Blogia

Daniel Gascón

EL NARCISISMO DE LA PEQUEÑA DIFERENCIA

Escribe Christopher Hitchens:

“Al analizar el súbito espasmo de violencia entre la minoría uzbeka y la mayoría kirguís en Kirguizistán, muchos comentaristas tenían problemas para explicar por qué los dos pueblos se han enfrentado abruptamente. Las explicaciones van desde la indulgencia oficial hacia el nacionalismo kirguís a la mera brutalidad de la policía y del ejército, pasando las provocaciones de las milicias de estilo talibán que esperan crear un nuevo Afganistán, pero ninguna llega muy lejos lejos en el análisis de por qué las relaciones entre las comunidades se volvieron tan feroces tan deprisa. Como para hacer la cuestión aún más opaca, varios informes destacaron la esencial similitud -étnica, lingüística, cultural- entre las poblaciones de Kirguizistán y Uzbekistán.

Pero precisamente esa podría ser la explicación. En numerosos casos de aparentes conflictos étnico-nacionalistas, los odios más profundos se manifiestan entre gente que –en apariencia- presenta muy pocas diferencias significativas. Es una de las grandes contradicciones de la civilización y una de las mayores fuentes de su descontento, y Sigmund Freud incluso encontró un término para ello: ‘el narcisismo de la pequeña diferencia’. Como escribió, ‘son precisamente las pequeñas diferencias entre gentes que se parece en lo demás las que constituyen la base de los sentimientos de hostilidad entre ellas.’

La partición de la India y Pakistán, por ejemplo, que nos da una de las confrontaciones más antiguas y tóxicas de la actualidad, entrañó principalmente la partición del Panyab. Visite el Panyab y vea si puede detectar la más remota diferencia en las personas a ambos lados de la frontera. Lengua, literatura, patrimonio étnico, apariencia física: virtualmente indistinguibles. Aquí es principalmente la religión la que simboliza el narcisismo y convierte en gigantesca la menor discrepancia.

Trabajé en Irlanda del Norte, donde la religión tampoco es un asunto de poca importancia, y al principio no podía distinguir si la persona a la que estaba mirando era católica o protestante. Después de un tiempo, pensé que podía adivinar con un grado razonable de exactitud, pero la mayoría de los habitantes de Belfast parecía capaz de hacerlo siguiendo una especie de instinto. Hay un pequeño sustrato de diferencia étnica allí, con los gaélicos originales algo más oscuros y rubios que los escoceses rubios que fueron importados como colonos, pero para los de fuera es impalpable. Aunque localmente es el asunto dominante.

Del mismo modo en Chipre es muy difícil distinguir a un griego de un turco. Los dos pueblos han estado en la misma isla durante tanto tiempo que incluso sufren el mismo tipo de anemia, la talasemia. Una vez entrevisté a un doctor especialista en la enfermedad, y me dijo solemnemente que, a partir de una muestra de sangre, no era posible saber si el donante era griego o turco. Tuve que frenarme para no preguntarle si hasta entonces había pensado que las diferentes nacionalidades estaban hechas de material genético diferente. Apenas se han registrado casos de matrimonios mixtos entre los chipriotas griegos y turcos, y la isla sigue severamente dividida.

En su libro El honor del guerrero, Michael Ignatieff dedica algún tiempo a intentar dilucidar lo que hizo a los soldados en los Balcanes Guerras -físicamente indistinguibles unos de otros- tan ansiosos de infligir crueldad y el desprecio sobre los serbios o croatas o bosnios, según el caso. Muy a menudo, el odio expresado tomó la forma de rivalidades extremadamente locales y provinciales, inflamadas por celos de las supuestas pequeñas ventajas que poseían los demás. Por supuesto, aquí también hay nacionalistas latentes y las diferencias confesionales que actuaron como un multiplicador de fuerza una vez que las cosas se pusieron desagradables, pero lo que desconcierta al forastero es la pregunta: ‘¿Cómo pueden distinguir?’ En Ruanda y Burundi, aunque fuera es cierto, como algunos antropólogos coloniales solían afirmar, que los hutus y los tutsis varían en altura y también en la delimitación de la línea de nacimiento del pelo, no parece suficiente diferencia sobre la que basar un genocidio.

En Sri Lanka, donde de nuevo se tarda mucho tiempo en darse cuenta de que los tamiles son propensos a ser ligeramente más pequeños y un poco más oscuros que la mayoría cingalesa, por alguna razón esa es la información más importante que poseen las dos poblaciones. Y no pasa mucho tiempo antes de que una población empiece a decir que la otra tiene demasiados hijos, es demasiado aficionada al ocio, o excesivamente poco rigurosa en cuestiones higiénicas. En su libro sobre Bagdad, mi amigo Patrick Cockburn explicaba que cada vez que escuchaba que un chíi o un suní decía que la religión no contaba, él se daba cuenta de que el hablante conocía la con precisión la fe de todos los demás en la sala. Y si quiere ver una expresión de puro desprecio racial, intente dar a un chií de Irán la impresión de que usted cree que él y sus correligionarios iraquíes son hermanos bajo la piel.

El siguiente ejemplo de este fenómeno será uno de los más graves, así como uno de los menos dramáticos. Una de las diferencias más discretas del mundo -la línea que separa a los belgas francófonos de los de habla flamenca- está a punto de reafirmarse en un intento de dividir Bélgica en dos. Si se produce la secesión, el país sede de la OTAN y la Unión Europea dejará de existir de una forma bastante narcisista, deshecho por una de las más distinciones más pequeñas de todas.

Así que compadezca a los uzbekos y kirguises, mientras se miran sospechosamente unos a otros durante un tiempo repentino de escasez y inseguridad. Quizá sus miserias mutuas no hayan hecho más que empezar. Y todo esto contiene los ingredientes de la verdadera tragedia, y de la ironía. Una de las grandes ventajas que posee el Homo sapiens es la sorprendente falta de variación entre sus diferentes ‘ramas’. Desde que salimos de África, casi no hemos sufrido variaciones como especie. Si fuéramos perros, todos seríamos de la misma raza. No sufrimos las enormes diferencias que separan a otros primates, por no hablar de otros mamíferos. Como para estropear este gran don natural, y desfigurar lo que podría ser nuestra solidaridad abrumadora, conseguimos encontrar excusas para el chovinismo y el racismo en cuestiones ínfimas y a continuación las hacemos enormes. Por esa razón, la condena de la intolerancia y la superstición no es sólo una cuestión moral, sino un asunto de supervivencia”.

He tomado la imagen aquí.

TRES CARTAS DE SAUL BELLOW

 

En noviembre aparecerá un volumen de cartas de Saul Bellow. Aquí hay tres que ha publicado The New Yorker:


1.

A William Faulkner:

“7 de enero de 1956

Estimado señor Faulkner:

… Escribo esta carta para darle mi opinión sobre su propuesta, hecha, asumo, después de que yo me fuera de la reunión, de que pidamos la liberación de Ezra Pound. ‘Mientras que el presidente de este Comité [People to People]’, usted dice, ‘recibió un premio del gobierno sueco y una condecoración del gobierno francés, el gobierno de Estados Unidos encierra a uno de sus mejores poetas’. Es un razonamiento realmente asombroso. Usted, señor Faulkner, fue merecidamente honrado por esos gobiernos. Pero usted, que yo sepa, no intentó derrocar o debilitar a ninguno de ellos. Además, Pound no está en prisión sino en un manicomio. Si estuviera cuerdo habría que volver a juzgarlo por traición; si está loco no habría que liberarlo simplemente porque es un poeta. En sus poemas y en sus emisiones radiofónicas Pound aconsejó la enemistad hacia los judíos y predicó a favor del odio y el asesinato. ¿Me pide que me una a usted para honrar a un hombre que pidió la destrucción de mis parientes? No puedo participar en algo así aunque sea buena propaganda en el extranjero, que lo dudo. Los europeos lo tomarán en cambio como un síntoma de reacción. En Francia Pound habría sido fusilado. ¿Liberarlo porque es un poeta? Vaya, quizá otros mejores poetas que él fueron exterminados. ¿No diremos nada en su nombre?

Estados Unidos ha sido compasivo con Pound al reconocer su locura y perdonarle la vida. Liberarlo es una idea tonta y débil. Identificaría este programa a los ojos del mundo con Hitler, Himmler, Mussolini y el genocidio. Lo que me deja estupefacto es que usted y el señor Steinbeck, que durante tantos años han trabajado con las palabras, no entiendan la importancia de las claras y brutales declaraciones de Ezra Pound sobre ‘kikes’, que llevaban a los ‘gentiles’ a la matanza. ¿Es eso –de los ‘Cantos Pisanos’- la materia de la poesía? Es una llamada al asesinato. Si lo dijera un granjero o un zapatero diríamos que está loco. El mundo entero conspira para ignorar lo que ha ocurrido, las guerras gigantescas, los odios colosales, los asesinatos inimaginables, la destrucción de la mera imagen del hombre. ¿Y nosotros –‘un grupo representativo de escritores estadounidenses’- salimos para esto? ¡Vaya desastre!

Sinceramente suyo”


2.

A Philip Roth:

“26 de diciembre, 1957

Tivoli, N.Y.

Estimado Philip Roth:

Por aquí los manuscritos cambian y vagan en enormes montones, como las dunas. El suyo apareció hoy, y le pido disculpas por mi desorden. Me hace más daño a mí.

Mi reacción a su relato [‘Expect the Vandals’] estaba en el lado bueno de la balanza, claramente. Pero con dudas, también. Me gusta su tono directo, su claridad sobre la biología. Ese tipo de cosa me viene como anillo al dedo. Me pareció que Moe era excelente; Pa, también. Una compañía de japoneses que se hacen el harakiri, sobre eso no estoy seguro. Una gran idea, pero palpablemente una Idea. Tengo algo contra las Ideas en los relatos. ‘La peste’ de Camus era una IDEA. ¿Buena o mala? No tan grande, en mi opinión. Con usted la Idea gana terreno rápida, fácilmente. Conquista. ¿Qué hay de Moe?

Mire, pruebe con Henry Volkening en el 522 de la Quinta Avenida. Mi agente. Muy bueno, además. Le deseo lo mejor. Y perdone que haya tenido el manuscrito tanto tiempo. Debería haberlo leído de inmediato. Pero no llevo una buena vida.

Suyo”,


3.

A Martin Amis:

13 de marzo, 1996

Brookline, Mass.

Mi querido Martin:

Veo que me he convertido en un corresponsal realmente malo. No es que no piense en ti. Apareces con frecuencia en mis pensamientos. Pero cuando lo haces creo que te debo una carta particularmente grandiosa. Y así terminas en ‘el almacén de las buenas intenciones’:

‘Ahora no puedo’.

‘Entonces espera’.

Es la estrategia que uno tiene para hacer frente a la edad, y a la muerte –porque uno no puede morir con tantas obligaciones por delante. Nuestra hábil especie, tan fértil y llena de recursos para negar su debilidad.

Entré en el hospital en el 94; biológicamente, un hombre de cuarenta años. Al salir en el 95, era el Anciano Marinero, y el Marinero no escribía historias. Tenía solo una historia y la narraba oralmente. Pero [me dije] sigues siendo un escritor, y a lo mejor más vale que te las arregles con el Anciano.

Puede que esté a punto de resolver todas esas dificultades, pero desde hace dos años me han absorbido por completo.

            También me he vuelto olvidadizo. Nada como la afasia nominal de tu padre. Encuentro que no puedo recordar los nombres de gente que no me importa –en algunos sentidos una incapacidad agradable. También descubro que recordaría los nombres de la gente porque me liberaba de la necesidad de pensar en ellos. Sus nombres eran bastante. Como contar cabezas.

Puedo imaginar cómo debía sentirse tu padre ante su máquina de escribir, con un libro por terminar. Mi solución es ir hacia cosas más cortas, que pueda acabar. He conseguido hacer algunas así. Es como volver a aprender a andar –pero ¿y si lo que uno quiere, en realidad, es correr?

Estoy seguro de que has pensado en esas cosas al observar el sufrimiento de tu padre.

El sábado pasado asistí a un funeral por Eleanor Clark, la viuda de R. P. Warren. Me descubrí diciéndole a su hija Rosanna que perder a alguien es como chocarte con una ventana de cristal. No sabías que estaba allí hasta que estalló en pedazos, y después recoges los trozos durante años –hasta el último fragmento de vidrio.

Por supuesto tú eres tu padre y él es tú. A menudo yo he sentido esto hacia mi propio padre, al que en parte espero ver después de morir. Pero creo que sé cómo se debió de sentir tu padre, sentado frente a su máquina de escribir con una novela inacabada. Igual que comprendo cuando dices que tú eres tu padre. Con cierto grado de precisión puedo ver esto en mi propio padre. Él y yo nunca parecimos tener nada que ver: nuestras asunciones básicas eran muy diferentes. Pero ahora eso parece superficial. Trato a mis hijos de forma muy parecida a como él me trataba a mí: sin respiración por la impaciencia, y después viene una larga inhalación en busca de afecto.

Estoy dispuesto a asumir el papel de padre adoptivo. Tengo sentimientos paternales hacia ti. No es solo el lenguaje lo que los une, o el ‘estilo’. Compartimos premisas más remotas pero también más importantes.

Y en realidad no estoy en las últimas. Espero estar por aquí un rato (no es una predicción sino una expectación). ‘Mientras esta máquina sea mía’, le dijo Hamlet a Ofelia.

Tuyo, con amor”.


Bellow. Faulkner. Roth. Bellow, Amis y un bebé (cuyo nombre Amis no cita en Experiencia).

 

Tres cartas de Saul Bellow:

1.

A William Faulkner:

“7 de enero de 1956

Estimado señor Faulkner:

… Escribo esta carta para darle mi opinión sobre su propuesta, hecha, asumo, después de que yo me fuera de la reunión, de que pidamos la liberación de Ezra Pound. ‘Mientras que el presidente de este Comité [People to People]’, usted dice, ‘recibió un premio del gobierno sueco y una condecoración del gobierno francés, el gobierno de Estados Unidos encierra a uno de sus mejores poetas’. Es un razonamiento realmente asombroso. Usted, señor Faulkner, fue merecidamente honrado por esos gobiernos. Pero usted, que yo sepa, no intentó derrocar o debilitar a ninguno de ellos. Además, Pound no está en prisión sino en un manicomio. Si estuviera cuerdo habría que volver a juzgarlo por traición; si está loco no habría que liberarlo simplemente porque es un poeta. En sus poemas y en sus emisiones radiofónicas Pound aconsejó la enemistad hacia los judíos y predicó a favor del odio y el asesinato. ¿Me pide que me una a usted para honrar a un hombre que pidió la destrucción de mis parientes? No puedo participar en algo así aunque sea buena propaganda en el extranjero, que lo dudo. Los europeos lo tomarán en cambio como un síntoma de reacción. En Francia Pound habría sido fusilado. ¿Liberarlo porque es un poeta? Vaya, quizá otros mejores poetas que él fueron exterminados. ¿No diremos nada en su nombre?

Estados Unidos ha sido compasivo con Pound al reconocer su locura y perdonarle la vida. Liberarlo es una idea tonta y débil. Identificaría este programa a los ojos del mundo con Hitler, Himmler, Mussolini y el genocidio. Lo que me deja estupefacto es que usted y el señor Steinbeck, que durante tantos años han trabajado con las palabras, no entiendan la importancia de las claras y brutales declaraciones de Ezra Pound sobre ‘kikes’, que llevaban a los ‘gentiles’ a la matanza. ¿Es eso –de los ‘Cantos Pisanos’- la materia de la poesía? Es una llamada al asesinato. Si lo dijera un granjero o un zapatero diríamos que está loco. El mundo entero conspira para ignorar lo que ha ocurrido, las guerras gigantescas, los odios colosales, los asesinatos inimaginables, la destrucción de la mera imagen del hombre. ¿Y nosotros –‘un grupo representativo de escritores estadounidenses’- salimos para esto? ¡Vaya desastre!

Sinceramente suyo”

2.

A Philip Roth:

“26 de diciembre, 1957

Tivoli, N.Y.

Estimado Philip Roth:

Por aquí los manuscritos cambian y vagan en enormes montones, como las dunas. El suyo apareció hoy, y le pido disculpas por mi desorden. Me hace más daño a mí.

Mi reacción a su relato [‘Expect the Vandals’] estaba en el lado bueno de la balanza, claramente. Pero con dudas, también. Me gusta su tono directo, su claridad sobre la biología. Ese tipo de cosa me viene como anillo al dedo. Me pareció que Moe era excelente; Pa, también. Una compañía de japoneses que se hacen el harakiri, sobre eso no estoy seguro. Una gran idea, pero palpablemente una Idea. Tengo algo contra las Ideas en los relatos. ‘La peste’ de Camus era una IDEA. ¿Buena o mala? No tan grande, en mi opinión. Con usted la Idea gana terreno rápida, fácilmente. Conquista. ¿Qué hay de Moe?

Mire, pruebe con Henry Volkening en el 522 de la Quinta Avenida. Mi agente. Muy bueno, además. Le deseo lo mejor. Y perdone que haya tenido el manuscrito tanto tiempo. Debería haberlo leído de inmediato. Pero no llevo una buena vida.

Suyo”,

3.

A Martin Amis:

13 de marzo, 1996

Brookline, Mass.

Mi querido Martin:

Veo que me he convertido en un corresponsal realmente malo. No es que no piense en ti. Apareces con frecuencia en mis pensamientos. Pero cuando lo haces creo que te debo una carta particularmente grandiosa. Y así terminas en ‘el almacén de las buenas intenciones’:

            ‘Ahora no puedo’.

            ‘Entonces espera’.

            Es la estrategia que uno tiene para hacer frente a la edad, y a la muerte –porque uno no puede morir con tantas obligaciones por delante. Nuestra hábil especie, tan fértil y llena de recursos para negar su debilidad.

            Entré en el hospital en el 94; biológicamente, un hombre de cuarenta años. Al salir en el 95, era el Anciano Marinero, y el Marinero no escribía historias. Tenía solo una historia y la narraba oralmente. Pero [me dije] sigues siendo un escritor, y a lo mejor más vale que te las arregles con el Anciano.

            Puede que esté a punto de resolver todas esas dificultades, pero desde hace dos años me han absorbido por completo.

            También me he vuelto olvidadizo. Nada como la afasia nominal de tu padre. Encuentro que no puedo recordar los nombres de gente que no me importa –en algunos sentidos una incapacidad agradable. También descubro que recordaría los nombres de la gente porque me liberaba de la necesidad de pensar en ellos. Sus nombres eran bastante. Como contar cabezas.

            Puedo imaginar cómo debía sentirse tu padre ante su máquina de escribir, con un libro por terminar. Mi solución es ir hacia cosas más cortas, que pueda acabar. He conseguido hacer algunas así. Es como volver a aprender a andar –pero ¿y si lo que uno quiere, en realidad, es correr?

            Estoy seguro de que has pensado en esas cosas al observar el sufrimiento de tu padre.

            El sábado pasado asistí a un funeral por Eleanor Clark, la viuda de R. P. Warren. Me descubrí diciéndole a su hija Rosanna que perder a alguien es como chocarte con una ventana de cristal. No sabías que estaba allí hasta que estalló en pedazos, y después recoges los trozos durante años –hasta el último fragmento de vidrio.

            Por supuesto tú eres tu padre y él es tú. A menudo yo he sentido esto hacia mi propio padre, al que en parte espero ver después de morir. Pero creo que sé cómo se debió de sentir tu padre, sentado frente a su máquina de escribir con una novela inacabada. Igual que comprendo cuando dices que tú eres tu padre. Con cierto grado de precisión puedo ver esto en mi propio padre. Él y yo nunca parecimos tener nada que ver: nuestras asunciones básicas eran muy diferentes. Pero ahora eso parece superficial. Trato a mis hijos de forma muy parecida a como él me trataba a mí: sin respiración por la impaciencia, y después viene una larga inhalación en busca de afecto.

            Estoy dispuesto a asumir el papel de padre adoptivo. Tengo sentimientos paternales hacia ti. No es solo el lenguaje lo que los une, o el ‘estilo’. Compartimos premisas más remotas pero también más importantes.

            Y en realidad no estoy en las últimas. Espero estar por aquí un rato (no es una predicción sino una expectación). ‘Mientras esta máquina sea mía’, le dijo Hamlet a Ofelia.

            Tuyo, con amor”.

EL JUEZ Y LOS SÍMBOLOS

Un texto sobre Garzón en la revista Letras Libres.

HITCH 22

Hitch-22. A Memoir es la autobiografía de Christopher Hitchens (Portsmouth, 1949). Repasa su vida, pero también es una autobiografía intelectual, un retrato de una evolución política y de las paradojas y las contradicciones del autor: la crónica del paso gradual y asimétrico desde una visión del mundo enclavada en la izquierda radical hasta una posición independiente que defiende el laicismo, la democracia liberal y el internacionalismo. Para Hitchens es importante uno de los epígrafes de Kim, que habla de “los dos lados separados de mi cabeza” y las memorias exploran esa dualidad de muchas maneras: en ellas hay literatura y la política, Inglaterra y Estados Unidos, el activismo de la extrema izquierda y la tradición liberal anglosajona, el periodismo mayoritario y el combativo, el desprecio por la religión y el descubrimiento de su sangre judía, las armas y las letras, la vida privada y la historia, la autoparodia y la arrogancia, las bendiciones de la amistad y las rencillas entre amigos, el compromiso con la clase trabajadora y la fascinación por los círculos del poder.

La primera parte de las memorias tiene un carácter más narrativo y muy poderosa. Es, por ejemplo, muy potente la historia de la madre de Hitchens, Yvonne, una mujer enigmática y frustrada. Quiso que su hijo fuera a un internado porque “si en este país va a haber una clase dirigente, Christopher va a formar parte de ella”. Más tarde, Hitchens –convertido en un periodista incipiente y un revolucionario ferviente- conoció al amante de Yvonne, un ex reverendo que se había pasado a la espiritualidad new age, y ella lo llamó para decirle que se iba a vivir a Israel. Hitchens intentó quitárselo de la cabeza (acababa de producirse la guerra del Yom Kippur). Tardaría más de quince años en enterarse de que su madre era judía. Pero sólo unas semanas después Yvonne se suicidó con su amante en un hotel de Atenas: el propio Hitchens fue a buscar los restos.

El padre de Hitchens, un comandante de la marina británica, era muy distinto a su mujer: un hombre conservador, de pocas palabras, se consideraba poco reconocido por el Gobierno británico. La relación, lacónica pero respetuosa, entre Hitchens y su padre tiene momentos emocionantes, y a veces hace pensar en la fascinación casi acomplejada que Hitchens siente ante los hombres de acción y los hechos de armas: por ejemplo, cuando el padre de Hitchens regala a sus amigos suscripciones de las publicaciones izquierdosas donde colabora su hijo; cuando lo llama para felicitarlo por un artículo en una zona bélica, o, cuando, en la guerra de las Malvinas, el padre se muestra mucho más cauteloso y menos beligerante que su hijo.

Aunque habla de su padre y su madre y su hermano, Hitchens no trata en exceso una vida familiar que se adivina un tanto desolada, entre otras razones porque se marchó a estudiar muy pronto: primero en Devon y luego en Cambridge. Hitchens habla del énfasis en los deportes obligatorios, de la homosexualidad y los abusos sexuales, de la violencia escolar, la conciencia de clase y también del descubrimiento de la literatura. En The Leys School encontraría a dos autores esenciales para sus posiciones estéticas y literarias: Arthur Koestler y George Orwell (otro escritor, ideológicamente muy distinto pero clave para Hitchens es Evelyn Waugh: utiliza ejemplos de sus novelas para explicar su educación, su trabajo periodístico y la relación entre Estados Unidos y Gran Bretaña). A algunos de estos autores los leía durante las misas obligatorias, en un periodo que también incluye el descubrimiento de su vocación, de la política y el principio de su carrera como escritor y editor de panfletos. Hitchens habla de las masturbaciones entre los chicos, pero también de su amor de verdad por otro estudiante (que fue descubierto y no salió bien). A lo largo del libro confiesa varias relaciones homosexuales: entre sus compañeros de cama asegura que hay dos miembros del Gobierno de Margaret Thatcher; esos encuentros se produjeron algo más tarde, en un momento en el que generalmente las chicas le interesaban más que los chicos.

Hitchens estudió en Oxford, aunque parece que el clima de los años 60 robó protagonismo a la academia. En ese aprendizaje de la contracultura Bob Dylan sería un nombre fundamental, pero fue un periodo de inmersión política: se hizo amigo de Sedgwick, que era, entre otras muchas cosas, traductor del revolucionario y antiestalinista Victor Serge, y se convertiría en el mentor político de Hitchens en la “oposición de izquierdas” marxista. Hitchens, que entró en la Internacional Socialista, fue arrestado en manifestaciones, siempre fue antiestalinista y esperaba el derrumbe del capitalismo (“con el que me ha ido mucho mejor de lo que esperaba”), admiró las obras del disidente polaco Jacek Kuron y de C.L.R. James, historiador, principal defensor de la independencia de Trinidad y corresponsal de críquet de The Guardian. Gracias a su labor como activista conoció a Eduardo Mondlane, fundador del Frente de Liberación de Mozambique, que sería asesinado poco después; a Matham Shamyurira, que acabaría siendo ministro del corrupto Mugabe, y al recientemente fallecido Leszek Kolakowski.

Pero también hablaba en la Oxford Union: era una doble vida, que le permitía asistir a cenas selectas, frecuentar a estudiantes ricos y conservadores simpáticos, y tener encuentros inquietantes con Isaiah Berlin, Noam Chomsky, o ex políticos. También coincidió entonces con Clinton (en la época en que fumaba pero no inhalaba: según Hitchens, era alérgico al humo y prefería consumir la marihuana en galletas.)

En 1968 Hitchens visitó La Habana, lo que supuso “el ejercicio más duro en doble contabilidad que tuve que hacer hasta entonces”. Cuba le parecía una apuesta novedosa frente al modelo soviético; la rigidez de la dictadura no era tan conocida ni tan conspicua en un momento en que los gobiernos militares eran frecuentes en Latinoamérica. Pero pronto encontró señales alarmantes: a los extranjeros no les dejaban salir del campamento, y había un tono religioso en las celebraciones. “El socialismo cubano se parecía demasiado a un internado en unos aspectos y demasiado a la iglesia en otros”, concluye Hitchens, que discutió con Santiago Álvarez acerca de la libertad de expresión bajo el régimen: Álvarez decía que era total, aunque no era recomendable caricaturizar a Castro; según Hitchens, si no se puede criticar al líder, no importa que se pueda criticar todo lo demás.

También le pareció imposible la desaparición de la prostitución promulgada por el régimen, y repugnante la persecución de los homosexuales. Y lo sorprendió el apoyo de Castro a la invasión soviética de Checoslovaquia, que se produjo cuando él estaba en la isla caribeña. El encuentro con la revolución fue una decepción (aunque eso resulta más claro para Hitchens ahora que en 1968). En ese momento, Hitchens, que a menudo habla de sus opiniones pasadas con ironía pero cierto afecto casi nostálgico, creía que él y sus camaradas tenían “una causa más noble y un propósito más noble”. Pero la misma incertidumbre se repetía en otros ámbitos: cuando él y sus compañeros impidieron una charla del secretario de asuntos exteriores Michael Stewart, era sin duda una victoria táctica, pero ¿no había algo despreciable en impedir hablar a una persona?

Como periodista y activista, Hitchens viajó a otros países: Grecia, Chipre o Irlanda. Asistió a una manifestación de protesta por la ejecución de Salvador Puig Antic en Barcelona. En la Revolución de los Claveles le asustó el dogmatismo del Partido Comunista, y viajó a Polonia con una novia: conoció a varios disidentes que luego formarían el núcleo de Solidaridad, les llevó pantalones vaqueros y descubrió que Polonia era un país basado en “mentiras pequeñas” y “mentiras grandes”. También conoció a Michnick, que le diría una frase inolvidable: “la verdadera lucha para nosotros es que el ciudadano deje de ser propiedad del estado”.

Hitchens vio de cerca la dictadura militar argentina. Visitó Buenos Aires en 1977, con cuatro objetivos: encontrar al periodista Jacobo Timerman, secuestrado y torturado por el régimen; entrevistar a Videla; ver la Pampa y conocer a Borges. Consiguió los tres últimos: Videla justificó la tortura; el encuentro con Borges está contado con otras palabras en Amor, pobreza y guerra: le pidió que le leyera un poema de Kipling, manifestó su desprecio por Perón y su respeto por Pinochet. (Hitchens, sin embargo, reconoce a Borges una carta en apoyo a las familias de los desaparecidos.) El horror de la dictadura militar argentina hizo que Hitchens se alegrara de la firmeza de Thatcher durante la guerra de las Malvinas. (No es la única revelación sobre la Dama de hierro: cuenta una anécdota muy divertida, insiste en que era sexy y manifiesta cierta fascinación hacia ella y un deseo en la época inconfesable de que ganase las elecciones: “y en secreto y con mala conciencia me alegraba de que ella terminase con el largo reinado de mediocridad y basura”).

Uno de los grandes temas del libro es la amistad. Hitchens habla mucho de sus amigos, y también de sus desavenencias con algunos de ellos. Dedica un capítulo a James Fenton, otro a Martin Amis y otro a Salman Rushdie, y por las páginas desfilan personajes de la literatura y la política, como Gore Vidal, David Rieff, Andrew Cockburn o Ayaan Hirsi Ali. Fenton lo introdujo “en los encantos del alcohol y el tabaco” y en el mundo del periodismo. Hitchens, que escribe anécdotas hilarantes sobre este ambiente, no tardaría mucho en publicar en New Statesman, Private Eye y New Left Review, y también en la prensa mayoritaria: al principio de su carrera trabajó en televisión, en el equipo de investigación de Harold Evans, fue corresponsal del Daily Express, escribió para Evening Standard.

También explica con emoción su relación con Martin Amis, sus conversaciones sobre el lenguaje, Philip Larkin  y las mujeres, y las comidas de los viernes en las que se reunían con Clive James, Craig Raine, Terry Kilmartin, Mark Boxer, Russell Davies, Ian McEwan, Fenton, Julian Barnes, Robert Conquest y Kingsley Amis, y los chistes y juegos de palabras de esas reuniones. Da su versión de de una anécdota que Amis cuenta en Experiencia (una discusión con Saul Bellow sobre Edward Said) y también cuenta una visita desastrosa a un burdel cuando el novelista escribía Dinero. En otro lugar, Hitchens dice que siempre hay que alegrarse de los éxitos de los amigos.

Otro elemento esencial marca la segunda parte del libro, algo más teórica y quizá mejor conocida: su fascinación por Estados Unidos y su traslado a ese país en 1981. Sintió un amor instantáneo por Nueva York en su primera visita, en 1970, pero su admiración no estaba exenta de paradojas: por una parte, Estados Unidos era el país del capitalismo, una nación que exportaba guerras y dictaduras; por otra, Hitchens admiraba la transparencia del sistema democrático, la libertad de expresión y su prensa. Le fascinaba una tendencia al juego limpio: por ejemplo, a Hitchens –que había participado en algunas batallas callejeras contra partidos fascistas- le sorprendió que, cuando una manifestación equivalente fue prohibida en América, la Asociación para las Libertades Civiles emitiera una queja pidiendo que se autorizase.

Hitchens vivió unos años en Nueva York (leía más, escribía más: siempre tenía algo que hacer), se trasladó a Washington, inicialmente para cubrir las reacciones diplomáticas a la guerra de las Malvinas, y se quedó a vivir allí, donde tendría un acceso privilegiado a las bambalinas de la política, trabajando para The Nation. Abandonaría esa revista en 2002, tras sus desacuerdos con la línea editorial de la revista, que justificaban los atentados del 11-S como una reacción equivalente a los desmanes del gobierno estadounidense: Hitchens fue expulsado de la izquierda. Creía que muchos progresistas eran indulgentes con el fundamentalismo islámico, una ideología que por otra parte es el absoluto opuesto del progresismo. Su disputa con el islamismo y la solidaridad con quienes lo sufren le llevó a apoyar la guerra de Afganistán y está entre las razones de su defensa de la intervención en Irak (emitió duras críticas hacia las violaciones de los derechos humanos de la administración Bush); su compromiso y su idea de que el país y sus valores fundamentales se enfrentaban a un enemigo implacable están entre las razones por las que adoptó la ciudadanía estadounidense.

Hitchens cree que la fetua de Jomeini contra Salman Rushdie fue una advertencia de la naturaleza invasiva y letal del islamismo. Elabora un hermoso retrato de su amigo, a quien emparenta con el personaje de Koestler Nicholas Rubashov, y también reconstruye el caso: habla de los que echaron la culpa a Rushdie de lo que le había pasado, desde la derecha (como Hugh Trevor-Roper o Paul Johnson) y la izquierda (como Germaine Greer o John Berger); de los que tuvieron miedo de apoyar a Rushdie (como Arthur Miller) o de los que lo defendieron heroicamente (entre los que destaca Susan Sontag). Expone los esfuerzos que tuvo que hacer para que Clinton aceptase verlo, poco tiempo y sin fotógrafos. Según Hitchens, que acogió a Rushdie en su casa y reprocha que el novelista escribiera una disculpa y anunciara su conversión al islam, los enemigos de la libertad de expresión vencieron, y Los versos satánicos no podría publicarse ahora.

Hitchens también explica uno de los aspectos más polémicos de su carrera: su defensa de la guerra de Iraq. Muestra sus diferentes visiones a lo largo del tiempo. En 1976 visitó el país, le llamó la atención que fuera un régimen socialista laico. Se reprocha no haber dado importancia a cosas que vio: sobre todo, el miedo de la gente con la que habló. Sabía que Sadam Husein era un criminal y un asesino, pero se opuso a la guerra del Golfo porque pensó que se luchaba con pretextos falsos. Recuerda una frase de Fred Halliday que le impactó (“tienes que decidir si el imperialismo es peor que el fascismo”); empezó a preguntarse si la intervención podría justificarse si hubiera servido para derrocar a Sadam Hussein. Fue importante conocer directamente el sufrimiento y el genocidio de los kurdos, así como la opresión de las fuerzas laicas (el régimen se hizo muy religioso) del país, y conocer a exiliados y disidentes como Kanan Makiya.

Makiya, Peter Galbraith, Barham Salih, Kenneth Pollack, Ann Clwyd, Ahmad Chalaby y Hitchens fueron quienes más insistieron a favor de la intervención estadounidense en Irak en 2003. Hitchens defiende una posición muy polémica y habla de “nuestra pequeña conspiración”, ironizando sobre las acusaciones. También defiende a Wolfowitz y la invasión. “Las armas de destrucción masiva, como todo el mundo espera ahora olvidar, fueron muy a menudo un arma retórica en las manos de los que querían mantener a Sadam Hussein en el poder”, dice, “en todas mis discusiones con Wolfowitz y su gente en el Pentágono nunca oí nada alarmista en torno a las armas de destrucción masiva”, y recuerda que en ese momento la posibilidad de que las tuviera “era más latente que patente”, aunque también señala los intentos de Sadam de conseguirlas, y su naturaleza irracional y sanguinaria (dejó en el país muchas fosas comunes que Hitchens ha visitado). La parte dedicada a Iraq es importante y valiente: Hitchens reconoce algunos errores. Justifica la guerra a partir de razones morales y universales; según él, Estados Unidos y Gran Bretaña no se atrevieron a esgrimir esos motivos a causa de su anterior colaboración con el tirano. Su retrato de los crímenes de Sadam es brillante, así como sus críticas a la oposición a la contienda, aunque a veces su análisis de los motivos y los resultados parece discutible o matizable.

Tras esa exploración pública, Hitchens realiza un autorretrato irónico que arranca con un cuestionario Proust. Apenas habla de las dos mujeres con las que se ha casado, aunque sí de sus hijos, y cree que es un “mal padre”, que no tiene paciencia y no sabe hablar con los niños. Los hijos le recuerdan la propia mortalidad; otra forma de tener perspectiva es viajar una vez al año a un país que esté peor que Estados Unidos. También dice que con el tiempo se han revelado sus “fallos como escritor, así como demostrado lo que sospechaba: que carezco del coraje necesario para ser un verdadero soldado o un verdadero disidente”. Hitchens, famoso por sus ataques a personajes casi intocables, como la madre Teresa o el Dalai Lama, y por criticar a gente de su propio “bando”, asegura “mis mejores peleas me han granjeado al menos algo de respeto: un respeto que podría haber perdido si hubiese desaprovechado una buena oportunidad de quedarme callado”.

A finales de los años 80 Hitchens descubrió que su madre era judía. Hitchens reconstruye los motivos del secreto, y rastrea el pasado de su familia: a través de conversaciones con su abuela, de recuerdos, de un análisis de ADN; también regresa a la ciudad de sus antepasados, Breslau/Wroclaw, en Polonia. Investiga la vida del familiar de su mujer David Szmulevski, un héroe de la resistencia contra los nazis en Varsovia, que testificó contra ellos y descubre un elemento oscuro: el trato a los alemanes en los países que habían ocupado los nazis después de la Segunda Guerra Mundial, y el papel de su familiar. Hitchens se considera judío, medita y polemiza sobre la asimilación y la historia de esta etnia, y cree que “un registro crítico de la salud general de la civilización es el estatus de la cuestión judía”; el antisemitismo no es sólo una forma de racismo. También destaca el papel de los judíos en la lucha por los derechos humanos y critica a Israel por cuestiones de principio y por su trato a los palestinos: “Considero el antisemitismo imposible de erradicar y un elemento de la toxina con la que la religión nos ha infectado. Quizá en parte por eso nunca he visto el sionismo como una cura”; según Hitchens, ya que “garantiza la premisa inicial del antisemita sobre la anormalidad del judío”.

Hitchens habla de su amistad con el intelectual palestino Edward Said. Refiere su admiración por él, pero también ciertas diferencias ideológicas que fueron creciendo (“Edward sólo podía condenar el islamismo si podía achacarse de algún modo a Israel o Estados Unidos”) hasta acabar en una pelea amarga: Said escribió artículos donde hablaba de pogromos, instigados por gente como Wolfowitz, contra ciudadanos árabes y musulmanes en Estados Unidos, y en otro artículo citaba frases de Hitchens sin mencionarlo y las calificaba de “racistas”.

Al final Hitchens –que cree que los debates marxistas son un buen entrenamiento intelectual- se pregunta si ha sufrido un cambio ideológico radical, como San Pablo, o si ha sido algo más paulatino. Se decide por lo segundo: durante un tiempo, dice, tuvo desacuerdos con la izquierda, pero conseguía defender sus opiniones con argumentos y retórica de izquierda. Sin embargo, “no se puede ser sólo un poco herético”, y el caso de la guerra de Bosnia fue distinto: “quería que la aritmética moral sumara, pero quería que siguiera sumando en el lado “izquierdo” de la columna. En Bosnia, sin embargo, tuve que admitir abruptamente que si mis antiguos amigos se salían con la suya, habría otro genocidio en suelo europeo”. Las relaciones con dos intelectuales le sirven de ejemplo: por una parte, su disputa con Chomsky, y por otra, el modelo de Susan Sontag. Según Hitchens, la “primera confrontación con el resto de mi vida política” llegó cuando la escuchó hablar en un evento de apoyo a “Solidaridad”. Sontag dijo: “el fascismo (y el abierto dominio militar) no es sólo el probable destino de todas las sociedades comunistas –especialmente si la población siente la necesidad de rebelarse-, sino que el comunismo es en sí una variante, la más exitosa de todas, del fascismo. El fascismo con rostro humano”. Era una forma de renunciar a la utopía; de pensar, como Kundera, que el infierno está contenido en el sueño del paraíso. Hitchens termina con una defensa de la sociedad abierta y las libertades: “He visto más prisiones que se abrían, más gente y territorios ‘liberados’, más tabúes rotos y censores derrocados desde que abandoné la idea, o en todo el caso el plan, de un futuro radiante. Esas ‘sencillas’ proposiciones ordinarias de la sociedad abierta, especialmente cuando se las contrasta con las letales simplificaciones de los enemigos jurados de esa sociedad, eran todo lo que necesitaba”.

Estas Memorias están bien escritas y ofrecen un retrato complejo y contradictorio de un intelectual muy interesante. Para Hitchens lo personal y lo político son inseparables, y aquí explica una evolución ideológica e íntima. Es un texto paralelo a Amor, pobreza y guerra, y ayuda a entender otras obras de Hitchens: aparecen los mismos temas desde un ángulo algo distinto y dialéctico. Las Memorias son también un libro de viajes e historia, una novela de formación, un panorama del mundo periodístico, una colección de semblanzas de personajes célebres de la literatura y un desfile de disidentes, un tratado sobre la amistad, una polémica y una colección de anécdotas y citas. Hay mucha ironía, algo de orgullo y cierta nostalgia; confesiones y acidez y una tendencia a teorizar sobre los hechos de la vida casi paródica, que produce explicaciones que incluso cuando no se comparten resultan interesantes: Hitchens cree que cómo se piensa es más importante que lo que se piensa, y eso es lo que explica en este libro.

En la imagen, Hitchens. De joven. Con Fenton y Amis. Con su mujer, Carol Blue, que apenas sale en el libro.

 

MARTIN GARDNER

El escritor y matemático Martin Gardner, que luchó infatigablemente contra la seudociencia moderna -las curaciones por la fe, la filosofía new age, los avistamientos de ovnis- y contra el pensamiento mágico de todas las épocas, ha muerto a los 95 años. Entre sus admiradores estaban Nabokov, Stephen Jay Gould, Auden o Sagan.

Aquí, un perfil de James Randi.

Una necrológica en The Washington Post. En The New York Times.
Un perfil en Scientific American.

Y tres juegos matemáticos de Martin Gardner.

En la imagen, Gardner.

 

LOS CUENTOS DEL PERIODISTA

Rodolfo Walsh (Choele-Choel, 1927 – Buenos Aires, 1977) fue escritor, traductor y periodista. Militó en Montoneros, fue uno de los fundadores de la Agencia Latina en Cuba –donde descifró unos mensajes que anunciaban la invasión de Bahía de Cochinos-, creó la agencia ANCLA y fue acribillado por los sicarios de la Junta Militar argentina: su cuerpo nunca se ha encontrado. Walsh decía que tenía prejuicio a favor de la literatura “breve” y otro a favor de la literatura “útil”. 451 Editorial ha recuperado dos de sus reportajes: ‘Operación Masacre’, sobre el fusilamiento de un grupo de civiles en 1956, tras el levantamiento del general Valle, y ‘¿Quién mató a Rosendo?’, que bucea en el sindicalismo peronista. Viviana Paletta se ha encargado de la edición y el documentado prólogo de ‘Cuentos completos’ (Veintisiete Letras, 2010).

‘Cuentos completos’ reúne los relatos que Walsh publicó en cuatro libros –‘Variaciones en rojo’, ‘Los oficios terrestres’, ‘Un kilo de oro’ y ‘Un oscuro día de justicia’-, y otros que aparecieron en revistas y compilaciones.  Muestra la evolución literaria de Walsh –especialmente en el caso de ‘Las tres noches de Isaías Bloom’, del que se incluyen dos versiones- y reúne narraciones muy distintas: hay cuentos tempranos que recuerdan a Borges; historias de campo y militares e incluso breves textos fantásticos, pero predominan los relatos policiales. Aunque las tres historias de su primer libro, ‘Variaciones en rojo’, son más bien clásicas, poseen habilidad e ingenio; el tono bordea la parodia y el detective es un corrector de pruebas. Walsh empleó el nombre del corrector para firmar otros relatos, como los que protagoniza el comisario Laurenzi: son más costumbristas, humanos y crepusculares, y reflexionan sobre la justicia y sus errores.

Los cuentos más ambiciosos de Walsh mezclan la inquietud social y política con una prosa brillante y la búsqueda de la originalidad formal: es el caso de ‘Fotos’ y ‘Cartas’, donde la transcripción del habla popular y una técnica de collage construyen un mundo íntimo y un panorama histórico, y de ‘Esa mujer’, un relato excepcional y abrupto donde un militar y un periodista hablan del cadáver de Eva Perón, que embalsamó el aragonés Pedro Ara. El mismo gusto por la experimentación aparece en otra de las grandes piezas del libro, ‘Nota al pie’, donde el texto marginal se convierte en el elemento principal del relato, y documenta el aprendizaje y el agotamiento de un traductor.

La violencia es otra de las constantes del libro, y un elemento esencial de un ciclo de tres cuentos ambientados en un internado católico: ‘Irlandeses detrás de un gato’, ‘Los oficios terrestres’ y ‘Un oscuro día de justicia’, en el que un cura obliga a los chicos boxeen entre sí, y un alumno sueña con que su tío Malcolm vaya al colegio y dé una paliza al sacerdote. El cuento se basa en las experiencias de Walsh, pero, como otros textos del autor, es también una alegoría sobre la venganza y la justicia, y sobre la seducción y la fragilidad de los héroes.

Rodolfo Walsh. Cuentos completos. Edición y prólogo de Viviana Paletta. Veintisiete Letras. Madrid. 644 páginas.

Esta reseña apareció en Artes & Letras. En la imagen, Walsh.

 

LUZ Y TAQUÍGRAFOS

En el número de mayo de la revista Letras libres.

A LA CARA

Christopher Hitchens escribe:

A menudo se dice que los legisladores franceses que buscan repudiar el uso del velo o el burka –lo que depende de que la prenda cubra ‘sólo’ la cara o todo el cuerpo femenino- intentan imponer una ‘prohibición’. Al contrario, están tratando de levantar una prohibición: una prohibición del derecho de la mujer a elegir su propio vestido, una prohibición del derecho de las mujeres a estar en desacuerdo con la autoridad masculina y religiosa, y una prohibición del derecho de todos los ciudadanos a mirarse a la cara. La propuesta de ley es acorde con las mejores tradiciones de la república francesa, que declara a todos los ciudadanos iguales ante la ley y –lo que no es menos importante- la igualdad de unos frente a otros.

En la puerta de mi banco en Washington, DC, una inscripción me pide eliminar toda forma de ocultamiento de mi rostro antes de entrar en el edificio. El anuncio no me aburre o me agota explicando el razonamiento que hay detrás: una persona que irrumpiera con una máscara incurriría en la presunción correcta y adecuada de culpabilidad. Esta presunción debe operar en el resto de la sociedad. Yo rechazaría indignado cualquier trato con un enfermero, médico o maestro que escondiera su rostro, por no hablar de un inspector fiscal o funcionario de aduanas. ¿Dónde estaríamos sin palabras como ‘¿Qué tienes que esconder?’ o ‘¿Por qué no das la cara?’

Ah, pero la exigencia particular y especial para aplicar una exención al velo y el burka se aplica únicamente a las mujeres. Y también se aplica únicamente a las prácticas religiosas (y, a menos que tontamente finjamos ignorarlo, sólo a una práctica religiosa). Esto dice de inmediato todo lo que se necesita saber: se pide que la sociedad abandone una inmemorial tradición de igualdad y apertura con el fin de satisfacer una fe, una fe que tiene un historial muy cuestionable con respecto a las mujeres.

Permite que haga una simple pregunta a los pseudoprogresistas que adoptan una línea suave con el velo y el burka. ¿Qué pasa con el Ku Klux Klan? Tristemente célebre por su capucha y su historia reaccionaria, esta banda se dedica y siempre se dedicó a defender la pureza protestante y anglosajona. No niego el derecho del KKK a adoptar ese punto de vista basado en la fe, que está protegido por la Primera Enmienda de la Constitución de los EE.UU.. Incluso podría llegar a decir que, en un encuentro protegido por la policía, legalmente podrían ocultar sus rostros desagradables. Pero no voy a dejar que un hombre o una mujer con capucha dé clases a mis hijos, o haga fila en el banco delante de mí, o conduzca mi taxi o autobús, y nunca habrá una ley que diga que tengo que hacerlo.

Hay objeciones menores a la cara cubierta o al manto que cubre el cuerpo. Este último ha sido a menudo utilizado por terroristas masculinos -no sólo religiosos, sino también matones comunes- para ocultarse y escapar. También ha sido utilizado para ocultar las horribles lesiones infligidas a mujeres maltratadas. Es incompatible, debido a su efecto sobre la visión periférica, con actividades como conducir un coche o dirigir el tráfico. Esto lo elimina de la esfera privada de la toma de decisiones y lo convierte en un peligro para los demás, así como una ofensa a la urbanidad democrática ordinaria que depende de frases como ‘Me alegro de verte.’

Se podría objetar que en algunas sociedades a las mujeres musulmanas no se les permite conducir en primer lugar. Pero eso sólo reafirmaría mi segundo argumento. Todas las críticas anteriores serían válidas si las mujeres musulmanas estuvieran tan apasionadamente comprometidas a usar el burka como un hombre integrante del Klan a ponerse un manto blanco y puntiagudo en la cabeza. Pero, de hecho, no tenemos ninguna garantía de que las mujeres musulmanas lleven el burka o el velo por propia elección. Hay una gran cantidad de pruebas en sentido contrario. Madres, esposas e hijas han sido amenazadas con ser rociadas de ácido, con asesinatos de honor, o palizas feroces, si no adoptan el atuendo humillante que les ordenan sus hombres.  Por esta razón, en muchas sociedades musulmanas, como Túnez y Turquía, ese aspecto encerrado es ilegal en los edificios gubernamentales, escuelas y universidades. ¿Por qué los europeos y los estadounidenses deben, quizá para acomodar a los inmigrantes musulmanes, adoptar la norma de los más atrasados y primitivos estados musulmanes? El burka y el velo, sin duda, son la señal más agresiva de la negativa a integrarse o acomodarse. Incluso en Irán se requiere solamente cubrir el pelo, y desafío a cualquiera a encontrar cualquier autoridad en el Corán que justifique el ocultamiento de la cara.

No es que tuviera la menor importancia que el Corán dijera lo contrario. La religión es la peor excusa posible para cualquier excepción a la ley común. Los mormones no pueden ser polígamos, la mutilación genital femenina es un delito federal en este país, y en algunos estados seguidores de la ciencia cristiana se enfrentan al procesamiento si niegan la atención médica a sus hijos. ¿Nos atrevemos a sermonear a los franceses por declarar simplemente que todos los ciudadanos y residentes, cualquiera que sea su lealtad confesional, deben ser capaces de reconocerse unos a otros en la más clara acepción de esa palabra universal?

Así que es realmente muy simple. Mi derecho a ver tu cara es el comienzo, como tu derecho a ver la mía. A continuación, pero no de forma menos importante, está el derecho de las mujeres a dar la cara, que fácilmente supera al de sus familiares varones o de sus imanes a decidir lo contrario. La ley debe estar de forma decisiva del lado de la transparencia. Los franceses no sólo dan un golpe a favor de la libertad, la igualdad y la fraternidad, sino también de las mujeres”.

He tomado la imagen aquí.