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Daniel Gascón

LAS PROTESTAS EN FRANCIA

Un artículo en el blog de Letras libres.

ATEOS E ILUSTRADOS

The Economist reseña A Wicked Commpany: The Forgotten Radicalism of the European Enlightenment, de Philipp Blom.

“El ateísmo es un tema candente. En los últimos años escritores como Richard Dawkins, Daniel Dennett, Christopher Hitchens y Sam Harris han escrito libros populares para defender la causa de la impiedad. Pero, como la Biblia nos recuerda, no hay nada nuevo bajo el sol. El último libro de Philipp Blom cuenta la historia de un conjunto de individuos notables en los límites radicales de la Ilustración europea del siglo XVIII, cuyas filosofías decididamente ateas y materialistas negaban la existencia de Dios o el alma. Haciéndose eco de pensadores antiguos como Demócrito y Lucrecio, tenían ideas demasiado revolucionarias incluso para una época revolucionaria.

Es la historia de un escandaloso salón de París, dirigido por el barón Paul Thierry d'Holbach, un patio de recreo filosófico para muchos de los más grandes pensadores de la época. Sus miembros incluyen a Denis Diderot (conocido por ser el editor de la Enciclopedia, pero, argumenta Blom, pensador importante por derecho propio), Jean-Jacques Rousseau, el padre del romanticismo, y el propio barón; incluso David Hume, un empirista escocés famoso, visitaba ocasionalmente.

Alrededor de la mesa generosamente surtida del barón, creció una filosofía que negaba la revelación religiosa y evitaba la moral cristiana. Abrazaba en cambio las pasiones primarias (los motivos fundamentales, decían los philosophes, del comportamiento humano) y la fría razón (que podría dirigir las pasiones, pero no enfrentarse a ellas). Soñaban con una utopía basada en la búsqueda del placer, la racionalidad y la empatía. Su nación ideal no dejaría lugar a lo que veían como el retorcido código de ética del cristianismo, que según ellos premiaba el sufrimiento y la represión autodestructiva.

No sólo era su pensamiento radical, sino que expresarlo era peligroso. Diderot fue encarcelado por sus escritos, una experiencia, afirma Blom, que lo dejó demasiado asustado como para exponer claramente su filosofía y lo llevó a disfrazarla en numerosas obras de teatro, novelas y cartas. El barón d'Holbach publicó la mayor parte de sus obras con seudónimo, lo que lo ayudó a mantenerse a salvo, pero también lo condenó a siglos de oscuridad filosófica (excepto en la oficialmente atea Unión Soviética). Cuando llegó la revolución francesa, sus autodesignados guardianes no tenían sitio para la filosofía de los radicales de verdad. Para Maximilien Robespierre, arquitecto principal del reinado de terror que siguió a la revolución, Dios y la religión eran demasiado útiles para controlar a la población.

El libro de Blom es parte biografía y parte polémica. Esboza los primeros años de Diderot, Holbach, Rousseau y otros actores en el drama, y describe la filosofía que elaboraron. También es una réplica iconoclasta a lo que él describe como la historia ‘oficial’ de la Ilustración, el tipo de historia que se encuentra ‘grabada en piedra’ en una visita al Panteón de París. Allí los cuerpos de Voltaire y Rousseau están sepultados con la bendición del Estado francés. Ninguno lo merecía, sugiere Blom.

Voltaire, insiste, era un pusilánime arribista, demasiado preocupado por su propia reputación y su vida cómoda como para decir algo verdaderamente inquietante. Rousseau le parece aún peor. Al denigrar la razón, celebrar el impulso y defender la represión y la tiranía en nombre de una ‘voluntad general’ vagamente definida, el pensamiento de Rousseau, sostiene Blom, era activamente pernicioso (y, como era de esperar, venerado por Robespierre). Es una tragedia histórica, concluye el autor, que Voltaire y Rousseau ganaran la batalla de ideas, mientras Diderot quedaba reducido a la categoría de editor de la Enciclopedia y Holbach era olvidado por completo.

Incluso hoy en día, e incluso en la laica Europa occidental, el ateísmo atrevido y confiado de Diderot y Holbach resulta ligeramente impactante. Todavía nos aferramos obstinadamente a la idea de un alma que anima, un fantasma espiritual en la máquina biológica. Para Blom, el mundo moderno y supuestamente laico se ha limitado a vestir la ‘perversa’ moral del cristianismo de una manera nueva y mejor camuflada. Todavía odiamos nuestros cuerpos, dice, todavía veneramos el sufrimiento y desconfiamos del placer.

Este es el mensaje del libro de Blom, que no se desvela hasta los últimos capítulos. Cree que la Ilustración está incompleta, traicionada por sus guardianes autoproclamados. A pesar de todos los avances científicos de los últimos dos siglos, el pensamiento mágico y la herencia cultural del cristianismo siguen siendo endémicos”.

He tomado la imagen aquí.

IMÁGENES

Platón escribió que Sócrates tenía la nariz chata y los ojos saltones, y muchos escritores han dejado retratos y autorretratos memorables. Pero da pena no poder escuchar cómo hablaban muchos de los escritores del pasado: habría sido bonito ver a Shakespeare en el Globe, oír una clase de Braulio Foz o escuchar cómo Samuel Johnson se impacientaba con Boswell. Pero tenemos mucha suerte: podemos ver y oír a muchos de nuestros escritores preferidos. Hace unos días murió Joaquín Soler Serrano, que realizó entrevistas maravillosas a Borges, Cortázar o Josep Pla, que, como las de Pivot, se pueden comprar. He visto algunos de esos programas, como los de Pivot, montado en una bicicleta estática. Gracias a Internet, podemos ver grabaciones de televisiones de todo el mundo o de presentaciones de novelas en Zaragoza o Chicago. En authors@google, en youtube, hay decenas de charlas de autores que hablan de sus libros, y algunas tienen subtítulos. En la web de RTVE se puede ver el emocionante documental ‘Jorge Semprún. Memoria de Europa’. He visto a Camus entrevistado en un campo de fútbol, y a Christopher Hitchens y Ayaan Hirsi Ali debatiendo con Tariq Ramadan. En Spotify e Itunes hay poemas leídos por Auden, Eliot o Elizabeth Bishop. Mario Vargas Llosa critica la banalidad de la sociedad del espectáculo y probablemente tiene parte de razón. Pero hace unos días vi una entrevista con él en el programa chileno ‘La belleza de pensar’, donde hablaba de Gauguin y Flaubert y de sus ideas sobre la literatura, y me sentía muy afortunado por vivir en una época en la que puedo escuchar y ver a los escritores que admiro. No me dieron ganas de quedarme solo en la pantalla: lo que de verdad me apetecía era leer a Vargas Llosa y a Flaubert y escribir mis propias novelas. Estaba en la bicicleta estática, pero pensaba que todo iba sobre ruedas.

Este artículo apareció en Artes & Letras el 21 de octubre.

UN AMOR EN BERLÍN

Un artículo sobre Aly Herscovitz. Cenizas en la vida europea de Josep Pla, en Letras libres.

VILLATUMOR

Escribe Christopher Hitchens:

“-Imagino que debería cuidar de sí misma, meterse en un congelador y seguro que en un año o dos inventan una píldora que curará esto como si fuera un resfriado común. Ya sabes, alguna de esas cortisonas, pero el médico nos dice que no se sabe si los efectos secundarios pueden ser peores. Ya sabes: la C mayúscula. Mi opinión es: aprovecha la oportunidad, están a punto de acabar con el cáncer de todos modos y dentro de poco con esos transplantes podrán reemplazar todo tu interior’.

Angstrom, padre, en El regreso de Conejo de John Updike (1971).

La novela de Updike transcurría en lo que podríamos llamar los años optimistas de la administración Nixon: la época de la misión Apolo y el nacimiento de la expresión que postula que los estadounidenses pueden hacerlo todo: ‘Si somos capaces de llevar a un hombre en la luna...’, se decía. En enero de 1971, los senadores Kennedy y Javits promovieron la ‘Ley de la Conquista del Cáncer’, y en diciembre de ese año, Richard Nixon la había incluido en algo parecido a una legislación, junto con enormes asignaciones federales. Se hablaba de una ‘guerra contra el cáncer.’

Cuatro décadas más tarde, otras gloriosas ‘guerras’ contra la pobreza, las drogas y el terrorismo se combinan para burlarse de esa retórica, y, cada vez que me animan a ‘luchar’ contra mi propio tumor, no puedo evitar la sensación de que es el cáncer quien me ha declarado la guerra. El temor con el que se habla de ello -’la C mayúscula’- sigue siendo casi supersticioso. También lo es la esperanza susurrada de un nuevo tratamiento o cura.

En su famoso ensayo sobre Hollywood, Pauline Kael lo describió como un lugar donde podías morir del ánimo que te daban. Quizá todavía sea cierto en Hollywood; a veces, en Villatumor sientes que puedes morir a fuerza de consejos. Muchos llegan gratis y sin ser solicitados. Debo, sin demora, comenzar a ingerir la esencia granulada de la semilla del melocotón (¿o es el albaricoque?), un remedio soberano y bien conocido por las civilizaciones antiguas, pero oculto por los codiciosos médicos modernos. Otro corresponsal recomendaba grandes dosis de testosterona, quizá como inyección de moral. O tengo que encontrar la manera de abrir los chakras y alcanzar un adecuado y receptivo estado mental. Dietas macrobióticas o estrictamente vegetarianas serán todo lo que necesitaré para alimentarme durante esta experiencia. Y no te rías del pobre señor Angstrom: me han escrito de una famosa universidad para sugerirme que me congele criónica o criogénicamente para evitar el día de la llegada de la bala mágica, o lo que sea. (Cuando no respondí, recibí una segunda misiva, que sugería que al menos me congelara el cerebro para que la posteridad pudiera estudiar mi córtex. Bueno, vaya, dios mío, muchísimas gracias.) Y frente a todo eso, recibí una amable nota de una amiga cheyenne-arapahoe, donde decía que toda la gente que conocía y había recurrido a los remedios tribales había muerto casi de inmediato, y aseguraba que, si alguien me ofrecía un medicamento nativo americano, debía ‘marcharme tan rápido como fuera posible en la dirección opuesta’. Algunos consejos son verdaderamente útiles.

Incluso en el mundo de la cordura y la modernidad, sin embargo, muchos no lo son. Personas extremadamente bien informadas se ponen en contacto conmigo e insisten en que en realidad sólo hay un médico, o sólo una clínica. Esos médicos y sus instalaciones son tan distantes como Cleveland y Tokio. Aunque tuviera mi propio avión, nunca podría estar seguro haber probado con todo el mundo, no digamos con todo. Los ciudadanos de Villatumor sufren el asalto constante de curaciones y rumores de curaciones. De hecho, fui a una palaciega clínica en la parte más rica de la ciudad afectada, que no voy a nombrar, porque todo lo que obtuve fue una exposición larga y aburrida de lo que ya sabía (mientras estaba acostado en una de las legendarias camillas del establecimiento), más una hinchazón que en poco tiempo duplicó el tamaño de mi mano izquierda: algo totalmente superfluo para mis necesidades pre-cancerosas, pero una irritación real para alguien con un sistema inmunológico químicamente deprimido.

Con todo, es un momento estimulante y melancólico para tener un cáncer como el mío. Estimulante, porque mi tranquilo y erudito oncólogo, el doctor Frederick Smith, puede diseñar un cóctel de quimioterapia que ya ha reducido algunos de mis tumores secundarios y puede ‘modificar’ dicho cóctel para minimizar algunos efectos secundarios desagradables. Eso no habría sido posible cuando Updike estaba escribiendo su libro, o cuando Nixon proclamaba su ‘guerra.’ Pero también es melancólico, porque la medicina alcanza nuevas cumbres y empiezan a vislumbrarse nuevos tratamientos, y probablemente han llegado demasiado tarde para mí.

Por ejemplo, me animó oír hablar de un nuevo ‘protocolo de inmunoterapia’, desarrollado por los doctores Steven Rosenberg y Restifo Nicolás en el Instituto Nacional del Cáncer. En realidad, la palabra ‘animar’ es un eufemismo. Me emocioné muchísimo. Ahora es posible extraer los linfocitos T de la sangre, someterlos a un proceso de ingeniería genética y a continuación volver a inyectarlos para atacar el tumor maligno. ‘Puede parecer medicina de la era espacial’, escribió el doctor Restifo, como si él también hubiera estado releyendo a Updike, ‘pero hemos tratado a más de cien pacientes con linfocitos T modificados genéticamente y hemos tratado a más de veinte pacientes de la manera que estoy sugiriendo para su caso. Había una trampa, y era una coincidencia. Mi tumor debía expresar una proteína llamada NY-ESO-1, y mis inmunocitos debían tener una molécula particular llamada HLA-A2. Dada esta vinculación, el sistema inmune podría cargarse para resistir hasta el tumor. Las probabilidades parecían buenas, porque la mitad de las personas con herencia europea o caucásica tienen esa molécula. ¡Y mi tumor tenía la proteína! Pero mis inmunocitos rechazaron una identificación suficientemente ‘caucásica’. La Agencia de Alimentos y Medicamentos está revisando estudios similares, pero tengo un poco de prisa y no puedo olvidar la sensación de desánimo que experimenté cuando recibí la noticia.

Quizá sea mejor dejar atrás las falsas esperanzas en poco tiempo: esa misma semana me dijeron que mi tumor no tenía las mutaciones necesarias para recibir cualquier otra de las terapias ‘orientadas’ contra el cáncer que se ofrecen en la actualidad. Una noche después recibí unos cincuenta correos de amigos, porque 60 Minutes había hablado de la ‘ingeniería de tejidos’, por medio de células madre, en un hombre con un esófago canceroso. Había sido médicamente activado para poder ‘desarrollar’ uno nuevo. Entusiasmado, contacté a mi amigo el doctor Francis Collins, padre del tratamiento basado en el genoma, que, con suavidad pero con firmeza, me dijo que mi cáncer se ha extendido mucho más allá de mi esófago y no se puede tratar de ese modo.

Al analizar la depresión que desarrollé durante esos penosos siete días, descubrí que me sentía engañado y decepcionado. ‘Mientras no hayas hecho algo por la humanidad’, escribió el gran educador estadounidense Horace Mann, ‘debería darte vergüenza morir.’ Me habría ofrecido felizmente como sujeto de experimentación con nuevos fármacos o nuevas cirugías, en parte, por supuesto, con la esperanza de salvarme, pero también pensando en el principio de Mann. Sin embargo, ni siquiera era apto para esa aventura. Así que tengo que caminar penosamente por la rutina de la quimioterapia, aumentada, si se demuestra que merece la pena, por la radiación y tal vez el célebre CyberKnife para una intervención quirúrgica: ambas cosas son casi milagrosas si las comparamos con el pasado reciente.

Hay un intento más complejo que me propongo intentar a pesar de que su posible eficacia se encuentra en los límites más remotos de la probabilidad. Voy a tratar de tener todo mi ADN ‘secuenciado’, junto con el genoma de mi tumor. Francis Collins se mostró característicamente sobrio en su evaluación de la utilidad del procedimiento. Si se pueden efectuar los dos secuenciaciones, me escribió, ‘podría determinarse claramente las mutaciones presentes en el cáncer que están provocando que crezca. El potencial para el descubrimiento de las mutaciones en las células cancerosas que podrían conducir a una idea nueva terapéutica es incierto, está en la frontera de la investigación sobre el cáncer’. En parte por eso, como me dijo, el coste de someterse al procedimiento es también muy elevado. Pero a juzgar por mi correspondencia, prácticamente todo el mundo en este país ha tenido cáncer o tiene un amigo o familiar que ha sido víctima de la enfermedad. Así que tal vez pueda contribuir un poco a la ampliación de unos conocimientos que ayudarán a las generaciones futuras.

Digo ‘tal vez’ entre otras cosas porque Francis ya ha tenido que dejar de lado gran parte de su trabajo pionero, con el fin de defender su profesión del bloqueo legal de su avenida más prometedora. Mientras teníamos esas conversaciones parcialmente emocionantes y parcialmente deprimentes, en agosto un juez federal de Washington, DC, ordenó detener todos los gastos del gobierno en la investigación con células madre embrionarias. El juez Royce Lamberth respondía a una demanda de los partidarios de la Enmienda Dickey-Wicker, llamada así por el dúo republicano que en 1995 logró prohibir el gasto federal en cualquier investigación que empleara un embrión humano. Como cristiano creyente, Francis es aprensivo con respecto a la creación con fines investigativos de estos grupos de células nonsentient (y, por si te importa, yo también), pero tenía esperanzas de lograr un buen resultado de la utilización de embriones ya existentes, creados originalmente para la fecundación in vitro. Tal y como están las cosas, esos embriones no van a ninguna parte. ¡Pero ahora unos maníacos religiosos se esfuerzan por prohibir hasta su uso, que ayudaría a lo que los mismos maníacos consideran el embrión sin formar de sus congéneres humanos! A los politizados patrocinadores de esta tontería pseudo-científica deberían darles vergüenza vivir, y no digamos morir. Si deseas participar en la ‘guerra’ contra el cáncer y otras enfermedades terribles, únete a la batalla contra su estupidez letal”.

En la foto, Hitchens. Aquí, la traducción de un texto anterior sobre su enfermedad.

LA LIBERTAD Y LA CALUMNIA

En España y buena parte de América Latina, la concesión del Premio Nobel a Mario Vargas Llosa ha tenido una aceptación generalizada. Tanto quienes están de acuerdo con sus posiciones políticas como quienes no lo están, desde la izquierda o la derecha, reconocían la indiscutible calidad de su obra literaria. Esa sensatez no se ha visto en todas partes. El periodista sueco Johan Norberg ha escrito:

“‘Estoy un poco enfadada’, dijo la crítica literaria sueca Ulrika Milles durante la retransmisión en la televisión del anuncio del Premio Nobel de Literatura de 2010. A la élite cultural del país le llevó unos segundos darse cuenta de que había habido un error en el proceso de voto de la Academia sueca: oye, Mario Vargas Llosa, el ganador, ya no es socialista. ‘Lo perdí cuando se convirtió en un neo-liberal’, se quejó Milles. Otros se hicieron eco de sus palabras.

Gente que nunca manifestó la menor inquietud sobre las posiciones políticas de otros ganadores del Premio Nobel -como Wislawa Szymborska, que escribió celebraciones poéticas de Lenin y Stalin; Günter Grass, que elogió la dictadura de Cuba; Harold Pinter, que apoyó a Slobodan Milosevic; José Saramago, que purgó a los antiestalinistas de la revista que editaba- piensa que la Academia Sueca se ha pasado de la raya. Al parecer, las opiniones políticas de Mario Vargas Llosa deberían haberlo eliminado de toda consideración premio. Después de todo, es un liberal clásico en la tradición de John Locke y Adam Smith.

Periodistas y escritores de la estatista izquierda de Suecia han explicado que Vargas Llosa se convirtió en un ‘traidor’ cuando abandonó el socialismo en la década de 1980, e incluso se presentó a las elecciones para la presidencia del Perú en una plataforma liberal en 1990. Se sugería que probablemente su privilegiado estilo de vida como escritor de éxito socavó su simpatía y solidaridad con los pobres y oprimidos.

En el periódico más vendido de Suecia, Aftonbladet, tres escritores le hacían pedazos el día siguiente al anuncio del Premio Nobel. Uno de ellos escribió que el premio era una victoria para la derecha sueca, otro decía que era una victoria para la derecha latinoamericana autoritaria, y otro lo acusaba de ser no sólo ‘neo-liberal’, sino también ‘machista’ (lo que Vargas Llosa no sabía es que en la actualidad sólo las mujeres pueden escribir sobre sexo; cuando lo hacen los hombres es machista y de mal gusto, al parecer)

En Aftonbladet Martin Ezpeleta afirmaba que el premio era una victoria para los racistas, porque Vargas Llosa escribió una vez un ensayo que atacaba la ideología del multiculturalismo. Que ese mismo ensayo también pidiera una política de inmigración más abierta no significaba nada para Ezpeleta hasta que otros lo señalaron y eliminó silenciosamente la acusación ‘racismo’ de su artículo, fingiendo que nunca había estado allí.

Le tocó al periódico de extrema izquierda Flamman pedir a sus compañeros de viaje que retrocedieran. Claro, Vargas Llosa es un libertario, pero también es un escritor fantástico y una ‘excelente elección’ para el Premio Nobel. Bueno, lo es. Aunque no te gusten el libre mercado, el libre comercio y otras cosas que Vargas Llosa apoya, es difícil negar que es uno de los más grandes narradores de nuestro tiempo.

Vargas Llosa ha escrito algunas historias simples, incluso tontas, pero novelas como La fiesta del Chivo y La guerra del fin del mundo son esa clase de relatos ambiciosos que ya no se cuentan, en un momento en que la mayoría de los escritores carecen de paciencia para compartir algo más que sus bares favoritos y su trágica vida amorosa. En sus mejores momentos, Vargas Llosa es la respuesta del mundo literario a los científicos que defienden la teoría de cuerdas: aborda más dimensiones de las que los demás podemos experimentar con nuestros sentidos. Como Victor Hugo, captura toda una época o una tragedia de un país en unos capítulos; pero, como los mejores escritores de thriller, también nos mantiene en suspenso con tramas dramáticas. Y también maneja un gran número de personajes, como los grandes escritores rusos: personajes cuyas relaciones, conversaciones y evolución interior se convierten en el verdadero escenario de la historia.

Vargas Llosa da saltos hacia delante y hacia atrás en esas dimensiones, cambia la narración y el tiempo, para contar la misma historia desde diferentes ángulos, para que sea más completa y también más compleja. Es técnicamente complejo, pero accesible y legible, incluso imposible de dejar de leer. Puede hacer que temas ligeros parezcan graves e importantes, y puede escribir sobre la miseria y la tragedia de una manera humorística, irónica.

Pero antes de que te dejes llevar y llegues a la conclusión de que Vargas Llosa merece el premio: ¿se me ha olvidado decirte que no es socialista? Bueno, lo era. Fue un comunista convencido que apoyó la revolución cubana. Dejó de hacerlo no porque fuera incapaz de sentir simpatía hacia los pobres y oprimidos, sino porque aún lo hacía cuando otros empezaron a identificarse más con los revolucionarios que con la gente en cuyo nombre hacían la revolución. Vio que Castro perseguía a los homosexuales y encarcelaba a los disidentes. Mientras otros socialistas se callaban y pensaban que el sueño justificaba los medios, Vargas Llosa empezó a plantearse las preguntas difíciles sobre por qué sus ideales, cuando se llevaban a la realidad, se parecían más a campos de prisioneros que a utopías socialistas.

Fue entonces cuando empezó a pensar que la centralización del poder y la riqueza en el gobierno conducen al autoritarismo, y que las barreras comerciales, las regulaciones y la ausencia de derechos de propiedad protegían a los poderosos e imposibilitaban que los pobres montaran negocios y crearan una vida propia. Se convirtió en un liberal clásico, que combatía permanente a los corruptos y los autoritarios, daba igual el disfraz que adoptaran –juntas militares, mercantilistas derechistas o dictadores socialistas- y asumió la lucha para defender el imperio de la ley y los derechos de propiedad de los pobres y los oprimidos.

Los intentos de retratar a Vargas Llosa como un partidario de la derecha autoritaria y conservadora de América Latina son simplemente vergonzosos. La única prueba  en el artículo de Aftonbladet fue que Vargas Llosa apoyó a Sebastián Piñera en la última elección presidencial de Chile: algo que no tiene sentido en absoluto ya que Piñera es un político moderado, democrático, que ha atacado la tradición autoritaria de la derecha de Chile y votó en contra Pinochet en el referéndum sobre su gobierno en 1988.

El intento de Vargas Llosa de juzgar a todos los gobernantes según los mismos criterios es lo que hace que el argumento de la traición a la izquierda sea tan revelador. Muchos intelectuales han condenado las dictaduras de derecha en el Perú y Chile y muchos intelectuales han condenado las dictaduras de izquierda en Cuba y Nicaragua, pero pocos han condenado ambas, como ha hecho Vargas Llosa.

Si eso es un ataque a la izquierda, es sólo porque la izquierda ha puesto su esperanza en sucesivas generaciones de caudillos como Castro y Chávez. Cualquiera que insiste en que a sus héroes se les apliquen las reglas democráticas que deben regir para todos se convierte en un traidor, un cobarde, un derechista. Es el esclavo en el carro que susurra que toda la gloria es efímera y tú eres mortal. Y ese no es un papel.agradecido. Como escribió Vargas Llosa: ‘Por una razón […] misteriosa, defender la libertad de expresión, las elecciones y el pluralismo político, puede ganarle a uno, entre los intelectuales latinoamericanos, fama de derechista”.

Los intentos de politizar un premio literario y las demandas de que los autores lleven un carnet de izquierdista no son muy atractivos. Pero quizá, después de todo, los críticos tengan parte de razón. Tal vez no podemos separar las novelas de Vargas Llosa de su política, su literatura de su creencia en la libertad. En un ensayo sobre la escritura, explicó que ‘toda buena literatura es un cuestionamiento radical del mundo en que vivimos’, y que la literatura es ‘el alimento de espíritus indóciles y propagadora de inconformidad’.

Incluso puede decirse que la Academia sueca está de acuerdo, porque le dio el premio a Vargas Llosa ‘por su cartografía de las estructuras de poder y sus imágenes mordaces de la resistencia del individuo, la rebelión y la derrota’. La diferencia entre él y sus viejos amigos y ahora oponentes es que él se toma en serio ese poder y esa resistencia. No son sólo ficción”.

EL CENTRO DE LA NADA

“Robert Stone es uno de esos escritores que se atreve a descender sin tomar ningún atajo hasta el centro mismo del infierno moderno”, ha escrito John Banville. Stone (Nueva York, 1937) fue corresponsal en Vietnam y la experiencia le sirvió para escribir su novela más famosa, ‘Dog Soldiers’ (Libros del Silencio, 2010) que ganó el National Book Award en 1975 y fue elegida por ‘Time’ una de las 100 mejores novelas en inglés publicadas entre 1923 y 2005. Como señala Rodrigo Fresán, es una de las obras fundacionales de un género que aborda los problemas de quienes regresaron de esa guerra: a él pertenecen novelas de Stephen Wright, Tim O’Brien o Denis Johnson,  películas como ‘El cazador’, ‘Taxi Driver’ o ‘El regreso’ y decenas de canciones. Tiene versiones chuscas como ‘El equipo A’ y una variante española: Rodney Falk, uno de los personajes de ‘La velocidad de la luz’ de Javier Cercas. Aunque abandonen el país, muchos de los protagonistas de esas obras llevan la violencia dentro: es como si trasladaran Vietnam a Estados Unidos.

Además de los efectos de la locura de la guerra, ‘Dog Soldiers’ habla de la resaca de la contracultura en California: de un mundo de cine porno y revistas ‘underground’, de drogas y religiones ‘new age’, de policías que trafican y psicópatas que se desesperan porque no entienden a Nietzsche, de violencia enloquecida y sexo súbito (o al revés). Pero para los personajes la sensación de novedad ha terminado, y el vértigo experimental se ha convertido en alucinación y tedio.

Stone sigue la estela de Conrad y quiere escribir una novela de aventuras con carga moral, protagonizada por personajes corruptos y a la deriva. Antes de regresar a California, Converse, un corresponsal de poca monta, decide traficar con heroína. Envía el cargamento a su mujer Marge, que está en Berkeley, a través de Hicks, un ex marine violento inspirado en el icono ‘beat’ Neal Cassady, a partir del cual Kerouack modeló el personaje de Dean Moriarty. Nada más llegar, Hicks se siente observado: unos agentes reguladores (que también trafican con drogas) se han enterado y buscan el cargamento. Hicks y Marge escapan hacia el sur; se refugian en una comunidad semi-religiosa. Los agentes persiguen a Converse, que a su vez se pregunta dónde están su mujer y su amigo.

Stone es un narrador hábil que maneja bien las distintas líneas narrativas. Sabe coreografiar los movimientos de sus personajes, crear rápidamente una atmósfera y describir la violencia. Su conocimiento de la contracultura y Vietnam no se convierte en una barrera entre él y el lector. El final es más espectacular que convincente, pero muchas escenas son difíciles de olvidar: un atentado, el encuentro con una traficante, una conversación con un veterano de la guerra civil española, el asesinato de un escritor o los diálogos entre Converse y los matones. A veces, esos episodios no son los elementos principales de la trama, sino pequeños meandros de una novela entretenida, brutal y desesperada, en la que el sentido del humor compensa parcialmente un nihilismo desfasado.

Robert Stone. ‘Dog Soldiers’. Traducción de Mariano Antolín Rato e Inga Pellisa. Prólogo de Rodrigo Fresán. 429 páginas.

Este artículo apareció ayer en Artes & Letras. En la imagen, Stone.

CÁRCEL Y PALABRAS

Escribe Jonathan Mirsky:

“El 8 de octubre, Liu Xiaobo se convirtió en el primer chino que ha recibido el Premio Nobel de la Paz y uno de los tres ganadores que lo han obtenido en la cárcel. El comité de Oslo ya había recibido una advertencia de Pekín, que aconsejaba no dar el premio a Liu porque era un ‘criminal’, condenado a once años por ‘subversión del poder del Estado‘. Después de que Oslo diera la noticia, Pekín calificó el premio de ‘obscenidad’. Según los estándares de Pekín sin duda es. Diez mil chinos firmaron en poco tiempo la Carta 08, un documento que Liu ayudó a escribir y que fue publicado en inglés por primera vez en la edición del 15 de enero de 2009 de The New York Review of Books. La carta exigía:

Debemos hacer universales la libertad de expresión, la libertad de la prensa y la libertad de cátedra, garantizando así que los ciudadanos puedan ser informados y puedan ejercer su derecho al control político. Estas libertades deben ser confirmadas por una Ley de Prensa que suprima las restricciones políticas a la prensa. La disposición contenida en el actual Código Penal sobre ‘el delito de incitación a subvertir el poder del Estado’ debe ser abolida. Debemos poner fin a la práctica de ver las palabras como delitos.

La petición también decía: ‘Tenemos que abolir el privilegio especial de un partido para monopolizar el poder y debemos garantizar los principios de competencia libre y leal entre partidos políticos.’

Las palabras pueden ser fatales en China. Zhang Zhixin, una joven china, fue ejecutada en 1975 por ‘oponerse al Gran Timonel Mao, por oponerse al pensamiento de Mao Zedong, oponerse a la línea proletaria revolucionaria y por acumular un delito tras otro’. Para garantizar que la señora Zhang no gritase en la ejecución, le cortaron las cuerdas vocales.

En mayo de 1989, en la Plaza de Tiananmen, vi al señor Liu, un profesor universitario de 33 años, que exhortaba a los estudiantes a pedir la democracia por encima de todo, además de realizar llamamientos a la libertad de expresión y el fin de la corrupción. La noche del 4 de junio, el señor Liu ayudó a negociar un acuerdo con el ejército que permitió que los últimos manifestantes en la plaza escaparan a una matanza que ya se había cobrado cientos de vidas. Fue encarcelado de inmediato durante veinte meses como ‘mano negra’. Después de su liberación, el señor Liu dijo: ‘Espero ser un intelectual y escritor chino sincero. Esto puede volver a meterme en la cárcel, que es lo que le ocurre a la gente como yo en China’.

Son sus palabras las que han vuelto a poner al señor Liu entre rejas. La televisión estatal china se puso en negro antes de que Oslo anunciara que había ganado el premio. Pero las multitudes entusiastas se reunieron frente a la casa de Liu en Pekín. Aunque no sirviera para nada más, el premio garantiza que, a diferencia de Zhang Zhixin, Liu no va a desaparecer en la cárcel. A pesar de todos los esfuerzos para asustar a Oslo y silenciar a Liu Xiaobo, Pekín ha fracasado y millones de chinos lo celebran. Pero en de las veinticuatro horas siguientes a la adjudicación a Liu, veinticuatro activistas de derechos humanos fueron detenidos. Muchos otros se encuentran bajo arresto domiciliario, incluyendo a la esposa de Liu. Esta ha contado que después de ver a su marido y decirle que había ganado el premio, Liu se echó a llorar y dijo: ‘Esto es para los mártires de Tiananmen’.”

En la imagen, Liu Xiaobo.