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Daniel Gascón

EL SOLDADO Y SUS REHENES

EL SOLDADO Y SUS REHENES

La semana pasada, El País tuvo en la portada de su edición digital a tres novelistas durante tres días. También aparecieron en la portada de la edición en papel. Son tres escritores importantes y publican en Alfaguara. Creo que daban unas charlas. Las organizaba la Fundación Santillana.

Jesús Ruiz Mantilla escribía las crónicas de las lecciones de los novelistas a calzón quitado: “Vargas Llosa imparte su magisterio”, “Arturo Pérez-Reverte se enrola en la tropa literaria de infantería”, titulaba. La más espectacular fue la que glosaba la conferencia del creador de Alatriste. Hace años que Pérez-Reverte ha iniciado una lucha sin cuartel contra el establishment, pero ni el establishment ni la realidad se dan por enterados. Pérez-Reverte es famoso, tiene muchísimos lectores y la crítica lo apoya: sus novelas ocupan mucho espacio en los suplementos literarios, y desde el principio de su carrera ha estado en las colecciones que recogían las obras más destacadas de su generación. Sus libros se llevan al cine, es académico y goza de una consideración literaria superior a la de muchos novelistas que se dedican a la novela histórica o de aventuras. Sin embargo, habla desde una indignación permanente y difusa, como si resistiera él solo frente a una estupidez generalizada y asfixiante. También se aprovecha de un fenómeno extraño: cuando uno dice una tontería enfadado y con mucha contundencia, hay quien cree que desvela, por fin, la verdad. Hace unos meses, este hombre, que reprochó a Francisco Umbral que su cobardía física le impidiera solucionar sus diferencias a puñetazos cuando el autor de Mortal y rosa superaba los setenta años, daba ciertas muestras de delirio en una entrevista:

“Estoy harto de corderos que se dejan degollar. Harto de que todos los sinvergüenzas se hagan solidarios, de tanto cantamañanas, de tanta demagogia. No voy a dejarme matar. Sé que no voy a cambiar nada, pero lo que no se puede hacer es el silencio de los corderos. No dependo de Aznar, ni de Zapatero ni de González, y si un día me echan de este país, me voy a Francia, escribo allí, o en Italia o en Argentina. Puedo hacerlo en cualquier sitio, mentarle la madre a quien sea sin esconderme. Ésa es la libertad que me da lo que he hecho hasta ahora. Y me encanta lo de morir matando. Hay que morir matando.”

Nada hace pensar que vayan a echar a Pérez-Reverte de España. Después de todo, no es un inmigrante ilegal. En concreto, esa entrevista promocionaba el lanzamiento de la Biblioteca Arturo Pérez-Reverte, que recoge toda su obra. Y esas declaraciones son repugnantes si tenemos en cuenta que en el mundo hay escritores y periodistas que tienen que abandonar su país de verdad, o que se juegan la vida por lo que escriben. Pero la manera de pensar de Pérez-Reverte parece contagiosa. El otro día a Ruiz Mantilla se le colaban expresiones propias del novelista en su crónica: no sé si se trata del estilo indirecto libre o de una abducción. Escribía:

“No fueron fáciles sus comienzos. Allá por 1986, cuando publicó El húsar, el panorama literario español estaba lobotomizado por críticos y grupillos a los que el escritor dedicó una rica lista de epítetos: ‘Imbéciles y caratintas analfabetos cuya memoria empezaba ayer, que perdonaban la vida a Conrad y Stevenson, parásitos iletrados y esnobs que estuvieron a punto de haber dejado España sin lectores por los años ochenta’.

La lista de epítetos debió ser rica, pero el atributo “lobotomizado” es del articulista. Resulta enternecedor que un hombre que tiene el éxito de Pérez-Reverte se acuerde de algún crítico que lo puso mal hace más de 20 años. El húsar salió en Akal, no fue una autoedición; dos años después, Mondadori publicó La tabla de Flandes. Y yo no tengo tan claro que sea cierto lo que dice Reverte, que para denigrar a los que critican su escritura suele acusarles de no haber leído a los clásicos. Fernando Savater había reivindicado mucho antes al Stevenson más lúdico; mi madre me leía La isla del tesoro por las noches en 1985; el autor de El club de los suicidas y Conrad fueron dos de los prosistas preferidos de Borges, uno de los nombres clave en la formación de muchos narradores de los 80. En esos años nacieron editoriales, periódicos y revistas literarias, publicaban autores muy distintos y preocupados por contar historias, desde Ignacio Martínez de Pisón y Eduardo Mendoza a Cristina Fernández Cubas y Juan Marsé. Seguían en activo muchos narradores de generaciones anteriores y hacía unos años que habían surgido escritores como José María Conget, Javier Tomeo, Enrique Vila-Matas o Javier Marías. Sin embargo, Ruiz Mantilla presenta este panorama general:

“Eran los tiempos en los que se valoraba la pedantería y la paja mental intensa. Todavía impermeables al eclecticismo que empezaron a romper autores como él”.

La pedantería y la paja mental intensa, dice el cronista, sin dar nombres ni justificar nada (ni siquiera la diferencia entre una paja mental intensa y una distendida), antes de escribir una frase que no comprendo bien: Los tiempos eran impermeables al eclecticismo. Autores como Pérez-Reverte empezaron a romper el eclecticismo. ¿Pérez-Reverte acabó con el eclecticismo ante el que los tiempos eran impermeables? Aunque quizás lo más sorprendente sea la lista de lecturas que esa época menospreciaba, según dice el novelista, con el aplauso de un entregado Ruiz Mantilla. Son las mismos que ahora guían a Pérez-Reverte, el outsider:

“’Busco en Stendhal, Homero, Conrad, Dickens, Virgilio, Dumas, Mann, Conan Doyle, Dostoievski, Stevenson, pero también en gente tan maltratada como Agatha Christie y John Le Carré. Y hasta en Ken Follett buscaría si me hiciera falta’, aseguró”.

Me parece bien que Pérez-Reverte se inspire en esos autores, pero no sé si Homero y Stendhal son exactamente los referentes de un iconoclasta. Por otra parte, como medio de legitimación artística es dudoso: siempre está la posibilidad de que a uno le guste mucho Cervantes pero no consiga escribir una novela como El Quijote. A mí, por ejemplo, me parece que Arshavin e Iniesta juegan bien, pero no regateo ni paso como ellos. Cuando pierdo el balón no les digo a los de mi equipo: “Es que no habéis visto jugar a Arshavin”. La primera tirada de nombres está compuesta de clásicos indiscutibles, y muertos. No pueden contestar y Pérez-Reverte los utiliza de rehenes. Agatha Christie también está muerta. A mí no me importaría que me maltratasen tanto como a ella o a John Le Carré, un hombre que ataca la democracia siempre que tiene oportunidad. La última frase parece una chulería, pero esa manera de dejar a Follet en suspenso tiene algo de echarse atrás.

Yo ya había leído ese lenguaje cuartelero, esas mentiras y esa inverosímil impresión de agravio permanente del creador de Alatriste. El periodismo cultural es propaganda muchas veces, pero no me gusta que el cronista se zambulla con tanto entusiasmo en ese discurso. Ayer con un amigo hablábamos de cómo podría sorprendernos de verdad Pérez-Reverte. Imaginábamos que saludaba educadamente y decía: "Soy un hombre afortunado. Tengo millones de lectores, muchos más que otros escritores mejores que yo, gano mucho dinero escribiendo, tengo un barco y vivo en un país democrático en el primer mundo. Muchas gracias a todos".

Una imagen de la película Alatriste.

 

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2 comentarios

Fernando -

Totalmente de acuerdo, y algo similar, en esencia, le comenté en Santillana, cuando acabó su intervención, que el periodista ¡ojo! sólo recogió en sus aspectos mas anecdóticos. Otras crónicas que he leído caen en lo mismo, ocupándose sólo de la sal gorda... En su conjunto, la intervención tuvo mucha más enjundia.

Enrique -

Chapeau!
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