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Daniel Gascón

BENITO RODRÍGUEZ FERRO (1925-2007)

BENITO RODRÍGUEZ FERRO (1925-2007)

“Hablar de mi padre es lo más difícil para mí. Nunca sé por dónde empezar. Siempre se me vienen a la cabeza imágenes obsesivas y antiguas: avanzamos los dos juntos en una bicicleta hasta la casa donde se había criado, eran tantos hermanos que a los ocho años se fue a servir a A Maceira, llegamos, lo abrazan y me muestra una especie de cobertizo o cuartucho en el que está encerrado un hombre loco al que llaman Ireneo. Al atardecer, vuelve del trabajo con su traje de pana marrón y su ciclomotor con dinamo, y yo lo veo desde el río de lavar o desde la fuente, cuyo fondo está repleto de salamandras. Me echo a correr y le digo: ‘¿Iremos al monte esta tarde?’. Sí vamos, a recoger leña de pino, a deambular por el Campo de A Choca y por los senderos que conducen a las añosas minas de wólfram, a contemplar el bravío mar de Barrañán donde encallaban pequeñas ballenas. Luego, tengo un paréntesis de bruma o de olvido. Quizá si cierro los ojos y me hundo en la nostalgia inmemorial, distingo a mi madre frente al lavadero, al otro lado del fuego y de la bancada con respaldo, leyendo una de sus cartas. Nuestro gato gris, Acuña, había traído una nueva culebra que intentaba huir por el desagüe y mi padre preguntaba con su letra grande y desaliñada: ‘¿Cómo está el rey de la casa?’. El rey de la casa era yo y se me nublaba la vista por las lágrimas. Disimulaba, me hacía el gallito o el fuerte, y decía que se me había metido una mota en los ojos. En invierno, en vísperas de Navidad y en medio de un vendaval asombroso, reaparecía mi padre a la altura de Casa Mareque como un espectro rodeado de ranas con la maleta enorme, una bolsa de caramelos de menta y el traje de pana marrón que tanto me gustaba. Esa noche comíamos naranjas borrachas borrachas, naranjas de sangre, y mi madre no dejaba de llorar. Ni lo acariciaba ni lo abrazaba: se apostaba en un banco de la única habitación de arriba, que era comedor y dormitorio y vestidor, y lo miraba con delicadeza, lo absorbía con los ojos como si fuese una esponja o tierra caliente y rojiza que se embebe de lluvia.”

Antón Castro, El álbum del solitario.

En la fotografía, que hizo Antón Castro, salen Carmen Castro y Benito Rodríguez.

HABITACIONES

1.

Una revista .

2.

Después de explicar con detalle el desdén de los historiadores británicos de la época colonial hacia muchos de los logros hindúes, Amartya Sen escribe en Identidad y violencia: “si estas ‘naciones subordinadas’ se sintieran prisioneras de cierto desafecto hacia el Oeste colonizador, sería algo injusto atribuirlo simplemente a una paranoia autogenerada”.

Sen continúa:

“Y sin embargo los limitados horizontes de la mente colonizada y su fijación con Occidente –tanto en resentimiento como en admiración- deben ser superados. No tiene sentido verse a uno mismo como alguien que (o alguien cuyos ancestros) ha sido mal representado, o maltratado, por los colonialistas: no importa lo que esta identificación tenga de verdadero.

Hay sin duda ocasiones en las que este diagnóstico puede ser bastante relevante. (...) Pero vivir una vida en la que el resentimiento contra una inferioridad impuesta en una historia que ya ha pasado viene a dominar las prioridades de hoy no puede sino ser injusto con uno mismo. También puede desviar la atención de otros objetivos que quienes emergen de las antiguas colonias tienen razones para valorar y perseguir en el mundo contemporáneo.

En realidad, la mente colonizada tiene una obsesión parasitaria con su relación con los poderes coloniales. Mientras que el impacto con una obsesión así puede tomar muchas formas diferentes, esa dependencia general difícilmente puede ser una buena base para entenderse a uno mismo. Como voy a explicar, la naturaleza de esta “autopercepción reactiva” ha tenido efectos de largo alcance en los asuntos contemporáneos. Entre ellos se incluye (1) el estímulo que ha dado a una innecesaria hostilidad a muchas ideas globales (como la democracia y la libertad personal) bajo la equivocada impresión de que son ideas “occidentales”; (2) la contribución que ha hecho a una interpretación distorsionada de la historia intelectual y científica del mundo (incluyendo la de lo que es quintaesencialmente “occidental” y lo que proviene de un origen híbrido); (3) el apoyo que ha dado al crecimiento del fundamentalismo religioso e incluso el terrorismo internacional".

3.

Hitchens y Roth.

4.

Una habitación propia.

LA VIDA CONTAMINADA

LA VIDA CONTAMINADA

Durante la Segunda Guerra Mundial, Ivan Klíma (Praga, 1931) estuvo internado en un campo de concentración nazi. En 1968, cuando los rusos invadieron Checoslovaquia, estaba en el extranjero; ya era un escritor y dramaturgo célebre. Volvió a su país y su oposición al régimen comunista le causó muchos problemas: tenía que publicar en imprentas clandestinas y en el extranjero; le impedían realizar los trabajos para los que estaba cualificado y fue mensajero, asistente de tipógrafo o barrendero.

Estas experiencias aparecen en “Amor y basura” (Acantilado, 2007), una novela sobre la mentira y la culpa, la responsabilidad y “la búsqueda de la libertad incluso en el padecimiento”, que Philip Roth definió como “’La insoportable levedad del ser’ vuelta del revés”, y que cuenta la historia de un escritor al que las sospechas de disidencia han convertido en basurero.

Klíma trata con naturalidad una decena de temas: desde la literatura a la ecología, pasando por el adulterio, el amor a los hijos y la religión. Apenas se habla de política, pero todos los personajes sufren las consecuencias del totalitarismo: “Hacía ya diez años que vivía en una especie de extraño exilio, rodeado de prohibiciones, vigilado por agentes a veces visibles, a veces ocultos y otras veces simplemente imaginarios”, cuenta el protagonista, que habla de sus compañeros de trabajo, un grupo de marginados entre los que se encuentran una belleza venida a menos, un joven enfermo y un viejo capitán que bebe demasiado y diseña inventos delirantes. Está acostumbrado al miedo y los secretos, y siente una ternura que no es capaz de expresar: admira a su padre sin saber decírselo, quiere a sus hijos y no consigue decidirse entre su mujer, Lída, una psicoterapeuta dedicada a salvar a los demás a la que no ama con pasión, y su amante, Darja, una escultora histérica y talentosa por la que siente una fijación erótica.

“Amor y basura” muestra una confusión sentimental, pero también una realidad amputada: el protagonista habla del “yerkish”, un lenguaje de 225 palabras para la comunicación entre los seres humanos y los chimpancés; es la lengua del régimen y sus escritores, y cree que no tardará en convertirse en el idioma de la humanidad. Recuerda su infancia en el campo de concentración, en un periodo en el que casi todos sus conocidos fueron “gaseados como insectos o incinerados como basura”. Al limpiar las calles piensa en la represión del régimen, en los exiliados y los excluidos. Intenta distinguir la verdad y los afectos ante un sistema de mentira institucionalizada, y ante sus propias indecisiones: es un chivo expiatorio pero se siente culpable, y prepara un ensayo sobre Kafka, un autor prohibido por el comunismo y “honrado” que “se incriminó a sí mismo con una acusación perfecta”.

“Amor y basura” es un libro irregular, con momentos brillantes y episodios tediosos, con diálogos estupendos y una prosa ortopédica. La relación del protagonista con su padre, sus amadas y sus compañeros de trabajo resulta más interesante que sus banales reflexiones filosóficas, que restan potencia al retrato de un hombre normal angustiado por las persecuciones y la falsificación de la realidad para justificar un crimen. Sus problemas recuerdan a los de los personajes de Kafka, pero también a los de Kundera, Norman Manea o Pedro Juan Gutiérrez, y a la situación de demasiada gente.

Ivan Klíma. Amor y basura. Traducción de Judit Romeu Labayen. Acantilado. 277 páginas.

Este artículo apareció en Artes & Letras el 29 de noviembre. En la imagen, Ivan Klíma.

HOMOSEXUALES EN IRÁN

En septiembre de este año el presidente de Irán Mahmud Ahmadineyad declaró en la Universidad de Columbia que no había homosexuales en Irán. Ahmadineyad, que financia a grupos terroristas, también ha afirmado que hay que “borrar del mapa” el estado de Israel y ha restringido todavía más la libertad de la población femenina de su país, que vive secuestrada desde que se produjo la Revolución Islámica en 1979.

La legislación iraní, que se basa en una interpretación conservadora de la sharia, no habla de orientación sexual y no reconoce la homosexualidad. Se prohíbe representar la homosexualidad en los periódicos (excepto cuando se retrata de forma negativa). No obstante, prohíbe todas las relaciones sexuales fuera del matrimonio y persigue a quienes las practican

En Irán la sodomía es un delito que se castiga con la muerte de los dos participantes si es una relación consentida entre adultos; el juez puede elegir el método de ejecución. Un menor que comete sodomía por voluntad propia puede sufrir un castigo de 74 latigazos. La sodomía se prueba cuando una persona confiesa cuatro veces haberla practicado o cuando cuatro hombres (“justos”, dice el reglamento) atestiguan la veracidad de los hechos. El testimonio de las mujeres o el testimonio de una mujer y unos hombres no prueba la sodomía. Que dos hombres se froten los muslos o las nalgas se castiga con 100 latigazos. La cuarta vez, el castigo es la muerte. Igualmente, las relaciones sexuales entre mujeres adultas se castigan con 100 latigazos. La reincidencia aumenta el castigo; la cuarta vez acarrea la muerte. Si dos hombres “están desnudos bajo una manta sin ninguna necesidad” (uno se pregunta por la necesidad a la que se refería el legislador) a ambos se les puede administrar un castigo de hasta 99 latigazos. Si son dos mujeres, llega a 100. Si un hombre “besa a otro con lujuria”, el castigo son 60 latigazos. Si la persona que ha cometido estos “crímenes” confiesa o se arrepiente el juez puede perdonarle. Si se arrepiente antes de que declaren los testigos, el castigo es anulado.

Los homosexuales de Irán tienen que huir o vivir su sexualidad y sus amores clandestinamente, y se exponen al desprecio, las delaciones, el maltrato o la muerte. Hay asociaciones de gays y lesbianas como IRQO. Algunos han contestado con valentía las declaraciones de Ahmadineyad. Defensores de los derechos humanos de Irán calculan que desde 1979 se ha ejecutado a 4000 homosexuales en Irán (ha habido ahorcamientos y linchamientos en las cárceles, se les suelen añadir sistemáticamente otros delitos y se les ha forzado a confesar con tortura y malos tratos). Un caso especialmente dramático es el de Makwan Moloudzadeh, un iraní de 21 años que ha sido sentenciado a muerte por practicar sodomía a los 13 años con un chico que tenía su misma edad. A finales de octubre Amnistía Internacional alertaba de la "inminencia" de su ejecución. Varias asociaciones han lanzado una campaña para que no se produzca.

FERNANDO FERNÁN GÓMEZ

FERNANDO FERNÁN GÓMEZ

Ha muerto Fernando Fernán Gómez (1921-2007) una de las personalidades decisivas de la cultura española contemporánea. Fue un gran actor que encarnó a muchos personajes inolvidables a lo largo de varias décadas, dirigió películas estupendas como El extraño viaje y El viaje a ninguna parte, escribió novelas y obras de teatro tan importantes como Las bicicletas son para el verano y unas memorias magníficas, El tiempo amarillo, que también son un retrato de una profesión y su tradición y de un país, y están llenas de sabiduría y dolor, alegría y ternura, humor y escepticismo.

La brillantez de Fernán Gómez, que también era académico de la lengua y ganó siete Premios Goya en las categorías de interpretación, dirección y guión, era apabullante. Quería escribir una historia de sus fracasos y que aseguraba que en España el éxito sólo te permitía seguir trabajando. Su cine, su trayectoria y su literatura demuestran una libertad radical y son también una defensa de la dignidad del ser humano. Aunque fue un hombre que se pasó toda la vida trabajando, su talento no sólo se manifestaba en su obra, sino también en decenas de anécdotas que demostraban el demoledor efecto de una inteligencia heterodoxa y llena de sentido común, como cuando le dijo a Víctor Erice, mientras rodaban El espíritu de la colmena, que él hacía lo que le mandara, pero que no le pidiese que lo entendiera, o cuando justificaba su alejamiento del teatro porque no le gustaba que la gente lo viera trabajar.

El año pasado se estrenó La silla de Fernando, de Luis Alegre y David Trueba . Era una conversación con Fernán Gómez, en la que se hablaba de su infancia, de la Guerra Civil, de los bares del Madrid del franquismo, de su trabajo, de las mujeres, de los placeres del lujo, de la amistad y la conversación... La silla de Fernando es una película vitalista y pedagógica en el mejor sentido de la palabra, y también es una demostración de generosidad: no sólo hacia Fernando Fernán Gómez, sino hacia todos los que no tuvimos el placer de conversar con él.

Hoy dice David Trueba que a Fernando Fernán Gómez le gustaba el lujo, pero que el lujo era él. Y Chesterton escribió que el lujo es más necesario que la necesidad.

La imagen es de La silla de Fernando. Y aquí, una entrevista con Arcadi Espada , y un texto de Sigfrid Monleón.

EL PERIODISTA Y EL COCINERO

EL PERIODISTA Y EL COCINERO

En enero de 2002 Bill Buford (Baton Rouge, Louisiana, 1954) invitó a una cena de cumpleaños a Mario Batali . Buford había trabajado en “Granta” , era editor del “New Yorker” y había publicado “Entre los vándalos” (Anagrama, 1992); era un cocinero “entusiasta pero esencialmente ignorante”. Batali era el chef más famoso de Nueva York, y un comedor y un bebedor infatigable. Poco después, Buford sabía que quería conocer los secretos de un restaurante y que Batali era el hombre adecuado para enseñarle.

“Calor” (Anagrama, 2007) cuenta ese aprendizaje, que se prolongó a lo largo de casi cuatro años. Habla de las experiencias de Buford en la cocina del Babbo, el restaurante italiano de Batali. Empieza como “esclavo” encargado de las tareas más sencillas (pasa dos horas cortando zanahorias pero lo hace mal y se las tiran todas), que se quema, estorba y se corta, e ignora las normas de la cocina de un restaurante: “Te dan topetazos porque pueden: están poniéndote en tu sitio”, le dice Batali. Buford es aplicado: observa y escucha a los cocineros, aprende que el espacio es fundamental y se debe tirar la menor comida posible, descubre las tensiones entre los trabajadores, y llega a ocupar un puesto de cocinero.

“Calor” es un libro muy físico. Habla de la temperatura de la cocina y las propiedades de los alimentos, de la forma de cortar la carne, de olores y comilonas, y de un ritmo de trabajo agotador. Pero también trata del placer de hablar sobre la comida: Buford recoge consejos contradictorios, escucha a los que dicen que la cocina francesa es en realidad italiana porque Catalina de Médicis la llevó allí en el siglo XVI y lee recetarios del Renacimiento para averiguar cuándo se añadió el huevo a la pasta. Alterna la descripción de las técnicas y la vida cotidiana en el restaurante con las historias de sus compañeros: aparecen cocineros estadounidenses, mexicanos e italianos, restaurantes familiares y restaurantes soñados.

“Calor” cuenta la historia de una obsesión y una transformación: Buford, que sube un cerdo en el ascensor de su casa para aprender a descuartizarlo, deja su trabajo en el "New Yorker". Decide seguir la trayectoria de Batali y aprender de sus maestros. Va a Londres para ver a Marco Pierre White y viaja a Italia, donde le enseñan a fabricar pasta en una pizzería familiar, antes de pasar meses en un pueblo de Toscana como aprendiz de carnicero a las órdenes de Dario Ceccini, un tipo disparatado que recita a Dante y defiende fanáticamente la pureza y la originalidad de la cocina toscana, aunque se niega a comprar “chianina”, la vaca típica de la región: la carne de su establecimiento es española.

Las expediciones a Italia recuerdan a los viajes de los pintores, o a la búsqueda del maestro en las películas de artes marciales. Como escritor y como cocinero, a Buford le fascina la tradición gastronómica italiana: “A veces me asaltaba la sensación de que mucha gente había aprendido todo aquello antes que yo: un sentimiento nada desagradable”. Aunque a veces esa defensa de la tradición conduce al disparate –en un momento Buford lamenta que la electricidad llegase a la Toscana-, “Calor” es un libro divertido y con consejos prácticos, que muestra una cocina sencilla, el placer de aprender, comer carne y beber vino, y la alegría de reinventarse.

Bill Buford. Calor. Traducción de Marta Salís. Anagrama. 460 páginas.

Esta reseña se publicó en Artes & Letras el 15 de noviembre.

TEXTOS ATEOS

TEXTOS ATEOS

The Portable Atheist. Essential Readings for the Non-Believer es una antología de textos contra la religión que ha recopilado Christopher Hitchens y que está estrechamente relacionada con el estupendo God Is Not Great (que publicará en castellano Debate esta primavera). Incluye obras de 47 autores, y abarca más de 2000 años, desde Lucrecio hasta Ayaan Hirsi Ali.

El propio Hitchens presenta algunas constantes de la religión en la introducción: es un invención primitiva de los hombres, que arrancaba del miedo y la ignorancia y presentaba como verdad revelada, inmóvil y obligatoria una explicación mítica de fenómenos que ahora entendemos mejor; es un mecanismo de control y represión. Las religiones prometen una vida futura maravillosa y desean, de una forma más o menos pública, que llegue el fin del mundo para alcanzar esa existencia futura; desprecian la vida en el más acá, se regodean en el sufrimiento, y engendran y legitiman la violencia, desde la Inquisición hasta el terrorismo islámico.

Hitchens define la religión como “el enemigo más viejo de la humanidad”, y los textos que incluye en su antología intentan atacarla por medio de la razón. Las diversas ramas de la filosofía y el sentido común han demostrado la incoherencia de los argumentos en favor de la existencia de Dios; la ciencia ha probado que la explicación que las religiones daban sobre el origen del mundo, la curación de las enfermedades o los desastres naturales no es cierta en absoluto; la filología encuentra el plagio, los préstamos de unas religiones a otras y las inconsistencias de los textos sagrados; la historia de las religiones muestra cómo los teólogos intentan reconciliar unos textos primitivos y míticos con una doctrina hipócrita y disparatada, y con las evidencias que pese a sus esfuerzos no han podido ocultar ante la gente; la historia enseña el papel fundamental que ha desempeñado la religión en las guerras, la persecución de minorías y los genocidios, la represión sexual y la discriminación de la mujer, la lucha contra la libertad de expresión y de pensamiento.

Contra la intolerancia

Los textos son muy variados: hay poemas, fragmentos de novelas y ensayos, artículos completos. A veces hay ciertas vacilaciones -el caso más claro es el de Daniel Dennet, porque hay obras de otros autores entre sus dos textos, mientras que en otros casos Hitchens ha optado por colocar seguidas las piezas de un mismo autor; el editor no siempre pone fechas en la introducción que escribe para cada uno de los escritores – pero la ordenación es cronológica. Es una buena elección, porque muestra la evolución de los argumentos: vemos la importancia decisiva de algunos textos, y también cómo ha cambiado la forma de decir las cosas, lo que está permitido y lo que no. Y también evidencia que The Portable Atheist es una defensa de la libertad y un homenaje a los que reivindicaron otra manera de pensar cuando eso estaba prohibido: muchos de los autores que aparecen fueron perseguidos. Desgraciadamente, la intolerancia no sólo recayó en pensadores del pasado como Spinoza: otros colaboradores, como Salman Rushdie y Ayaan Hirsi Ali, que aportan dos textos estupendos, sufren en nuestros días sus consecuencias.

El libro arranca con dos obras en verso: el de Lucrecio fue un texto perseguido, Khayyán se pregunta por qué crearía Alá la vid para prohibir el vino después. La antología reseña este tipo de contradicción con frecuencia: habla de la creencia, pero sobre todo analiza las religiones monoteístas, que adoran a un dios omnipotente, omnisciente, omnipresente y bondadoso que sin embargo castiga a los inocentes, que posibilita pero prohíbe el pecado, que escoge un solo pueblo entre todos los que ha creado, que a veces está celoso de otros dioses. Uno de los textos más elocuentes en ese sentido es “Questions to Ask Yourself”, de Charles Templeton.

Hobbes, Spinoza y Hume

En la primera parte de The Portable Atheist, las objeciones filosóficas son muy importantes. Hitchens incluye un texto de Hobbes: el autor de Leviatán escribió que la ignorancia y el miedo hicieron que los hombres inventasen a los dioses, estudió la religión como un fenómeno natural y no desde la fe, y separó la teología de los asuntos del estado. También hay un fragmento de Spinoza, que debilitó para siempre la noción de un Dios que intervendría en los asuntos humanos y que escribió que “la inconsistencia de la superstición ha sido causa de muchas guerras terribles y revoluciones”, ya que “la luz de la razón no es sólo despreciada, sino que puede incluso ser execrada como fuente de impiedad” y transforma los “comentarios humanos en documentos divinos”, y la “credulidad en fe”. Incluye varios textos de David Hume, que habla de las “malas influencias de las religiones populares” en la moralidad, y que analiza la naturaleza de los milagros (tienden a suceder en regiones lejanas, son mutuamente contradictorios). Hume concluye que debemos considerarlos falsos a menos que “la falsedad del testimonio fuera más extraordinaria y milagrosa que todos los milagros que relata”.

Son tres autores capitales, pero la crítica a la religión también aparece en dos pensadores decisivos para la modernidad: Marx creía que “la abolición de la religión como la ilusoria felicidad de la gente es necesaria para su felicidad real”. Ese elemento ilusorio fue también destacado por Freud (“El secreto de su fuerza reside en la fuerza de esos deseos”), que observó: “Cuando se trata de cuestiones de religión, la gente es culpable de toda suerte de deshonestidad y fechorías intelectuales”. Los textos de Bertrand Russell señalan muchas de esas fechorías: habla, por ejemplo, de las monjas que se desnudan ante un biombo para no ofender a un dios, que, según ellas mismas consideran, lo ve todo; Russell también emparenta la religión con el totalitarismo.

The Portable Atheist contiene muchos textos de filósofos y científicos de corrientes y especialidades distintas, pero también abundan los novelistas y poetas, como John Updike, George Orwell, Philip Larkin, Salman Rushdie, Thomas Hardy o James Boswell. P. B. Shelley afirma que “no hay ningún atributo de dios que no fuera tomado prestado de las pasiones y los poderes de la mente humana, o que no fuera una negación”, y que la universalidad de la creencia en dios no hace que dios sea verdadero. George Eliott escribe un ataque furibundo, Conrad rechaza una interpretación sobrenatural de La línea de sombra, Mark Twain estudia con humor ácido los motivos de dios para crear la mosca y la actuación de la religión frente a la esclavitud, Lovecraft vindica el deseo de saber y de ver las cosas por uno mismo frente a la verdad revelada, Anatole France escribe sobre los milagros, Ian McEwan habla de las pasiones apocalípticas (desde la Segunda Venida de Cristo y sus cambios de fecha hasta nuestros días), critica la falta de honestidad intelectual del clero y llama a la responsabilidad ante la evidencia de que, haya dios o no, éste no parece muy interesado en resolver nuestros problemas.

La ciencia y la historia

Bertrand Russell observa en uno de los textos: “En los últimos 400 años, el clero ha ido perdiendo una batalla contra la ciencia, en astronomía y en geología, en anatomía y en fisiología, en biología y sociología”. Las investigaciones de Darwin sobre el origen de las especies asestaron un golpe mortal a la credibilidad de las religiones, pero sólo confesó que sus descubrimientos lo habían alejado de la fe en su Autobiografía. Hay quien defiende que los fósiles fueron puestos por dios ahí para probarnos, o que considera verídica la historia de Noé, pese a la falta de evidencias geológicas y a lo difícil que resultaría meter en el Arca a todos los seres de la creación. Aunque a menudo intentan desacreditar la ciencia (desde Galileo al Creacionismo), a veces los defensores de la religión emplean a científicos, o vacíos en las explicaciones científicas. Así, se dice que Einstein creía en dios. Hitchens incluye varios textos en los que el científico niega explícitamente la idea de un dios antropomórfico; cuando habla de dios parece hablar del orden del universo, parece utilizar un concepto cercano a Spinoza.

Otros científicos están bien representados: es el caso de Carl Sagan, que compara la creencia religiosa con la creencia en OVNIS o en el Abominable Hombre de las Nieves. Richard Dawkins critica que las iglesias aprovechen los vacíos en la ciencia para respaldar sus tesis, una prevaricación intelectual que busca la certeza en la indeterminación; y explica la incompatibilidad entre la posibilidad de una primera causa y la teoría de la selección natural, y las diferencias de ésta última con el azar. Dawkins subraya que la ciencia vive de lo que no sabe, del afán por conocer, y se encuentra en continuo movimiento, mientras que las religiones se conforman con no investigar y proclamar una interpretación inamovible. Stenger presenta una serie de argumentos físicos sobre el Universo que “tienden a demostrar que Dios no existe”: va más lejos en ese sentido que casi ninguno de los autores del libro. Steven Weinberg considera que los “religiosos liberales no están ni siquiera equivocados” y propone que la ciencia, que ayudó a detener las cazas de brujas en el siglo XVIII, sirva para detener las nuevas oleadas de intolerancia religiosa. Shermer escribe una parodia sobre un Dios que habría creado el mundo en siete días respetando algunas de las conclusiones alcanzadas por la ciencia.

Otros textos explican la irracionalidad de las teorías religiosas y sus terribles consecuencias desde la historia. Mecken habla de un cementerio de los dioses muertos. Según Chapman Cohen (que relaciona el ateísmo con el monismo), la creencia en la virginidad de María es un vestigio de una visión ancestral, que era incapaz de entender la reproducción y consideraba todo nacimiento sobrenatural. Martin Gardner muestra cómo el mito del Judío Errante buscaba sostener una incoherencia del Cristianismo (el regreso de Cristo debía producirse mientras alguno de sus contemporáneos estuviera vivo), y ha tenido largas repercusiones literarias y pésimos efectos para los judíos. Su caso sería parecido al del fervor apocalítpico que analiza Ian McEwan. Carl Sagan escribe sobre la caza de brujas, que causó la muerte (y la ruina: los acusados pagaban el juicio) de miles de inocentes, y Sam Harris habla de la tortura que la Iglesia no rechazó hasta 1816, de la Inquisición y de las leyendas antisemitas que justificaron pogromos, persecuciones y asesinatos durante 2000 años, y que tuvieron su parte de responsabilidad en el Holocausto.

Hitchens también incluye un largo extracto de Ibn Warraq, autor de Por qué no soy musulmán, que explica muchas de las incoherencias del Corán, desde las contradicciones a las incorrecciones gramaticales y a la forma en que presenta a dios este libro, que según afirma la ortodoxia, habría sido dictado por el propio Alá, y continúa determinando la política y la moral de muchos lugares, mutilando la libertad de muchísimas personas .

Warraq cita pasajes que legitiman la conquista y el expolio del enemigo y la sumisión de la mujer y critica el rechazo del Islam a la ciencia: el Corán contiene todo lo que va a pasar en el futuro; “explicarlo todo en los términos de dios es precisamente no explicar nada, es cortar toda explicación”, asegura Warraq. Se pregunta por qué el monoteísmo es mejor que el politeísmo y recoge los tremendos castigos que prescribe este dios misericordioso en el Corán (crucifixión para los enemigos religiosos, emparedamiento de las mujeres por adulterio o fornicación...) o las penas de la sharia.

El argumento moralista

Una de las defensas más comunes a favor de la religión es el argumento moralista: sin Dios, todo estaría permitido; sin religión, nadie se comportaría como es debido. Quien dice esto parece insinuar que el miedo al castigo eterno es lo único que le impide hacer el mal: se trata, como afirma Ayaan Hirsi Ali, de “un chantaje espiritual”, que mantiene a la humanidad en su infancia, en la ausencia de responsabilidades. John Stuart Mill cuenta que su padre consideraba la religión “el mayor enemigo de la moralidad: en primer lugar, por establecer excelencias ficticias –adhesión a credos, sentimientos devocionales, y ceremonias que no tenían nada que ver con el bien de la humanidad- y hacer que fueran aceptadas como sustitutas de virtudes genuinas, y sobre todo, por viciar radicalmente el estándar de la moral, haciendo que consistiera en la voluntad de un ser, sobre el que vertían todas las frases de halago, pero que se mostraba como un ente evidentemente odioso”.

Según Hitchens, no hay ninguna acción admirable efectuada por un creyente que no pudiera haber llevado a cabo un ateo, a partir de valores éticos totalmente independientes de cualquier credo; por otro lado, la religión está estrechamente vinculada a actos de barbarie, como demuestra un ensayo estupendo de Elizabeth Anderson (“If God Is Dead, Is Everything Permitted?”), que recoge numerosas admoniciones al genocidio o al asesinato en la Biblia, así como abundante ejemplos de comportamiento profundamente injusto por parte de dios. “La autoridad moral no reside en dios sino en cada uno de nosotros”, asegura: ni la creencia ni el escepticismo son garantías de un comportamiento ético.

La mayoría de los textos de The Portable Atheist defienden una moralidad separada del sentimiento religioso: es el caso de Mackie, de Grayling (que se burla de la acusación de “fundamentalista ateo” y prefiere hablar de naturalistas frente a supernaturalistas, o sobrenaturalistas), o de Rushdie. El autor de Hijos de la medianoche critica la actitud de las religiones frente al sexo –rechazo a los anticonceptivos y los métodos de barrera, represión, discriminación de la mujer y de los homosexuales, etc.- y reprocha que las guerras religiosas se dirijan casi siempre contra gente indefensa que pertenece a su propia esfera de influencia. Frente a una verdad absoluta y revelada, defiende una posición “ética-secular”: “La libertad es ese espacio en el que puede reinar la contradicción; es un debate infinito. No es la respuesta a la cuestión de la moral sino la conversación sobre esa cuestión”.

En el lecho de muerte

En la antología hay muchos fragmentos teóricos de campos muy diversos, pero también hay extractos más íntimos, como el de Charles Darwin, el artículo previamente inédito de Ayaan Hirsi Ali o el de Penn Jillette. Y hay también un pequeño género: el último argumento de los defensores de la religión es afirmar que antes de morir todos los ateos se arrepienten y creen en dios. Hitchens ha incluido una visita de James Boswell al lecho de muerte de David Hume, que se muestra inflexible; así como dos textos de A. J. Ayer y el filósofo Daniel C. Dennett, que estuvieron al borde de la muerte. Los textos autobiográficos y los relatos de experiencias al borde de la muerte –el miedo a la desaparición y al futuro es una de las causas de la religión- son muy importantes, porque una de las ideas fundamentales de esta antología es la reivindicación de la vida en la tierra. Como escribe Hirsi Ali: “La única posición que no me deja ninguna disonancia cognitiva es el ateísmo. La muerte es segura, y remplazará tanto al canto de sirena del Paraíso como al terror del infierno. Por tanto, la vida en esta tierra, con toda su miseria y belleza y dolor, debe ser vivida con mucha más intensidad: tropezamos, nos levantamos, estamos tristes, confiados, inseguros, sentimos la soledad y la alegría y el amor. No hay nada más; pero yo no quiero nada más”.

The Portable Atheist es un gran libro, muy variado y muy coherente al mismo tiempo. Se le podrían reprochar algunas cosas -el énfasis en las religiones monoteístas, y a veces cierta indulgencia hacia creencias orientales, por ejemplo- pero son reparos menores. Contiene mucha información y puntos de vista, aporta muchos argumentos diferentes, muestra la evolución del pensamiento ateo a través de los siglos, y defiende la razón y la honestidad intelectual, la libertad y la responsabilidad.

ESTATURA PRESIDENCIAL

1.

El País lleva unos días intentando demostrar que Sarkozy no es un buen presidente de España.

“Nicolas Sarkozy dio ayer un teatral golpe de efecto, diplomático y mediático". (5/11/07)

“La sensación, tras el bucle de irrealidad de Sarkozy...El portavoz de Exteriores reconoció que ‘el espectáculo de Sarkozy ha perjudicado a la defensa de los españoles’”. (6/11/07)

“Zapatero consideró ocioso recordar la influencia de París en ese país -fue colonia de Francia- para explicar la facilidad con la que Sarkozy ha actuado.” (6/11/07)

“Las debilidades atlantistas de Sarkozy vienen de lejos” (7/11/07)

2.

Sobre la visita de Sarkozy a Estados Unidos, Octavi Martí compara y escribe :

“En 1996 Jacques Chirac también tuvo la oportunidad de expresarse ante la representación política estadounidense pero ni los aplausos ni la audiencia fueron parecidos: Chirac había arrancado su primera presidencia con unas impopulares pruebas nucleares y el campo demócrata no se lo perdonaba. Luego vino el atentado del 11 de septiembre y de nada le valió el viajar de inmediato a Nueva York para expresar su solidaridad. Bush no quería gestos para la galería sino soldados en el frente iraquí.”

El 11 de septiembre de 2001 lo que Bush quería de verdad era tener soldados franceses en el frente iraquí, que se abrió el 20 de marzo de 2003. Con gente así es imposible (inmoral) llevarse bien.

3.

“Siendo ministro del Interior Sarkozy ya se atrevió a calificar de ‘arrogante’ el discurso de Villepin. Lo hizo desde los propios EE UU, tras fotografiarse con Bush y asegurarse de que la imagen sería retocada para que le añadieran los centímetros necesarios para tener estatura presidencial”. (8/11/07)