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Daniel Gascón

REJAS

El Comité de Escritores en Prisión del English PEN ha celebrado su primer medio siglo con un número de ‘Index on Censorship’ que recoge 50 casos célebres de escritores perseguidos. Entre ellos están el polaco Adam Michnik, el cubano Jorge Valls, el ruso Aleksandr Solzhenitsyn o la sudafricana Ruth First. Muchos tuvieron que exiliarse o esconderse; otros fueron asesinados. Algunos siguen en prisión, como Zarganar, condenado a 35 años por criticar la actuación del gobierno birmano tras el ciclón de 2008. Abdul Kareem Soliman salió de una cárcel egipcia en noviembre, tras una condena de cuatro años por insultar al islam. En diciembre, mientras China mantenía en prisión a Lui Xiaobo, Kuwait encarcelaba al periodista Mohammed Abdulqader al-Jassem por “difamar al rey”, Bielorrusia arrestaba a Neklyaev y otros escritores que protestaron por el reciente fraude electoral, e Irán condenaba a seis años de cárcel al periodista Emadeddin Baghi. Su compatriota Jafar Panahi pasará el mismo tiempo en prisión por un delito de reunión y propaganda contra el régimen; no podrá hacer películas en 20 años. Un informe de Freedom House alerta del declive de la libertad de prensa en el África subsahariana, Oriente Medio y América Latina. En muchos sitios, los avances que se produjeron tras la caída del muro de Berlín han dado marcha atrás: en 2009, solo una de cada seis personas vivía en un país con prensa libre. China, Rusia y Venezuela limitan sistemáticamente la libertad en Internet, y crece el número de periodistas que sufren ataques y asesinatos. La libertad de expresión no debería ser objeto de sofística, como con la ley Sinde: es un valor esencial por el que miles de personas se juegan la vida cada día. Sus enemigos –teócratas, criminales y dictadores- son nuestros enemigos.

AMIS, HITCHENS Y BELLOW

Martin Amis cuenta en Experiencia (2000, traducido por Jesús Zulaika):

"A eso de las 11.15 un silencio largo se abatió sobre la mesa donde estábamos cenando. Christopher, completamente sobrio pero con los ojos bajos, aplastaba entre las manos un paquete vacío de Benson & Hedges. Los Bellow también tenían la mirada baja. Yo estaba sentado con la cabeza entre las manos, mirando fijamente las secuelas de la cena (de aquella especie de siniestro automovilístico: faros abollados, bisagras desencajadas, tapacubos bamboleantes…). Tenía el pie dolorido por las continuas patadas en las espinillas que le había propinado a Hitch.

Sería una simplificación decir que Christopher se había pasado los últimos minutos hablando sin parar de memeces izquierdistas. Pero no temamos caer en simplificaciones. Las simplificaciones, a veces, le vienen a uno de perlas… El tema de la discordia era, por supuesto, Israel. La posición de Christopher al respecto se hallaba perfectamente explicada en un trabajo suyo titulado “La herética tierra prometida” (Raritan, primavera de 1987), donde en apoyo de sus ideas había aducido “las idealizaciones generalizadas de Israel que normalmente encontramos en Saul Bellow, Elie Wiesel y otros”. Gran parte del discurso de Christopher de aquella noche, en la mesa de Vermont, puede hallarse en su ensayo de 8.000 palabras, escrito, por así decirlo, por el gentil que había en él. Y el resto de tal discurso lo encontramos en “Acerca de la misa la media: homenaje al telegrafista Jacobs” (Grand Street, verano de 1988), que escribió ya como judío [tras descubrir que su madre lo era]. Huelga decir que la cambiada identidad étnica de Christopher, por una básica y elemental cuestión de pundonor, no causó el menor efecto en sus opiniones sobre ciencia y moralidad políticas".

Christopher Hitchens escribe en Hitch-22 (2010):

"En Experiencia, la envidiablemente escrita autobiografía de Martin Amis, en cuyas páginas me siento orgulloso de aparecer varias veces, hay un episodio sobre el que la gente me sigue interrogando. Martin ofrece un relato ligeramente oblicuo y esotérico de un viaje que hicimos en 1989, durante el que me llevó a visitar a Saul Bellow en Vermont. En nuestro trayecto de película de compañeros desde Cape Cod –lo que cuenta sobre eso es casi perfecto- dejó claro que no permitiría que la conversación virase hacia nada político, y menos izquierdista, y menos si tenía que ver con Israel. (“Nada de memeces siniestras”, que era nuestra expresión coloquial para hablar de un izquierdismo demasiado fácil.) Sabía que la invitación suponía un gran honor, no solo porque era una enorme distinción conocer a Bellow sino porque, solo por detrás de su padre, era el mayor regalo de esa clase que podía hacer Martin. No hacía falta que me dijera que debía aprovechar la oportunidad para dedicarme a escuchar en vez de hablar.

Y sin embargo es cierto, como él cuenta, que para el final de la cena nadie podía mirar al otro a los ojos y que su pie estaba dolorido y cansado por sus choques con mi espinilla por debajo de la mesa. ¿Cómo podía haber ocurrido? Ahora llega mi oportunidad para dar mi propia versión de Rashōmon.

Bellow nos había recibido y nos había dado bebidas y, a mi juicio, en la etapa anterior a la cena justifiqué la confianza de Martin. Nuestro anfitrión hizo una pregunta sobre Angus Wilson cuya respuesta yo conocía y también hizo una pregunta sobre su pasado con Whittaker Chambers para la que al menos pude sugerir una solución hipotética. Por su parte, Bellow nos había leído parte de sus viejos textos y correspondencia con el pobre, loco y aplastado John Berryman. Todo estaba saliendo bastante bien. Pero en la mesa de mimbre de la habitación en la que estábamos hablando había algo que representaba una amenaza tan trillada como la pistola en la repisa de la chimenea de Antón Chéjov. En otras palabras, si está ahí en el primer acto, es evidente que la intención es que se dispare antes de que caiga el telón. Solo hay que esperar. Era la única pieza impresa a la vista y era el último número de la revista Commentary, y su destacado titular de portada decía: “Edward Said: Profesor del terror”.

No había perdido todo el tiempo que empleé en batallas dudosas durante cenas en Nueva York, Washington y Chicago, y pensaba que sabía cuándo alzar mis viejos y cansados puños y cuando mantenerlos en el regazo, pero agotaba un poco los nervios preguntarse de antemano cuándo y cómo se vaciaría ese cañón cargado. La cena fue, por turnos, cordial y chispeante, pero llegó un momento en que Bellow hizo una súbita observación sobre el antisionismo y se levantó para coger la revista y subrayar su argumento. En realidad, creo que anteriormente había subrayado algunos pasajes del artículo. Incluso comparado con el depravado estándar de polémica que había establecido la tarea editorial de Norman Podhoretz, era un ataque a Edward extremadamente tosco. Escuché el asqueado resumen de Bellow un rato, hasta que me di cuenta de que no podía quedarme callado. Quizá, si Martin no hubiera estado allí, podría haber cerrado la boca. Pero si él no hubiera estado allí, yo tampoco habría estado. No, lo que quiero decir es que Bellow no sabía que yo era amigo íntimo de Edward. Pero Martin sí. Así que, aunque sabía que él quería que me mantuviera apartado de cualquier polémica, no podía dejar que me viera sentado como un cómplice, mientras se difamaba a un amigo ausente. Por lo que él sabía, si la compañía era suficientemente ilustre, quizá lo negara también a él antes de que cantase el gallo. No podía admitirlo. Así que dije lo que pensaba que debía decir –no era mucho, pero fue más que suficiente- y la velada cuidadosamente planeada y deliciosamente ejecutada de mi amigo más querido quedó inmediatamente destruida. Sufrió más de lo necesario, porque Bellow había sido trotskista y había luchado en las calles de Chicago: estaba acostumbrado a cosas mucho más calientes y apenas se ofendió. Más tarde me mandó una carta afectuosa sobre mi introducción a una nueva edición de Augie March".

El 29 de agosto de 1989, Bellow escribía a Cynthia Ozick (la carta completa está en Letters, 2010):

“Mi joven amigo Martin Amis, al que quiero y admiro, vino a verme la semana pasada. Lo trajo de Cape Cod un compinche al que no conocía y del que no había oído hablar. Se quedaron a dormir. Cuando nos sentamos a cenar el amigo se identificó como colaborador habitual de The Nation. Miré The Nation por última vez cuando Gore Vidal escribió su artículo sobre la deslealtad de los judíos hacia Estados Unidos y su preferencia basada en la sangre por Israel. Durante el largo tiempo que ha pasado desde que nos conocemos, ha crecido una duna de sal que aliña los comentarios ridículos de Gore. Tiene cuentas pendientes con EEUU. En cualquier otro lugar, podría haber sido homosexual y patricio. Aquí tiene que mezclarse con tipos duros y con negros y judíos; la democracia le ha imposibilitado ser un caballero invertido y excepcional. Y la fuente de su dolor le ha hecho rico y famoso. Pero dejemos a Gore, podemos saltárnoslo. Vamos a nuestro invitado, el amigo de Martin. Se llama Christopher Hitchens. En la cena dijo que era un gran amigo de Edward Said. Leon Wieseltier y Noam Chomsky también eran grandes colegas suyos. Al mencionar el nombre de Said, Janis refunfuñó. Dudo que eso no estuviera previsto, porque es casi seguro que Hitchens cree que soy un terrible reaccionario: la Derecha Judía. Criado para respetar y rechazar la cortesía al mismo tiempo, el invitado luchó breve y silenciosamente con el periodista decadente y finalmente habló. Dijo que Said era un gran amigo y que debía pedir disculpas por discrepar con Janis pero le lealtad hacia un amigo exigía que dejara las cosas claras. Todo el mundo conservó la educación. No quería una escena, por Amis. Afortunadamente (o no) había leído varios fragmentos del artículo de Said en Critical Inquiry, que mostré como prueba. Los judíos eran (más o menos) nazis. Pero, por supuesto, dijo Hitchens, era bien sabido que [Yitzhak] Shamir se había dirigido a Hitler durante la guerra para llegar a un acuerdo. Protesté que Shamir era Shamir, no era los judíos. Además, no confiaba en las pruebas. La discusión se balanceaba. Amis cogió las selecciones de Said para leerlas. No encontró nada que decir en el momento pera a la mañana siguiente intentó sacar el tema, y para evitar otra situación embarazosa le dije que había sido una montaña construida a partir de un grano de arena.

Hitchens atrae a Amis. Es una tentación que puedo entender. Pero el tipo de gente sobre el que te gusta escribir no siempre es buena compañía, especialmente en una cena".

En las imágenes, Amis; Hitchens y Amis; Bellow y su mujer, Janis.

MORALIDADES

El placer, la derecha y la izquierda.

Un artículo en Letras libres.

EL JOVEN CONGET

EL JOVEN CONGET

Muchas veces, el primer libro de un escritor encierra todo su mundo. Prensas Universitarias de Zaragoza ha reeditado en Larumbe las tres primeras novelas de José María Conget, bajo el título de la ‘Trilogía de Zabala’ y con un prólogo excelente de Ignacio Martínez de Pisón. ‘Quadrupedumque’ (1981) cuenta la llegada a Lima de Miguel Zabala y su mujer, Tana, y su crisis matrimonial. ‘Comentarios (marginales) a la Guerra de las Galias’ (1984) combina los recuerdos infantiles de los personajes con su vida tras la separación. ‘Gaudeamus’(1986) narra un curso universitario plagado de personajes inolvidables. Son tres libros arriesgados y hermosos, influidos por la audacia constructiva de Faulkner y Vargas Llosa y el espíritu juguetón de Nabokov. Fundan un universo: el recuerdo de una Zaragoza reprimida y tristona y la vida en otras ciudades; la pasión por el cine, la literatura y los tebeos; los placeres y las angustias del amor y el sexo, los hombres atenazados por el miedo y las mujeres resueltas e indispensables; la ambición artística y la ansiedad erótica; la política, la educación y los iluminados; el lirismo y un sentido del humor envidiable y salvaje. Todo eso aparece también en novelas como ‘Todas las mujeres’ o ‘Palabras de familia’, en los relatos de ‘Bar de anarquistas’ o ‘La ciudad desplazada’ y en textos como ‘Pont de l’Alma’. Con la ‘Trilogía de Zabala’ el lector regresa a una forma de escribir que no está de moda, donde se exige y recompensa su participación. Obtiene una perspectiva sobre una época de España, Zaragoza y Latinoamérica. Observa una educación sentimental dolorosa y divertida, escrita por una especie de Woody Allen educado en los jesuitas y tamizado por la literatura de vanguardia. Y asiste al momento emocionante en que un gran narrador le construye una casa para siempre.

Este artículo apareció en Artes y Letras de Heraldo de Aragón. La foto es de Heraldo.

MANERAS

Escribe Christopher Hitchens:

“Desde que caí enfermo a mitad de la gira de mi libro este verano, he adorado y he aprovechado de todas las posibilidades de estar al día y mantener tantos compromisos como pueda. Participar en debates y dar conferencias forma parte de mi aliento vital, y respiro hondo cuando y donde sea posible. También disfruto de verdad el tiempo que paso cara a cara con usted, querido lector, independientemente de que lleve la factura de un ejemplar y brillante de mis memorias. Pero aquí está lo que pasó mientras esperaba para firmar ejemplares en un evento en Manhattan hace un par de semanas. Imagine, si quiere, que, cuando estaba sentado a la mesa, se acercó a una mujer de aspecto maternal (un componente clave de mi demografía):

Ella: Lamenté enterarme de que estaba enfermo.

Yo: Gracias.

Ella: Un primo mío tuvo cáncer.

Yo: Oh, lo siento.

Ella: [Mientras la fila de clientes se alarga detrás de ella.] Sí, de hígado.

Yo: Eso nunca es bueno.

Ella: Pero se pasó, después de que los médicos le dijeran que era incurable.

Yo: Bueno, eso es lo que todos queremos oír.

Ella: [Mientras los que están al final de la fila empieza a mostrar signos de impaciencia.] Sí. Pero luego volvió, mucho peor que antes.

Yo: Oh, qué horror.

Ella: Y luego murió. Fue durísimo. Durísimo. Le costó muchísimo tiempo.

Yo: [Empezando a buscar las palabras.]...

Ella: Por supuesto, fue homosexual durante toda su vida…

Yo: [Sin encontrar las palabras, y no queriendo parecer estúpido y repetir ‘por supuesto’.]...

Ella: Y su familia inmediata le abandonó. Murió prácticamente solo.

Yo: Bueno, no sé qué...

Ella: De todos modos, solo quería usted supiera que entiendo exactamente por lo que está pasando.

Este fue un encuentro sorprendentemente agotador, del que podría haber prescindido fácilmente. Hizo que me preguntara si habría espacio para un breve manual de la etiqueta del cáncer. Se aplicaría a las víctimas, así como a los que los compadecen. Después de todo, no he sido muy lacónico con respecto a mi propia enfermedad. Pero tampoco camino luciendo en mi solapa un cartel que diga: PREGÚNTAME SOBRE LA CUARTA FASE DEL CÁNCER DE ESÓFAGO CON METÁSTASIS, Y SOLO SOBRE ESO. La verdad, si no puedes traerme noticias de eso y solo eso, y sobre lo que ocurre cuando los ganglios linfáticos y el pulmón pueden estar involucrados, no estoy tan interesado ni tengo tantos conocimientos. Uno casi desarrolla una especie de elitismo acerca de la singularidad su propio trastorno personal. Por lo tanto, si su historia de primera o de segunda mano trata de algunos órganos, es posible que prefiera considerar la posibilidad contar con moderación, o al menos de forma más selectiva. Esta sugerencia se aplica si la historia es intensamente deprimente y  provoca desánimo –ver más arriba- o si pretende transmitir alegría y optimismo: ‘A mi abuela le diagnosticaron melanoma terminal del punto G y casi la habían dado por perdida.  Pero siguió adelante y tomó enormes dosis de quimioterapia y radiación, al mismo tiempo, y la última postal suya que hemos recibido la muestra en la cima del Everest’. Una vez más, puede que su relato no enganche si no se preocupa por saber cómo de bien o de mal le va (o se siente) a su público.

Se acepta normalmente que la pregunta ‘¿Cómo estás?’ no acarrea un compromiso jurado de dar una respuesta completa o sincera. Así que cuando me lo preguntan estos días, me inclino por decir algo críptico como ‘Un poco pronto para saberlo’. (Si me pregunta el maravilloso personal de mi clínica de oncología, a veces llego tan lejos como para responder: ‘me parece que hoy tengo un cáncer’.) Nadie quiere que le hablen de los incontables horrores menores y humillaciones que se convierten en hechos de la ‘vida’ cuando el cuerpo pasa de ser un amigo a convertirse en un enemigo: el aburrido cambio del estreñimiento crónico a su dramático y repentino opuesto; la igualmente desagradable cruz doble de sentir hambre aguda, mientras temes incluso el olor de los alimentos; la miseria absoluta de la náusea que te retuerce el intestino cuando tienes el estómago completamente vacío; o el descubrimiento patético de que la caída del cabello se extiende a la desaparición de los folículos de la fosas nasales, y por lo tanto al fenómeno irritante e  infantil de la nariz que moquea permanentemente. Lo siento, pero usted ha preguntado… No es divertido apreciar plenamente la verdad de la tesis materialista que postula que no tengo un cuerpo, sino que soy un cuerpo.

Pero en realidad tampoco es posible adoptar una postura de ‘No preguntes, no respondas’. Al igual que su original, esta es una receta de hipocresía y dobles raseros. Obviamente, los amigos y familiares en realidad no tienen la opción de no hacer preguntas amables. Una forma de ponerlos cómodos es ser lo más sincero posible y no adoptar ningún tipo de eufemismo o negación. Así que voy directamente al grano y digo cuáles son las probabilidades. La forma más rápida manera de hacerlo es señalar que lo malo de la Fase Cuatro que no existe una Fase Cinco. Con toda razón, algunas personas me toman en serio. Recientemente he tenido que aceptar que no iba a poder asistir a la boda de mi sobrina, en mi vieja ciudad y universidad de Oxford. Esto me deprimió por más de una razón, y un amigo especialmente cercano preguntó: ‘¿Es que tienes miedo de no volver a ver Inglaterra?’. Da la casualidad de que era exactamente la pregunta adecuada y que había sido, precisamente, lo que me había estado molestando, pero me sorprendió injustificadamente por su contundencia. Yo me encargo de afrontar la cruda realidad, gracias. No lo hagas tú también. Y sin embargo yo había le invitado a que hiciera esa pregunta. Después de contarle a otra persona, con realismo intencionado, que tras algunas exploraciones y tratamientos más, los médicos me podrían decir que a partir de ese momento las cosas serían cuestión de ‘mantenimiento’, de nuevo me quedé sin aire cuando me dijo: ‘Sí, supongo que llega un momento en que tienes que pensar en dejarte ir’. Qué cierto, y qué resumen tan terso de lo que acababa de decir. Pero surgió de nuevo la necesidad razonable de tener una especie de monopolio, o una especie de veto, sobre lo que era decible. Ser víctima del cáncer contiene una tentación permanente de mostrarse egocéntrico e incluso solipsista.

Así que mi manual de protocolo impondría deberes sobre mí, así como sobre aquellos que dicen demasiado, o demasiado poco, en un intento de revestir la inevitable incomodidad en las relaciones diplomáticas entre Villatumor y sus vecinos. Si quieres un ejemplo de cómo no ser un embajador de la primera, te ofrezco el libro y el vídeo de The Last Lecture. Sería de mal gusto decir que el vídeo -una despedida pregrabada por el difunto profesor Randy Pausch- se ha extendido ‘viralmente’ en Internet, pero es lo que ha pasado. Debería llevar una advertencia sanitaria: es tan azucarado que puede necesitar una inyección de insulina para soportarlo. Pausch trabajaba para Disney y eso se nota. Se incluye toda una sección en defensa del tópico, sin omitir: ‘Aparte de eso, señora Lincoln, ¿qué tal fue la obra?’. Las palabras ‘niño’ o ‘infancia’ y ‘sueño’ se emplean como si fuera la primera vez que se usan. (‘Cualquiera que utilice infancia y sueño en la misma frase por lo general me llama la atención’.) Pausch enseñó en Carnegie Mellon, pero la nota que le gusta es Dale Carnegie. (‘Las paredes de ladrillo están ahí por una razón... para darnos la oportunidad de mostrar lo mucho que queremos algo’.) Por supuesto, usted no tiene que leer el libro de Pausch, pero muchos estudiantes y sus colegas tuvieron que asistir a la conferencia, en la que Pausch hizo flexiones, mostró vídeos caseros, robó planos y en general bromeó sin parar. Debería estar tipificado como delito ser insoportable y desprovisto de gracia en circunstancias en las que tu público está casi moralmente obligado a entusiasmarse. Fue, a su manera, una intrusión tan fuerte como la encarnizada y maternal perseguidora con la que he empezado. A medida que las poblaciones de Villatumor y Villabien siguen creciendo e ‘interactuando’, hay una creciente necesidad de reglas básicas que nos impidan hacernos daño unos a otros”.

TODAS LAS CANCIONES HABLAN DE MÍ

En cines a partir del 10 de diciembre. Aquí más.

EL TIEMPO DE LOS ANARQUISTAS

‘Tierra y libertad. Cien años de anarquismo en España’ (Crítica, 2010) conmemora el centenario de la Confederación Nacional del Trabajo. Julián Casanova (Valdealgorfa, 1956) ha coordinado nueve buenos estudios que sintetizan la historia del movimiento: una trayectoria de sindicalismo y clandestinidad, de transformaciones, esperanzas y derrotas. ‘Tierra y libertad’ sirve de guión –algunos textos de los paneles están extraídos del libro- a la exposición homónima que puede verse en el Palacio de Sástago y el Palacio de Montemuzo hasta el 8 de diciembre y el 28 de noviembre, respectivamente.

La historia del anarquismo español arranca con la visita de Giuseppe Fanelli, enviado por Bakunin, en 1868, y alcanza su apogeo durante la Segunda República y la Guerra Civil, para eclipsarse por la muerte de sus dirigentes, el exilio y la represión, el desprestigio y el anacronismo. Álvarez Junco describe la filosofía política del movimiento. La versión que triunfó en el campo y el mundo obrero de nuestro país, el anarquismo solidario o comunitario, compartía con otras tendencias la confianza en la razón y el progreso, un influjo romántico y liberal, un redentorismo de raíz cristiana e ideas del socialismo utópico. Defendía la abolición de la propiedad privada, la autogestión y la huelga, pero sus rasgos distintivos eran el antipoliticismo y el antiparlamentarismo.

La historia del movimiento libertario es una crónica de muertes y resurrecciones, y de una lucha constante con la autoridad. Clara E. Lida cuenta los conflictos con la Primera Internacional, las primeras publicaciones y organizaciones, y el episodio de la Mano Negra, en el que la Guardia Civil detuvo a miles de campesinos falsamente acusados de pertenecer a una sociedad secreta.

Como otras ideologías revolucionarias, el anarquismo legitimaba la violencia. En su repaso al terrorismo de finales del XIX, Núñez Florencio explica la teoría de “la propaganda por el hecho”. Una de sus variantes serían los atentados (como el del Liceo, perpetrado por el aragonés Santiago Salvador Franch, o el de la procesión del Corpus), pero también los magnicidios, que se cobraron las vidas de dirigentes en EEUU y en Europa, y de Cánovas, Canalejas y Dato en España. Los crímenes desataron una lógica de represión y venganza. Además de miedo, víctimas inocentes y protestas internacionales ante una justicia tan cruel como ineficaz, produjeron historias novelescas, como el paso por Barcelona de un detective de Scotland Yard.

Gil Andrés describe un episodio esencial: el paso al anarcosindicalismo, con la fundación de Solidaridad Obrera y de la CNT, que se convertiría en el sindicato más importante y eficaz de la primera mitad del siglo XX, en un momento en el que la fuerza del anarquismo había desaparecido en casi todo el mundo. Convivían una línea purista o idealista con otra pragmática, que logró a través de huelgas mejoras como la jornada de ocho horas. La persecución policial, la suspensión de las garantías constitucionales y las tensiones entre sindicalistas, revolucionarios y hombres de acción socavaron el movimiento, pero no la violencia entre obreros y patronos: entre 1917 y 1923 hubo 267 muertos en Cataluña. En Zaragoza hubo 23 muertes.

Tras la ilegalización durante la dictadura de Primo de Rivera, la CNT era un poder importante al principio de la República: tenía 800.000 afiliados. Según Casanova, los anarquistas esperaban que el desgaste del régimen diera paso a la revolución. Entre 1931 y 1933 protagonizaron insurrecciones duramente reprimidas en Casas Viejas, Valencia o Aragón. El movimiento vivió un periodo de desunión, del que se recuperó en la primavera de 1936. La sublevación franquista provocó la revolución: en numerosos lugares de Aragón se colectivizó la propiedad; se crearon milicias que marchaban a combatir el fascismo y extender el comunismo libertario; hombres como Durruti se convertían en leyendas que combinaban la barbarie y una aureola romántica. La guerra produjo heroísmo, violencia incontrolada y algo inesperado: cuatro anarquistas ocuparon ministerios. Entre ellos estaba Federica Montseny, la primera ministra de la historia de España. Los sucesos de mayo de 1937 pusieron fin al experimento revolucionario.

El anarquismo no se recuperó de la guerra y de la represión franquista. Alicia Alted resume el exilio de los libertarios, sobre todo en Francia, una travesía desde la esperanza a la irrelevancia. Una de las historias más conmovedoras es la de Ponzán, que organizó una red que salvó a más de 1.500 personas durante la Segunda Guerra Mundial antes de ser fusilado la víspera de la liberación de Toulouse. Otros textos abandonan el eje cronológico. José Luis Ledesma escribe semblanzas de 20 anarquistas: desde Anselmo Lorenzo a publicistas como Juan Montseny, sindicalistas como Salvador Seguí y Juan López y hombres de acción como Durruti o Francisco Ascaso; también aparece su primo Joaquín, presidente del Consejo de Aragón. Mary Nash y Javier Navarro abordan dos aspectos luminosos de un pasado de claroscuros: el destacado papel de las mujeres y la labor cultural de los anarquistas, con ateneos, proyectos educativos, periódicos, editoriales y traducciones impulsados por “la fe en el perfeccionamiento humano a través de la inteligencia, el conocimiento y la voluntad personal de mejora” y “la confianza en las posibilidades transformadoras de la razón y la ciencia”.

‘Tierra y libertad. Cien años de anarquismo en España’. Julián Casanova, coord. Crítica, 2010. 318 páginas.

LA EXPOSICIÓN

La exposición ‘Tierra y libertad’ tiene un afán didáctico y popular. La muestra del Palacio de Sástago trata las ideas, la clandestinidad, el terrorismo -con una recreación algo efectista del asesinato de Canalejas- o la cultura, con cabeceras de ‘Tierra y Libertad’ o ‘Tiempos nuevos’ y libros de Sender y Samblancat. Carteles, documentos y objetos dan testimonio de la actuación anarquista en la República y la guerra y durante el franquismo. La sala dedicada al movimiento en Aragón muestra las noticias en la prensa de la República sobre conflictos en Zaragoza o las páginas de ‘El día gráfico’ sobre los combates en 1936. Son de esa época los vales de pueblos anarquistas, o un juego de la oca cuyo objeto era la recuperación de Zaragoza.

Montemuzo alberga la muestra dedicada a las libertarias. Lucharon contra una cultura patriarcal que se dejaba los ideales antiautoritarios “a la puerta de casa” o rechazaba la incorporación de la mujer al trabajo. Algunas defendían la liberación de la mujer desde una perspectiva humanista y se oponían al sufragismo. La guerra creó nuevas imágenes: la miliciana heroica y la enfermera de la retaguardia. Una figura clave fue la zaragozana Amparo Poch y Gascón, que formaba parte de Mujeres Libres. Fue directora de Asistencia Social cuando Montseny ocupó un ministerio de Sanidad que defendía la medicina preventiva, el control de las enfermedades venéreas y un elemento indispensable para el progreso de la mujer: el control de la natalidad.

Este artículo apareció en Artes y Letras.

DECENCIA

En ‘Por qué escribo’ George Orwell (1903-1950) dijo que se dio cuenta muy joven de que tenía “facilidad con las palabras” y “el poder de afrontar hechos desagradables”. Su denuncia del totalitarismo, su trabajo pionero en los estudios culturales y su crítica al lenguaje político conservan su validez. Como contó Hitchens en ‘La victoria de Orwell’, luchó contra el imperialismo, el fascismo y el comunismo, cuando eso significaba arriesgar la vida y el ostracismo intelectual. En ‘Sobre la decencia común’ (Marbot, 2010), el filósofo francés Bruce Bégout explica que Orwell defendía “la facultad instintiva de percibir el bien y el mal, frente a cualquier forma de deducción trascendental a partir de un principio”, y que encontraba esa facultad en la gente corriente. La decencia común es un valor universal con una rica tradición anglosajona y “se manifiesta ante todo bajo la forma de una cierta repugnancia a hacer el mal o a ver cómo otros lo hacen”. Orwell creía que la política y sobre todos los intelectuales la habían traicionado: “Cuando vemos a hombres altamente instruidos que se muestran indiferentes ante la opresión y la persecución nos preguntamos qué es más despreciable, su cinismo o su ceguera”, escribió. A veces no se sabe si el Orwell de Bégout es un socialista democrático, un liberal, un conservador o un crítico de los aspectos más ásperos de la modernidad. Y en otras cosas era más contradictorio y sutil. Pero la “decencia común” es una idea clave en un escritor que desconfiaba de la gente que ama tanto a la humanidad que se olvida de amar a los hombres. La suya era también una defensa de las cosas sencillas: según Bégout, pensaba que “el poder crítico de la vida cotidiana es suficiente para oponerse a las tendencias hegemónicas del orden establecido”.

Este artículo apareció en Artes & Letras. En la imagen, Orwell.