga guardaban un recuerdo afectuoso a la incruenta ‘revolución de los claveles’, en el Portugal de 1974: una hermosa fiesta de la democracia que también ayudó a inaugurar la emancipación de España tras cuatro décadas a la sombra del general Franco.
Fui un insignificante testigo ocular de esos episodios en los que ‘la felicidad esperaba al amanecer’: estuve en Lisboa en 1974, en Corea del Sur en 1985, en Checoslovaquia en 1988, en Hungría y Rumania en 1989, y en Chile y Polonia y España en varios momentos a lo largo de la transición. También vi algunas de las primeras etapas de la erupción histórica en Sudáfrica. Y en Egipto, por desgracia -a excepción del factor común de la espontaneidad humana y la dignidad incontenible, lo que Saúl Bellow llamó la ‘elegibilidad universal a ser noble’- no puedo encontrar ningún paralelismo, modelo o precedente. (Mubarak pidió que lo considerasen un ‘padre’, y constató que ‘su’ pueblo prefería ser huérfano.) Es realmente un nuevo lenguaje: el lenguaje de la sociedad civil, en el que el mundo árabe es casi iletrado e ignorante. Por otra parte, mientras que el cuerpo viejo puede sufrir el tormento de los dolores, e incluso recibir la asistencia de un buen número de aspirantes a parteras, es muy difícil encontrar el pulso del embrión.
En la Europa del Este de finales de la década de 1980, uno no solo sabía lo que la gente quería, sino también la forma en que lo conseguiría. No pretendo disminuir la grandeza de esas revoluciones, pero los ciudadanos esencialmente deseaban vivir en las condiciones de los europeos occidentales, con mayor prosperidad y mayor libertad. Un empujón ‘al Muro’ y estaban viviendo en Europa occidental, o en todo caso en Europa central. Los brazos de la Comunidad Europea y la OTAN ya estaban más o menos abiertos, y todo el mundo, de Berlín oriental a Varsovia, estaba relativamente alfabetizado y cualificado, y no recuerdo siquiera que se perdiera una uña en forma de víctima (excepto en Rumania, donde había que tratar con un verdadero Calígula). Hombres como Václav Havel y Lech Walesa, además, ya había demostrado que estaban dispuestos a asumir la responsabilidad de gobernar. Voilà tout!
En Portugal, en abril de 1974, antes de los liberales que formaban parte del ejército se volvieran contra la dictadura fascista más antigua de Europa y rompieran todas las puertas literales y metafóricas de las prisiones, solo había un partido legal. El primero de mayo de ese año los partidos socialista y comunista de ese país fueron capaces de llenar las calles de la capital. En pocos días, se habían anunciado un partido liberal y un partido conservador, y en un plazo muy corto Portugal fue, por decirlo así, un país ‘normal’ de Europa. Los partidos, con dirigentes muy experimentados, habían estado allí todo el tiempo. Todo lo que se requería era que se rompiera el frágil caparazón del antiguo régimen. Lo mismo sucedió en Atenas unos meses más tarde: ante mis ojos complacidos, los torturadores y déspotas de la junta militar fueron a la cárcel y políticos civiles veteranos volvieron a casa desde el exilio o salieron de la cárcel, y a final de año se había celebrado un elección, en la que los partidarios del antiguo sistema de gafas oscuras y cascos de acero pudieron presentarse y obtuvieron alrededor de un uno por ciento de los votos.
Tal vez el acontecimiento más emocionante de la historia de Sudáfrica fue el momento estéticamente perfecto de febrero de 1985, cuando los carceleros se dirigieron a Nelson Mandela y le dijeron que era libre de irse. ¡Y Mandela se negó con arrogancia! Saldría de la cárcel cuando estuviera listo y cuando todo el país hubiera sido liberado, y no un segundo antes. En ese instante, los imbéciles que lo habían confinado se dieron cuenta de que ya era el presidente de la república y de hecho ostentaba el mando moral del cargo desde hacía un tiempo considerable. Tampoco era solo una cuestión de su carisma. El Congreso Nacional Africano, un partido muy asentado, con experiencia y sin distinciones raciales, había dicho, durante años y con total confianza, a las autoridades del apartheid: Cuando ustedes terminen de arrastrar este país por los suelos, estamos absolutamente preparados para reemplazarlo. In utero, y desde el tercer trimestre, la nueva Sudáfrica ya existía.
En 1986, en Filipinas, un matón con cara de lagarto, Ferdinand Marcos, fue derrocado por una masiva desobediencia civil tras unas ‘elecciones anticipadas’ amañadas y sustituido por Corazón Aquino, la viuda de un hombre -Benigno Aquino- que había sido asesinado por amenazar con ganar las anteriores. Poco antes, fui en avión a Corea del Sur con el exiliado forzoso Kim Dae Jung, que había escapado por poco a un intento de asesinato, después de resultar segundo en una votación fraudulenta. Nos detuvieron y maltrataron en el aeropuerto, y balas de goma y gases lacrimógenos (algunas cosas nunca cambian) disolvieron una de las más grandes multitudes de bienvenida que he visto, pero Kim Dae Jung era el líder de la oposición en unos pocos años, y fue elegido presidente no mucho después de eso.
Ni una sola de condiciones o precondiciones preñadas existe en Egipto. Ni en el exilio ni en el propio país hay alguien que se asemeje remotamente a un verdadero líder de la oposición. Con la excepción parcial de los obsesivamente citados Hermanos Musulmanes, los vestigiales partidos políticos son cascos demacrados. La mayor fuerza en el Estado y la sociedad -el ejército- es una institución hinchada y muy implicada en el statu quo. Como se dijo una vez de Prusia, Egipto no es un país que tiene un ejército, sino un ejército que tiene un país. Todavía resulta más deprimente que, aunque existiera una alternativa de gobierno competente, es casi imposible imaginar lo que podría ser su programa. La población de Egipto contiene millones de graduados que han recibido una mala instrucción y no pueden encontrar empleo, y decenas de millones de obreros y campesinos que llevan una vida de subsistencia. No olvidaré nunca lo que vi en mi primera visita a El Cairo: la ‘Ciudad de los Muertos’, una gran población de personas sin hogar e indigentes que vive entre las tumbas de uno de los extensos cementerios de la ciudad. Durante siglos, los gobernantes de Egipto han podido depender del peso aplastante del letargo y la inercia para mantener la ‘estabilidad’. Estoy escribiendo esto en la primera semana de febrero, y no me sorprendería que la máquina -con o sin Mubarak- pudiera confiar de nuevo en esa mano muerta, mientras el valor y la iniciativa ejemplares de los ciudadanos de la plaza Tahrir se retiran lentamente.
Sin embargo, y por muchas de las mismas razones, es muy poco probable que los temblores produzcan una negación espantosa: un Jomeini o un Mugabe que conviertan la revolución inicial en una contrarrevolución feroz. La débil economía de Egipto es enormemente dependiente de la hospitalidad de los turistas occidentales. Aproximadamente uno de cada diez egipcios es cristiano. Al sur de la nación, en Sudán, millones de africanos acaban de votar a la secesión de un Estado que impone la sharía, y se han llevado la mayoría de los campos petroleros del país con ellos.
Aunque se suprima el acuerdo de paz con Israel, Egipto nunca será capaz de hacer otra guerra con el Estado judío, o no sin garantizar la catástrofe. No es extraño que la voz de los Hermanos Musulmanes resulte tan diminuta. ¿Esperan realmente afrontar los problemas que he mencionado, con su lema simplista y endeble que dice ‘el islam es la solución’? Los mulás iraníes fueron capaces de secuestrar la revolución de 1979 porque en el ayatolá Jomeini tenían una figura de autoridad y casi semejante a Lenin, y porque (con el consentimiento encubierto de un baptista de sonrisa afectada llamado Jimmy Carter) Sadam Husein les hizo el inmenso favor de invadir una de sus provincias occidentales y consolidar una unidad nacional histérica. Los mulás también estuvieron y siguen estando parcialmente aislados de las consecuencias de su insensatez económica por la posesión de grandes reservas de petróleo, del que apenas puede encontrarse una gota en las proximidades del delta del Nilo.
Como recordamos con tristeza, el equipo de Ahmadineyad en Irán también fue capaz de retener el poder frente a una insurrección democrática popular (sobre todo urbana). También fue despiadado en el uso de la fuerza y pudo confiar en la pasividad de una gran población rural, bastante piadosa y dependiente del subsidio estatal. Al heroísmo se le rompe el corazón, y al idealismo la espalda, ante la intransigencia de los crédulos y los mediocres, manipulados por los cínicos y los corruptos.
El mismo día en que escribo iba a ser un ‘Día de la Ira’ en Damasco, pero fue un fiasco abyecto que dejó el gobierno hereditario de Assad donde estaba, al tiempo que recuperó gran parte de lo que había perdido en el Líbano después de la desdichadamente breve ‘Revolución de los cedros’ de 2005. En Yemen hay unas cinco causas separadas y distintas de agravio, desde una división de norte-sur a una rebelión tribal chií, pasando por las tácticas cada vez más sofisticadas de sustitutos locales de al-Qaeda. Esto no quiere decir que el mundo árabe esté condenado indefinidamente a permanecer inmune a la ola democrática que limpiado de despotismo otras regiones. Sin duda se han sembrado semillas que germinarán. Pero el escalofrío de la concepción está a considerable distancia del drama del nacimiento, y esta no sería la primera revolución en la historia que es parcialmente abortada”.
RECETAS REVOLUCIONARIAS
La historia es casi demasiado buena: a los 93 años, Stéphane Hessel, hijo de la pareja que inspiró Jules et Jim, excombatiente de la Resistencia francesa y colaborador en la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, publica en una editorial pequeña un libro que anima a los jóvenes a una rebelión no violenta. El volumen, ¡Indignaos!, vende casi un millón de ejemplares en Francia y se traduce rápidamente a varios idiomas.
EL FUMADOR PASIVO
El día 28 de febrero llega a las librerías la segunda edición de El fumador pasivo (Xordica).
CERCAS Y ESPADA
Arcadi Espada y Javier Cercas mantienen desde hace años una polémica sobre la verdad periodística y literaria. En España no abunda ese tipo de controversias enriquecedoras que, cuando descienden lamentablemente de la teoría al insulto, recuerdan la frase de Woody Allen: “los intelectuales son como la Mafia: solo matan a los suyos”.
