Blogia

Daniel Gascón

LA IRONÍA HABITUAL DEL CHE

1.

Mauricio Vicent habla hoy en El País de las memorias de Aleida March, la viuda del Che Guevara:

"El nacimiento de la primera hija de ambos, Aleida Guevara March, el 24 de noviembre de 1960, cogió al Che en una 'misión' por el campo socialista, durante la cual firmó los primeros convenios comerciales de Cuba con esos países. El Che quería que fuese niño y había elegido hasta el nombre con Aleida. Se llamaría Camilo, en honor de su compañero de lucha y amigo Camilo Cienfuegos. 'En tono jocoso y con su ironía habitual, me envió un telegrama en el que decía que si era niña la tirara por el balcón', escribe. Estando en Shanghai supo del nacimiento de la niña y le envió una postal, ahora publicada por primera vez. Le dice: 'Tú siempre empeñada en hacerme quedar mal. Bueno, de todas maneras un beso a cada una y recuerda: a lo hecho pecho. Abrazos. Che'."

 

2.

"El Che había negado mil veces la existencia del individuo. En una charla a los estudiantes de la Universidad de La Habana, el Che dijo: “Es criminal pensar en individuos, porque las necesidades del individuo quedan absolutamente desleídas frente a las necesidades del conglomerado humano de todos los compatriotas de ese individuo”. El Che había afirmado otras tantas veces que las personas tenían que convertirse en máquinas.

Los congoleños respondían así al deseo del Che de que se transformaran siguiendo su irresistible aliento revolucionario: Mimi hapana motocar. Mimi hapana motocar quiere decir: no soy un camión. Los congoleños no querían ser máquinas."

Félix Romeo. Letras Libres. Febrero de 2007. (Aquí)

 

3.

"En Salem se han dado infanticidios de niñas de hasta siete años e incluso se conocen casos de familias que mataron a sus hijas al alcanzar la pubertad para evitar la vergüenza pública de no poder satisfacer la dote. La muerte de más de 5.000 niñas en Salem —algo más de tres millones de habitantes— en los últimos años sólo ha provocado dos detenciones. En las aldeas impera la ley del silencio y el único castigo suele estar reservado para quienes rompen ese código."

David Jiménez, El Mundo. 13/06/2007. (Aquí)

EL FUTBOLISTA

EL FUTBOLISTA

Mi padre lee los carteles de la pista de atletismo, los lee en voz alta y sonríe a la chica que vende los cacahuetes. Dice que debería comprarme un abrigo de verdad, como el suyo, que ha aguantado más de veinte años, y no esas cosas de señoritas que tanto me gustan. La chica de los cacahuetes se ríe, mi padre mira hacia atrás.

-¿Qué te parece si le compro un balón de fútbol a Carlos? - me pregunta.

-Me parece una tontería.

Le digo que en el colegio mi hijo Carlos odiaba el fútbol. Estuvo un tiempo apuntado a kárate y a natación, pero no me parecía bien que practicase deportes violentos, y ni su madre ni yo teníamos tiempo para llevarlo a la piscina tres días por semana. Luego se apuntó a atletismo y empezó a gustarle.

Mi padre no me escucha. Hunde las manos en los bolsillos, se inclina contra la valla y mira a Carlos en la línea de salida.

-Correr -dice-. Eso es un deporte de solitarios.

                                                                       *

Los jueves por la tarde mi padre salía de trabajar un rato antes. No me quedaba a jugar con mis compañeros: corría hasta casa y dejaba la cartera en el pasillo, junto al taquillón. Mi padre me esperaba en el garaje. Se limpiaba las manos con un trapo amarillo y sacaba la motocicleta, mientras yo buscaba el balón de reglamento, un Adidas que nunca llevaba a la escuela.

Dejábamos la moto apoyada contra la pared y saltábamos el muro del campo de fútbol. Estaba a las afueras del pueblo, entre las granjas y el cementerio. Me ponía unos guantes; mi padre sacaba la llave inglesa del bolsillo del pantalón y encendía los focos sólo para nosotros.

Mi padre había sido uno de los mejores jugadores de la comarca: una vez lo llamaron para hacer unas pruebas con un equipo de primera división. Era un hombre alto y fuerte y aunque tenía casi cuarenta años aún podía pasarse toda la tarde jugando.

Se colocaba en el centro del campo: yo daba vueltas alrededor. Le pasaba el balón al primer toque, y él me lo devolvía un poco más adelante, cada vez más deprisa.

Después hacíamos paredes de portería a portería. Me mandaba un pase largo hacia la banda derecha y aunque yo no podía más lo oía correr detrás de mí. En cuanto nos acercábamos al área le dejaba el balón de cualquier manera. Sólo quería que tirase a puerta, que marcase gol y volver a casa. Pero él llegaba a la media luna, amagaba un disparo y me pasaba la pelota en diagonal, al sitio exacto donde yo debería estar.

Sabía que nunca llegaría a tiempo, y sabía que acabaría llegando: él gritaba dale con fuerza, y yo cogía la bola casi fuera del campo y tiraba y la mandaba contra el lateral de la red. Me caía al suelo; intentaba respirar. Mi padre ponía los brazos en jarras.

-Ésa no es manera de dar al balón.

A veces él también tiraba a puerta. Cuando no era gol, el balón salía fuera del campo. Saltaba la valla y me metía en la acequia que olía a mierda y a ratas. Oía a mi padre desde el otro lado.

-Tienes que tirar con fuerza, Luis. Con rabia.

Cuando ya no podíamos más, mi padre cogía la pelota y daba toques en el aire. Me temblaban las piernas y siempre se me caía al suelo. Mi padre miraba el reloj de vez en cuando.

-Si te viesen los de Albalate se morirían de la risa.

Albalate era el pueblo de al lado. Eran nuestros rivales. Tenían un lateral izquierdo que daba unas patadas terribles.

Mi padre venía a verme todos los partidos, pero nunca me decía nada. Se quedaba en la banda. Iba de un lado para otro y hablaba con la gente. A veces, se acercaba a Fernando, el medio centro, y le decía alguna cosa. Cuando volvíamos a casa me explicaba lo que tenía que haber hecho en todas las jugadas.

-El fútbol es como la vida -decía-. Si ves cómo juega alguien ves cómo es en la vida.

                                                                       *

Yo no era uno de los mejores del equipo. Jugaba en el centro del campo, por la derecha, y trabajaba mucho. No era muy hábil ni muy fuerte, ni era uno de esos jugadores que a mí me gusta ver. Pero era uno de esos a los que preferiría tener en mi equipo. La gente del pueblo creía que era bueno porque siempre jugaba igual.

Tuve una sola tarde de gloria, una tarde en la que pareció que era bueno de verdad. Tenía 16 años, era el último partido de Liga y jugábamos en el campo de Albalate. Albalate estaba a sólo 10 kilómetros de mi pueblo; había venido todo el mundo.

Íbamos dos a dos y acababan de fallar un penalti. Nos tenían encerrados en el área. De vez en cuando atacábamos al contragolpe. Si ganábamos, quedaríamos primeros en la Liga Comarcal y pasaríamos a las eliminatorias provinciales. Faltaba poco para terminar y los albalatinos nos gritaban todo el tiempo.

De repente, cogí un balón muerto en el centro del campo. Quique, el lateral izquierdo, vino corriendo hacia mí. Me asusté tanto que le eché el balón entre las piernas. La pelota pasó limpiamente y se la dejé a Fernando, que venía por el centro, y corrí como un loco por la banda derecha, igual que cuando hacíamos paredes con mi padre. Fernando me vio. Me pasó la bola muy rápido, en diagonal. Iba demasiado deprisa, pero llegué a tiempo.

Tiré tal como venía. Esperaba mandar el balón a la gloria o a la acequia, o a lo mejor al lateral de la red, pero dio en el segundo palo y entró. Mis compañeros vinieron hacia mí. Me di la vuelta para ver la cara de mi padre.

Había un montón de gente, todos gritaban, y el árbitro tuvo que parar el partido. Mi padre estaba detrás de los hombres del pueblo: el padre de Fernando lo sujetaba por los hombros. Un chaval de Albalate le había dado una bofetada a Cristian, el hijo de la peluquera, mientras calentaba en la banda. Mi padre lo había tirado al suelo de un puñetazo.

Al final, tuvimos que salir de Albalate corriendo, pero pasamos a la fase provincial. Nos eliminaron en la segunda ronda.

                                                           *

La carrera está a punto de empezar, y mi padre aún es más alto que yo, pero eso es lo único que no ha cambiado. Ha perdido 10 kilos y anda un poco encogido. Este invierno lo vi retorcerse de dolor en la alfombra del cuarto de estar. Después el médico dijo algo sobre la próstata.

Es la primera vez que Carlos corre en una pista de verdad. Está muy rojo, como si ya viniera cansado. Empieza casi al final, al lado de otro chico que lleva una camiseta amarilla.

Mi padre no mira la pista. Se fija en los edificios y los aparcamientos de la ciudad donde vivo.

El chico de la camiseta amarilla deja atrás a Carlos. Carlos intenta alcanzarlo, pero está demasiado lejos. La carrera de verdad sucede cincuenta metros por delante, entre los chicos de Scorpio y Helios, y a mitad de la segunda vuelta sólo quiero que todo termine cuanto antes. Enciendo un cigarrillo.

-Si fumas- dice mi padre-, tus hijos serán unos viciosos.

 

Carlos está triste. Va un par de metros por delante de nosotros. Llevo su bolsa con la ropa sucia y las zapatillas. Mi padre no dice nada. Es sábado por la mañana y las calles están casi vacías. Hay algunas botellas por los suelos.

Carlos se para en un semáforo en rojo. Mi padre se acerca y le pasa la mano por el pelo.

-Cuando corras-dice-, tienes que tener en cuenta la respiración.

Carlos mira hacia arriba un segundo. Mi padre comprueba que no vienen coches y cruzan de la mano.

Van hacia una tienda de deportes, y miran los balones y los guantes y las zapatillas, y mi padre mueve las manos como si intentara explicarse.

En cuanto el semáforo se pone verde cruzo la calle muy despacio. La tienda está a punto de cerrar y antes de alcanzarlos me quedo quieto un momento, observando nuestro reflejo en el escaparate.

Este relato apareció en la revista Turia.

MILIUS, JOHN FORD Y EL SURF

MILIUS, JOHN FORD Y EL SURF

Éste es un extracto de la entrevista de Patrick McGilligan a John Milius en Backstory 4, que Ediciones Plot va a publicar en unos días.

La presencia de algunos actores, como Hank Warden [“Carrito de la Compra”] en El gran miércoles, y Ben Johnson en Dillinger y Amanecer Rojo, evoca a John Ford. ¿Llegaste a conocerlo?
Lo conocí en la universidad cuando él era viejo; murió poco después. Tuve un gran encuentro con él, sin embargo, en la época que pasé en Hawai. Practicaba el surf hasta el anochecer y chapoteaba hasta casa en la oscuridad, a media hora de los arrecifes, pensando en los tiburones todo el tiempo, claro. Había un gran barco amarrado al puerto de yates Ala Moana con la luz encendida; era el yate de John Ford [el Araner] y estaba preparándose para rodar La taberna del irlandés [Donovan’s Reef, 1963]. Les dije: “Me gustaría trabajar. Haré cualquier cosa”. Me dijeron: “¿Sabes pilotar un barco? ¿Eres un marinero decente?”. Dije: “No, pero puedo zambullirme con los mejores, nado muy bien, soy un gran surfista y conozco el mar, pero nunca he navegado”. Entonces John Wayne se dio la vuelta y dijo: “Bueno, vuelve cuando sepas navegar, chaval”. ¡John Wayne y John Ford estaban ahí sentados! John Ford dijo: “Lo siento, chico, no tenemos nada de surf en la película”. Dije: “Muchas gracias, señor Wayne y señor Ford”, y seguí mi camino. Cuando lo pienso ahora, parece una escena de película. No pasó por accidente, ¿no?

En la imagen, John Milius.

La traducción es mía.

CORTE DE PELO (II)

CORTE DE PELO (II)

SAN VALENTÍN NEGRO

Le paso el peine por el pelo exuberante,

y dejo que piense en mi muñeca,

igual que la muñeca susurra a las cartas

con puntuación e inteligencia en el juego del solitario.

Lo no mucho que decir lo están diciendo

las tijeras en el broche y la pureza

de la mañana. Le he cortado el pelo durante

once años, y aun ahora, esta última vez, ocultamos

el miedo para preservar el baluarte

del placer. Querida mía, dice el pelo al rozarme

los muslos, mi único amor, de camino al suelo. Si el pelo

es un reflejo del alma, el alma obedece a nuestra gravedad, se apila

en montones animales y adora los pies. Permanecemos

en silencio, para que la paz nos irradie, como la cabecera de Berenice

flameando en los cielos. Si hubiera dioses,

deberíamos creer que dieron vida a sus cortadas guedejas

con más oscuridad que luz, y que el daño

cesó tras la campaña de Siria, y que

el daño cesó al levantar tú las cartas

de la mesa como un niño aburrido

de perder. Extiendo mi cabello, como una tienda, sobre nosotros,

para que la seguridad porte sus cabezas gemelas: una para encarar a la muerte;

la otra tan lastimosamente arrasada por el amor

que estampas la linterna del momento contra

la pared y me arrastras a nuestra vieja broma, la que

marca el Norte en mi firmamento: “Eh, nena”, dices

como un hombre que sabe vivir en este mundo, “eh”,

pasándome el brazo por la cadera, “¿qué haces

después del trabajo?”. Resulta estúpido preguntarse ahora si el pelo

que ella depositara en el altar, imaginando su poder sobre

su tránsito, estaba vivo o muerto.

TESS GALLAGHER

Traducción de Eduardo Moga.

Fotografía de Philippa Tetley. 

CORTE DE PELO (I)

CORTE DE PELO (I)

UN CORTE DE PELO

 

Han ocurrido ya tantas cosas

imposibles en esta vida. No se lo piensa

dos veces cuando ella le dice que se prepare:

le va a cortar el pelo.

 

Se sienta en una silla de la habitación de arriba,

la habitación a la que a veces, bromeando, llaman

biblioteca. Hay una ventana allí

por la que entra la luz. La nieve cae

afuera mientras ella coloca hojas de periódico

alrededor de sus pies. Le pone una gran

toalla sobre los hombros. Luego

coge sus tijeras, el peine y el cepillo.

 

Ésta es la primera vez que han estado

solos desde hace tiempo –sin que uno de los dos

tenga que ir a algún sitio o que hacer algo.

Sin contar el momento

de irse juntos a la cama. Esa intimidad.

O la hora del desayuno. Esa otra

intimidad. Permanecen en silencio

y pensativos mientras ella le corta el pelo,

le peina y corta un poco más.

Afuera sigue nevando.

En seguida la luz empieza a retirarse de

la ventana. Él mira hacia abajo, distraído,

intentando leer

algo del periódico. Ella le dice,

“Levanta la cabeza”. Y él lo hace.

Luego dice: “A ver qué te parece”.

Él se acerca al espejo y está bien.

Justo como a él le gusta,

y se lo dice.

 

Más tarde, cuando enciende la luz

del porche, sacude fuera la toalla

y ve los rizos y mechones

de pelo blanco y negro volar hacia

la nieve y quedarse allí,

comprende algo: se ha hecho

un hombre adulto de verdad, un hombre maduro,

de mediana edad. Cuando era crío,

iba con su padre al barbero

y más tarde, de adolescente, ¿cómo

iba a imaginar que su vida

le concedería alguna vez el privilegio de

contar con una mujer preciosa con la que viajar,

con la que dormir y con la que desayunar?

No sólo eso –una mujer que una tarde

le cortaría en silencio el pelo

en una ciudad oscura sepultada con la nieve

a 3000 millas del lugar en el que se puso en camino.

Una mujer que se le quedaría mirando

Desde el otro lado de la mesa y le diría:

“Va siendo hora de que te sientes en la silla

del barbero. Es hora de que alguien te haga

un corte de pelo”.

RAYMOND CARVER.

Traducción de Jaime Priede.

JEAN DANIEL Y LAS ELECCIONES FRANCESAS

JEAN DANIEL Y LAS ELECCIONES FRANCESAS

Una de las cosas que más me decepcionaron cuando viví en Francia fue Le Nouvel Observateur. Su director Jean Daniel analiza hoy en El País las elecciones francesas. Lo que le interesa es la estética. Su estrategia es alejarse de los hechos: “siempre que nos distanciemos de la eficacia política”, dice en un momento, y parece que esa frase puede extenderse a otros momentos del artículo:

"Esta tristeza y este pesar tienen una dimensión novelesca e incluso estética. Nos gustaba que un país como Francia estuviera dirigido por una mujer que se ajusta tanto a la imagen habitual de "la Marianne ideal". La candidata de la izquierda no sólo posee una belleza cautivadora, que no se alteró con ninguna de las agotadoras experiencias de la campaña, sino que tiene una dicción y un vocabulario propios de una clase determinada de conservadores católicos refugiados en esa Francia profunda en la que no estamos acostumbrados a topar con portavoces de la izquierda". (...)

“Además, ese apellido, Royal, que ha permitido soñar. Francia sigue siendo monárquica, y al pueblo le ha gustado poder pronunciar ese nombre sin tener que renunciar a sus ideas”.

Cuando habla de Sarkozy, le reprocha que proponga en su programa realizar una política contraria a la que lleva realizando en el Gobierno. Le critica que su antiamericanismo no sea tan fuerte como el de Chirac, con quien Sarkozy comparte el nacionalismo lingüístico. Y a continuación deja los hechos; pasa a la política ficción, y hace una acusación indemostrable: “Nadie se ha atrevido a decir que es muy posible que si hubiera sido presidente Nicolas Sarkozy en lugar de Jacques Chirac, habría tropas francesas en Irak”.

Sobre la habilidad retórica de Sarkozy, habla de Cicerón, pero luego piensa en otros ejemplos: “Se dirá que, hasta ahora, esas dotes eran propias de los líderes del populismo suramericano y ciertos déspotas árabes. También que Hitler tenía un poder casi mágico”. Jean Daniel cita sin duda los primeros nombres que le vienen a la cabeza.

BLAKE EDWARDS Y LA COMEDIA

BLAKE EDWARDS Y LA COMEDIA

Cuenta Blake Edwards en Backstory 4, un libro de Patrick McGilligan que Ediciones Plot que está a punto de llevar a las librerías:

"La ola que moja al personaje en Una cana al aire está tomada de algo que me pasó. Me estaba divorciando. Decidí que montaría una fiesta en la playa e invitaría a todos mis amigos; pensé que eso me ayudaría. Pero me asusté al pensar que sería incapaz de soportar todo el ruido y la diversión. Fui a la playa, me puse en posición de yoga y miré el mar. Había una luna llena, como en una película, de color amarillo brillante; el cielo era violeta. Sin una sola nube. Mientras seguía sentado contemplando me di cuenta de que la luna había desaparecido de pronto. Pensé: '¿Qué coño es eso?'. En ese segundo me golpeó un tsunami –que estaba previsto- que me metió bajo la casa. Cuando conseguí escapar a las algas y la arena podía oír cómo la fiesta continuaba arriba. Nadie sabía que yo estaba abajo con la boca llena de arena. Por supuesto, me pareció divertido.

Me arrastré bajo la casa y me tambaleé hasta la puerta de la casa de al lado, donde vivía el escritor Johny Bradford. Tenía un jardín con una entrada, y había que cruzar el jardín para llegar a la puerta. Así que eché a andar muerto de risa, fui al porche y abrí la puerta. Allí estaba Johny Bradford con su mujer: sentados a la mesa, en una cena con velas. Y entonces llegó el segundo tsunami. Vino por el jardín de su casa como la pólvora que sale de un revólver, me golpeó y me lanzó dentro de su casa, encima de su mesa. Acabamos llenos de agua y llorando de risa. Dije: 'Un día voy a poner esto en una película'. Un momento espectacular.

Me fui a la cama y dormí con un montón de arena. A la mañana siguiente me levanté, fui al baño y abrí la puerta. Y allí estaba la que pronto sería mi ex mujer. Amartilló un 38 y me apuntó a la cara.

¿Y?

Le quité la pistola. Me había preparado para eso durante más de treinta años.

Pero la miré y pensé: 'Chico, nunca se sabe. Te ríes sobre lo que Dios tiene que decir sobre la tragedia y piensas que está todo resuelto, y de repente estás enfrente de un revólver cargado'. Hay drama esperando a la vuelta de la esquina, pero también mucho humor: hasta la pistola.

Que lleva a otro tema importante en su obra: la comedia.

¡La comedia es un tema importante en mi vida! Si no tuviera la comedia, no habría sobrevivido. La comedia es siempre la gracia salvadora. Puedo encontrar el humor en cualquier situación. A veces parece que no va a llegar. A veces pienso: '¿Dónde estás? Necesito que me des la visión que me salvará'."

En la foto, Blake Edwards.

ANIVERSARIOS

ANIVERSARIOS

1.

Hoy es el cumpleaños de Cristina Grande .

2.

Abre el blog del 75 aniversario del Real Zaragoza.

3.

Entrevista con Christopher Hitchens , que se hizo ciudadano estadounidense hace unas semanas, el día de su cumpleaños.

 

"Lo que me hizo ateo no fueron las historias del infierno, sino que el Cielo era infernalmente aburrido. (...)

Si me preguntan si el yihadista islámico me repugna más de lo que yo les repugno a é, la respuesta sería: espero que sí. ¿Soy tan intolerante hacia ellos como ellos hacia mí? Estoy trabajando en ello. Pero eso no me hace un fundamentalista. Si tú eres un creyente fundamentalista en la Primera Enmienda, crees en el derecho de otras personas a tener su opinión. No es lo mismo que ser un fanático que dice que se puede matar a otra gente por sus creencias.

La gente intenta decir que nosotros también somos fundamentalistas. Suena hábil, pero creo que eso está condenado al fracaso. Un fundamentalista es alguien que cree en la verdad literal de cierto texto: uno no es libre de no creerlo. Pero no hay ninguna posición que los ateos sostengamos de esa forma: ni de lejos. Todo lo que creemos está abierto a la duda y al experimento. Si mantenemos esos puntos de vista con firmeza y decimos que no pensamos que otras visiones sean válidas –es decir, puntos de vista que no estén a favor de la libre investigación y del esceptismo- eso no nos hace dogmáticos. Creemos en el escrutinio objetivo y la evidencia: también cuando los aplicamos sobre nosotros mismos."

En la foto, Christopher Hitchens.