Blogia

Daniel Gascón

HACIA OTRO VERANO

1.

“Cuando conocí a Janet Frame, estaba considerada, con dos libros bajo el brazo, la escritora más prometedora que había habido en Nueva Zelanda desde Katherine Mansfield. Nacida en una familia de clase obrera en la pequeña ciudad de Oamaru, en la Isla del Sur, había estado ingresada en un célebre manicomio en los acantilados cercanos a Dunedin a los 21 años, y le habían diagnosticado una esquizofrenia crónica. Habría de acostumbrarse a las insituciones mentales, de manera intermitente, durante los diez años siguientes, y escapó por los pelos a una lobotomía (que su madre había aprobado) porque la rama del PEN de Nueva Zelanda le entregó un premio por el libro de relatos La laguna, lo que impresionó a los médicos lo suficiente como para que se replanteasen el diagnóstico.

En 1956 huyó a Inglaterra para escapar de un pasado siempre desgraciado y a veces aterrador. Fue aquí, cinco años más tarde, donde nos conocimos; pero hasta el año 2000, cuando apareció la estupenda biografía de Michael King, no supe que nuestro encuentro cambió el curso de la vida de Frame. La novela póstuma Towards Another Summer, que acaba de aparecer, cuenta su versión de lo que sucedió.”

(Geoffrey Moorhouse)

2.

“Europa tiene que romper el problema de su mala conciencia y su visión roussoniana de Evo Morales, que es terriblemente perniciosa, y juzgarlo por si es buen o mal presidente, independientemente de su color. Bolivia es un país con una gran presencia indígena. Desde un punto de vista étnico y racial, si usamos el término, podemos pensar que el 45% de los bolivianos son indígenas. Pero ésa es una lectura inaceptable. Juzgar las características de un país por su origen étnico lleva al peligro de suponer que tienes que hacer una Constitución para los indígenas y entonces hacer lo que se intenta combatir: una Constitución con un plus indígena y no en la búsqueda de la igualdad. El principio básico de un ciudadano, un voto, la libertad individual y el criterio de la conciencia individual como algo fundamental, creo que es un aporte occidental del cual no debe renegar.” (Carlos Mesa, en una entrevista de Luis Prados)

3.

“Me temo que el manifiesto (de la lengua común) está siendo utilizado como una versión castiza de Los protocolos de los sabios de Sión.” (Manuel Rivas)

“Cuando se quiere acabar con las políticas de discriminación positiva de nuestras lenguas se quiere acabar con nosotros, sus hablantes.” (Suso de Toro, en un reportaje de J. A. Aunión)

Los protocolos, un fraude elaborado a partir de plagios y supercherías para justificar los pogromos contra los judíos en Rusia en 1905, alimentaron el antisemitismo europeo, sirvieron a los nazis para justificar la persecución y el asesinato de judíos, y todavía se imprimen como un documento auténtico en numerosos países musulmanes. Creo que no es el mismo uso, y por otra parte me parece que los impulsores del manifiesto por una lengua común , un texto que no dice una palabra contra las lenguas cooficiales, no pretendían exterminar -ni siquiera metafóricamente- a los hablantes de gallego, catalán o euskera, como sugiere Suso de Toro.

Debe de ser la famosa retranca gallega.

EL SOLDADO Y SUS REHENES

EL SOLDADO Y SUS REHENES

La semana pasada, El País tuvo en la portada de su edición digital a tres novelistas durante tres días. También aparecieron en la portada de la edición en papel. Son tres escritores importantes y publican en Alfaguara. Creo que daban unas charlas. Las organizaba la Fundación Santillana.

Jesús Ruiz Mantilla escribía las crónicas de las lecciones de los novelistas a calzón quitado: “Vargas Llosa imparte su magisterio”, “Arturo Pérez-Reverte se enrola en la tropa literaria de infantería”, titulaba. La más espectacular fue la que glosaba la conferencia del creador de Alatriste. Hace años que Pérez-Reverte ha iniciado una lucha sin cuartel contra el establishment, pero ni el establishment ni la realidad se dan por enterados. Pérez-Reverte es famoso, tiene muchísimos lectores y la crítica lo apoya: sus novelas ocupan mucho espacio en los suplementos literarios, y desde el principio de su carrera ha estado en las colecciones que recogían las obras más destacadas de su generación. Sus libros se llevan al cine, es académico y goza de una consideración literaria superior a la de muchos novelistas que se dedican a la novela histórica o de aventuras. Sin embargo, habla desde una indignación permanente y difusa, como si resistiera él solo frente a una estupidez generalizada y asfixiante. También se aprovecha de un fenómeno extraño: cuando uno dice una tontería enfadado y con mucha contundencia, hay quien cree que desvela, por fin, la verdad. Hace unos meses, este hombre, que reprochó a Francisco Umbral que su cobardía física le impidiera solucionar sus diferencias a puñetazos cuando el autor de Mortal y rosa superaba los setenta años, daba ciertas muestras de delirio en una entrevista:

“Estoy harto de corderos que se dejan degollar. Harto de que todos los sinvergüenzas se hagan solidarios, de tanto cantamañanas, de tanta demagogia. No voy a dejarme matar. Sé que no voy a cambiar nada, pero lo que no se puede hacer es el silencio de los corderos. No dependo de Aznar, ni de Zapatero ni de González, y si un día me echan de este país, me voy a Francia, escribo allí, o en Italia o en Argentina. Puedo hacerlo en cualquier sitio, mentarle la madre a quien sea sin esconderme. Ésa es la libertad que me da lo que he hecho hasta ahora. Y me encanta lo de morir matando. Hay que morir matando.”

Nada hace pensar que vayan a echar a Pérez-Reverte de España. Después de todo, no es un inmigrante ilegal. En concreto, esa entrevista promocionaba el lanzamiento de la Biblioteca Arturo Pérez-Reverte, que recoge toda su obra. Y esas declaraciones son repugnantes si tenemos en cuenta que en el mundo hay escritores y periodistas que tienen que abandonar su país de verdad, o que se juegan la vida por lo que escriben. Pero la manera de pensar de Pérez-Reverte parece contagiosa. El otro día a Ruiz Mantilla se le colaban expresiones propias del novelista en su crónica: no sé si se trata del estilo indirecto libre o de una abducción. Escribía:

“No fueron fáciles sus comienzos. Allá por 1986, cuando publicó El húsar, el panorama literario español estaba lobotomizado por críticos y grupillos a los que el escritor dedicó una rica lista de epítetos: ‘Imbéciles y caratintas analfabetos cuya memoria empezaba ayer, que perdonaban la vida a Conrad y Stevenson, parásitos iletrados y esnobs que estuvieron a punto de haber dejado España sin lectores por los años ochenta’.

La lista de epítetos debió ser rica, pero el atributo “lobotomizado” es del articulista. Resulta enternecedor que un hombre que tiene el éxito de Pérez-Reverte se acuerde de algún crítico que lo puso mal hace más de 20 años. El húsar salió en Akal, no fue una autoedición; dos años después, Mondadori publicó La tabla de Flandes. Y yo no tengo tan claro que sea cierto lo que dice Reverte, que para denigrar a los que critican su escritura suele acusarles de no haber leído a los clásicos. Fernando Savater había reivindicado mucho antes al Stevenson más lúdico; mi madre me leía La isla del tesoro por las noches en 1985; el autor de El club de los suicidas y Conrad fueron dos de los prosistas preferidos de Borges, uno de los nombres clave en la formación de muchos narradores de los 80. En esos años nacieron editoriales, periódicos y revistas literarias, publicaban autores muy distintos y preocupados por contar historias, desde Ignacio Martínez de Pisón y Eduardo Mendoza a Cristina Fernández Cubas y Juan Marsé. Seguían en activo muchos narradores de generaciones anteriores y hacía unos años que habían surgido escritores como José María Conget, Javier Tomeo, Enrique Vila-Matas o Javier Marías. Sin embargo, Ruiz Mantilla presenta este panorama general:

“Eran los tiempos en los que se valoraba la pedantería y la paja mental intensa. Todavía impermeables al eclecticismo que empezaron a romper autores como él”.

La pedantería y la paja mental intensa, dice el cronista, sin dar nombres ni justificar nada (ni siquiera la diferencia entre una paja mental intensa y una distendida), antes de escribir una frase que no comprendo bien: Los tiempos eran impermeables al eclecticismo. Autores como Pérez-Reverte empezaron a romper el eclecticismo. ¿Pérez-Reverte acabó con el eclecticismo ante el que los tiempos eran impermeables? Aunque quizás lo más sorprendente sea la lista de lecturas que esa época menospreciaba, según dice el novelista, con el aplauso de un entregado Ruiz Mantilla. Son las mismos que ahora guían a Pérez-Reverte, el outsider:

“’Busco en Stendhal, Homero, Conrad, Dickens, Virgilio, Dumas, Mann, Conan Doyle, Dostoievski, Stevenson, pero también en gente tan maltratada como Agatha Christie y John Le Carré. Y hasta en Ken Follett buscaría si me hiciera falta’, aseguró”.

Me parece bien que Pérez-Reverte se inspire en esos autores, pero no sé si Homero y Stendhal son exactamente los referentes de un iconoclasta. Por otra parte, como medio de legitimación artística es dudoso: siempre está la posibilidad de que a uno le guste mucho Cervantes pero no consiga escribir una novela como El Quijote. A mí, por ejemplo, me parece que Arshavin e Iniesta juegan bien, pero no regateo ni paso como ellos. Cuando pierdo el balón no les digo a los de mi equipo: “Es que no habéis visto jugar a Arshavin”. La primera tirada de nombres está compuesta de clásicos indiscutibles, y muertos. No pueden contestar y Pérez-Reverte los utiliza de rehenes. Agatha Christie también está muerta. A mí no me importaría que me maltratasen tanto como a ella o a John Le Carré, un hombre que ataca la democracia siempre que tiene oportunidad. La última frase parece una chulería, pero esa manera de dejar a Follet en suspenso tiene algo de echarse atrás.

Yo ya había leído ese lenguaje cuartelero, esas mentiras y esa inverosímil impresión de agravio permanente del creador de Alatriste. El periodismo cultural es propaganda muchas veces, pero no me gusta que el cronista se zambulla con tanto entusiasmo en ese discurso. Ayer con un amigo hablábamos de cómo podría sorprendernos de verdad Pérez-Reverte. Imaginábamos que saludaba educadamente y decía: "Soy un hombre afortunado. Tengo millones de lectores, muchos más que otros escritores mejores que yo, gano mucho dinero escribiendo, tengo un barco y vivo en un país democrático en el primer mundo. Muchas gracias a todos".

Una imagen de la película Alatriste.

 

EL TERCER VIAJE DE FRANK BASCOMBE

EL TERCER VIAJE DE FRANK BASCOMBE

 

“Acción de Gracias” (Anagrama, 2008) es la tercera parte de una trilogía, después de “El periodista deportivo” (Anagrama, 1990) y “El Día de la Independencia” (Anagrama, 1997). Richard Ford (Jackson, Mississippi, 1944) cuenta las andanzas de Frank Bascombe, un hombre meditabundo y marcado por la muerte de su hijo, que deja la literatura para convertirse en periodista deportivo y, más tarde, en agente inmobiliario. Pero sobre todo cuenta lo que le pasa por la cabeza a Frank: su gusto por la vida tranquila, y su tendencia a dudar, divagar y generalizar, su manera de relacionarse con los que le rodean y su forma resignada de protegerse de la fatalidad.

“Acción de Gracias” es un libro lento, que alterna páginas llenas de descripciones y reflexiones con ráfagas de humor y violencia. Aunque regresa al pasado algunas veces, transcurre a lo largo de tres días de noviembre de 2000, mientras Frank prepara una comida familiar y se produce el recuento de las elecciones presidenciales en Florida: tiene 55 años y vende casas en Nueva Jersey; está tratándose un cáncer de próstata; su segunda mujer lo ha dejado; su empresa va bien pero su empleado, un budista tibetano, quiere montar su propio negocio; su hijo Paul sale con una chica manca y su hija Clarissa acaba de cambiar a su novia por un hombre de la edad de Frank.

Bascombe conduce entre las poblaciones de la costa de Nueva Jersey. Es un paisaje que le recuerda su vida pasada, lleno de conocidos, antiguas novias y casas que ha vendido, y donde la muerte parece estar más cerca que nunca. El cementerio es uno de los escenarios de la novela, Frank está enfermo y su primera mujer se ha quedado viuda. Otras veces, la amenaza llega desde fuera: Bascombe lee la crónica de un asesinato en una escuela; se entera de que ha habido una explosión en un hospital; se pelea y más tarde se encuentra en medio de un tiroteo. Frank medita sobre su vida y las tragedias íntimas de los demás, pero también se pregunta cómo nos verán las generaciones posteriores. Las catástrofes que le amenazan funcionan alegóricamente: la manera de vivir de su país también está expuesta al desastre.

Frank es un personaje impertinente, a veces antipático, y una de las grandes invenciones de Ford. Nos acostumbramos a su forma de mirar, a su manera de ocultar el dolor y la trascendencia, de espiar las frases y las reacciones de los demás. Ese filtro desdibuja la acción y esconde la trama: aunque parece que no pasa casi nada, hay acontecimientos inverosímiles y episodios superfluos: una petición de matrimonio de una ex mujer, un reencuentro con una ex novia que no lo reconoce, la huida de su segunda mujer. A veces Ford describe las cosas con demasiado detalle. Explica minuciosamente las fluctuaciones del mercado inmobiliario de Nueva Jersey, aunque algunas de las ciudades sean reales y otras inventadas. Esa exhaustividad da un aspecto de fabricación al relato: se parece más a lo que escribiría un reportero que a lo que pensaría un comercial inmobiliario. Pero “Acción de Gracias” también tiene muchas observaciones emocionantes y perspicaces sobre las cosas que importan y nuestro miedo a perderlas.

Richard Ford. Acción de Gracias. Traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama, 2008. 731 páginas.

Esta reseña apareció en Artes & Letras el 5 de junio. En la imagen, Asbury Park, en Nueva Jersey, uno de los escenarios de la novela.

LOS ESCRITORES

LOS ESCRITORES

 

Algunos escritores dicen que no tienen amigos escritores y que viven al margen del mundo literario. Los periodistas culturales copian sus declaraciones con entusiasmo, y en los perfiles destacan esa soledad como si tuviera algún valor. Si no existiera el mundo literario -o el “circo literario” y a veces directamente “cenáculos”, que suena todavía peor por su final escatológico- esos periodistas tendrían que dedicarse a vender cds piratas.

Ese aislamiento casi nunca es cierto, y por otra parte no constituye ninguna virtud: que un autor lo reivindique suele ser un indicador negativo. He pasado con escritores muchos de los momentos más felices de mí vida y me parece bastante normal que un escritor tenga amigos que se dediquen al mismo oficio. Todas las profesiones generan afinidades, y además la literatura es una gran conversación. Uno siempre escribe solo, pero con los demás descubre cosas de libros que ha leído y conoce otros que no ha leído, aprende cómo escriben los otros y en qué cosas se fijan, se ríe y tiene más ideas para escribir otras cosas. Además, los escritores no compiten entre sí: que otro autor sea leído beneficia a todos. Estar solo conduce a la amargura, al egocentrismo y a la locura, y en cambio los amores, las amistades y las enemistades literarias han ayudado a que existan obras maravillosas.

Hay millones de ejemplos. Uno de los más famosos es el de Ezra Pound, que pulió La tierra baldía de T. S. Eliot. Vargas Llosa se peleó con García Márquez, pero antes le dedicó una tesis doctoral. La amistad de Borges y Bioy Casares enriqueció los libros que escribieron juntos y por separado. En el entierro de Saul Bellow Philip Roth empezó a pensar en Elegía, y años antes una chica de la que él había estado enamorado se había terminado casando con el autor de Las aventuras de Augie March. Me encantan las cartas que recoge Italo Calvino en Los libros de los otros. Me gusta estar con escritores, y que los escritores que me gustan tengan amigos escritores: me gusta que Christopher Hitchens le haya dedicado Dios no es bueno a Ian McEwan, o que defendiera a Salman Rushdie cuando los integristas islámicos lo condenaron a muerte, y los católicos y los relativistas culturales exigían respeto para los fanáticos. O que Ignacio Martínez de Pisón utilice en Dientes de leche una historia que le contó Félix Romeo. E incluso me gustan los encuentros frustrados de escritores. Por ejemplo, a Chéjov le impresionó la defensa de Dreyfus que hizo Émile Zola, e inició una campaña contra el antisemitismo que le trajo muchos problemas, pero cuando se conocieron apenas pudieron cruzar unas palabras porque no tenían un idioma común.

Esos escritores que se aíslan se presentan como una especie en extinción. Algunos, como Goytisolo, se siguen considerando marginales (aunque cada dos semanas el diario más vendido les deje que exhiban su supuesto ostracismo en página impar) y exiliados (aunque curiosamente se refugien de una democracia en un país con muchas menos libertades). Otros, como el otro día Carlos Ruiz Zafón, dicen que no hay "nada en ese mundo" que pueda interesarles, y que el talento está en otra parte:

“El 99% de la mejor narrativa que se hace hoy, de la literatura de calidad, de la gente profesional sin pretensiones ni pedantería ni pose, de la que de verdad sabe construir personajes e historias, o sea, de los que de verdad saben escribir, está en la televisión o en el cine, pero sobre todo en la primera. Gente con ambición, oficio y talento ya prácticamente no está trabajando en literatura. Ésta se ha convertido en un gueto de mediocridad, de aburrimiento, de pretensión y de pose. (...) La televisión es hoy el equivalente a las cuadras de Shakespeare”

No sé si no consigo interpretar la última frase, si hay un error de transcripción del periodista -a lo mejor pensando en “corrala”, que habría sido incorrecto en cualquier caso- o si es una de las pocas frases verdaderamente originales que ha acuñado el novelista. Pero el párrafo que he citado es triste por varias razones: es falso, porque en la literatura, en el cine y en la televisión se hacen muchas cosas horribles y algunas maravillosas, todas distintas entre sí; porque esas formas de exclusión no son excluyentes, y, aunque los medios audiovisuales tengan un poder narrativo impresionante, también hay muchos lugares a los que llegan mejor las palabras.

También es un comentario demagógico que busca halagar a algunos lectores de Zafón que no consumen habitualmente literatura: que no se preocupen, no se pierden nada. No sólo prácticamente toda la literatura es mala y aburrida, sino que también es pretenciosa, y se aleja de las buenas gentes. Según el autor de La sombra del viento, ha conquistado el aprecio de los lectores porque “están muy por delante del comentario oficial de la crítica, ese búnker de los años setenta que se ha quedado clavado y al que la gente le ha pasado por encima. Cualquier lector tiene ahora una cultura cinematográfica, televisiva, del cómic o de la fotografía”. Puede que me equivoque, pero me parece que la mayoría de los críticos literarios en activo comparten esa cultura y pueden interpretar esas referencias y ese modo de contar. El cine tiene más de cien años. No hay muchos críticos en activo que superen su edad y la literatura asume elementos de la forma de narrar del cine desde hace décadas.

Pero lo peor es que, leyendo la entrevista (donde el novelista habla bien de un colega estadounidense), uno tiene la sensación de que ni siquiera un éxito tan extraordinario como el de Zafón anula el resentimiento o la amargura. Un hombre que ha vendido 12 millones de ejemplares se alegra de que desaparezcan las librerías pequeñas y “esnobs” (que enlaza en el imaginario con pretensión y pose), y gasta mucha energía en intentar eliminar a sus posibles competidores.

Si Zafón siguiera siendo guionista, quizás diría que el talento está en la novela o los videojuegos. Los escritores que afirman que el 99% de la literatura es basura siempre se incluyen a sí mismos en el 1% restante. Al leer lo que dice Zafón sobre 40 años de dictadura y 30 de democracia en su ciudad, con todas sus vidas y comedias y conflictos y tragedias (“Desde la Guerra Civil, en Barcelona no ha pasado nada particularmente interesante en ningún aspecto, y desde hace unos años, cero absoluto”), uno tiene la sensación de que cuando algunos autores afirman que no les interesa relacionarse con otros escritores, tampoco les interesa mucho todo lo demás: lo único que les importa es lo que hacen ellos.

En la imagen, Philip Roth y Milan Kundera. La he tomado de The Philip Roth Society.

LIBROS

 

1.

30 festivales literarios del Reino Unido.

2.

Escribe Ligaya Mishan en el blog de libros de The New Yorker:

El bloqueo de escritor no aparece en el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders -la lista oficial de todas las enfermedaades mentales reconocidas por la American Psychiatric Association. Tampoco lo hace su extremo opuesto, la grafomanía, también llamada "la enfermedad de medianoche", cuyos pacientes sufren un impulso obsesivo para escribir. La dolencia merece una entrada, sin embargo, en el Webster’s Mew World Medical Dictionary:

‘La grafomanía puede impulsar a alguien a mantener un diario voluminoso, a garabatear con frecuencia cartas al director, a escribir sobre papel higiénico cuando no hay otra cosa disponible, y puede que incluso a compilar un diccionario’.”

3.

Así habla Junot Díaz.

EL CRÍTICO Y EL FESTIVAL DE CANNES

EL CRÍTICO Y EL FESTIVAL DE CANNES

 

Creo que Carlos Boyero ha escrito las crónicas del Festival de Cannes en El País. Es el crítico de cine estrella del diario. He seguido sus artículos con atención. Entre otras cosas porque me recuerdan a esos emails colectivos que mandan los amigos cuando se van de viaje a Estados Unidos y te cuentan que se compraron un peine en una gasolinera. Y porque pienso en la gente que va reclutada forzosamente a una guerra lejana y horrible, y escribe cartas a sus padres, que se preocupan por si el niño duerme bien, pero a los que les trae sin cuidado de qué va la contienda:

“También me han alojado este año en un hotel lujoso y con pedigrí, cuya salida está poblada a todas horas por inasequibles filas de mirones esperando con ansia la entrada de famosos y de estrellas, sensación que puede llegar a efectos orgásmicos en este paciente público si sus ídolos les saludan y les firman un autógrafo. Y uno se siente como el patito feo cada vez que hace su aparición por aquí, al constatar la desilusión de esa gente al comprobar que yo no soy una personalidad conocida, que sólo es uno que siempre pasa por ahí.”

De este fragmento me interesan la gramática (“público”, “les saludan”, “les firman”; “uno”, “yo”, “uno”), y la humildad (¿de quién es la desilusión?, “uno que siempre pasa por ahí”). El público ansioso, paciente y desgraciadamente ignorante no lo aprecia porque no lo conoce. Y puede que les pase lo mismo a los lectores que quieran saber algo más de las películas. Pero yo me preocupo por lo que le espera al cronista:

“Entre las 23 películas que compiten en la trascendente sección oficial, el cine francés se ha reservado la comprensible tajada del león. Y están los inevitables chinos, aunque afortunadamente esta vez no han abusado en número”.

Y me preocupo todavía más. En el festival de cine más famoso del mundo esperan que los críticos vean películas:

“A diferencia de los programadores con aficiones sádicas que nos machacan en otros festivales con sus horarios imposibles, Cannes mantiene como algo inviolable el ritual de que la primera película de la jornada en la Sección Oficial se proyecte a las legañosas y temibles ocho y media de la mañana y la última a las ya relajantes siete de la tarde. Gracias a lo segundo, en el higiénico convencimiento de que no sólo de cine deben de vivir los críticos, excepto los que tienen una obsesión patológica por tragárselo todo, sino que también hay que permitirles algo tan humano, necesario y lúdico como ir a cenar, hacer risas, hablar de lo divino y de lo humano, saborear mínimamente el ambiente nocturno de Cannes, ofrecerle un festín a la mirada con la abusiva concentración de gente guapa.

Preocupantemente, esos horarios parecen estar cambiando. El domingo no hubo proyección de tarde y el lunes la retrasaron a las diez de la noche, algo que te descoloca mentalmente, contra lo que se rebela tu estómago, que te hace maldecir a los que te dejan sin cenar, sin ese momento mágico que alivia de la paliza mental que supone ver más de 40 películas en 11 días”.

Es absurdo ver tantas películas cuando ya sabes lo que piensas de antemano. Pero a veces merece la pena el esfuerzo y el crítico llega a una síntesis de altura: “Desplechin hace unas cosas muy raras con su cámara para filmar este reencuentro familiar a lo largo de dos horas y media”. En otras ocasiones no. En esos casos lo que se echa de menos es que el periódico no traiga fotografías del crítico viendo la película, o información sobre su tensión arterial y sus pulsaciones. Los textos superan lo que dice Ricardo Piglia –que afirma que la crítica es la forma moderna de autobiografía- y toman cierto aire de informe médico, a veces con aspecto de diagnóstico: “Sin embargo, soy inmune e incluso alérgico a la presumible fascinación que desprenden las películas de la directora argentina Lucrecia Martel”. Y a veces con forma de síntoma: “Por lo demás, no encuentro nada que se pueda narrar. ¿El desarreglo mental de la protagonista será debido a la menopausia?”.

Pero pese a deslices como éste, el crítico tiene un fraseo característico y entrañable (“Se llama Charlie Kaufman”, “un joven director alemán llamado Wim Wenders”, “Se llama Mike Tyson”, “por ese actor que ya está más allá del bien y del mal llamado Sean Connery”, “ese actor intenso y magnético llamado Sean Penn”), y siempre incluye fragmentos de indudable valor informativo. Sobre Che, escribe:

“En su estreno comercial serán dos partes que no se presentarán a la vez, pero como aquí todo se hace a lo bestia y se supone que lo que más amamos los presentes es pasarnos infinitas horas en la butaca y en medio de la oscuridad, la proyectan de un tirón, eso sí, con un agradecible intermedio en el que al igual que en el colegio o cuando nos llevaban los papás a los añorados programas dobles, nos obsequian con una bolsa con el anagrama de Che que contiene un bocadillo, una chocolatina y una botella de agua”.

Aunque este fragmento epifánico es mejor todavía:

“Pero lo más grandioso que me ha ocurrido en la jornada de ayer es tener cenando en la mesa de al lado a un individuo con la cara tatuada, mirada que parece haberse puesto de acuerdo con la vida o al menos resignado, tratando con amorosa delicadeza a una mujer muy joven, negra y preciosa. Su proteica personalidad, su legendaria carrera y su tortuosa vida es una estremecedora película sobre el esplendor y el fracaso, sobre la redención y el derrumbe, la destrucción y la autodestrucción. Se llama Mike Tyson. (…) Yo veo esas manos legendarias, la electricidad que se puede crear en ese cerebro y en esa anatomía y me echo a temblar de que alguien intente abusar de su paciencia. No ocurre nada. No salimos en la crónica de sucesos. Creo no ser mitómano pero tener al lado durante un par de horas a una leyenda de semejante calibre me provoca cierto hormigueo".

A mí, sinceramente, también.

En la imagen de AFP, Asia Argento y los fotógrafos.

LA BROMA DE LOS HERMANOS CHÉJOV

LA BROMA DE LOS HERMANOS CHÉJOV

 

Escribe Donald Rayfield en Antón Chéjov. Una vida, que Plot Ediciones publicará en castellano próximamente:

1.

Mientras Alexandr se marchaba al campo para pasar un tiempo junto a su rico amigo Leonid Tretiakov, Kolia y Antón decidieron representar a los Chéjov de Moscú con Gavriil Selivánov y el tío Mitrofán en el evento social más destacado que vivió Taganrog ese verano: la boda de su primo Onufri Loboda. Antón llegó con un magnífico sombrero de copa plegable, que no paraba de escaparse a causa del viento durante el trayecto hacia la iglesia. Kolia dibujó una caricatura, y Antón escribió textos burlones. Taganrog nunca olvidó esa boda, ni la caricatura, que se publicó en otoño.

Prudentemente, ni Antón ni Kolia se quedaron durante mucho tiempo después de la boda. Antón tardaría casi seis años en volver a ver su ciudad natal.

2.

En septiembre de 1881, eufórica después de la boda en la familia, la tía Marfa Loboda escribió para felicitar a Antón por sus éxitos. Había sido cruelmente engañada. Taganrog no admiró a Antón por mucho tiempo. La entrega de El espectador (número nueve, cuatro de octubre de 1881) que publicaba el texto sobre el Salon de Variétés contenía una doble página con las malvadas caricaturas de Kolia y el irrespetuoso texto de Antón “Temporada de bodas”. Los Loboda, los Chéjov y Gavriil Selivánov podían ver sus caras dibujadas entre los invitados de boda: un borracho y ruidoso Mitrofán; el novio, Onufri Loboda, calificado como “Tan tonto como un corcho... se casaba por el dinero”; Gavriil Selivánov, como el “tenorio”. El escándalo estalló cuando Alexandr se mudó a Taganrog. Advirtió a Kolia y Antón:

Si valoráis vuestras espaldas, os aconsejo que no vayáis a Taganrog. Los Loboda, Selivánov, sus amigos y sus parientes están verdaderamente furiosos por “La temporada” de El espectador. Aquí ven esa caricatura como la peor ingratitud posible después de la hospitalidad.

Ayer Selivánov vino... con el siguiente discurso:

“Te diré que el comportamiento de Antón y Nikolái es de canallas, y que lo hicieron de mala fe, cogiendo material para sus chistes en casas donde los recibieron como si fueran de la familia... No sé qué he hecho para merecer este insulto”.

Antón permaneció impertérrito: replicó que sentía por todos los ejemplares de los Loboda la misma aversión que ellos sentían por el número dieciocho de El espectador. (...). Probablemente, Mitrofán no se había emborrachado en su vida; leyó El espectador y se sintió traicionado: ¿cómo concordaba esa pulla con las enfáticas declaraciones de amor que Antón había hecho cuatro meses atrás? La tía Marfa tardó años en volver a escribir. Gavriil Selivánov no contestó las cartas de Antón. La cariñosa Lipchka Agali, probablemente la belleza helénica retratada como “la Reina de la fiesta”, también cayó en el silencio. No sería la única ocasión en que los que podía estar más seguros del afecto de Antón se veían avergonzados y humillados en su obra narrativa; Chéjov nunca admitiría, ni mucho menos lamentaría, su explotación.

En la imagen, Antón Chéjov retratado por su hermano Kolia.

BARICCO Y EL NUEVO MUNDO

BARICCO Y EL NUEVO MUNDO

“Los bárbaros” (Anagrama, 2008) es “un ensayo por entregas” en el que Alessandro Baricco (Turín, 1957) intenta analizar un cambio. Muchas voces señalan que las cosas ya no tienen el valor que tenían, que estamos ante el fin de una cultura y llegan los bárbaros. Como en “Next” (Anagrama, 2002), Baricco trata de comprender lo que pasa con brillantez y sentido del humor, y mira las cosas como si las viera por primera vez. Descubre que esa mutación ya está sucediendo, que los bárbaros están entre nosotros y han venido para quedarse.

Analiza los cambios que se han producido en el vino, el fútbol y los libros. La evolución de estas áreas sigue una fórmula común: “con la complicidad de una determinada innovación tecnológica, un grupo humano especialmente alineado con el modelo cultural del Imperio accede a un gesto que le estaba vedado, lo lleva de forma instintiva a una espectacularidad más inmediata y a un universo lingüístico moderno, y consigue así darle un éxito comercial asombroso”. Eso explica que los vinos europeos sean cada vez más parecidos a los estadounidenses; que en el fútbol actual no haya sitio para los artistas, que ralentizan un juego cada vez más rápido, o que la literatura tenga menos influencia aunque se vendan más libros y las ediciones de bolsillo y los regalos de los periódicos permitan una difusión mucho mayor. Pero el gran campamento bárbaro es Google, “lo más parecido a la invención de la imprenta que nos ha tocado vivir”. Y, como la imprenta, Google sepulta muchas cosas anteriores.

En todos los ámbitos, desde la cocina y la música a la democracia, aparecen los síntomas de la desintegración de un modelo cultural elaborado en el Romanticismo. Ese modelo también fue una agresión a la idea de cultura anterior; era producto de un momento histórico determinado, y de la necesidad de justificación espiritual de la burguesía del siglo XIX.

Baricco dice que ha cambiado la idea de experiencia. Los bárbaros escuchan una canción, chatean, comen y siguen las noticias al mismo tiempo: “no es una forma de vaciar de contenido muchos gestos que podrían ser importantes: es un modo de hacer de ellos uno solo, muy importante”. En lugar de buscar el esfuerzo o la profundidad, al bárbaro le interesan la velocidad, la continuidad y la secuencia: el valor de los libros no está en su relación con la literatura sino en su vinculación con otros ámbitos de la vida; en la música no se espera que alguien supere a un autor anterior, sino que suene un poco distinto y un poco parecido; la relevancia de una noticia no reside en su importancia objetiva, sino en su capacidad de generar más noticias.

Algunas tesis de Baricco son más convincentes que otras. El mundo ha cambiado en los dos años que han pasado desde que publicó este ensayo, y eso se nota en un libro escrito con urgencia. Pero “Los bárbaros” está lleno de hallazgos e iluminaciones: Baricco piensa que todos estamos en medio de esa mutación, divididos entre la civilización y la barbarie. Eso no es necesariamente malo; al contrario, es un lugar magnífico porque podemos elegir qué deseamos conservar del pasado y cómo queremos que sea el futuro.

Alessandro Baricco. Los bárbaros. Ensayo sobre una mutación. Traducción de Xavier González Rovira. Anagrama, 2008. 252 páginas.

Esta reseña apareció en Artes & Letras. En la imagen, Alessandro Baricco. Aquí, los artículos en italiano.