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Daniel Gascón

CANCIONES

Estas palabras son una posdata a Hoy Programa, de Radio 3, donde Lara López y Pablo González me han invitado a poner algunas de mis canciones favoritas, entre las cuales había alguna donde aparece Clarence Clemons.

La E Street Band tiene mucho que ver en que yo me hiciera traductor, porque algunas letras de Springsteen son las primeras cosas que traduje. También tiene que ver con me hiciera escritor, o al menos mecanógrafo, porque en el curso de 1994-1995 aprendí a teclear en una máquina de escribir que tenían mis abuelos, con quienes vivía mientras estudiaba mi primer curso de instituto y el resto de mi familia vivía en un pueblo de Teruel. Mi padre me había regalado un aparato de música, con la esperanza de que aprendiera inglés. Después de comer, me iba al cuarto, sacaba el manual de mecanografía y escribía. Mi padre me había dejado cintas y cd. Pero, quizá porque en uno de los libros de mi padre había un perfil de Springsteen, la cinta que más veces escuché mientras aprendía a escribir a máquina era una grabación de The River, y la alegría contagiosa del saxo de Clarence Clemons era un consuelo en esas horas de tedio infinito. Me compré el cd de The River como regalo a mí mismo después de los exámenes del segundo trimestre; más tarde, empecé a traducir algunas de las letras, con resultados bastante catastróficos.

Que te gustara Springsteen en ese momento tenía algo vergonzoso: era música de los padres o de los hermanos mayores (The River salió un año antes de que yo naciera) y era también música del imperio. Además, había sacado dos de sus peores discos últimamente. De hecho, en esa época solo conocí a dos personas de mi edad a quienes les gustara: una era chica y me enamoré de ella inmediatamente, aunque solo conseguí salir con su mejor amiga. El otro se convirtió en mi mejor amigo.

Aunque era una pasión levemente incómoda y me hacía dudar de mi gusto musical en general –en los últimos diez años eso ha cambiado, muchos grupos reivindican su música: desde The Hold Steady a Lady Gaga-, esas canciones me han acompañado en circunstancias bastante variadas. Los discos de Springsteen –Born to Run, Darkness on the Edge of Town, Nebraska o uno menos querido por los fans, Tunnel of Love- me han ayudado cuando intentaba estructurar mis libros de cuentos. He cantado sus canciones con amigos que sabían música y con otros que, como yo, las destrozaban sin misericordia pero con entusiasmo. Las influencias de sus canciones me han hecho admirar a otros cantantes, más antiguos y más nuevos, desde los artistas de la Tamla Motown a The Wave Pictures o Marah. Muchas canciones –no voy a intentar igualar el hermoso texto de Nick Hornby sobre “Thunder Road”, pero, entre otras, podría hablar de “Brilliant Disguise”, sobre las dudas amorosas; de “Mansion on the Hill”, sobre dos hermanos que miran una casa más lujosa que la suya; del protagonista de “Open All Night”, que, como muchos personajes de Springsteen, conduce de noche para ver a su novia; de “My City of Ruins”; el polvo con una prostituta en “Reno”; o de la euforia amorosa de “Better Days” o “Long Time Comin’”- forman parte de la banda sonora de mi vida. Recuerdo a mi amigo Gaspi, en Norwich, tocando “Jersey Girl”, o a mi hermana y a mí en un coche en el área de servicio de una autopista francesa, escuchando “Sheryl Darling” con alienación y desafío adolescente, mientras el resto de la familia comía bajo unos árboles. He sido feliz varias veces en la Romareda, pero pocas veces he estado tan eufórico como en el concierto de junio del 99. Siempre me ha gustado ese tono de fraternidad que había en la banda, una especie de celebración de la amistad que también estaba en canciones como “No Surrender” o “Bobby Jean”. Probablemente todas son racionalizaciones y justificaciones estúpidas, cuando lo que me pasa es que soy uno de esos fans que aman incluso los peores discos, conocen todos los nombres de los integrantes de la banda y varios de sus apodos y los distinguen cuando no están tocando su instrumento principal. En un mal momento, sé que hay algunas canciones que me pueden alegrar el día. Y en muchas de esas canciones estaba el saxo de Clarence Clemons. No sé si ahora esas canciones me producirán también un poco de melancolía, pero estas son unas palabras de agradecimiento para un hombre que me ha producido mucha felicidad.

MALDICIÓN

Pensar que uno sería mejor en otro lugar es menos grave que pensar que habría sido mejor en un tiempo distinto. Se puede seguir el consejo de Stephen Dedalus: “silencio, exilio y astucia”, aunque, como dicen los franceses, “si tu tía tuviera ruedas, no sería un autobús”. Hace poco, en la presentación de su libro, un autor zaragozano elogió al presentador diciendo que no parecía de Zaragoza. Lo he oído otras veces y siempre me apetece sustituir el atributo por “mujer” o “negro”. Pero quien pronuncia esas frases suele creerse la excepción que confirma la regla, y me pregunto si el autor en cuestión se librará de la maldición de Zaragoza. Quizá los de aquí ya no tenemos remedio. Pero ¿se contagia? ¿Vivir o pasar por la ciudad arruina a un escritor? ¿Habría sido importante Orwell si hubiera entrado en Zaragoza? ¿Empeoró la obra de Hemingway desde que durmió en el Gran Hotel? ¿Sería Clarín Flaubert, de no haberse acercado al Ebro? Handke escribió de Zaragoza y luego defendió a Serbia. Si es así, deberíamos poner una advertencia en la entrada de la ciudad: prohibir los nacimientos y avisar a los editores que traen a sus autores. Pero sabemos que, aunque grandes ciudades han producido grandes escritores, también lo han hecho sitios menos glamourosos: García Márquez es de Aracataca, Musil era de Klagenfurt, Chéjov de Taganrog. En Zaragoza, donde hay editoriales, buenas librerías y cine en versión original, han nacido autores como Arana, Miguel y José Antonio Labordeta, Conget o Martínez de Pisón. Eso no convierte automáticamente a los escritores zaragozanos en buenos escritores: que yo sea bajo no me hace Napoleón. La existencia de los grandes creadores, al igual que la de los idiotas, tiene algo misterioso. La literatura, como la vida, está en todas partes.

Este artículo apareció en Artes & Letras.

LEVANTAR EL CAMPAMENTO

En el blog de Letras Libres.

CINISMO

Saramago había publicado varios libros en una editorial de Berlusconi. Cuando la editorial no publicó un texto que atacaba al primer ministro italiano, la prensa denunció la censura que sufría el narrador, que no había tenido reparos en cobrar de un tipo al que detestaba. Belén Gopegui ha sacado en Mondadori ‘Acceso no autorizado’, un thriller protagonizado por una vicepresidenta que intenta nacionalizar la banca y evitar que su jefe vire a la derecha, mientras un ministro del interior conspira contra ella. La chapucera intriga parece una versión conspirativa de los últimos meses de Fernández de la Vega en el gobierno, con una prosa tan pesada que mandaría a un colibrí al fondo del Pozo de San Lázaro y unos diálogos en los que hasta los hackers parecen personajes de western crepuscular. Con la actualidad mal digerida en las novelas pasa como con las televisiones: al salir de la tienda, valen la mitad. Gopegui, que defiende la dictadura castrista y dice que en España no tenemos una democracia de verdad, justifica su paso a un gran grupo editorial: “en un mundo capitalista todas las empresas lo son. Precisamente luchamos por ese motivo, para no tener que entregar nuestro esfuerzo a unas lógicas que no compartimos. Wu Ming (…) decía que es mejor estar dentro y contra que fuera, porque no hay fuera, de momento. En todo caso, a veces he contado en mis libros que en las contradicciones hay grados, no son lo mismo veinte contradicciones que cincuenta. No escribiré a favor de Berlusconi, ni asistiré a homenajes o a su entierro, ¿es suficiente? No, lo único suficiente es luchar cada día para que este sistema cambie”. No me gustan sus ideas. Pero casi me conmociona más su cinismo: el de quienes, como decía Groucho Marx, siempre toman bebidas caras, excepto cuando pagan ellos.

Este artículo apareció en Artes & Letras.

EL DÍA DE MAÑANA

El día de mañana, la nueva novela de Ignacio Martínez de Pisón, cuenta la historia de Justo Gil Tello, un joven emigrante que llega a Barcelona desde un pueblo aragonés y acaba siendo confidente de la policía franquista, a través de la mirada de una docena de personajes. Es un relato sobre la degradación moral y la obsesión, una reflexión sobre la naturaleza escurridiza e inaprensible de los seres humanos, y también una novela sobre los años finales del franquismo y la transición.

Es la novela más redonda de Ignacio Martínez de Pisón, y la que más recuerda a Mario Vargas Llosa: por la amplitud, la multiplicidad de perspectivas y la forma de organizarlas, por la violencia y la sordidez de algunos aspectos de la trama, por cierta manera de mezclar los conflictos personales y políticos y por la relación de la Historia con mayúsculas y la vida privada de los protagonistas. Pisón había jugado con esa interacción en otros libros: la agonía de Franco en Carreteras secundarias, el 23-F en El tiempo de las mujeres, la Guerra Civil y la posguerra en Dientes de leche. Pero los elementos históricos –el encierro de Montserrat, el papel de la Iglesia, la clandestinidad comunista o los movimientos de ultraderecha- desempeñan un papel más constante y central en este relato, que en muchos aspectos también está cerca de Enterrar a los muertos, su admirable ensayo sobre Robles Pazos.

El pulso narrativo, el sentido del humor, la claridad y limpieza de la escritura y la forma de tratar el paso del tiempo y los cambios del clima emocional a lo largo de los años son virtudes características de Pisón que también están en El día de mañana. La multiplicidad de puntos de vista–un tipo del pueblo que acogió a Justo, el policía que lo contrata, una chica que trabajaba en la misma empresa que él, un comunista, una chica con la que empezó un negocio- da aristas y amplitud a un relato complejo y sembrado de temas recurrentes, casi musicales. La abundante documentación no es intrusiva y confiere verosimilitud a la historia. La época y la ciudad no se retratan solo a través de los grandes acontecimientos, como en una mala novela histórica, sino también a través de lo doméstico, de las vidas de los personajes que, mientras cuentan su relación con Justo, también explican su biografía: un paisaje emocionante y humano de familias rotas que intentan salir adelante, de mujeres que tratan de reinventarse, de niños enfermos y romances incipientes, de tiendas de barrio y timadores, de teatro amateur, gauche divine y orfanatos, de bares de moda y empresas familiares, de recién llegados ambiciosos e hijos calaveras, de productos milagro, efervescencia esotérica y vertiginosas conversiones políticas. Tanto los personajes secundarios como el elusivo protagonista son personajes únicos, con ambiciones y rarezas, y construyen un fresco basado en la individualidad del ser humano.

En algunas cosas, Pisón me recuerda a Ian McEwan. Los dos empezaron siendo más cuentistas que novelistas. Han cambiado una atmósfera inquietante –la de los primeros libros de McEwan o del relato “Siempre hay un perro al acecho”- por una novela que busca la precisión expositiva e intenta iluminar aspectos de la realidad -la ciencia, la historia-, aunque en los dos existe una debilidad por el idilio familiar, a menudo amenazado o, sobre todo en Pisón, resquebrajado. Los dos han alternado novelas ambiciosas –Sábado, Expiación, Carreteras secundarias- con piezas breves –Chesil Beach, María bonita. Los dos escriben una literatura accesible y de calidad. Y, sobre todo, los dos tienen algo de grandes artesanos: son maestros en el manejo riguroso de la narración y nunca se sitúan por encima de sus historias. La discreción de Pisón –que se ve hasta en los títulos de sus libros- no debería engañarnos. Como en un saltador que no celebra mucho la superación una nueva altura, es el pudor natural de quien no puede conformarse con nada que esté por debajo de la excelencia.

LA MUERTE DE OSAMA BIN LADEN

En el blog de Letras Libres.

AYAAN

Ayaan Hirsi Ali (Mogadiscio, 1969) es, en palabras de Hitchens, “un ejemplo clásico de intelectual disidente”. De niña sufrió el exilio y la ablación de clítoris; huyó a Holanda para escapar a un matrimonio forzado. Estudiar Ciencias Políticas le familiarizó con las ideas y los pensadores que hacían posible una sociedad libre. En el parlamento holandés denunció la opresión de las mujeres musulmanas. En 2004, un fanático religioso asesinó a su colaborador Theo van Gogh; dejó una nota en la que decía que ella sería la siguiente. Desde 2006, vive en EEUU, tras dos episodios vergonzosos: sus vecinos adujeron el peligro de atentados para echarla de su edificio; Hirsi Ali fue expulsada de Holada por haber mentido para entrar en el país (la expulsión fue revocada). Vino a Madrid para promocionar ‘Nómada’ (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores), donde alterna su historia personal con reflexiones generales. Hirsi Ali cree que las relaciones con el sexo, el dinero y la violencia que estipula el islam crean familias disfuncionales y dificultades para la integración en Occidente. Considera esencial combatir la propaganda islamista a través de la educación pública, el feminismo e incluso las iglesias. Hirsi Ali es una mujer incómoda y algunas de sus propuestas son complicadas: no parece fácil que todos los musulmanes adopten “el culto a la ilustración”. En todo caso eso no invalida su denuncia de la opresión de las mujeres ni su descripción de la psicología religiosa. Lo más importante es su defensa de la libertad y la responsabilidad, y su convicción de que todos los seres humanos somos iguales, pero no todas las culturas valen lo mismo. No sé si estoy totalmente de acuerdo con su visión del “choque de civilizaciones”, pero es una heroína: una de esas personas que nos hacen más libres a todos.

Esta columna apareció en Artes & Letras. He tomado la imagen aquí.

SUBASTA

Aunque fue guionista y periodista, durante un tiempo se ganó la vida tocando el violín y siempre se consideró poeta antes que nada, Laurie Lee (1914-1997) es famoso en Inglaterra por el primer volumen de su autobiografía, ‘Sidra con Rosie’ (1951), un clásico de la campiña inglesa que ha vendido más de seis millones de ejemplares. Aquí es más célebre por los dos volúmenes siguientes, ‘Cuando partí una mañana de verano’ (1969), que transcurre parcialmente en España, y ‘Un instante en la guerra’ (1991), donde narra su experiencia en la Guerra Civil. Estuvo a punto de ser fusilado como espía; llegó a Tarazona (Albacete) para realizar la instrucción en diciembre de 1937. Al parecer, un informe decía que era físicamente frágil y “no serviría de nada en el frente”; trabajó en la radio en Madrid. Cuando volvió, fue a vivir con su amante, Lorna Wishart, que estaba casada con un rico comunista. Tuvieron una hija y Lorna regresó con su marido. Cuenta la biógrafa de Lee, Valerie Grove: “Durante la guerra [Lee] acampaba en una caravana cerca de la finca del marido en Essex; ella llegaba cada día en su Bentley, dándole inspiración poética y satisfacción erótica”. Más tarde Lorna abandonó a Lee por otro artista incipiente: Lucien Freud; luego se hizo católica y volvió con su marido. Lee, que había dedicado a Lorna ‘The Sun My Monument’, prefería sin duda la pintura de los Ruralistas, a los que promovió: defendía un arte figurativo vinculado a “cierto tipo de pintura inglesa” y a las destrezas tradicionales. Desde los años sesenta hasta su muerte Lee vivió en Slad, donde transcurre ‘Sidra con Rosie’. Ahora salen a subasta algunas de sus posesiones: su sillón Windsor se vende a partir de cien libras, la silla de su biblioteca a partir de sesenta y su máquina de escribir, una Corona, cuesta entre cuarenta y sesenta libras.

Este artículo apareció en Artes & Letras. Imagen tomada aquí.