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Daniel Gascón

HÉROES

 

Dos agonías acapararon buena parte de la atención informativa en España la semana pasada. En los dos casos, se trataba de dos personas que habían puesto su vida en peligro por voluntad propia y mero afán exhibicionista. Uno de ellos terminó en tragedia: el alpinista mallorquín Tolo Calafat falleció en el Himalaya. El otro, el torero madrileño José Tomás, se salvó.

Y era imposible no estar al corriente. Los medios nos han obsequiado con todo tipo de informaciones sobre la cogida, el tratamiento, el mito de José Tomas. La prensa seria ha ofrecido titulares detallados: “José Tomás tiene perfecta movilidad y sensibilidad en la pierna corneada. El torero tendrá que esperar a que baje la inflamación de la pelvis para poder andar”. Históricos: “Quince cogidas en la trayectoria de José Tomás, la primera fue en su bautismo en Aguascalientes”. Homenajes a La cucaracha: “José Tomás vuelve a caminar”. Patrióticos: “La evolución de José Tomás sorprende a los médicos mexicanos”. Sobrecogedores: “José Tomás ignora aún que estuvo al borde de la muerte por la cogida”. Tranquilizadores: “José Tomás ya puede sentarse”.

No me interesan los toros, y menos todavía José Tomás: no me gusta su lado místico, y creo que hay algo pornográfico en su gusto por el peligro. No encuentro la belleza del espectáculo, pero no tengo una opinión clara en el debate sobre la prohibición. No me convence el enfoque político y folclórico que se ha dado al asunto en Cataluña, donde hay más afición a los toros que en otros lugares y donde no se han querido prohibir los toros de calle, como mínimo igual de bárbaros que los de plaza. Pero también me parece un disparate que los toros sean un “bien cultural”, o que se den premios de artes a toreros, como se ha hecho este año en Castilla y León con el Viti. (El año pasado Paco Camino y José Tomás devolvieron sus Medallas de Bellas Artes al ministerio de Cultura después de que se le concediera una a Francisco Rivera Ordóñez: es como si un escritor devolviera el Premio Nobel porque no le gusta el siguiente. Yo creo que los toreros no son artistas, y que los dos diestros demostraron un gigantesco desprecio por la distinción: ¿habrían devuelto un premio que de verdad se respeta, como el gordo de lotería, si el ganador del año siguiente les hubiera caído mal?)

Hay algo muy parecido entre las cogidas de los toreros y los regresos de los alpinistas heridos. Se parecen los recibimientos, y el morbo de las cogidas al de las hipotermias, los edemas, los dedos y las partes de la cara congelados. Tiene algo de culto al martirio, pero parece que no se congela la lengua, porque Oiarzabal ha criticado la actuación de una alpinista coreana, responsabilizándola de la muerte de Calafat, y después ha matizado de forma inquietante:

Yo soy una persona que ha tratado muchos años con coreanos, sobre todo con Um Hong-Gil (segundo coreano en lograr los 14 ochomiles) y con Gi, la primera coreana que intentó hacer los catorce y que se mató precisamente en el Annapurna en 1999. Y el problema es que ellos tienen una actitud ante la vida y la muerte totalmente distinta a la nuestra.

Ni los toreros ni los alpinistas son héroes. Están más cerca de los protagonistas del programa Jackass, que asumían retos como comer excrementos o prenderse fuego. Aunque la definición del DRAE es circular, un héroe, creo yo, debe hacer algo por los demás. Un montañero actual no es un investigador, alguien que descubra algo por primera vez y para todo el mundo, ni alguien que defienda principios esenciales como la libertad o la justicia. Escala porque quiere, por su propio placer (a diferencia de los toreros y otros deportistas, que a veces reciben dinero público pero al menos proporcionan placer a los espectadores). Arriesgar la vida no es un valor en sí: casi nadie ha dicho que David Carradine muriera como un héroe. Cuando un fumador entusiasta supera un cáncer de pulmón, el estado no le manda unos cartones de tabaco a su casa para reconocer y sufragar su épico combate con la naturaleza. Lo mínimo sería que se pagara él mismo los cigarrillos. Pero los alpinistas piden que les compremos los cigarrillos entre todos.

El alpinismo está mucho mejor visto que los toros porque no tiene ese evidente elemento de crueldad. Hace unos meses el alpinista jacetano Carlos Pauner declaraba:

[El montañismo] También es un buen modelo para la juventud. Los montañeros son como los últimos héroes de nuestro tiempo. Para alcanzar lo que se proponen invierten un montón de esfuerzo e ilusión. Si estando el montañismo de moda, se logra que los jóvenes pongan ese mismo esfuerzo e interés en todo, pienso que es bueno. Además, en Aragón no es sólo que estemos viviendo un momento dulce, sino que el Gobierno aragonés está haciendo una apuesta muy importante por la montaña, y eso ayuda.

¿En qué puede ser un buen modelo para la juventud? Yo estoy a favor del esfuerzo y la ilusión, pero no creo que sean fines: se pueden hacer con esfuerzo e ilusión cosas muy malas, como robar, estafar o exterminar. Lamento el fallecimiento de Calafat y el dolor de sus familiares y amigos. Pero no creo que unos señores que se juegan la vida alegremente, pierden partes del cuerpo, sufren un tremendo estrés emocional, y reciben subvenciones y financiación por ello sean un buen ejemplo para nadie.

 El alpinismo posee también una aureola épica y mística a mi juicio ideológicamente discutible: en él hay algo inhumano, de buscar a Dios y huir de los hombres; de exclusión, porque la gracia es que uno suba donde otros no han subido; y la montaña es un símbolo querido de todos los pensadores totalitarios. Es un deporte fieramente competitivo que no ofrece ningún espectáculo, y el espíritu solidario y fraternal del que se habla en ocasiones parece un mito: “Con cinco millones de presupuesto, [la alpinista coreana Oh Eun Sun] no ha puesto un puto metro de cuerda” para salvar a Calafat, ha dicho Oiarzabal, que añadió que había ofrecido 6.000 euros a los sherpas de Oh para que ayudaran a  su compañero. Pauner ha sido ha dicho que el sherpa Dawa, que intentó salvar a Calafat, es “un héroe anónimo”, pero la palabra “anónimo” es reveladora (y sólo parcialmente inexacta): desde fuera, me incomoda esa separación entre sherpas y deportistas que parece de otra época.

La buena prensa del alpinismo produce tonterías a escala del Himalaya, como que el gobierno de Aragón decidiera subvencionar a Pauner por subir 14 picos de más de 8.000 metros de alto. La página web del propio Pauner declara: “Aragón, como pais de bellas montañas, merece estar en el Himalayismo de élite, de vanguardia [sic]”, lo que parece indicar que a Pauner y al gobierno aragonés se les dan mejor los saltos lógicos que la escalada. La página dice también:

Este ambicioso proyecto, tiene como objetivo alcanzar las 14 cimas más altas de nuestro planeta: Los conocidos como " 14 ochomiles", únicas montañas que superan esa mítica altura, situadas en las cordilleras del Himalaya y del Karakorum. (…)

Aragón, país de montañas, ha tenido y tiene magníficos alpinistas, con cuyo esfuerzo y dedicación se han conseguido algunas de estas altas cumbres, pero ningún aragonés ha conseguido culminar este proyecto y todavía son muchos los "ochomiles" que están esperando ser escalados por primera vez por un miembro de esta comunidad, entre ellos gran parte de los más famosos y relevantes.[sic]

Si Pauner logra subir esas montañas, ni siquiera sería el primer ser humano, español, europeo, etcétera... que realizara ese logro: sería, simplemente, el primer aragonés. Es decir: el gobierno aragonés subvenciona a un aragonés para que sea el primer aragonés en hacer algo que no tiene ningún interés. Si de verdad se trata de dar publicidad a Aragón, sería mucho mejor que subiera Marcelino Iglesias, que como fue monitor de esquí podría bajar las montañas divinamente. No pienso que los alpinistas quieran enriquecerse a costa de los demás, pero creo que, como todo el mundo, deberían pagarse sus vicios. Por lo que a mí respecta, prefiero seguir los consejos de Georges Brassens, y limitarme a hacer “un poco de alpinismo sobre el monte de Venus”.

He tomado la imagen aquí.

 

COMISIÓN

Cuenta The Wall Street Journal:

“La semana pasada, Irán obtuvo un asiento en la Comisión de la ONU sobre la Condición Jurídica y Social de la Mujer, cuya misión es ‘establecer estándares globales y formular políticas concretas para promover la igualdad de género y el progreso de la mujer en todo el mundo.’ Podemos considerar este episodio otro ejemplo de la ONU en acción.

Se nos dice que la victoria de Irán se debió a una falta de competencia. Que el cielo impida que la comisión deje sin cubrir una vacante, en vez de elegir a un régimen que anunció hace poco que arrestaría a las mujeres bronceadas, y que ha culpado de los terremotos a la vestimenta femenina provocativa.

Éstos son sólo los atropellos más recientes, pero no los más graves. El mundo –al parecer, al igual que el ‘principal organismo de Naciones Unidas para la creación de políticas’ para obtener la igualdad de derechos entre los sexos- se ha acostumbrado a que Teherán niegue a las mujeres el derecho a elegir a sus propios maridos, el derecho a la protección contra la violencia, y el derecho a solicitar la custodia de sus hijos en caso de divorcio. La muerte por lapidación por ‘adulterio’ es otra de las contribuciones de la Revolución Islámica a favor del progreso de la mujer. El Código Penal de Irán no reconoce la violación como un delito distinto, y permite que un hombre asesine a su esposa y a su amante si los captura en el acto, según Freedom House.

Así que no es coincidencia que las mujeres activistas hayan estado a la vanguardia del movimiento a favor de la democracia en Irán. Tienen mucho que ganar y menos que perder con la liberalización. Según el grupo iraní Feminist School, entre julio de 2008 y febrero de 2009 se detuvo en Irán a 68 mujeres activistas contra la discriminación, mucho antes de que las elecciones fraudulentas de junio pasado sumaran a otros grupos al movimiento democrático del país.

Las mujeres iraníes, sin duda, pueden oler el fraude. Sólo hay que tener en cuenta la carta que se opone al nombramiento de Irán en la Comisión, que han firmado 214 activistas iraníes que luchan por los derechos de la mujer, tanto dentro del país como en el exilio, y que han respaldado grupos como ‘Mujeres bajo la ley islámica.’ La carta advierte que ‘el gobierno iraní sin duda aprovechará esta oportunidad para restringir el progreso y los avances de la mujer.’

Poner fin a la clase de pesadillas que viven las mujeres iraníes fue precisamente lo que Eleanor Roosevelt tenía en mente en 1946, cuando leyó una carta abierta a ‘las mujeres del mundo’ que ayudó a inspirar la comisión de mujeres de la ONU. Sus objetivos eran elevados y siguen conservando toda su importancia. La realidad, tal como la ha practicado la ONU, ha sido distinta”.

He tomado la imagen aquí.

 

REBELIÓN EN LA GRANJA

REBELIÓN EN LA GRANJA

Escribe Christopher Hitchens, en la introducción de una nueva edición de Rebelión en la granja:

“Rebelión en la granja, como su autor escribió más tarde,  ‘fue el primer libro en el que traté, con plena conciencia de lo que estaba haciendo, fundir el propósito político y el artístico en un todo’. Y de hecho, sus páginas contienen una síntesis de muchos de los temas que hemos llegado a considerar  ‘orwellianos’. Entre ellos se encuentran su odio a la tiranía, su amor por los animales y la campiña inglesa, y una profunda admiración por las fábulas satíricas de Jonathan Swift. A esto se podría añadir el vivo deseo de Orwell de ver las cosas desde el punto de vista de la infancia y la inocencia: había deseado durante mucho tiempo la paternidad y, por temor a ser estéril, había adoptado un niño pequeño, no mucho antes de la muerte de su primera esposa. El subtítulo en parte irónico de la novela es  ‘Un cuento de hadas’, y Orwell se alegró mucho cuando amigos como Malcolm Muggeridge y Sir Herbert Read le dijeron que sus hijos habían disfrutado con el libro.

Al igual que gran parte de su obra posterior –y de forma más conspicua la novela mucho más sombría Mil novecientos ochenta y cuatro- Rebelión en la granja fue producto de la participación de Orwell en la guerra civil española. En el transcurso de ese conflicto, en el que había luchado en el bando antifascista y había resultado herido y luego expulsado de España por los partidarios de Stalin, sus experiencias le convencieron de que la mayoría de la opinión de  ‘izquierda’ estaba equivocada, y de que la Unión Soviética era una nueva forma de infierno y no una utopía emergente. Describió la génesis de la idea en una de sus dos introducciones del libro:

. . . en los últimos diez años he estado convencido de que la destrucción del mito soviético es esencial si queremos un renacimiento del movimiento socialista. A mi regreso de España, pensé en exponer el mito soviético en una historia que pudiera ser fácilmente entendida por casi todo el mundo. . . Sin embargo, los verdaderos detalles de la historia no se me ocurrieron hasta que un día (por entonces vivía en un pueblo pequeño) vi a un niño pequeño, de tal vez diez años de edad, conduciendo un enorme caballo de tiro a lo largo de un sendero angosto, azotándolo cada vez que intentaba girar. Se me ocurrió que si estos animales se dieran cuenta de su fuerza no tendríamos  ningún poder sobre ellos, y que los hombres explotan a los animales de una forma bastante parecida a cómo el rico explota al proletariado.

Me puse a analizar la teoría de Marx desde el punto de vista de los animales.

La simplicidad de este concepto es engañosa en muchos sentidos. Mediante la realización de tal tarea, Orwell decidía involucrarse en un debate complejo y amargo sobre la revolución bolchevique en Rusia: en la época una cuestión mucho más controvertida que hoy. Rebelión en la granja puede entenderse mejor si se aborda bajo tres apartados diferentes: su contexto histórico, la lucha en torno a su publicación y su posterior adopción como un arma cultural importante en la guerra fría, y su actualidad permanente.

El libro fue escrito en el apogeo de la Segunda Guerra Mundial, y en un momento en el que el pacto entre Stalin y Hitler había sido reemplazado abruptamente por una alianza entre Stalin y el imperio británico. Londres sufría los bombardeos nazis, y el manuscrito de la novela tuvo que ser rescatado de los escombros de la casa destruida de Orwell en el norte de Londres.

La forma cínica con que Stalin había cambiado de bando no había sorprendido en absoluto a Orwell, que para entonces estaba acostumbrado a la deshonestidad y la crueldad del régimen soviético. Esto lo colocó en una minoría muy pequeña, tanto en la Gran Bretaña oficial como entre la izquierda británica.

Con algunos leves retoques en la secuencia de los acontecimientos, la acción se aproxima a la suerte de la generación 1917 en Rusia. Así, el gran esquema revolucionario del veterano cerdo Viejo Mayor (Karl Marx) es al principio adoptado con entusiasmo por casi todas las criaturas, lo que lleva al derrocamiento del granjero Jones (el zar), la derrota de los demás agricultores que vienen en su ayuda (las ahora olvidadas invasiones occidentales de Rusia en 1918-19) y la creación de nuevo estado modelo. En poco tiempo, las criaturas más despiadadas e inteligentes –naturalmente, los cerdos- tienen a los otros animales bajo su dictadura y viven como aristócratas.

Inevitablemente, los cerdos discuten entre ellos. Las fuerzas sociales representadas por los diferentes animales son fácilmente reconocibles –Boxer, el caballo noble, como la encarnación de la clase obrera; el cuervo Moisés como la Iglesia Ortodoxa rusa- al igual que son identificables los animales que encarnan los diferentes cerdos. La rivalidad entre Napoleón (Stalin) y Bola de Nieve (Trotski) termina con el exilio de Bola de Nieve y el intento posterior de borrarlo de la memoria de la granja. Stalin había ordenado el asesinato de Trotski en el exilio menos de tres años antes de que Orwell comenzara a trabajar en el libro.

Algunos de los detalles más pequeños son meticulosamente exactos. Debido a las exigencias de la guerra, Stalin había hecho varias concesiones oportunistas. Había puesto a la Iglesia Ortodoxa Rusa a su lado, para vestir mejor el traje patriótico, y abolió el viejo himno socialista  ‘La Internacional’, por ser demasiado provocativo para sus nuevos aliados capitalistas en Londres y Washington. En los animales de granja, se permite que Moisés el cuervo vuelva a cantar cuando la crisis se profundiza, y se dice a las pobres cabras y caballos y gallinas explotados que su amada canción  ‘Bestias de Inglaterra’ ya no debe cantarse.

Hay, sin embargo, una omisión muy importante. Hay un cerdo Stalin y un cerdo Trotski, pero ningún cerdo Lenin. Del mismo modo, en Mil novecientos ochenta y cuatro sólo encontramos un Gran Hermano Stalin y un Emmanuel Goldstein Trotski. Nadie parece haber señalado esto en su momento (y si se me permite decirlo, nadie más que yo lo ha hecho hasta ahora; me llevó años darme cuenta de lo que me estaba mirando a la cara).

Es aleccionador considerar lo cerca que estuvo esta novela de permanecer inédita. Tras sobrevivir a los bombardeos de Hitler, el bastante maltratado manuscrito fue enviado a la oficina de TS Eliot, por entonces importante editor en Faber & Faber. Eliot, que tenía una amistosa relación superficial con Orwell, era un conservador político y cultural, por no decir reaccionario. Pero, tal vez influenciado por la alianza de Gran Bretaña con Moscú, rechazó el libro porque le parecía demasiado  ‘trotskista’. También le dijo a Orwell que su elección de los cerdos como gobernantes era desafortunada, y que los lectores podrían sacar la conclusión de que lo que se necesitaba era  ‘más cerdos con espíritu público’. La negativa no fue quizá tan fatua el rechazo que Orwell recibió de Dial Press de Nueva York, que solemnemente le informó de que las historias sobre animales no tenían mercado en Estados Unidos. Y esto en la tierra de Disney. . .

La solidaridad en tiempos de guerra entre los conservadores británicos y los comunistas soviéticos encontró otro partícipe en la labor de Peter Smollett, un alto funcionario del Ministerio de Información que más tarde fue expuesto como agente soviético. Smollett se encargó de desaconsejar la publicación a ciertos editores, por lo que a Rebelión en la granja también se le negó un sitio en las reputadas empresas de Víctor Gollancz y Jonathan Cape. Durante un tiempo Orwell consideró publicar el libro en privado con la ayuda de su amigo y radical poeta canadiense Paul Potts, en lo que habría sido un ejemplo pionero de samizdat o autoedición antisoviética. Incluso llegó a escribir un airado ensayo, titulado  ‘La libertad de prensa’, para incluirlo como introducción: un ensayo que no fue descubierto e impreso hasta 1972. Finalmente, el honor de la industria editorial fue salvado por la pequeña compañía Secker & Warburg, que en 1945 editó una versión con una tirada muy pequeña, por la que pagó 45 libras a Orwell.

Podría haber sucedido que la historia terminase así, como un petardo mojado, pero dos acontecimientos posteriores dieron a la novela su lugar en la historia. Un grupo de socialistas ucranianos y polacos, que vivían en campamentos de refugiados en la Europa de posguerra, descubrió un ejemplar del libro en inglés y la vio como una alegoría casi perfecta de su propia experiencia reciente. Su líder  y traductor (que había aprendido el inglés por su cuenta) Ihor Sevcenko encontró una dirección de Orwell y le escribió para pedirle permiso para traducir Rebelión en la granja al ucraniano. Le dijo que muchas de las víctimas de Stalin se seguían considerando socialistas, y no confiaba en que un intelectual de derechas expresara sus sentimientos.  ‘Les afectaron profundamente escenas como esa en la que los animales cantan ‘Bestias de Inglaterra’ en la colina... Reaccionaron vivamente a los valores ‘absolutos’ del libro’. Orwell aceptó conceder los derechos de publicación de forma gratuita (lo hizo para las ediciones posteriores en muchas otras lenguas de Europa del Este). Es emocionante imaginar a aguerridos ex soldados y prisioneros de guerra, que habían sobrevivido a todas las privaciones del frente oriental, conmovidos por la imagen de los animales de una granja británica que cantan su propia versión de la descartada  ‘Internacional’, pero también es un temprano ejemplo del poder que el libro iba a tener en sus lectores. No fue tan fácil conmover a las autoridades militares estadounidenses en Europa: reunieron todos los ejemplares de Revolución en la granja que pudieron encontrar y se los entregaron al Ejército Rojo para que los quemaran. La alianza entre los granjeros y los cerdos, tan inolvidablemente descrita en las páginas finales de la novela, todavía estaba en vigor.

Pero en la escena final parcialmente áspera, por lo general mejor recordada por la forma en que los hombres y los cerdos se han convertido en indistinguibles, Orwell predijo, como en otras ocasiones, que la amistad ostensible entre el este y el oeste no sobreviviría mucho tiempo la derrota del nazismo. La guerra fría, una expresión que Orwell fue el primero en emplear por escrito, pronto creó una atmósfera ideológica muy diferente. Esto a su vez condicionó la recepción de Rebelión en la granja en EE.UU. En un primer momento rechazada en Random House por el simpatizante comunista Angus Cameron, fue rescatada del olvido por Frank Morley, de Harcourt, Brace, que durante su visita a Inglaterra había quedado impresionado por un encuentro fortuito con la novela en una librería en Cambridge. La publicación contó con dos golpes de suerte: Edmund Wilson escribió una reseña muy favorable en el New Yorker, comparando el talento satírico de Orwell con la obra de Swift y Voltaire, y el Club del Libro del Mes lo puso en una selección principal, lo que dio lugar a una tirada de casi medio millón de copias. Sin hacer caso a la estupidez de Dial Press, la compañía Walt Disney se acercó con una propuesta de una adaptación cinematográfica. No se hizo, aunque más tarde la CIA produjo y distribuyó una versión de Rebelión en la granja con fines propagandísticos. Cuando Orwell murió, en enero de 1950, poco después de terminar Mil novecientos ochenta y cuatro, al fin había logrado una reputación internacional y tenía que publicar reiteradas descargas de responsabilidad ante la utilización de su obra por parte de la derecha estadounidense.

Probablemente la frase más conocida de la novela es la negación por parte los cerdos de la consigna original que declara que  ‘Todos los animales son iguales’, a través de la idea posterior de que  ‘Algunos animales son más iguales que otros’. A medida que el comunismo en Rusia y Europa del Este tomaba cada vez más la apariencia de un nuevo sistema de clases, con privilegios grotescos para la élite gobernante y una mediocridad aplastante en la existencia de la mayoría, el efecto moral de la obra de Orwell -tan fácil de comprender y traducir, exactamente como él había esperado- se convirtió en una de las muchas fuerzas incalculables que minaron el comunismo como sistema y como ideología. Poco a poco, el mismo efecto se propagó en Asia. Recuerdo a un amigo comunista que me llamó por teléfono desde China, cuando Deng Xiaoping anunció las  ‘reformas¡ que iban a inaugurar lo que hoy conocemos como el capitalismo chino.  ‘Los campesinos deben hacerse ricos’, el líder del partido anunció,  ‘y algunos se harán más ricos que otros’. Mi amigo llamaba para decir que tal vez Orwell tenía parte de razón, después de todo. Hasta ahora, Rebelión en la granja no ha sido publicada legalmente en China, Birmania o el desierto moral de Corea del Norte, pero un día aparecerá en esos tres lugares, donde sin duda será recibida con el shock de reconocimiento que todavía puede inspirar.

En Zimbabwe, mientras el imperio de la camarilla cleptocrática de Robert Mugabe se volvía cada vez más exorbitante, un periódico de la oposición aprovechó la oportunidad para reproducir por entregas Rebelión en la granja. Lo hizo sin comentarios, salvo que una de las ilustraciones mostraba al dictador Napoleón con las gafas de carey características del propio líder de Zimbabwe. Una bomba voló poco después la redacción del periódico, pero dentro de poco los niños de Zimbawe también podrán apreciar este libro.

En el mundo islámico, muchos países siguen prohibiendo Rebelión en la granja, aparentemente a causa de su énfasis en los cerdos. Es evidente que esto no puede ser toda la razón -aunque sólo fuera porque la facción porcina no sale muy favorecida- y bajo el despotismo teocrático de Irán el libro está prohibido por razones que tienen que ver con su mensaje de  ‘revolución traicionada’.

Hay una cualidad intemporal, incluso trascendente, en este pequeño cuento. Se captura cuando el Viejo Mayor habla a su público de animales callados y tristes y agotados de un tiempo pasado, cuando las criaturas creían en un mundo sin amos, y cuando recuerda en sueños las palabras y la melodía de una semiolvidada canción libertaria. Orwell sentía un gran afecto por la tradición protestante inglesa, y tomó de John Milton su frase favorita para justificarse: ‘Por las reglas conocidas de la antigua libertad’. En todas las mentes -quizá especialmente en las de los niños- hay una sensación de que la vida no siempre tiene que ser de esta manera, y los sobrevivientes desnutridos de Ucrania, en respuesta a la autenticidad de los versos y a algo  ‘absoluto’ en la integridad del libro, estaban escuchando la poderosa frase de Milton, al margen de que la comprendieran completamente o no.

George Orwell.

 

DIBUJOS ANIMADOS

Escribe Nina Shea:

“La censura en Comedy Central de un reciente episodio de South Park después de las amenazas por una caricatura de Mahoma es la última prueba de que Occidente está rindiéndose, institución por institución, a difusas pero resueltas exigencias para suprimir cualquier cosa que pueda ser condenada como blasfemia contra el Islam.

Estas exigencias son nuevas –empezaron en 1989, con la fetua del ayatolá Jomeini contra Salman Rushdie- y son poco comprendidas por el Oeste. Hay mucho más en juego que un profano e intencionalmente crudo programa de dibujos animados.

La controversia comenzó el 14 de abril, cuando, en el episodio 200 de la serie, los creadores, Matt Stone y Trey Parker, decidieron emplear a personajes polémicos, sobre todo celebridades, de su pasado –‘todos los que [nos han molestado] a nosotros’, como Parker explicó a la prensa. En el episodio, estos personajes amenazan con presentar una demanda colectiva contra la ficticia localidad de South Park a menos que la ciudad pueda llevar a Mahoma ante ellos: en un anterior episodio de South Park, una imagen de Mahoma fue censurada y las celebridades creen que pueden robar el misterioso poder del profeta para estar libre del ridículo.

En varios momentos en el episodio, la figura de Mahoma es tachada, oculta en un remolque mientras los lugareños debaten sobre la forma de sacarla a la luz y, finalmente, disfrazada con un traje de oso. El público lo escucha, pero nunca ve su rostro. Mientras tanto, Jesús mira pornografía, Buda esnifa cocaína.

Un grupo neoyorquino llamado Revolution Muslim publicó rápidamente un mensaje en su página web que parece incitar a la violencia contra Stone y Parker. Se ‘advierte’ que ‘probablemente terminarán como Theo van Gogh por difundir este programa’, aclarando cualquier posible duda con una foto del cineasta holandés después de que fuera asesinado por un fanático musulmán en 2004. También incluye fotos de Stone y Parker y direcciones de su compañía de producción, así como imágenes de Ayaan Hirsi Ali, Salman Rushdie, Kurt Westergaard, y otros que han sido objeto de fetuas por supuesta blasfemia. Hay una superposición de audio del terrorista estadounidense Anwar al-Awlaki leyendo una fatwa contra la blasfemia: ‘Dañar a Alá y su mensajero es una razón para alentar a los musulmanes a matar a quien lo hace.’

Para el episodio 201, Comedy Central aumentó la autocensura, sustituyendo con pitidos de audio no sólo cada mención de la palabra ‘Mahoma’, sino también los discursos con los que toda Parker y Stone tenían la intención de concluir la historia -discursos que, irónicamente, hablaban de mantenerse firmes frente a la intimidación. En palabras de la revista Hollywood Reporter, esto hizo todo el episodio ‘prácticamente incomprensible.’
Mientras South Park insulta a los musulmanes junto con casi todos los demás, sus creadores recibieron una amenaza de muerte no sólo por insultar, sino porque al parecer había cometido una blasfemia contra el Islam, un delito por el que la muerte ha sido el castigo tradicional. Revolution Muslim específicamente denuncia el ‘sacrílego’ tratamiento del profeta y su ‘burla’ de la prohibición islámica que impide enseñar su cara por medio ‘del vacío legal’ del disfraz de oso.

Respetar las leyes islámicas de la blasfemia no es poca cosa. Puesto que el islam es un complejo sistema de creencias que se refiere a todos los ámbitos de la vida, en los regímenes islámicos no se pueden discutir grandes grupos de ideas que se debaten normalmente en Occidente. El difunto ex presidente de Indonesia y distinguido estudioso islámico Abdurrahman Wahid observó que las leyes islámicas sobre la blasfemia aplicadas bajo la coacción ‘estrechan los límites del discurso aceptable en el mundo islámico, e impiden a muchos musulmanes pensar ‘fuera de la caja’ no sólo acerca de la religión, sino sobre vastas esferas de la vida, la literatura, la ciencia y la cultura en general’.

En Occidente, los extremistas ya han reaccionado violentamente a las declaraciones que especulaban sobre el vínculo entre la doctrina islámica y la violencia (el discurso del Papa Benedicto XVI en Ratisbona); ante las protestas por el abuso de las mujeres por parte de algunos musulmanes (Submission, de Van Gogh y Hirsi Ali), ante el uso del Corán en una obra de ficción (Los versos satánicos de Rushdie), ante las explicaciones del islam a los judíos (Hijos de Abraham de Khalid Durán), ante las críticas a la ley de la lapidación en Sudán (un relator especial de la ONU), y ante la ficcionalización del matrimonio del profeta con una niña de nueve años de edad (The Jewel of Medina de Sherry Jones). Es sólo una pequeña muestra.

Luego está el efecto del miedo. Debido a las amenazas a los otros, Yale University Press, Random House, el Museo Metropolitano de Arte y otros han abandonado sus planes de publicar o mostrar ideas e imágenes sobre el islam. Incluso el británico Index of Censorship admitió que el miedo motivó su decisión de no publicar las caricaturas danesas en un artículo que criticaba la decisión de Yale University Press de no publicar las caricaturas danesas en su ‘definitivo’ libro sobre el tema.

El resultado es que ahora Younis Abdullah Muhammad, director de Revolution Muslim, se ha unido a Parker y Stone en el equipo de creativos de South Park. Comedy Central se suma a Yale University Press, Random House y el Museo Metropolitano de Arte en la lista de las instituciones occidentales que dejarán a los extremistas islamistas tomar decisiones acerca de lo que puede mostrar y decir. En una entrevista en febrero que abordaron la censura en torno a las caricaturas danesas, incluso en South Park, Stone dijo al Huffington Post: ‘Los caricaturistas, gente que hace sátira, no estamos en el Ejército, no vamos a ser reclutados, y este es el momento de ponerse de pie y hacer lo correcto. Y a ver al New York Times, a Comedy Central, y a todo el mundo, diciendo: “No, no vamos a hacerlo, porque en el fondo tenemos miedo de que nos pongan una bomba” apestaba. Me llevé un gran chasco.’ A menos que resistamos a esta intimidación, esto será sólo el comienzo”.

He tomado la imagen aquí.

 

VELOS

En el blog de Letras libres.

PSEUDOCIENCIA Y LIBELO

 

Escribe Nick Cohen:

“Hace un año, fui a un pub de Londres para hablar en una reunión por la causa de la reforma, aparentemente condenada al fracaso, de la ley del libelo. Simon Singh había escrito un artículo que era cierto e importante acerca de los peligros de la terapia charlatana de curación quiropráctica. Luego, como tantos autores y editores antes que él, se enteró de la ley inglesa no protegía sino que perseguía el argumento honesto, y que estaba en problemas.

La Asociación Quiropráctica Británica lo demandaba por decir que no había ‘ni un ápice de evidencia’ de que sus miembros pudieran ayudar a niños enfermos mediante la manipulación de la columna vertebral de los bebés, como decían las enseñanzas de un curandero estadounidense más chalado de lo normal.

Las sociedades bien gestionadas no defienden a hombres que ganan dinero de los padres preocupados y, más gravemente, engatusan a sus hijos con falsas ‘curas’. En su sabiduría, sin embargo, el juez Eady decidió que la ley iba a intervenir para acallar un debate sobre salud pública y dictaminó que no sería suficiente para Singh mostrar que no hay prueba fiable de que los supuestos tratamientos funcionaran, lo que de entrada a Singh le resultaría difícil porque no la había. Puesto que Singh había escrito que la asociación quiropráctica ‘promueve alegremente tratamientos falsos’, el juez dijo que tenía que saltar la barrera infranqueable de demostrar que los terapeutas estaban mintiendo y no sólo engañados, y afrontar costes de 500.000 libras o más, si no lo conseguía

Yo esperaba un asunto sombrío y no esperaba que mi contribución elevara la moral. Describí cómo el poder judicial había permitido a Robert Maxwell, Roman Polanski, Khalid bin Mahfouz y a muchos criminales reales o sospechosos utilizar una ley partidista y prohibitivamente cara para silenciar a sus críticos. Lejos de deprimirse, el público se convirtió en una masa palpitante de frikis furiosos, que rugía de ira y juró que no descansaría hasta derribar el sistema podrido El movimiento ‘escéptico’  había acudido en ayuda de Singh. Ahora estaba bajo la custodia de protección de los hombres y mujeres, que, con caras serias, se presentaban con los títulos de sus blogs: ‘Hola, soy el Rengo’.

‘Jack de Kent, encantado de conocerte, me encanta lo que escribes. Este es el Vigilange de Holford , Zenón, Jago, y creo Charlatanómetro ha ido a pedir una ronda.’
Desconcertado por su determinación, le dije a Ben Goldacre, demoledor de la pseudociencia en todas sus fraudulentas formas: ‘Los nerds están en marcha. No me gustaría entrometerme en su camino.’ Una mirada extrañamente mística pasó por el rostro del gran desmitificador. ‘Sí’, dijo. ‘Aplástanos, llegaremos a ser más poderosos de lo que puedes imaginar’.

Sólo más tarde me di cuenta de que eso es lo que Obi-Wan Kenobi le dice a Darth Vader en Star Wars y que el punto de referencia cultural más elevado del movimiento escéptico era una película B de los 70. No debería haberme burlado. Y tampoco debería haberlo hecho el establishment inglés.

Un año después, el caso de Singh ha hecho que el Tribunal de Apelación expida la defensa de la libertad de exprexión más resonante de los últimos tiempos. Los jueces de alto nivel, que antes no parecían distinguir entre John Milton y Milton Keynes, han citado ‘Areopagitica’  y han limitado de forma considerable la capacidad de los abogados para censurar el debate científico. La AQB se ha dado cuenta de que no podía esperar para ganar y ha retirado la demanda. Los liberales, los laboristas y los conservadores han respondido a una protesta que se estaba convirtiendo en un movimiento popular y han incluido compromisos para reformar la ley del libelo en sus programas electorales. No estamos allí todavía, pero una causa perdida se ha convertido en una cuestión nacional.

El crédito por momentos como éste siempre debe repartirse. Singh es el que más lo merece. Miles de personas que se han enfrentado a la posibilidad de una demanda por difamación se han autocensurado o han dado marcha atrás.

Singh decidió mantener firmemente su posición y defender la tradición de la libertad británica, que en general no ha sido hecha por revoluciones y cartas de derechos sino por hombres y mujeres que, al enfrentarse a una injusticia, se han negado a bajar la cabeza ante ella. Su abogado, Robert Dougans, produjo un alegato brillante que convenció a los jueces de alto nivel de mirar hacia el espíritu libre de la ley estadounidense en lugar de las tradiciones más autoritarias de Europa. Sense About Science, Index on Censorship y Pen han organizado una campaña de reforma de libros de texto que ejerció presión en el Parlamento y ha movilizado a académicos preocupados. Y después de ver a Dara O Briain, Robin Ince y Dave Gorman dedicar su tiempo a la causa desinteresadamente y sin queja, me juré a mí mismo  que nunca volvería a meterme con los actores que se meten en política.

Sin embargo, la energía y la novedad de la campaña provenían de los escépticos conectados por la red. Un día después de que los quiroprácticos presentaran al juez su argumento de que podían ayudar a los niños enfermos, los científicos lo habían desmontado piedra a piedra en internet hasta reducirlo a un montón de escombros.

Mientras tanto, sus aliados rastreaban las páginas web de cada quiropráctico en Gran Bretaña que afirmaba que podían tratar a los niños asmáticos e informaban al funcionario local encargado. Cada audiencia y reunión pública estaba llena de gente con una férrea convicción en la importancia del método científico y la actuación basada en la evidencia. Los escépticos están menos interesados en lo que se piensa que en cómo piensan.

Hay una superposición con el ateísmo más firme que siguió 11S. Al igual que los ateos, los escépticos tratan como condescendiente y despreciable la cínica creencia moderna que postula que no se debería examinar la religión o las medicinas alternativas, porque los ingenuos y los desinformados hallan consuelo en ellas. Pero uno no necesita ser ateo para ser escéptico, se limita a comprometerse con el libre examen de las pruebas. Esta modesta ambición es sorprendentemente potente.

Los políticos que apoyaron la reforma de la ley del libelo tienen una red inteligente y comprometida detrás de ellos. Sospecho que los políticos que todavía quieren defender nuestras irracionales leyes sobre medicinas o tratamientos alternativos en el sistema de seguridad social descubrirán que se enfrentan al implacable escrutinio de oponentes igualmente inteligentes y comprometidos. Mi esperanza después de la victoria de Singh es que sólo los temerarios quieran recibir la paliza que se han llevado los quiroprácticos.”

Aquí otro texto de Nick Cohen sobre el tema. En la imagen, Singh.

 

MORDAZAS Y COLONIALISMO

 

Este fin de semana se ha estrenado en España Nadie sabe nada de gatos persas, donde el cineasta iraní Bahman Ghobadi cuenta la historia de dos jóvenes que intentan montar un grupo de rock en Teherán. La película le producía estas impresionantes reflexiones al crítico de El País, Jordi Costa:

A Ghobadi le producen una comprensible repulsa los mecanismos de censura y control ideológico del Gobierno iraní. Resulta desconcertante que no le provoquen ni la más mínima inquietud los síntomas de colonialismo cultural que se perciben tanto en la obra musical de sus personajes como en la propia gramática visual de su película.

El destino, muy puñetero en las películas de tan acusado corte ideológico, priva a los personajes de poder comprobar, en una hipotética secuela, que en Occidente entran en juego otras mordazas, menos visibles, pero no necesariamente más sutiles.

La película defiende la libertad –supongo que eso es el “tan acusado corte ideológico”- y muestra la escena musical de Teherán. Le preguntaron a Ghobadi qué le llevo a hacer la película:

Censura, represión y presión: son las cosas que me llevaron a la película. Intentaba hacer otra película desde hacía tres años, pero el gobierno me lo ponía muy difícil y no daba permiso para ello. Me quedaba en casa y no podía hacer nada: era una lucha día tras día. A menudo pensaba en el suicidio. Finalmente, hice las maletas, quería irme de Irán.

Entonces, sin embargo, un amigo me dijo: “Eso es exactamente lo que quiere el sistema. Quieren que te vayas y no trabajes. Si quieres luchar con esto, tienes que quedarte y hacer algo. Si no puedes hacer películas, haz otra cosa; ve a estudiar música. Te encanta la música; haz algo con ese mundo”.

Ahora Ghobadi –que acaba de tener una polémica con Abbas Kiarostami, que dice que nunca ha visto nada bueno de los iraníes que han dejado su país- ya no vive en Irán. La coguionista de la película, Roxana Saberi, estuvo encarcelada en la prisión de Evin por acusaciones de espionaje. En una entrevista, Ghobadi contaba:

El 2 de junio, mis amigos me dijeron: “No vayas al aeropuerto”. Quería ver a mi madre, a mis amigos. Fui a Irán por la parte kurda de Irak. Entré 200 kilómetros, pero cerca de Kurdistán los Ettela’at [Ministerio de Inteligencia y Seguridad Nacional de Irán] me pillaron. Me cubrieron los ojos y me metieron en un camión. Creo que estuve en Hamadan, luego en Teherán. Creo que querían tenerme escondido porque pensaban que si los kurdos sabían que yo estaba allí, podría causarles problemas con sus planes para la elección presidencial.

El director Jafar Panahi está detenido desde el 1 de marzo a causa de su apoyo a las protestas por el fraude en las pasadas elecciones.

Por usar la expresión de Jordi Costa, a mí me resultan desconcertantes muchas cosas de su crítica: la equivalencia moral entre el fundamentalismo islámico que rige todos los órdenes de la vida y la democracia -una palabra que Costa evita; prefiere hablar de "capitalismo terminal"-, que al menos no nos obliga a pedir permiso por cantar o escribir ni nos encarcela ni nos mata por protestar en la calle o por ser homosexuales, y que no obliga a todas las mujeres a llevar chador; la falta de discriminación entre tiranía y democracia; su repentina defensa de unas esencias culturales (¿sabe que el cine lo inventaron unos franceses? Quizá entonces sólo tendrían que hacer películas los franceses) que además son falsas (la revolución islámica ha intentado eliminar tradiciones anteriores); lo de las mordazas (¿le han puesto una a Jordi Costa?); y, por supuesto, su idea de sutileza. ¿Piensa, además, el crítico que la libertad y la opresión son sólo tradiciones culturales, y que si a uno le toca vivir en una tradición no puede salirse de ella?

Pero hay algo que desgraciadamente no me ha sorprendido: como los escritores que critican que un dogma medieval mutile el pensamiento y las mujeres que defienden su libertad, los cineastas que hacen películas en países teocráticos y denuncian que no pueden hacer el cine que quieren, o que la gente necesita un permiso del gobierno para tocar su música, o que una mujer sola no puede cantar ante una audiencia mixta, tienen la suerte de que siempre hay un crítico occidental, moderno y progresista, que les alerta de los peligros del colonialismo, y de paso les dice cómo deben ser las películas que tienen que hacer.

En la imagen, los protagonistas de la película.

 

ACTORES Y DISIDENTES

En la revista Letras Libres.